lunes, abril 14, 2008

Juicio de la República

Alguna que otra persona, la más visible Robert en el comentario que ha dejado escrito al último post sobre España y Gibraltar, me ha preguntado mi opinión sobre un documental que ayer por la noche pasó La Sexta que especulaba con la posibilidad de que el final de la Guerra Civil hubiera sido otro y, en general, defendía la idea de la II República. La verdad es que no vi el documental. Lo ví anunciado, pero debo confesar que este fin de semana me hice con una copia de Call of Duty 4, así pues tenía, por decirlo de forma notablemente irresponsable, cosas más importantes (para mí) que hacer. Es por eso que me he pensado mucho escribir estas notas, porque su teórico origen, al fin y al cabo, es un programa que yo no he visto.

Así pues, diré algunas cosas que opino sobre el juicio de la República y algo también sobre la politica-ficción relacionada con un final distinto para la GCE.




En primer lugar, creo que la II República, en el orden moral, no merece sino buenas apreciaciones. Los tiempos republicanos fueron los tiempos en los que España, finalmente, se apuntó al carro de una Europa comprometida con los valores democráticos, con el desarrollo social y con la interna solidaridad de los ciudadanos. Las valoraciones epidérmicas de la República suelen recordar cosas como que legalizó el divorcio (no sé qué puede la gente ver de moderno en el divorcio; los paisanos de Cayo Mario, de Sila y de Julio César se divorciaban sin problemas), pero yo prefiero fijarme en otras cosas: el intento (en gran parte fallido, ciertamente), por realizar una reforma agraria; es decir, en un país cuyo PIB dependía en no menos del 60% de la agricultura, modernizar la economía. La legislación de jurados mixtos, verdadera precursora de la negociación colectiva laboral. La apertura en las cátedras. El laicismo estatal. Todos esos movimientos fueron notablemente valiosos para España e hicieron que, de una vez, un país que parecía destinado a perder la carrera de la modernidad consiguiese al menos que sus principales competidores no le sacasen una o dos vueltas de ventaja.

A ello hay que unir que el 14 de abril de 1931, pese a que no estuvo exento de conflictos y disturbios en algunos puntos de España, fue toda una prueba de civismo. Fue, a mi modo de ver, la demostración de que la sociedad española había adquirido ya la conciencia de que la monarquía, incluso la constitucional, era un freno objetivo para el desarrollo sociointelectual del país, y que, simple y llanamente, querían probar otra cosa. A lo que hay que unir la clarividencia del propio Borbón el cual, a despecho de los temibles cantos de sirena de sus partidarios más ultramontanos, vio con claridad que tenía que salir de España echando leches, creo yo que sabiendo que nunca más volvería a pisarla.

Detrás del hecho de que la República es el crisol que recoge gran parte de los valores de progreso y solidaridad con los que España apenas soñaba en aquellos momentos, sin embargo, se suelen esconder las miserias de aquellos años, que fueron muchas. No tenía la República ni un mes de vida y ya se produjo, primero en Madrid, luego en otros lugares de España, la repugnante escena de unas turbas de personajes (cuya militancia nadie, nunca, ha reivindicado) quemando impunemente propiedades privadas; pues eso son las iglesias y los conventos. Como acertadamente diagnostica Miguel Maura en sus memorias y en sus discursos parlamentarios sobre el tema, aquel día la República comenzó a perder un poco de legitimidad. Porque no se puede ir por la vida de yo soy plenamente democrático cuando tienes en tu seno ciudadanos, por muy fachas que sean, que no parecen tener derecho a que las fuerzas del orden protegan sus bienes de la quema. Aquello fue un tremendo error y, sin embargo, que no lo fue es una burra de la que los conspicuos políticos republicanos nunca se bajaron (acordaros del famoso acto de justicia inmanente de Azaña) y, de hecho, no pocos admiradores actuales de la República siguen sin admitir.

Otro gran problema de la República es que nunca logró dejar de ser un problema de orden público. Desde el 10 de mayo de 1931, en el momento en que los jóvenes monárquicos sacan los altavoces de su tocata al balcón y ponen la Marcha Real a toda pastilla, hasta el día de julio del 36 en el que una recua de cabrones (todo el que dispara en la nuca de alguien es un cabrón) se lleva por delante a José Calvo Sotelo, la República fue un problema de orden público. Las izquierdas confiaron durante toda la guerra civil en que uno de los problemas que iba a tener Franco serían las huelgas y abstencionismos varios en la zona nacional. Pero Franco no tuvo ni una huelga general, en parte porque es jodido hacer huelga cuando te están apuntando con un máuser, pero también, en parte, porque mucha gente, en la España del 36, estaba de huelgas hasta los cojones. La Repúbllica nunca fue capaz de poner orden en aquello; lejos de enterrar a los anarcosindicalistas (auténtico cáncer republicano) bajo un par de toneladas de orden y justicia, lo que vivió la II República española fue un proceso de progresiva radicalización del PSOE y la UGT, precisamente temerosos de los éxitos que entre los obreros exhibía la CNT.

