lunes, agosto 09, 2010

Folletín de verano (11)

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En el gélido noviembre de 1950, en la calle Rey Francisco de Madrid, unos vecinos llamaron a la policía y los bomberos para quejarse del hedor que parecía despedirse del cuarto piso del inmueble en que vivían. Aquel piso era la casa de doña Severa, una mujer que resultó ser prima de una condesa a cuyas recepciones solían acudir muchos gobernadores, procuradores y jueces de aquel tiempo. Fue por esta circunstancia (doña Severa no era la conocida, sino la condesa) por lo que aquel homicidio se conoció entre los policías que lo investigaron como El crimen de la Condesa prima. Y fue así porque, tras intensas llamadas sin respuesta y de derribar la puerta de la casa, los bomberos encontraron a doña Severa tumbada en la cama de su dormitorio, salvajemente asesinada a cuchilladas, en medio de una casa cuyo ambiente ardía como un infierno, ya que nadie había apagado ni un minuto en los últimos días las estufas de la casa; y todas estaban encendidas.


Hubo mucha presión sobre los policías para encontrar un culpable. Las primeras pesquisas, además, señalaron un sospechoso bastante evidente: Rosa Oliveira, que había sido empleada de hogar de doña Severa, aunque unos dos meses antes de lo sucedido ésta la había despedido, al parecer por sisar sistemáticamente del dinero de la compra. En relato que todos los vecinos confirmaron, Rosa Oliveira y doña Severa habían mantenido una fortísima discusión un domingo por la mañana y, de hecho, la criada había bajado las escaleras al marcharse, cuatro pisos, gritando improperios a su antigua ama, llamándola vieja, amargada y cosas peores, y asegurando, textualmente, que un día se las iba a pagar todas juntas.


La muerte de Doña Severa era difícil de fijar en el tiempo pero, finalmente, los forenses concluyeron en un espacio de unas doce horas en el que consideraban que tenía que haberse producido.


Cuando fue localizada e interrogada, Rosa Oliveira, además de negar la autoría de los hechos, fue incapaz de dar razón de sus actuaciones durante la mayor parte de ese tiempo.


El caso estaba a punto de cerrarse hasta que Carlos Luján, cesante tras haber terminado unas labores rutinarias que se le habían encomendado, fue adscrito a él. Hasta que él llegó nadie parecía haber reparado, o quizá no lo preguntaron, en que doña Severa no tenía que haber estado en su casa de Madrid el día que fue asesinada. Su sobrino la había invitado a pasar algunos días en Jerez, donde vivía, dado que allí el clima era mucho más generoso con los huesos deshechos de la pobre anciana. Lamentablemente, según declaró, estando en Madrid unos asuntos urgentes lo habían reclamado en Sevilla, así que, y puesto que no iba a estar en Jerez con su tía, decidió aplazar la estancia. Fue a su casa para decírselo, pero doña Severa no estaba. Así pues, dejó una nota en la puerta de su casa advirtiéndola de que no irían a Jerez, y de que ya la escribiría para darle detalles (doña Severa no tenía teléfono). Ahora el sobrino, en medio de un mar de lágrimas, se culpaba de haber dejado escrita y pegada a la puerta de su tía la información que el asesino necesitaba. Prueba evidente de que el asesino había usado aquella nota era que el papel no había aparecido, ni pegado a la puerta, ni en lugar alguno.


Tal y como lo analizó Luján, en toda la historia había dos piezas que no terminaban de encajar. Una, por qué una mujer que planea durante dos meses el asesinato de su antigua ama lo perpetra precisamente en un momento en el que la víctima debería estar fuera. Y otra que no sospechaba pero confirmó leyendo el expediente del caso: Rosa Oliveira había firmado con un aspa, así pues no sabía escribir y, probablemente, tampoco leer. Pero, ¿cómo una persona analfabeta podría aprovechar una nota manuscrita, como no fuese para sonarse las narices?


