miércoles, enero 24, 2007

1888:España se enseña

Al llegar el siglo XIX, a España la miró un tuerto. El siglo empezó con el follón de los españoles con Godoy y la invasión francesa (por fin, España en manos de quien siempre la había ambicionado), situación que sólo se enderezó mediante una rebelión nacional, durante la cual se inventó la guerra de guerrillas. En un ejercicio de esquizofrenia muy español, quienes combatían al francés, al tiempo, redactaban una Constitución basada en los principios de la revolución francesa. Tras la marcha del invasor pensaron que esos principios liberales alumbrarían la vida de España, pero no fue así. El país comenzó a vivir una longa noite de pedra (frase que da título a un bellísimo poema), con algún que otro intermedio liberal, durante la cual se desangró en la más duradera guerra civil que jamás se haya vivido en nuestro país.

Por medio, a España se le fueron cayendo los últimos adornos de ese vestido repujado que había sido su imperio. A hombros de gigantes llamados Bolívar, San Martín, O’Higgins, la joya de nuestra corona, Latinoamérica, se independizó, de forma que, a finales del siglo, apenas nos quedaban Filipinas, Puerto Rico y Cuba, amén de las posesiones africanas.

Algún día, espero que no muy lejano, os contaré por qué la calle de Madrid que registra más intensidad de tráfico se llama de Raimundo Fernández Villaverde. Como adelanto, os diré que la situación que este hacendista hubo de enfrentar al final del siglo no le desmerece nada a la de los países hoy endeudados y empobrecidos. España se pasó el siglo XIX desangrándose y, en las últimas boqueadas del siglo, estaba para los restos. Nadie apostaba un duro por ella como nación moderna y capaz.

Nadie, no. Hubo dos personas que sí apostaron por España. Y ganaron. Su victoria queda oculta por la Historia porque, diez años después, la pérdida de Cuba nos sumiría en el más profundo pesimismo sobre nosotros mismos. Pero antes, en 1888, fuimos grandes. Y lo fuimos gracias a Práxedes Mateo Sagasta y, sobre todo, a Francisco de Paula Ríus y Taulet, alcalde de Barcelona.

En 1851, inaugurando una edad moderna aún no acabada, se celebró en Inglaterra la primera Exposición Universal. Fue todo un espectáculo organizado por los ingleses para mostrar al mundo las maravillas de la revolución industrial, aquellas máquinas que eran capaces de realizar como si tal cosa el trabajo esforzado de decenas de hombres forzudos. Quienes tuvieron la suerte de acudir a aquella exposición pudieron verla incluso tras caer la tarde, bajo la iluminación de gas que allí se estrenó.

A la exposición de Londres siguió la de París, la cual, según las crónicas, fue invadida por expositores alemanes, muy empeñados en demostrar la grandeza de su nación. Luego llegó la de Filadelfia, de la que en Europa se contaron bondades sin fin, Viena, Turín… Todo aquél que quería ser algo en el concierto internacional parecía tener que demostrarlo montando una exposición.

Ésta fue la idea que se le ocurrió a Eugenio R. Serrano de Casanova, un extraño hombre de negocios español que editaba una revista para turistas en Bélgica. Acostumbrado al negocio de generar visitantes para que se gasten pasta, albergó la idea de organizar una gran feria de muestras en España, y se decidió por Barcelona porque, de todas las capitales españoles, era la que estaba más cerca de la frontera que los visitantes deberían traspasar. En Amberes, Casanova contactó con otro español, Alejandro Sallé, que se movía por esos mundos de las ferias y, de hecho, poseía varios edificios desmontables, stands los llamamos hoy. Ambos se asociaron para montar la feria y abrieron despacho de influencias en la calle de Escudillers de Barcelona.

Casanova montó una junta directiva de lo que hasta entonces sólo era una feria de muestras con algunos de los grandes personajes del todo Barcelona empresarial del momento: Juan Pujol, Francisco López Fabra, Manuel Durán i Bas, Manuel Porcar, José María Nadal, Félix Maciá Bonaplata, Román Macaya i Gilbert, Ramón de Manjarrés y Francisco Sitjá. Al alcalde de Barcelona, Ríus y Taulet, le ofreció la presidencia honorífica, por aquello de que figurase y pusiera algo de pasta. A principios de 1887, toda esta parafernalia se había ido al carajo, el dinero no aparecía por ningún lugar y el proyecto, por la vía de los hechos, estaba abandonado.

