miércoles, febrero 28, 2007

¿Pueden los países ser culpables?

La reciente sentencia del Tribunal Penal Internacional sobre las matanzas ocurridas en Bosnia a principios de los años noventa no parece haber contentado a nadie salvo, quizá, a los partidarios de la progresiva integración de Serbia en la Unión Europea. Por lo que sabemos de la sentencia, da una de cal y otra de arena. Por un lado, reconoce lo que difícilmente se podía soslayar, es decir que en los sucesos tristemente famosos de Srebenica lo que se produjo fue un asesinato masivo e indiscriminado de bosnios musulmanes a manos de bosnios serbios ultranacionalistas de corte fascista, pues elemento nuclear de todo fascismo es el racismo y el consecuente odio hacia el distinto. Sin embargo, por el otro lado (que nunca sé si es la cal o la arena), la Corte exime al pueblo serbio de su presunta culpa como, por así decirlo, colaborador necesario en aquellas matanzas que, por lo tanto, quedan mutatis mutandis limitadas a los jefes de la limpieza étnica serbobosnia, es decir Radovan Karadzic y sus amiguetes.

El problema que plantea esta sentencia no es nuevo, aunque la solución ha sido, básicamente, la misma. Durante muchos, muchos siglos el genocidio no se ha considerado un crimen de guerra, esto es, una acción punible cometida más allá de las que por esencia se producen durante un enfrentamiento bélico. De hecho, miemtras en un área las fronteras no se estabilizan, las guerras tienen que ver con la ocupación de territorios, lo cual significa levántate tú, que has perdido, del sillón porque ahora yo, que he ganado, me voy a sentar. Tradicionalmente, ha habido tres vías para conseguir esto: el exilio (el pueblo perdedor se va); la dominación (el pueblo perdedor es reducido a la esclavitud o sus derechos son notablemente recortados, en beneficio de la elite ganadora); o el genocidio (no dejar rastro del pueblo perdedor). De hecho, el genocidio, en forma de asesinato o de esclavitud, es lo que está en el fondo de acciones muy comunes en el pasado remoto, en cuyos relatos leemos de ciudades que soportaron meses de asedio sin rendirse; la rendición, ellos lo sabían bien, no era ningún chollo.

La teoría de que la necesidad de expansión justifica la guerra permaneció impoluta en la filosofía humana durante mucho, mucho tiempo. Pero a principios del pasado siglo XX estaba ya obsoleta en Europa, para todos menos para uno, Adolf Hitler, quien la utilizó para justificar su expansionismo: en la filosofía nazi, Alemania había sido constreñida en la Historia para su natural expansión imperial y debía recuperar su espacio vital, su Lebensraun. Como bien sabemos, sacar a Hitler de su error costó seis años y millones de muertos, sobre todo rusos. La caída del régimen nazi supuso, además, saber que Hitler había ido mucho más allá de la retórica violenta en su teoría de que los judíos eran culpables de los males de Alemania.

El descubrimiento del genocidio judío impulsó a los aliados a impulsar definitivamente una Corte que juzgase, con pronunciamientos internacionales, los crímenes de guerra. Esa Corte fue el tribunal de Nuremberg, de cuyas principales sentencias ya hemos hablado. En ellas, los principales jerifaltes vivos del régimen nazi fueron condenados por diversos cargos.

No obstante Nuremberg dejó cabos sueltos, que ahí siguen. Sobre todo, dos.

Por un lado, Nuremberg fue un tribunal de vencedores. Lo cual quiere decir que los vencedores ni por asomo juzgaron sus propias bestialidades. Episodios como el que recuerda la película Enigma (filmada, por cierto, gracias a los dineros de Mick Jagger, el cantante de los Stones), es decir la matanza de cientos, si no miles, de soldados polacos a manos del ejército soviético, han quedado básicamente limpias de polvo y paja. Asimismo, nadie ha juzgado seriamente las bestialidades cometidas por el ejército soviético durante su penetración en Alemania, al final de la guerra.