Estas dudas movieron a Luján a hacer «juego revuelto» y empezar de nuevo. Eso no gustó mucho a los inspectores que estaban adscritos al caso, pero lo cierto es que Luján era ya un policía relativamente experimentado (dos años), estaba cercana su salida del Infierno; y, además, todos los demás suspiraron aliviados cuando alguien dio el paso al frente y decidió dedicarse a un caso sobre el que el mismísimo Viejo Ramos preguntaba dos o tres veces al día, como si la muerta fuese su madre. Luján se echó al comisario a la espalda y siguió adelante. En Sevilla le confirmaron la versión del sobrino: más o menos a la misma hora en que, por así decirlo, «empezaban» las doce de plazo establecido por los forenses para la muerte de su tía, él estaba en un restaurante sevillano departiendo con unos posibles socios futuros en una empresa que quería emprender.


Luján tenía una sospecha. Y la confirmó.


Llamado el sobrino para unas comprobaciones rutinarias, se las arregló para acabar hablando con él de lo mucho o poco que iba por casa de su tía. Y resultó que era mucho. Así que le preguntó por Rosa. El sobrino se mostró esquivo a la hora de considerar a Rosa una mala mujer, aseveró que siempre había tratado a su ama con pulcritud aunque con cierta indiferencia y juró que, para él, la forma tan violenta que había tenido de zanjar su relación con ella era casi increíble. Pero lo que realmente llamó la atención de Luján fue que, hablando de lo que había sido el origen del crimen (las sisas) el sobrino le dibujó la escena de una anciana doña Severa dictándole a su criada las viandas de la compra. Por eso volvió a la cárcel, donde Rosa le explicó que, efectivamente, nadie en la casa sabía que era analfabeta. Ella fingía escribir la lista de la compra aunque, en realidad, la memorizaba. Algo que, entonces, hacían muchas criadas y camareros en España.


Ese detalle le dio la clave.


El resto fue fácil. La calefacción no se quedó puesta por casualidad. La dejó puesta el asesino, para retardar ligeramente el rigor mortis; lo suficiente como para cometer el asesinato, tomar un coche, conducir a gran velocidad hasta Sevilla y estar en el restaurante a tiempo. Las investigaciones, que hasta entonces se habían centrado en la criada, pronto dieron sus frutos con el sobrino: estaba arruinado. De hecho, ese negociete para el que buscaba inversores era su huida hacia delante, pero para ello necesitaba un capital previo que, por cierto, su tía (siempre hay alguien escuchando en un patio de luces) había desechado prestarle, eso sí, entre arrumacos y buenas palabras (lo cual explica que nadie refiriese ese diálogo cuando los policías preguntaron por enemigos o discusiones). Por lo demás, aquel tipo no era ni mucho menos un asesino profesional. Probablemente consideraba la maquinación de la nota en la puerta un detalle de genio, uno de esos toques de asesino de inteligencia superior; así pues, cuando Luján se lo desmontó con la sorprendente noticia del analfabetismo de Rosa, se derrumbó. Dado que no se había producido violencia en la puerta de la casa, era obvio que quien había entrado disponía de medios para ello; descartada la criada, los candidatos eran muy pocos, puesto que doña Severa era soltera, motivo por el cual, por cierto, su sobrino era su heredero legal.


En menos de hora y media, lo confesó todo. Confesión que trajo prendido el encumbramiento definitivo de Carlos Luján como un policía de primera.


