viernes, noviembre 16, 2012

Soixante huit (3: Asambleas, asambleas, asambleas...)

De esta serie se ha publicado ya un primer y segundo capítulo.


Resumen de lo publicado: Aunque elfos, enanos, hobbits y otras razas se han mostrado unidos en su revolución contra Sauron, el Señor Oscuro, sus primeros actos y movilizaciones en la Tierra Media comienzan a mostrar ciertas desavenencias. Los enanos, sin ir más lejos, critican las protestas de los hobbits, ya que sostienen que son ellos, recios mineros acostumbrados al trabajo duro, quienes tienen que ser los líderes. Por su parte, los Rojirrim de la República Soviética de Pelennor afirman que, como su propio nombre indica, para rojos ellos; que Gandalf-Bendit es un piernas que apenas llega a revolucionario becario; y que la dirección de la guerra les corresponde a ellos.

Los nasgul, mientras tanto, clausuran la Tierra Media durante dos días para ver de calmar las cosas, pero eso en realidad no sirve de nada, porque los revolucionarios se desplazan a Minas Morgul, donde montan el pollo.

-------

El lunes 1 de abril, tal y como se había prometido, las clases comienzan de nuevo. El detalle más importante para esta historia de ese día es la aparición, por primera vez, de un actor importante en Mayo del 68: el SNE Sup, Syndicat National d’Enseignement Supérieur. Se trata de una organización amplísimamente difundida entre los profesores de Nanterre, de tendencia extrema izquierda alejada de la titularidad oficial comunista. De momento, el SNE Sup se limita a sacar un comunicado animando a profesores y estudiantes a intensificar su diálogo sobre los problemas planteados en los últimos días.

Los estudiantes, por otra parte, hacen saber al rector que el acuerdo tomado el fin de semana de cederles una sala les parece poca cosa. Ellos quieren, como mínimo, un salón de actos.

De las reivindicaciones, pasan a los hechos. El martes 2 de abril, por la mañana, más de 1.000 estudiantes (acompañados de 32 millones de progresistas españoles que, con los años, contarán ésta y otras batallitas cansinamente) ocupan un salón de actos. Comienza la pegada de carteles por todas las paredes con eslóganes más o menos imaginativos: uno que llegará muy lejos (hasta hoy): “El autoritarismo es el paternalismo de los maestros”.

La administración de la facultad deja el salón sin luz, Los estudiantes contestan dando vivas al Che Guevara (será porque le consideraban el Señor Oscuro…). Además, se llega al acuerdo de que, si no vuelve la luz en diez minutos, la asamblea se desplazará a la sede del Consejo de Facultad.

Pasa un minuto, y las luces se encienden.

Habla Cohn-Bendit: “Nos negamos a ser los futuros ejecutores de la explotación capitalista, razón por la cual hemos boicoteado los exámenes”. Es la primera vez, por lo tanto, que el Mago Gandalf de aquella movida reconoce, bien a las claras, que su revolución ha tomado un camino que instilará casi todas las protestas desde entonces hasta el día de hoy, especialmente en el ámbito laboral: el principio de que quien protesta (el estudiante que no quiere examinarse para que le conviertan en un capitalista) adquiere, en ese momento, el derecho a imponerle la protesta a los demás (impidiendo, mediante el boicot, que quienes sí quieren convertirse en unos sucios capitalistas, puedan hacerlo).

Veinte años después del final de la segunda guerra mundial, que teóricamente había acabado con esto, regresa la vieja teoría estratégica que impregnó tanto al leninismo como al fascismo, consistente en considerar la revolución como un proceso global y continuado. Por lo tanto, la revolución es todo: no tomar Coca-Cola es hacer la revolución; reivindicar una subida de salario es hacer la revolución; no ver la TF1 es hacer la revolución. En consecuencia, todo acto reivindicativo pasa a ser una pieza de esa misma revolución y, consecuentemernte, además de la propia carga reivindicativa, portará la voluntad de presionar para cambiar las cosas. Hoy nos hemos acostumbrado al concepto de "huelga política", pero entonces no estaba tan claro. En los primeros sesenta, lo que se pensaba, más bien, es que una cosa era hacer huelga para conseguir dos lonchas de jamón en lugar de una en el bocata de media mañana; y otra hacer huelga para socavar el sistema capitalista. De hecho, cuando uno lee las producciones de, por ejemplo, Ruedo Ibérico sobre el enorme proceso huelguístico que comenzó en Asturias en 1961 y acabó extendiéndose a toda España, apenas encuentra el concepto "tumbar al franquismo"; y sí lee mucho sobre jornadas laborales y salarios mínimos.