Éste debería haber sido el destino de la Exposición Universal de Barcelona de no haber sido por Ríus y Taulet. Al alcalde de Barcelona, con mucha probabilidad, lo movieron dos razones para tirar para delante: la primera, sus convicciones políticas: era muy liberal, muy dinástico y muy español. Y las tres cosas: el liberalismo, la casa reinante y España entera, necesitaban, en aquel momento, de un empujoncito. El segundo factor que probablemente valoró fue la visión de que el proyecto le podría ayudar en sus proyectos de cambiar Barcelona. Porque si alguien cree que los cambios que operaron en la ciudad los Juegos Olímpicos de 1992 son grandes, eso sólo significa que no tiene 150 años de edad para recordar cómo puede una Exposición Universal cambiar una ciudad.

En 1887, el Borbón regresado, o más bien restaurado, Alfonso XII, había muerto. Era regente de España María Cristina de Habsburgo-Lorena, una extranjera de escaso carisma, cuyo hijo, el futuro rey, era aún tan sólo un niño. Para colmo, en Barcelona ya comenzaban a percibirse los problemas derivados del enfrentamiento entre un Estado centralista y una sociedad crecientemente regionalista. Esto se notaba, sobre todo, a través del teatro, que era el espectáculo de masas de la época. La mayoría de los autores de éxito catalanes se dedicaron entonces a la parodia. Se pusieron de moda las gatadas, que eran obras satíricas que ridiculizaban algún estreno patrio, normalmente dedicado a ensalzar las virtudes de lo español. Son ejemplos La Esquella de la Torratxa o El Castell de Tres Dragons, de lectura deliciosa aún hoy en día (traducidas, en mi caso), que escribió Federico Soler, o Serafí Pitarra, como solía firmar. Prueba de cómo se pusieron las cosas es la orden de 27 de enero de 1867, dada por el gobernador civil de Barcelona, Cayetano Bonafós, y que dicta lo siguiente (las cursivas son mías): «En vista de la comunicación pasada a este Ministerio por el Censor interino de teatros del Reino con fecha 4 del corriente, en la que se hace notar el gran número de producciones dramáticas que se presentan a la Censura escritas en los diferentes dialectos, y considerando que esta novedad ha de contribuir a fomentar el espíritu autóctono de las mismas, destruyendo el medio más eficaz para que se generalice el uso de la lengua nacional: la Reina (q.D.g.) ha tenido a bien disponer que en adelante no se admitan a la Censura obras dramáticas que estén exclusivamente escritas en cualquiera de los dialectos de las provincias españolas».

Hecha la ley, hecha la trampa. Pitarra y los demás empezaron a escribir obras bilingües. En ellas, todos los personajes imbéciles, avaros, vagos, feos, gordos, malolientes y flatulentos hablan en español; y George Clooney y Angelina Jolie, indefectiblemente, hablan la lengua de los jordis.

A Ríus, estas situaciones le escocían. Y, por eso, tuvo, como diría Luther King, un sueño: soñó con el espacio dejado por un feo cuartel ya derruido convertido en un hermoso parque, el parque de la Ciudadela, y dentro de él, una Exposición Universal. Soñó que la familia real acudía a Barcelona a inaugurar la exposición, y era vitoreada por las calles. Y, nada más despertarse del sueño, decidió que lo haría. Quizá, quizá, se dijo eso que dice mi nunca-suficientemente-admirada Eva Longoria: porque yo lo valgo.

Después de algunos contactos previos con comerciantes e industriales de la zona, Ríus, consciente de que nada era posible sin el concurso de Madrid, a Madrid se vino. Visitó al presidente del gobierno, el liberal Sagasta, quien le dio buenas palabras, pero, probablemente, no estaba pensando sino en darle largas. Sagasta argumentó la delicada situación creada en España con la muerte del rey, que eliminaba toda posibilidad de andar con cachondeos. Ése era el momento que esperaba Ríus: cuando le respondió que lo que él quería era a los Borbones en Barcelona, inaugurando la Exposición, al viejo político liberal le hicieron los ojos chiribitas. Aún así, no dio su brazo a torcer. Citó a Ríus para dos días después, quizá para decirle que se lo había pensado y que pasaba. Pero a los dos días, el alcalde de Barcelona se presentó en el despacho del presidente con el proyecto de la Exposición completo. Hasta el último detalle. Sagasta cedió. El Estado contribuyó a la Exposición Universal con una subvención directa de dos millones de pesetas (un pastón) y la autorización al Ayuntamiento para celebrar un sorteo de la Lotería Nacional a beneficio de la Exposición.

Ríus montó un equipo organizador a su imagen y semejanza, donde era figura cimera su más estrecho colaborador Carlos Pirozzini; y el gobierno, por su parte, nombró comisario regio al más prominente banquero catalán de la época, Manuel Girona. Sin embargo, la organización no fue fácil. En primer lugar, Barcelona y España entera se tomaron aquella historia a beneficio de inventario. La mayoría de los barceloneses pensaban que la Exposición era una cáscara vacía, una iniciativa sin contenido (sí, sí, la Historia se repite constantemente: como el Fórum de las Culturas). Alguien redactó un manifiesto aseverando que la Exposición iba a arruinar a la ciudad, lo tradujo a varios idiomas y lo distribuyó en el extranjero, buscando que los diferentes países decidiesen no venir. Quizá el punto más peligroso para la Exposición fue la defección del líder catalanista Valentí Almirall. Almirall había sido nombrado consejero de la Exposición, pero dimitió en septiembre de 1887, menos de un año antes de la celebración, mediante un durísimo manifiesto público en el que renegaba de la convocatoria por considerar que suponía un triunfo del españolismo (que lo fue, por cierto).