Carlos Luján tenía inteligencia natural para ser detective. Pero, además, tuvo un gran maestro. Desde la solución del caso del asesinato de Anselmo López, el inspector Rebollo no se recató de buscarlo y solicitarlo para trabajar con él. Bajo el ala de uno de los dos jefes de la oficina (por debajo, claro está, del Viejo Ramos), Luján aprendió todas las cosas que necesitaba para complementar su sexto sentido. Ismael Rebollo tenía una capacidad innata para descubrir, como había hecho con los calcetines de López, indicios en los detalles, a la vez, más visibles y más despreciables de un caso. En realidad, López y Rebollo nunca intimaron (todo el mundo decía que el inspector sólo tenía compañeros ocasionales para la barra del Lunarcito); pero el veterano comenzó muy pronto a respetar al novato, sus puntos de vista, su forma de afrontar la investigación de los casos y, sobre todo, sus intuiciones. La pareja Rebollo-Luján se convirtió pronto en un clásico. Combinaban las intuiciones del policía joven con la capacidad del experimentado a la hora de confirmarlas casi desde la nada. A principios de los cincuenta, Carlos Luján tenía 30 años cumplidos y Rebollo algo más de 50; pero, a pesar de la juventud del primero y la diferencia de edad del segundo, cuando un caso especialmente importante se torcía, el comisario echaba mano de su mano derecha y, era cosa sabida en todo el departamento, le insinuaba dónde buscar apoyos. A partir del crimen de la Condesa prima, el respeto al joven Luján estuvo fuera de toda duda.


A partir de la treintena, sin embargo, Luján tuvo que empezar a volar solo más a menudo. La presencia de Rebollo en la oficina se fue espaciando más. Lenta pero inexorablemente, las costumbres de aquel inspector, hasta aquel entonces algo así como el ministro en la Tierra del comisario Ramos, empezaron a cambiar. Antúnez, su compañero en el Cielo, empezó a tomar crecientes responsabilidades, ante la más que aparente indiferencia de Rebollo. A Luján le costaba entender eso pues consideraba, y no era el único desde luego, que si alguien merecía en aquella oficina heredar el puesto del Viejo Ramos, ése era Rebollo. Pronto, sin embargo, se hizo patente que el inspector tenía otros intereses. Hombres de paisano, hombres que nunca parecían sentirse obligados a identificarse (y era raro encontrar entonces alguien que no se sintiese obligado a identificarse en medio de policías), venían a verlo y se lo llevaban. A veces se los veía en El Lunarcito, en alguna esquina de la barra, obviamente esquivando cualquier otra compañía, en conciliábulo.


Luján deseaba saber más. Pero Rebollo, sin dejar de expresarle cada vez más su respeto profesional, sin dejar de demostrar una confianza en él que otros policías con muchos más años envidiaban, no se abría con él. Ni con nadie.


Por eso, a Luján le pilló tan de sorpresa su superior una tarde otoñal del 54, cuando Rebollo, mientras bebían dos chatos de vino antes de volver a sus casas tras una jornada bastante insulsa, le preguntó:


-Oye, Luján. ¿Te acuerdas de Dositeo Galán?


-No mucho; no, la verdad admitió Luján; y era completamente verdad que había olvidado ese nombre.


-Un testigo del caso del cadáver sin manos. Aquel divisionario.


-¡Pues claro! Como casi siempre, la mente del subinspector se aclaró con rapidez- Míster Porto Flip.


-Ha muerto. El mes pasado informó Rebollo, fríamente-. Cirrosis hepática.


-Oh Luján no sabía qué decir; era porque no sabía el motivo de que Rebollo le hubiese sacado el tema-. Lo siento. No me cayó mal.


-¿No te cayó mal?


-Pues no. Oye, y, tú, ¿cómo sabes que se ha muerto, y de qué y todo eso?


Rebollo lo miró enigmáticamente antes de hablar.


-Siempre me he dedicado un poco a saber este tipo de cosas.


-¿Este tipo de cosas? ¿Qué tipo de cosas? ¿Las necrológicas de la ciudad?


En el rostro de Rebollo se formó un rictus de fastidio.


-Luján, te conozco hace demasiado tiempo como para pensar ahora que eres un imbécil gilipollas.


Terminaron de beber, y caminaron. Ambos vivían en la misma dirección, así pues, habitualmente recorrían seis o siete manzanas antes de separarse. Luján iba pensando en la conversación anterior. Sus porqués. Para él, entender a Rebollo era una especie de reto.


