miércoles, febrero 23, 2011

La salud en la Historia de España

Alguna que otra vez me da por pensar en que el azar, en realidad, tiene una gran importancia en la Historia. Sé bien que al menos las gentes de mi generación somos hijos de una época intelectual en la que los libros de Historia eran monografías llenas de tablas y gráficos varios, y el sustrato existente en la historiografía era que todo se explicaba por profundas tendencias sociohistóricas ante las cuales las personas y sus vicisitudes tenían poco que ver.

Este punto de vista, a mi modo de ver, obvia lo importante que para la Historia del mundo, y sobre todo el occidental, ha sido la institución monárquica; una forma de organización del Estado que, por definición, coloca en primer lugar las vicisitudes personales, como es lógico si las naciones son regidas (o poseídas) por familias. Así que siempre pienso que algún día tengo que sacar algún tiempo para escribir unas líneas sobre cómo la salud ha influido en la Historia de España; reflexiones que dan para ucronías interesantes.

Partamos de la base, para no perdernos en referencias que quizá mucha gente no conoce, de que España, como tal, puede entenderse que existe desde la unificación a la remanguillé de Castilla y Aragón realizada por Isabel y Fernando, tanto me monta él que le monto yo. El primer rey de España propiamente dicho, aglutinando en su persona las dos coronas, estaba destinado a ser Juan, el hijo de los Reyes Católicos. Pero el infante muere el 4 de octubre de 1497 y su viuda, Margarita de Austria, tiene semanas después un mal parto, con lo que la naciente dinastía católica queda truncada.

Isabel de Castilla junior, hermana del príncipe y asimismo casada con don Manuel de Portugal, hereda los derechos sobre las coronas de Castilla y Aragón; herencia que siembra el germen de una auténtica unificación ibérica, puesto que el marido aporta al condumio el país del fado y el camarao. Pero Isabel muere al poco tiempo, y, aunque deja en la tierra a un hijo, Miguel, de nuevo llamado a unificar coronas, el pobre niño muere antes de cumplir dos años de edad.

Estas dos muertes encadenadas, que sustentan cierta impresión de mal fario en la persona de los Reyes Católicos, son las que acaban por colocar la corona del mundo en las sienes de Juana de Castilla, señora que, por mucho que modernas relecturas de su vida se empeñen en vestir el muñeco, estaba más insane que las maracas de Machín. Lo cual no habría sido problema pues para entonces tenía un marido, Felipe de Austria, llamado El Hermoso, que además aportaba a la monarquía española el sólido apoyo de la dinastía teutona reinante en la persona de su padre, Maximiliano. Si Felipe el Hermoso hubiese vivido lo suficiente, la unificación que estaba previsto en las personas de Juan, de Isabel o de Miguel, todos muertos, probablemente se habría llevado a cabo. Pero también Felipe la casca pronto, hecho que acaba provocando el edificante espectáculo de su mujer dándose de barrigazos por el país con una momia en la maleta, que es cosa, todo el mundo lo sabe, que hacen las personas equilibradas y ponderadas. El país, por lo tanto, queda en manos de una esquizofrénica. La enfermedad nombra rey de España a un adolescente que sólo habla idiomas centroeuropeos, amigo de la buena mesa y de la mejor cama, llamado Carlos.

Los aragoneses (y catalanes, y valencianos, y mallorquines) habían aceptado la herencia de Juana, pero, la pela es la pela noi, habían colocado una cláusula interesante, según la cual no habría nada de lo hablado si Fernando el Católico, viudo ya de su mujer Isabel, llegaba a darle a la dinastía aragonesa un heredero fruto de su matrimonio con Germania de Foix. En ese caso, según las estipulaciones, dicho hijo heredaría la corona de Aragón, y la unificación bajo los Reyes Católicos quedaría más o menos como un mero episodio provisional para echar a Gadafi del país. Sin embargo, de nuevo la salud entró en el juego. Juan de Aragón, el hijo de Nando y Germa, debió de acojonarse con lo que vio, pues apenas vivió unas horas; y, tras el delicado parto, Germania quedó estéril; Aragón se quedó sin foixs, y su dinastía entró, perdón por el mal chiste, en vía muerta.

Carlos I de España, pichón asado que va, barragana lozana que viene, se casó con Isabel de Portugal, que era prima suya (como casi siempre). Tuvieron varios hijos, uno de ellos varón: Felipe, el futuro rey. Así pues, este rey cumplió. Sin embargo, la vida, digamos, sentimental de Felipe II ya no fue tan venturosa.

