miércoles, febrero 10, 2010

Aceras: la solución

Me he retrasado a la hora de escribir la solución al enigma de las aceras porque ayer tuve junta de vecinos. No obstante, pocos minutos después de haber colocado el post, como podréis comprobar leyendo los mensajes, ya se había encontrado la solución: era, sí, la calle Carretas.

Y pues que os veo puestísimos en la Historia de Madrid, ya os anuncio que no será la única calle de la que hablaremos en el futuro. Otras adivinanzas no son tan fáciles.

Pero vayamos con la calle Carretas, y sus aceras.

La primera orden de colocar aceras en Madrid data de 1612, pero doscientos años antes había sido sistemáticamente incumplida, porque en 1834 no había ni un metro. La razón estriba en que no siempre ha habido gallardones mandones en nuestra Historia. Aquellas primeras aceras que el Consejo de Castilla ordenó poner debían ser colocadas por los particulares dueños de las casas. Los inquilinos de cada inmueble, según la orden, debían costear la colocación de unas aceras de unos seis pies (aproximadamente un metro) de profundidad a todo lo ancho de las fachadas. De esta manera, uniéndose unas aceras privadas con otras, se formaría la acera de las calles.

A los madrileños del siglo XIX no les gustó nada la novedad. Consideraban que las aceras no hacían falta, porque ya iban las personas de a pie tan ricamente andando por la calle junto a caballos y carromatos, sin que hubiese problema para ello. Aunque es más que probable que los problemas, de hecho, existiesen. No olvidemos que la costumbre de conducir por la izquierda, que hoy por hoy sostienen casi en solitario los ingleses, cual irredenta aldea gala, proviene del hecho de que los conductores de carros solían llevar las riendas con la mano fuerte (la derecha) y en la izquierda llevaban la fusta para cambiar de marchas a hostia limpia. Cuando se sentaban a la izquierda del carro, como nosotros en el coche para circular a la continental, el brazo izquierdo quedaba por fuera, con lo que, al soltar un fustazo, a veces, en lugar de arrearle al caballo, le arreaban a un señor de Murcia que pasaba por allí. Circulando por la izquierda, y cambiando en consecuencia la situación del conductor, éste dejaba su brazo izquierdo en el centro del carro, siendo menos probables las agresiones.

El caso es que fue en esta calle Carretas donde Madrid estrenó aceras, como ya han adivinado muchos.

Sobre el origen del nombre, en efecto tiene que ver con la revuelta de los comuneros, aquellos hombres tan castellanos. Cuando estalló la revuelta, Madrid permaneció neutral, cosa que no gustó a las grandes ciudades del entorno, como Segovia o Toledo, las cuales deseaban el estallido de conflictos en la hoy capital para auxiliarla y generalizar la rebelión. En aquel entonces gobernaba Madrid como alcalde un tal Vargas, el cual se dio perfecta cuenta de que si los madrileños se cabreaban tendría poco con que enfriarlos. Así pues, llamó al alcázar a los hidalgos de la villa, les confió su defensa, y se marchó a Alcalá de Henares a allegar tropas para garantizar el orden.

Es muy probable que los procomuneros madrileños estuviesen esperando esta ausencia, porque nada más salir Vargas por la puerta, ellos se levantaron. Las familias singulares de Madrid, que entonces eran los Luxán, los Luzon, o los Herrera, nada pudieron hacer para parar a las hordas comuneras que hicieron suyas las calles. Los hidalgos se reunieron en la plaza de la villa, en la Torre de los Lujanes si mis referencias no son inexactas, mientras por la calle pasaban los paisanos dando vivas a Padilla. La situación fue tan comprometida que todas las familias de tronío o posibles de la ciudad, nos cuentan las crónicas, llevaron a sus hijas al convento de Santo Domingo para allí tenerlas a cubierto de tocamientos, vilipendios y violaciones; intención que muchos no pudieron cumplir porque al poco tiempo en el convento no se cabía de tanta tía que había dentro. Este detalle me hace pensar que la rebelión comunera madrileña fue algo más que una rebelión dinástica; esta presunta saña contra los púberes de la clase noble quizá nos está señalando cierto contenido social.

Los hidalgos, comandados por la mujer de Vargas (que debía ser de armas tomar la señora) se refugiaron en el alcázar, donde el pueblo los sometió a sitio. Sin embargo, pronto llegó la noticia de que de Alcalá llegaba Vargas con las tropas. En ese momento fue cuando los sublevados decidieron inventar la Comuna varios siglos antes y parapetarse ante la llegada del enemigo.

En la construcción de parapetos, se arrancaron tablas incluso de tumbas, pero lo que se utilizó, más que nada, fueron carretas. Salieron los sublevados del recinto de la muralla con todas las que encontraron y, en campo abierto, hicieron su barrera para recibir a Vargas que llegaba de Alcalá. El alcalde les intimó la rendición, pero ellos respondieron con una descarga cerrada. Entonces comenzó la batalla, que los comuneros empezaron a perder muy pronto, en cuando, a su espalda, los nobles salieron por las puertas de la muralla a hostigarlos.

Algunas crónicas dicen que los comuneros, entonces, albergaron la idea de utilizar escudos humanos. Había en las afueras de aquel entonces un hospital de tísicos, llamado de San Ricardo, y estuvieron pensando en sacar a los enfermos y ponerlos en las carretas, para que así, si les disparaban, fueran ellos los que muriesen. De hecho, sabido es que finalmente hubo negociación entre Vargas y los comuneros, y que se les permitió salir de Madrid a refugiarse en Segovia y en Toledo; es probable que esta transacción se produjese por el gesto de colocar inocentes en la primera línea de fuego.

Nos dicen las crónicas que aquellas carretas fueron las primeras barricadas formadas en Madrid. Cierto o no, lo que sí lo es es que allí quedaron, formadas, pues los soldados del alcalde prefirieron dejarlas por si los comuneros regresaban a atacar Madrid, para poder usar el parapeto. El lugar donde estuvo dicho parapeto siempre fue recordado como de las carretas y, por eso mismo, cuando fue calle, conservó el nombre.

Bueno, y ya que no habéis dicho nada sobre la otra calle que cité, la de la Montera, por la que en verdad no se preguntaba, aquí os voy a dejar un postre sobre la misma.

La calle de la Montera, hoy famosa más que nada por el puterío y tal, se ha llamado de muy variadas formas. Que yo haya descubierto, ha sido la calle de la Inclusa, de San Roque y de San Luis obispo. Lo de la Inclusa le viene porque en la dicha calle, en el lugar de la iglesia de San Luis, hubo antes una imagen de la Virgen muy venerada custodiada por la cofradía del Consuelo, dedicada a acoger y asistir a los niños incluseros.

Sobre el origen del nombre hay, que yo sepa, tres teorías. La primera, más plausible, es que la calle toma el nombre de la cercanía de los montes de Fuencarral, que eran empinados y hacían la forma de una montera.

La segunda teoría, no muy extendida, defiende que en dicha calle pudo vivir una hembra de simpar belleza, mujer de un montero del rey.

La tercera se refiere al paseo que por aquella zona habría dado el rey Sancho IV, acompañado de la reina María y de su joven infante D. Fernando. En dicho paseo, se dice, el rey habría perdido la montera sin reparar en ello y, un rato largo después, cuando lo descubriese, habría reaccionado con ira hacia sus acompañantes por no haberle avisado. Dice esta historia que en la calle hubo un trozo de piedra en que se escribió «Al pasar esta vereda/perdió el rey la montera».

Otro día os cuento más de más calles.