viernes, mayo 18, 2012

Imperator follator: Calígula


Si de las historias que sobre Tiberio se puede y se suele dudar, la intensidad, consenso y frecuencia de los relatos que los historiadores antiguos han hecho de Cayo Calígula dejan poco margen para pensar en una mentira.
Cayo Caligula, llamado así porque de niño era el juguete de las legiones que comandaba su padre Germánico (Calígula es diminuto de caliga, bota; significa, por lo tanto, botita, mote que se refiere a las botas militares de niño que llevaba), no terminó su vida siendo normal. No está claro que tuviese siempre problemas mentales; aunque Robert Graves lo dibuja como un sicópata de nacimiento que, incluso, mata a su padre de miedo, no me parece a mí que algo así se pueda afirmar con rotundidad, porque, como emperador, tuvo unos inicios al parecer bastante equilibrados, hasta un momento en que enfermó, tan gravemente que se temió por su vida; pudo ser esa enfermedad la que le provocase los problemas que tuvo.
Hay que decir, en todo caso, que hay analistas de Calígula, como el francés Régis Martin en su libro sobre los doce césares, que reducen eso que podríamos denominar el misterio Calígula a términos bastante sencillos. Para Martin, por ejemplo, las excentricidades y los abusos de poder cometidos por Calígula serían el simple reflejo del hecho de que adquirió un poder casi total, imperial, siendo muy joven; y que, además, siguiendo a su padre, Germánico, fue criado en la vertiente oriental del imperio romano; una parte del mundo acostumbrada a los reyes con poder absoluto, ejercido no pocas veces con brutalidad. La combinación de ambos factores, el aburrimiento y la propensión al poder total, explicarían buena parte de su conducta.

Cayo Calígula se casó en el año 33 con una hija de Marco Silano, Julia Claudila. A todas luces, fue un matrimonio político, porque de esta forma emparentaba con uno de los patricios más poderosos del imperio, buscando con ello consolidar su situación. Junia, sin embargo, murió de parto tres años más tarde, tras lo cual Calígula empezó a mostrar su propensión a las relaciones no muy normales pues, en lugar de casarse, como habría sido lo normal, inició una relación con la mujer de Macrón, prefecto de la guardia pretoriana, quien probablemente consintió la situación por interés de poder.
Progresivamente, el abuso de poder de Calígula se fue haciendo más, como decíamos, oriental. Sus actos se convirtieron cada vez en más arbitrarios. Conocida es la anécdota que cuenta Suetonio según la cual un día, decidiendo quiénes de una fila de hombres habrían de ser castigados, y observando que había dos en la fila que no tenían pelo, ordenó las ejecuciones a calvo ad calvum, es decir, de calvo a calvo.

Sin embargo, hay que tener ojo al juzgar a Calígula porque, en ocasiones, hay quien piensa que el evidente espíritu borderline del joven emperador hace pasar por locuras cosas que pudieron ser otra cosa. Cuando hemos hablado de Tiberio ya hemos dicho que la adaptación de la clase otrora dominante en Roma a la existencia de una poderosísima familia real no fue fácil. Si Tiberio se enfrentó al Senado pero se ocupó mucho de mostrarle respeto, Calígula fue mucho más irrespetuoso y provocador. Ambos emperadores tuvieron más o menos los mismos problemas, pero Calígula, aprovechando, sobre todo al inicio de su mandato, el hecho de ser hijo de un personaje extraordinariamente popular como el malhadado Germánico, tuvo mucha menos paciencia.
Un caso de lo que aquí comento es el famosísimo gesto de nombrar a su caballo, Incitatus, cónsul de Bitinia (no de la misma Roma, como habitualmente se dice de forma errónea). Es cierto que Calígula bebía los vientos por aquel caballo que, por cierto, era español. Es cierto que lo tenía a cuerpo de rey con varias decenas de personas cuidando de él constantemente; pero eso, la verdad, es algo que no sólo Calígula ha hecho por un buen caballo de carreras. Sin embargo, y siendo cierto que Incitatus era muy importante para él, puede ser que el gesto de nombrarlo cónsul no tuviese que ver con que estuviera loco, como habitualmente se ha dicho; sino que fuese un calculado gesto de desprecio hacia el Senado, una manera de dejar claro que las instituciones romanas, como emperador, le importaban un cojón.
Estuviese loco o cuerdo, es muy difícil sostener que Calígula no enfermase de poder, lo cual lo convirtió en el tipo servil y miserable que describen los historiadores. Tanto Dión Casio como Suetonio, por ejemplo, cuentan el caso de Livia Orestila y Calpurnio Pisón, dos pijos romanos que decidieron casarse y, siendo como eran niños fresa, decidieron invitar al emperador a su boda. Calígula, que asistió, se prendó inmediatamente de Livia y allí mismo, en los esponsales, la hizo llevar a su palacio, donde la convirtió en su amante. Aunque más bien habría que decir que la violó porque, días después, y tras descubrir que Livia se veía con su marido legal a escondidas, los desterró a los dos por cometer actos impíos (que tiene huevos).

