martes, octubre 06, 2009
Ciencia y orgullo
Hoy es miércoles, día 7 de octubre. En tal fecha, este blog, y varios cientos de blogs más por lo que sé, hace una paradinha en las funciones propias de su sexo. La razón es que al dueño de este colmao le provoca, como dicen en algunos lugares de América Latina, unirse a la campaña La ciencia española no necesita tijeras, representado por el logo que ves a la izquierda de este post. Adhiriéndome debo colocar ese logo, cosa que he hecho con gusto; escribir este post, hoy mismo, explicando por qué creo que no se debe reducir el presupuesto público de apoyo a la ciencia. Y, bueno, también se supone que debería twittear algo; pero para eso, claro, tendría que saber qué diablos es eso de twittear. La tercera condición, pues, queda en suspenso.
Puestos a daros las explicaciones de las que va este post, os diré que yo, cuando era un chavalín, pude elegir con total libertad por dónde irían mis derroteros culturales y profesionales. En la escuela se me daba bien todo, quizá con la excepción de la química. Mis especialidades eran el latín y las matemáticas, así de ecuménico me mostraba. Pero quizá una de las razones de que me decidiese por las letras era la mala sensación que me causaba la Historia de las ciencias. En la Historia de las Ciencias, apenas hay hitos que lleven nombres españoles. Recuerdo la ley de Boyle-Mariotte, o la de Hooke o, por supuesto, las de Newton. Repasaba en mis libros los faradios, los newtones, o elementos en la tabla periódica como rutherfordio, y me daba cuenta de que no hay una sola ley física que sea la Ley de Gómez, ni un solo elemento químico que se llame guadalquivirio.
Acusaba Machado a España de despreciar todo aquello de lo que no tiene idea. Es probable que haya sido nuestro mal durante mucho tiempo. España, como proyecto, tuvo la mala suerte de morir de éxito casi recién inventada, convirtiéndose en una potencia militar y económica. Cometimos el error de convertirnos en el principal baluarte de una manera de ver las cosas, la vaticana, a la que le costó entender que sus prevenciones nada tenían que ver con el avance del conocimiento; asunto del que sabe un poquito el señor Galilei, entre otros. La España que nació poderosa aprendió a girar alrededor de un concepto: el prestigio.
Todo, o casi todo, lo que se hizo desde el día en que dejamos de ser grandes, en algún momento del siglo XVII; y el momento en que nos dimos cuenta de que éramos directamente una puta mierda, o sea 1898; casi todo lo que se hizo entre esas dos fechas, digo, tuvo como objetivo conservar el prestigio. El orgullo de ser español. Y en ese terreno, la ciencia poco tenía que hacer, porque la ciencia, o mejor dicho la investigación o desarrollo científico, es un feto de maduración muy larga; así pues, procura muchas tardes de fatigas y negativas antes de poder echar un polvete en condiciones.
Nuestro orgullo era un orgullo de corto plazo. El orgullo de los matones. Por mucho que la Historia de la Ciencia española tenga muchas más referencias de las que probablemente sospechamos los legos en la materia, creo que no falta a la verdad quien diga, o al menos yo lo digo, que la ciencia española no estuvo en la agenda de nuestros reyes ni de nuestros consejos durante mucho tiempo. Despertamos a ello, más o menos, cuando, como digo, nos dimos cuenta de que éramos el cagarro de Europa. Desarrollamos una admiración probablemente excesiva por lo extranjero (hace bien pocos años se comenzaron a vender los coches Opel en España con el eslógan Ingeniería alemana a su alcance, como si la ingeniería alemana fuera la pera limonera, mientras los ingenieros españoles levantaban en Figueruelas la fábrica más eficiente de la marca) y empezamos a decirnos que aquello ya no podía ser.
