miércoles, mayo 12, 2010

Escritoras a fregar

¿Sirve para algo la Academia de la Lengua? Opiniones hay para todos los gustos. Ni ingleses ni estadounidenses tienen cosa que se le parezca, y no por ello el inglés es idioma en retirada ni lenguaje que se pueda considerar en mayor peligro de deteriorarse que el propio español. La Real Academia sirve, teóricamente, para decir en cada momento lo que está bien dicho y bien escrito, aunque aceptando, evidentemente, que un idioma sólo tiene un monarca, que son sus hablantes. Por lo demás, la RAE también tiene sus cositas, especialmente su sistema de cooptación para la elección de nuevos miembros que hace que, en realidad, en sus sillones no siempre se sienten los que más saben de la lengua española, sino los que mejor le caen a los que ya están sentados. Aunque escriban cosas tan folklóricas como clítorix.

En el mundo de las letras, ser académico es el no va más. Camilo José Cela dijo una vez de la Academia que era como Petrita la del tercero: todo el mundo dice que es muy fea, pero todo el mundo se la quiere tirar. A esto, además, se ha unido, en los últimos tiempos, el siempre dulce sabor del negocio. Porque si algo ha sabido hacer cojonudamente en los últimos años la Academia es convertir el español en un negocio muy lucrativo consistente en vender gramáticas, diccionarios, y todo tipo de publicaciones cada vez más necesarias en este mundo nuestro en el que las personas que saben poner las tildes en su sitio son cada vez más raras.

Pero la Real Academia de la Lengua ha sido, y si lo sigue siendo eso lo dejo para algún blog que hable del presente; lo que ha sido por encima de todo, digo, es una institución profunda y convincentemente machista. Evidentamente, la RAE es una institución intelectual, y sabido es que el mundo intelectual le ha estado vedado a las féminas durante muchos siglos. Pero que a día de hoy sobren los dedos de las dos manos para contar todas las mujeres que han sido académicas no deja de ser la caraba. Máxime cuando nos fijamos en las personas que, para que ese designio negativo se cumpliese, han tenido que quedarse en la cuneta, esperando.

La Historia de la RAE tiene un primer ejemplo muy temprano y notorio, a menudo desconocido y muy discutido. Por lo que he podido leer, a los académicos no les gusta entender que esta mujer como la primera académica de la Historia, entre otras cosas porque fue nombrada a dedo por el rey y no elegida por los propios académicos. Por lo visto, que la secta te vote miembro de la secta es como democrático.

Hablamos de María Isidra Quintina de Guzmán y de la Cerda, hija de Diego de Guzmán y Ladrón de Guevara, marqués de Montealegre y conde de Oñate; y de María Isidra de la Cerda, condesa de Paredes. MIQ nació el 31 de octubre de 1768 en la calle Mayor, a la altura del número 4, y fue bautizada en la iglesia de San Ginés que todavía está en la de Arenal. Nació y creció, pues, en todo lo crema de Madrid, pues justo en frente de su casa estaba la iglesia de San Felipe en Real, cuyas gradas eran el mentidero de Madrid y donde ocurrieron algunas cosas notables que espero algún día contemos.

Isidrita era fea. Retratos quedan de ella que lo atestiguan. Era fea, y estaba forrada. Asquerosamente forrada de pasta. En estas circunstancias, lo normal es que la niña salga pijoletas perdida. Así pues, María Isidra Quintina estaba llamada a ser como las gilimonas (ya hablaremos algún día de ellas), pero políticamente correcta. Sin embargo, MIQ tuvo su mérito. Pudiendo haber dedicado la vida a comprarse los mejores miriñaques y observar cómo los más guapos efebos de la nobleza patria se tragaban el asco para hacer ver que la encontraban arrebatadora, decidió dedicarse a la sabiduría. Se dice, por ejemplo, que en terminando la infancia ya hablaba, además de su idioma materno, griego, latín, italiano y francés.

El 31 de octubre de 1784, tal intelectual portento cumplió 16 años de edad. Y sólo dos días después, Carlos III decretó su ingreso en la Real Academia, que ella verificó con un discurso que se tituló Oración del género eucarístico. Al año siguiente, y también por orden real, MIQ fue declarada doctora y maestra de la facultad de Artes y Letras Humanas, además de catedrática de Filosofía. Para dichas proclamaciones, María Isidra fue examinada,el 5 de junio de 1785, en un examen en el que realizó una disertación oral sobre Aristóteles, para luego extenderse sobre las circunstancias filológicas de las cinco lenguas que dominaba. Luego le preguntaron de retórica, mitología, geometría, geografía, filosofía general, lógica, ontosofía, teosofía, psicología, física, zoología, botánica y moral. El claustro, según las crónicas, ni siquiera votó. La doctoraron por aclamación. En la ceremonia de imposición del birrete y la muceta doctorales era costumbre que todos los claustrales abrazasen al nuevo candidato; pero esto se suprimió por esta vez, por no ser el gesto compatible con el decoro; o sea, no fuese algún viejo doctor a arrimar cebolleta en el embroque, a pesar de que, según nos recuerda Joaquín de Entrambasaguas en su historia de la Universidad Complutense, «viendo el retrato de la doctora, no creo que sugiriera más que honestas ideas a los claustrales». Os dije que era fea o, como decimos los tíos, muy maja.

