viernes, diciembre 07, 2012

Bowmen

En la Historia de la Humanidad ha habido muchas bombas atómicas. La bomba basada en la fisión del átomo no es, ni de lejos, el único arma que, con su aparición, ha cambiado completamente el signo de las guerras y la capacidad de hacer daño. Antes que la bomba atómica, la aparición de la artillería moderna mudó la faz de la guerra. Pero, antes aun de ello, debemos hablar de la artillería antigua; del uso del arco. De eso van estas notas.

El arco bélico ha dado, históricamente, una ventaja inusual a aquél que sabe manejarlo. El manejo del arco está, por ejemplo, en el fondo del éxito de las hordas de Atila el huno contra los romanos, porque los hunos usaban un arco asimétrico (no disparaban la flecha apoyándola en el centro de la longitud del arma, sino más arriba), que les permitía dispararlo sin bajarse del caballo. Los romanos sabían bien que los hunos eran soldados del montón cuando se bajaban del caballo, igual que eran verdaderamente temibles cuando permanecían en él.

El término artillería, artillerie, es un término francés que deriva de archerie, esto es uso del arco. Esto nos da la pista de que fueron los franceses, o más concretamente francos y borgoñones, los primeros que, en Europa, rescataron el arco como herramienta bélica. Los arqueros eran llamados artillier du roy, lo cual es, también buena demostración de que los arqueros eran tan importantes en los ejércitos medievales que el rey, que combatía con infantes y caballeros aportados por los nobles, quería a los arqueros bajo su directa dependencia. Ésta es la razón original de que el Arma de Artillería, en ejércitos como el español, ha sido Real desde sus inicios, como bien nos recuerda el general Jorge Vigón en su Historia de la artillería española.

Francia, sin embargo, acabaría por verse superada por Inglaterra. Guillermo el Conquistador, en la batalla de Hastings, se presentó con una considerable compañía de bowmen (Bowman, de hecho, es un apellido muy común en Reino Unido). No parece estar del todo claro, sin embargo, si aquellos arqueros usaban un crossbow o un longbow. Lo más probable es lo primero. El crossbow, también denominado artalest, es una ballesta larga. La conversión del arco en algo parecido a una ballesta es una innovación interesante porque permite que cualquiera pueda ser arquero, puesto que es mucho más fácil disparar una ballesta que un arco. Por esta razón, conforme fue avanzando la Edad Media, también en parte gracias a la dominación franca en el continente, el crossbow se fue imponiendo. El rey inglés Ricardo V, nos dicen las crónicas, murió a causa de una fecha disparada por uno de estos arcos desde las murallas de Limoges, ciudad que estaba sitiando.

Los ingleses, sin embargo, abandonan, en algún momento, el uso del crossbow para pasarse al arco largo o longbow. Y la primera razón para hacer esto fue, probablemente, muy inglesa.

El artalest no era un aparato fácil de manejar. Era grande, un tanto aparatoso, difícil de proteger; mucho más que el arco largo (de hecho, los archeros de este tipo de armas combatían acompañados de un pavesero, que era una especie de paje que llevaba un escudo grande, llamado pavés, con el cual les protegía mientras cargaban el arco, labor larga y tediosa). En 1346. ingleses y franceses se enfrentaron en la batalla de Creffey y, en lo que a los arcos se refiere, la cosa parecía estar bastante clara. Inglaterra había conseguido reclutar, en todas las villas de su reino, 4.000 arqueros. Los francos, por su parte, tenían 15.000 arqueros mercenarios genoveses. Pero los ingleses ganaron. Y ganaron por la sola razón de que llovió de la hostia.

Cuando empezó a jarrear, los genoveses dejaron que sus artalestes se mojasen. Lógico: era muy difícil protegerlos. Los ingleses, en cambio, envolvieron sus arcos, mucho más manejables, y los mantuvieron secos. Como consecuencia, nos dicen las crónicas, al llegar el turno de los disparos, los arcos francos habían perdido distancia: sus cuerdas estaban empapadas. Los de los ingleses no, y eso les permitió obtener una ventaja decisiva.

