jueves, agosto 30, 2012

Breve historia de la ariosofía: (2: la Blavatsky)


Este capítulo sigue al texto introductorio.

Como ya he tratado de bosquejar en la introducción a estas notas, la segunda mitad del siglo XIX conforma un periodo de cambios fundamentales en la civilización europea; cambios que, habitualmente, son minusvalorados por aquéllos que piensan que todo lo relevante ocurrió durante el siglo XX.

El siglo XIX es el de la eclosión de las tendencias liberales y democráticas, en paralelo a las de corte obrerista o, como diríamos hoy, de izquierdas o de clase. Pero también es el teatro de otras cosas. Para lo que aquí nos interesa, es el teatro de un proceso por el cual, del estómago de Prusia, como en una escena de Alien, surge un monstruito nuevo, que llamamos Estado alemán. La aparición de Alemania lo cambiará todo en Europa. Cambiará definitivamente el papel internacional del papado (paulatinamente, la vida de Europa pasará a estar protagonizada por potencias no católicas, lo cual es una novedad en la Historia del continente); y planteará un problema de gran calado, cual es cómo darle a esta nueva fuerza surgida el natural espacio geopolítico que merece o cree merecer.

El relativo triunfo del liberalismo deciminónico, por otra parte, no es tal. Identificar la caída de los esquemas de Antiguo Régimen con el auge del liberalismo es un error bastante común. En las primeras seis décadas del siglo XIX, arde definitivamente un orden de cosas surgido del final de la Edad Media, cuando, como si de grupos mafiosos se tratase, nobleza y corona acaban pactando un reparto del poder que evite que, en la lucha por el mismo, ambos poderes acaben masacrándose. Sin embargo, el Antiguo Régimen, como ocurre en muchas revoluciones (véase, sin ir más lejos, las primaveras árabes), cae a manos y pies de fuerzas muy variopintas que, en el segundo siguiente a la victoria, comienzan a plantear el problema del reparto del nuevo poder. La liberación de todas estas fuerzas, que repentinamente se expresan, fundan periódicos, envían voceros a los parlamentos, genera un debate general que radicaliza mucho las posiciones en no pocos casos. Por eso, el siglo XIX es un caldo de cultivo tan bueno para el antirracionalismo, y para el racismo.

Este enfrentamiento de posiciones hará que la proclamación del rey de Prusia como Kaiser del II Reich (1871), en realidad plantee para eso que llamamos “los alemanes” más preguntas que respuestas. Especialmente para el nacionalismo alemán, de corte fuertemente conservador, el cual, a pesar de haber sido uno de los motores de la formación de Alemania, se encontrará con que el Reich, como fruto de la necesaria diplomacia pragmática, fallará a la hora de unificar a todos los alemanes y, muy especialmente, los alemanes de Austria; que, en buena parte, así se consideran, como décadas después Adolf Hitler no encontrará problema en sentirse alemán, a pesar de haber nacido en Austria.

La denominada ariosofía, o filosofía que está en el epicentro del pensamiento racista de los nacionalsocialistas alemanes, bebe de estas tendencias que surgen de lo que podríamos llamar “el desencanto alemán”: por un lado, un pangermanismo que propugna un cambio del mapa europeo que unifique todos los territorios mayoritariamente poblados por germanoparlantes; y, por otro, la denominada ideología völkisch (¿pueblófila?), de radicales elementos ultraconservadores y antirracionalistas. Ambas tendencias se cocerán, además, en un caldo de ideología seudomágica y ocultista, de fácil asimilación con el movimiento völkisch, teniendo en cuenta su antirracionalismo.

Cuando gobernantes y potencias europeas se plantearon, en la segunda mitad del siglo XIX, que tenían que mutar en sistemas distintos al Antiguo Régimen, se plantearon, inmediatamente, un pregunta inevitable: “pero... ¿qué hacemos con la abuela?”. La abuela era el vasto imperio, herencia de los Habsburgo, que ocupaba el Este del continente, de norte a sur, del Adriático al Báltico. La solución fue un pastiche un tanto torpe; tanto que, a su manera, acabaría generando una guerra mundial (incluso, si nos ponemos estupendos, dos).

