lunes, julio 18, 2011

El por qué de los aniversarios

Yo lo de los aniversarios no lo llevo muy bien. Según se mire, hoy estamos en una fecha redonda, o no. Hoy hace, efectivamente, 75 años del golpe de Estado del 36. O sea, fecha redonda. Pero, al mismo tiempo, hoy hace 27.393 días de aquellos hechos, que es un número más complejo de memorizar. Medido en días, deberíamos celebrar, cosa que no haremos, el 6 de septiembre del 2018, día en el que hará exactamente 30.000 del golpe de Estado.

Sean como sean los aniversarios, lo importante es de qué se visten y cuál puede ser su utilidad. Habitualmente, los aniversarios tienen una utilidad bastante definida, pero lo cierto es que éste, el de la guerra civil española, carece de ella.

Ejemplos hay muchos, pero creo que la guerra civil española y la invasión japonesa de Manchuria durante la segunda guerra mundial son dos de los episodios históricos en los que el consenso superador es más difícil a día de hoy. Hace algunos meses leí en el International Herald Tribune que algún bienintencionado instituto cultural que no recuerdo había promovido una reunión en China entre historiadores de aquel país y de Japón para hablar sobre dicho episodio y alcanzar alguna que otra conclusión histórica conjunta; reunión que acabó como el rosario de la aurora. Los japoneses tienen una visión de aquello, los chinos otra, ambas son exactamente contrarias y mutuamente eliminatorias. O se tiene una, o se tiene otra.

A la guerra civil española le ocurre lo mismo, y el elemento causante de este hecho es claramente el franquismo. El franquismo es la mejor demostración posible de que la Historia no sigue un trazo regular ni se rige por reglas evolutivas más o menos inmanentes. En la Historia es posible dar pasos atrás, es posible frenar y es posible, sobre todo, distorsionar la visión del pasado, del presente y del futuro. Los cuarenta años de franquismo fueron concebidos por quienes los administraron como una purga necesaria para regenerar España. Hacía falta, según esa visión, vaciar la médula espinal del país de todo lo que tenía dentro, arrastrando así la leucemia de los errores, para volver a vivificarla con nuevas/viejas esencias, excluyentes de todo lo demás. El franquismo es, ante todo, un experimento de reingenería del alma española que fracasa por sus cuatro costados; porque si algo no han entendido ni entienden los fascismos, sean éstos de derechas o de izquierdas, es que la evolución de la sicología social no es algo que se pueda proyectar en una hoja de cálculo.

El franquismo interviene en la mayoría de las cosas que hoy pensamos sobre nuestro pasado. Si a los españoles de hoy nos gusta coquetear con la Leyenda Negra, es decir comprar esa idea según la cual la España de hace siglos fue más violenta, más discrimatoria, más torturadora, más violadora que ninguna otra civilización dominante, es porque ello nos permite zaherir tiempos que el franquismo, al fin y al cabo ideológicamente de raíz joseantoniana, admiraba y quería repetir; ahí están las admoniciones eclesiales de la época, considerando a Franco Espada de Trento, que tiene melendrines, para demostrarlo. Si a los españoles nos gusta autoflagelarnos con lo malos malísimos que fuimos en América (a pesar del dato objetivo de que hoy en día quedan sobre el mundo muchos más quechuas o miskitos que navajos, arapahoes o pies negros) es por rechazo consueutudinario a la idea imperial, que fue el demiurgo del fascismo español, que en esto copiaba de Mussolini y sus delirios abisinios, y que luego, una vez que el franquismo dejó de ser fascista, mutó en aquella cosa tan rara de la exaltación de la raza (y digo rara porque si hay un pueblo en el mundo que es un escándalo genético, ésos somos nosotros; euskaldunes incluidos, por cierto).

El franquismo afecta, por supuesto, a la guerra civil y su interpretación. Le afecta, en primer lugar, en el hecho de que, al ligar GCE y franquismo estrechamente, se hace necesario que los antecedentes de la guerra no se demoren demasiado más tarde que el momento en que Franco accedió al generalato, que es el momento, se supone, en que pudo empezar a dar por culo. Las personas que saben cosas sobre la guerra civil, en este sentido, no suelen saber gran cosa sobre la Restauración, que aparece ante ellos como una marea histórica gris de la que nada o casi nada saben. Los conocimientos de la mayoría de personas no dedicadas a la Historia con la que he hablado, o cuyos mensajes he leído en foros históricos de internet, comienzan en el momento en el que el rey Alfonso XIII da un golpe de Estado (sic) para ocultar sus responsabilidades en el desastre de Annual.

