jueves, mayo 13, 2010

La encrucijada socialista

España se despertó ayer, sin saberlo (aún), en una encrucijada. Una encrucijada que ya ha vivido en varias ocasiones, la última de ellas hace ahora 50 años. La encrucijada de la bancarrota estatal. Por una serie de razones que obviaré porque no son motivo aún, desgraciadamente, de análisis histórico, el país se ha dejado llevar, en un espacio relativamente corto de apenas tres años, por una senda que le ha obligado a rehacer hacia atrás, en unos meses, el camino de más de diez años que nos llevó a una situación de equilibrio fiscal entre gastos e ingresos públicos. Luego le hicimos un sorpasso a esa marcha atrás e incluso llegamos a niveles de déficit público históricos, que es en lo que estamos ahora. Tanto ha sido así que ha sido necesario tomar en el entorno internacional una decisión que cualquier economista decente rechazaría, cual es la monetización de la deuda, es decir el gasto de las reservas que los bancos centrales tienen para defender las monedas y la estabilidad en los mercados en la compra de papelitos cuyo valor futuro no está muy claro cuál va a ser. Monetizar quiere decir reajustar la masa monetaria; hacer que pasta que hoy está situada en títulos lo esté en pasta propiamente dicha. Así pues, aún sin incrementar la masa monetaria (cosa que se hará, para poder comprar más deuda), la monetización del momento n es la inflación del momento n+1.

Alguna vez he leído que había gentes en el equipo económico del presidente Allende que consideraban la inflación como el arma macroeconómica del proletariado contra la burguesía. La veían bien porque, en la cortedad de su visión dogmática, entendían que el pobre tiene pocos gastos y muy localizados, así pues la inflación atacará más al que gasta más y en más cosas, es decir el burgués y el rico. Esta anécdota, de ser cierta (porque una cosa es lo que se lee y otra lo que pasa de verdad), demostraría que en todas partes, hasta en la Casa de la Moneda allendista, tiene que haber tontos contemporáneos. La inflación es lo peor de lo peor para todos los que la sufren. Yo sólo he sido millonario una vez en mi vida: en 1989, durante los quince días que pasé en una Argentina hiperinflacionaria y con el austral en caída libre. Yo era millonario a base de que millones de argentinos no pudiesen pagarse ni un café. Cuando llega la inflación, así está el tema. Y si es peor que peor, lo que llega no es la inflación, sino la deflación. La deflación es, simple y llanamente, el infierno.

Esta mañana le decía a mi mujer que los grandes ganadores de la crisis en la que hemos ingresado, oficialmente, ayer por la mañana, serán los chinos residentes en España. Ellos tienen la filosofía que hay que tener ahora: trabajar como cerdas, gastar sólo cuando se pueda y en lo que se pueda, y si no se puede, ajo y agua. Es lo que todos tenemos por delante, lo queramos ver o no.

Pero hay más encrucijadas tras el discurso de ayer en el Congreso, y una de ellas muy interesante: la encrucijada del PSOE.

El Partido Socialista Obrero Español nace en un entorno jodido y de escasos alicientes para su crecimiento. España, dado su carácter mediterráneo y otra serie de cosas que tienen que ver con las notables habilidades de los primeros propagandistas ácratas, mucho más peritos que los marxistas, es un país cuya clase obrera propendía más al anarquismo que al socialismo, con la excepción de algunas zonas, notablemente la cuenca minera asturiana o el campo jienense, donde las teorías socialistas siempre han tenido mucho predicamento.

El gran líder del socialismo español, el tipógrafo Pablo Iglesias, tenía notables capacidades organizativas que le hicieron ver, tras el desastre de Cuba, una norma fundamental de estrategia política que los revolucionarios tienden a olvidar: lo más importante, en política, es estar. Iglesias se dio cuenta de que, en la España constitucional de la Restauración, para ganar espacios de influencia hacía falta participar en el sistema y aprovecharse de él, en lugar de ponerle bombas. Éste es el punto en el que el socialismo empieza a ganarle la partida al anarquismo, pues éste nunca entendió, ni entiende, que no se puede volar eternamente en línea recta.