La Austria-Hungría europea ocupaba diez nacionalidades distintas en su seno, entre las cuales los alemanes eran una más. En la porción occidental del imperio, los alemanes eran el 38% de la población; compartían suelo con checos, polacos, rutenos, eslovenos, serbocroatas, italianos y rumanos. Como ya hemos dicho, aunque el proyecto de Alemania quedó consolidado por la victoria de Prusia sobre Francia, en 1870, cuatro años antes, tras la guerra prusiano-austriaca, la no integración de Austria en el proyecto prusiano había sido decidida; dejando con ello pendiente un concepto, u objetivo, del que ya se hablaba desde entonces: la Anchluss, el reencuentro, la fusión entre Alemania y Austria.

Los movimientos nacionalistas alemanes austriacos fueron abandonando progresivamente el llamado entonces Grossdeutsch, o Gran Alemania, es decir la idea de una unificación de los pueblos germanos bajo la corona vienesa; para abrazar el Kleindeutsch, o Pequeña Alemania, es decir la unificación bajo el paraguas de Berlín. La ideología germanista austriaca se va haciendo cada vez más homogénea, y en 1886 Anton Langassner funda en Viena una federación de distintas asociaciones culturales germanistas o Vereine, denominada, de forma bien evidente, Germanenbund. El gobierno de Viena, temeroso de la influencia de esta federación de asociaciones, la disolvío (infructuosamente) tres años después.

Éstos, en cualquier caso, eran movimientos de carácter sociocultural, völkisch. El movimiento político, pangermánico, surgió en diversos círculos estudiantiles por aquel entonces. El pangermanismo, en coherencia con la Kleindeutsch, era un movimiento prusófilo, esto es, admirador de Prusia y su proyecto, finalmente exitoso, de crear un Estado alemán. El movimiento tuvo su primer gran líder en Ritter Georg von Schönerer, personaje de fuertes tintes antisemitas, antiliberales y anticapitalistas.

Años después, sin embargo, el sentimiento alemán habría de experimentar un importante impulso cuando Viena, a causa de las presiones centrífugas que experimentaba el imperio, tomó la decisión de impulsar reformas egalitarias entre las diferentes nacionalidades del imperio. En 1895, los eslovenos recibieron permiso para educarse en escuelas hasta entonces reservadas a los alemanes y, sobre todo, aprobó una ley en abril de 1897 que obligaba a todos los funcionarios de Bohemia y Moravia a hablar, no sólo el alemán, sino también el checo. Ese mismo verano, gravísimos incidentes se produjeron en todas las zonas germanófilas, en las que la policía tuvo que aplicarse con enorme violencia.

De aquellos tiempos data el odio cerril del nacionalismo conservador alemán hacia los eslavos, parcialmente oculto en la Historia por el odio antijudío, pero que difícilmente puede soslayarse. Enfrentamiento que, también, es un enfrentamiento religioso, pues las políticas eslavófilas fueron apoyadas y aplicadas por fuerzas católicas; lo cual forzó acciones como la campaña de Schönerer Los von Rom (rompamos con Roma). La ligadura protestante de la ideología pangermánica quería ver en la división entre Alemania y Austria una conspiración de inspiración católica, coordinada por un tal Gran Partido Internacional, o sea la pollada Bildenberg de su tiempo, que es todo un precedente de la conspiración judía mundial que luego sacaría a pasear el NSDAP cada vez que se le iba la luz.

Todos estos conflictos reales ya eran suficiente alimento para el racismo hacia todo lo no-alemán. Pero, además, debe de tenerse en cuenta que el final del siglo XIX es, también, el tiempo de la eclosión del darwinismo que, si bien en la ciencia fue un avance muy bonito y tal, en materia sociopolítica tiene unas derivaciones bastante jodidas.

La idea que sólo el más fuerte prevalece tiene una aplicación complicadilla en aspectos sociales; fue apasionadamente abrazada por el pangermanismo völkisch, que veía en ella el sustento para dos afirmaciones: una, que los alemanes eran fuertes por naturaleza (habían sobrevivido a los siglos sin ser nación, y frente a la conspiración del resto del mundo); y, dos, que más les valía no mezclarse con razas inferiores, porque de hacerlo perderían la fuerza de su sangre pura. Mientras muchos alemanes leían las obras de Ernst Häckel, el biólogo que explicaba en sus escritos los problemas derivados de la mezcla excesiva de las razas, las condiciones económicas del momento provocaban la emigración masiva de judíos de muy baja extracción social desde la región polaca de Galitzia hacia las más ricas zonas germanoparlantes, generando con ello el germen de un conflicto.