-La clave está en que me cayó bien dijo, finalmente.


-¿La clave?


-Querías saber mi opinión sobre Galán.


-Exactamente susurró Rebollo.


El verano daba aquella noche sus últimas boqueadas en Madrid. Las sombras eran frías pero sobre las aceras el cálido aire de los días largos parecía querer quedarse. Y la hierba todavía olía a fresca. Era agradable pasear. Ayudaba a pensar, a entender. Así pues, Luján pensó y entendió deprisa.


-No entiendo qué podéis… que puedes temer en un tipo como Galán. Hace seis años ya tan sólo era un borracho.


Rebollo enarcó las cejas, sin dejar de mirar hacia adelante. Era su forma de decir: eso que dices me parece dudoso.


-Galán no era nadie. Un puto héroe mutilado más con despacho oficial, secretaria, cochecito y prebendas. Lo jodido es lo que representa.


-No veo qué puede representar un tipo así.


-Muchas cosas. Sobre todo si, en lugar de a beber, se dedica a fastidiar.


Luján se paró. Rebollo hizo lo mismo. Se encararon.


-¿Me estás llamando traidor?


-¿He dicho yo algo de ti?


-Has dicho que no te gustaba que el tipo me hubiese caído bien.


-Parece como si no me conocieras respondió Rebollo, con una leve, fría sonrisa en los labios-. Cuando yo he querido decir de alguien que es un hijo puta, ¿acaso me he recatado de usar todas las palabras?


-Vale, vale. Está bien. Pero sólo dime una cosa.


-Si puedo…


-¿Debo recelar de ti?


Fue delectación lo que sintió Carlos Luján al comprobar, pues conocía bien a su interlocutor y éste no se lo podía ocultar, que había mordido en blando. No esperaba esa pregunta. Sin embargo, Rebollo era de esa gente que se recuperaba en medio metro cuadrado y menos de un segundo. Volvió a enarcar las cejas y a apretar los ojos mirando al horizonte que tapaban las casas del barrio de Salamanca, luego buscó con la mirada un banco cercano, y se sentó en él. Luján le imitó. Rebollo sacó un cigarrillo y le ofreció a Luján. En los últimos tiempos, había empezado a fumar como un verdadero policía, así pues lo tomó y lo encendió con su propia cerilla.


-Dime, Luján. ¿Cómo crees que sería España hoy si viviese José Antonio?


Ahora fue Luján quien se quedó sin habla. Porque él tampoco esperaba esa pregunta.


-No… no sé.


-No digas que no sabes. Hace ya casi diez años que la ley dice que España es un Reino1.


-¿Y qué?


-Los reinos tienen reyes.


-O regentes.


Rebollo fumó en silencio, sin contestar.


-José Antonio tendría hoy 51 años continuó Luján-; Franco tiene 62. La ley de vida estaría con él.


-Y la de la muerte está con Franco -apostilló Rebollo, con voz ronca.


Luján sintió una inquietud de difícil concreción en el pecho.


-Rebollo, joder. ¿Dónde quieres llegar?


El inspector miró al suelo largo rato. Luján pensó que sopesaba alternativas, así que lo dejó en paz. Cuando pareció tomar esa decisión, se incorporó y miró a Luján de frente.


-Es una cuestión de lealtad.


-¿Lealtad?


-Sí, Luján. La cuestión, hoy, es a quién somos leales.


-¿Somos? ¿Lo dudas?


-No. Pero sólo si me lo dices.


Luján tomó aire, y le costaba expirarlo. Igual que creer lo que estaba oyendo.


-¡Joder, Rebollo! ¡Yo soy fiel a Franco, por supuesto!


Rebollo tiró el cigarrillo, y asintió repetidas veces.


-Me alegra oír eso.


