martes, febrero 15, 2011

Debo de ser imbécil

Partamos de un axioma: el cine se hace con el objetivo de que cuanta más gente lo vea, mejor, igual que un libro se escribe para que cuanta más gente lo lea, mejor. La persona que hace cine con el objetivo estratégico de que sólo lo vean unos pocos, no está haciendo cine; se está haciendo pajas.

A la luz de esa premisa, en España hemos llegado, en lo que a cine se refiere, a eso que se llama el peor escenario posible, y es éste: las gentes del cine consideran que lo mejor de lo mejor de lo que hacen son películas que no aguantan ni tres días en los cartelones de la Gran Vía de Madrid u otras avenidas cinéfilas. Dudo mucho que las gentes del cine inteligentes (¿oxímoron?) se hayan solazado con el resultado de los premios Oscaroide (se llaman Goya, pero es que es el nombre más estúpido el mundo; es como darle un premio a un escultor, y llamarlo premio Amadeus) del pasado domingo. El resultado de los Goya es la demostración palpable de que en España hay imbéciles. Porque o son imbéciles las gentes del cine, considerando que son obras maestras películas que la gente cree que son una mierda; o es imbécil la gente, considerando que son una mierda películas que son obras maestras. No hay término medio.

Cierto es que genios incomprendidos los ha habido siempre. A Claude Debussy le dedicaron en París una pitada tan acojonante en el estreno de su Preludio a la siesta de un fauno (hay que reconocer que Don Claudio no lo puso nada fácil con un título tan flácido) que apenas pudo soportarla; de hecho, todo el mundo al día siguiente consideraba su carrera acabada. Pero los genios incomprendidos lo han sido siempre por estar en vanguardia, es decir por estar presagiando cambios estéticos que, una vez consolidados, se han tomado por clásicos, como es el caso del impresionismo.

No es éste, me parece a mí, el caso del cine español. El cine español del 2011 se diferencia del cine español de hace 30 años en una sola cosa: el vocabulario de los actores, pues nunca me cansaré de recordar que, sobre todo en el cine histórico, hay que procurar trabajarse el lenguaje de la gente, porque el lenguaje cambia. Salvo, como ya digo, por ese pequeño detalle de que los personajes de la pantalla hispana de hace tres décadas no dicen cosas como friqui o viral, el cine español sigue siendo igual hoy que entonces. Más que anunciar una vanguardia, lo que anuncia es todo lo contrario, es decir eso que se ha llamado siempre academicismo: seguir haciendo las cosas según un esquema prefijado, poco valiente, conservador en esencia. Hasta un tipo en el fondo tan creativo como Santiago Segura se apunta al cuento: inventa un esquema y lo repite en segundas, terceras, cuartas partes, y lo que haga falta.

Si escribo estas notas es porque esta raigambre conservadora del cine español se refleja en un hecho íntimamente relacionado con la Historia, que es la elección de la guerra civil y la posguerra como tema fílmico de primer nivel. El western español es filmar la guerra civil (lamentablemente, sin hermanos Coen). Me dicen que la superganadora, a la par que clandestina, Pan Negro, va de la posguerra. En teoría, pues, debería verla, porque a mí me va esa burra. No obstante, no lo voy a hacer, porque estoy bastante cansado de cabrearme delante de la pantalla al encontrarme guión tras guión sobre la época escrito a base de subrayar los primeros párrafos de las lecciones de los libros de Historia de cuarto de la ESO, como ya he tenido la ocasión de comentar recientemente.

Contra lo que pueda parecer o puedan opinar muchos, y es opinión respetable, que el cine tenga un sesgo ideológico no es algo que deba sorprendernos ni cabrearnos. Muchos cinéfilos admiramos montones de pelis del cine bélico de Hollywood, a pesar de que son películas intensamente ideologizadas, en las que se generaliza de una forma bastante dolorosa sobre los alemanes; o las de décadas posteriores, que realizan esa labor con la población de la Unión Soviética.

Por lo tanto, si un director de cine quiere hacer una película sobre lo dura e injusta que fue la posguerra o la guerra o bla bla, no es criticable por ello. Lo que sí es criticable es que le retuerza el brazo a los hechos hasta hacerles confesar que fueron lo que no fueron. Y ésta es una mercancía tan común en los guiones de hoy en día que ha hecho que la perspectiva de sentarse a verlos filmados genere una automática sensación de pérdida de tiempo. De alguna forma, esto ocurre porque muchos creadores hoy en día, véase La República como buen ejemplo de ello, no quieren glosar la Historia; quieren cambiarla. Contarla como no fue, situando los hechos cuando no ocurrieron, o como no ocurrieron, para que así parezcan otra cosa.

