viernes, febrero 05, 2010

La Mano Negra

En algún momento de principios del siglo XX, en el barrio neoyorkino de Little Italy, un joven Vito Corleone, de origen Vito Andolini, acude a un teatro musical con su amigo, que será su socio y consigliere, Genco Abbandando. Genco quiere enseñarle a Vito a una actriz de la que se ha enamorado. Cuando ella sale al escenario y ambos la están admirando, un hombre se levanta algunas filas más adelante y Genco, cabreado, le insulta y le conmina a que se quite. Cuando el hombre se vuelve, Genco se da cuenta de que es don Fanucci, el mafioso del barrio, y le pide perdón humildemente. Vito le pregunta quién es ese tipo y Genco, por toda respuesta, contesta: la Mano Negra.

Ésta es la referencia a este concepto que está más mano del común de los mortales de hoy en día (al menos del común cinéfilo) sobre la Mano Negra. Pero es bastante más que una organización mafiosa. En España, de hecho, tuvo otro significado, aunque sin perder los elementos de secretismo y clandestinidad. Hoy quiero hablaros de esa Mano Negra y del sonadísimo proceso judicial de que fue objeto, proceso en el que se dictaron ocho condenas a muerte. Ocho. Ni Franco superó eso.

Estamos en el último cuarto del siglo XIX. En Andalucía. Un lugar con extensas zonas rurales a las que la mano policial y gubernamental llega malamente, a pesar de que hace ya algunos años que el entonces jefe de gobierno Ramón María Narváez ha impulsado la creación, precisamente, de la Guardia Civil para cambiar eso. En la zona de influencia de la villa gaditana de Arcos de la Frontera se han producido diversos hechos que han culminado con la muerte de algunas personas. Sin embargo, las autoridades se encuentran con la sorpresa de que, al interrogar a los parientes y deudos de las víctimas, estos niegan la existencia de agresiones o asesinatos, y refieren extrañas, a menudo incoherentes, historias de accidentes laborales y otras desgracias fatales. Las autoridades se empeñarán en investigar estos hechos, y acabarán por encontrar un caso; todo un caso.

Pero vayamos por partes. Hablemos un poco, antes, de anarquismo.

En el congreso obrero de La Haya, celebrado en 1872, el marxismo de Marx y Engels se separó definitivamente, y de momento para siempre, del anarquismo que, con sus diversos matices, fue desarrollado por autores como Proudhon, Bakunin o Kropotkin. Asimismo, el anarquismo pronto se distinguió entre lo que se denomina anarquismo individualista y anarquismo comunista. Ambas ideologías propugnan la eliminación de la propiedad privada, pero mientras una la acepta para los bienes de consumo, la otra va al copo y exige la total colectivización de todo y defiende ideas como el egalitarismo, es decir que en una unidad de producción, por ejemplo una empresa, todo el mundo gane exactamente lo mismo.

La primera revolución de izquierdas de la Historia de España es La Gloriosa de 1868, madre de una Constitución, la de 1869, que es quizá la más bella de todas las constituciones hechas en España. Esta revolución levantó ciertas ilusiones entre los grupos obreristas, pero lo cierto es que tras la reacción conservadora que se produjo en toda Europa tras la revuelta de la Comuna en París, la Internacional obrera fue ilegalizada en España. Aún así, los grupos anarquistas sobrevivieron de forma semiclandestina. El final del sueño republicano tras la entrada de Pavía en el Congreso y la saguntada provocó una persecución cerril por parte del nuevo régimen restaurador en la persona de los anarquistas, los cuales, como reacción lógica, se radicalizaron, abrazando el anarquismo comunista y la metodología de la acción directa, que fácil y rápidamente deriva en el simple y puro terrorismo. Será un anarquista italiano con nombre de entrenador del Jerez CF, Angiolillo, quien mate a Cánovas, el gran representante de ese régimen represor.

