viernes, julio 03, 2009

Razones para no tener un ministerio de Cultura

Hay muchas razones para no tener un ministerio de Cultura.

La principal de ellas es que, casi siempre que el Estado ha decidido tomar las riendas de la cultura, ha terminado por querer decidir lo que es cultura y lo que no lo es. Esto es algo que ha existido siempre en la Historia y se llama academicismo: un grupo de notables de la cultura, normalmente apegados a estilos bien conocidos que son los que ellos practican, pretenden convencer al mundo de que esa forma de hacer música, o de hacer poesía, o de diseñar edificios, es la única forma válida; es la única forma que merece llamarse cultura. En buena parte, el avance de la cultura, el avance del arte, los cambios de época y de estilos, se deben a la acción de artistas no academicistas.

El apoyo público a la cultura es, en todo caso, ligeramente diferente. En teoría, busca únicamente garantizar que las personas que se dedican a la creación cultural puedan seguir creando y viviendo de ello y, consecuentemente, producirán más y mejor. Pero, en realidad, el apoyo estatal a la cultura deriva en una forma de academicismo; una forma, además, no pocas veces mucho más férrea, mucho más dicriminatoria, que el academicismo en sí.

Los amantes de los ministerios de cultura y de las normas protectoras de la cultura deberían fijarse en el pequeño detalle de hasta qué punto las dictaduras adoran este tipo de cosas. La mayor parte de las dictaduras crearon su arte; por ejemplo, la arquitectura de la Alemania nazi, en la cual Hitler creía hasta tal punto que, en un paroxismo cultural, había momentos en que se mostraba feliz por la destrucción de Berlín porque así, decía, su querido Albert Speer podría reconstruirlo desde cero cuando ganasen (al parecer, la paranoia no le daba para darse cuenta de que la destrucción de Berlín era un síntoma bastante claro de que iba a perder la guerra). Por su parte, ese otro gran factótum de la creatividad política del siglo XX, el amigo Vladimiro Lenin, impulsó, en compañía de otros, eso que hoy se conoce como realismo socialista, y que se parece como una castaña verde a otra castaña verde a la retórica icónica de los altorrelieves de mineros y productores que fueron tan comunes en la iconografía franquista.

Franco, por cierto, fue un gran protector de la cultura española una, grande y libre. Suya es la decisión indirecta de crear en España una gran industria de doblaje, decisión que ha sido notablemente beneficiosa para el sector español del cine, pues se ha convertido en un fielato por el que tiene que pasar, sí o sí, quien quiera triunfar en nuestras salas, se llame Coppola, Bergman o Smith; pero que, eso sí, nos ha colocado, me temo que para siempre, en la cola de la diglosía mundial (de bilingüismo ya ni hablamos), tan necesaria en el curro y tal. Alguna horrorizada mente lectora quizá este pensando: pero es que Franco creó un Consejo Supremo de Cinematografía que decía qué películas españolas merecían ser exportadas y cuáles no; o sea, cuáles eran franquistas y cuáles, no. Y su horror tendrá razón. Sin duda, el objetivo de Franco con su política cultural era controlar la cultura, y predicar eso de un régimen democrático es exagerado. Pero es que hay cosas que el actor público hace queriendo y otras sin querer. Las dictaduras controlan la cultura queriendo; las democracias sin querer. Pero ambas la controlan, porque ambas tienen siempre un concepto de lo que es de lo que no es, de lo que merece y lo que no lo merece, y lo aplican a la hora de decir: tú sí, tú no.

Las dictaduras, además, al igual que eso que llamamos el Antiguo Régimen, siempre han tenido propensión a poseer capillas de corifeos disfrazando su adhesión inquebrantable en conjuntos de hexámeros, armonías varias o películas de eso que, en un arlarde de ironía, se llama «cine independiente» (creo que era Valle Inclán quien dijo que un independiente es alguien pendiente de otro pendiente). Lo que ha cambiado entre Séneca recitándole sus henchidas alabanzas a Nerón y el productor que solicita subvención para esa película que (sólo por casualidad) trata la temática adecuada es, tan sólo, la tecnología, y las formas. Ahora hay un parlamento que vota esas cosas. Un parlamento en el que nadie con la más mínima posibilidad de gobernar algún día, votará en contra de que se subvencione a una cultura más o menos oficial. Porque, ya lo he dicho antes, un gobernante que renuncie a disponer de ésa su cultura oficial es como Yndurain renunciando a que su bicicleta tenga pedales.

