jueves, junio 25, 2009

Mussolini (3)

Este blog se tomará un descanso, probablemente hasta el 8 de julio. Seguiré conectándome a ratos, pero mi existencia de ocio va a estar alejada de Internet por unos días. Me las arreglaré, no obstante, para moderar comentarios, así pues escribid sin recato. Tampoco descarto asomarme algún día con algún comentario corto.

Mientras tanto, os dejo con la siguiente toma de la historia del fascismo italiano.


En 1919, el fascismo quedó como el culo en las elecciones italianas. Pero en 1920 se le presentó ya la primera oportundidad para empezar a cambiar eso. La posguerra golpeó el país en forma de crisis económica de una forma extremadamente cruel, lo cual llevó a las masas obreras a radicalizar sus movidas, generando un miedo al bolchevismo que fue el caldo en el que se cocinó, poco a poco, el fascismo italiano. Un proceso que Mussolini llevó, justo es reconocerlo, con notables dosis de habilidad, pues conocía bien los resortes del PSI, en el que no había sido precisamente un cualquiera , y por lo tanto sabía bien de su capacidad de disensión interna, por la cual, entre otras cosas, los socialistas acabarían demostrándose incapaces de sacar verdadera rentabilidad al filón de votos obtenidos en las urnas.

En junio de 1920, en medio de una crisis de la hueva, cae el gobierno Nitti y es sustituido por Giovanni Giolitti. El nuevo primer ministro busca inmediatamente la colaboración de los socialistas, pero éstos tienen en su seno a muy amplias bases y dirigentes que ya sólo creen en la toma del poder obrero y rechazan la idea de colaborar con las fuerzas burguesas, así pues Giolitti queda abocado a gobernar solo. Una prueba incomensurable de miopía política por parte de la izquierda, puesto que un gobernante en minoría, si su pierna izquierda se niega a transportarlo, andará, si es necesario, a la pata coja, dándole todo su apoyo a su otra pierna. La derecha.
Al amparo del comprensivo Giolitti, los fasci di comattimento comienzan su lúgubre historia de expediciones de castigo en la que incluso son apaleados diputados de la nación.

En agosto, la negociación colectiva se rompe. La respuesta de los sindicatos obreristas es reclamar la ocupación de fábricas. Hasta 600.000 obreros ocupan sus centros de trabajo, en un movimiento claro de corte revolucionario, a la vez que reivindicativo. Ciertamente, la situación se normalizará en octubre, pero el debate interno dentro de la izquierda entre los que se tomaron la ocupación como un acto reivindicativo y los que lo consideraban un acto revolucionario forzará, en el congreso de Livorno de enero de 1921, la escisión en el seno del PSI que creará el Partido Comunista Italiano, llamado a ser, probablemente, el comunismo más poderoso de Europa occidental. En los oídos de Mussolini suenan músicas celestiales.

Músicas en duetto. Porque en los finales de 1920 no es una, sino que son dos las grandes noticias que recibe el líder del fascismo italiano. La otra gran noticia es la decisión del gobierno de acabar con la chorrada de Fiume. El 12 de noviembre de aquel año, en virtud del Tratado de Rapallo, Fiume es declarada por las potencias ciudad libre. El día de Nochebuena, el ejército italiano sitia la ciudad para echar de allí al folklórico D'Annunzio. Nada más producirse los primeros disparos desde un navío de guerra, la ciudad se rinde. El otrora carismático competidor de Mussolini se retira de la escena.

El año 1921 es el de la actividad frenética de las escuadras fascistas, que ocupan centros públicos, cortan barbas, intoxican a sus enemigos con aceite de ricino para que se caguen encima (práctica importada a España por los jonsistas y adoptada en Falange por José Antonio Primo de Rivera) y, en varios miles de ocasiones, se los apiolan. Italia asiste a ese espectáculo mirando hacia otro lado. Nadie, en realidad, intenta pararlos. Prefieren a los camisas negras haciendo el cabra que la sovietización del país.

El 15 de mayo hay elecciones. En una muestra más de debilidad y miopía, los partidos conservadores democráticos aceptan fascistas en sus listas. 35 correligionarios de Mussolini, entre ellos él mismo, entran en el Parlamento.

En lo siguientes meses, Mussolini hace uso de toda su capacidad camaleónica. Después de los sucesos de Viterbo (ocupada por los fasci), de Treviso (donde destruyen dos periódicos) y de Roccadastra (trece muertos, que se dice pronto), el líder fascista firma un pacto de paz con los socialistas. Este aparente viaje a la moderación le causa a Mussolini la oposición de los muchos miembros de su formación de corte radical y violento, pero el Duce sabe llevarlos con mano izquierda hasta noviembre, cuando funda el Partido Nacional Fascista, tras lo cual se apresta a denunciar el pacto que él mismo firmó, y se quita definitivamente la careta: «Los fascistas sustituiremos al Estado cada vez que éste se revele incapaz de combatir las causas y los elementos de la desintegración interior». El gobierno Bonomi trata de reaccionar, pero los fascistas amenazan con airear el pasado fascista de miembros de la Administración (entre ellos, él mismo).

Mussolini crea su ejército. Un ejército a la romana, con legiones y cohortes, y con elementos que serán en buena medida copiados por el fascismo español. Así, entre los adolescentes nacen los balilla y los piccole italiane, los avanguardisti y los giovanni italiane; categorías que sirven para encuadrar a los niños desde los ocho hasta los dieciocho años.

En 1922, los brotes verdes se van a la mierda. Quiebra la Banca di Sconto, que arrastra en su caída a dos consorcios industriales, Ansaldo e Ilva. En febrero cae el gobierno Bonomi. Los fascistas vetan cualquier solución contraria a ellos. Se elige primer ministro a Luigi Facta, un hombre enormemente contemporizador con la violencia de los camisas negras. Las izquierdas se juegan el órdago a grande: huelga general el 31 de julio. Llevan cuatro reyes y son mano, así pues están convencidos de ganarlo.

Pero los fascistas sacan la porra y les dan de hostias hasta que sueltan las cartas.

Las clases medias italianas aplauden con las orejas. Por fin, está claro que hay un italiano que está dispuesto a hacer lo que sea para parar el avance bolchevique. Todo está agraz para lo que tiene que venir.

Pocas semanas después, llegará la marcha sobre Roma.