Pero, como decíamos antes, todo esto venía a combinarse con otro fenómeno de gran importancia: la pujanza, en la segunda mitad del siglo XIX, del ocultismo.

El ser humano, en uno más de sus frecuentes alardes de pensamiento irracional hasta las cachas, cuanto más sabe del mundo, cuanto más ve avanzar las explicaciones de por qué el agua hierve, por qué las estrellas se mueven en el cielo de la noche, o por qué cuando nos sentimos agotados lo mismo es que se nos ha hinchado el hígado, más aficionado se hace a las explicaciones según las cuales todo eso pasa porque hemos nacido cuando Júpiter estaba no sé dónde, o porque el poltergeist de nuestro tío abuelo tiene hemorroides.

En la penúltima década del siglo XIX, tras un siglo de descubrimientos fundamentales para el conocimiento humano, dichos avances cristalizaron, para algunos pollas, en un creciente interés por la teosofía y las coñas marineras parasicológicas. Y, entre los creadores de esta seudociencia, notablemente beneficial para quienes la inventaban, descolla con especial brillo la figura de una mujer, la rusa Helena Petrovna Blavatsky.

Fundadora de una sociedad teosófica en Nueva York, que luego trasladó a la India, Blavatsky fabricó, a partir de su primer libro, Isis descubierta, un gazpacho conceptual de información formado por conceptos de las religiones del mundo (recuérdese que el siglo XIX es el siglo de las exploraciones, y de la antropología), la masonería, los ritos satánicos y otra serie de movidas mistabobas del mismo calibre; todo ello salpimentado, cómo no, con una obsesión personal por el Antiguo Egipto, esa extraña civilización formada por superhombres, extraterrestres quizá, que mientras eran, por lo visto, capaces de levantar piedras de mil toneladas con el glande, eran asimismo incapaces de curar una puta y simple caries.

En 1879, como hemos dicho, Blavatsky se fue a Madras, en la India, donde escribió su libro La doctrina secreta (1888), que pretendía ser el comentario de un texto secreto, el Stanzas de Dzyan, que la madama afirmaba haber encontrado en los sótanos de un monasterio en el Himalaya (como puede verse, a la teosofía de esta señora no le faltaba de nada: Egipto, el Himalaya, bla). Para entender este manuscrito, la Blatavsky contó con la ayuda de dos maestros locales, llamados, según ella, Morya y Koot Hoomi.

La doctrina secreta nos describe una dinámica divina basada en procesos cíclicos de creación y destrucción que se repiten eternamente. El mundo actual, según el libro, es una creación de Dios que posteriormente, se va a desarrollando en diversos tipos de seres distintos. El mundo se crea en tres fases denominadas tiempo, espacio y materia. La creación en sí, además, se concreta, según el plan divino, en siete periodos distintos (obsérvese con qué habilidad Blatavsky concreta sus teorìas en elementos que el lector puede fácilmente reconocer como propios; tal como la identificación de la creación con el número 7).

En la primera fase del universo prevaleció el fuego, en la segunda el aire, en la tercera el agua, en la cuarta la tierra, y en las tres siguientes el éter (en el caso de la Blavatsky, suponemos, una buena chusta). De esta manera, el universo vive cuatro etapas de esencia divina, seguidas de otras tres, que vienen a ser como un regreso a la esencia primigenia, antes del inicio de un nuevo ciclo. La expresión de los diferentes estados de evolución la simboliza Blavatsky con figuras tomadas de la mitología india... entre ellas, la esvástica.

Toda esta evolución cósmica es controlada por un pollo, tipo o demiurgo, llamado Fohat, a quien ella describe como un agente empleado por los hijos de Dios para evolucionar el universo (una especie, pues, de Fuerza Creadora Funcionaria por Cuenta Ajena). Expresiones del poder de Fohat eran la luz del sol y la electricidad; aquí vemos, una vez más, la enorme influencia del siglo y la comprensión a medias de algunos de sus avances de conocimiento (en este caso, el magnetismo).

