viernes, julio 22, 2011

Memorias de un revolucionario


Si hay un fenotipo político propio del siglo XX, ése es el revolucionario reconvertido. El camino habitual de todo hombre o mujer que hace una revolución es uno de dos: o convertirse en un burócrata de dicha revolución, un hombre del aparato, un fiel votante de los congresos de partido en los que nada se deja a la improvisación; o un ser con la venda caída de los ojos que, al darse cuenta de los errores de la revolución, al contemplar su cara oculta, se convierte en su peor enemigo.

Luego hay un tercer fenotipo: el revolucionario que acaba, mediante una evolución más o menos larga, integrado en otras tendencias políticas, sin abjurar de sus creencias revolucionarias y pretendiendo que esas nuevas creencias, más moderadas, en realidad representan las ambiciones de la revolución que un día abrazó. El ejemplo claro de esto en España lo tenemos en las cohortes de ex-comunistas integrados en el PSOE. Pero, para mí, este no es fenotipo de revolucionario; en realidad, se corresponde con alguien que nunca, ni al principio, ni al final, verdaderamente lo fue.

Hay muy pocos revolucionarios que puedan decir que siempre lo han sido; que han resistido tanto a la burocratización de sus ideas como a su total revisión. Estos revolucionarios eternos concitan nuestra simpatía por varias razones, pero la fundamental de ella es que no nos pueden hacer daño; el revolucionario eterno, permanente, nunca toca poder. Su destino es consumir su vida soñando el sueño que soñó el primer día que decidió darle la vuelta a las cosas, y acabar aperreado, a partes iguales, por sus correligionarios de otrora y sus enemigos de siempre.

El ruso Víctor Serge pertenece a esta estirpe. Prácticamente nació revolucionario y murió siéndolo, en ese refugio de comunistas apestados en que se convirtió el México donde mataron a León Trosky. Contrariamente a la mayoría que fueron como él, sin embargo, Serge tenía una ambición por escribir, y una habilidad innata para ello, que le permitió dejar un rastro largo e impagable de sus experiencias, vertidas tanto en sus novelas como en estas memorias.

Las Memorias de un revolucionario son, desde el punto de vista, una lectura casi imprescindible para todo aquél que esté interesado en los hechos de la revolución rusa, y no tan recomendable para quienes sepan poco de la misma, pues si un pero se le puede encontrar a esta obra, común a muchas autobiografías, es la cantidad de cosas que da por sabidas.

Quien finalmente lea ese libro editado en España por Veintisieteletras, encontrará la historia de alguien que, como decía, es revolucionario desde la cuna. Victor Serge, hijo de un padre peripatético y trotamundos, parece destinado desde el primer momento a ser, al mismo tiempo, pobre de recursos e inesperadamente rico en experiencias. Su capacidad de retratar no tanto lugares como momentos, será de especial interés en las primeras páginas de la obra, las dedicadas a su infancia, adolescencia y primera juventud en Bruselas y París; momentos en los cuales, a lomos de una memoria prodigiosa, hará un repaso meticuloso de las múltiples y variadas tendencias del revolucionarismo obrerista de principios de siglo, fundamentalmente anarquista, convirtiéndose en una especie de Linneo de eso que entonces se llamaba el lumpenproletariado.

Los ya de por sí muchos datos aportados por el autor en su texto se ven, además, completados por la edición de Jean Rière, otro profundo conocedor del mundo que Serge está describiendo. De hecho, Memorias de un revolucionario es, probablemente, el libro mejor editado que he leído nunca, profuso en notas al pie (desgraciadamente situadas al final de la obra; es un lamentable error del editor español, en mi opinión) que nos dan noticia prácticamente de todo el mundo a quien Serge cita en sus memorias. Lo cual asevera más aún, si cabe, la veracidad del relato.

El lector español encontrará de interés el breve episodio de un joven Serge en la Barcelona de la huelga de la Canadiense y los principios del pistolerismo. No esconde el autor su admiración por Salvador Seguí, El Noi del Sucre, efectivamente el más inteligente de los anarquistas españoles, de largo. Nos relata el inesperado fracaso de la revolución barcelonesa, causada por la defección de última hora de la Solidaridad Catalana.