Felipe II se casó con María de Portugal, también prima suya, que le dio un hijo, el malogrado infante don Carlos, un pijo mierda que se creía con poder para todo y que además era otro sicópata sacado de un episodio de Mentes Criminales; su historia ya la hemos contado. En efecto, Carlos era un más que probable psicótico que había heredado los genes de su bisabuela Juana. Su conducta es tan escandalosa que su propio padre lo encarcela y ahí, en la cárcel, muere el heredero de la corona, dicen algunos que asesinado por su padre aunque yo, honradamente, no lo creo.

Fallecida María de Portugal, Felipe prueba suerte con otra María, en este caso Tudor. Es otro momento de gran tensión histórica. Si el matrimonio de los abuelos del rey unificó Castilla y Aragón, el suyo con María Tudor despierta las ilusiones de un eje hispanoinglés capaz, cuando menos en potencia, de crear una superpotencia mundial. Para ello, es necesario que la mujer del rey engendre varón. Por dos veces, la Tudor se siente embarazar al ver abultarse su vientre. Pero aquello no es embarazo, sino un síntoma de que está gravemente enferma; tan gravemente que fallece poco tiempo después, dejando el camino de Westminster libre a la lesboide Isabel, hija de Ana Bolena; la cual, lejos de practicar una alianza proespañola y comprensiva con los católicos, pone en marcha una rueda radicalmente anglicana y antiespañola, con lo que el panorama cambia de medio a medio.

Felipe II, acuciado por la necesidad de darle un heredero al mayor imperio del mundo, tuvo entonces que tragarse sus intenciones. El rey prudente, como otros muchos jefes de Estado y de gobierno españoles después de él, sabía bien lo peligroso que era acercarse con exceso a Francia. Francia y Alemania, las dos grandes potencias europeas actuales, se han caracterizado siempre por un espíritu estratégico por el cual no aceptan alianzas, sino relaciones de sumisión. Por eso el rey español intentó fortalecer la posición internacional de España mediante una alianza con Inglaterra. Ahora, sin embargo, las terceras nupcias del rey fueron con Isabel de Valois, lo cual, geoestratégicamente, venía a querer decir que España volvía el rostro hacia Francia o, si se prefiere, se aprestaba a jugar con fuego. ¿Qué habría pasado si Isabel le hubiera dado un heredero? No lo sabemos, porque una vez más el azar de la salud hizo de las suyas. La de Valois le dio a Felipe dos hijas y, después, murió de un aborto. Así las cosas, a Felipe II ya sólo le quedó la opción de los Habsburgo, opción que, finalmente, fue la ganadora mediante el matrimonio con Ana de Austria y el alumbramiento del futuro Felipe III.

Este Felipe III, rey un tanto tristón y presa de constantes arrepentimientos, incluso en su lecho de muerte, murió joven, pero no sin haber dejado heredero, Felipe IV, con lo que la dinastía no sufrió esta vez peligro. La cosa en principio parece estabilizada. Felipe, casado con Isabel de Borbón, llega a tener un hijo viable, el príncipe Baltasar Carlos que pintó Velázquez; pero, ay, de nuevo el destino: muere de viruelas a los 17 años. A toda prisa y en el tiempo de descuento el rey, que ha enviudado de su primera mujer, se casa con Mariana de Austria para que le de herederos. Y menudo heredero le da: el pobre Carlos II, llamado El Hechizado por llamarle algo, un tipo que llegó a ser un niño bastante crecidito sin ser aún capaz de hablar y de quien dicen las crónicas de que, una vez muerto, los forenses le encontraron en el interior del escroto dos testítulos del tamaño de canicas y negros como si estuviesen socarrats. Este pobre hombre no podía dar descendencia alguna. El momento Habsburgo descarriló.

O sea, el momento de Francia. Oh, Espíritu Borbón, yo te invoco...

Versalles envía a Madrid a un rey becario a hacerse con el machito: Felipe V, un rey encantador que ni siquiera se tomaba la molestia de aprender a hablar el español decentemente, total para qué. Entre guerra y guerra con el pretendiente austriaco a la corona española, Felipe V tuvo cuatro hijos con su primera esposa, Luisa Gabriela de Saboya, pero pronto perdió a dos de ellos y a la propia reina. Se casa de nuevo, con Isabel de Farnesio, pero la cosa no marcha bien. Felipe no es feliz en una España a la que, en buena parte, no entiende, y ve cómo sus aspiraciones más queridas (el trono del Louvre) no llegan. Así pues abdica en su hijo mayor, Luis, aprovechando que el Francia es rey un niño, Luis XV, que dicen tiene mala salud. Visto lo visto, es lógico que Felipe espere que el chaval la casque y, si eso ocurre, le interesa tener colgado del belfo el cartel de LIBRE. España, como vemos, le importaba al señor rey tres cojoncillos mal contados.