Una vez escrita la génesis del universo, la Blatavsky describe en su libro la del hombre, ser que está plenamente sintonizado, por supuesto, con todas estas corrientes divinas que crean el Cosmos.

Punto éste que es el más fecundo para la ideología nazi.

Según Blatavsky, cada una de las siete rondas evolutivas del universo era testigo del auge y caída de siete razas humanas distintas. Las cuatro primeras, bebiendo de la esencia universal de que las cuatro primeras etapas de creación eran de naturaleza más divina, eran más perfectas, aunque progresivamente más contaminadas por los deseos mundanos; las razas quinta a séptima iniciarían una nueva ascensión hacia la esencia divina que permitiría, una vez caída la séptima, el reinicio de otra ronda evolutiva.

Finalmente, Blatavsky afirmaba en su libro que el mundo de su tiempo se encontraba en la cuarta (y última de esencia divina) fase de evolución del universo y, asimismo, en la quinta raza. Esta quinta raza era la aria, y se había visto precedida por la cuarta de los atlantes (¿echabas de menos la Atlántida? ¡Pues aquí está!), que había perecido en el famosísimo hundimiento de su continente, en el que medio mundo cree sin que nadie jamás lo haya demostrado.

Los atlantes de Blatavsky eran como muchos otros pollas los han imaginado: enormes de dimensiones, con fuerzas sobrehumanas (sin embargo, al parecer no sabían nadar), poderes mentales paranormales, y una tecnología avanzadísima (incapaz, sin embargo, de fabricar simples barcas que les hubieran permitido sobrevivir al hundimiento de su continente; el cual, probablemente, tampoco dichas tecnologías tan avanzadas fueron capaces de prever). Todo esto gracias a su buena relación con Fohat, el gran funcionario divino (bastante parecido, todo hay que decirlo, al concepto del Espíritu Santo).

Antes de los atlantes, existieron en la Tierra otras tres razas protohumanas (interesante ejercicio de la Blatavsky de no negar los descubrimientos que ya entonces iba haciendo la paleontología), más concretamente,y por orden: una raza astral que vivió en una tierra invisible; la raza hiperboreana, que habría vivido en un continente perdido situado en los polos (qué casualidad; allí donde los contemporáneos de la escritora no podían buscar). Y la raza lemuriana, que había vivido en un continente perdido en el océano Índico.

Los lemurianos, que debían de ser un tanto viva la virgen, cayeron en la iniquidad y el pecado. Sólo unos pocos de entre ellos mantuvieron la sabiduría y la inspiración divina y, separándose del resto, se fueron a vivir a una isla en el desierto del Gobi (sic) llamada Shambala. Allí, estos sacerdotes puros crearon una nueva raza, la lemuro-atlántida, unos de cuyos remanentes habrían sido los famosos Morya y Koot Hoomi quienes, desde su remota residencia en el Himalaya, tenían como misión la formación de la raza aria; años después, como sabemos, Hitler enviaría una expedición a buscar esos conocimientos.

Toda esta farfolla vendedora de libros destiló conceptos de gran valor para la ariosofía, como la supremacía racial (la aria como raza troncal de la evolución presente del mundo) y, consecuentemente, el concepto de jerarquía (unas razas no son iguales que las otras), que es la condición prevalente de todo racismo.

Pero, en todo caso, toda esta colección de polladas, ¿cómo pudo llegar a los movimientos ultranacionalistas germánicos? Pues, aparentemente, fue, cuando menos en parte, a través de iniciativas de corte, que diríamos hoy, progresista, como el movimiento denominado de Lebensreform (reforma del modo de vida) que, por aquellos años, defendía en Alemania y Austria un retorno a lo fundamental y original, a través del vegetarianismo, el nudismo y otras prácticas parecidas; movimiento que fue entendido por muchas personas, asimismo creyentes de las ideologías völkisch, como ligado a todas estas teorías referentes a la raza aria como la raza original del mundo, y bla; como veremos al hablar de Von List, el naturalismo, el ecologismo diríamos hoy, es un punto de conexión con la ariosofía, a través del wotanismo. 

Y bien, una vez que hemos contado la que montó la Blavatsky, comenzaremos a contar lo que otros hicieron con estos "conocimientos".