Así las cosas, en apenas diez años esta España Año Cero que comienza en 1923 pasa de la mayor de las ignominias a la perfección angélica. La dictadura de Primo de Rivera es lo peor de lo peor (AF, o sea Antes de Franco, claro), mientras que la II República es la pera limonera; una especie de régimen político que trae a España todo lo que España se merecía para ser un país moderno: divorcio, derechos laborales, autonomías... El hecho, por otra parte innegable, de que el franquismo da carta de naturaleza a un oligopolio militar-político-financiero que domina el país durante décadas, lleva a considerar que dicho oligopolio ya existía durante la República, que decidió hacerse con el poder y que provocó el golpe de Estado del que hoy hace 75 años.

Esta es una visión, como digo, fuertemente influida por el franquismo. En realidad, toda ella es tributaria de la dictadura; sin la dictadura, es al menos mi convicción que la visión sería muy otra.

Cuando uno se lee libros de recuerdos directos de la guerra civil y de la posguerra, se encuentra con una realidad que no cuadra muy bien con lo antescrito. Los veteranos combatientes y políticos de la República odiaban a Franco, pero no le reservaban a él todas las culpas de lo acontecido. En realidad, esta teoría de que Franco y sus mariachis son los únicos responsables del estallido de la guerra civil no es una visión republicana; es una visión comunista. Lo que pasa es que, como el comunismo ganó claramente la batalla de la opinión pública en la segunda mitad del siglo XX, logrando cautivar a centenares, si no miles, de periodistas, escritores, pintores, escultores, actores, biólogos, geógrafos, físicos, químicos, sexadores de pollos, por supuesto historiadores e, incluso, diletantes varios, parece como que esa opinión es la opinión de todo el mundo, siendo, sin embargo, una opinión parcial. A la muerte de Diego Martínez Barrio, cuando en la República en el exilio había que elegir sucesor al frente de la misma, se hicieron todos los arabescos necesarios para impedir que Dolores Ibárruri, que era vicepresidenta del Congreso hace hoy 75 años, accediese a la magistratura. En puridad, yo no sé si la República en el exilio consumió, durante sus años de existencia no fantasmagórica, más esfuerzos en demostrar a las cancillerías occidentales que Franco era un cabrón, o que lo eran los comunistas.

La posguerra española, en el bando de los perdedores, es una inmensa rueda de prensa de Mourinho donde todos o casi todos, por turnos, van preguntando: ¿Por qué? Si las cosas fuesen tan fáciles como pretende la teoría historiográfica Ricitos de Oro contra Fascistéitor, no habría por qué hacerse esa pregunta. Mientras el comunismo oficial, que escribió una historia oficial de la guerra civil en este sentido, no tenía problema alguno al interpretar los hechos, otros no lo veían tan claro. El pistoletazo de la salida lo da el malogrado Julián Zugazagoitia, que no era plenamente consciente de estar entonando su canto del cisne al escribir Guerra y vicisitudes de los españoles, pero que con dicho libro inaugura, de alguna manera, la era de los balances críticos sobre la guerra. Luego le sigue Indalecio Prieto son su continuado ejercicio de contricción revolucionaria a través de decenas de artículos escritos en la prensa latinoamericana, y otros muchos, prendidos por supuesto de su ideología. El extremo de este fenómeno es la memorabilia anarquista que, directamente y sin ambages, acusa al comunismo de haber perdido la guerra.

Con todo, eso que podríamos denominar republicanismo consciente, una fuente de material historiográfico que obviamente la historiografía simplificadora por la izquierda suele olvidar, tiene sus fallos. En términos generales, el republicanismo consciente ve con claridad los errores cometidos durante la guerra, pero es renuente a considerar los errores cometidos que generaron la guerra. Estos errores son muchos y se cometieron durante un periodo histórico en todo caso muy largo, que para unos comenzará antes (para los catalanes, por ejemplo, comienza ya en los inicios del siglo XVIII) y para otros después; pero, en todo caso, tiene que ver con el hecho de que la Historia de España, durante más de cien años, se basa en el enfrentamiento entre dos grandes visiones enfrentadas, entre las cuales media un ejército de raíz golpista y una monarquía torpe cuando no venal, que cada vez son más incompatibles entre sí.

