martes, octubre 30, 2007

¿Era Hitler homosexual?

Bueno, la espera ya no lo va a ser tal. Ya tengo los resultados de la encuesta procesaditos y en cuanto tenga un rato los colgaré, no sé en cuántas tomas. Puedo decir que a mí hay cosas que me han sorprendido, lo cual no es extraño con muestras tan pequeñas; esto hace los resutlados bastante divertidos, a mi modo de ver. Un poco de paciencia, que el próximo post ya debería de cerrar esta historia de la encuesta. Una vez más, gracias a todos los que habéis contestado.

Mientras tanto, os dejo con una lectura de Tiburcio, no exenta de interés. No haré más apostillas a su post que la general de que yo no me encuentro entre la personas que creen en la tesis defendida por el libro que recensiona. Yo creo que Hitler tenía bastante más de eremita, de tío raro, que de homosexual. El hecho de que se confundiese la rareza con la homosexualidad es un producto de los tiempos.

Pero el espacio de hoy es de Tibur, y a él cedo la palabra.

A Hitler se le han aplicado muchos epítetos, desde «salvador de Alemania» hasta «genocida», pero pienso que nunca se le había aplicado el de homosexual. Eso es precisamente lo que hace Lothar Machtan en su libro El secreto de Hitler (Planeta, 2001).

Machtan comienza su libro criticando que la historiografía se haya ocupado tanto del Hitler dictador carismático, que se haya olvidado del Hitler persona. Durante su vida logró que en la Alemania nazi sólo se conociera su imagen pública y no la persona real que había por debajo. Tras su muerte, la práctica historiográfica ha ofrecido el revés de esa imagen idílica y en el proceso, como antes hicieran los panegiristas nazis, se ha olvidado del personaje real.

Para Machtan, un elemento clave de la personalidad de Hitler era una homosexualidad no completamente asumida y ferozmente ocultada. El problema es que al haber estado oculta, Machtan tiene que jugar al detective e ir buscando pistas, interpretando indicios y atando cabos sueltos. Al final la acumulación de pruebas es tanta, que el lector acaba rindiéndose y piensa: «Pues, sí, realmente Hitler era una loca».

Machtan empieza haciendo hincapié en que Hitler solía estar rodeado de hombres y que con algunos de ellos tuvo relaciones largas e intensas, aunque no necesariamente sexuales: Ernst Röhm, Emil Maurice, Rudolf Hess, Albert Speer… En cambio hay una curiosa ausencia de mujeres en su biografía. Prácticamente sólo aparecen dos: Geli Raubal y Eva Braun. Hay dos más, Magda Quandt y Leni Riefenstahl, donde parece fuera de duda que el amor sólo circuló en una dirección.

La biografía de Hitler arranca con su etapa de artista, a mitad de camino entre la bohemia y la miseria. Aquí tuvo a su primera amistad masculina intensa, August Kubizek, otro aspirante a artista, en este caso a músico. Curiosamente en una ciudad tan alegre como la Viena anterior a la I Guerra Mundial, no consta que Hitler tuviera ningún romance. Podría deberse a esa faceta austera y ascética que cultivaba… o a que los romances que tuvo no eran confesables.

El relato de la vida de Hitler entre 1914 y 1919, cuando empieza a adquirir notoriedad pública es interesante. Lo presenta como un soldado caprichoso, maniático e impopular, del que muchos en la compañía sospechaban que mantenía relaciones homosexuales con otro de los soldados, un tal Ernst Schmidt. Curiosamente no trató de hacer carrera militar y rechazó las oportunidades de ascenso. Machtan presenta algunos indicios de que tal vez Hitler no hubiera recibido ascensos por sus peculiares gustos sexuales. Socialmente era un resentido y parecía inclinarse más bien por el comunismo. El bandazo hacia el ultranacionalismo probablemente fuera debido al puro oportunismo: los comunistas no le daban el liderazgo al que aspiraba y encontró su hueco en el bando de los ultranacionalistas de derechas. ¿Quién sabe? Tal vez si los partidos marxistas le hubieran dado bolilla, habría sido asesinado como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht y no habríamos tenido II Guerra Mundial.

Machtan apunta a que tres homosexuales fueron los que dieron los primeros espaldarazos a Hitler en política: el General von Epp, Ernst Röhm y Dietrich Eckart. También señala que el Cuerpo de Voluntarios, creado por el General von Epp y al que se adhirió Hitler, era un nido de homoerotismo, con toda su exaltación de la masculinidad y las virtudes guerreras. Machtan describe a un Hitler desconocido para la biografía habitual: un Hitler que hacía propaganda política a jóvenes menesterosos y luego se los follaba. Fueron esos contactos homosexuales los que dieron a Hitler acceso a círculos a los que no hubiera tenido acceso por sus orígenes oscuros. Lo único que realmente Hitler tenía que ofrecer era su retórica y su capacidad para encarnar las frustraciones de la Alemania vencida; no lo suficiente para ascender sin apoyos.

La primera actividad heterosexual de Hitler que Machtan documenta, se remonta a 1925, cuando tenía 36 años. Había salido de la cárcel, tras el fracaso del putsch de Munich y estaba aprendiendo a ser un político más tradicional, que no asustase innecesariamente a las clases burguesas y que supiese cómo ocultar los aspectos más radicales de su ideología. Hizo algunas aproximaciones a mujeres, pero todas quedaron en nada. Su trato con las mujeres era forzado y no conseguía fingir una pasión erótica que no sentía.