Que yo sepa, además, no existe ni un solo estudio o análisis que demuestre con claridad meridiana que la subvención a la cultura mejora la cultura. Es más: cabe pensar incluso lo contrario. En un entorno en el que veintisiete pueden vivir de escribir poemas, habrá cinco que escribirán obras maestras, diez poetas aseados y doce juntaletras. Si ese entorno se cambia y ya son sólo cinco los que pueden vivir de ser poetas, ¿cuáles sobrevivirán como tales?

De hecho, en la Historia hay un montón de ejemplos de personajes hoy desconocidos que fueron la pera limonera en su tiempo, encandilaron a mangraves, a condes, a duques y, en los últimos tiempos, a subsecretarios, pero que no soportan la prueba del algodón del tiempo.

La siguiente razón es que el creador cultural subvencionado deja de ser un creador para convertirse en un productor industrial. Ya no importa decir cosas; lo que importa es decir algo, por lo menos, una vez al mes, para cobrar. Ejemplos hay, y estoy pensando en Bach o en Mozart, que estaban tan sobrados que eran capaces de jugar a eso y aún así poner una muesca en la Historia cada vez que tosían. Pero, en lo general, esto, a lo que lleva, es a la producción por la producción. En ese momento, el apoyo a la cultura deja de ser eso para pasar a ser, de forma ya descarada, lo que realmente es hoy en día: una medida de protección industrial. Porque del libro, del cine y del teatro, no viven sólo los escritores, los actores y los directores. De hecho, éstos son sólo una minoría en términos de cash flow. La cultura da de comer a un montón de gente que no crea cultura ni cantando en la ducha, porque es una industria, y como tal los gestores públicos la defienden.

Una prueba de esto que digo de que cuando subvencionas la cultura, ésta se convierte en un simple crear por crear, es esta medida tan curiosa de que en España, por montar un negocio privado para el cual necesitas una concesión pública (o sea, tener una televisión que usa una determinada frecuencia que es de todos), tengas que subvencionar al cine. Que yo sepa, las gasolineras también se montan partiendo de una concesión pública; ¿por qué, entonces, no subvencionan políticas de seguridad vial? Y las líneas aéreas, que al fin y al cabo suben y bajan gracias a la posesión de otro bien público que es el derecho de utilización del espacio aéreo y las facilidades de un aeropuerto, ¿por qué no subvencionan a la industria de fabricación de bandurrias?

Lo más interesante es en qué ha quedado esto. Porque el subvencionador no es tonto. Quizá, el día que le sacaron la ley de marras, le encerraron en un despacho y le dijeron que procurase utilizar los duros en fomentar la cultura del cine, la expresión de los valores de la igualdad, la solidaridad, la blablabla. Pero el subvencionador, ya que se que va a gastar los duros, busca algo fundamental en economía: retorno. Y, en la búsqueda de un retorno, lo que hace es subvencionar cosas que cree que le van a dar pasta; menos, la misma o más que la que puso, eso ya lo veremos.

Fruto de este fenómeno, que tiene tanta lógica desde el punto de vista económico que hay que ser tonto de la mata de habas, con seis balcones a la calle y doce trienios de antigüedad, para no preverlo, son hechos como el que hoy tenemos en los cines españoles: un negocio privado de televisión ha producido una película llamada Pagafantas. No la he visto, pero me han contado los que saben de esto que tiene una profundidad de mensaje, una arrolladora capacidad narrativa, y hace uso de unos recursos estéticos tan novedosos, que ya hay quien piensa que, en los libros de Arte del futuro, habrá un capítulo que se titulará: La revolución estética del siglo XXI, antes y después de Pagafantas.