Pablo Iglesias inventó la conjunción republicano-socialista, más diseñada para el poder local que para el Congreso, porque suponía la unión de dos fuerzas dispersas y débiles (una de ellas, el republicanismo, además desprestigiada) que por adición podrían aspirar a rasgar la malla de la corrupción electoral, especialmente en las grandes ciudades, y hacerse un sitio en las tribunas nacionales. Por mor de esta alianza Iglesias y sus principales acólitos consiguieron ser diputados y su minoría pudo aspirar a ser un poco bisagra de los hechos políticos.

La intervención del PSOE en la política del primer tercio de siglo es muy importante; más de lo que cabría deducir de su fuerza parlamentaria. Republicanos y socialistas tomaron banderas cruciales para el devenir político español en aquella época; especialmente la consigna de ¡Maura, no!, que se convierte en la primera vez que el PSOE ensaya una cosa que repetirá varias veces en las décadas siguientes con notable éxito: la idea de que hay demócratas de alta calidad (los socialistas) y demócratas de baja calidad o antidemócratas (las derechas); y la conversión ante los ojos de la sociedad de una pura pelea por el poder político en una pretendida lucha hercúlea por salvar las esencias democráticas del país. Maura fue atacado por las izquierdas estratégicamente lideradas por el PSOE como presunto asesino de la democracia española, especialmente tras los sucesos de la Semana Trágica y el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia, que le dieron, a él y a su ministro Juan de la Cierva, vitola vitalicia de protofascistas (entonces la palabra no existía, pero el concepto sí). España, en términos generales, compró esa teoría, lo que erosionó notablemente el papel que Maura estaba llamado a jugar en la política española.

A mi modo de ver, el primer momento en el que el socialismo español se da cuenta de que está mazas es con el gobierno Canalejas, que se plantea como una reacción orquestada de liberales, republicanos, demócratas y obreristas contra el conservadurismo asesino de la Trágica. Y la cosa les funcionó, al menos hasta que Canalejas comenzó a hacer políticas liberales, demasiado conservadoras a los ojos de las izquierdas que lo sustentaban, y se produjo el enfrentamiento entre ambos (un poco como lo que va a pasar ahora entre Zapatero e Izquierda Unida). Luego Canalejas se murió porque lo mataron y tal, pero para entonces el PSOE ya estaba maduro para pensar en estrategias propias.

La huelga general de 1917, que a los socialistas lo mismo se puede decir que les salio medio bien que les salió medio mal, es el primer momento en que el PSOE decide jugar la Champions League de la política española. Iglesias, ya lo he dicho, era un buen estratega, aunque también cometió torpezas, de las que hoy nadie se quiere acordar, como amenazar de muerte de Maura en sesión parlamentaria. En todo caso, por mucho que hoy sea un icono también tenía sus limitaciones. Era un líder nacido y desarrollado para conseguir el crecimiento del socialismo; para el paso siguiente, que es el salto a la primera línea nacional, hacían falta otros líderes, y éstos fueron, sobre todo, Julián Besteiro y Francisco Largo Caballero.

El ticket Besteiro-Caballero, sin embargo, hace nacer un fenómeno que ya no se apartará de la Historia del PSOE: las corrientes. Besteiro era intelectualmente un marxista de libro pero tenía una vena posibilista que matizaba enormemente sus ideas. Había llegado al marxismo desde la filosofía; era, pues, un marxista de biblioteca, y por eso mismo le faltaba esa llama revolucionaria que anida en el pecho de quien se ha hecho marxista como, un suponer, Pasionaria, esto es viviendo una adolescencia en un pueblo de mierda al lado de una mina de mierda cuyos mineros de mierda cobraban sueldos de mierda que además estaban obligados a gastar en una cantina de mierda propiedad de la misma empresa de mierda que les había firmado sus contratos de mierda. Besteiro y Pasionaria eran, pues, ambos marxistas, pero son dos ejemplos que demuestran a las claras que hay formas de ser marxistas que se diferencian entre ellas casi tanto como la diferencia que hay entre ser marxista y no serlo.