Nos ha costado mucho darle la vuelta a esa tortilla. Ha costado mucho que España entendiese el valor del conocimiento, y el valor de liderarlo. Aunque no ha sido un camino de rosas. Hoy recordamos bien que Santiago Ramón y Cajal recibió un Nobel de Medicina y mucha gente olvida que Echegaray lo recibió de Literatura. Sin embargo, la emoción colectiva de ambos premios no tiene ni comparación; en su momento, fue mucho más valorado el segundo que el primero.
El franquismo, que mandó a tomar por culo a un porcentaje nada desdeñable de la ciencia española, no puso las cosas fáciles. La Transición política, tan denostada hoy por tanto y tanto culiparlante acostumbrado a ponderar los pares de banderillas siempre a toro pasado, fue, entre otras muchas cosas, la sensación de que, por fin, íbamos a ajustar cuentas con nosotros mismos. A aprender de los errores, muchos. Y la ciencia estaba en el paquete.
El guión de la democracia decía que se habían acabado, por fin, las visiones estrechas. Que había llegado el momento de que un español pudiese decir: soy español, y además un matemático de puta madre; y, dicho esto, un coro de tornerofresadores exclamase con admiración: «¡OOOOH!» Que había llegado el momento en el que, para un español, ser una autoridad en materia de cromodinámica cuántica (creo que se escribe así) se convertiría en una oportunidad para ser profeta en su tierra como no lo ha sido ninguno de sus abuelos desde los tiempos de Abderramán III el cachobestia. Por supuesto, también queríamos otras cosas: queríamos ganar la Eurocopa de Fútbol y, si es posible, el mundial. Queríamos que ¡Peeeeedro! ganase un Óscar. Queríamos situar a alguna de nuestras pericas en la lista de las tías más buenas de Vanity Fair. Cuando una nación sueña que es grande, todos los sueños caben.
Todos vosotros habéis tenido alguna vez un sueño. O dos, o veintisiete. Sueño quiere decir ese logro complicado que daríamos cualquier cosa por conseguir, y que está lejos, allá lejos. Porque todos habéis tenido un sueño, todos sabéis cómo se consigue: regando todos los días. La lotería es el único éxito que te cae por lotería. Todo lo demás te lo tienes que currar. Te lo tienes que currar muchas veces. Un amigo mío dice: cada por fin cuesta por lo menos cincuenta me cago en la puta.
Rebajar el presupuesto de investigación es, simplemente, bajar los brazos. Dejar de regar. El mismo tío que hace eso no tiene huevos de hacer lo mismo con el programa ADO y decirle al personal: a partir de ahora, nos quedamos sin medallas olímpicas. O de sacar una ley que impida a los galácticos clubes de fútbol superar determinado nivel de endeudamiento. El detalle demuestra, a mi modo de ver, la vara que usan algunos a la hora de medir nuestro éxito como país. Siguen en las mismas: el prestigio. Sólo que ahora, el prestigio ya no se mide entrando en Nápoles a sangre y fuego, sino corriendo los 1.500 metros en menos tiempo que los marroquíes. Pero el error sigue siendo el mismo.
Y ahora te hablo a ti. Sí, a ti. No te escondas. Sé bien, por comentarios privados que me llegan cuando escribo en este blog, que tiene un porcentaje de lectores que aún residen en la juventud despreocupada y multiorgásmica. Y te hablo a ti porque supongo que estás hasta los cojones de las ciencias. Te putean, te dejan sin salir alguna que otra vez, te atan a la dura silla del estudio. Y qué difíciles son de entender, ¿verdad?
Pues, mira. No seré yo quien te diga que los exámenes y las notas no sirven para nada. Sirven. Pero lo más importante de la escuela, y de la universidad, es que te está enseñando (o debería) a pensar. En la vida, los conocimientos tienen valor, pero relativo. Un conocimiento es algo que se adquiere. Ya te he dicho que no tengo ni puta idea de química; pero tú dame cinco años sabáticos, y ya verás cómo me empapo de formaldehídos.
