domingo, febrero 20, 2011

El Cant de la Senyera

En mayo del año pasado hizo 50 años y, sin embargo, al menos que yo sepa y fuera de Cataluña, la celebración no fue especialmente relevante. Como digo, resulta curioso.

Los catalanes que yo conozco más, que son quizá unos catalanes un poco especiales, veneran especialmente dos músicas: una es una pieza de Pau Casals que creo que se escribe El cant dels ocells, o así; y la otra es el himno del Orfeón Catalán, una melodía de Lluis Millet sobre un poema de Joan Maragall, que se llama El cant de la senyera o El canto de la bandera. Es una composición corta y un tanto cursi (lo del ave galana suena, cuando menos a la sensibilidad poética actual, bastante sobreactuado), pero ha tenido en diversos momentos de la vida de Cataluña la virtud de poder actuar más o menos como alternativa a Els Segadors, que, de lejos, es un himno mucho más revanchista y violento (como no podía ser menos con una tonada que está inspirada en un baño de sangre). Lejos de esos matices, el canto de la bandera es simple, directo, claro como el caldo de un asilo que diría Jardiel Poncela, y feliz.


Al damunt dels nostres cants
aixequem una Senyera
que els farà més triomfants.

Au, companys, enarborem-la
en senyal de germandat!
Au, germans, al vent desfem-la
en senyal de llibertat.
Que voleï! Contemplem-la
en sa dolça majestat!

Oh bandera catalana!,
nostre cor t'és ben fidel:
volaràs com au galana
pel damunt del nostre anhel:
per mirar-te sobirana
alçarem els ulls al cel.

I et durem arreu enlaire,
et durem, i tu ens duràs:
voleiant al grat de l'aire,
el camí assenyalaràs.
Dóna veu al teu cantaire,
llum als ulls i força al braç.


Razones todas éstas, las de su identidad digo, que justifican que el régimen franquista prohibiese su canto en público. Sin embargo, ese himno volvería a cantarse, hace ahora cincuenta años, en unas circunstancias de gran importancia para Cataluña.

El general Franco visitó Barcelona durante el mes mes de mayo de 1960. Al menos de momento, mis lecturas no me han esclarecido cuál de las tres opciones racionales explican esa visita: o bien fue un intento de demostrar que el Caudillo podía ir a Barcelona cuando quisiera; o bien fue un intento de tratar de parar la sangría de conflictividad catalanista que ya se vivía en Barcelona y que había tenido su fundamental expresión en el cese de Luis de Galinsoga como director de La Vanguardia (gran torpeza del franquismo fue poner al frente del gran periódico catalán a un escritor que no tenía reparos de insultar a los catalanes); o bien fue el simple y puro resultado de la inercia o la casualidad.

El affaire Galinsoga, como digo, había calentado bastante los ánimos; había provocado una campaña en toda regla en contra de la catalano-cosmo-visión franquista. De hecho, Franco fue recibido en Barcelona con la distribución de una octavilla clandestina, bastante larga, que culmina apelando al jefe del Estado de opresor y corruptor.

Para quienes han vivido toda la vida en libertad quizá parezca curioso o extraño que se deba utilizar lo cultural para hacer oposición, pero eso era, la verdad, bastante habitual en el franquismo; de hecho, en realidad esto explica por qué para toda una España sociológica, aún a día de hoy, resulta tan importante conocer y compartir las opiniones políticas de actores, escritores y demás intelectuales.

En tiempos de Franco era habitual que reuniones o actos aparentemente inofensivos, desde reuniones de poetas hasta conciernos de cornamusa, fuesen utilizados para algún tipo de expresión política, a falta de los cauces adecuados. Visto con la distancia de los años, algunas de estas escenas de censurada discrepancia aparecen algo ridículas. Un amigo mío muy católico, por ejemplo, relata cierto día que estaba en una misa oficiada por un cura conocido por su antifranquismo. Durante la homilía, el pater dijo, muy severo: «Voy a deciros una cosa, y quiero que tengáis claro que soy muy consciente de lo que digo: los niños no vienen de París». Todo el mundo se marchó del templo convencido de que había sido testigo de una arcana consigna de oposición democrática, aunque, que yo sepa, nadie entendió jamás qué había querido decir el cura con frase tan críptica.