Largo Caballero era estuquista. Un día, siendo joven, estaba subido a una escalera, haciendo su trabajo de mierda y blablabla..., cuando pasó una mani de la UGT, y se fue con ellos. La suya, pues, era la génesis del revolucionario de acción, que quizá no sepa gran cosa sobre las sutilezas de la superestructura dialéctica, pero tiene eso que se llama capacidad estratégica. Poseo un pequeño folleto sobre la UGT escrito por él en 1929 y allí, en esas 60 páginas, está, de una forma u otra, todo Largo Caballero.

Besteiro es la teórica dialéctica y Largo el estratega del momento. El primero se mueve por la Historia con sextante y el segundo con un pequeño GPS. Ambos se juntan en la huelga general de 1917, que fue una huelga que si llega a hundir las estructuras de la España de la Restauración habría sorprendido a sus propios organizadores. Los socialistas no querían, con aquella huelga, emular a la revolución rusa. Sabían que no podían. Lo que querían, y a mi modo de ver consiguieron, fue inaugurar una nueva etapa en la Historia de España, etapa en la cual, al Parlamento como foro de evolución política, se venía a sumar un nuevo escenario: la calle. Y la calle, dijeron los socialistas bien claro en el 17 como Fraga haría 60 años más tarde, la calle, machos, es mía.

Luego llega la dictadura primorriverista, un gran momento para el socialismo español que, sin embargo, dibujó los perfiles de su división. La dictadura marca, en efecto, una de las cumbres del pragmatismo largocaballerista: Largo escucha los cantos de sirena del general Primo de Rivera, quien le ofrece la absoluta prevalencia sindical de la UGT sobre la CNT. Así las cosas, los anarquistas son ilegalizados y perseguidos por el dictador, la UGT es soportada de una manera más o menos velada, y Largo Caballero accede al Consejo de Estado; porque, sí, esos mismos socialistas que apenas 15 años antes le ponían palos en las ruedas a Maura porque en la Tierra no había más demócrata que el PSOE e Iglesias era su profeta, fueron consejeros de Estado en un régimen dictatoral.

Esta decisión de Largo, sin embargo, lo divorcia de Besteiro, quien en mi opinión durante aquellos años incuba incluso una seria inquina personal contra el líder de la UGT. A Largo tampoco le caía muy bien Besteiro; pero aún habrá otro socialista que le caerá peor.

Indalecio Prieto, hombre medio asturiano medio bilbaino (como Pasionaria), sin estudios, hábil y maniobrero como pocos, bastante lince para los negocios, se coloca de jovencito en un periódico de Bilbao de taquígrafo, y de ahí sube hasta el cielo socialista en relativamente poco tiempo. Prieto tenía de marxista lo que yo de lagarterana. Fue siempre, por encima de todo, prietista. El Prieto de nuestros tiempos contemporáneos es Adolfo Suárez, insigne suarista. Don Indalecio comprende como nadie, casi desde el primer momento, las enormes posibilidades que ofrece el PSOE como partido político integrador capaz de ganarse bolsas de votos más allá de los barrios obreros. Inventa, de alguna manera, el PSOE moderno, aunque lo que él quería inventar era otra cosa: una plataforma personal.

Largo Caballero, hombre de grandes odios, odia a Prieto con casi cada una de las células de su epidermis. Si Prieto participa en el Pacto de San Sebastián en el que se produce la conjunción de las fuerzas republicanas, es por joder a Largo. Si Largo reacciona a dicha reunión anunciando que la presencia de Prieto en la misma no compromete la postura del PSOE, es por joder a Prieto. Y en medio está Besteiro, a quien las conchas marxistas se le han ido cayendo poco a poco, que ya en 1930 es un gran admirador del laborismo británico, es decir del socialismo que cambia el sueño revolucionario soviético por ser parte del turno de poder, y que ya por entonces va diciendo aquello de que la huelga general de 1917 fue un primer escalón hacia otras movilizaciones más fuertes que, sin embargo, según él con el tiempo han perdido su sentido.