Con todo, cuando el relato de Serge adquiera tensión, valor y testimonio sublimes es cuando el autor regrese a su querida Rusia; la Rusia de la primera revolución, la Rusia que todo lo que ha hecho ha sido deshacerse del Zar y despertar la hidra de los rusos blancos. El país que ya idolatra y admira a Vladimir Lenin pero que aún lo ve como un primus inter pares y donde el bolchevismo convive con alternativas, a derecha e izquierda.

Sin hacer un libro analítico, es decir sin salir del terreno de la vivencia personal y el relato de las cosas que el autor pudo ver y oír por sí mismo en la nueva Petrogrado, Víctor Serge va diseccionando, etapa a etapa, el proceso por el cual ese pájaro cuco bolchevique asentado en el nido de la revolución, a cuyo frente está Lenin, va desplazando, poco a poco, a las crías de otras ideologías, y echándolas del nido. Los mencheviques por poco revolucionarios; los social-revolucionarios por serlo demasiado. Lentamente, ante los ojos de un Víctor Serge que sigue contemplando el proceso con inocentes ojos de indignado, el bolchevismo, que cada vez más cabe indentificar como leninismo, se oficializa y va tomando los resortes del poder. La vida de los burgueses es difícil desde el primer momento en todos aquellos lugares de los que los rusos blancos se retiran; pero, asimismo, comienza a serlo también para quienes, siendo rojos, no lo son del tono que el futuro Partido único ambiciona y está dispuesto a tolerar.

La descripción de cómo la primera guerra mundial, la actitud de Alemania, y la relación de todo esto con un país enfangado en una guerra civil, influyen en los acontecimientos, está en este libro hecha diría yo que con más precisión que en los libros de Historia. Es un proceso por el cual los revolucionarios bolcheviques se van haciendo progresivamente imprescindibles para pilotar una dinámica en la que hay que combinar sueño y praxis. Es en este punto donde emerge la figura de León Trosky, infatigable organizador constante, pieza fundamental a la hora de garantizar que siga en pie una nación comunista que no tiene de nada y que, por decirlo mal y pronto, no funciona. Porque no funciona, a la victoria del bolchevismo se seguirá el periodo de comunismo de guerra, de pavorosas consecuencias para casi todo el mundo.

Siendo Serge un revolucionario de libro que mantiene tantos contactos y recuerdos de la patria elfa anarquista, vive el revolucionario especialmente pendiente de la suerte de sus antiguos camaradas hoy unidos bajo la bandera negra; y, consecuentemente, cuenta en sus memorias, en párrafos amargos, el proceso, lento pero constante, por el cual la revolución que él apoya los va apartando y, finalmente, arrastrando a la clandestinidad de los sotanos de las chekas. La teoría de Serge, atractiva, es que este conflicto estalla en la conocida como sublevación de Kronstadt, que relata con mucha precisión; un movimiento cuya solución, o más bien cuyo sofocamiento, abrió una brecha imposible de llenar entre anarquistas y comunistas, que acabaría por hacerse evidente, dice Serge, en la guerra civil española. No deja de ser curiosa la tesis de que el bando republicano español perdió la guerra en las radas de Krondstadt.

