miércoles, mayo 16, 2012

Imperator follator (Tiberio)


El joven Tiberio, que como ya hemos leído no era hijo de Augusto sino de Livia y su anterior marido, tuvo un primer matrimonio que, según todos los indicios, fue una mezcla de matrimonio de conveniencia y por amor. Es muy probable que el compromiso no fuese casualidad porque era muy político: tomó la mano de Vipsania Agripina, hija de Marco Agripa (lo cual, por cierto, la convertía en nieta de Cecilio Ático, quien ha pasado a la Historia por ser el receptor de las cartas de Cicerón que se estudiaban en la escuela pleistocénica). Marco Agripa era uno de los principales suportes del octavismo y, por lo tanto, como digo aquel matrimonio debió de tener bastante de político. Sin embargo, también debió de tener algo que ver con el amor, porque Tiberio se enamoró de Vipsania perdidamente. 

Aunque Livia no fuese la hija de puta que pinta Graves, difícil es que no fuese una mujer de gran determinación; y eso, probablemente, causó problemas a Tiberio, un joven más bien pusilánime. En Vipsania, Tiberio encontró a la follamiga ideal y, por eso, para él fue una enorme catástrofe personal que Octavio, dentro del proyecto decidido con su mujer de legarle a su hijastro la alteza imperial, le obligase a divorciarse de ella para casarlo con su propia hija, Julia. Marido y mujer ya habían tenido un hijo, Druso; pero Vipsania estaba embarazada por segunda vez cuando el emperador decretó su divorcio. Tiberio nunca se recuperó del golpe y nunca dejó de querer a la que, probablemente, siempre consideró su mujer. Nos ha llegado el relato de una vez que, por casualidad, se cruzaron en la calle, y el relato nos dice que el rostro y la mirada de Tiberio dejaban tan poco espacio a la interpretación, que Augusto tomó medidas severas para que jamás volviesen a verse.

Julia, por su parte, era un putón verbenero. Un pendón desorejado. Más ligera de cascos que el ganador del Grand National. La entrepierna de la hija de Augusto parecía el intercambiador de Nuevos Ministerios a las ocho de la mañana; y sus aficiones, probablemente, se vieron enervadas tras casarla su padre con un tipo a quien ella le repugnaba, no porque fuese fea ni cabrona, sino porque estaba enamorado de otra. Sabido es, además, que las mujeres llevan pelín mal eso de que su churri tenga ojos para otros elementos de la manada; y Tiberio tenía más que ojos. Para colmo, cuando Tiberio (o algún otro colaborador) consiguió preñar a Julia, la hija de Augusto resultó ser de caderas infinitesimales, y el niño la palmó; el detalle fue más que suficiente para que el marido pasara a dirigirle apenas la palabra a su mujer.

Tal y como nos cuenta Veleyo Patérculo en términos que dejan poco espacio para la  interpretación, la situación fue llegando, poco a poco, a un punto en el cual el emperador no podía hacer oídos sordos. Ya hemos dicho que Octavio podía estar palote palote de siete a cuatro, pero no por ello dejaba de cuidar del prestigio del Estado y el qué dirán. Por eso mismo, no tuvo ningún reparo en meterle a su hija por el culo un billete sólo de ida a la enana isla Pandataria, que viene a ser como exiliar a alguien hoy en día a Perejil.

Según Tácito, la distancia de Vispania y el matrimonio obligado con Julia fueron el motivo del autoexilio de Tiberio a la isla de Rodas. Tiene sentido la cosa. La otra razón por la que Tiberio podría haberse ido de Roma, que maneja Graves por ejemplo, es que sintiese que perdía el favor de Octavio; pero esto no está demasiado claro. Más parece que Tiberio, melancólico y amargado, se marchó a la isla griega porque estaba, cuarta arriba, cuarta abajo, hasta los cojones de la pelea por la sucesión imperial.

Tiberio, sin embargo, hubo de ser llamado a Roma a la muerte del Augusto, para ocupar su lugar. Hoy, muchos historiadores se inclinan a considerar el reinado de Tiberio como un reinado básicamente positivo para los romanos en general, aunque, en lo político (y esto es muy importante a la hora de interpretar su figura histórica), también se caracterizó por una enorme tensión política.

Pensemos: Julio fue, más que emperador, dictador, por la fuerza de su espada, su inacabable inteligencia política, su enorme carisma y el hecho, nada despreciable, de que en Roma hubo una guerra civil, y la ganó él. La muerte de Julio dejó claro que en Roma seguían existiendo notables tensiones prorrepublicanas y un clima de guerra civil en el que eso que en el Renacimiento italiano se llamará los gonfalonieros tenían una oportunidad; tal cosa era, en mi opinión, Marco Antonio. Octavio acabó con todo eso y estabilizó la institución, con la notable ayuda de Marco Agripa, entre otros. Pero su figura, indudablemente, era la de un vencedor que, por la espada, se había llevado por delante a sus contrincantes.

