viernes, junio 21, 2013

Un enemigo (más) de la Gran Bretaña

Supongo, o quiero suponer, que alguno de vosotros está esperando que continúe la serie sobre Hitler y Palestina que inicié más o menos al mismo tiempo que el relato sobre Mayo del 68. Si es así, lo primero que quiero decir en este post de hoy es que tengáis paciencia. No es que todo llegue, es que está a punto de llegar. Como aperitivo, y para recuperar el ritmo y entrar en el calor de la zona y de la época, hoy os voy a hablar de un teatro colateral que también tiene su interés, y la figura de un señor de la guerra.

Militarmente hablando, y aunque los años de la larga dominación no están exentos de episodios comprometidos, el principal problema que tuvo Inglaterra en sus posesiones indias fue la frontera noroeste del país; esto es, la raya de Afganistán. En 1894, con ese espíritu sobrado de los conquistadores, los ingleses trazaron una línea completamente arbitraria entre las dos naciones, la llamada línea Durand; con lo que lo que consiguieron fue que los habitantes de la zona, los afganos, también llamados patanes o pashtunes, no reconociesen aquel borde que se les imponía. El problema, como tal, habría de sobrevivir medio siglo. Durante mucho tiempo, los británicos tomaron la costumbre de cerrar la frontera a la puesta del sol, disparando contra todo aquél que la pretendiese traspasar desde entonces.

En el año 1940, tras el estallido de la segunda guerra mundial, los ingleses se dieron cuenta de que tenían un gran problema. Los afganos eran una plétora de tribus y, por lo tanto, estaban fuertemente divididos y muchos de ellos sólo actuaban en sus ámbitos locales. Pero, a pesar de esas limitaciones, un pueblo esencialmente guerrero como el afgano tenía la capacidad de levantar unas tropas (que no un ejército; son cosas distintas) de más de 400.000 hombres, lo que les daba una teórica capacidad de enfrentarse con el ejército británico destacado en la India (y formado, para más inri, básicamente por soldados locales).

La estrategia de los afganos solía ser tratar de bajar al valle del Indo para, una vez allí, soliviantar a la población local contra el Imperio. Sin embargo, como digo, en esta estrategia a menudo se mostraban divididos. La cosa comenzó a cambiar al principio de la guerra con el surgimiento de un líder militar, el fakir de Ipi, Mirza (también conocido como Hadji, el peregrino) Alí Kahn. Había nacido en 1892 y para entonces era el imán de la mezquita de Ipi, a la ribera del río Tochi, uno de los afluentes del Indo; todo ello situado en el Kafiristán, que, si no recuerdo mal, es el famoso país que fue reinado por un británico en el relato de Ruyald Kipling El hombre que pudo reinar, magistralmente llevado al cine por Sean Connery y Michael Caine. Cuando ya había adquirido bastante fama como líder religioso, en su región se montó un pollo relacionado con la conversión forzada al Islam de una niña, que provocó la entrada de las tropas británicas en el área, destruyendo viviendas, entre ellas la del propio Ali Kahn. Aquella represión le dio todavía más prestigio.

Kahn entró en relación con los Camisas Rojas, un grupo agitador conectado con el Partido del Congreso indio de Pandit Nehru y Mahatma Ghandi. En 1937 ya había declarado la yihad contra el inglés, pero, con el estallido de la guerra mundial, un nuevo elemento aparece en el tablero: la connivencia con las potencias del Eje.

En realidad, Kahn no es el único elemento antiinglés que mantienen los alemanes en la zona. También hay que tener en cuenta a Mohamed Saadi al-Keilani, primo de Suriya, la reina casada con el monarca afgano Amalulah, en ese momento exiliado en Roma. Al-Keilani había estudiado en Berlín y tenía contactos con los conspiradores iraquíes que, como hemos visto en la serie sobre Hitler y Palestina, trataron de soliviantar al país contra el poder británico. Fracasada la rebelión iraquí, Keilani huirá a Siria, donde será detenido por fuerzas de la Francia Libre y entregado a los ingleses, los que acabarán comprobando que recibía recursos del ejército alemán.

En esas circunstancias, la mejor baza para el Eje en Afganistán será Alí Kahn. Joachim von Ribentropp decide apostar por el tema y envía a Kabul al jefe de la sección oriental de su ministerio, Werner von Hentig, otro viejo conocido de Al-Husseini y los conspiradores palestinos que ya hemos ido viendo. En los contactos interviene también el representante italiano en la capital afgana, Pietro Quaroni. Es Quaroni, de hecho, quien consigue que, en febrero de 1941, pueda viajar a Kabul Subas Chandra Bose, antiguo presidente del Partido del Congreso. Alemanes e italianos le comen la oreja a Bose con que sólo hacen falta 50.000 hombres bien equipados para, bajando desde Afganistán, tomar el imperio de la India. El fakir tiene que ser el general que necesitan.