En todo caso, los catalanistas sabían bien que no podían recibir a Franco con ningún tipo de acto de protesta extrovertida, anunciada y visible y que, por lo tanto, tenían que vestir el muñeco de alguna manera. El vestido elegido fue la organización de un acto de homenaje a Joan Maragall, coincidiendo con el centenario de su nacimiento. El morbo político lo ponía la decisión, como digo aparentemente inocente, de colocar el Cant de la Senyera dentro del elenco de interpretaciones incluidas en el homenaje.

Cuatro días antes del concierto del Orfeón Catalán, el gobernador civil prohíbe que dicho acto pueda «venderse» como un homenaje a Maragall y, además, prohíbe que se cante el himno. Sin embargo, el día del concierto, y a pesar de que en la sala se encuentran varios ministros, uno de ellos el Secretario General del Movimiento (Franco no estaba, contrariamente a lo que se cuenta en según qué versiones del asunto), el público se pone en pie, y lo canta.

El régimen interpreta este gesto como una provocación, y decide dar una lección que los catalanes no olviden.

Al día siguiente del concierto, el historiador y dirigente demócratacristiano y republicano Coll Alentón, es detenido en su casa en compañía de su hijo. La represión franquista se quiere cebar especialmente con los grupos católicos de Barcelona, por saber que son, más que probablemente, los mejor organizados del catalanismo. Así pues, horas después son arrestados la mayoría de los jóvenes dirigentes de este movimiento: Jordi Pujol, Jaume Casajuana, Estanislao Bordú, Magi Santmartí, Ignasi Espar, Joan Amigó, Josep Gassiot, Jordi Mir, Damián Escudé, Llibert Cuatrecasas...

Todos los detenidos, como he dicho, son activistas de raíz católica. En realidad, la reacción policial a la escena en el concierto del Orfeón no es otra cosa que un intento por dinamitar por la vía de los hechos el germen de oposición a la vez demócratacristiana y catalanista que está creciendo en Cataluña.

De todos los detenidos Jordi Pujol, entonces un médico de 31 años, es el objetivo principal. Miembro de las juventudes católicas universitarias, es inquilino habitual de los actos y ciclos de conferencias organizadas por el obispado, y preside una pequeña organización de matrimonios católicos. Es trasladado a la Modelo, donde permanece incomunicado incluso de su abogado. La razón de tan duro estatus tiene que ver con su pase a la jurisdicción militar, acusado de injurias al jefe del Estado.

La calle no se queda quieta. A la detención (y represión en la comisaría y en la cárcel) de los activistas católicos se siguen dos días de manifestaciones que tienen como centro el obispado y que la policía se ve impotente de impedir por su carácter pacífico. De hecho, no pocos manifestantes, lejos de corear consignas o de parecer violentos, simplemente rezan, de rodillas, frente a la sede del único elemento del régimen que consideran puede acabar con esa situación. Pero Monseñor Mondegro, titular de la diócesis, ha visto claro que un pulso con Franco sólo le podría salir mal.

La única voz discordante que surge es la que ya era discordante antes de todos estos sucesos: el abad de Montserrat. De Montserrat, en efecto, no harán sino llegarle disgustos a Franco durante los años sesenta. El abad, de hecho, se niega a estar en Barcelona en la despedida de Franco de la ciudad condal y, en lugar de ello, le envía al Pardo un telegrama exento de equívocos: «Deploro profundamente las represiones y torturas de jóvenes católicos detenidos con ocasión del concierto del Orfeó Catalá, doloroso episodio de la estancia de vuestro gobierno en Cataluña». Al loro con lo de vuestro gobierno.

En la iglesia de San Felipe Neri, cercana al obispado, se han refugiado muchos manifestantes para oír misa. En un momento de la celebración, un cura que para menos para mí es innominado (no he logrado averiguar su nombre) introduce en la parte de los ruegos a Dios no específico «por los que son perseguidos por la justicia». Toda Barcelona se hace lenguas de esa petición que, de todas formas, es bastante habitual en esa parte de la celebración (forma parte de la parafernalia católica de declarar la moral cristiana favorable al pobre, al desvalido, al preso y al abandonado; que, sin embargo, no ha eximido a la religión católica de reducir a gentes a la pobreza, el desvalimiento, la cárcel y el abandono).

Una nueva hoja clandestina circula por la ciudad. Su encabezamiento: «Un gobierno anticristiano». Resulta una hoja muy curiosa de leer porque, a pesar de su título, en realidad la mayor parte de su espacio se dedica al análisis de la política anticatalana del franquismo: prohibiciones al uso del idioma, a las publicaciones o a la enseñanza en catalán... Es un documento, por lo tanto, muy interesante a la hora de estudiar de qué manera el cristianismo político estaba mutando en Cataluña, a principios de los sesenta, hacia el nacionalismo simple y puro.

