viernes, agosto 13, 2010

Folletín de verano (15)










Carlos Luján se preguntaría, no pocas veces durante los más de cuarenta años que le quedaban de vida, de dónde sacó fuerzas, en aquel momento, para dar los cinco o seis pasos que tenía que dar sin aturullarse, plantarse delante de su Caudillo, y saludarle. Lo que sí consiguió recordar siempre es la duda que le corroyó durante ese espacio de tiempo en el que se estaba acercando. Se preguntaba si sería propio, al llegar a la altura de Franco, taconear y levantar el brazo. Así había aprendido que se saluda al Jefe. Pero en 1956, cualquier falangista medianamente bien informado, y Luján lo estaba por encima de la media, alcanzaba a saber que el saludo fascista no era algo que Franco esperase necesariamente de su gente. Tomó una decisión rápida y, al llegar delante de Franco, simplemente repitió el gesto de Rebollo: se puso firmes (aunque hizo más ruido con el taconeo) e inclinó la cabeza, en señal de respeto, con un gesto seco.


-¡Mi general! se oyó decir.


Franco lo miraba de abajo a arriba (Luján le sacaba algo más de una cabeza), con los ojos levemente entornados, y con un gesto en el rostro indefinido pero, o así se lo pareció a Luján, cargado de violencia. El Caudillo miraba con ojos fríos y esa frialdad impregnaba todo su rostro. Así pues, allí delante, escrutándolo, un interlocutor podía pensar que estaba cansado, enfadado o delante de alguien por quien profesase un odio especial; no había más interpretaciones posibles. Luján, para darse ánimos, escogió la primera.


Franco le tendió la mano derecha. Luján, tras una vacilación que quizá el Generalísimo no apreció, se la estrechó. Estrechó una mano más caliente que fría, fofa. Franco no hizo el menor esfuerzo por apretar la de Luján.


Franco miró tras de su hombro izquierdo, y luego a Luján.


-Siéntese ahí le dijo-. En el sillón de enfrente.


En efecto. A la derecha de la mesa, donde era imposible despachar nada porque estaba llena de papeles, había un conjunto de dos sillones y un sofá, arrimados al ventanal. Los dos sillones estaban enfrentados uno con otro. A todas luces, allí era donde Franco despachaba. Él, sentado en un sillón, y su interlocutor, sentado en el de enfrente.


Nada más dar el primer paso, Luján sintió un pinchazo en el estómago.


Franco se sentaba en uno de los sillones. Pero, ¿en cuál?


Esa duda lo paralizó. Se detuvo. Franco siguió andando. Al llegar a los sillones, el Caudillo lo miró. Sus ojos helados parecieron titilar, quizá de impaciencia.


-Siéntese, Luján.


Carlos Luján miró tras de sí. Buscaba el apoyo de Rebollo.


Pero Rebollo ya no estaba en la sala.


Volvió a mirar a Franco. El Caudillo señalaba, con su mano izquierda, el sillón más lejano de su mesa de trabajo.


-Luján, hágame el favor. ¿Quiere sentarse?


Zentarze. Franco decía algo parecido a zentarze. No era exactamente la zeta de algunos andaluces, sino algo intermedio entre esa zeta tan neta y la ese castellana.


No divagues, Luján. ¡No divagues, coño!


Una vez sentado, Luján se sintió mejor. Allí, todo lo que tenía que hacer era esperar. Si Rebollo no le había instruido, es porque no se esperaba de él que empezase a hablar. En eso, acertó.


Lo del sillón era una estupidez. Si hubiera estado algo más tranquilo, Carlos Luján habría reparado que junto al sillón en el que Franco había terminado por sentarse, en el suelo, había una carpeta. A todas luces, el Caudillo la había dejado allí antes de ordenar la apertura de la puerta. Ahora que estaba sentado, la tomó, la abrió e invirtió dos o tres minutos en estudiar o reestudiar dos o tres documentos de los que contenía. Por supuesto, no se molestó en hablar con Luján hasta que no hubo terminado.