Cuenta Joaquín Pérez Madrigal en uno de sus libros que la mañana del 14 de abril de 1931, cuando ya se bullía con las primeras noticias macuteras de que los republicanos habían sacado unos resultados cojonudos en las municipales, Nicolás Salmerón junior pronunció un discurso en un círculo republicano en el cual, henchido de optimismo, aseguró que los republicanos serían capaces de echar al rey en cuestión de unos meses. Esta anécdota nos demuestra que nadie se esperaba aquella mañana lo que ocurriría en la tarde. Cuando el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, se presenta en el hotelito de Maura en la calle Príncipe de Vergara, donde esperan todos los republicanos, a poner a la Benemérita a las órdenes de la República, todos se caen de culo. El poder les ha llovido del cielo sin tener que arrear ni media hostia.

El PSOE no estaba preparado para esto. El PSOE tenía escrito el guión que tan mal salió en diciembre de 1930, esto es el cambio de poder mediante un golpe de Estado militar republicano apoyado por una huelga general de la UGT (la intentona Galán, pues) que pusiera el país en manos de estas dos fuerzas: el ejército de izquierdas y el PSOE-UGT. Con la histórica lección de civismo que dieron los españoles el glorioso 14 de abril de 1931, las cosas se truncaron, y el socialismo no pudo evitar que la República fuese protagonizada por quienes, desde los ya lejanos tiempos de Pablo Iglesias, habían sido sus compañeros de viajes: las izquierdas republicanas burguesas.

A partir de ahí, se inicia la conflictiva relación del PSOE con la República, que no hará sino ahondar sus divisiones internas. Largo Caballero, y la demostración es la mal llamada Revolución de Asturias, nunca renunció a su plan inicial, que es hacerse con la nación mediante un proceso revolucionario de catón marxista; proceso, según él, necesario porque Largo, desde 1917, tiene el rabillo del ojo izquierdo permanentemente troquelado en el anarcosindicalismo, y su preocupación constante es que la CNT le gane a revolucionario.

Pero para entonces el PSOE tiene ya una derecha. La derecha besteirista que no renuncia a su marxismo de base pero que, imbuida de las metodologías británicas, entiende que lo que toca es apoyar a la República y soportarla como fenómeno de evolución histórica (teoría, por cierto, que será más o menos la misma que la sostenida por los ya escindidos comunistas de obediencia soviética, aunque éstos, más que por convicción ideológica, apoyan la república por la teoría leninista de que para llegar a una revolución obrera antes debe producirse una revolución burguesa apoyada por los obreros).

En medio, por supuesto, Prieto. Prieto, que no es ni una cosa ni otra. Es lo que toque ser en cada momento para poder alcanzar su objetivo, nunca conseguido ni siquiera en el exilio, de ser presidente del consejo de ministros.

Los diarios de Azaña son buena fuente para cualquiera que quiera leerlos a la hora de aprender cuántos quebraderos de cabeza le dio a los gobiernos de izquierdas de la República la eterna pregunta de si el PSOE iba o no a colaborar con ellos. Unas veces lo hizo, otras no. Aunque cada vez tendió más al no, y esto fue por la actitud de los anarquistas. La CNT le puso la proa a la república burguesa casi desde el primer día; convirtió el nuevo régimen, también desde el primer día, en un insoluble problema de orden público, en el que no hay prácticamente un solo día sin hostias. Irredentos, relapsos y bastante ciegos, los anarquistas, que no ven demasiadas diferencias entre Azaña y los empresarios catalanes que los masacraban por las calles de Barcelona en la segunda década del siglo, se ponen en contra de casi todo: de los jurados de empresa, de la reforma agraria. De todo. Esto pone de los nervios a Largo. En las reuniones de la UGT, no pocos dirigentes regionales y sectoriales se levantan para quejarse de que la CNT les está pasando por la izquierda. En el área más obrera de España, Cataluña, la UGT se convierte en un personaje de ficción.

Esta competitividad revolucionaria es la que dirime las disensiones dentro del PSOE a favor del largocaballerismo. Besteiro es descabalgado del mando en la UGT por negarse a avalar la idea de un golpe de Estado revolucionario. Prieto, cuyo estómago tiene unas paredes mucho más gruesas que el de Besteiro, lo cual le hace más fácil tragar sapos, se convierte en un Trosky de vía estrecha de la noche a la mañana y se apunta a la organización del golpe. Largo concentra en su persona el mando del PSOE y de la UGT. Al calor del proyecto de golpe de Estado, la mal llamada Revolución de Asturias, el PSOE parece haber tomado una sola dirección.