Que la República nunca dejó de ser un problema de orden público lo demuestra la famosa Ley de Defensa de la República, que introducía un matiz a la Constitución de muy poca raigambre democrática, pues ponía en manos de un ministro poderes que en los países democráticos (sin ir más lejos, la España de hoy) están en manos de los jueces. Por lo demás, Castilblanco, Arnedo y Casas Viejas son tres agujeros negros en el firmamento republicano que están ahí para todo aquél al que no llenen los conceptos meramente jurídicos.

Resulta difícil, muy difícil juzgar como plenamente democráticos a esos políticos de la República que fueron los integrados en el PSOE. Todos ellos, con la única excepción de Julián Besteiro y sus seguidores, tienen en el debe de sus actuaciones políticas algo tan poco edificante como haber dado un golpe de Estado contra el orden constituido, contra un parlamento mayoritariamente votado por los españoles (y las españolas). Lo hicieron, sí, para salvar la democracia. Pero resulta que la democracia sobrevivió al fracaso de su estupidez, a pesar de que las derechas, tras el golpe, lo habrían tenido a huevo para acabar con ella. Eso sí, si regalas un gol dos veces, a la tercera ocasión será tu contrario quien marque: en julio del 36, quienes en noviembre del 34 se guardaron de defender la dictadura, la alentaron.

Los primeros en la nómina de capullines republicanos son, en todo caso, las derechas. La lectura de las memorias de Gil-Robles, No fue posible la paz, se hace difícil por el tono, entre plañidero y victimista, que adopta su autor. Sin embargo, por mucho que las derechas traten de ir de Calimero y decir que nadie las quería y bla, bla, bla, lo que es bastante claro es que, cuando no fueron corruptas (Lerroux), fueron notablemente insolidarias, como ocurrió con las clases patronales, que respondieron a la tentativa de modernizar la estructura económica de España con las siempre patrióticas medicas de poner palos en las ruedas de las reformas y evadir capitales. Las derechas fueron el principal obstáculo para el reformismo; el gran argumento para todo aquel que piensa que, cuando el desheredado no ve posibilidad de evolución, se apunta a la revolución.

Y qué decir de los nacionalismos. Porque España, en 1931, necesitaba muchas cosas. Pero casi todas ellas quedaron aparcadas en 1930, durante la reunión del famoso Pacto de San Sebastián. Como han coincidido en señalar los protagonistas de aquel encuentro, las discusiones de aquella tarde giraron, como si fuese un monotema, alrededor del asunto de los catalanes y de los vascos. O, dicho de otra forma, a a la oportunidad histórica de modernizar un país, de acabar con la pobreza, con las lacras del confesionalismo, de traer las libertades y la fraternidad, los nacionalistas opusieron su eterno: ¿qué hay de lo mío? Françesc Maciá, político de gran honradez y estrechas miras, estuvo a punto de cargarse la República a las pocas horas de existir con su idiotez de proclamar la República catalana; de haber tenido las fuerzas de la reacción más músculo del que tenían y un rey que hubiera querido quedarse a pelear, aquella declaración les habría venido de pila máster para justificar su asonada. No contentos con hacer el gilipollas una vez, los nacionalistas repetirían mamonada tres años más tarde, esta vez de la mano del desgraciado Companys, el hombre que acabaría frente al pelotón de fusilamiento por amor a un hijo, pidiendo como última voluntad que lo dejaran descalzarse para poder morir tocando con su piel la tierra catalana.

En mi opinión, que es sólo mi opinión, los únicos políticos puramente democráticos de la República eran eso que se ha dado en llamar las izquierdas burguesas, fundamentalmente Izquierda Republicana y Unión Republicana. No obstante, pecaron de soberbios, sobre todo Azaña. Manuel Azaña creyó que a todos podía dominar y domeñar y no se dio cuenta de que si algo decretaron con claridad los votos en febrero del 36 es que él era un rehén de las izquierdas obreras. Él creía tenerlos en el corralito sin darse cuenta de que él era el ternero. Infatuado y considerabilísimamente pagado de sí mismo, Azaña creyó que les podría manipular. Por toda respuesta Largo Caballero, con la fuerza de sus diputados y de la calle, que era medio suya (la otra mitad era de la CNT), lo agarró, lo puso de florero como Presidente, lo colocó sobre la chimenea, y lo olvidó. Para cuando hubo que parar la deriva de violencia, ni Azaña ni los suyos podían siquiera soñar con hacerlo.
¿Habría habido golpe de Estado sin asesinato de Calvo Sotelo? Yo creo que sí; pero, probablemente, habría fracasado, porque sus adhesiones habrían sido mucho menores. El asesinato de Calvo Sotelo decidió a mucha gente y, sobre todo, hizo a los golpistas muy temerarios: les enseñó que, en realidad, sus vidas estaban mucho más seguras si se alzaban que si se quedaban quietos.