En 1927 se cruzó en su camino su sobrina Geli Raubal. Machtan altera un poco la historia tal y como se ha contado. Geli se enamoró de Emil Maurice del cual a su vez estaba enamoriscado Hitler. El bisexual Maurice se dejaba querer. Todo terminó en un ataque de celos y en el despido de Maurice, no porque, como se ha dicho, Hitler tuviera celos de él. Era de Geli de quien estaba celoso.

El despido de Maurice fue acompañado de rumores sobre la sexualidad de Hitler e incluso de presiones (¿chantaje?) por parte de Maurice. Hitler hizo lo que tantos homosexuales dentro del armario han hecho a lo largo de la Historia. No, no es encender la luz para ver mejor; es echarse una novia. La mujer que tenía más a mano era Geli y a ella recurrió. Durante casi dos años, Geli fue su acompañante y corrió el bulo de que eran amantes. La realidad es que Hitler había encerrado a Geli en una jaula dorada a la que no dejaba que se acercase ningún moscón. En septiembre de 1931 Geli se suicidó y Hitler se encontró con la excusa perfecta para justificar su ausencia de relaciones con las mujeres: el suicidio le había dejado desolado e incapaz de amar ya, ahora estaba casado con Alemania.

El siguiente episodio en el que Machtan se detiene es el de la purga de Ernst Röhm y las SA, donde se mezclaron política y homosexualidad. Las SA habían aparecido como un grupo de asalto, destinado a dominar las calles mediante una mezcla de propaganda y terror. Cuando a partir de 1930 el partido nazi empieza a convertirse en una fuerza política votada, Hitler comprende que necesita dotarse de una respetabilidad y para ello las SA con sus desmanes eran un obstáculo. Es entonces que llama a su antiguo conocido Ernst Röhm para que las discipline. Röhm cumplió con su cometido a la perfección: disciplinó a las SA y las vinculó más estrechamente al partido. También las convirtió en una apoteosis gay: llenó todos los mandos con amigos, amantes y ex-amantes. Si entonces hubiera existido la Guía Espartaco, todos los locales de las SA habrían aparecido reseñados.

La relación entre Hitler y Röhm, según la describe Machtan, era mucho más que el enfrentamiento entre dos ambiciosos. Hitler temía todo lo que Röhm sabía sobre su pasado homosexual. Otros que también lo sabían, o bien no eran lo suficientemente poderosos (caso de Emil Maurice) o bien le tenían una lealtad tan perruna (caso de Rudolf Hess), que no había nada que temer. Con Röhm era diferente. La noche de los cuchillos largos en la que Hitler se cepilló figuradamente (literalmente ya lo había hecho muchos años antes) a toda la plana mayor de las SA fue entre otras cosas un intento de parar el golpe que se proponía dar Röhm de airear el pasado homosexual de Hitler. La decapitación de las SA sirvió para quitar de en medio a multitud de testigos incómodos y destruir las pruebas comprometedoras que tenían en su poder. Ni suscribo ni disiento de esa opinión. La dice Machtan, que sabe más que yo, y que la apoya en una serie de indicios.

Tras la noche de los cuchillos largos, parece que Hitler pasó a vivir su homosexualidad de una forma sublimada. Machtan apunta que hay indicios de que su estrecha relación con Albert Speer fue vivida como homoerótica por parte de Hitler.

Finalmente está Eva Braun, que desde 1936 fue la compañera de Hitler. Machtan la presenta como una mujer dependiente, con la autoestima muy baja, poco inteligente y sin carácter. El tipo de mujer que podía avenirse al papel de concubina platónica del Führer. Bueno, a cambio de aceptar una vida limitada sin amor verdadero ni sexo (a ver quién hubiese sido el guapo que se habría atrevido a ponerle los cuernos a Hitler), tenía una existencia regalada, donde podía satisfacer casi todos sus caprichos (que cada uno decida si merece la pena renunciar a ese «casi» a cambio de todo lo demás).

Una pregunta que uno podría hacerse es: si Eva Braun existía para darle una “respetabilidad” heterosexual, ¿por qué ocultarla? ¿Por qué no se casó con ella inmediatamente? En realidad, Hitler no la ocultó completamente; dejó que su relación con Eva Braun fuese un secreto a voces. Es posible que con ese conocimiento público de que el Führer tenía una amante le bastase. Casarse con ella y asumir, aunque sólo fuera en público, el papel de amante esposo era más de lo que podía soportar.

La boda final con Eva Braun en 1945 fue muchas cosas. Primero fue un regalo de consolación para su fiel compañera, que al menos moriría como esposa del Führer (puestos a hacer regalos de consolación, yo habría escogido un anillo de brillantes, pero afortunadamente no soy Hitler). En segundo lugar, se aseguraba que a su muerte no habría una Eva Braun viva para contar la realidad de su relación. Por último, muriendo como marido, redondeaba la imagen de hombre heterosexual normal que había estado toda la vida intentando dar.

El libro está bien estructurado y los indicios que presenta tan apabullantes, que el lector acaba rindiéndose ante la evidencia. La pregunta es: vale, me has convencido, Hitler era homosexual ¿y…? Desde un punto de vista psicológico puede ser apasionante. Desde un punto de vista humorístico, puede ser desternillante la imagen de Hitler vestido de drag queen bailando con Rudolf Hess. Pero desde un punto de vista histórico uno se queda un poco frío. Después de terminar el libro sigo sin entender mejor que antes por qué Hitler invadió la URSS en el verano de 1941 o por qué declaró la guerra a Estados Unidos en diciembre de 1941. Y esas son las cuestiones que realmente me interesan.