El segundo de los cabos sueltos, que es el que afecta a la sentencia reciente de la CPE, es el papel de los pueblos. ¿Puede un loco cometer locuras solo? Pongamos que yo me broto y decido que hay que fusilar a todos los murcianos pelirrojos. Hay un camino entre que yo, en mi habitación, piense eso y que firme en el Palacio de La Moncloa al pie de un papel donde se establece la ejecución de todos los murcianos pelirrojos. Y ese camino no puedo recorrerlo solo.

Uno de los grandes temas de la Historia es éste. Desde la Revolución Francesa, la soberanía de las naciones ya no reside en familias reales ni en inspiraciones divinas, sino en los pueblos; para bien, y para mal. Los pueblos son soberanos, lo cual quiere decir que el devenir de sus naciones es, en gran medida, producto de su voluntad. En Nuremberg fueron juzgados algunos de los dirigentes nazis que dieron la orden de gasear a los judíos; pero no fueron juzgados los cientos, miles, centenares de miles de alemanes que escupían a los niños judíos al paso de la fila de prisioneros por los pueblos, o les negaban pan o abrigo. No fueron juzgadas las mesnadas que gritaban Sig, heil! en la Lowenbäukeller o cualquier otro lugar mitinero, después de que su líder hubiese dicho y escrito que a los judíos hay que borrarlos de la faz de la Tierra.

Hay quien piensa que no fueron juzgados porque no pueden serlo. Porque la responsabilidad de los pueblos es limitada, como lo es su capacidad de reacción. No es una idea con la que yo comulgue.

La razón de que en Nuremberg no fuese juzgado el pueblo alemán es la misma, a mi modo de ver, de que en La Haya no lo haya sido el pueblo serbio. El principal objetivo tras una guerra es siempre amigar al enemigo de ayer. En Versalles, tras la I guerra mundial, se hizo exactamente lo contrario, y luego pasó lo que pasó, así pues las posguerras modernas buscan siempre hacer del perdedor un amigo rico y agradecido en la medida de lo posible. A finales de los años cuarenta, Alemania ya no era una amenaza para la paz mundial, sino ese coleguita que te deja plantar la bandera americana en varias bases militares y poner ahí tus fuerzas, a escasos cientos de kilómetros del peligro soviético. Por las mismas, hoy Serbia es un mercado más que quiere entrar en la Unión Europea, un mercado interesante porque está relativamente desarrollado. Nadie quiere señalarla con el dedo y acusarla, porque nadie quiere que se rebote.

La cuestión no es baladí, porque tiene que ver con las reparaciones. La diferencia entre que una sentencia diga que a tu padre lo mataron siete locos o todo un pueblo está en que en el segundo caso cobras y en el primero no (a menos que los siete locos sean muchimillonarios, caso que no se da). El tribunal de Nuremberg se ocupó tan poco de este aspecto que aún hoy, siete décadas después, las responsabilidades por expolios económicos cometidos en el Holocausto no están del todo cerradas.

Pero, sobre todo, tiene que ver con la justicia. La de verdad, la justicia moral. Y aquí nos encontramos el último obstáculo para una sentencia ambiciosa: nosotros. En La Haya, igual que en Nuremberg, haber dictado sentencia contra el pueblo alemán o serbio elevaría, automáticamente, la cuestión de qué hicimos nosotros. Vale, todo un pueblo, el serbio, apoyó, como dice la misa católica de palabra, obra u omisión, la limpieza étnica en bosnia; pero lo que viene detrás es: estando como están los Balcanes en el vestíbulo de nuestra casa, nosotros, ¿qué hicimos?

Somos, incluso, más culpables. Porque los serbios podrán aducir, supongo, que en su país había censura de prensa, que los hechos se presentaban edulcorados, o no se presentaban. Pero a nosotros, a los españoles, portugueses, noruegos, británicos, belgas, a los holandeses, italianos, austriacos, alemanes, suecos, a los fineses, a los suizos, a los andorranos; a todos nosotros, las matanzas de Srebenica y otros lugares nos las retransmitieron poco menos que en directo. Y, durante demasiado tiempo, no hicimos nada. Nada.

Nuremberg, La Haya. Sentencias ampulosas, cuatro o cinco nombres para la Historia. Con suerte, si aparece Karadzic, alguna ejecución. Y, después, décadas de preguntas sin respuesta.