A partir de 1881, el régimen de la Restauración abre un poco la mano, y es el momento en el que se produce el enfrentamiento entre los dos grandes focos, y las dos grandes sensibilidades, del anarquismo español. Porque anarquistas los había en muchos lugares, pero sus principales viveros eran el campo andaluz (del sur de Andalucía sobre todo, ya que el norte, Jaén sobre todo, siempre ha sido de una orientación más marxista) y las industrias catalanas. En ambos casos hablamos de obreros y jornaleros que trabajaban por salarios de miseria, pero las miserias eran distintas, porque los catalanes, con un nivel de vida un poco mejor y con unos patronos algo más dialogantes que los terratenientes, tenían aspiraciones a ser legales y poder, por lo tanto, negociar, con dureza, pero negociar. El anarquismo andaluz, consciente de que la negociación es poco menos que imposible, es en aquellos tiempos, sin embargo, un anarquismo de enfrentamiento y acción directa; como lo acabará siendo también el catalán, pero más tarde.

Mientras el anarquismo catalán ambiciona la creación de una confederación del trabajo (cosa que hará en la segunda década del siglo XX), el anarquismo andaluz deriva hacia otro modelo: el modelo de sociedades secretas, pequeñas células de juramentados, dedicados al atentado personal, el secuestro de terratenientes y el incendio de cosechas como método de presión. La Mano Negra.

Allá por 1883, y como respuesta a estos atentados, las fuerzas económicas del sur andaluz, sobre todo las gaditanas y jerezanas, deciden actuar contra estos grupúsculos, y montan la investigación de esos presuntos crímenes, comandada por el sargento Oliver.

El salto cualitativo en las investigaciones lo dio un comandante de la Benemérita, llamado Pérez Monforte según mis noticias, el cual encuentra un día un cuadernillo de notas manuscrito. Este cuadernillo, cuyo contenido y origen son hoy aún discutidos, se tomó por parte de los investigadores como ejemplar de la sociedad secreta la Mano Negra, es decir como prueba fehaciente de la existencia de esta sociedad secreta o, diríamos hoy, célula terrorista de legales.

El inicio del documento es una prueba más de literatura anarquista, no exenta de interesante carga lírica: «Cuando existe en la tierra para el bienestar de los hombres ha sido creado por la actividad fecunda de los trabajadores; la absurda y criminal organización social hace que aquéllos produzcan mientras que los ricos se quedan el fruto de su esfuerzo; debe mantenerse un odio profundo hacia todos los partidos políticos; es ilegítima cualquier propiedad adquirida con el trabajo ajeno, aunque sólo sea por la renta y el interés; y sólo es realmente legítima la lograda por el trabajo personal y directo».

Según dichos estatutos, la Mano Negra trabajaba mediante un denominado Tribunal Popular, que era el que decidía las acciones a tomar. Revelar la existencia de la Mano Negra estaba prohibido y el castigo por hacerlo, en una dicotomía la verdad un poco radical, podía ser «suspensión temporal o muerte violenta». Los miembros de la sociedad secreta estaban obligados a seguir sus vidas y mantener sus oficios, percibirían una especie de sueldo pero nunca podrían comentar con nadie su cuantía e ingresaban en la organización, como en las bandas y en las mafias, mediante la realización de «un servicio», más que probable eufemismo de acción terrorista. El objetivo de la Mano Negra era, literalmente, «castigar los crímenes de los burgueses por todos los medios a su alcance, bien a través del fuego, el hierro, el veneno o mediante cualquiera otra manera». En otro punto, los estatutos recuerdan que «es deber de los miembros enseñar a sus hijos y en general a todos los trabajadores a tener odio a los ricos y a todo el que quiera dominarlos o pretenda vivir a costa del trabajo de los demás».

El descubrimiento de los Estatutos de la Mano Negra fue un hecho de gran importancia, porque puso en manos de los representantes políticos y sociales de la zona la prueba irrefutable de que el gobierno Sagasta tenía que usar la mano dura contra la mano negra. En muy pocas semanas, Sagasta cumplió con lo que se esperaba de él. Nombró un juez especial e incluso habilitó un edificio concreto, el convento de Santa Catalina en Cádiz, como cárcel para los detenidos. Se tomaron medidas legales y administrativas, entre ellas el reforzamiento de los efectivos de la Guardia Civil en la zona y el desplazamiento del general Polavieja a la provincia. En apenas unas semanas, centenares de jornaleros fueron detenidos y encarcelados, acusados de ser miembros de la Mano Negra. Llegaron a ser más de mil. La verdad es que bastaba la sospecha de un terrateniente para que alguien fuese trincado.