Lo importante de la educación es saber pensar. Y no sabrás pensar si no aprendes a pensar como piensan los científicos. También tienes que aprender a pensar como los poetas, ciertamente. Pero eso no es cuestión del día de hoy, porque la poesía y los presupuestos del Estado tienen, afortunadamente para la primera, poco que ver.
Habría que aumentar la asignación para investigación, no a pesar de la crisis, sino precisamente porque estamos en crisis. En la pista hay dos corredores al límite de sus fuerzas. Uno, el corredor cobarde, se para y se tira al suelo, derrengado. El otro, el corredor valiente, aprieta los dientes, rompe a sudar y se deja los cuádriceps en cada paso. Si hubiésemos querido ser el corredor valiente, habríamos aumentado los presupuestos de ciencia. Pero somos unos putos membrillos.
En fin, hasta aquí he llegado. Como he dicho, no voy a twittear una mierda porque no sé lo que es eso, ni siquiera me imagino si será legal. Pero si eres lector científico, no te digo ya si eres el padre de esta iniciativa y estás leyendo esto, que sepas que me debes una. Algún día deberías escribir en tu blog científico por qué hay que conocer la Historia.
A mandar.
lunes, octubre 05, 2009
La gran guerra vasca (2)
La guerra carlista tiene dos años de desarrollo, hasta 1835, que lo son básicamente de hostigamiento del enemigo, sin enfrentamientos directos; tiempo durante el cual el ejército vasco-carlista, sin embargo, se organiza en cuatro divisiones operativas. En realidad, los vasconavarros no podían llegar realmente muy lejos con esa estrategia; el terreno era relativamente pequeño y el ejército contrario muy grande. Haría falta alguien que fuese capaz de comprender las tácticas guerreras tradicionales de los vascos, escasamente basadas en el enfrentamiento frontal, y adaptarlas a la guerra moderna (moderna entonces) que reclamaba movimientos de tropas coordinados de miles de hombres.
Ese hombre fue Tomás de Zumalacarregui.
Los vascos aprendieron a desenvolverse como un ejército napoleónico. A plantear ataques frontales combinados con movimientos sorpresivos de ruptura de las líneas enemigas. En relativamente poco tiempo, los carlistas consiguieron asegurarse el control del País Vasco, excepción hecha de sus capitales. Y comenzaron a pensar en hacer lo que ya venían haciendo desde los tiempos de Recaredo y Sisebuto, es decir organizar expediciones y razzias en terreno castellano. Actitud que obligó a los castellanos a cambiar el paso y diseñar una guerra de contención en la que no habían pensado, y que les llevó a intentar aislar más o menos lo que hoy es el País Vasco y Navarra con una línea de fuertes. El general Gómez fue el primer estratega carlista que se dio uno de esos paseos: salió con 4.000 soldados, tiró para Santander, luego pasó a Asturias, luego a Galicia, puteó varias ciudades; luego bajó hasta Extremadura y a Algeciras, con un columna de 30.000 isabelinos persiguiéndole, y luego se volvió a su tierra forrado y con un montón de prisioneros.
A la eficiencia carlista (yo creo que cabe poca duda de que, en esos momentos, la inteligencia militar estaba más en el bando carlista que en el isabelino) se unió, como factor importante, la torpeza liberal. Como hemos dicho, los gubernamentales controlaban las capitales, especialmente Bilbao. Allí destituyeron a la diputación bizcaitarra (que se fue a Gernika) y formaron otra de corte totalmente liberal, de la que eran cabezas visibles el eterno Uhagón y Mariano de Eguía. Esta diputación de pega decretó la movilización de todos los jóvenes del área; medida torpe donde las haya, porque todo lo que consiguió fue que los jóvenes del área desertasen a las filas carlistas en fila de a 27.