En marzo de aquel mismo año, los representantes del Eje firman con Ali Kahn un acuerdo por el cual le entregan 25.000 libras mensuales por levantarse contra los ingleses; el doble si consigue que la revuelta ocupe toda la frontera; el triple si consigue la participación de todas las tribus afganas. El problema, en ese punto, no será conseguir el dinero, que es calderilla para los alemanes. Es conseguir cambiarlo en rupias, sin lo cual no vale nada.

En junio de 1941, el secretario de la legación italiana en Kabul, Enrico Anzilotti, se infiltra en el Beluchistán inglés, donde se entrevista con el fakir, que pide más medios. El tema deja de ser, en ese punto, intermediado por los italianos para pasar a manos de los que realmente tienen medios, que son los alemanes.

La inteligencia alemana diseñará dos operaciones. La operación Feuerfresser (comedor de fuego), y la operación Tigre. Contactan en Roma con el rey Amalulah y, en Suecia, con un explorador y aventurero de fuertes simpatías nazis, Sven Hedin. En Kabul, un tal teniento Witzel, jefe de la inteligencia alemana en la zona, contacta con el fakir. La central de Berlín envía a dos espías: Manfred Oberdörffer y Frederik Brandt. Sin embargo, estos dos serán fruto de una emboscada realizada por tropas británicas y afganos proingleses. Oberdörffer muere en la refriega.

Todos estos sucesos van retrasando la concordia entre alemanes y activistas afganos hasta que, por medio, se produce un gran cambio en el entorno: el ataque alemán sobre la URSS. Obviamente, este hecho abre enormes posibilidades de entendimiento entre Moscú y Londres, que se repartirán zonas de influencia en Irán y se juramentarán para mantener el control sobre Afganistán, para garantizar sus comunicaciones.

El fakir Kahn, para entonces, está empezando a desafectarse de la causa alemana. Para entonces, dice, se ha dado cuenta de que «los alemanes no son más musulmanes que los británicos». Para lubricar la situación, Ribentropp libera un crédito a favor del afgano por valor de 4,5 millones de marcos. Kahn toma el dinero con renuencia pero, finalmente, se decide a actuar. Es el momento. Para los británicos la situación es desesperada. Ha caído Singapur, y Birmania y, consecuentemente, la India está en serio peligro.

Con 500 hombres y una artillería modesta, Kahn ataca el puesto de Datta Khel, en la rivera del Tochi. El plan es poseer a partir de aquí el Kafiristán y, una vez hecho esto, descender sobre el valle del Indo, que esperan encontrar en posición de sublevarse contra el inglés debilitado. Los británicos desvían tropas del frente birmano (tropas, ojo, prácticamente sólo de hombres blancos) y los envían a Datta Khel. Lord Linlithgow, virrey de la India, le escribe a Churchill que la situación es la más seria desde 1857, es decir la llamada rebelión de los cipayos.

Otras tribus guerreras ocupan la línea férrea que une Karachi, Hyderabad y Lahore. La situación es comprometidísima para los británicos, que decretan la ley marcial en la zona. En Berlín, los agitadores musulmanes y Chandra Bose preparan la nueva Constitución de la India libre.

¿Qué falló? Pues, básicamente, lo mismo que falló en Stalingrado: el mariscal Hermann Göring.

El teniente Witzel, que ya hemos dicho coordinaba todas las operaciones de inteligencia sobre el terreno, había informado a Berlín que lo que se había declarado con la acción de Datta Kehl había sido una guerra en toda regla. En las guerras ganan los buenos aprovisionamientos. Las tribus del Kafiristán necesitaban unas 525 toneladas de munición, que debían ser provistas desde el Cáucaso por la Luftwaffe. Pero la fuerza aérea alemana, lo sabemos por Stalingrado, será incapaz de asumir ese nivel de transporte. De hecho, la derrota en la ciudad soviética terminará con todos los planes alemanes de tomar la India.

Los italianos se ofrecen para realizar el aprovisionamiento desde su base aérea en Rodas. Pero el fakir se niega. Para entonces, tiene ya demasiado miedo la fuerza de los británicos. A partir de 1944, la guerra en toda regla se convertirá en guerrilla.

Alí Kahn no terminó sus acciones con la segunda guerra mundial. En 1946, todavía intentó federar a varias tribus afganas para atacar a los ingleses. Y, al año siguiente, tras la independencia y partición de la India, intentó crear un estado en la frontera bajo su presidencia, intención que fue impedida por las tropas pakistaníes.