Para entonces, el asunto de la Mano Negra había alcanzado el estatus de asunto de interés nacional. Entre mayo de 1883 y septiembre de 1884 se celebraron la friolera de 74 juicios distintos, en los que fueron condenados más de 100 imputados, doce de los cuales lo fueron a muerte.

De toda esta miríada de asuntos destacan cuatro como los grandes juicios de la Mano Negra. Se trata de los asesinatos de Fernando Olivera, Antonio Vázquez, Bartolomé Gago y el matrimonio formado por Juan Núñez y María Labrador.

Olivera fue atacado por dos individuos, Cristóbal Durán y Jaime Domínguez, el 11 de agosto de 1882. Falleció dos días después de una peritonitis que se le presentó por las agresiones.

Por su parte, el matrimonio Núñez-Labrador fue bárbaramente asesinado el 3 de diciembre de 1882 en su granja de Trebujena. Por el asesinato fueron detenidos Juan Galán, Francisco Moyuelo y Andrés Morejón.

Al día siguiente, en el cortijo de la Parrilla, una partida formada por Cristóbal Fernández Torrejón, Gregorio Sánchez Novoa, Manuel Gago, José León Ortega, Gonzalo Benítez, Antonio Valero, Salvador Moreno Piñero, Rafael Giménez y Roque Vázquez asesinan a Bartolomé Gago, más conocido como «Blanco de Benaocaz», y entierran su cadáver.

El 4 de enero de 1883, es Antonio Vázquez quien muere en el ferrado de su propiedad en Grazalema, a puñaladas de Francisco Prieto, Diego Maestre, José Doblado y Antonio Roldán.

A estos crímenes, para los que hubo detenidos y posteriormente condenados, habría que añadir el crimen de Bornos, donde es asesinado el labrador Antonio Heredia y heridos de consideración su mujer Herminia Santaolalla y su hijo; el asesinato en su domicilio de Grazalema de Juan Calvente Ríos; el de Rufino Giménez Antolín en el Puerto de Santa María; la muerte a golpes de azadón de Román Benítez Gil en Ribera de Gondomar; y el asesinato de Miguel García Biedma en el cortijo de Bernala. Todos estos crímenes quedaron sin resolver, por no poder averiguarse sus autores.

Los asesinos de Olivera fueron condenados a cadena perpetua y a 17 años de reclusión, con lo que su condena fue algo más leve. Sin embargo, los tres asesinos del ventero Antonio Vázquez fueron condenados a muerte. Asimismo, en el juicio relativo al matrimonio asesinado Juan Galán, que fue considerado autor de las dos muertes, también fue condenado a la pena capital.

Pero el superproceso por excelencia, sin lugar a dudas, es el del Blanco de Benaocaz. Es en este juicio en el que se produce el récord, verdaderamente difícil de igualar, de ocho penas de muerte en un solo fallo.

En el juicio hubo 16 imputados y se escuchó el testimonio de 48 testigos. Estos testigos, sin embargo, no sirvieron para fijar la autoría del crimen. En realidad, ésta se estableció procesalmente porque los propios imputados quisieron. El anarquismo ibérico, en tanto que ideología rabiosamente individualista, ponía mucho el acento en la asunción de responsabilidades. Manuel Gago, uno de los imputados, confesó su participación casi fríamente. Confesó que había recibido la orden de matar al Blanco, que para colmo era su primo. Eso, sin embargo, no le supuso problema porque, declaró ante el juez, si le hubieran ordenado matar a su padre lo mismo lo habría hecho.