La reina Isabel había mostrado cierta sensibilidad regionalista al poner al frente de su ejército a generales vascos. Casi todos lo eran: Valdés, Quesada, el mítico Mina, Iriarte, Oraá, Jáuregui. Isabel no entendió que, para bien o para mal, desde entonces y ahora también, los vascos no distinguen, en realidad, entre vascos y no vascos; sino entre vascos nacionalistas (entonces, fueristas) y resto del mundo. A los ojos de un fuerista, si alguien era de Mundaka pero profesaba el centralismo isabelino, era tan poca cosa como si hubiese nacido en el mismo Chamberí. En los albores de la guerra propiamente dicha, el general carlista De la Torre le mete una mano de hostias del cuarenta y siete a las tropas isabelinas del Barón del Solar. Esta derrota y otras acciones cambian completamente la faz de la guerra por el lado isabelino. La reacción de los militares, heridos en su orgullo, es iniciar una represión, con fusilamientos incluidos, que sirve para disparar el contador de agravios que todo nacionalista que se precie ha de llevar siempre consigo, dispuesto a ser alimentado. Por lo demás, a finales de 1833 ya está don Baldomero Espartero en el campo de batalla.
En abril de 1834, algún tiempo después de que el gesto de D. Carlos de jurar los fueros vasconavarros haya galvanizado a su bando, Zumalacarregui administra una nueva derrota a Quesada en Alsasua. Es una batalla directa, sin historias raras. Y en ella las fuerzas isabelinas son superiores en número. Y, aún así, pierden. Mal rollo. Rodil sustituye a Quesada como máximo general del ejército isabelino del norte. Su llegada supone un incremento exponencial de la represión. Pero parece poco, porque es cesado y sustituido por Mina, que va más allá. Los carlistas actúan en consecuencia. La guerra carlista se convierte en una guerra sin prisioneros. Lo dicho: sin prisioneros. Ya sé que hay mucha gente que va por ahí diciendo y escribiendo que si la guerra civil española del 36 fue la guerra más cruel nunca conocida en España y bla, bla, bla. Además de viajar más, hay que leer un poquito más de Historia.
Mina, cuando llegó al norte, tenía a su disposición 45 batallones. Zumalacarregui, todo lo más, podía reunir algo más de veinte. Sin embargo, el error del general isabelino fue pensar que todo el monte era orégano y que los navarros, igual que le habían ayudado contra el francés, le ayudarían ahora. En el momento en que reclamó la ayuda navarra, entró a jugar el gesto de D. Carlos de haber jurado los fueros, y los navarros se decantaron por ponerse enfrente. El viejo general fue finalmente sustituido tras los incidentes de Lecaroz, donde hizo fusilar a uno de cada cinco varones.
A Zumalacarregui, sin embargo, le preocupaba una cosa. Con diferencia, de todos los territorios históricos, aquél donde los fueristas tenían más fuerza, más posibilidades, era Vizcaya. Pero el líder militar bizcaitarra, Zabala, se contentaba con hacer guerra de guerrillas. En octubre de 1834, Zumalacarregui consiguió la destitución de Zabala y la colocación en su lugar del navarro Eraso. Con el riñón cubierto, pues, el general baja a las tierras alavesas y, en Alegría, consigue una humillante victoria contra las tropas isabelinas. La batalla de Alegría es importantísima. Es la primera vez que los vascos no ganan a base de dar por culo desde los bosques y las colinas, sino en una llanura, cargando y acometiendo con la bayoneta. Peleando como un ejército mayor de edad, que es lo que para entonces había hecho Zumalacarregui de ellos. La represión carlista fue brutal, inhumana. Querían tomar Vitoria. Aún así, no lo consiguieron.
A principios de 1835 los isabelinos, a la deriva, declaran el estado de sitio. Si había alguna esperanza entre los vascos liberales de que podrían conseguir una solución pactada al conflicto, se disolvió ese día. Pero ni el estado de sitio puede esconder el hecho de que, para entonces, los vascos mandan en los campos de Vasconia, hasta el punto de que las tropas carlistas, en marzo de aquel año, atacan un edificio utilizado como silo de harina, que está a apenas 200 metros de las puertas del mismo Bilbao. Este hecho coloca la situación en la capital vizcaína en muy mal tono. El gobernador militar no hizo nada por ayudar a la dotación del almacén mientras los carlistas entraban, los mataban a todos e incendiaban el edificio. Los bilbainos, pues, vieron morir en directo a sus vecinos sin que nadie les ayudase y, para colmo, se quedaron sin pan. Las gentes comenzaron a volverse contra los militares.