Eduardo V de Inglaterra, ya en el siglo XV, es reputado para muchos como el rey que introduce definitivamente el arco largo en el ejército isleño. Y lo hace, probablemente, tras su esperiencia en las Cruzadas, donde pudo observar la elevada efectividad que los persas obtenían del arco largo. La sustitución del arco largo usado hasta entonces por los ingleses por éste nuevo, de factura asiática, más potente, cambió la capacidad de la artillería inglesa.

Sin embargo, poco podría haber hecho esta novedad de no haber caído en un pueblo como el inglés, para el cual el arco era una especie de deporte nacional. En 1363, Eduardo III, en un decreto en el que prohíbe la práctica de un montón de deportes rurales, prohíbe también el uso del arco. Pero un signo del caso que le hicieron los aldeanos ingleses es que en 1365 tuvo que volver a publicar la misma orden, signo de que el personal pasaba de él. En 1392, bajo Ricardo II, las cosas habían cambiado, y de hecho este rey decretó que todos los sirvientes de su casa viajasen siempre acompañados de arco y flechas, animándolos a usarlos en cuanto pudiesen. Una ley posterior obligaba a todos los sirvientes a ejercitar el arco los domingos y fiestas. En el enfrentamiento entre los rebeldes del duque de Exeter y los partidarios del rey Enrique IV, en Cirencester, la victoria de este último se produjo gracias a la intervención de los arqueros y arqueras del pueblo; hasta el punto de que Su Majestad decretó que la villa se beneficiase, a partir de entonces, de una entrega anual equivalente a cinco patos y un odre de vino que, conociendo a los ingleses, lo mismo sigue recibiendo.

La superioridad inglesa alcanza su punto más elevado en la batalla de Agincourt, 1415, que durante mucho tiempo fue para los ingleses como una especie de Waterloo; batalla en la que la capacidad de los arqueros ingleses detuvo a la caballería francesa, algo totalmente inesperado para los gabachos, que todavía creían en la guerra antigua, en la que los caballeros con armadura, si eran suficientemente numerosos, resultaban imparables. En realidad, desde Agincourt algo muy esencial cambia en la guerra del hombre, pues los combatientes de siempre, los nobles y gentes de alcurnia, fueron, primero parados, y luego masacrados, por unos puta base como los arqueros, todos ellos aldeanos sin historia.

Aquellos tipos, sin embargo, eran capaces de disparar nubes de flechas a razón de una tanda cada seis segundos. Sus flechas eran con seguridad mortales a unos 50 metros de distancia, incluso aunque el cuerpo en que impactasen llevase armadura, y seriamente dañosos hasta los 150.  Como digo, hasta Agincourt, se consideraba que una masa suficiente de humanos con armaduras subidos en sus caballos era una presión insostenible e imparable. Sin embargo, el poder del arco largo demostró lo contrario.

La enorme victoria en Francia, que dio a los ingleses la oportunidad de dominar porciones muy importantes de dicha nación durante mucho tiempo, entró, como digo, en la mítica nacional. Haber estado allí se convirtió en timbre de gloria y para los ingleses tardomedievales o renacentistas, aquella batalla adquirió los tintes que tendría, siglos después, Trafalgar. Agincourt ascendió a los cielos de la fama, y con ella el arco largo.

Enrique V admite el papel fundamental del arco largo en la victoria francesa dos años después, en 1417, cuando redacta una serie de instrucciones para los sherives de la nación, de forma que se regule definitivamente la formación de arqueros en Inglaterra. Entre otras cosas, esas instrucciones establecen que han de tomarse para cada flecha, del ala de los gansos, seis plumas destinadas a mejorar la precisión del dardo, y que se obtenían a expensas del rey. Teniendo cuenta que cada arquero iba a la batalla con 48 flechas, que los reclutados podían ser miles, etc., cabe considerar que la corona se gastaba una pasta en plumas (aunque parece ser que pagaba de puta pena, como siempre).

Además, el uso de las plumas en las flechas fue asimismo regulado, aunque no por leyes sino por las prácticas de los fabricantes. Las seis plumas usadas eran siempre la segunda, tercera y cuarta de cada ala.

Para satisfacción de los ingleses, los franceses, siempre tan dados a oponerse a que les cambien el paso, siguieron creyendo en su crossbow, incluso después de Creffey, Poitiers y Agincourt.