La cosa sale mal. A las primeras de cambio, Luis I de España sale nominado por su mala salud y muere de viruelas, por supuesto sin descendencia. Papá le françois no tiene más remedio que volver a ser rey de España, eso sí, en medio de un proceso en el que su salud mental cada vez decae más.

Felipe V, no obstante, consigue morir de una apoplegía sin haber desarrollado plenamente la locura. Esa labor le queda a su hijo, Fernando VI, quien la realizó a la perfección. Se casa con Bárbara de Braganza, a la que es posible que le tocase pocos pelos pocas noches; pero la ama sinceramente y, por eso, a la muerte de la reina, este Fernando casi desconocido entra en una espiral de locura como se conocen pocas en la Historia. A decir verdad, de los testimonios que he leído he llegado a la teoría, y es cosa que dejo aquí escrita como pista para personas más versadas en la siquiatría, de que la locura de Fernando VI es muy parecida a la del millonario americano Howard Hughes. Obviamente, Fernando VI no pudo tener la obsesión de Hughes por la pureza de sangre (se hacía trasfundir diariamente sangre de donantes mormones); pero, como digo por lo que he leído, ambos locos comparten algunas locuras; por ejemplo, negarse a cortarse las uñas de los pies hasta que les fue incluso imposible andar.

La participación de la salud en la Historia de España se toma un respiro hasta llegar a Fernando VII y su famosísima agonía en la que todo el mundo le creyó morir. Como es bien sabido, este Fernando el Supercabrón intentó por tres veces el matrimonio fecundo, sin éxito: ni la tuberculosa María Antonia de Nápoles; ni Isabel de Braganza, que la palma durante su embarazado en minutos quince por causa de una eclampsia; ni Amalia de Sajonia, más estéril que los campos de trigo del Himalaya, consiguen darle el hijo que ambiciona. Su cuarto matrimonio, con su sobrina María Cristina, le dará dos hijas: Isabel, y Luisa Fernanda. Y ya tenemos el lío montado.

Llegamos al día en que Fernando VII parece morir. Agilipollado en la cama, según muchos ya sin albedrío real, el rey es presionado por su gobierno, acojonado por lo que puede venir en una España dividida ya entre liberales y tradicionalistas y gobernada por una niña, para que derogue la denominada Pragmática Sanción proclamada por Carlos IV en 1789 y, consecuentemente, ponga en vigor de nuevo la tradicional Ley Sálica que en España ha impedido que las mujeres puedan reinar. Lo que pasa es que el rey, finalmente, se recupera y, tras enterarse bien de lo que ha hecho, vuelve sobre sus pasos. Automáticamente, se genera una gran polémica sobre cuál de los dos actos, si el del lecho de muerte o el posterior, es el realmente válido. Polémica que servirá para que esas dos Españas que ha dibujado el enfrentamiento entre liberales y tradicionalistas encuentren, cada uno, un bando, y comiencen unas hostias que no terminan hasta el no muy lejano día en el que Santiago Carrillo y Manuel Fraga se sentaron en el mismo hemiciclo.

A decir verdad, las cosas pudieron ir peor. Isabel, además de bastante casquivana en años posteriores, era una niña de no buena salud, aquejada de herpes, lo cual hizo que, desde el primer día, Luisa Fernanda, su hermana menor, tuviese sus partidarios que la creían la carta ganadora en esa ruleta que, como vemos, la salud hacía girar cuando le petaba. De hecho LF, consciente de que la primera labor de las féminas en las familias reales es exactamente la misma que la de las conejas, se casa con un francés de grandes posibles, el duque de Montpensier, y comienza a tener hijos como otros hacen churros. Isabel, por su parte, se casa con su primo Francisco de Asís de Borbón, quien, así, a la primera, no acierta con la diana (un hijo se les malogra), pero finalmente logra inseminar a su mujer (vamos a decir que fue así) del futuro Alfonso XII. Luego a la reina no la echaran los carlistas, sino la revolución liberal. Cosas de la vida.

Como podemos ver, pues, puestos a imaginar, la Historia de España ha podido tomar derroteros bastante dispares de los finalemente vividos, de haber actuado el factor salud de forma distinta de cómo lo hizo.

Hay todavía en nuestra Historia un rey más que murió prematuramente, e incluso un infante que, por causa de su sordomudez, deja el camino libre para que la corona pueda ser heredada por el actual monarca (aunque, en realidad, Juan Carlos le debe la corona mucho más a la decisión de Franco que a la minusvalía del otro Borbón). Pero lo dejo aquí, entre otras cosas porque algún día quiero contar la historia de este Alfonso XII, triste de ti, que creo merece que le pongamos la lupa.

Dejo, si acaso, una preguntita aquí, sólo para auténticos freaks de la monarquía hereditaria. ¿Cuántas veces llevaba Alfonso XII el apellido de Borbón?