Otro frente de críticas para el Ayuntamiento fueron, cómo no, las obras. Se pensó en levantar un monumento a Colón y, a partir del mismo, abrir un agradable paseo lleno de palmeras. A los barceloneses de hoy les parecerá que la idea es brillante y hermosa; pero han de saber que sus tatarabuelos bautizaron a aquella avenida Paseo de las Escobas, dijeron que las palmeras eran feísimas, que morirían de frío en invierno, y unas cuantas cosas más. Impasible el ademán, el ayuntamiento barcelonés seguía con sus obras y, expandiéndose hacia el Tibidabo, se encontró con un albañal, un barrizal infecto donde además a nadie se le ocurría aventurarse con algo de valor encima, no sé si me entendéis. En aquel lugar lóbrego y asqueroso se levantó la Rambla de Cataluña, y fue obra tan capital e importante que, cuentan las crónicas, los propietarios de la zona, a quienes su urbanización medró en buena medida, quisieron regalarle un solar en la calle a Ríus, que se negó a tomarlo.

La fiebre de la Exposición fue fiebre constructora. En nada menos que 53 días se levantó el Hotel Internacional, en el mismo paseo de Colón. Un edificio de cinco plantas al estilo de los grandes hoteles europeos diseñado para dar alojamiento a los visitantes extranjeros en una ciudad que todavía lo era de fondas y hostales, repleta, pues, de eso que se denomina hoteles de tres arañas. Se convocó un concurso para construir el hotel, pero era tan poco el tiempo que sólo se presentó, en plan sietemachos, un arquitecto, Luis Doménech i Montaner, que cumplió, eso sí, a base de contratar a 222 albañiles y 440 peones, que se dice pronto. Los barceloneses se hacían lenguas. ¡El Hotel Internacional tenía un chef francés! Se llamaba Bourgeois y trabajaba en una cocina enorme, en una de cuyas planchas se podían hacer 400 filetes a la vez. Dado que la concesión para levantar el hotel sólo llegaba al tiempo de la Exposición, al terminar ésta fue derribado.

El arco de triunfo que conmemora la Exposición costó 125.000 pesetas. El Palacio de Bellas Artes, 600.000. El enorme Palacio de la Industria (50.000 metros cuadrados de modernidad), 1.700.000 pesetas. Incluso se construyó un puente, que comunicaba las instalaciones del mar con las de la tierra. Medía 145 metros de largo. Además de palacios, se construyeron quioscos y restaurantes varios, tres montañas rusas, fuentes, cascadas, lagos y estatuas.

La Exposición fue un éxito sin paliativos. Acudieron 6.233 expositores españoles. Lógicamente, quien más aportó fue Barcelona (2.074), seguida de Logroño (456) y Tarragona (302). Hubo pabellones de Alemania, Austria-Hungría, Bélgica, Bolivia, Chile, China, Ecuador, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, Japón, Paraguay, Portugal, Turquía, Rusia, Suecia, Noruega, Uruguay y Suiza. La exposición se inauguró el 20 de mayo, pero la familia real española se quedó hasta el 6 de julio. Ríus y Taulet había tenido un sueño, y no había despertado.

A todos nos hace gracia el pasado. Miramos en la tele o en el cine las imágenes de hace casi un siglo, esas tomas de cine aceleradas en las que la gente anda de una forma tan graciosa, y nos da la impresión de estar viendo un mundo pacato, infradesarrollado, en el que no pasaba nada. Sin embargo, esto es incierto no pocas veces, y ésta es una de ellas. La Exposición Universal de 1888 fue para Barcelona y para España un escaparate de oro. Una forma de decirle al mundo que en un país en el que nadie creía, en un lugar que todo el mundo más allá de los Pirineos imaginaba poblado de toreros, navajeros, salteadores de caminos y majas, había muchas personas, físicas y jurídicas, tan hermanadas con el progreso como cualquier otra sociedad europea. En la Exposición de Barcelona, España enseñó sus productos agrícolas, su maquinaria, sus procesos de producción, enseñó sus telas, su siderurgia, su industria de armamento; España enseñó y se enseñó, lo cual quiere decir que dejó bien clara su vocación de subirse al entonces aún débil, traqueteante tren de Europa.

Eso, con todos los respetos, no hay olimpiada que lo iguale.