El motivo del crimen no fue que el asesinado fuese un explotador. Era un antiguo miembro de la organización que se había apartado de la misma. Francisco y Pedro Corbacho, Manuel y Bartolomé Gago, Cristóbal Fernández Torrejón, José León Ortega, Gregorio Sánchez Novoa y Juan Ruiz fueron condenados a la pena de muerte por asesinato con los agravantes de nocturnidad, premeditación, alevosía, despoblado y cuadrilla. Por su parte Roque Vázquez, Gonzalo Benítez, Salvador Moreno Piñero, Rafael Giménez Becerra, Agustín Martínez, Antonio Valero y Cayetano Cruz fueron condenados a 17 años y 4 meses de reclusión. José Fernández Barrios fue condenado sólo por responsabilidad civil, sin cárcel.

Tras la apelación al Supremo, fallida, las ejecuciones se verificaron el 14 de junio de 1884, con el mismo garrote vil que había segado la nuca del cura Merino. Participaron tres verdugos, los de Madrid, Burgos y Albacete, percibiendo su soldada más una onza de oro por ejecutado. Sólo hubo siete ejecuciones porque José León Ortega fue eximido de la pena por haberse vuelto loco en la cárcel.

La Mano Negra murió con el último de aquellos ajusticiados. Muchos de sus miembros fueron desterrados a las colonias, aunque algunos volverían con cuentagotas años después, cuando sus procesos se revisaron. Pero lo que no murió fue el anarquismo rural andaluz. A principios de la última década del siglo, el bakuninista madrileño Félix Grávalo se desplazó a Cádiz para captar adeptos y, bajo su organización, se volvieron a levantar células ácratas. Suya fue la inspiración para la acción del 8 de enero de 1892, cuando varios cientos de jornaleros intentaron tomar el pueblo gaditano de La Caulina para crear en él un cantón anarquista. En los gravísimos incidentes que siguieron fueron asesinadas dos personas, el viajante José Soto y el escribiente Antonio Palomino, al parecer porque los alzados encontraron que tenían las manos demasiado suaves para ser trabajadores. Por estos actos fueron enviados al garrote José Fernández Lamela, Manuel Silva Leal, Antonio Zarzuela Pérez y Manuel Fernández Reina; y a cadena perpetua Félix Grávalo, Manuel Calvo Caro, Antonio González Macías y José Romero Lamas.

A partir de ahí el anarquismo deriva hacia el anarcosindicalismo, y comienza a utilizar la huelga como elemento de presión. Pero la violencia sigue ahí, como bien demuestran, ya en la República, los hechos de Casas Viejas.

miércoles, febrero 03, 2010

Palomares á feira

A veces, al hablar de Historia, hay que hablar de microhistoria. Los hechos históricos son una cosa y luego está la microhistoria de los lugares y las personas; ésa que pertenece tan sólo a familias, locales de algún lugar, allegados. Es lo común que a la mayoría de las personas nos interese más la Historia que las microhistorias, sobre todo de lugares o personas que no conocemos o sobre las que no sabemos nada. Yo, sin embargo, hoy me voy a atrever a contaros una microhistoria. La que yo he llamado El Palomares gallego (o sea, á feira). Ya sabéis que el pueblo costero de Palomares, en el sur, se hizo famoso porque en sus aguas cayó una bomba americana que se dijo nuclear, lo cual, en tiempos del franquismo, provocó eso que ahora se llama alarma social, y que entonces se llamaba acojone a secas, de que las aguas estuvieran contaminadas. El conflicto inmortalizó la imagen de un gallego, el ministro Manuel Fraga, bañándose en aquella playa, en plan David Hasselhoff cutre y fondón, para demostrar a España y al mundo que allí no pasaba nada.

La historia que hoy os cuento la contaré como la refiere Manuel Barro Quelle en su interesantísimo y ameno libro San Ciprián, parroquia de Lieiro, editado por Ediciós do Castro en su serie Limiar Etnografía (mi edición es de 1989).

San Ciprián, o mejor San Cibrao que es como se llama ahora, y está bien que sea así porque en la misma provincia de Lugo no es el único San Ciprián que existe, es una de las huellas humanas existentes en uno de esos rincones soberbios que tiene España, y que es la costa cantábrica al norte de la provincia de Lugo. Yo, como buen coruñés de La Coruña, crecí medio convencido de que Lugo era una entelequia de ficción. El deporte nacional coruñés es denostar a los compostelanos (y el de los compostelanos la recíproca: una vez colgaron en el puente de la Autopista del Atlántico, dirección Coruña, un cartel cachondo que decía: A la playa de Santiago, 65 kilómetros) y a los vigueses. A los lucenses los dejamos en paz pero, como ya digo, yo creo que eso es así porque la mayoría cree que en realidad no existen.