En 1955, cuando Kruschev visita Kabul, el fakir todavía no ha depuesto sus armas. Finalmente, el líder soviético logrará convencerle de que acepte un acuerdo amistoso.

Mirza Hadji Alí Kahn murió retirado en su villa de Ipi en 1960. La prensa inglesa, en tal ocasión, lo saludó como «un adversario valiente y honorable».


martes, junio 18, 2013

Los señores del poder



Hay varias buenas noticias que contar sobre este libro de José Varela Ortega. La primera y más importante es que es, probablemente, uno de los libros más inspirados y completos que se pueden encontrar hoy en las librerías sobre la Historia de España (y, por extensión, de Europa; sobre todo, de Francia). En medio de un panorama repleto de escritorcetes que con dos fichitas y una ideología construyen la historiografía, o por lo menos lo intentan, este libro de Varela, al fin y al cabo intelectual del círculo de conocimiento de Santos Juliá (con mucho, la mejor historiografía española en la actualidad), sorprende por lo sólido de sus desarrollos, y lo apabullante de sus fuentes.

Es tan así que, en realidad, Los señores del poder es, hoy, la mejor herramienta que el lector puede encontrar para entender la Historia de España. Sin embargo, todo tiene sus contras, o sus problemas, como se mire.

El principal de ellos, que si el lector tiene una serie de presupuestos ideológicos sencillos, lo mejor es que no se lo compre, porque perderá el dinero. Por ejemplo, si consideras que un tirano es siempre una figura política destinada a favorecer a los poderosos, no te lo compres. Si consideras que la Historia política de España entre el final de la guerra de la Independencia y la II República es una especie de mezcolanza aburrida en la que no pasó nada de interés, no te lo compres. O si piensas que la democracia española es, o debe ser, directa heredera de la II República, tampoco te lo compres.

La segunda cosa importante que debes entender es que este libro es un ensayo histórico. Eso quiere decir que no cuenta ni describe la Historia de España, sino que la explica. Así pues, hay que tener un poquito de nivel para leerlo. Ésta es la condenación de la obra; debería ser leída por muchas personas que, sin embargo, no pasarían de la página 30 porque son demasiadas las cosas que se dan por sabidas. Para colmo de colmos, el autor obtiene una buena parte de los ejemplos que necesita para describir los elementos evolutivos de la política del mundo clásico, romano y sobre todo griego. Considerando que el conocimiento de los clásicos es una de esas cosas contra la que se ha practicado la limpieza étnica intelectual, la cosa se hace más difícil todavía. Pero, vaya, si eres ducho en Solón, que sepas que este libro te explica con gran pericia por qué sigue, de alguna manera, presente en tu vida.

El sujeto del libro es España. O, más concretamente, los políticos de España, entendida esta expresión en un sentido amplio, puesto que el sintagma «los políticos de España» ha incluido, hasta hace bien poco, a clases teóricamente externas, como el Ejército. Es un libro sobre los políticos de España, y de cómo han trabajado, en los últimos 200 años, para moldear el poder, moldearse en el poder, e intentar conservarlo. Es un hecho sobradamente formulado pero merece la pena repetirlo cuantas veces sean necesarias: el objetivo del político, en términos generales, no es el bien común, sino la conservación del voto. Evidentemente, por eso el político democrático, hoy en día, trata desesperadamente de convencer al público de que las cosas que dicho público quiere votar son el bien común; pero en modo alguno se erige en esa figura platónica del aristos al frente de la cosa pública, transmitiéndole a la gente lo que él cree que es el bien común.

Arrancando, como decíamos, desde Solón y Clístenes, Varela Ortega nos cuenta cómo las clases gobernantes se han ido encontrando con los conflictos, y los cambios que han ido diseñando en el sistema político para evitarlos. Es importante entender, para que luego las ilusiones no se conviertan en abucheos, que éste no es un libro que historie de corrupción política, el engaño o la falsedad. Lo que se describe puntillosamente, con España en el centro, es la forma en que los políticos han ido diseñándose a  sí mismos y a los sistemas en los que actuaban para superar los problemas y contradicciones surgidos en la etapa anterior.