La violencia ejercida en el contrario ideológico no es un fenómeno nuevo de la GCE; esto es algo que sostienen quienes, juzgando la Historia de España con dos de pipas, nunca se han acercado a los relatos de las guerras carlistas ni de la represión ejercida durante los periodos conservadores del siglo XIX, que están repletos de gente apaleada sin piedad o de mujeres mirando a Cuenca a punta de bayoneta. Los soldados cristinos y sus oponentes que bajaban la colina cantando el Oriamendi no eran ningunos santos. Aún así, el abrazo de Vergara fue posible; pero fracasó y, un siglo después, ya fue, simple y llanamente, imposible, hubiese redactado Juan Negrín 13 puntos, o 13.000.

El problema de la Historia de España no es el fracaso del franquismo, sino el hecho de que España, desde 1808, va, con escasísimas y cortísimas excepciones, de fracaso en fracaso; y, muy especialmente, comienza con la I República una serie específicamente desgraciada de errores en la que las dos grandes visiones del país, más el anexo nacionalista, descarrilan gravemente.

La I República despierta al progresismo español del suelo proudhoniano o roussoniano de que lo que es bueno de por sí, es bueno de por sí, así pues se implanta sin problemas ni traumas. Lejos de ello, cuando los republicanos toman la vieja España y la convierten de la noche a la mañana en una titi poligonera tope enrollada, a la pobre vieja se le saltan las costuras de la faja al segundo bakalao, y España va y se rompe. En el after hours de la Historia, una sociedad desesperada que concibe el progresismo como una vena varicosa se echa en brazos del canovismo, que es una ideología convencida de que puede regresar al pasado disfrazándolo de pitufo.

En la Restauración, de la mano de un tipo bastante estúpido y de nula sensibilidad política, amigo de las camarillas y del basto correveidile cortesano; un tipo llamado Alfonsito Ordeno y Mando, que hace el número en la Historia de España que rima con míramela a ver si me crece; de la mano de este tipo, digo, en la Restauración se incuban buena parte de los problemas que, en tal día como hoy de hace 75 años, se convertirán en sacos de balas. Los primeros discursos de Pablo Iglesias, en el siglo XIX, son de advertencia. Ojo, que si no me dais ficha para jugar yo también, al final no habrá parchís. Veinte o treinta años después, como los propietarios, los abogados y los honrados comerciantes siguen a lo suyo sobre el tablero, esa parte de España para la que se reserva un banquillo eterno se cansará, y ese cansancio tendrá dos expresiones: por un lado, la estrategia de conjunción socialista, que lo llevará al parlamento de la mano del republicanismo oficial; por otra, la estrategia Rambo, ejercida por los anarquistas, que directamente se echarán al monte a matar charlies.

Todos estos problemas, y otros muchos, van quedando eternamente aplazados por un sistema de monarquía constitucional a la remanguillé basada en el fraude electoral y en el turnismo de unas sensiblidades políticas que, lejos de representar a los españoles, representan únicamente a aquellas ideologías con las que monarquía y ejército se avienen a convivir. Hay un famoso discurso de Alfonso XIII en Córdoba, en las postrimerías del régimen, que lo resume mejor de lo que yo podría hacerlo ahora.

El izquierdismo, por su parte, también hace su travesía; mala travesía. Los republicanos o progresistas, fuertemente influidos por la conjunción electoral, cada vez se sentirán más identificados con los ideales revolucionarios y, a pesar de que a partir más o menos de 1921 ya tienen bastantes pruebas de a lo que conduce esta revolución de nuevo cuño, proseguirán en su línea de adjuntarse al obrerismo, quizá considerándolo una tabla de surf sobre la que se van a subir ellos para cabalgar la ola de la Histoira; sin darse cuenta de que eso mismo es lo que los marxistas piensan de ellos. Los socialistas, por su parte, contando como cuentan con ejemplos en Europa de corte socialdemócrata, optarán, de la mano de su líder histórico y, después, de la extraña conjunción entre un catedrático de Ética y un estuquista, por la vía revolucionaria. En la sesión que aprobó la Constitución del 31 el presidente de las Cortes, Julián Besteiro, se marcó un discurso que fue, en términos generales, una larga alabanza del posibilismo laborista británico. Si Besteiro hubiese pensado en 1920 lo que pensaba en 1931, tal vez la Historia del PSOE habría sido otra. O tal vez no, porque Largo era muy ídem.

Los anarquistas, por su parte, hicieron lo que les pedía el cuerpo. Filosofía Clemente: patadón p'alante, y si hay que dar [Censored], se dan. Así les fue y así le ha ido a España, país que ha tenido, a mi modo de ver, dos grandes noticias en el pasado siglo, que son la muerte de Franco, y la desactivación de facto de la CNT.