-¿Te alegra oír eso? Pero, ¿a qué coño estás jugando, inspector? ¿Qué despropósito tienes en la cabeza?


Rebollo apartó la vista, bufó y apretó los labios. Luego volvió a mirarlo. Sus ojos no eran sus ojos.


-Mira, Luján. Puedes soñar todo lo que quieras con un mundo de generales y regentes cortando flores en armonía en los jardines de El Pardo; pero los sueños no se hacen realidad por mucho que los soñemos. En una lealtad, ¿cuántos líderes caben?


-¿Qué pregunta es ésa?


-Es una pregunta; así que contéstala.


Luján dudó. Tratando, además, de ganar tiempo. De buscar que se tranquilizara su jefe y ya no sabía si medio amigo.


-Un ejército puede tener varios generales.


-No te vayas por las ramas. ¡Líderes, Luján, líderes!


Acorralado, asintió.


-Veo lo que dices, Rebollo. Sólo puede haber un líder.


-Ajá. Y, ¿a ti te dio la impresión que aquél Galán que tan bien te cayó tenía el mismo líder que tú dices tener?


Luján se sintió levantándose como un resorte. Fue su forma de ponerse en guardia. Y, sin embargo, Rebollo, que permanecía con los codos apoyados en los muslos, las manos juntas y mirando al suelo, permaneció ajeno a la reacción.


-Inspector, te exijo que ahora mismo…


-Siéntate, Luján.


-No hasta que…


-¡Siéntate, coño!


Carlos Luján reconoció el tono de las órdenes imperativas. Un tono que hizo volver los rostros de varios transeúntes. Así pues, obedeció y permaneció allí, en silencio. Mirando de reojo a su superior tratando de poner en orden sus pensamientos.


-Debes saber que entiendo lo que dices terminó por musitar.


Rebollo no le contestó.


-Discutí elegantemente con Dositeo Galán el día que lo interrogué. Sé bien lo que pensaba. Cómo se sentía.


Rebollo asintió con la cabeza. Luján sintió una opresión en el pecho antes de hablar.


-Pero lo que no me puedo creer es tu actitud. Lo que significa.


-¿Mi actitud?


-Sí. Puedo creer que Galán y cualquier Galán estén equivocados. Lo que no puedo creer es que quede tan poco sitio en este país para ellos que hasta la policía secreta los persiga.


Entonces Rebollo sí que le miró. En el duelo de ojos, Luján pensaba: sí, Ismael. Lo sé. Tampoco es tan difícil de adivinar para alguien medianamente inteligente. Visitantes de paisano que caminan por una comisaría como Pedro por su casa. Un inspector que se ausenta, que pierde peso dentro de la comisaría que le da de comer, pero no sólo no se muestra preocupado por ello, sino que lo fomenta aún más. Tú, Rebollo, ya no sueñas con sustituir al Viejo Ramos. Porque estás acumulando trienios en otra parte. Esto de la investigación de homicidios se ha convertido en tu tapadera. Sólo eso.


-Esta tarde estoy descubriendo que no me conoces dijo Rebollo, con voz calma-. Si yo persiguiese a personas como Galán, ese tipo no se habría muerto en su despacho oficial.


-Hay muchas formas de perseguir.


-Eso es cierto concedió Rebollo-. Y la más leve de todas es la prevención. Simple prevención, Luján.


-Ya. Vigilar, y tomar nota.


-Exacto. Vigilar, y tomar nota.


Luján sintió el aliento del desprecio soplando en su cabeza, batiendo contra las paredes de su conciencia.


-Dime una cosa.


-Quizá no pueda.


-Ésta sí. Es sólo personal. Sólo quiero preguntar cómo llevas eso de vigilar como si fuesen enemigos a los que te sacaron las castañas del fuego hace quince años.