Un argumento que abona la tesis de la locura de Calígula, un poco sobreexplotado por Graves en su novela, son las constantes referencias que el emperador hacía al panteón divino para casi todo lo que hacía. Graves, siguiendo en parte a Suetonio, interpretó que eso quería decir que Calígula se creía un dios; y podía tener razones para creerlo, pues, al fin y al cabo, personas de carne y hueso como Octavio Augusto, lo eran. Sin embargo, esa constante apelación a la condición divina bien puede formar parte de usos no relacionados con la locura, sino con la lucha por el poder: en el marco de una tensión constante con la oligarquía senatorial, Calígula acudiría al apoyo divino o semidivino para sustentar sus posiciones y reivindicaciones. Pero eso no es tan raro: ¿cuántos gobernantes europeos de nuestra Edad Media y Moderna, por no decir mandatarios de países musulmanes, han sacado adelante sus ideas, proyectos o estrategias con el argumento de que “Dios lo quiere”? ¿Cuántos hombres de Estado, desde Isabel la Católica hasta el general Franco, no se han considerado responsables, tan sólo, ante Dios y ante la Historia?

Sea como sea, Calígula justificó su “matrimonio” con Livia Orestila aduciendo que se quería casarse como Augusto y Rómulo; uno,dios; el otro, símbolo romano por excelencia.

Pero luego siguió. En el año 39, separó a Lolia Paulina de los brazos de su marido, Cayo Memnio; ella no debió satisfacerlo con su actitud, pues la repudió, formalmente por ser estéril; pero, al tiempo, la prohibió estar con ningún otro hombre. De manera un tanto sorprendente, después de muchas relaciones de este tipo, volvió a casarse, esta vez con Cesonia. Reconstruyendo la figura de esta mujer con los testimonios existentes, se podría decir que era una mujer con la que Calígula ya había tenido relaciones. Era, probablemente, una cortesana, una puta, quizás de lujo; “mujer echada a perder por los excesos y los lujos” (luxuriae lasciviae perditae), la llama Suetonio. Al parecer, Cesonia se quedó embarazada (no está claro que de Calígula), pero el emperador se casó con ella, cuando estaba ya de ocho meses, porque quería tener un hijo en treinta días. Según Suetonio, se casaron después del parto: Uxorio nomine non prius dignatus est quam enixam, uno atque eodem die professus et maritum se eius et patrem infantis ex ea nata (una vez que alumbró, él quiso honrarla llamándola su mujer y, en el mismo día, se declaró marido suyo y padre de la hija que acababa de tener).
Pocas personas dudan de que este matrimonio fue por amor. Cesonia no era de las grandes familias patricias; apenas era medio hermana de un cónsul menor en la Historia Romana, Corbulón (que, además, lo fue en el año 40, es decir precisamente cuando ya era cuñado de Calígula). Cuando se casó con Calígula, era bastante mayor y había parido ya tres hijos (sin contar a Julia Drusila). Suetonio afirma que el atractivo de Cesonia para Calígula estribaba en que ella compartía con él sus perversiones. Verdaderamente, si Cesonia tenía por suyo el oficio de la coyunda, es posible que eso ocurriese. Pero también son posibles otras tesis, porque es evidente que Calígula tenía una intención clara de tener un sucesor.  Su primera mujer murió de parto y a la segunda la repudió por estéril; aunque la separación de Lolia Paulina parece incorporar otros elementos, no hay que descartar que, verdaderamente, no fuese capaz de quedarse embarazada. Por otro lado, la fertilidad de Cesonia estaba fuera de toda duda. Tanto que, aunque los testimonios son equívocos sobre si se casaron antes o después de que ella tuviese su cuarto parto, hay razones para pensar que la hija que tuvo fuese del emperador.