Aquí tenemos la perversión de la política cultural subvencionada. Siempre ha habido y siempre habrá, porque tiene que haberlos, productos para el puro ocio. Pero los productos para el puro ocio, también por definición, deben sostenerse solos, porque sólo tienen un juez, que se llama público. Lo que se crea para entretener tiene que ser entretenido, no rentable. O mejor dicho: sólo debería ser rentable si fuese entretenido. La subvención crea un ruido en este sistema, un ruido por el cual quien no es suficientemente entretenido puede llegar ser rentable. Y como es más fácil hacer coñazos que cosas entretenidas, la subvención, para lo que sirve al fin y a la postre, es para denigrar la calidad de los productos que fomenta.

Pero es que hay más; porque eso de colocar alrededor de un determinado sector industrial un corralito protector tiene poco pase. Pensemos en un tipo que tricota jerseys y que está viendo que los chinos tienen talleres que cosen prendas veinte veces más deprisa que él y además cobrando una patada en los cojones y un vaso de agua. A ese tipo le decimos que se tiene que bien joder en aras de la libertad de mercado; pero, con las mismas, vamos y decimos que la industria del cine, del teatro o de la edición patria han de ser conservadas como quien conserva un trilobites en una vitrina.

¿Por qué? O sea: ¿por qué tiene que haber un ministerio de Cultura, y no tiene que haber un ministerio de Jerseys? El personal que se abriga cuando hace frío es mucho más numeroso que el personal que se interesa por la última peli de Sandrina Petixtet. Puestos a sumar voluntades, ganan los primeros. Y entonces se dice: es que un país sin cultura, ni es país, ni es nada.

Aquí está la madre del cordero de la tautología. Porque todo este montaje mental parte de la base de que aceptemos, como un axioma euclidiano, que la cultura sobrevive gracias al apoyo que recibe.

Volvamos a Franco. Como he dicho Franco, como todo dictador que busca multitudes agolpadas bajo su balcón, tuvo su cultura oficial y la apoyó de muchas y diversas maneras. ¿Coincide lo que hoy conocemos como cultura española del siglo XX con la que Franco apoyó/impulsó? ¿Qué día de la semana exactamente iban Carlos Barral, o Ángel González, o Miguel Delibes, a cobrar su cheque al palacio de El Pardo? ¿Descubriremos ahora que Franco aprendió a escondidas a tocar la guitarra para poder disfrutar en soledad las canciones de Paco Ibáñez, de Luis Pastor, de Hilario Camacho? ¿Alguien se lo imagina amenizando los consejos de ministros silbando aquello de segur que tomba/tomba, tomba? Esto nos lleva a una pregunta muy interesante, tan interesante que no tiene respuestas o, si se prefiere, tiene tantas como lectores la lean: ¿cuántos y cuáles de los actuales escritores, músicos o directores de cine serán colocados, en las enciclopedias del siglo XXX, en el frontispicio del capítulo que se titule La cultura española a principios del siglo XXI? Y, ¿en cuántos casos el mérito será del funcionario que los subvencionó?


La cultura es pobre. Pero tiene la ventaja de que es experta en buscarse la vida. ¿Es deseable que no sea pobre de solemnidad? En la misma medida que lo es que un camarero cobre un sueldo razonable para poder pagarse la vida después de trabajar diez horas seguidas de pie. No hay razón para que el Estado decida que un escritor debe ganar más que un camarero. Eso lo deciden los que leen libros y toman cafés.

Otra característica de la cultura es que no mejora por acumulación; esto es: que haya más personas cultivándola no garantiza que sea mejor. Una sinfonía no suena necesariamente mejor porque la interprete una superorquesta de mil músicos. Más áun: en realidad, construir ese filarmónico monstruo no sirve para otra cosa que para multiplicar la probabilidad de que alguien desafine, y la cague.

Por esto mismo, quien inventa ministerios de Cultura, quien inventa politiquitas de apoyo, se acaba condenando a que el común de los mortales lo que vea sea un montón de cagadas.