En los cotolengos de derechas y de izquierdas, pues, los cabrones cada vez tenían más predicamento. Los partidarios de los cordones sanitarios, del Tinell anulador del contrario, del guerracivilismo, en una palabra, eran cada vez más, y más poderosos, en sus organizaciones. Los que pudieron atemperar estos fenómenos y colocarlos por carriles adecuados, los Gil-Robles, Alba, Azaña, Alcalá, prefirieron seducirse masturbatoriamente con todo aquello de bueno que veían en sus correligionarios ultramontanos o bolchevizantes y, hasta el minuto 89 del partido, vivieron convencidos de que podían controlarlos.

En medio de este pastiche de torpezas demagógicas, surgieron los nacionalismos y su visión aldeanamente limitada de las cosas, que les lleva a ser eternos reivindicadores de lo suyo. Desde el momento en que, con razón o sin ella, existiendo para ello basamento histórico o no existiendo, que esto es algo que en política poco importa, los nacionalismos comenzaron a protagonizar la vida política española, los temas se enfangaron todavía más.

España tenía de tiempo atrás un problema con su concepción de sí misma; un problema que provocó tres guerras civiles en el siglo XIX, que se dice pronto. En el primer tercio del siglo XX, sin embargo, este problema adquiere tintes mucho más elevados con la llegada de Cambó y su estrategia de interpenetrar el debate sobre España y el debate sobre las nacionalidades. Cambó y la Lliga Regionalista, basados en un extraordinario pragmatismo nacionalista («¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!»), convierten la política española en un orden del día con un último punto de ruegos y preguntas que, en la práctica, supone que, una vez que se ha cuadrado todo lo demás, hay que cuadrar la participación de los nacionalismos. Si el foralismo vasco es el gran tema que acompaña a la pelea entre progresistas y conservadores del siglo XIX, el enfrentamiento en el XX entre las dos Españas se ve acompañado por la eterna cuestión catalana; tan eterna que ahí sigue. En 1930, durante la reunión del Pacto de San Sebastián, los coloquios para diseñar la futura España republicana se consumen, en la mayor parte de su tiempo, discutiendo las reivindicaciones catalanas.

La Cataluña del siglo XX, y ya veremos si la del XXI, se asemeja a ese vecino silencioso que jamás acepta la presidencia de la comunidad, pero que, sin embargo, acude a todas las asambleas de la misma, bloqueando cada decisión importante porque, como se ocupa de recordar cada vez que lo hace, todavía no se ha solucionado lo de la humedad de su terraza. Paso adelante, bloqueo, paso atrás. Una actitud legítima desde el punto de vista del nacionalismo catalán y exasperante para el nacionalismo español. Por lo tanto, al vector de enfrentamiento social entre las dos españas se une otro vector secante, que es el enfrentamiento territorial. Léase el lector de estas notas los debates constitucionales del 31 en torno a la autonomía catalana, y comprobará que no hay nada nuevo bajo el sol de España; hace 75 años ya existía el concepto de balanza fiscal, y se discutía sobre él.

No olvidemos, en cualquier caso, que si el foralismo vasco (y en parte también el autonomismo catalán) provocaron, en cóctel con otras cosas, tres guerras civiles en el XIX, la reivindicación de los derechos de Cataluña ha provocado dos golpes de Estado: uno contrario, el de Sanjurjo del 32; y otro partidario, que es el de Companys en el 34.

Si llenamos una olla de errores y la ponemos al fuego que genera el contacto entre dichos errores, lo normal es que estalle. Esto es lo que pasó el 18 de julio de 1936 pero, curiosamente, nadie parece querer admitirlo en sus recuerdos y memorias. Así las cosas, el análisis de estos errores quedó, durante décadas, en manos de la historiografía franquista; la cual realizó dicho análisis de una forma parcial (analizó, exactamente, la mitad de los problemas) y exagerada, viendo errores donde no los hubo y olvidándose de que la incubación de una pelea suele comprometer a ambos boxeadores.

A mi modo de ver, no sirve de nada celebrar aniversarios si no es para centrar estas cositas. Celebrar aniversarios para darse un baño de gilipollez es estúpido, porque al fin y al cabo eso de ver los errores del de enfrente y ser extraordinariamente tenue con los propios es lo que hacemos los días de diario.

Chinos y japoneses deberán esperar, tal vez, a que haga cien, o doscientos años, de la invasión de Manchuria, para poder hablar de ello con reposo y equilibrio. Nosotros deberíamos hacerlo antes. Pero, la verdad, no soy muy optimista.