lunes, octubre 05, 2009

La gran guerra vasca (2)

Con total seguridad, los pseudoliberales que eran el apoyo de la reina Isabel infravaloraron a las diputaciones vascas y, en general, a los vascos. Cuando la sublevación está queriendo estallar, el Estado está casi en bancarrota y no parece capaz de financiar un esfuerzo bélico. Sin embargo, el invento del ministro Mendizábal, la famosa desamortización (y es por esta razón que se hizo tan apresuradamente) le permitió a los militares que pululaban por palacio levantar el ejército de 100.000 hombres con que soñaban y que consideraban, quizá recordando a los 100.000 hijos de San Luis, más que suficiente para sofocar la rebelión. Las provincias vascas y navarras, sin embargo, demostraron un poder casi estratosférico de movilización, pues llegaron a tener un ejército de 40.000 miembros, más 10.000 reservistas, que no está nada mal para un territorio que no acumula ni de coña ni la mitad de la superficie, ni la mitad de la población, de España.

La guerra carlista tiene dos años de desarrollo, hasta 1835, que lo son básicamente de hostigamiento del enemigo, sin enfrentamientos directos; tiempo durante el cual el ejército vasco-carlista, sin embargo, se organiza en cuatro divisiones operativas. En realidad, los vasconavarros no podían llegar realmente muy lejos con esa estrategia; el terreno era relativamente pequeño y el ejército contrario muy grande. Haría falta alguien que fuese capaz de comprender las tácticas guerreras tradicionales de los vascos, escasamente basadas en el enfrentamiento frontal, y adaptarlas a la guerra moderna (moderna entonces) que reclamaba movimientos de tropas coordinados de miles de hombres.

Ese hombre fue Tomás de Zumalacarregui.

Los vascos aprendieron a desenvolverse como un ejército napoleónico. A plantear ataques frontales combinados con movimientos sorpresivos de ruptura de las líneas enemigas. En relativamente poco tiempo, los carlistas consiguieron asegurarse el control del País Vasco, excepción hecha de sus capitales. Y comenzaron a pensar en hacer lo que ya venían haciendo desde los tiempos de Recaredo y Sisebuto, es decir organizar expediciones y razzias en terreno castellano. Actitud que obligó a los castellanos a cambiar el paso y diseñar una guerra de contención en la que no habían pensado, y que les llevó a intentar aislar más o menos lo que hoy es el País Vasco y Navarra con una línea de fuertes. El general Gómez fue el primer estratega carlista que se dio uno de esos paseos: salió con 4.000 soldados, tiró para Santander, luego pasó a Asturias, luego a Galicia, puteó varias ciudades; luego bajó hasta Extremadura y a Algeciras, con un columna de 30.000 isabelinos persiguiéndole, y luego se volvió a su tierra forrado y con un montón de prisioneros.

A la eficiencia carlista (yo creo que cabe poca duda de que, en esos momentos, la inteligencia militar estaba más en el bando carlista que en el isabelino) se unió, como factor importante, la torpeza liberal. Como hemos dicho, los gubernamentales controlaban las capitales, especialmente Bilbao. Allí destituyeron a la diputación bizcaitarra (que se fue a Gernika) y formaron otra de corte totalmente liberal, de la que eran cabezas visibles el eterno Uhagón y Mariano de Eguía. Esta diputación de pega decretó la movilización de todos los jóvenes del área; medida torpe donde las haya, porque todo lo que consiguió fue que los jóvenes del área desertasen a las filas carlistas en fila de a 27.

La reina Isabel había mostrado cierta sensibilidad regionalista al poner al frente de su ejército a generales vascos. Casi todos lo eran: Valdés, Quesada, el mítico Mina, Iriarte, Oraá, Jáuregui. Isabel no entendió que, para bien o para mal, desde entonces y ahora también, los vascos no distinguen, en realidad, entre vascos y no vascos; sino entre vascos nacionalistas (entonces, fueristas) y resto del mundo. A los ojos de un fuerista, si alguien era de Mundaka pero profesaba el centralismo isabelino, era tan poca cosa como si hubiese nacido en el mismo Chamberí. En los albores de la guerra propiamente dicha, el general carlista De la Torre le mete una mano de hostias del cuarenta y siete a las tropas isabelinas del Barón del Solar. Esta derrota y otras acciones cambian completamente la faz de la guerra por el lado isabelino. La reacción de los militares, heridos en su orgullo, es iniciar una represión, con fusilamientos incluidos, que sirve para disparar el contador de agravios que todo nacionalista que se precie ha de llevar siempre consigo, dispuesto a ser alimentado. Por lo demás, a finales de 1833 ya está don Baldomero Espartero en el campo de batalla.

En abril de 1834, algún tiempo después de que el gesto de D. Carlos de jurar los fueros vasconavarros haya galvanizado a su bando, Zumalacarregui administra una nueva derrota a Quesada en Alsasua. Es una batalla directa, sin historias raras. Y en ella las fuerzas isabelinas son superiores en número. Y, aún así, pierden. Mal rollo. Rodil sustituye a Quesada como máximo general del ejército isabelino del norte. Su llegada supone un incremento exponencial de la represión. Pero parece poco, porque es cesado y sustituido por Mina, que va más allá. Los carlistas actúan en consecuencia. La guerra carlista se convierte en una guerra sin prisioneros. Lo dicho: sin prisioneros. Ya sé que hay mucha gente que va por ahí diciendo y escribiendo que si la guerra civil española del 36 fue la guerra más cruel nunca conocida en España y bla, bla, bla. Además de viajar más, hay que leer un poquito más de Historia.