Lo hizo para airarlo. Por eso le sorprendió que Rebollo, un hombre de sangre bastante caliente como él sabía bien, no estallase. Lejos de eso, suspiró, sacó del bolsillo de su gabán el paquete de cigarrillos, sacó dos más, le ofreció uno y encendió el suyo. Luego se tomó dos o tres buenas bocanadas de reflexión antes de hablar, con el tono con el que un abuelo centenario contaría a su bisnieto el oculto secreto de la familia.


-¿Quién me sacó a mí, a España, las castañas del fuego? Luján, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. El 18 de julio de 1936, todos los falangistas estaban en España. Y el Alzamiento fracasó.


-Oye…


-No. Oye tú. Escúchalo aunque te joda. Aunque te sorprenda escucharlo de un camarada. Ya sé lo que dice la propaganda, ya sé cómo suena la guerra civil contada en los folletos de la Falange. De hecho, he creído eso mucho tiempo, como tú sigues creyéndolo. El 1 de agosto de 1936, por poner una fecha, España seguía siendo republicana y marxista. Todos los camisas azules del mundo no bastaron para cambiar las cosas. A España la liberó el ejército. La liberó Franco. Franco, Mola, Moscardó.


-Y mucha más gente.


-Y mucha más gente, sí. Pero lo primero que tienes que entender, Luján, es quién ganó la guerra. Y lo segundo es que, después de una guerra, manda quien la ganó, y sólo quien la ganó.


Luján sacudió la cabeza y se revolvió en el banco, incómodo.


-Todos somos ese alguien que ganó.


-Sí. Y no.


-Esas componendas son absurdas.


Rebollo suspiró de nuevo, como un profesor cansado frente a un alumno que se obceca en su ignorancia.


-Luján… ¿tú sabes quién era Juan José Domínguez?


El subinspector rebuscó en su memoria, inútilmente.


-Debo confesar que no.


-Ah, ah Rebollo rió afectadamente-; entonces es que no eres un buen falangista. No conoces ni a tus propios mártires.


-Si tú lo dices…


-Yo lo digo, sí. Juan José Domínguez era falangista, y de los buenos. Murió fusilado, cantando el Cara al sol, ¿qué te parece?


Luján, por toda respuesta, se alzó de hombros. Resultaba heroico el relato de Rebollo, pero no dejaba de ser uno más. No acababa de entender por qué se lo refería.


-Lo fusiló Franco, Luján.


Luján sintió que la sangre le abandonaba el rostro.


-¿Qué...? ¿Franco?


-Franco, sí. El 1 de septiembre de 1942, en Bilbao.


Luján no supo qué decir. Rebollo sorbió de su cigarrillo, y luego siguió hablando como quien refiere un atestado cualquiera.


-Quince días antes, en una misa también en Bilbao conmemorativa de la Cruzada, se juntaron, como pasa siempre en el norte, tradicionalistas y falangistas. A la salida comenzaron los piques. Ya sabes lo que nos jode llevar la puta boina2. A Domínguez y a otros se les calentó la boca primero y la sangre después. Alguien tiró una granada.


-¡Joder!


-Hubo varios heridos. Lo malo es que dentro de la iglesia estaba el ministro de Defensa. Varela. No sé si sabes.


-Pues no.


-Yo sí. Muy bien casado. Un braguetazo de los buenos. Una tal señora Ampuero. Mucho dinero y mucho carlismo. Condes, vizcondes y monarcas por todas partes, ya sabes.


-Ajá.


-La granada la lanzamos nosotros y Varela se lo tomó por lo personal. Se bajó al Pardo a malmeterle a Franco. Claro que Franco hizo una de las suyas, porque por el camino también se lo llevó a él por delante. Pero a Domínguez lo fusiló y, lo que es más importante, ésta fue la razón, la verdadera razón, de que se quitase de en medio a su cuñado3. Luego, abrió la puerta de los Pirineos para que todos los que querían seguir pegando tiros se fueran a Rusia y le dejasen en paz. La jugada perfecta.