Danny, personaje de acendrada inteligencia estratégica pero una capacidad analítica del montón, baja, en su discurso, por derroteros que, en ocasiones, son casi ridículos. Por ejemplo: “es necesario denunciar el carácter cínico y represivo de la ciencia burguesa”. Cinismo cuántico, le podríamos llamar a esto; por si no lo sabéis, el bosón de Higgs es de derechas. Su argumento, en este sentido, es que “la ciencia ha participado en todas las masacres de nuestra época”. Afirmación que es, en sí, una pollada del tamaño de la Torre Eiffel; pues lo que él llama la ciencia (y digo esto porque para mí que confunde ciencia con ingeniería, pero, vaya, no nos vamos a poner estupendos) no sólo ha “participado” en las masacres de esta época, la burguesa; sino de todas, incluso aquéllas en las que la burguesía no existía; la "ciencia", como la llama Cohn-Bendit, ya estaba presente en las distantes épocas, antes de la existencia de las clases sociales, en las que un homo faber se dio cuenta de que afilando una lasca de pedernal, la piedra hacía mogollón de daño a sus enemigos.

De todas formas, Cohn-Bendit es un auténtico as del lenguaje. Pocos días después, por ejemplo, el movimiento que dirige, el 22 de marzo, hará público un manifiesto en el que, literalmente, se solidariza “con todos los estudiantes polacos en lucha contra el régimen burocrático”. Curiosa forma de referirse a un régimen comunista. Es más: en el párrafo siguiente, acusa a la prensa burguesa y “estalinista” de tratar de hacer pasar su movimiento como enemigo del comunismo. Cómo se podía, en abril de 1968, ser amigo del comunismo y al mismo tiempo de los polacos que luchaban contra él, es algo que Daniel no ha explicado nunca a fondo. Pero no hay que perder la esperanza.

Tras él, Karl Dietrich Wolff, líder del movimiento revolucionario alemán SDS (tras la movida del 68, se distanciaría de la labor política, convirtiéndose en editor, entre otras cosas de las obras completas de Hölderlin) explicó el programa de su organización, basado en el rechazo al apoyo de la RFA a la guerra de Vietnam, y el rechazo a un sistema educativo “que sólo forma idiotas especializados” (y consiguió reformarlo: el actual apenas está especializado).

El encuentro de la “oposición” tampoco es moco de pavo. La muy derechista FNEF, en este sentido, junta en su propia asamblea a no menos de 600 estudiantes (ninguno de ellos español… ¡por Dios!). Les pastorea Didier Gallot (no puedo jurarlo al 100%, pero tengo la sensación de que este Gallot es el Didier Gallot que se hizo juez y desarrolló su carrera como magistrado de primera instancia en Sables d’Olonne). Estos estudiantes denuncian el “terrorismo practicado a dos meses de los exámenes”.

Y aún hay una tercera reunión paralela en Nanterre esa mañana: la de la UEC, que condena sin paliativos los actos estudiantiles, “que le hacen el juego al poder”.

Para terminar con el retrato de aquel 2 de abril, la Alliance Républicaine, organización de extrema derecha dirigida por Jean Louis Tixier-Vignancour (para entonces, 1968, ya era bien famoso por haber sido abogado defensor del colaboracionista de Vichy Raoul Salan, así como activistas de la OAS; además, en 1965 fue candidato a las elecciones francesas, con un joven jefe de campaña que se llamaba Jean Marie Le Pen. Tras mayo del 68, se acercará a la UDR, y acabará recomendando a sus partidarios integrarse en ella para “derechizar la derecha”. Durante años, será el principal representante de lo que podríamos denominar el Tea Party del gaullismo) lanza un comunicado denunciando las movidas estudiantiles.

Con una notable falta de tacto, o más bien probablemente porque en ese momento no es consciente de a qué se está enfrentando, el gobierno filtra el miércoles a Le Monde la noticia de que pretende estatuir unas pruebas de acceso a la universidad, así como los numerus clausus en cada facultad.

En medio de estos dimes y diretes llegarán las vacaciones de Pascua o Semana Santa. Las cosas se tranquilizan. Sin embargo, están a punto de dar un giro inesperado.