Mina, cuando llegó al norte, tenía a su disposición 45 batallones. Zumalacarregui, todo lo más, podía reunir algo más de veinte. Sin embargo, el error del general isabelino fue pensar que todo el monte era orégano y que los navarros, igual que le habían ayudado contra el francés, le ayudarían ahora. En el momento en que reclamó la ayuda navarra, entró a jugar el gesto de D. Carlos de haber jurado los fueros, y los navarros se decantaron por ponerse enfrente. El viejo general fue finalmente sustituido tras los incidentes de Lecaroz, donde hizo fusilar a uno de cada cinco varones.

A Zumalacarregui, sin embargo, le preocupaba una cosa. Con diferencia, de todos los territorios históricos, aquél donde los fueristas tenían más fuerza, más posibilidades, era Vizcaya. Pero el líder militar bizcaitarra, Zabala, se contentaba con hacer guerra de guerrillas. En octubre de 1834, Zumalacarregui consiguió la destitución de Zabala y la colocación en su lugar del navarro Eraso. Con el riñón cubierto, pues, el general baja a las tierras alavesas y, en Alegría, consigue una humillante victoria contra las tropas isabelinas. La batalla de Alegría es importantísima. Es la primera vez que los vascos no ganan a base de dar por culo desde los bosques y las colinas, sino en una llanura, cargando y acometiendo con la bayoneta. Peleando como un ejército mayor de edad, que es lo que para entonces había hecho Zumalacarregui de ellos. La represión carlista fue brutal, inhumana. Querían tomar Vitoria. Aún así, no lo consiguieron.

A principios de 1835 los isabelinos, a la deriva, declaran el estado de sitio. Si había alguna esperanza entre los vascos liberales de que podrían conseguir una solución pactada al conflicto, se disolvió ese día. Pero ni el estado de sitio puede esconder el hecho de que, para entonces, los vascos mandan en los campos de Vasconia, hasta el punto de que las tropas carlistas, en marzo de aquel año, atacan un edificio utilizado como silo de harina, que está a apenas 200 metros de las puertas del mismo Bilbao. Este hecho coloca la situación en la capital vizcaína en muy mal tono. El gobernador militar no hizo nada por ayudar a la dotación del almacén mientras los carlistas entraban, los mataban a todos e incendiaban el edificio. Los bilbainos, pues, vieron morir en directo a sus vecinos sin que nadie les ayudase y, para colmo, se quedaron sin pan. Las gentes comenzaron a volverse contra los militares.

Algunas semanas después, Gernika es atacada por Iriarte, que ha ido allí hostigado por los carlistas. Pero éstos le engañan, porque no se han ido de la ciudad y le reciben desde las casas a tiros. Cuando Iriarte quiere volver grupas, se encuentra con tropas guipuzcoanas que rodean la ciudad y le cortan el paso. Los isabelinos registran enormes pérdidas. Y hay otra cosa importante, importantísima: la participación, fuera de Guipúzcoa, de tropas donostiarras. Eso se debe al genio militar de Zumalacarregui, que era euskaldún como el que más, pero al mismo tiempo tenía claro, con preclara conciencia militar, que en la guerra hay que dejarse de chorradas diferenciadoras, porque en la guerra no hay más diferencia que la que nos separa del enemigo. Cien años más tarde, en Santoña, cuando los gudaris vascos se rindan tras haber perdido el País Vasco a manos de Franco, no habrá ya ningún Zumalacarregui entre ellos.

A socorrer a Iriarte acabó yendo Espartero, que logró salvar a algunas compañías que se habían refugiado, con el culo contra la pared, en un convento. Aquella acción de Espartero de Gernika fue el origen de su decisión más jodida. Porque hemos de saber que Espartero es un personaje histórico con muy buena imagen en España. Era liberal, lo cual place a los ojos de los progresistas. Y más les place aún el hecho de que, habiendo empezado de soldado raso, terminase sus días recibiendo incluso una oferta para ceñir la corona de España. Nunca nadie en la Historia de España ha llegado tan alto desde tan abajo. Sin embargo, los vascos odian a Espartero. Y, la verdad, no cabe culparles de ello. Espartero hizo lo único que no se le puede hacer a los vascos: quemar Gernika. Un vasco que se precie de serlo, pues, odia a Espartero por la misma razón por la que odia a Franco. Exactamente la misma. Franco provocó más muertes, claro está. Pero, vascamente hablando, probablemente el crimen esparteril es peor, porque la intención del general fue borrar Gernika, su casa de juntas y el árbol, para siempre (aún hoy, por cierto, resulta inexplicable que no lo consiguiera). Y, una vez terminada su labor, colocó un cartel que decía: «Aquí fue Guernica». Creo que sus intenciones eran bien evidentes. En las reacciones, muchísimas, contrarias al movidón, comienzan a leerse los actualmente comunes argumentos referidos al imperialismo castellano.

Y aquí, entre las ruinas humeantes de la ciudad sagrada de los vascos, dejamos el relato por hoy.