lunes, mayo 09, 2011

La "normalidad" del 36 (12: el día que Prieto se fue de bareta)

El 30 de mayo, o sea de forma contemporánea a los sucesos de Yeste, en otro punto del sur de España se produciría otra muestra clara de la intensa normalidad en que vivía el país. Se trata del mitin socialista en la localidad sevillana de Écija al cual, como siempre ufano y convencido de que el proletariado le amaba, acudió Prieto.

Bueno. La verdad es que no debía de estar tan convencido Prieto de que le amase la gente cuando desde hacía algunas semanas no iba ni a mear fuera de Madrid sin la compañía de efectivos policiales propios. Para valorar la normalidad del 36 comparada con la actual, pues, no hay más que pensar en un Alfredo Pérez Rubalcaba acudiendo a los mitines de la actual campaña electoral escoltado por una guardia escogida de policías nacionales, destinados, entre otras cosas, a protegerle de los propios militantes que iban a los mitines. Tela.

El PSOE llenó la plaza de toros de Écija, ciertamente, aunque desde el primer momento del mitin se comprobó que muchas personas habían ido allí no precisamente para aplaudir las zapateradas del orador de turno. Los campesinos de la zona de Écija eran, en efecto, unos jornaleros border line para el PSOE. Muchos de ellos eran teóricos seguidores de la FTT ugetista, pero eran normalmente tan radicales que, en realidad, coqueteaban con el anarquismo. A algunos, incluso, Bakunin les parecía un revisionista peligroso. En realidad, en el campo andaluz y extremeño se aprecia mucho este fenómeno de radicalismo rural que no se ajusta muy bien a los esquemas ideológicos, y que de hecho viaja de uno a otro con bastante permeabilidad.

Antes que Prieto habló su alter ego político, Ramón González Peña, quien tuvo que interrumpir su discurso por un quítame allá esas pajas. Total, cosa de nada: un miembro del público le estaba apuntando con una pistola. Los de la «motorizada de Prieto» desarmaron al gañán, pero éste fue inmediatamente defendido por otros asistentes. Se montó una mundial tanto en las gradas como en la arena del coso. Comenzaron a volar las botellas. Brillaron las navajas. Sonaron los disparos. Muchos de los objetos que arrojaba la gente iban hacia la tribuna de oradores; dicho de otra forma, todo aquel alborotador que lograba quitarse de encima la presión de las fuerzas del orden, se aplicaba a intentar abrirle la cabeza, at best, a alguno de los oradores. Así las cosas, éstos saltaron la barrera de la plaza por detrás de la tribuna, ganaron el callejón y desde allí, agachaditos y amarraditos como en la canción de María Dolores Pradera, ganaron también la calle. Huyeron Prieto, González Peña y hasta Juan Negrín, que andaba por allí, puesto que estaba pasando por la fase moderada de su vida, una fase en la que aún soportaba estar a menos de quinientos metros de Prieto.

Don Indalecio, quien ya se había destacado bastante por su valentía durante el golpe de Estado revolucionario del 34 (ponerse las cosas feas y salir del país fue todo uno), se metió en su coche y salió del pueblo a toda hostia, sin reparar en quién le seguía (siempre fue un valiente) y no paró hasta Córdoba. Entre los que dejó atrás estaba Salazar, su secretario, que había recibido un hostión en una ceja. El pobre secretario huyó en otro coche, pero en la carretera fue interceptado por un grupo de izquierdistas radicales, quienes le obligaron a volver a Écija y lo secuestraron hasta que ese cuerpo al que Prieto había dedicado tantos dicterios en el Congreso, la guardia civil, lo rescató y hospedó en el edificio del Ayuntamiento.

Inmediatamente, y tras correrse la voz de que una persona de la pandi de Prieto seguía en el pueblo custodiada por la Meretéricar, el personal rodeó la casa consistorial con la intención de asaltarla y mandar a Salazar a tomar café con Lenin. La guardia civil se las arregló para llamar a Sevilla, de donde llegó de madrugada una compañía de guardias de asalto, que logró llevarse al pobre Salazar a Córdoba, lugar donde su quizá preocupadísimo jefe llevaba ya horas reposando las lorzas.