En julio de 1960, se celebra el consejo de guerra sumarísimo contra Pujol y el impresor Francisco Pizón, como pretendidos autores de una serie de hojas volanderas clandestinas que se consideran injurias al jefe del Estado. Asimismo, a Pujol se le acusa de haber sido el gran muñidor de la campaña contra Luis de Galinsoga. El tribunal, presidido por el general Ángel González de Mendoza, condena a Pujol a siete años y a Pizón a tres, más la confiscación de su imprenta.

Las dictaduras, sin embargo, nunca aprenden que lo peor que se puede hacer con un opositor, es condenarlo. Más de 2.000 personas participan unas horas después de la condena en una concentración de solidaridad en la iglesia de San José Oriol. El abad de Montserrat protesta de nuevo pero, ojo, esta vez ya no está solo: los obispos de Solsona y de Vich se unen a su protesta.

Dos centenares de abogados y sacerdotes presentan, el propio colegio de abogados barcelonés y el padre de Pujol presentan otras tantas denuncias ante la Audiencia Provincial de Barcelona por la brutalidad desplegada por la IV brigada político-social con los detenidos. La revista Ecclesia protesta de una forma sutil, y el gobierno responde retirando todos los números de los puntos de venta.

Como creo saber que los expedientes de los notarios siempre son heredados por alguien, supongo que ese alguien todavía tendrá en algún rincón de Barcelona las declaraciones hechas ante el notario Antonio Gual por parte de algunos detenidos en el Palau de la Música. Magí Sanmartí, que entonces tenía 23 años, declaró que los policías que lo detuvieron le dijeron que al día siguiente le darián el paseo, y le golpearon con porras en espalda y vientre. Jaume Casajuana, publicista entonces de 29 años, contó en su declaración que había coincidido en un calabozo con Pujol. El futuro presidente de la Generalitat «se estaba quejando de fuertes dolores en todo el cuerpo y a la presencia del declarante y del señor Pinzón les enseñó los pies hinchados a causa de una fuerte paliza de porras en las plantas de los pies, por la que no podía llevar calzado».

La mayor parte de estos relatos coinciden en señalar en que sus torturadores no paraban de lanzar improperios contra los sacerdotes. En uno de ellos incluso se les cita aseverando que los rojos dejaron la labor inacabada en la guerra civil (o sea, que se cargaron a pocos curas). Estos exhabruptos son la expresión coloquial del divorcio que, ya en 1960, se viene produciendo entre la Iglesia y el franquismo, o por lo menos cierta iglesia. Franco, si hemos de creer los diversos testimonios que existen de conversaciones privadas con el Caudillo, era plenamente consciente de ello.

Pujol sería liberado dos meses y medio después, sin cumplir los siete años preceptivos, como síntoma de cierta relajación de la tensión por parte del franquismo, no se sabe muy bien si debida a que de nuevo se sentía seguro, o a las presiones recibidas para relajarse.

Los sucesos del Palau de la Musica y el Cant de la Senyera, sin embargo, tienen una importancia fundamental, porque marcan el punto de inflexión, ese punto en el que, como decía Churchill, giran los goznes de la Historia, en lo que se refiere a las relaciones de Franco con los sacerdotes catalanes (que no los sacerdotes de Cataluña, que es cosa distinta). La reacción aquel canto fue una prueba de fuerza del franquismo que, sin embargo, lo que hizo fue desafectar del mismo a un aliado que habría de serle muy necesario años después; esta desafección, de alguna forma, obligó al franquismo a no ser excesivamente duro a la hora de concordar con el Vaticano, hecho éste que es, tal vez, el de más larga secuela en nuestra vida social y política, pues explica una parte relevante del peso actual de la Iglesia católica en España.

Por lo demás, también tuvo la consecuencia de la radicalización del nacionalismo catalán, siempre proclive al victimismo como todo buen nacionalismo, y que en la brutal reacción de 1960 encontró elementos sobrados para convencer a amplias capas de la sociedad catalana, sobre todo entre los jóvenes, de la hondura de sus razones. Así pues, de alguna manera, también aquí, las consecuencias de aquellos hechos las experimentamos en el momento presente.