miércoles, noviembre 17, 2010

Granada

Cualquier español medianamente educado de mi generación, por las posteriores no pondría la mano en el fuego, conoce la frase que, según la tradición, escuchó Boabdil el Chico de labios de su madre mientras dejaba para siempre Granada: «Llora ahora como mujer lo que no has sabido defender como hombre». Supongo que hoy en día no se habla mucho de ella; si a la sultana la llega a pillar Bibiana Aido por allí cerca, le hubiera arreado una colleja de aquí te espero. Bromas aparte, la Historia de Granada tiene algo de mágico, y detrás de esa frase, que por cierto no fue pronunciada hacia la persona de Boabdil sino de todos los hombres que con él marchaban, tiene, también, bastantes más contenidos que bueno es explicar. La caída de Granada es, en sí, el guión de una película de amor y guerra.

Fernando III, rey de Castilla, es, probablemente, el gran re-cristianizador de España. Fue él quien, a partir de 1231, inició una serie de campañas contra el moro en las que se hizo con bastiones como Córdoba o Sevilla, conquistas que dejaron herida de muerte a la España musulmana; la cual, en todo caso, desde 1223 estaba inmersa en una intensa lucha intestina, tras la muerte sin descendencia del monarca almohade Abu Yucub Yussuf II. El mismo año que Fernando III comenzó su particular cruzada andalusí, un reyezuelo jienense, Muhammad ben Yusuf ben Nasr, se apoderó de la ciudad de Granada y estableció allí su capital. Supongo que es de ese Nasr con que termina el nombre de este rey de donde viene la costumbre de denominar al reino de Granada como reino nazarí.

Los monarcas nazaríes aprendieron a portarse como cualquier grupo político minoritario, pero relevante. Cuando los vientos del norte de África llegaban puteones, se aliaban con los cristianos contra sus hermanos de fe y de poco más. Cuando eran los cristianos los que se pasaban de frenada, era hacia el Magreb adonde miraban en busca de alianzas.

Llegamos a los últimos años de aquel reino granadino, para fijarnos en Fátima, o Aixa como también la llaman. Fátima, sultana, era hija de Muhammad X, llamado El Cojo, vaya usted a saber por qué; esposa de Muley Hacen y madre de Abú Abdalá, quien también sería rey, el último rey de Granada, con el sobrenombre de Boabdil.

El casamiento de Fátima y Muley, primos de sangre, fue puramente político. Al parecer, Fátima era un callo malayo ciclón B; sobre ella han especulado los estudiosos que pudiera tener una cosa que se llama virilismo hipofisario, que no sé muy bien lo que es pero sospecho que Shakira no lo sufre. Características propias de Fátima, según estas teorías, serían el hirsutismo, hipertricosis, bigotón, barbita mejillera, voz viril y, según leo, «atenuación del instinto genital»; como los libros que consulto son antiguos, de la posibilidad de que fuese bollera no encuentro razón. Las gentes de su tiempo la llamaban La Horra, que viene a ser la frígida.

Otra característica de Fátima, mucho más importante para lo que aquí relatamos, es su fanatismo religioso. Ella es una musulmana de la m a la a, cree en la guerra santa y en la obligación de sus muy altos parientes de cumplir con ella.

El casamiento, no obstante, convenía a los arreglos reales. Los Reyes Católicos, por cierto, concedieron dispensa para que los novios pudieran casarse, siendo como eran parientes directos.

La descendencia del rey Muley y su sultana fueron tres niños y una niña. Pero los cronistas contemporáneos no cuentan que, llegado un momento, Muley comienza a darse a los placeres «con cantoras y danzaderas», que no será algo que le reprochemos, la verdad. Descuida a las fuerzas armadas que son, al fin y a la postre, el sustento de su momio, además de imponer tributos y más tributos, pues las putas de calidad, a todo lo largo y ancho de la Historia, siempre han costado una pasta.

