miércoles, abril 16, 2008

Juicio de la República (II)

¿Merecen los temas meramente opinativos un espacio en este blog que lo que quiere es contar historias? Yo creo que sí. Y me parece que con eso basta. Por ahí he leído que uno de los consejos que dan siempre los grandes bloggers es que cuando tienes un blog debes hacer en cada momento lo que te apetece. Y a mí me provoca escribir un poco más de esto, sobre todo después de los nueve comentarios que mis amables lectores han dejado al post anterior.

Debo confesar que este post desplaza una interesante serie de dos artículos que ya está preparada en la que Tiburcio nos cuenta las guerras púnicas. Sí, babead. Vosotros, que sois listos, sabéis que no hay nadie como un elefante para contarte las guerras púnicas, por razones obvias. No obstante, la actualidad manda y yo soy de las personas que piensan que cuando una tertulia se anima, mientras no salgan a relucir los bastones como le pasó a Valle-Inclán en aquélla en la que perdió la mano, lo que hay que hacer es animar la discusión.

Son varias las cosas que se me ocurren a la luz de lo que leo en los comentarios y en mi propio post.

En primer lugar, una pequeña defensa de las ucronías. A mí me parecen útiles. No por aquello para lo que la gente las suele usar, que es para fantasear sobre lo que hubiera pasado si, sino para entender lo que pasó. Pertenezco a esa escuela de pensamiento histórico (si es que existe) según la cual la Historia, en cada momento, tiene por lo menos dos o tres caminos distintos por los que discurrir, así pues los hechos, si bien no son mutables, pudieron serlo en su momento. Y estudiar por qué mutaron en un sentido concreto, o mejor dicho por qué no lo hicieron en otros, nos ayuda a entender nuestro pasado. Eso sí, quien utilice las ucronías para montarse un universo paralelo donde todo cuadra con su punto de vista se equivoca; pero no pasa nada, porque ese tipo de personas realizan esa manipulación diariamente, con todo.

Sobre el documental de La Sexta que no vi. Por lo que se ha contado en los comentarios que he leído, creo que se trató de un ejercicio elegante e intelectualmente fresco, pero con fallos. En 1938, Negrín no era Negrín. Negrín era el conglomerado de fuerzas que sostenía la guerra en el bando republicano. Así pues, plantear la dimisión de Negrín en 1938 es plantear un imposible. Como preguntarse qué hubiera pasado si Hitler hubiese dimitido y se hubiese ido a Berchstersgarten a plantar prímulas al día siguiente de declararle la guerra a la URSS, o si Stalin hubiese legado en vida la secretaría general del PCUS a Harry Truman.

Negrín no podía dimitir en 1938. Y la secuencia de hechos no es: Negrín dimite, ergo el PCE pierde poder, ergo franceses e ingleses ayudan a la República. Para que la primera, y sobre todo la segunda premisa, hubiesen sido ciertas, habría sido necesario que se produjese antes la tercera, no después. Y ahí es donde está la pescadilla que se muerde la cola y que, en mi opinión, explica (he aquí la utilidad de las ucronías) la parte de la no intervención que no fue el miedo a Hitler: si no ayudo a la República la influencia comunista será muy alta, pero la influencia comunista sólo será baja si ayudo a la República. Si hay algún lógico matemático en la sala que me ayude, pero me parece que esto se llamaba daraptí, o felapton, no sé. Hace siglos que estudié la lógica.

Lo de la presidencia de Prieto me lo tomo como una coña. Supongo que el estudio en el que se basa el documental de La Sexta tendría en cuenta pequeños detalles como que para nombrar a Prieto presidente del Gobierno de la República en 1938, antes sería necesario desarmar a las milicias comunistas y a las Brigadas Internacionales. Porque es mi convicción que los Modesto, Líster, Barceló, Galán y compañía, lejos de obedecer a un commander in chief como Prieto, harían lo que hicieron con Casado, esto es, volver los cañones hacia retaguardia. Entre otras cosas porque, después del discurso de Prieto que le valió ser cesado como ministro de la Guerra (y que está básicamente descrito en Guerra y vicisitudes de los españoles, es decir las memorias de Julián Zugazagoitia), yo tengo claro que don Indalecio sólo hubiera aceptado la jefatura del gobierno en 1938 para una cosa: negociar la paz, o sea, emitir en la misma longitud de onda de Azaña (mira que me parece que este tipo está sobrevalorado por la Historia; pero, no obstante, para mí su famoso discurso de las tres pes, Paz, Piedad, Perdón, es una de las mejores piezas de oratoria que he leído nunca).

Otra cosa que no sé si el documental valora correctamente es a Franco. Si los autores del documental se molestan en leer las memorias de Carlton Hayes, que fue embajador de Estados Unidos en la España de Franco después de la guerra, observarán que la cosa no es tan fácil. Uno de los mensajes claros que Londres-Washington le mandó a Franco a principios de los cuarenta es que si, en el momento en que comenzase la ofensiva aliada en el norte de África, España era beligerante (a favor del Eje, se entiende), entonces Franco debería atenerse a las consecuencias. Consecuencias como que las Canarias serían invadidas, quizá, para no volver a ser nunca españolas (o sea, parecido a lo que hay ahora, sólo que ya sin versión española en las cartas de los restaurantes). Nada nos hace pensar que esas amenazas no se reproducirían en un entorno como el que describe el documental y nada nos hace pensar que la reacción de Franco fuese a ser otra que la que fue, es decir contemporizar. Quiero con ello decir que, en un entorno como el que parece que describía el citado documental, Franco también se movería o, dicho de otra forma, también le pondría las cosas difíciles a los británicos (los franceses son otra historia) para ponerse decididamente del lado de la República.