Al día siguiente Claridad, el periódico de Caballero, tiró de una estrategia bastante habitual en la izquierda (y en el franquismo, puesto que los extremos se tocan) basada en contraatacar acusando a las víctimas de lo ocurrido. Según el citado periódico, todo lo que ocurrió, ocurrió porque los oradores, concretamente González Peña, fueron poco cautos y se empeñaron en ser demasiado poco marxistas en sus palabras, además de mostrarse contrarios a la unificación de las organizaciones obreras.

Esto es lo que tuvo que vivir Indalecio Prieto, el hombre que fue al Frente Popular convencido de que podría manipularlos a todos. El 30 de mayo del 36, es de suponer que ya fue dando cuenta de que él, que se había creído alfil, si no reina, era tan sólo un puñetero peón de ese rey sin corona llamado Francisco Largo Caballero.

Para entonces, albores del mes de junio de 1936, nos lo cuenta Ramos Oliveira en sus memorias, se había tomado la costumbre, en las sesiones del Parlamento, de cachear a los diputados a la entrada. Sic.

El primero del mes, la CNT declara la huelga general de la construcción, ésa misma que el 18 de julio seguirá produciéndose. Las Cortes, en esas fechas, debaten una proposición gubernamental para suprimir por completo la enseñanza religiosa. En esa sesión, un diputado de la derecha da el dato de que desde las elecciones se han cerrado ya en España 79 escuelas religiosas. El director general de Enseñanza, Rodolfo Llopis, que será secretario general del fantasmagórico PSOE en el exilio (hoy en realidad extinto, pues el PSOE actual, venir, venir, lo que se dice venir, viene de otra pata), zanja la discusión con una frase lapidaria: «Perseguimos a la enseñanza católica porque prostituye al niño». Una vez más, las derechas abandonan la sala de plenos.

A principios de junio, Luciano Malumbres, director de un periódico socialista santanderino, es amablemente saludado a tiros por unos falangistas que lo dejan con ello sin aliento para siempre. Una mujer dice haber reconocido al autor de los disparos, un joven llamado Amadeo Pico, el cual es visitado por una comisión de agradecidos izquierdistas, quien le recetan exactamente la misma medicina que a Malumbres. Aún otro derechista, Pedro Cea, será asesinado antes de que termine el día.

En Alora, Málaga, donde como en toda la provincia hay huelga en el campo, un piquete informativo realiza sus habituales labores informativas hacia un propietario que está segando su propio trigo; y, ya de paso que le informan, y para aprovechar el viaje, se lo cargan. En Sevilla, disparos azules se llevan por delante al director de la prisión provincial.

La UGT convoca huelga general en Ceuta, lo cual es especialmente jodido, por tratarse de una ciudad compleja de abastecer. Las autoridades decretan que algunos establecimientos abran y coloca guardias civiles en la puerta de cada tienda para garantizar el suministro. El día 6, un piquete informativo informa a tiros a un grupo de guardias civiles. En la primera andanada de disparos resulta herido el número Fausto Caroso Jiménez, que morirá dos días después. Un guardia abre fuego contra los ugetistas y hiere a cinco, de los que dos morirán horas después.

Un muerto más en Daroca, Zaragoza, en un choque entre facciones políticas. Lo mismo en Orense. En Teis, Pontevedra, el muerto es un policía municipal retirado. Dos muertos más en Olmedo, Valladolid, y uno más, patrón de pesca, en la localidad santanderina de Suances. En Badajoz dos falangistas, Luis Cabañas y José Luis Obregón, son asesinados camino de la iglesia.

En Málaga ciudad se convoca la huelga general, que se une a la del campo, donde ya se queman las cosechas y tal. El conflicto comienza en el puerto, donde la CNT declara una huelga de descargadores que impide sacar el pescado de los barcos. La inmensa mayoría de los marineros de Málaga son ugetistas, lo cual provoca un enfrentamiento cainita entre ambos sindicatos. El día 10 un concejal de la ciudad, militante del PSOE y defensor confeso de la postura de la UGT, apellidado Rodríguez González, es acribillado a balazos en la calle. Los ugetistas contestan disparando e hiriendo gravemente al secretario del Sindicato de Alimentación de la CNT local, Miguel Ortiz.