Aquello sale como el rosario de la aurora, por muchas y variadas razones que sería prolijo analizar aquí. Lo importante es que sale mal. El fracaso del golpe de Estado revolucionario, cuyo objetivo, no lo olvidemos, era instaurar en España la dictadura del proletariado, crea una tormenta de la hueva en el seno del PSOE. Paradójicamente, lamina al besteirismo, que no había participado en la asonada, puesto que los socialistas tienden a culpar a Besteiro y su inacción del fracaso revolucionario. De esta manera, el besteirismo desaparece de la Historia del PSOE hasta Suresnes. El golpe, además, deja muy tocado el caballerismo. Es, pues, la ocasión del prietismo.

Indalecio Prieto y otros tan posibilistas como él en otras formaciones inventan el Frente Popular. El Frente Popular es una cosa que los republicanos fomentan para subirse a los votos del PSOE y luego gobernar sin ellos; el PSOE inventa el Frente Popular exactamente con la misma intención respecto de los republicanos; y ambos tienen la misma idea respecto de los votos, más o menos soterrados, procedentes del anarquismo. Prieto cree que va a poder manipularlos a todos: a los republicanos y a Largo. Pero se equivoca.

Largo Caballero no es ningún idiota. Entre febrero y mayo de 1936, se descubre como gran estratega político y alcanza el máximo de su capacidad maniobrera. De sendos mandobles se carga a las dos sombras que tiene delante: Azaña y Prieto. En primer lugar, se saca de la manga un tecnicismo constitucional para follarse al presidente Alcalá-Zamora; proceso en el que contará con la decidida colaboración de Prieto, quien a esas alturas todavía cree estar trabajando para sí mismo y no para su contrincante. Una vez que Alcalá se ha pirado, consigue que el candidato para sustituirlo sea Azaña, con lo que convierte al viejo político republicano en un orondo florero sin poder efectivo. Y luego, cuando Azaña, a la hora de formar gobierno, se fija en aquél en quien más confía, que es Prieto, Largo desempolva los eternos peros del socialismo para participar activamente en el poder burgués, le recuerda al PSOE que es un partido marxista y que lo suyo no es ocupar ministerios burgueses sino trabajar por el poder obrero, y consigue que el partido vete la cantidatura de Prieto.

El siguiente movimiento de Largo no lo conocemos porque, antes de que pudiera hacerlo, llegó Franco, le dio una patada al tablero y lo mandó a tomar por culo. Con la guerra, el PSOE pierde a Caballero, que muere en el 42. Pero esto no evita que el PSOE siga escindido. El PSOE del exilio se divide entre los negrinistas, muchos de ellos más comunistas que socialistas o cuando menos partidarios de la convergencia con el PCE; republicanos estrictos, que son los que, como Rodolfo Llopis, abonan a esa República fangasmagórica en el exilio que se empeña en tratar de convencer al mundo de que es el gobierno legítimo de España (un gobierno sin territorio ni población); y prietistas, antillopistas acérrimos para los cuales la República ya no existe y lo que hay que hacer es defender en España un proceso por el cual el pueblo decida su propio futuro; teoría ésta que les lleva a una herética convergencia con los monárquicos, que dura hasta que Franco le invita a pipas al ciudadano Juan al yatecito y éste deja al resto de los demócratas en la estacada.

Prieto muere en 1962, pero su bandera posibilista, pactista, sigue ondeando de la mano del socialismo del interior, que cada vez comulga menos con los sueños de abuelo Cebolleta de los republicanos del exilio los cuales, de alguna manera, son los herederos del caballerismo. Son los tiempos de Tierno, de Morán, de gente así, que se va a la calle Hermosilla a tomar café con Gil-Robles, y tal. La estructura del PSOE, como partido que lo es del exilio, está dominada por ese republicanismo acérrimo. Pero eso estalla en Suresnes de la mano del nuevo líder socialista, Nicolás Redondo, quien promueve al mando del socialismo a un político sevillano, Felipe González, con notabilísimas habilidades estratégicas.