Otra cosa que me gustaría comentar es el asunto de las derechas. No estoy de acuerdo con lo que dices, Diego (espero que no te moleste que te tutee). Hay derechas y derechas. En la Historia de España hay ejemplos de derecha creativa y capaz para las reformas. El ejemplo más claro es Cánovas. Ideológicamente hablando, Cánovas es lo que hoy llamaríamos un personaje ultraconservador. Sin embargo, era consciente de una cosa. Él sabía que en un entorno de poder turnante con un liberalismo más abierto, la tendencia en el largo plazo sería reformista, dado que los conservadores, durante sus etapas de poder, difícilmente podrían dar marcha atrás en las reformas abordadas por los liberales durante sus tiempos de gobierno. Piénsalo de un ejemplo actual. La derecha volverá a gobernar en España, qué duda cabe. Pero dudo mucho que, el día que lo haga, ilegalice el matrimonio homosexual. Lo más probable es que, suponiendo que quiera, no pueda.

Luego hay una derecha ultramontana. Derecha muro, como también hay izquierda muro, porque igual que uno se puede encastillar en sus privilegios, también se puede encastillar en principios teóricos insostenibles en la práctica; encastillarse, de hecho, es una de las cosas que mejor se le da al ser humano. La derecha muro niega todas las reformas, las combate una a una y defiende la posibilidad de los pasos atrás. Además, la derecha económica española de 1931 no puede decir que las reformas fuesen radicales en su contra. De hecho, el gran problema de la República fue la tibieza de la reforma agraria, precisamente para no cabrearlos. Calvo Sotelo, Goicoechea, Romanones, Martínez de Velasco, Lamamié de Clairac, Primo de Rivera, Gil-Robles, Lerroux, Samper; todos los nombres de la derecha republicana vienen a representar, de una manera o de otra, ese punto de vista cerril que, en eso sí te daré la razón si me la pides, el rosario de huelgas revolucionarias hizo más cerril aún.

En mi opinión, el único personaje de la derecha republicana realmente válido es un pobre señor sin apoyos políticos, al que le tocó una importante vela en este entierro y que, en mi opinión, lo hizo lo mejor que supo. Me refiero a Chapaprieta, señor que, obviamente, está olvidado por los historiadores en su completitud.

Por último, sobre si esto es equidistancia o políticamente incorrecto, la verdad es que no he pensado mucho en ello. En mi biblioteca hay un par de cientos de libros específicos sobre la II República y la guerra civil, amén de fascículos que se han ido publicando en los últimos cuarenta años, primeras ediciones, etc. Incluso tengo un libro de artículos de Prieto firmado por él mismo que encontré por casualidad un día en la caja de un ropavejero. Los he leído todos; la mayoría, salvo los muy valiosos, los tengo subrayados. Creo sinceramente que la lectura compulsiva de testimonios sobre la época acaba conduciendo a eso que se llama equidistancia, siempre y cuando sepas elegir todos los tonos de la tesitura.

La Guerra Civil Española es una oportunidad para el investigador como hay muy pocas. Uno puede leer, por ejemplo, la hagiografía que sobre José Antonio Primo de Rivera escribió Felipe Ximénez de Sandoval, y también puede leer las memorias de Dolores Ibárruri. Uno puede leer los libros de Ramón Salas Larrazábal o los de Hidalgo de Cisneros. Si se lee mucho, uno acaba dándose cuenta de que hay un importante volumen de fuentes intermedias, los historiadores, que, pese a colocar potentes bibliografías al final de sus libros, en realidad juegan a beber sólo de un pequeñísimo ramillete de fuentes, que son las que les interesan. La bibliografía es tanta y tan amplia que es relativamente fácil centrarse en un tipo de testimonios (los que dicen que Prieto era cojonudo, o que Franco era una bellísima persona; los que demuestran que la República perdió la guerra por la ayuda alemana y los que demuestran que la URSS le enviaba material averiado) sin que se note mucho. Pero tenemos algo que en otros periodos históricos falta, que son los testimonios directos. A cientos. De hecho, mi amargura es pensar que antes de haber podido leerlos todos me habré quedado, como poco, ciego.

¿Equidistancia? No sé. Yo creo que es, simplemente, el poso que dejan la mayoría de los testimonios. De falangistas y de anarquistas. De socialistas, de agrarios, de católicos, de comunistas. De ministros y de milicianos. De soldados y de cocineros. Cada uno cuenta su milonga a su manera.

Pero al final, en la mayoría de los casos, lo que queda es una melodía que es siempre la misma. La melodía canta la pregunta: ¿qué cojones salió mal para que la cagásemos de esa manera?

Ésa es una pregunta muy difícil de contestar desde el sectarismo.