Todas estas cosas, reescribir la Historia, estereotipar personajes para intentar convencer al público de que la gente es como no es, colocar al frente de las prioridades mentales del país problemas que no lo están, son engañifas. Y el ser humano se distingue de otros animales en su capacidad de percibir que está siendo engañado. Es obvio que cuando un chimpancé es compelido a meterse en una jaula donde le espera un racimo de bananas es incapaz de comprender que lo meten ahí para llevarlo a Wisconsin y hacer experimentos con él; pero un chimpancé luxury como el ser humano, cuando en una pantalla le ponen gentes cuya vida gira en torno a problemas que a él le parecen gilipolleces (véase Historias del Kronen; un grupo de retrasados mentales tratando de convencer a los jóvenes españoles de que son tan retrasados como ellos), sí se da cuenta de que le están metiendo en una jaula, que las bananas saben a mierda y que lo que tiene que hacer es salir de allí. Y no volver.

Si encima todo eso se lo cuentan a los ritmos habituales del cine español, que dan para una buena siesta entre polvo y polvo (de los actores; tengo la teoría de que el sexo en el cine español cumple la función de provocar el codazo del vecino atento y así garantizarse algunos minutos de atención), pues peor que peor.

De todas formas, lo verdaderamente importante, tras los Oscaroides, es la pregunta que planteaba antes: ¿quién de los dos: el público o los creadores, es imbécil? Porque uno de los dos lo es con seguridad.

El cine español camina por una vía muy mala. En algún lugar he leído en internet que el director de la película triunfadora no tiene ni que preocuparse por la piratería; en España no hay ni un mantero que haya vendido una copia de su peli, que, además, ni siquiera está en los espacios habituales de internet para bajarse cosas. Y lo preocupante, además, es que ni siquiera es un movimiento particular. A los premios Nobel de Literatura hace muchos años que les pasa lo mismo. Lo que pasa que el Nobel no le rinde el tributo al éxito de público que debería rendirle al cine. A menos, claro está, que aceptemos que hacer cine para que la gente no lo vea no es cosa de autistas, pajilleros compulsivos, o gentes con sicopatías sociales graves.

A mi modo de ver, el poso freático de todo este problema es la ignorancia. Si todavía fuese posible encontrar en el mundo una tribu básicamente aislada de los avances del ser humano y un día fueras allí y les instalases una televisión y un video, y por todo acervo fílmico les dejases la edición completa de Tómbola o Sálvame, es más que probable que los indígenas acabasen considerando, como algunas marujas de extrarradio, que Belén Esteban es el summun de la cultura humana. Conforme los otrora salvajes fuesen conociendo cositas, aprendiendo a hacer fuego, luego la rueda, luego la física cuántica, luego el verso endecasílabo y tal, se irían dando cuenta de que Belén Esteban no tiene ni puta idea de la fórmula de Shannon ni usa la retórica shakesperiana, y se irían dando cuenta de que los videos son un tostón. En consecuencia, su colonizador, si por cualquier razón les quisiera mantener pendientes de los gorgoritos de los famosetes, tomaría como primera medida la quema de las escuelas.

Tengo la teoría de que el sustento de un cine tan malo como el español es, pues, la ignorancia. Sólo así se entiende que tantas veces, y de forma tan sistemática, se pueda vender mercancía averiada sobre nuestro pasado, e incluso sobre nuestro presente, y además se sobreviva. Pero, claro, Juan, es que tú estás partiendo de la base de que el cine español sobrevive, y eso es mucho partir pues, al fin y al cabo, se trata de un sector industrial subvencionado, como el carbón. Y, como el carbón, si perdiese la subvención, desaparecería, al menos como hoy lo conocemos.

La dicotomía de este finde es: o los Goya y su Pan Negro, o Ricky Gervais y su Cemetery Junction. La decisión está tomada. Y, como digo, alguien, tal vez yo, tal vez los creadores del cine español, debería reflexionar sobre el hecho de que yo tenga unas expectativas racionales de sentirme más identificado con la peripecia de unos jóvenes de clase baja de Reading, UK en los años setenta, que con una historia ocurrida en mi país y (más o menos) en mi tiempo.

Puede, como digo, que yo sea un imbécil.