A las cuatro y media de la tarde del día 11 de abril, un joven circula en bicicleta por la carísima, además de muy difícil de pronunciar, Kurfürstendamm de Berlín Oeste. Es Rudi Dutschke, portavoz del SDS. Según pasa, una persona le descerraja tres balas en la cabeza (sobreviviría al atendado, aunque con secuelas. Viajó a Reino Unido para buscar un tratamiento, pero meses después de haber llegado el gobierno conservador le expulsó a él y a su familia por "indeseables". Murió en la Nochebuena de 1979, mientras tomaba un baño; una de las secuelas que le había quedado del accidente era la producción de episodios epilépticos, tuvo uno, y se ahogó)..

Un joven de 23 años es casi inmediatamente detenido por los hechos. Se llama Joseph Bachmann (sería condenado por estos hechos a siete años de prisión. Cumplidos dos, en 1970, se suicidó en la cárcel. Lo realmente extraño es la manera que usó para matarse, porque se ahogó colocando una bolsa de plástico en su cabeza). Sin embargo, las organizaciones de izquierda apuntan rápidamente a otro culpable, a eso que hoy llamamos el “autor intelectual”: el grupo de prensa de Axel Springer, editor, entre otros, del periódico sensacionalista Bild Zeitung, cuyas técnicas son descritas por el periodista Günter Walraff en su libro El periodista indeseable. La misma tarde del atentado, se monta una manifestación frente a la sede de Springer en Berlín, un enorme rascacielos construido a propósito muy cerca del Muro para que la prosperidad occidental pueda ser contemplada por cualquiera desde el otro lado. Los manifestantes entran en el garaje y queman unos quince coches.

Al día siguiente, el atentado une en una sola convocatoria, en el Quartier Latin de París, al movimiento 22 de marzo, LA UNEF, la ESU (Étudiants Socialistes Unifiés, o sea el SEU del PSU, Partit Socialiste Unifié, de extrema izquierda), el CVN y la JCR. La manifa, apenas 2.000 personas, transcurre sin problemas. Frente al Odéon, el SRS afirma que el atentado forma parte de una estrategia más generalizada del “capitalismo alemán”. Se canta La Internacional.

Pero no es la única manifestación esa tarde. En otro punto de la ciudad, diez muchachos de L’Occident, una organización juvenil de extrema derecha, están destrozando una librería especializada en libros de izquierdas; además del pequeño cine Gît-le-Coeur, donde se proyecta una peli que no les gusta: Dix-septième parallèle, de Joris Ivens. Verla no os cambiará el sexo, pero no perderéis el tiempo rien du tout. En realidad, es un documental sobre el enorme puteo vivido por los habitantes de Vin-Lihn, un pueblo que está prácticamente en la frontera entre el Vietnam del Sur y del Norte (el paralelo 17), lo que hace que sufra las consecuencias de la guerra.

Al día siguiente, L’Humanité le dedicará algo de espacio a estos atentados, pero ningunea totalmente la manifa del Latin. Y anuncia para el lunes una manifestación, convocada por la UEC, de solidaridad con Vietnam. Ese lunes, el comunismo oficial junta entre 3.000 y 5.000 manifestantes, demostrando así que tiene más fuerza que los pelaos que la están montando en Nanterre. Está allí con todo lo gordo: UEC, UJCF (Union des Jeunesses Comunistes de France), UJFF (Union des Jeunes Filles de France). El mitin lo pastorea Jean Michel Cathala (dirigente de la UEC desde 1965, seguirá hasta 1976, que se dedicará a la abogacía).

Pero mientras Cathala les cuenta sus cosas a los manifestantes de la revolución oficial en el Odéon, L’Occident no se está quieto y, en la calle Etienne Marcel, donde se encuentran los locales del Comité Vietnam, no dejan demasiadas cosas enteras. Más: el miércoles, en la calle Soufflot, dos granadas se tiran contra el local de la UNEF. En posible respuesta, en el local de la derechista FNEF, en Nanterre, unas personas entran y se lían a puñadas con los que están dentro, provocando diversas heridas a un estudiante llamado Yves Kervenoaël (de quien no he encontrado más información, aunque sospecho, por las páginas de heráldica francesa, que debía de ser medio condesito).

Sobrados como de costumbre, los comunistas oficiales, que han hecho de la UEC su punta de lanza estudiantil, deciden hacerle una OPA al movimiento estudiantil de Nanterre, y con tal motivo, invitan al miembro del Comité Central del PCF Pierre Juquin para que dé una charla en la universidad. Es probable que lo recordéis: es el pollo al que vinos en la primera, embrionaria, manifa estudiantil con participación comunista; el tipo que luego se volverá rojiverde.

Pero Pedrito no tiene ni puta idea de la que le espera.