A pesar de convertirse en un pichabrava, Muley sigue formalmente casado con Fátima. Pero eso se termina finalmente a los veinte años de matrimonio, cuando el rey repudia a su esposa. En la ciudad es vendida, dentro de un grupo de chiquillos, una niña que entonces tendrá 10 o 12 años, y que los granadinos conocerán como La Rumía, es decir la cristiana convertida a la fe de Mahoma. La niña es adjudicada a la casa del rey, donde la colocan al servicio de una de sus hijas para que le barra las habitaciones. El cronista Hernando de Baeza, que no se recata de contarnos que Muley tiraba absolutamente a todo lo que se movía en palacio, nos cuenta que cuando el rey vio a la niña, se encoñó con ella como un Sánchez Dragó cualquiera, y ordenó a un paje que se la trajera. El resto de las miembras del serrallo, siempre según Baeza, esperaron a la chavala después del polvo y le dieron una mano de hostias.

Enterado Muley de la paliza, desde el primer momento creyó ser obra de Fátima, así que apartó y protegió a la niña, y la colmó de preces (y de fluidos, claro). Los amantes se instalaron en la Torre de Comares mientras Fátima, con sus hijos, vivía en el Cuarto de los Leones.

La Rumía se llamaba, probablemente, Isabel de Solís. Pero los moros le pusieron Soraya. Soraya le dio al rey dos hijos, Cad y Nazar, ambos nacidos musulmanes pero que se convertirían al cristianismo tras caer Granada, con los nombres de Alonso y Juan de Granada.

Mucho antes de que eso ocurriera, el partido fatimista de Granada comenzó a especular con que Boabdil fuese a ser desposeído de sus derechos dinásticos en la persona de Cad, el hijo mayor de la Rumía; como luego veremos, es probable que algo de eso hubiera. La pérdida de Alhama, en 1428, dio a Fátima todos los elementos necesarios para el golpe de Estado.

Con la muerte de uno de los hijos de Fátima, y ante la posibilidad de que su dolencia fuese contagiosa, tanto Boabdil como su hermano Yusuf pudieron abandonar el ambiente fuertemente vigilado del Cuarto de los Leones y trasladarse a otra dependencia. De allí huyeron, y fueron llevados a Guadix por los abencerrajes. En Guadix, Boabdil fue proclamado rey y Yusuf marchó a Almería.

En Granada, el partido fatimista logró enervar los ánimos y provocar manifestaciones de descontento en las calles. Estos grupos organizados provocaron unos fortísimos disturbios nocturnos ante los que el ejército de Muley, como hemos dicho antes descuidado en su organización y disciplina, poco pudo hacer. Así pues, el rey, con su esposa y sus hijos, se refugió en el castillo de Mondújar, y luego en Málaga.

La victoria de Boabdil, sin embargo, no hizo sino exacerbar la lucha por el poder entre abencerrajes y zebríes. Los cristianos, mientras tanto, preparaban las cosas para sacar tajada, concretamente la invasión de la importante villa de Loja. Pero fueron detenidos en sus intenciones por Muley Hacen, o más bien por su hermano menor El Zagal, el 15 de julio de 1482. Tras la victoria, Muley siguió hacia Gibraltar, tratando de recuperar su reino con la espada.

Aquellos movimientos de Muley fueron posibles gracias al genio militar de su hermano y supusieron, en cualquier caso, golpear al partido fatimista con su propia estrategia. Los granadinos, hasta entonces encantados con Boabdil, conocedores de aquellas acciones, comenzaron a preguntarse por qué su rey no se lanzaba a la guerra contra el cristiano como hacía aquél que había sido destronado. Por ello, en abril de 1483, Fátima y Aliatar, alcalde de Loja, consiguieron que Boabdil levantase el pendón de guerra para realizar una incursión por la frontera.