La ilusión de Serge dura exactamente diez años. El 7 de noviembre de 1917, la revolución rusa inicia en Petrogrado sus victorias de la mano del presidente de su soviet, León Trosky. También en noviembre, pero de 1927, el mismo Trosky pronuncia un discurso frente al Comité Central del PCUS protegido físicamente por sus partidarios y mientras es imprecado por la masa de dirigentes comunistas. En diez años, por lo tanto, el bolchevismo se ha roto; ha sido imposible conciliar su derecha burocrática y de poder con la izquierda revolucionaria de Trosky. «La revolución», nos dice Serge, «se ha vuelto contra sí misma». A partir de ahí, se iniciará una lucha sin cuartel entre el sovietismo y el troskismo que es como una monumental demanda judicial en la que ambas partes reclaman la nuda propiedad de la revolución rusa. Ambas partes se sienten continuadoras de la labor de Lenin e intérpretes de sus intenciones. Y porque Lenin, ya lo siento por sus hagiógrafos, no dejó páginas escritas que eliminasen de su cosmovisión estratégica el uso de la violencia inmoderada, más bien todo lo contrario, en ese enfrentamiento la parte que tiene el poder, el bolchevismo oficial, no dudará en utilizar cualesquiera artes burdas e inhumanas. Al troskismo, sin duda, la toca jugar el papel de víctima en esta historia; pero tampoco hay ni un solo clavo al que agarrarse en los escritos de Trosky que no nos haga pensar que, si hubiese podido, habría detenido, torturado y fusilado estalinistas con la misma saña con que Stalin se desempeñó con los suyos.

Con la caída definitiva de Trosky, para Serge, al fin y al cabo miembro conspicuo de la denominada Oposición de Izquierdas, comienzan tiempos muy duros; la descripción de dichos tiempos es de enorme valor para el lector. Página a página, el estalinismo se construye, sin prisa pero sin pausa. El propio Serge lo describe: «Una vez terminados los troskistas, se habían lanzado sobre los kulaks; luego sobre los técnicos; luego sobre los ex burgueses, comerciantes y oficiales privados del derecho inútil de voto; luego sobre los sacerdotes y los creyentes; luego sobre la oposición de derecha...» Hay una famosa frase de Bertold Brecht [actualizaçao: aunque en realidad, como muy acertadamente recuerda MacManus en un comentario infra, es de Pastor Niemöller] que habla de aquello de que cuando la policía vino a por los bla, no me preocupé, como no me preocupé cuando vino a por los blabla, y luego a por los blablabla, hasta que vinieron a por mí. Es una frase que le encanta pronunciar a los comunistas y aficionados al comunismo; quizá será porque nadie la ha aplicado ni tanto ni tan sistemáticamente como ellos.

Como es bien sabido, a partir del asesinato de Kirov (según no pocos autores, realmente esponsorizado por Stalin), el stalinismo se quita la careta y baja ya sin frenos por la pendiente. La muerte de Kirov es al estalinismo lo que el incendio del Reichstag es al hitlerismo. Serge, al fin y al cabo troskista, es acusado de haber participado en el atentado en las reuniones de escritores revolucionarios (porque, en general, en las reuniones de escritores revolucionarios, antifascistas se llamaban fuera de Rusia, se habló más bien poco de libertad, por mucho que se diga lo contrario... por parte de los escritores revolucionarios, claro).

Serge, siempre con un ojo puesto en España, huésped de Seguí, amigo de Pestaña, más amigo aún de Andreu Nin y de Joaquín Maurín (el POUM era su seña española de identidad), llama la atención en sus recuerdos sobre un hecho que no se destaca mucho en los libros de Historia. El estallido de la guerra civil en España y, consecuentemente, las llamadas de ayuda de la República a Moscú, que comenzaron apenas días después del 18 de julio, coinciden con una purga masiva de troskistas y, finalmente, con la apertura, el 4 de agosto de 1936, del denominado Proceso de los Dieciséis por el cual los restos de la guardia pretoriana de Lenin (Kamenev, Zinoviev, Smirnov), fueron fusilados. Pero, claro, los únicos intereses foráneos que jugaron en el tablero español fueron, según nos dice la corriente histórica Ricitos de Oro contra Fascistéitor, los de Hitler y Mussolini...