Yo no sé lo que González opinará de sí mismo; mi idea es que González es, básicamente, un besteirista, y su actuación durante la década de los setenta resucita en el PSOE una cosmovisión socialista que de alguna manera parecía perdida. La decisión de González de abandonar el marxismo, e inmolarse (o amagar con inmolarse) como secretario general del partido cuando le ponen la proa, tiene toda la carga de conciencia de responsabilidad histórica que tienen algunas de las decisiones de Besteiro, notablemente la de no apoyar el golpe del 34 y apoyar, en cambio, el golpe de Miaja, mal llamado golpe de Casado, al final de la guerra civil. Desde la llegada de la democracia hasta 1996, pues, a mi modo de ver el PSOE es, básicamente besteirista; sigue una línea que ha sido minoritaria históricamente dentro del partido y que, sin embargo, en esos años da la medida de sus posibilidades, que son muchas.

En 1996 la cosa cambia, porque se rompe el guión. Un político de Valladolid demuestra que lo que se denominaba el techo de Fraga, esto es que la derecha española sería siempre relevante, pero nunca gobernante, es de cristal; y lo rompe con un golpe de chota. Como siempre le ha ocurrido cada vez que el guión no le ha salido como esperaba, el PSOE empieza a delirar y a cometer actos impuros. Felipe González, que de todas maneras ya estaba básicamente amortizado, se va. El partido, inusitadamente, descubre la democracia, las elecciones primarias, elige a un líder con grandes capacidades intelectuales pero escasa empatía con su electorado, que en un debate parlamentario de altos vuelos se enfanga en una discusión interminable sobre la aplicación del criterio de devengo en las cuentas públicas del que, a buen seguro, el 80% de sus votantes no entendieron una mierda. El líder se va, o le van, vaya usted a saber. Llega otro que intenta la convergencia de las izquierdas. Miel sobre hojuelas para una derecha que suspira por los votos del centro político: mayoría absoluta y nueva dimisión.

Leyendo las cosas en términos de tendencias históricas (besteirismo, caballerismo y prietismo), habiendo fracasado la primera y no apareciendo ninguna figura señera para el prietismo, era lógico que el ganador de la partida fuese el caballerismo. A la cúpula del PSOE llega, pues, un líder cuyos presupuestos estratégicos son: la convergencia absoluta con los sindicatos; el discurso obrerista del siglo XXI, que ya no es el discurso de la revolución sino el del Estado social; y un planteamiento neto de izquierdas en las formas de gobierno: ampliación del aborto, matrimonio homosexual, laicismo, etc.

El gran problema que ha tenido el neocaballerismo es el mismo que se ha encontrado el neokennedismo de Obama en Estados Unidos: la crisis económica. La crisis lo cambia todo, y algunos se han dado cuenta antes que otros. El caballerismo ha hecho en estos tres años lo que ha hecho de toda la vida de Dios: mantenella y no enmendalla, porque el mayor temor del caballerismo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos, es el reproche nacido a su izquierda. Hace setenta años, al caballerismo le obsesionaba ser sobrepasado por el comunismo libertario; hoy, y aunque esos sobrepases no tengan la misma calidad ni los mismos escenarios ni los mismos protagonistas, la preocupación sigue siendo la misma.

Lo que hemos vivido ayer, a mi modo de ver, es una escena por la cual el caballerismo se ha subido a la tribuna y ha dicho: ya no soy caballerista. O, más bien: ya no puedo serlo. Era lo que tocaba, y lo que había que hacer. Lo interesante, ahora, es ver cuáles van a ser las consecuencias.

¿Conseguirá mutar el caballerismo en un neo-neo-caballerismo, y salir del atolladero ideológico? ¿Mutará en besteirismo? En este segundo caso, ¿hará falta un nuevo Besteiro? ¿Existe? Y, por supuesto, siempre queda la tercera vía: el prietismo. Un líder al que le dé igual Juana que su hermana, al que le dé igual ser laico que católico, liberal que conservador, revolucionario que capitalista, y que viva, única y exclusivamente, para generar poder, y conservarlo.

Pero, ¿hay, hoy, algún Prieto en el PSOE?