La despedida de Granada fue, a decir de los cronistas, impresionante. Es probable que nadie, jamás, se haya vestido en la Historia de España como se vestían los musulmanes cuando querían. Una tradición histórica dice que unos emisarios cristianos llegados a Medina-Azahara se postraron ante el camarero que les abrió la puerta, creyéndole el mismísimo Abderramán por la riqueza de sus ropajes. El pueblo vibraba de alegría como en la escena de la coronación de Carlos V en Bolonia que nos retrata Manuel Mújica en Bomarzo. Pero una mujer lloraba. Quizá la tía más buena de toda Granada. Moraima, la esposa de Boabdil, un pibón Defcon 1 según las crónicas, lloraba junto a Fátima al ver a su marido ir a la guerra; gesto éste que el bujarrón fatimero se aprestó a reprocharle. Fátima, en efecto, le afeó la conducta, y hay que reconocer que su argumento no carecía de base: un rey nazarí, le dijo, estaba más seguro durmiendo en una tienda de campaña que en su palacio.

Algo se debía barruntar Moraima, sin embargo. Probablemente, tenía claro que no era la única nenaza de aquel matrimonio. Así las cosas, Boabdil cumplió como lo que era. En Lucena, los cristianos le dieron hasta en la epiglotis. El otrora orgulloso Boabdil acabó participando en una deshonrosa retirada musulmana, desordenda y anárquica, hasta llegar a un arroyo, donde su caballo fue muerto y tuvo que empezar a huir a pie. Fue localizado tras unos matorrales, acojonado.

Enterado de lo de Lucena, Muley Hacen tiró para Granada, a dar por culo. Fátima, que se entera, sale de najas de la ciudad, y se refugia en Almería, con Yusuf, donde El Zagal los sitia y vence. El general de Muley le envía a la Alhambra la cabeza de su hijo. Uno menos...

¿Por qué los puntos suspensivos? Pues porque no sé si os habéis dado cuenta de que, en la sociedad entre los hermanos, el que tiene la fuerza es El Zagal. Así las cosas, no tiene nada de extraño que el general comience a plantearse que, si quita al rey de enmedio, él podría reivindicar el trono para sí. La Rumía, que se rumia, sin tilde, la cosa, convence a su marido de que abdique rápidamente en la persona de su hijo Cad, nombrando regente a su mujer. Pero fue un gesto tardío. Retirado Muley a Salobreña, El Zagal envía emisarios a Granada con los que Soraya intenta negociar, sin éxito. El Zagal es proclamado rey de Granada y Soraya y sus hijos son enviados a Salobreña.

Volvamos a Fátima. La incansable sultana piensa ahora que el movimiento lógico es que Boabdil se postre a los pies de los Reyes Católicos, les coma la oreja, y les pida ayuda contra El Zagal. En 1486, fruto de esas negociaciones llevadas a cabo por los ministrinis de la época (Aben Comixa, Alí Mucer, Mahomar el Jebis, Muhammad Lentin y Aben Saad), se firma el tratado de Porcuna. Los Reyes Católicos liberaban a Boabdil, éste se proclamaba vasallo de Castilla y se comprometía a luchar contra los reyes vigentes. Entre las cláusulas del tratado, quedan rehenes de los cristianos Sid Hamed, primogénito de Boabdil, y otros doce infantes de familias muy importantes del reino nazarí.

La firma de un tratado tan desventajoso y humillante es la razón fundamental de que los granadinos comiencen a llamar a Boabdil El Zogoibi, que es algo así como El Desdichado. Pero más bien deberían llamarse El Sin Palabra, porque lo cierto es que ni siquiera el hecho de haber dejado a su hijo de rehén (y haber dejado con ello a Moraima en peor situación que una moqueta usada) le impidió incumplir el acuerdo de Porcuna.