Algunas semanas después, Gernika es atacada por Iriarte, que ha ido allí hostigado por los carlistas. Pero éstos le engañan, porque no se han ido de la ciudad y le reciben desde las casas a tiros. Cuando Iriarte quiere volver grupas, se encuentra con tropas guipuzcoanas que rodean la ciudad y le cortan el paso. Los isabelinos registran enormes pérdidas. Y hay otra cosa importante, importantísima: la participación, fuera de Guipúzcoa, de tropas donostiarras. Eso se debe al genio militar de Zumalacarregui, que era euskaldún como el que más, pero al mismo tiempo tenía claro, con preclara conciencia militar, que en la guerra hay que dejarse de chorradas diferenciadoras, porque en la guerra no hay más diferencia que la que nos separa del enemigo. Cien años más tarde, en Santoña, cuando los gudaris vascos se rindan tras haber perdido el País Vasco a manos de Franco, no habrá ya ningún Zumalacarregui entre ellos.
A socorrer a Iriarte acabó yendo Espartero, que logró salvar a algunas compañías que se habían refugiado, con el culo contra la pared, en un convento. Aquella acción de Espartero de Gernika fue el origen de su decisión más jodida. Porque hemos de saber que Espartero es un personaje histórico con muy buena imagen en España. Era liberal, lo cual place a los ojos de los progresistas. Y más les place aún el hecho de que, habiendo empezado de soldado raso, terminase sus días recibiendo incluso una oferta para ceñir la corona de España. Nunca nadie en la Historia de España ha llegado tan alto desde tan abajo. Sin embargo, los vascos odian a Espartero. Y, la verdad, no cabe culparles de ello. Espartero hizo lo único que no se le puede hacer a los vascos: quemar Gernika. Un vasco que se precie de serlo, pues, odia a Espartero por la misma razón por la que odia a Franco. Exactamente la misma. Franco provocó más muertes, claro está. Pero, vascamente hablando, probablemente el crimen esparteril es peor, porque la intención del general fue borrar Gernika, su casa de juntas y el árbol, para siempre (aún hoy, por cierto, resulta inexplicable que no lo consiguiera). Y, una vez terminada su labor, colocó un cartel que decía: «Aquí fue Guernica». Creo que sus intenciones eran bien evidentes. En las reacciones, muchísimas, contrarias al movidón, comienzan a leerse los actualmente comunes argumentos referidos al imperialismo castellano.
Y aquí, entre las ruinas humeantes de la ciudad sagrada de los vascos, dejamos el relato por hoy.
jueves, octubre 01, 2009
La gran guerra vasca (1)
En una guerra civil se juntan un montón de cosas distintas. No hay bandos puros, que sólo pelean por una razón. En cada bando, siempre, hay gentes diversas que toman su opción por motivos muy diferentes. Toda guerra civil es un dédalo de razones y de interpretaciones entrecruzadas que son las que hacen que saber de Historia sea, en realidad, interpretar la Historia.
Uno de esos hechos poliédricos, inaprehensibles, son las guerras carlistas. En la guerra carlista se juntan, como mínimo, cuatro grandes corrientes: primero, el absolutismo dinástico; segundo, el tradicionalismo católico; tercero, el fuerismo vasco; y, cuarto, las tensiones regionalistas, más que nacionalistas, en otros lugares de España, sobre todo Cataluña. En esta pequeña serie, os voy a hablar, básicamente, de uno solo de estos componentes, porque pienso que, en realidad, es el más importante: el fuerismo vasco. La guerra carlista de 1833 es, también, la gran guerra vasca. El primer enfrentamiento serio entre los vascos y el resto de los españoles. De ahí nacen muchas cosas. Creo que es importante conocerla, siquiera epidérmicamente, para entender eso que hoy llamamos el problema vasco.