La rapidez con que Calígula reacciona “honrando” a Cesonia con un nombre o categoría totalmente respetable, hacen pensar que Calígula y ella se amaban sinceramente, y que el emperador sintió un cariño real por Julia Drusila, la niña; lo cual en Calígula era mucho, y abona, en mi opinión, la tesis de que se trataba de su hija. Además, hay que tener en cuenta que los conspiradores que acaban con el emperador, que lo hacen, muchos de ellos, con la intención de cobrarse una venganza total de todo lo que tenga una relación con él, también asesinaron a Cesonia y a la pobre niña, que entonces tenía sólo dos años.
En todo caso, si Cesonia fue puta, no fue la única que visitó el tálamo de Calígula. Piralis, probablemente la escort más famosa de su tiempo, fue proveedora del emperador con mucha frecuencia. Aunque a Calígula, según los relatos, lo que le gustaba era tirarse a mujeres patricias durante sus fiestas, incluso delante de sus maridos. En otras ocasiones, se las llevaba a alguna habitación, para luego volver y discutir con el marido las virtudes y defectos que había encontrado.
Además, Calígula, es conclusión lógica de la lectura de los clásicos, practicó el incesto. Tuvo relaciones sexuales muy frecuentes, con seguridad, con su hermana Drusila; y, probablemente, también con Agripina y Livila, sus otras dos hermanas. Si hemos de creer a Suetonio, Calígula estaba enamorado de Drusila desde siempre, puesto que la desfloró cuando todavía no era ni adolescente; y se la habría robado a su marido legal, Lucio Casio Longino. De hecho, a la muerte de Drusila, la convirtió en diosa.

En todo caso, no podemos olvidar lo dicho anteriormente sobre la “base oriental” de la educación de Calígula. El emperador conocía muy bien las tradiciones egipcias, donde el matrimonio (faraónico) entre hermanos, y aún entre padres e hijos, era relativamente normal.

Nadie en sus cabales niega los excesos sexuales de Calígula. Lo que pasa es que, con el tiempo, se ha producido toda una corriente historiográfica que rechaza o matiza su explicación como un caso de locura, y liga, como hemos dicho aquí, estas prácticas con el deseo del emperador de humillar a la clase senatorial que, en su idea, habría humillado a su familia en los tiempos de Tiberio (verdaderamente, lo hizo). Además, ha de tenerse en cuenta que, si alguien hubiera escrito la Historia de Roma en sus años desde el punto de vista de la gente normal, las gentes del census capiti, los habitantes de la maloliente Subura romana, es probable que no se pararía en las anécdotas que cuentan los historiadores cuyas obras se han conservado, o apenas las citaría. La Historia de Roma que nos ha quedado escrita es una Historia que transcurre en los grandes gabinetes del poder. Es como si mañana alguien escribiese una Historia del franquismo sin salir de las paredes de El Pardo. Yo no creo que los romanos de a pie de la época de Calígula se sintiesen amenazados por su locura, ni de lejos. Es más, da la impresión de que el emperador siempre tuvo claro que era en el pueblo donde debía buscar el apoyo que, probablemente, la clase dirigente le racaneaba, como ya se lo racaneó a Tiberio y no se atrevió a racanearle a Octavio y Julio. Consecuentemente, no hay que descartar que el reinado caliguliano fuese, en realidad, menos escandaloso de lo que ahora nos parece; aunque fue, con casi total seguridad, ejercido por alguien que, como poco, tenía problemas para ponerse límites y, en consecuencia, traspasaba líneas rojas constantemente, por ejemplo y sobre todo en el campo de la sexualidad.
Porque tenía problemas para ver los límites y respetarlos es por lo que Cayo Calígula acabó mostrándole a los patricios que no descartaba, en modo alguno, acabar con ellos, asesinarlos, ejecutarlos, privarlos de sus riquezas. Porque tenía problemas para distinguir los límites, Cayo Calígula no se dio cuenta de que eso colocaba a muchas personas en la cúpula romana en una situación en la que, simple y llanamente, estaban más seguros intentando acabar con él que sentándose a esperar. Un ejemplo muy claro de lo tóxico que para él terminó siendo su incapacidad de ver límites es que tanto el marido de su hermana muerta, Lucio Casio Longino, como sus dos hermanas supervivientes, estuvieron implicados en las conspiraciones que acabaron con él.

Fue, por lo tanto, el mismo quien se condenó.