Cuando lo hizo, cerró la carpeta, la colocó en pie apoyada en la mitad de sus muslos, y juntó las manos agarradas a ella, los brazos estirados, mirando a Luján.


-Le he llamado para que me hable del caso Anselmo López.


Luján habría esperado que Franco se pusiera a cantar la Internacional antes que eso.


-¿El caso? ¿Quiere decir, Anselmo…?


-El caso Anselmo López, sí. Ah, antes una cosa.


-A sus órdenes, Mi General.


-Usted no me hará ninguna pregunta.


-A sus órdenes, Mi General.


-Aquí sólo pregunto yo.


-Sí, Mi General.


-Hábleme del caso Anselmo López.


-Sí, Mi General.


Luján tragó saliva. Ojos fríos. Órdenes precisas. El silencio no era una opción.


-Anselmo López fue un veterano de la División Azul que apareció muerto en la primavera de 1948 en Madrid. Yo fui al levantamiento del cadáver. El juez era…


-El juez no importa.


-Sí, Mi General. El cadáver tenía las manos cortadas. Post mortem. Eso quiere decir…


-Post mortem. Lo entiendo.


Luján se permitió una tosecita breve.


-Sí, Mi General. El cadáver no tenía identificación ninguna, salvo una pista que siguió el inspector Rebollo a través de sus calcetines y un anillo que encontré yo en sus… en sus calzoncillos.


-Siga.


-Sí, Mi General. Hicimos la investigación… la investigación básica. A las órdenes del comisario Ramos. Hablamos con los veteranos de la División que pertenecían a su compañía y que regresaron vivos. Por lo del anillo.


-In Bello, Amicitia declamó el Caudillo, como si recordase el nombre de un viejo amigo casi olvidado.


Luján sintió un escalofrío. Se dijo: Joder, Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España, General de la Cruzada, Espada de Trento, se ha leído el puto atestado policial… ¡del caso Anselmo López!


Así que, dentro de su cabeza, rebotó, igual que casi diez años antes, la misma pregunta: ¿quién coño era Anselmo López?


Miró a Franco. Directamente, a los ojos. Franco quizá le miraba a él. Quizá no.


-Le recuerdo que usted no hará preguntas.


-No… no he hecho ninguna, Mi General.


-Mejor así.


El Caudillo movió la carpeta y la dejó en el suelo, en el mismo sitio donde la había puesto antes. Volvió su rostro hacia Luján.


-Luján, dígame… -habló en seguida, abortando en los labios del policía un nuevo «Sí, Mi General»- usted sostuvo una teoría… casi increíble, durante la investigación de aquel asesinato.


-Una teoría… -Luján no preguntó, afirmó. Trataba de recordar.


-Una teoría, sí.


Así que era eso. Saber, siquiera embrionariamente, qué hacía allí, mejoró la seguridad de Carlos Luján en sí mismo.


-Pensaba que el asesinato era cosa de rojos. Quiero decir, bueno…


Se mordió la lengua. ¿Se atrevería a llamar rojo a un divisionario? ¿En el despacho de Franco, frente a él?


-Un asesinato entre rojos le escuchó decir al Caudillo, con el mismo tono de voz con el que podría decir «hay una mancha en la alfombra». Con el mismo tono de voz con el que Carlos Luján sospechaba ahora que diría «que lo fusilen al amanecer».


Luján asintió.


-Siempre hubo algo muy extraño en la actitud de ese hombre. Quiero decir que vivía como, como…


-¿Como si fuese un rojo?


-Eso es lo que quería decir, Mi General. Muchas gracias, Mi General. Con todas las facilidades y ayudas que los divisionarios recibieron, él, que además era un herido de guerra condecorado, vivía una vida pobre y apartada. Además, estaba atormentado.


-¿Atormentado?


-Atormentado, Mi General. Por el pasado.


Un soplo de calidez veló los ojos de Franco. Durante dos segundos, puede que menos.


-Luján, una guerra puede ser muy cruel con sus soldados.