La historia empieza, como dije, en 1833, a la vera de la cama de un rey voluble y moribundo. Fernando VII agoniza entre sábanas sudorosas y a su alrededor, inquietos, sus hombres políticos conspiran para evitar hechos que reputan peligrosos. Todo el mundo, en ese momento, considera que, muerto el rey, y puesto que sólo ha tenido una hija (Isabel, que además tiene apenas tres años entonces), la corona ceñirá las sienes de Carlos, su hermano. Carlos es un decidido partidario de la monarquía tradicional, como en el fondo lo ha sido Fernando. Isabel no es que sea muy liberal, pero es muy pequeña. En ella cifran sus esperanzas los sectores más liberales de palacio.
Todo el mundo le come la oreja al enfermo terminal. Fernando, entre que está sonado y que es ya de por sí gilipollas, da por la mañana una de cal y por la tarde una de arena. Primero anula la Ley Sálica, que impide reinar a las mujeres, abriendo el portillo para la sucesión en la persona de su hija. Luego da marcha atrás, presionado por la camarilla real partidaria de Don Carlos, dirigida sobre todo por el ministro Calomarde. Dice la tradición que el asunto lo zanjó la infanta María Carlota, quien arrancó de las manos de Calomarde el testamento del rey, lo rompió y luego le arreó una hostia al ministro. Calomarde habría respondido con la famosa frase «señora, manos blancas no ofenden».
Curiosamente, todo este problema de la Ley Sálica no afectaba a uno de los territorios que más decididamente serían carlistas, es decir Navarra. En Navarra, la norma aprobada en su día por Felipe V nunca había estado vigente, así pues en el territorio de Navarra no había impedimento alguno para que Isabel fuese la heredera. Sin embargo, los navarros tenían muy claro que lo que Isabel traía prendidas eran las ideas más aperturistas de sus partidarios, de un liberalismo primigenio pero ya enemigo de los fueros vasconavarros, considerados por los liberales como una chocha herencia caduca de los tiempos medievales. Navarra se hizo, entonces y por un largo siglo, carlista hasta las trancas. En las calles del futuro Euskadi se cantaba:
D. Karlosek emon dau
erege-berbea, erege-berbea,
gura dabela gorde
euskaldun legea...
O sea: D. Carlos ha dicho/el mismo rey, el mismo rey/que quiere respetar/la ley vasca.
Este planteamiento político-bélico, a la muerte de Fernando VII, tiene y tendrá su importancia para la causa vasca, por cuanto tenderá a vincular la suerte de los derechos seculares de los vascos a la causa del Antiguo Régimen; y, como quiera que ésta es la causa finalmente perdedora de la larga guerra civil que en el fondo fue todo el siglo XIX, acabará pagando muchos platos rotos y reaccionando mediante el encastillamiento en un nacionalismo con fuertes tintes tradicionalistas.
Las diputaciones vascas no habían enviado diputados a las Cortes de Cádiz. Más aún, el País Vasco, aunque de una forma un poco a la remanguillé, jugó bastante la baza de los afrancesados, es decir, otra causa finalmente perdedora. Se dice que esta pseudoidentificación de los vascos con José Bonaparte, a quien dieron importantes ministros como Urquijo, Colón de Larreategui o el muy céntrico Mazarredo, tiene que ver con la ilusión que algunos sectores del fuerismo albergaron de que Napoleón acabaría por esponsorizar la creación de un Estado independiente al norte del río Ebro; cosa que, que yo sepa, Napoleón se planteó con la misma seriedad con la que se planteó la posibilidad de usar rorcuales comunes para sus cargas de caballería.