Tiberio es, pues, el primer emperador que no hereda la espada, sino la institución ganada con ello (el Imperio). Y, por eso mismo, es el primer emperador que registrará tensiones con el Senado, o si se prefiere con la oligarquía tradicionalmente gobernante. Tensiones que son lógicas: hasta Julio, la oligarquía patricia y su cursus honorum (por el cual, simple y llanamente, para ser alcalde, senador o ministro había que demostrar antes que se era suficientemente rico para serlo, cosa que prácticamente solo eran los patricios) lo domina todo, salvo algunas migajas entregadas: el normalmente demagógico contrapoder de los tribunos de la plebe, y una esquinita del Estado republicano confiada al ordo equester o nobleza menor.

Cuanto tienes el monopolio de un sector y éste es liberalizado, sólo puedes ir para abajo: si tienes el 100% del mercado, obviamente no puedes ganar más cuota; todo lo que te puede pasar es que tus competidores se queden con parte de tu cruasán. El gran orden patricio romano tenía el monopolio del poder republicano de facto, y la existencia del emperador suponía una obvia reducción del mismo. Mientras Roma se sacudió en el terremoto de las guerras civiles, optó por permitir la solución del mando único; pero no eran pocos los que soñaban con regresar a los good old days a las primeras de cambio. Pero los emperadores, o sea Augusto, jugaron con magistral arte político la carta amenazadora del caos. Octavio, literalmente, acojonó a la sociedad romana con la ruptura de la normalidad que él les había garantizado. En  vibrante escena de la novela de Graves, durante unos disturbios, una garrida Livia se asoma a una ventana de palacio, se enfrenta con el populacho vociferante, y les reprocha que pidan el regreso de la República pues la República, les escupe, es el caos.

Cuando Augusto murió, dejaba una línea trazada que era muy difícil de quebrar. Pero eso no quiere decir, necesariamente, que el Senado le otorgase a su sucesor una carta en blanco. Lejos de ello, el reinado de Tiberio es, en buena parte, la historia de un rosario de encuentros y desencuentros entre el emperador y su clase política. Problemática en la que la propaganda jugó un papel importante; entre ella, la propaganda sexual.

Tiberio, ya lo hemos dicho, probablemente fue un emperador no exento de eficiencia. Pero, al menos en mi opinión, era un tipo amargado, extraordinariamente melancólico; es incluso probable que tras su divorcio de Vipsania fuese víctima de una depresión que permanecería latente, apareciendo y desapareciendo como un Guadiana, el resto de su vida. Esto es algo que atestigua su propia actitud ante el poder, pues no hay que olvidar que, cuando Tiberio se retira a Rodas, lo hace en medio de un enorme debate constitucional sobre quién deberá suceder a Augusto a su muerte.

¿Por qué el problema? Pues porque Tiberio no era hijo de Augusto. Era hijo de Tiberio Claudio Nerón y, por lo tanto, no pertenecía a la gens Julia (para que nos entendamos: la familia real), sino a la Claudia (podríamos decir: más o menos, un Marichalar). De hecho, Tiberio era un Claudio por partida doble, ya que Livia Drusila, su madre, era hija de Apio Claudio Pulcher. Por lo tanto, juntaba en sí las dos ramas de la gens Claudia, la denominada rama de Nerón, y la de Pulcher. Sin embargo, en una concepción hereditaria del imperio, tenían, para muchos, prevalencia los vástagos de la gens Julia, la de Augusto; e incluso Agripa o su familia. De hecho, no es hasta la muerte de sus nietos Cayo y Lucio que Augusto se decidió por adoptar al hijastro que andaba en Rodas ajeno a todo.

Yo creo, contra la opinión de otros, que la marcha de Tiberio a Rodas fue sincera. No fue un movimiento estratégico calculado por su madre, como pretende Graves. Rodas fue un episodio de la ciclotimia pasota del emperador, como lo sería, regresado a Roma, su decisión de dejar todo el poder en manos de un parvenu, Elio Sejano, quien crearía un régimen represivo de terror, no exento de tintes populistas, que agostó Roma. Sejano cayó, según Graves, por una conspiración de Calígula. En realidad, tengo yo por más probable que el instigador de dicha movida fuese su socio conspirador en la novela, Macrón, jefe de los pretorianos y perro fiel del propio Sejano. Sería lógico que Macrón, ante el deterioro físico de Tiberio que hacía prever su muerte o su incapacidad, tuviese claro que Sejano no iba a sobrevivir a la debilidad de su mentor, y decidiese adelantarse a los acontecimientos liderando una reacción contra su jefe. Esto explicaría la enorme crueldad de la represión macroniana que, según Tácito, empedró las calles de Roma de cadáveres de todos los sexos y de todas las edades.