Luján reflexionó. Una brisa susurró un anuncio de invierno y le provocó un escalofrío leve.


-Me has contado eso para demostrarme que hay gente no tan afecta a Franco.


-No respondió Rebollo, volviéndose en el banco y encarándose con su subordinado-. Eso ya lo sabes. Te he contado esto para demostrarte que a Franco no le tiembla la mano. Que ha fusilado, y fusilará si es necesario. Que igual que ha limpiado España de rojos la limpiará de cualquier otro tipo de basura. Y que, en esas circunstancias, hay dos alternativas: estar en el pelotón de fusilamiento, o estar en el paredón.


Luján escrutó a su superior. Sintió un acceso de ira.


-¿Estar en el paredón? ¿Te refieres, como José Antonio?


La decepción se pintó en el rostro del inspector.


-Luján, estoy tratando de hacerte un favor.


-No protestó el subinspector-, el favor, en todo caso, me lo habré hecho yo, con mi trabajo. Me he ganado tu respeto. Yo. Tú, ahora, lo que quieres es seguir aprovechándome. Quieres que tu pupilo te cunda también en tus labores de… ¿cómo la has llamado?; ah, sí, vigilancia preventiva.


Rebollo negó con la cabeza, y se levantó. Dio dos pasos sin despedirse, aunque luego se volvió. Luján seguía sentado en el banco, mirando a su superior marcharse, dibujándole con la imaginación un aura de desprecio.


-Sabes tener los ojos abiertos terminó por decir el inspector-. Eres listo y la gente confía en ti. Además, tienes criterio. Eso, en realidad, es lo importante. Lo que tú pienses me importa una mierda, créeme. Yo no interrogo en los bancos de la calle y, cuando interrogo, no doy cigarrillos, sino otras cosas más… más palpables.


-Conozco tus métodos.


-… que son los tuyos. Los tuyos, Luján: no lo olvides, porque tienes la mano tan larga como la mía cuando te interesa. Pero no discutamos más. Lo que me interesa es tu criterio. Hay dos formas de ponerle problemas a un Jefe: estar contra él o no estar a favor.


-No digas más le interrumpió Luján-. Déjame que adivine. Los que no están a favor no te interesan. Ésos son los borrachos, los revolucionarios de salón, los fascistas de opereta. Camisa azul, Cara al sol, me cago en Franco, y luego vivo de la prebenda.


-Qué listo eres.


-A ti te interesan los que están en contra. Los que estén dispuestos a hacer algo. Los que hagan piña. Los que quieran ir al Pardo a decir: eh, tú, o haces lo que yo quiero, o toma el camino de Don Alfonso4.


-En efecto concedió Rebollo-, y déjame que te explique cómo funciona esto: si ves a alguien así, si conoces a alguien así, debes conseguir que esté en la lista. Porque si no lo haces…


-Ya, ya interrumpió, con voz ronca, Luján-. Si no lo hago, entonces yo también estaré en la lista.


Rebollo sonrió con boca torcida, y afectó el saludo militar.


-Que tenga buena noche, señor policía.


Se dio la vuelta y echó a andar, con las manos en los bolsillos de su gabán.





1 Se refiere a la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, de 26 de julio de 1947. Hasta ese momento, tras la guerra la definición del Estado español había sido jurídicamente muy difusa (y seguiría siéndolo hasta los años sesenta). Esta ley definió España como un Reino, así como la potestad del Jefe del Estado (Franco) de designar a la persona que considerase conveniente como su sucesor a título de Rey o de Regente; como de hecho haría en 1969 en la persona de Juan Carlos de Borbón.



2 La boina roja no era un signo falangista, sino tradicionalista. Le fue impuesta a los falangistas en la Unificación. Rebollo se refiere, aquí, a la sempiterna animadversión entre tradicionalistas y falangistas.



3 Ramón Serrano Súñer.



4 Se refiere a Alfonso XIII, quien con la proclamación de la II República se autoexilió de España.