En este caldo de cultivo, no cabe extrañarse de que las Cortes de Cádiz decidiesen proponer la abolición de los fueros euskaldunes sin, en realidad, pensárselo mucho. Para los diputados liberales, quitar los fueros era tan lógico como es lógico para un barrendero quitar de la acera unos papeles que molestan. Aunque hoy veamos, o queramos ver, los fueros, pelaos o amejorados, como lo más de lo más de la modernez política, lo cierto es que son privilegios antiguos; y las Cortes de Cádiz rompieron con todo, o casi todo, lo antiguo. Y, como decía, no hubo allí ningún vasco para oponerse seriamente a la movida (vascos hubo, sí; pero no habían sido elegidos por los vascos, ergo no los representaban).
Las relaciones con Fernando VII tampoco fueron buenas. Al Borbón nunca le gustaron los fueros porque eran una forma de no poder meter mano en el País Vasco y Navarra y Fernando, nunca lo olvidemos, era un rey absoluto (además de un tonto absoluto y un vendeatumadre absoluto). Durante la tercera década del siglo, hizo todo lo que pudo para terminar de abolir los fueros navarros, decisión que llegó a publicar sin llevarla a efecto. El problema fuerista provocó que los vascos tomasen las armas, y ahí está la asonada de Lausagarreta en Vitoria (1827) para atestiguarlo. Estos problemas dan alas a los tradicionalistas carlistas, los cuales predican con fuerza la idea de que sólo Don Carlos respetará los fueros. En 1830, de hecho, Madrid prepara una expedición militar para someter a los euskaldunes de una vez, con 30.000 hombres. No es la fiereza de los vascos la que detiene esos ímpetus, como le pasara a Roldán siglos antes, sino la casualidad que quiere que en el momento en que los fernandinos cruzan el Ebro para empezar a repartir, Mina entre por los Pirineos en una pseudoinvasión liberal que obliga a los ejércitos estatales a olvidarse por un rato del asunto de los fueros.
En septiembre de 1833, a la muerte del rey Fernando, las tres provincias vascas y Navarra se alzan prácticamente al segundo. Aunque con diferencias. Vizcaya y Álava fueron insurreccionales desde el primer momento. Pero la cosa no fue tan fácil y ni en Guipúzcoa ni en Navarra tuvo éxito la cosa, especialmente ésta última, a causa de la importancia que allí tiene la nobleza.
Y es que un elemento que, a mi modo de ver con pleno acierto, han destacado muchas veces los historiadores vascos, es que la insurrección de 1833 es, fundamentalmente, una movida popular. Tomemos el ejemplo del mismo Bilbao. Allí, el diputado general liberal Uhagón (la historiografía vasquista no duda en recordar que no fue en realidad elegido, sino impuesto por Fernando VII), unido al corregidor (hoy diríamos delegado del gobierno) creen tener la sartén por el mango y, con el mando de los miqueletes en la mano, presionan a los diputados carlistas para que acepten una situación de sometimiento. Éstos, en efecto, no se atreven a rebelarse, y por lo tanto acuden a la reunión de la diputación montada por los liberales. Pero cuando la noticia llega al extrarradio, a barrios hoy bien caros como Begoña o Deusto, el personal se encabrona y, poco a poco, se monta una buena manada de pueses armados que se dirigen a pedirles cuentas a sus diputados. Los miqueletes les abren la puerta de la ciudad y, de hecho, cuando esa multitud se presenta en la Diputación exigiendo la proclamación de D. Carlos, la guardia del edificio se junta con ellos dejando al corregidor y al diputado liberal, como aquél que dice, en bragas.
La situación está llamada a resolverse como casi siempre. Desde el centro se monta una gran armada, al mando del general Sarsfield, que entra en el País Vasco a leche limpia. Toma Vitoria y se dirige hacia Bilbao. El 25 de noviembre, los carlistas abandonan la ciudad. Pero se dispersan en pequeñas partidas por todo el territorio.
En Madrid creen estar sofocando una rebelión. Pero lo que ha empezado es una guerra en toda regla.