El caso de María Isidra Quintina es un caso totalmente anormal y del que hay muchos que dudan, basándose en el hecho de que todo lo que consiguió la niña fue con el aval real, quizá enervado por el enorme poder que tenía el conde de Oñate; y que, por lo tanto, quizá todo lo que dicen las crónicas sobre su enorme sapiencia sea exageración. En abono de esta tesis, añado yo, está el curioso detalle de que, habiendo alcanzado la niña tal nivel de erudición a base de recibir solamente clases en su casa, desconocemos, que yo sepa, el nombre de su maestro, lo cual muy normal no es. Pero, en todo caso, que alguien, sea el padre, sea la propia hija, ambicione como lo sumo de lo sumo del favor real el ser nombrado académico, tiene su mérito. Habitualmente, los integrantes de esta esquina pija del mundo apenas ambicionan ser nombrados Esquiador Mayor de la Corte, Real Navegante o, directamente, Follador Impenitente Glande (sic) de España.

Pasaron las décadas, y la mujer empezó a descollar también en el mundo de las letras. La primera mujer que intenta ser académica es una poetisa, Gertrudis Gómez de Avellaneda, quien en 1853 se propone ocupar el sillón dejado vacante por Juan Nicasio Gallego. Desarrolló una intensa campaña epistolar buscando apoyos, pero no logró nada. Ni siquiera se hizo realidad la oferta transaccional que parieron algunos de sus partidarios, en el sentido de que fuese nombrada como académica adjunta, supernumeraria. Ni eso consiguió ante la férrea oposición que presentaron algunos académicos. Se dijeron cosas muy feas. Por ejemplo, el escritor asturiano Patricio de la Escosura, escandalizado por la petición de la Avellaneda, declaró que ponía como condición para votarla que «previamente a entrar en la Academia, lo haga en quintas». Y es que elemento connatural del machismo decimonónico es el desprecio a la mujer por su debilidad física.

A finales del siglo XIX encontramos a doña Emilia Pardo Bazán, enorme escritora que tuvo bastante más que afinidades estéticas con Benito Pérez Galdós y que llegó al entonces enorme puestazo intelectual de presidenta de la sección literaria del Ateneo de Madrid. Además, fue designada, sin oposición ni hostias, catedrática de Literaturas Neolatinas de la Universidad Central de Madrid, que se dice pronto.

Doña Emilia siempre negó su interés por entrar en la RAE. Pero son muchos los estudiosos que consideran que dicho interés existió, y que la negativa constante de la docta institución le amargó las mañanas, y las tardes también (por las noches quizá don Benito equilibraba las cosas). Hay que hacer notar, por cierto, que la Pardo consideraba el machismo intelectual que sufría como un fenómeno moderno; según ella, la costumbre de preterir a la mujer se había impuesto en España en el siglo XVIII. En sus escritos, además, doña Emilia lanza un venablo que es, hoy, plenamente vigente, pues recuerda que ser académico «no enseña al escritor a escribir al calorcillo del sillón famoso». En otro punto de sus escritos argumenta que, si las mujeres no pueden ser académicas porque en las sesiones de la misma se cuentan chistes verdes, «yo también sé contarlos, y no son de los menos graciosos». La lectura de las cartas que se escribió con Galdós, alguna de ellas incluyendo alguna alusión casi sadomasoquista, dan que pensar que la gallega no mentía, y de requiebros pornohábiles sabía algo.

En la Historia encontramos también las candidaturas fallidas de mujeres señeras de las letras hispanas como son Concepción Arenal, Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber), Blanca de los Ríos y la muy fina Concha Espina. Los retruécanos inventados por las mujeres para poder llegar a la RAE son, en ocasiones, humillantes. Así le ocurrió, por ejemplo, a Concepción Arenal, quien llegó a aceptar ser nombrada académico, y no académica, para poder entrar; y ni aún así lo consiguió.

En el caso de Concha Espina, incluso medió un manifiesto, firmado por una serie de mujeres argentinas, apoyando la candidatura. Se envió en 1948 a José María de Areilza, entonces embajador en Buenos Aires, quien la remitió a la docta intitución, que se limpió el espacio internalgas con el dicho papel.

Especialmente sangrante es el hecho de que la Academia, institución como bien sabemos formada por personas versadas en el idioma español, no tuviese en su seno nunca una mayoría de miembros (dicho sea en sentido literal y figurado) proclives a conceder la presencia en sus sesiones de la mujer, y probablemente el hombre, que más ha hecho por el adecuado conocimiento de nuestro idioma, como es la insigne, galáctica, María Moliner. La Moliner llegó a sonar para académica, pero en soniquete se quedó su sueño, si es que lo tuvo; y si no lo tuvo mejor, pues, al fin y al cabo, valía, como poco, más que 98 de cada 100 académicos que lo han sido en toda la Historia de esa casa. Ocurre a menudo que cuando quienes te tienen que votar son más lerdos que tú, precisamente por eso no te voten.

También se quedaron ad portas Carmen Bravo Villasantre (imperdonable), Carmen Llorca, Ángela Figuera, Rosa Chacel, Ana María Matute, Carmen Laforet (p'a matarlos) o Carmen Martín Gaite (p'a matarlos y luego pasear sus restos por el circuito de Montmeló). Finalmente, en 1978 Carmen Conde, ya lo siento pero para mí con muchísimos menos méritos que sus antecesoras fracasadas, logró abrir un agujerito por el que se han colado unas pocas féminas. Bastante pocas y no siempre, es mi humilde opinión, bien seleccionadas.

De Carmen Martín Gaite es esta frase: «si algo he aprendido en la vida es a no perder el tiempo intentando cambiar el modo de ser del prójimo».


Pues eso.