El periodo de Sejano, sin embargo, fue posible gracias a que Tiberio se embutió en un segundo retiro, ya emperador, esta vez en la isla de Capri. Tanto Tácito como Suetonio relatan en sus obras bacanales, perversiones y parafilias sexuales sin cuento en aquella isla, con ejércitos de adolescentes de ambos sexos prostituidos, obligados a triscar por los bosques como ninfas. Y a un emperador Tiberio entregado a prácticas entre sádicas y exageradas, muy centradas en la felación que, nos cuentan estos historiadores, incluso obligaba a realizar a niños apenas destetados. Estos relatos son la base del mito de Tiberio como un emperador especialmente pervertido en lo sexual, mito que Robert Graves compró al 100% en su famosa novela.

Sin embargo, hay cosas aquí que opinar. En primer lugar, hay historiadores de la época, como Dion Casio y los dos Plinios, que ni siquiera citan estos hechos. A lo que hay que unir que Tácito odiaba a Tiberio, y más lo odiaba aún Suetonio, que era, no lo olvidemos, republicano y miembro del ordo equester, esto es, antiimperial por definición.

El de Suetonio, además, es un relato especialmente extraño, pues él mismo reconoce que hasta el año 26 a.C., cuando se retira a Capri, Tiberio vive en Roma desempeñándose como un emperador tan preocupado por el déficit público que “cutre” es una palabra que se le puede aplicar bien sin temor a exagerar; y, más aún, liderando diversas campañas para recuperar los valores morales de la vieja sociedad romana. De repente, sin embargo, Suetonio pasa a pintarlo en Capri enculando niños y desvirgando niñas, amén de entregado a complejas prácticas de voyeurismo parafílico. 

Además, ni un solo historiador refiere historias siquiera parecidas del retiro anterior de Rodas; aunque justo es reconocer que Tácito hace una referencia, genérica, a que allí se entregó a “desenfrenos secretos”.

Como siguiente elemento, cabe recordar que, como hemos dicho antes, Tiberio “disfrutaba” de un cierto odio de las gens patricias, notables impulsoras de no pocas de las obras históricas que nos han llegado. Y que, más aún, como emperador persiguió a la familia de Germánico (especialmente a su mujer, con la que llevó como el culo); y es precisamente este tronco genético el que, a través de Cayo Calígula, Claudio y Nerón, acopiará los años de poder subsiguientes a Tiberio; bien pudieron ceder a la tentación de hacer que la propaganda lo denigrase.

Existe, no obstante, la posibilidad de que las cosas que se cuentan sean ciertas, o medio ciertas. Un dato inquietante en Tácito y Suetonio es que ambos señalen al unísono (de todas formas, se ha especulado con que ambos utilizasen la misma fuente,  hoy desaparecida) que la degradación de Tiberio se intensificó tras la reacción y ejecución de Sejano en Roma. Es posible, desde luego, que Tiberio, un hombre sufriente y amargado, llegase a un punto, al conocer las tropelías y crueldades cometidas en su nombre por su lugarteniente, que le impulsase a decretar una represión tan sangrienta como la que ejercitó, tras la cual, literalmente, se le habría ido la pinza.

También hay algunos testimonios que apuntan a la posibilidad de que la personalidad de Tiberio incluyese ciertos tonos sociopáticos, necesarios para la persona que se dedica a torturar a otros. Suetonio dejó escrito que Tiberio era zurdo y, en realidad, tenía tanta fuerza en la mano izquierda que, nos dice, era capaz de golpear en la cabeza a un niño e incluso a un adolescente y hacerle sangre. Este detalle, evidentemente, tiene que proceder de una anécdota real, quizá el castigo a un esclavo, y revela una evidente capacidad de dañar con absoluta falta de empatía.

No obstante lo dicho, son muchos los estudiosos que hoy ven terreno más que sólido para sostener la idea de que la presunta fama de Tiberio como follador compulsivo fue fabricada por la propaganda y es, en su práctica totalidad, falsa.

Yo imagino, más bien, a un Tiberio que, a fuerza de sufrir la soledad, acabó por buscarla. Se quedó solo cuando Vipsania salió de su vida. Lo hizo para casarse con una mujer extraordinariamente ambiciosa que quería ser emperatriz y que, al parecer, se pasaba el día reprochándole su carácter pusilánime y tirándose a todo lo que se movía. Amedrentado y asqueado a partes iguales, acabó solo. Permanentemente solo porque, aparte de Elio Sejano, la Historia no registra la figura de ese amigo, o esa amante, en la cual descansar el pecho las noches en que lo ves todo negro. Que en la larga vida de Tiberio, debieron de ser muchas.

Si así fue su vida, triste sarcasmo es que la imagen que haya quedado de él es la de un tipo de bacanal continua.