En realidad, el tratado fue el comienzo de unas negociaciones entre Boabdil y el equipo de Fernando el Católico, una vez que aquél recuperó Granada, para una voladura controlada del reino; el objetivo cristiano siempre fue que toda España dejase de ser musulmana. Boabdil, sin embargo, pretendía seguir siendo rey, y por ello, al mismo tiempo que negociaba con los cristianos, enervaba a los suyos para hacerles la guerra. Sin embargo, la gran batalla preparada por Boabdil, aún en contra del criterio de su madre la guerrera, quedó en poquita cosa, aunque causó gran mortandad entre los caballeros musulmanes. Y, de los que quedaron, muchos, como Abel Comixa, habían pactado con el de Aragón un tratamiento adecuado para sí y sus familias una vez completada la Reconquista, así pues no tardaron en dejar solo al rey. Bueno, no solo. Porque en ese momento de soledad a Fátima, que hasta entonces ha mostrado un realismo que su hijo no quiso apoyar, le entra la vena de defender la ciudad hasta la muerte. Los nobles nazaríes, reunidos en consejo, votan, sin embargo, por unanimidad, que no tiene sentido presentar resistencia armada.

Fernando de Aragón y Boabdil se enfrascaron entonces en una negociación interminable en torno a las capitulaciones de la rendición. El rey nazarí esgrimía constantemente dos triunfos a su favor: el primero, la posibilidad de que unas condiciones humillantes provocasen una revuelta popular que ni él mismo pudiese sofocar; y, en segundo lugar, su presunta decisión suicida de encerrarse en la ciudad y morir matando. En medio de todo eso, apareció Fátima para poner un obstáculo más. En uno de los borradores leyó que, a la entrega de las llaves de la ciudad, Boabdil (que, recordemos, al menos teóricamente era, desde Porcuna, vasallo de la corona castellana) debía hincar rodilla en tierra y besar la mano del rey cristiano. Fátima, sin embargo, insistió en que la entrega tenía que ser algo así como la rendición de Breda, esto es un acuerdo entre soberanos, entre iguales. Fernando de Aragón, que no se iba a parar en gilipolleces, accedió: Boabdil, a caballo, haría el gesto de ir a desmontar (presuntamente, para echar rodilla en tierra y lamerle los nudillos) pero Fernando, en gesto magnánimo, le pediría que siguiese en la montura. El 2 de enero de 1492, a orillas del río Genil, se entregó la ciudad.

La persona más feliz aquel día en Granada era Moraima, quien podría volver a ver a su hijo, seis años después. Y, quizá, tan feliz era Moraima como infeliz Isabel la Católica. Existen muchos indicios de que la reina cristiana llegó a tener verdadero cariño por aquel chaval. En carta al ya obispo de Granada, Hernando de Talavera, la reina católica comenta la marcha del niño con su padre, y, no sin cierto tono de angustia, propone: «paréceme que allá donde está lo debemos siempre cebar, visitándole con color de visitas a su padre, y enviándole algo». Estos deseos no se albergan en favor de un chavalote que te importa un culo.

En marchando de Granada, no sólo el rey Boabdil, sino todos los caballeros que con él marchan en total silencio, tornan a mirar la ciudad que dejan, y rompen a llorar. Y es entonces Fátima, el marimacho; Fátima, la mujer que fue apartada por su hijo tras el tratado de Porcuna, es decir en los momentos en los que el rey nazarí, con tal de quitar de enmedio a El Zagal, hizo lo que fuese, incluso mentir, faltar a su palabra, incluso hacer gestos bélicos cuyo éxito no podía garantizar; Fátima, pues, que tenía la sensación de que Granada se había perdido porque su hijo era, básicamente, un gilipuertas que había pasado de escucharla cuando más necesario le habría sido; Fátima, pues, ya no puede más, en lugar de llamarle a su hijo nenaza y tonto la haba, como debería haber hecho, dicen que dice aquello de: «Justa cosa es que el rey y los caballeros lloren como mujeres lo que no supieron defender como hombres».

Ella, obvio es, tiene los ojos secos.