Finalmente encarcelado, deportado y esas cosas, Víctor Serge se salvará por el hecho de la cantidad de peña que lo conoce en París, y que monta el típico movimiento de solidaridad que acaba por convencer a Stalin de que es mejor expulsarlo que dejarlo morir en Siberia de hambre, de frío, de tristeza y de asco, como murieron centenares de miles de ciudadanos soviéticos que jamás han encontrado ni un solo intelectual en Occidente que tuviese tiempo y ganas para dedicarles siquiera la esquinita de un manifiesto. En el periplo final de su vida, Serge romperá hasta con el troskismo exiliado, al comprobar que es tan duro con sus disidencias como lo pueda ser el propio estalinismo; insinuando con ello la idea que decía antes, esto es que si el troskismo no fue un movimiento asesino, fue sólo porque la cuchilla de capar la tenía otro.

Y es que aquí está el gran error de Serge en sus apreciaciones. Como bien nos promete el autor en el título de su texto, es un revolucionario hasta el último minuto. El pobre Serge, a pesar de haber visto a los otrora burgueses o pequeños propietarios rusos tratados como basura; a pesar de haber visto a los social-revolucionarios y anarquistas a los que él admiraba marcharse por el sumidero de la Historia; a pesar de haber podido ser testigo de primera fila del sistemático apisonamiento de la figura de Trosky, de su familia, de todo lo que representaba; a pesar de haber vivido para ver a su líder de siempre, Kamenev, frente al pelotón de fusilamiento; pese a haber visto a la revolución matar de hambre a las mujeres, a los niños, a los judíos, a los tontos, absolutamente a todos; a pesar de haber visto cómo la revolución creaba cárceles pavorosas, asesinaba el arte, la imaginación, la creatividad, la ilusión; a pesar de haber visto a centenares de miles de personas acabar viviendo como perros bajo cero por auténticas futesas; a pesar de haber visto todo eso, de haberlo conocido, de haberlo sufrido, y de contarlo en su libro, a pesar de todo, Víctor Serge nunca deja de ser un revolucionario, ni de creer en las bondades del proceso.

Así pues, Víctor Serge es un testigo de primer orden de la revolución comunista, al tiempo su víctima, y también su alimento. Porque una de las cosas de las que ha vivido, y vive, el sueño leninista, es de la cantidad de gente que, aún sabiendo que, lejos de ser imperfecto, lo que es, es una puta mierda, además de un monstruoso atentado a los derechos del hombre, aún la defienden. No creo que haya en toda Europa ni 100.000 personas (obviamente, no cuento a los que son nazis) que piensen que, neto de lo que le hizo a los judíos, el nazismo es defendible. Sin embargo, en cualquier tertulia, presencial o viral, será bastante normal que te encuentres a uno o varios contertulios que piensen que, hombre, el comunismo ha hecho burradas, pero en el fondo mola; que, bueno, es que yo, cuando hablo de comunismo, no incluyo al estalinismo (ni a los jémeres rojos, ni a la familia Jong, ni a Hoh-Chi-Minh, ni a Mao, ni...); que dónde están las pruebas de la Holodomor ucraniana, o de los traslados masivos de pueblos enteros como el georgiano, o de los campos de concentración siberianos; que si las violencias perpretradas por el comunismo en España fueron cosa de incontrolados...

A esto lo podemos llamar la filosofía Víctor Serge: la revolución es algo bello, una hermosa doncella que, un día, un grupo de burócratas y ambiciosos mancilló. Siendo estas memorias un libro de asombrosa lucidez, esa lucidez no alcanza como para ver que las semillas de la revolución como infierno no están solo en quienes la gestionaron, sino en la revolución misma, que nació para expulsar del mundo a quienes no le cabían dentro. A un revolucionario eterno no se le puede pedir tamaño nivel de clarividencia.

Así pues, las Memorias de un revolucionario componen un libro muy recomendable, especialmente para aquellos que, además de creer en la revolución, la defendieron, o la defienden incluso. Encontrarán en la página 404 una admonición muy interesante. Una admonición que, desde el pasado, surge para todos aquéllos que una vez defendieron al régimen soviético y sus distintas expresiones: «Explíquenme ustedes la conciencia de los grandes intelectuales y de los jefes de partido occidentales que se tragan todo eso, la sangre, el absurdo, el culto al jefe, una constitución democrática cuyos autores son fusilados inmediatamente».

Cada palo, que aguante su vela.