6 comentarios:

  1. Anónimo12:12 p.m.

    No confundamos criticar la política cultural con la existencia del ministerio. Alguien tiene que custodiar y mantener museos, bibliotecas, yacimientos arqueológicos... aunque también pueden tener los mismos problemas: en función de los intereses de la época montaré una exposición de tal o cual autor (por ejemplo, un pelota del régimen vigente) ppero ya no discute lo que se ha incorporado a los manuales:proteger una iglesia románica, un grabado aborigen canario prehispano(CorsarioHierro)

    ResponderEliminar
  2. El problema, además, es que confundimos cultura con arte y arte con comercio. Cultura es todo lo que una sociedad hace, desde un cuadro de Picasso hasta las VPO, desde el estadio de cualquier club de fútbol hasta la forma de disponer de los residuos.

    Por otra parte, los artistas buscan expresar su realidad (recordemos que Lo Real es objetivo y que la realidad es subjetiva) a través de sus creaciones sea como sea, lo vemos día a día en sitios como youtube donde con una cámara digital y unos pocos pesos un grupo de amigos hacen genialidades más enriquecedoras, culturalmente hablando, que la última de Almodóvar, y lo hacen aunque no ganen un puto dólar.

    ¿Qué es, entonces, lo que garantiza el enriquecimiento cultural de un pueblo?

    Facilitar el acceso a medios de comunicación masivos, como Internet, dar libre acceso a la cultura ya que la cultura se nutre de sí misma y más aún la parte de la cultura que llamamos arte, mejorar la educación, invertir en educación, enseñar materias humanísticas durante el proceso educativo. Alentar la disensión, la discusión, la participación del pueblo en los procesos propios de la administración estatal cuyo cercamiento solo protege a los burócratas. Eso fomenta la cultura.

    ¿Subvencionar? Subvencionar solo la compra, y muchas veces a medida.

    ResponderEliminar
  3. Anonimo,

    Es muy distinto gestionar los museos y yacimientos arqueologicos (que deberían recaer sobre turismo) o las bibliotecas (excepto la nacional creo que todas están gestionadas por los ayuntamientos), que subvencionar la producción cultural.

    Dado que nadie puede conocer el fúturo, dudo que desde el ministerio hagan cada mañana una llamada a Rappel, no podemos saber que cultura es la que pasará a la historia. Por tanto, el único modo de asegurar que parte de lo que estamos subvencionando es una "obra de arte" es subvencionarlo todo, algo estupido de hacer. Lo único que logra el Ministerio de Cultura o las areas de promoción de cultura de los ayuntamientos y similares es ayudar al amigo del responsable con nuestro dinero. Ni siquiera creo que las subvenciones les sirvan al regimen para promocionar sus valores, dado que la inmensa mayoría de la gente pasa de la producción subvencionada.

    ResponderEliminar
  4. Anónimo8:31 p.m.

    Ninguna mención, veo, al hecho de que sean subvencionadas muchas otras empresas privadas (como las energéticas, ahora tan de moda) que se supone no sólo que son privadas, sino que además generan pingües beneficios a sus accionistas.

    Choca un poco lo del "academicismo" y la "cultura oficial" de los primeros párrafos, con "Pagafantas", que no encaja a primera vista ni con lo uno ni con lo otro.

    ResponderEliminar
  5. Strelnikov2:20 p.m.

    "Las dictaduras controlan la cultura queriendo; las democracias sin querer"

    No he podido evitar una sonrisa y un arqueo de cejas en cuanto he leído esta frase, especialmente la segunda parte.

    Las democracias, no sé, pero los sinvergüenzas sectarios que a menudo gobiernan en esas democracias... No te quepa la menor duda de que su intención es controlar la cultura. Otra cosa es que lo consigan...

    Por otro lado, el intento de control de la cultura a través del poder político y el manejo del presupuesto no es privativo del Ministerio de Cultura, ni mucho menos. En España, cada comunidad autónoma y cada ayuntamiento tiene su propia política cultural.

    En cuanto a las subvenciones, solo diré que me recuerdan mucho al título de un libro de Woody Allen: Cómo acabar de una vez por todas con la cultura.

    No las desapruebo únicamente por razones utilitaristas, sino que lo hago fundamentalmente por una cuestión de principios, porque es un fenómeno de parasitismo.

    Debería haber más mecenazgo, becas de instituciones privadas, y cosas por el estilo.

    Un cordial saludo.

    ResponderEliminar
  6. Siempre presentan post interesantes.

    ResponderEliminar