miércoles, marzo 25, 2009

Fútbol (y 4)

España se consagró como un miembro más del variopinto universo futbolístico europeo en 1964, cuando se hizo perdonar la espantá de Moscú en 1960 y consiguió ser sede de la Eurocopa. La roja ya ha hecho el relevo generacional de sus primeros jugadores eternos (Basora, Kubala, Gainza, Pahíno, o Zarra, que hay quien dice que es el Manolete del fútbol español, es decir una estrella no superada por nadie) y presenta en su once algunos jóvenes valores que inscribirán sus nombres en el imaginario colectivo con letras de oro: el gallego Amancio Amaro, el navarro Zoco, el rojiblanco Isacio Calleja, el sobrio defensa culé Fusté, Marcelino, el Chopo José Ángel Iríbar (que años después se destacaría como batasunero de pro) y el otro genio galaico, Luis Suárez, uno de los primeros españoles que triunfó en una liga entonces tan exigente como el scudetto italiano.

La suerte, el esfuerzo y el factor campo quieren que España haga un campeonato de ídem y gane en las semifinales a Hungría. Por lo tanto, llegamos a la final, donde nos espera Rusia.

El Madrid de 1964 se hace lenguas con cuál será la actitud de Franco. Para el Caudillo, acudir a la final no es trago de gusto; supone, de por sí, tener que escuchar reverentemente el muy bello himno soviético, y ver alzarse delante de sus barbas la bandera roja con la hoz, el martillo y toda la pesca. Pero había un escenario peor y, además, altamente probable: que Rusia ganase. ¿Franco, entregando la copa a unos comunistas? ¡Eso habría que verlo!

Fue, al parecer, don José Solís Ruíz, más conocido como La sonrisa del régimen, un político falangista que con los años se haría famoso por decir imbecilidades como aquélla de «menos latín y más deporte» (y así nos va en los informes PISA); fue él, digo, quien convenció a Franco de que acudiese a la final. Una vez que lo consiguió, se fue escopetado a ver a Benito Pico, presidente de la FEF, al que sugirió que no estaría mal que los hombres del comandante Villalonga (el entrenador nacional tenía galones) se partiesen los huevos con tal de ganar. Algunos rumores señalan que incluso hubo jerifaltes de la Federación, falangistas puros y duros, que pensaron echarle en la comida a los rusos algún tipo de tranquilizante para que jugasen un poco drogados.

España salió muy motivada al campo. Aunque sólo sea por la espontánea demostración de adhesión patria que realizaron los 120.000 espectadores que abarrotaban el Bernabéu, coreando al unísono el apellido de su Caudillo. Marcamos en el minuto seis. Pero tres minutos después Jusainov aprovechó un mal despeje para equilibrar las cosas. El partido se consume en dominios alternos pero sin realización. Hasta que, en el minuto 84, Pereda corre la banda derecha casi hasta el final, centra hacia el punto de penalty y allí Marcelino, de soberbio cabezazo, coloca la pelota donde la Araña Negra, el portero Yashin, no puede alcanzarla.

Para hacerse una idea del ambiente que generó aquella victoria, que hemos tenido que esperar hasta el 2008 para ver repetida, he aquí el texto de cómo la saludó el ABC: «Al cabo de 25 años de paz, detrás de cada aplauso sonaba un auténtico y elocuente respaldo al espíritu del 18 de julio. En este cuarto de siglo, diríase que nunca había rayado más alta la intencionada y entusiasta adhesión popular al Estado nacido de la victoria sobre el comunismo y sus compañeros de dentro y de fuera».

Y dos huevos duros.

Otra anécdota jugosa de aquellos años de franco-madridismo, anécdota muy querida de los culés entendidos en Historia, se produce en la final de la copa de 1968, en la que el Barça le ganó al Madrid por 1-0. El partido fue una batalla campal. El árbitro, señor Rigo, se comió con patatas un penalty cometido por el defensa blaugrana Torres sobre Serena, lo que originó una auténtica cascada de botellas sobre el campo, una de las cuales impactó en la cabeza de un jugador barcelonista y otra estuvo a punto de alcanzar al árbitro. Y eso que Franco estaba en la tribuna.