Los ugetistas asaltan el centro regional de la CNT y el Ateneo Racionalista. Como represalia, los anarquistas asesinan al presidente de la Diputación Provincial, Antonio Tomás Reina, del PSOE. Luego los anarquistas intentan asaltar la Casa del Pueblo, pero los ugetistas les están esperando y les reciben a tiros. En los días siguientes, un sindicalista y una niña morirán en los enfrentamientos.

Un personaje tan poco sospechoso de derechismo como Marcelino Domingo, ministro que fue de Agricultura e impulsor de la reforma agraria, escribe por esos días un artículo, en tono premonitorio aún sin pretenderlo, en el que asevera que el caos en el campo español es de tal calibre que muchas personas acaban por «implorar, vista como vista, llámese como se llame, un Poder que, aunque les niegue todos los derechos, le devuelva la paz».

Podemos apostar con seguridad a que lo que Domingo está insinuando aquí es una posibilidad de la que probablemente sabe algo y que, si hemos de creer a testigos como Claudio Sánchez Albornoz, se manejaba en esas semanas en el entorno del azañismo: la posibilidad de implantar una dictadura republicana que sacase el país del marasmo en aras de la libertad y la igualdad; como pronto veremos, es una posibilidad de la que incluso se hablará en el Parlamento, por boca de Gil Robles. Pero, a mi modo de ver, buscara lo que buscase el político republicano, esta frase, acertada como diagnóstico, para lo que sirve, al correr de casi ocho décadas, es para sostener la idea de que quienes se empeñan en ver el golpe de Estado del 36 como una movida salida del exclusivo cacumen de cuatro cresos en defensa de sus privilegios, están comprando una mercancía averiada.

Fuesen quienes fuesen los conspiradores de julio del 36, es obvio, por lo menos para mí, que contaban con la aquiescencia de amplias capas de la población, por ese deseo de orden, ese hartazgo de caos, de que hablaba Domingo desde las columnas del periódico de Prieto. De hecho, si es verdad que Azaña o alguien de su entorno pensaba en una dictadura republicana justificada ante los españoles por mor de su necesidad, debe tenerse en cuenta que ésa y no otra es la llamada con la que sacaron los cañones a la calle no pocos conspiradores, como Cabanellas o, sobre todo, Queipo. Ellos también dijeron que todo lo que hacían lo hacían por salvar la República.

Lo que a mi modo de ver es innegable es la sensación de caos existente en amplias capas de la sociedad española, especialmente las capas burguesas. Piénsese que Domingo viene a representar, de alguna manera, a las más progresistas de estas capas, así pues sus frases tienen la importancia de definir ese malestar y ese miedo entre españoles cuya fe y compromiso republicanos están fuera de toda duda. Y es lógico, puesto que la rueda de la violencia no deja de dar vueltas.

En la provincia de Córdoba hay un pueblo que llama Palenciana y que una vez (ahora mismo, la verdad, lo desconozco) tuvo una calle con el nombre de Manuel Sauce Jiménez.

Sauce era guardia civil en Palenciana aquel mes de junio en el que toda la zona (el pueblo linda con Málaga) había una huelga total en el campo. En el Centro Obrero del pueblo se celebra una reunión de la FAI, para tratar las medidas que hay que tomar ante los probables enfrentamientos que se van a producir. Tres guardias civiles: Venancio Navarro, Pedro Granados y el propio Sauce, patrullan el pueblo. Toman la calle del Centro Obrero donde se celebra la reunión. Van en fila, buscando la sombra. Cuando Sauce, el último, está pasando delante de la puerta del Centro, se abre la puerta, lo agarran, y lo meten dentro. Le dan una mano de hostias y, de postre, con una navaja barbera, le ventilan la glotis con lo que el muchacho, claro, deja de respirar, además de dejarlo todo perdido de sangre. Al día siguiente, los refuerzos de la guardia civil que llegan para pacificar el pueblo y llevarse el cadáver del número degollado, se apiolan a cuatro anarquistas.

La censura funcionó con este suceso. La prensa nada dijo de él. Pero las derechas, pronto lo veremos, la sacarían a pasear en sus discursos parlamentarios.

El día 14, tras un mitin de Largo Caballero en Oviedo, un grupo de asistentes dispara y mata al guardia civil Ramón Roselló Omedes.


La situación está ya agraz para uno de los debates parlamentarios más importantes, y más amargos, de nuestra Historia: el debate del 16 de junio sobre el orden público.