Lugo, sin embargo, existe. Existe, a pesar de ser la parte discriminada de esa esquina ya de por sí un poquito discrimada que llamamos Galicia; esa región a la que las autovías y los trenes rápidos suelen llegar con un sospechoso retraso. Eso sí, los lucenses, a fuerza de ser considerados entes de ficción durante tanto tiempo, han crecido por su cuenta, y eso hace que, en algunas cosas, Lugo no se parezca a nada, salvo a sí misma. Llegas a San Cibrao con el oído medio acostumbrado al gallego; pero apenas medio día allí te enseñará que, en realidad, no hablas gallego; no, cuando menos, ese gallego. Los lucenses ponen los acentos tónicos en otros sitios, contraen lo que otros expanden, expanden lo que otros ni pronuncian y, por animarse a ser distintos, hasta rompen una de las reglas de oro del gallego, que es la ausencia de ese fonema tan castellano que es la jota. Fonema que sobrevive, como irredento galo, en la aldea de Astérix el Lucense.

Eso sí, el no haberse enterado, o haberse enterado a medias, de que los humanos, en estos últimos tiempos, nos hemos vuelto una panda de cabrones, hace que estas gentes de San Cibrao sean, cómo diría, especiales. Ya es agradable para un gallardonita pasear a su perro por un lugar que no tiene semáforos. Pero es que San Cibrao, además de no tener semáforos, tampoco tiene hijos de puta. Los coches paran cuando aún estás a siete metros de llegar al paso de cebra. Primero paran en silencio. Pasados unos días, tocan la bocina. ¿Mala hostia? Pues no: te están saludando. Y en mi restaurante preferido, siempre me preguntan si quiero repetir. ¿Qué más se puede ambicionar?

Debes visitar San Cibrao, créeme. Un pueblo pequeño con esta pequeña ría en la que el mar se acuesta y se estira cada día.


Si vuelves a este mismo paseo unas horas más tarde, podrás ver la misma escena, pero sin agua.
Eppur si mouve:


Como toda la costa norte de Lugo, el mayor atractivo que encontrarás serán los contrastes. Para muestra, este pedazo lluvión en alta mar mientras en tierra, lo adivinarás, hacía un solaco importante.


En, fin si no vas, te lo perderás. Y, bien pensando, tampoco estará mal, porque tocaremos a más.



Pero, de todas formas, de lo que yo quiero hablarte hoy es de esto:



Esta imagen está tomada en la playa de O Torno, quizá la principal de las cuatro (sic) playas de San Cibrao. Obviamente, es un monumento. Si te acercas, intuirás en la placa que lo acompaña que se trata de un monumento homenaje a la Armada española.

Todo esto plantea varias preguntas. Por ejemplo: ¿por qué San Cibrao, provincia de Lugo, se sintió un día compelida a homenajear a la Armada española? ¿Qué favor le pudieron hacer los marinos? Y, sobre todo, ¿qué leches es eso que hay en el monumento, escoltado por cuatro pequeños obeliscos? ¿Un pote gallego? ¿La marmita de Panorámix?

Barro Quelle nos saca de dudas: es una bomba.

Para ser exactos, se trata de una mina submarina de la segunda guerra mundial. Que yo sepa, nadie puede decir con exactitud de dónde pudo salir. Pero es obvio que estuvo unos veinte años bien agarrada a algún lugar, o dándose de barrigazos por el fondo de los mares, y decidió salir a la luz el día que las traicioneras corrientes la llevaron hasta esa pequeña ría sancibrense que, como has visto en las fotos, se queda escuchimizada cuando llega la marea baixa; y dicen las crónicas de aquel diciembre de 1965 que tuvo mareas de ésas que a los que no somos de mar nos dejan acojonados. Esto pasó a mediados de la década de los sesenta; hace, pues, ahora más de cuarenta años. Y apareció, como decimos, unos veinte después de cuando tenía que haber explotado.