¿Y si la República hubiera ganado? A mí me parece una pregunta retórica. Es correcto decir que Francia y sobre todo Inglaterra negaron ayuda a la República por miedo a Hitler. Pero hay más factores. Las colecciones de los periódicos de la época están en las hemerotecas. Ambos países, y muy especialmente Reino Unido, tenían fuertes oposiciones internas que estaban muy lejos de ver en España el paraíso democrático que suelen dibujar las hagiografías de la República. En esos países había miedo a la deriva del socialismo, a la ascensión del comunismo y al enorme papel jugado por el anarquismo. Reino Unido difícilmente habría enviado a los gurkas a luchar codo con codo con la Brigada Thaelman o la Garibaldi. Le habría dicho a la República: o una cosa, o la otra; o te salvan los gaiteros escoceses con sus faldas, o te salvan los lectores de libros rojos. Juan Negrín, que era un ministro tan poco socialista que los socialistas lo han olvidado (para el PSOE, es como si Negrín nunca hubiera existido), estaba, a pesar de su filocomunismo, loco por sacar a las Brigadas Internacionales de España. Y tenía sus razones para desearlo.

Así pues, en efecto, si la situación europea hubiera sido otra, tal vez la suerte de la República también lo habría podido ser, como, por lo que ví por la breve publicidad que alcancé a ver anoche, fantaseaba el mentado documental de La Sexta. Creo que decía algo así como que tropas de los EEUU habrían entrado por Marruecos hacia los Pirineos. Y, si hubiese sido así, ¿con cuántos caquiques autogestionarios de la FAI, a cuántos generales del Quinto Regimiento se habrían abrazado si en Francia, cuando la guerra aún no había terminado, ya estaban la Resistencia comunista y la gaullista dándose de hostias? ¿Verdaderamente alguien se cree que el general Eisenhower se habría abrazado con Cipriano Mera, o con Líster, o con Modesto?

La República fue, en mi modesta opinión, un sueño tan bello como necesario, gestionado con el culo. Con el culo de Alcalá-Zamora, que en el fondo era un cacique y tampoco llegó a entender del todo los resortes de la auténtica democracia. El culo de Azaña, ese Azaña que desprecia a todo el mundo y de todo el mundo mide la estupidez. El culo de Francisco Largo Caballero, que se creyó llamado a ser un Mesías del socialismo mediterráneo y lo sacrificó todo, sobre todo esa lógica de la que era perito su compañero Besteiro, en aras de conseguirlo. El culo de Prieto, personaje con la cabeza bien amuebladada pero excesivamente veleta. El culo de los comunistas y los anarquistas, que tenían de demócratas lo que Bertín Osborne de investigador del genoma de las ardillas. El culo de los monárquicos y de las clases patronales, que dieron uno de los mayores espectáculos de insolidaridad (comed República) y antipatriotismo (fuga masiva de capitales) que conoce nuestra Historia. El culo de los fascistas españoles, bobotes dedicados a filosofar con ideas de Todo a 100 patriotero. El culo de los militares, que llevaban de aquella 150 años marcando el paso del país y lo querían marcar una vez más.

Entre todos la mataron, y ella sola se murió.

Lo que nos quedó fue uno más de esos episodios de nuestra Historia donde los españoles demostramos que dando pasos atrás no nos gana nadie. El franquismo nos retrasó en todo. Nos retrasó económicamente, y aún estamos pagando las consecuencias de que, mientras nuestros competidores de hoy tenían sistemas fiscales modernos, nosotros siguiésemos usando canutos para dibujar la o. Nos retrasó en el campo intelectual, laminando la filosofía y la ciencia españolas, que durante décadas no fueron nada salvo para quien arrostraba el dolor de la emigración. Nos convirtió en una sociedad pacata, con olor a cera, carcomida por el miedo; hizo de nosotros como una especie de negro Kunta Kinte para el cual un día cojonudo es aquél en el que no te dan veinte latigazos. Hizo de nosotros seres traumatizados, pues generaciones enteras de españoles se definen, aún hoy, a partir del franquismo, bien afirmando, bien negando, las cosas que el franquismo afirmó o negó. ¿Por qué son malos los pantanos? Porque Franco los construyó. ¿Por qué es tan buena gente Fidel Castro? Porque Franco lo odiaba. Media España cree que ha superado a Franco y, sin embargo, eso no es sino una manera de no querer reconocer que somos como somos por él, gracias a su inspiración en algunos casos, por su culpa en los más. La otra media España, afortunadamente, es demasiado joven para que todo esto signifique algo.


¿Balance? La verdad, no muy bueno.