-Usted lo sabe, Mi General. Yo no. Pero, por lo que yo pude saber, o intuir, o sospechar, aquella tortura le nacía de dentro. De él mismo. No sé si me explico.


La mirada de Franco se heló de nuevo.


-No.


Luján tragó saliva. Franco lo acorralaba con su actitud distante. Pero él tenía la mente clara. Quizá, en ese momento se dio cuenta de que llevaba los últimos ocho años pensando en Anselmo López mucho más tiempo del que imaginaba.


-Mi General, en 1948, un divisionario que vivía en Madrid tenía miedo. Miedo físico. Tanto que, quizá, le movía a llevar aquella vida de Don Nadie. Su médico personal tenía la sensación de que temía el regreso de algo que había ocurrido en su pasado. Mi General… ¡López peleó en Rusia! ¿Acaso tiene lógica que un veterano de Rusia tenga miedo de ver aparecer un pelotón de soviéticos por la calle Serrano abajo?


Franco se echó ligeramente hacia atrás, sin dejar de mirar a Luján. Éste pensó: está valorando mis palabras.


Tras unos segundos, hizo un leve rictus de su boca.


-Siga.


-Sí, Mi General. Mi teoría, que nunca pude comprobar, es que Anselmo López estaba torturado por algo que hizo en el pasado. Tal vez en Rusia. In Bello Amicitia sugiere la pertenencia a algún grupo cerrado, a una… comunión de intereses especial. Así que, tal vez, sólo tal vez, esa pertenencia especial lo explicase todo.


-¿Todo?


-Todo. Un testigo de la División me contó que aquel anillo lo usaban un grupo de combatientes comandados por un tal Cendoya. Quien me lo dijo me aseguró que eran unos falangistas muy radicales.


Franco elevó el mentó. Luján lo interpretó como una señal para que se callase.


-Y dicen que los extremos se tocan.


-Lo dicen, sí, Mi General. Mi teoría es que Anselmo López era rojo. Eso explica que todo lo que haya de su pasado antes de la División Azul sea lo que encontramos en su casa, o sea, una foto y un mensaje muy extraño.


Nuevo mentón arriba.


-Usted no sabe qué significa RIP 203, ¿verdad?


-No, Mi General.


Franco se relajó.


-Está bien. Continúe.


-Sí, Mi General. Decía que el hecho de que no sepamos nada de Anselmo López antes de 1942 es muy curioso. Tenía edad para haber hecho la guerra.


-Puedo asegurarle dijo Franco- que con nosotros no combatió.


-Sí… lo imaginaba, Mi General. Así que o fue un civil no significado, o combatió con los rojos. Pero si fue un civil no significado, hay algo que no cuadra.


Franco enarcó las cejas.


-Explíquese.


Bajando por la cuesta de sus pensamientos, Carlos Luján se olvidó hasta del protocolario «Sí, Mi General» que se había autoimpuesto.


-Imaginemos por un momento que Anselmo López no empuñó un fusil durante la guerra. Así pues, no fue movilizado por los rojos. Esto quiere decir que no tenía militancia. Si hubiera sido un comunista, un socialista, o un anarquista, lo lógico es que se hubiese presentado voluntario.


-Siga.


-Pero, si no tenía impulso ninguno para irse voluntario a luchar contra… ejem, contra nosotros, ¿por qué lo tuvo, de repente, para irse a Rusia?


Hasta el estólido rostro de Franco dejó entrever que comprendía.


-No vamos a discutir, Mi General, sobre si las levas de los rojos fueron o no verdaderamente voluntarias. Pero lo que sí sabemos es que las de Rusia sí lo fueron. A Rusia no fue nadie a pelear que no quisiera ir. Los tiempos de empuñar un fusil por orden de otro se habían acabado en España.


Franco inspiró más aire del habitual, lo expulsó y, luego, habló.


-Entiendo su razonamiento. Las piezas sólo le encajan a usted admitiendo que López tenía un pasado y que fue por ese pasado por lo que fue a Rusia.


Luján asintió.


-El mismo pasado que lo atormentaba a la vuelta. El mismo pasado que, quizá, lo mató.