Cuando llega el reinado de Eduardo IV, rey que consiguió frenar el ímpetu de los enemigos lancastrians, los arqueros volvieron a marcar la diferencia en los enfrentamientos, con la novedad de que, ahora, ya no son sólo ingleses, sino también irlandeses. Una ley de ese reinado, conocida como The Irish Statue of Edward the Fourth, establece que todo ciudadano inglés, o irlandés que viva con ingleses, debe poseer un arco largo de la longitud de su talla (para el cual tallaría flechas con una longitud de la mitad del arco), y que debía estar hecho de tejo, avellano, fresno o, nos dice la ley, "cualquier otro árbol razonable". Todas las villas quedan obligadas a organizar pequeños torneos para ejercitar el arco en los días de fiesta, con una multa de medio penique para la que no lo hiciera.

La fama y valor de los arqueros largos ingleses queda atestiguada por el envío, hecho por este mismo rey, al duque de Borgoña, de 1.000 arqueros; los cuales, según nos dicen las crónicas, cobraron 6 peniques por día; el salario de un soldado inglés doscientos y pico años después. Luego, con la llegada de la artillería, el arco perderá importancia bélica, pero ya no abandonará las costumbres inglesas; personajes de la corte o reyes tan "modernos" como Carlos I o Catalina de Portugal eran arqueros, o gustaban de las competiciones de arco. Enrique VIII, por su parte, además de permitir a los miembros de la artillería vestir de cualquier color menos púrpura y escarlata, les otorgó el privilegio de no disparar sólo a dianas, sino también a pájaros; y de poder hacerlo en el entorno de dos millas de los palacios reales, donde estaba prohibido para el resto. Asimismo, el rey de las muchas esposas reguló el pago de indemnizaciones del erario público para todas aquellas personas que resultasen muertas de un flechazo por haber pasado entre el arquero y la diana; siempre y cuando el artillero pudiese demostrar que había gritado ¡Fast! (posiblemente, una abreviación de: ¡stand fast!)

¿Cuál es la gran ventaja aportada por el longbow? Según los ingleses que han escrito sobre el tema, la gran novedad introducida por esta arma tiene que ver con la forma de disparar.

Todo parece indicar que el arco, en la Antigüedad, se ha disparado llevando la flecha al pecho. Esto lo sabemos, entre otras cosas, por el mito de las amazonas, que nos dice que se amputaban el pecho de su mano diestra para que no les molestase al apuntar (unum execta latus pugnae pharetrata Camilla, nos dice Virgilio). Las condiciones del arco largo, y la pericia adquirida, una generación tras otra, por los ingleses, les permitió, sin embargo, llevar la flecha to the ear, esto es, hasta la oreja. Durante mucho tiempo fue famosa en Inglaterra, hoy perdida supongo, la historia del forzudo Topham, que solía hacer exhibiciones de su potencia en Islington como los culturistas hoy en las playas de Río de Janeiro. Y que un día, coincidiendo con uno de los entrenamientos de los arqueros de Finsbury, fue retado por uno de ellos, delgaducho y retaco, a ver si era capaz de disparar una flecha que tuviese dos tercios de su altura. Topham aceptó el reto, confiado, pero no fue capaz de disparar el dardo. Acto seguido, su escuchimizado competidor tomó su arco, una flecha larga en dos tercios de su altura, y, estirando el arco hasta su oreja, la disparó, aparentemente sin esfuerzo.

El buen arco largo, así acabó consolidándose la tradición de los ingleses, debía pesar una onza. Asimismo, el ganso que aportase las plumas debía de tener entre dos y tres años de edad; y las plumas usadas deberían de haberse caído por sí mismas. Asimismo, si algún día leéis la balada de Cheviot Chase (también conocida como de Chevy Chase), allí podréis aprender que dos de las tres plumas que se conseguían de cada ala habían de ser blancas; pero la tercera debía de ser marrón o gris. Y la cosa no es baladí, porque la diferencia de color ayudaba al arquero a alinear correctamente la flecha.

Como podéis ver, pues, el mito de Robin Hood no cayó, precisamente, del cielo.