Finalizado el partido, la mujer del ministro Camilo Alonso Vega, hombre de la máxima confianza de Franco y al que tan sólo estar más cascado que él le impidió sucederle, se acerca en el palco a Santiago Bernabéu y le dice: «¡Santiago, qué desgracia, hemos perdido!». El general Alonso Vega, que se da inmediata cuenta de lo impolítico de la exclamación delante de los directivos culés, le ordena: «¡Ramona, por Dios! ¡Felicita ahora mismo al presidente del Barcelona!»

La buena señora se acerca a Narcís de Carreras, presidente culé, y le dice: «¡Ah, claro que le felicito! Porque Barcelona también es España, ¿verdad?»

A esta boutade, más debida a la torpeza que a la mala intención, De Carreras responde con un sincerísimo, y más bien escaso de seny: «¡Senyora, no fotem!» (Señora, no jodamos)

Días después, Bernabéu echará gasolina en la hoguera con unas declaraciones a la prensa en la que asevera que «quiero y admiro a Cataluña, a pesar de los catalanes». Así eran las cosas entonces (¿entonces?)

Ahora bien, si un hecho hizo correr toneladas de tinta, a pesar de la censura, sobre el asunto de la relación entre madridismo y franquismo, ese algo fue el Barça-Madrid jugado en el Camp Nou el 6 de junio de 1970. Dentro de nada, pues, hará 39 añitos.

En el primer tiempo, Rexach aprovecha el rechazo de un córner y perfora la portería de Junquera. En el minuto 14 del segundo tiempo, Amancio centra sobre Velázquez, que se escapa hacia el área. A un mundo del área (no menos de dos metros), Rifé, uno de los defensas más inteligentes que han jugado en España, le hace una falta táctica. Velázquez, que es un pillo, comienza a dar trompicones y se las arregla para caer en el área. El árbitro Guruceta pita penalty. Y se monta la de Dios es Cristo y habla catalán en la intimidad. Guruceta expulsa a Eladio, lateral culé, porque directamente le llama sinvergüenza y madridista (y, por cierto, en el acto de expulsar a Eladio, y por accidente, le calza una hostia al madridista Grosso). Caen almohadillas a cientos. Amancio, claro, era como Gerd Müller: no fallaba un penalty ni recién operado de cataratas en ambos ojos. Gol. Uno a uno.

Minutos más tarde, Rifé cae dentro del área madridista. A Guruceta la acción le pilla observando las nubes de Magallanes. En todo el segundo tiempo, apenas hay momentos en los que dejan de caer almohadillas, hasta dar la impresión de que el catalán medio tiene cosa de seis o siete culos. En el minuto 85, a las almohadillas se han unido espontáneos que saltan al verde con la intención de saludar efusivamente al colegiado. El partido se suspende. Al entrenador del Madrid, Miguel Muñoz, le arrean un botellazo en todo el cabolo.

El aftermath del partido deja sentir que aquéllos eran otros tiempos. Agustí Montal, presidente del Barça, hace pública una nota en la que justifica la reacción del público; hoy que eso de la violencia en los campos se toma en serio, sería seguramente cesado por incitar a la violencia. El gerente del Real Madrid contesta afirmando que «estas cosas sólo ocurren en los pueblos», lo cual pone a los catalanes todavía más de canto. Bernabéu dice haber recibido hasta 300 amenazas de muerte.

El fútbol, como vemos, da para mucho. Cuesta saber si el fútbol es nosotros o nosotros somos fútbol. Pero es lo cierto que el deporte del balón tiene la virtud de no dejar a nadie indiferente.

En eso, no es por nada, se parece a Franco.