Franco tomó aire de nuevo y miró durante unos segundos a Luján con ojos casi cerrados. Luego se agachó en la silla, agarró la carpeta, se levantó llevándola, caminó hacia su mesa y la dejó sobre ella. Sólo entonces volvió a mirar a Luján.


-El caso Anselmo López ha sido reabierto informó el Caudillo-. Usted y Rebollo lo llevan de nuevo.


Luján se levantó.


-Sí, Mi General.


-Compaginará esta labor con las suyas habituales. Su comisario sabe lo que está haciendo, pero nunca, esto quiero que lo tenga claro, Luján; nunca hablará con él de esto. Usted sólo hablará del caso López con Rebollo y con las personas que él adjunte al caso.


-Sí, Mi General.


Franco se acercó a Luján. Le tendió la mano de nuevo.


-No me decepcione, Luján le dijo, mientras se la estrechaba. Esta vez, sí que apretó levemente.


Carlos Luján no pudo más. Borracho de Franco, cuando soltó la mano del Caudillo se cuadró, taconeó con fuerza y, con un gesto eléctrico, levantó el brazo derecho estirado, en diagonal, por encima de su hombro.


-¡Arriba España!


Franco permaneció frente a él, impávido. Esperó pacientemente a que Luján recogiese su brazo y ejecutase un nuevo saludo de cabeza.


-Una cosa más.


-Sí, Mi General.


-Trabajando con Rebollo, es posible que nos volvamos a ver.


-Sí, Mi General.


-Así pues, una cosa tiene que quedar clara: usted no ha estado aquí.


-No, Mi General.


-Usted no conoce al Caudillo.


-No, Mi General.


-Está bien. Retírese.


A la salida del despacho de Franco, le esperaba un ujier. Hicieron juntos el camino hasta el garaje. Al llegar, el chófer le abrió la misma puerta por la que había salido. Luján entró. Dentro le esperaba Rebollo, fumando, con expresión sardónica.


-Y ahora dime que no hubieras preferido que te hubiese dado el paseo, como temías.


-Eres un cabrón, Rebollo. Un hijo de puta.


Luján soltó más epítetos mientras el coche ganaba velocidad por la carretera de El Pardo. Pero terminó por callarse. Rebollo pareció respetar su necesidad de ordenar sus ideas.


-Oye terminó por decir Luján-. ¿A ti tampoco se te pueden hacer preguntas?


Rebollo, con gesto más serio, negó con la cabeza.


-No puedo hacerlas. Pero supongo que ni tú ni el Caudillo seréis tan inocentes como para pensar que no me las hago.


-Todo lo que tienes que hacer es obedecer. Las preguntas que te hagas son cosa tuya. Toma.


Rebollo le alcanzó una carpeta de papel, donde había escrito: «Caso Anselmo López».


Luján no quiso mirarla en el coche. Fue su acto de rebeldía frente al silencio de su casi compañero. Ante la evidencia de que Rebollo era, más que su jefe en aquel caso, su inspector, su comisario político, el representante de Él en aquello. Se sentía frente a algo que por fuerza tenía que ser muy importante, pero obligado a caminar con un antifaz puesto. Su orgullo mantuvo la carpeta cerrada delante de Rebollo.


La abrió tres horas más tarde. Cuando Laura ya se había dormido, después de preguntarle en la cena qué tal el día y de que él se inventase cualquier historia (no podía contarle nada; pero, de todas formas, ella nunca le habría creído).


En la carpeta estaba la foto de los dos hombres posando en la calle Alcalá que habían encontrado en casa de López. Y el papel donde estaba escrito y reescrito RIP 203. El expediente sanitario de López. El atestado. Todos, materiales ya conocidos, que Luján convocó sin problemas en su memoria.


Pero había tres carpetas más, algo más pequeñas, dentro de la carpeta.


En una carpeta se leía: Julio Cendoya, y otros.


En otra carpeta se leía: Higinio Longares


En la tercera se leía: Lucía Odriozola.