Según tengo leído, el artefacto entró por la ría sin pedir permiso y se metió adentro, como las gaviotas hambrientas de cangrejillos, hasta llegar al puente de la carretera, que está algunos cientos de metros más allá del mar, donde quedó, debo suponer que para indiferencia de los sancribrenses, batiéndose contra los vanos, hasta que alguien la ató al puente, del lado de Lieiro, aunque con tan poca convicción que la puñetera bomba se soltó y se subió a lomos de la marea baja, otra vez camino del mar, donde acabó por reposar en la playa de O Torno, que es la que mira al Cantábrico por el lado de la ría. Una vez allí, nos cuenta Barro Quelle, «estivo moito tempo mudando de sitio, segundo as mareas». Así que podemos imaginar a los lucenses sancibrenses, de pie desde el paseo que preludia las arenas de la playa, viendo a la panzuda olla moverse de un lado a otro, según la llevaba el mar, apostando sobre dónde pararía; especulando en su gallego musical y diferente.

Ya he dicho que en San Cibrián todo se integra. Nos integramos los madrileños, y ya tiene mérito aceptarnos. Se integran los caboverdianos, los malayos, los filipinos que laboran en la flota de Burela. Se integran los españoles de diversas procedencias que han ido a dar con sus carreras laborales en la fábrica de aluminio de Alcoa, que le da al paisaje la extraña impresión de que más allá del pueblo vive Blade Runner. Los lucenses todo lo fagocitan y lo hacen suyo; te atraen y te engañan con pan, con merluzas que saben a merluza, con carne de ternera o de potro, y para cuando te das cuenta ya estás, tú también, saludando por la calle a todo cristo que te cruzas.

Puestos a integrar, en San Cibrao se integran también las bombas. Barro lo confiesa con desparpajo: «Lembramos nós [lembrar=recordar], que daquela andabamos na escola, como saiamos correndo para ir a xogar ás "chapas" á praia e o sitio preferido era a "bola da calamina", que tapabamos con area [arena] e facíamos camiños para ir subindo coas "chapas"». Dicho queda: los niños, que tenían el colegio como quien dice a dos pasos de la playa, tomaron por entretenimiento jugar sobre la panza de la bomba.

Según el cronista sancribrense, y por increíble que pueda parecer, durante todo ese rato, que debió de durar sus semanas o meses, a nadie se le ocurrió pensar seriamente que aquella mina pudiera ser peligrosa. Si algo identifica, a mi modo de ver, al auténtico gallego, es que, cualquiera que sea su ideología o extracción, suele ser una persona que cree en el destino más que la media. Hemos de suponer que aquellos habitantes vieron llegar la panzuda mina, asumieron que si aparecía tantos años más tarde era porque ya no era peligrosa, y lo dieron por cierto.

Aunque siempre hay alguien que adquiere conciencia. Un innominado ciudadano, siempre según la versión de Barro Quelle, acabó llamando a Madrid y contando lo de la bomba. Inmediatamente, se presentaron en la villa unos hombres de la Armada, especialistas en explosivos y esas cosas, y al punto descubrieron que la bomba estaba armada y que, nos dice el relato en el que aquí me baso, «poido ter explotado en calqueira intre».

En los tiempos de Franco los ayuntamientos no eran electivos (bueno, la verdad es que nada en absoluto era electivo), lo cual hacía que no fueran muy representativos. La verdadera célula social sancribrense estaba representada por la cofradía de pescadores, el viejo gremio profesional. Fue, pues, la cofradía de pescadores la que decidió solicitar a Madrid que aquella bomba no dejase el pueblo. Convenientemente desarmada (nos ha jodido), dijeron los pescadores, debería formar parte de un monumento de agradecimiento a la Armada.

Y allí se colocó, y allí está, desde 1967, supongo que la bomba original, aunque puede ser que la hayan cambiado por una reproducción, como el David de Miguel Ángel que domina la Piazza della Signora de Florencia.

Para mí que la bomba no estalló porque el pueblo, simple y llanamente, no lo merecía.

San Cibrao, parroquia de Lieiro, concello de Cervo. Lugo, Galicia, España.