La figura del político, en tanto que representante de algo más que de sí mismo y sus intereses, nace, como otras tantas cosas, en la Revolución Francesa. Como hijo de la Revolución Francesa es la figura del Ejército nacional, que es una cosa que da mucha fuerza cuando se tiene una nación querida que defender, pero también es un portillo por el que se cuela la idea de que los sables tienen el derecho, y en ocasiones el deber, de actuar «por el bien de la Nación». El nacimiento de la política, daño colateral de la soberanía nacional (popular, se diría desde posiciones más enrabietadas), genera en España la dicotomía entre liberalismo y conservadurismo, que dio para tres guerras civiles hoy bastante olvidadas, entre otras cosas porque ni la cultura ni la enseñanza oficiales se ocupan de recordarlas; dicotomía que generó un tablero de juego, bien descrito en esta obra, por el cual los perdedores no se veían abocados a lo que hoy llamamos oposición, sino a ser perseguidos, exiliados y reprimidos (the winner takes it all, cantarán, siglo y medio después, los muy civilizados suecos); con lo que no les quedaba más que una manera de revertir la situación: echar mano de los espadones.

Todo aquel montaje, notablemente insensato e ineficiente, hizo crisis en La Gloriosa de 1968, que a pesar de ser una revolución ilusionante no logró evitar evolucionar como un proyecto radical y exclusivista y acabó degenerando en un golpe reaccionario. El autor explica en ese punto los porqués de la Restauración, montaje político muy longevo (medio siglo) diseñado por Cánovas para, nos dice, alejar definitivamente al Ejército del poder político (no por casualidad, pues, la señal de que dicha Restauración ha llegado a su punto máximo de empobrecimiento moral es... un golpe militar). Las dos grandes familias del liberalismo pactan un turno pacífico, aderezado por una oposición minoritaria controlada, casi una colección de geranios decorativos, basado en el principio, que hoy nos parece realmente peripatético, de que las elecciones las ganen siempre quienes las convocan, léase quienes las organizan desde los gobiernos civiles.

En una descripción de este tipo, es lógico que aparezca el caciquismo como fenómeno de primer nivel. Sin embargo, Varela nos recuerda, de alguna manera, que la visión moderna del caciquismo como algo superado es un tanto infatuada. Los caciques de hogaño favorecían a sus amigos; era la suya una operación deleznable, pero razonablemente barata. Los políticos de hoy favorecen a sus electores, que son mucho más y, por lo tanto, demandan mucho más dinero.

Los capítulos dedicados a la II República y a la deriva hacia la guerra civil son especialmente brillantes. Ya digo que quien esté acostumbrado a juzgar este periodo de la Historia de España a base de los prólogos de los libros y los guiones de las series de Televisión Española, mejor es que no haga el intento de atacar este libro; empezará aburriéndose, seguirá cabreándose, y acabará entrando en este blog a intentar trollear cualquier post; lo cual es, digámoslo claramente, un puto coñazo.

Muy sucintamente, el juicio analítico de la II República es: hubo democracia, pero no hubo alternancia. Como por otra parte reconocen con bastante claridad muchas memorias, cartas y conferencias elaboradas por los exiliados tras su derrota (en frases que se echan bastante de menos en las triunfalistas memorabilias al uso en el presente), la II República nunca integró dentro de sus objetivos existenciales la aceptación e integración del contrario. El suyo fue un régimen que no es que no hiciese esfuerzo por meter dentro a los que dudaban; es que los prefería fuera. Con el tiempo, se ha consolidado en el imaginario colectivo de muchos departamentos de Historia de las universidades y en las editoriales polémicas el concepto de que fue la deriva de las derechas hacia el fascismo la que justificó los siempre justificables «excesos» de las izquierdas. Este argumento, sin embargo, hace trampas intentando convencernos de que la operación utilizada es conmutativa, cuando no lo es. El orden de los factores altera el producto. La deriva al fascismo provocó los movimientos de las izquierdas... o, tal vez, los movimientos de las izquierdas provocaron o permitieron (se peca de palabra, de obra y de omisión) dicha deriva. No es lo mismo.

La II República era un proyecto todo lo bonito que se quiera, que lo era; pero era de una unidimensionalidad tan acojonante que fue arrancándose plumas hasta quedarse sólo con las de la cola, y aun así se veía a sí misma satisfecha, y satisfecha la siguen viendo sus nietos, que se han olvidado de leer a los Prieto, Azaña, Araquistáin, etc., de durante y después de la guerra. Tal vez por eso el neorrepublicanismo reacciona como reacciona ante la Transición de los setenta; al fin y al cabo, la hicieron aquéllos a los que ellos, entonces, y tal vez ahora también, querían dejar fuera del machito.

Flojea el libro, un poquito, al llegar al franquismo. A este bloguero, que ya ha escrito series sobre el tema y no se recata en confesar que le apasiona el proceso por el cual el general Franco consigue conservar el poder durante cuatro décadas en las que España pasa de ser Pocoyó a Brad Pitt, que se dice pronto; a alguien como yo, digo, le hubiera gustado un análisis algo más profundo sobre cómo el franquismo fue moviéndose y mutando conforme el tiempo pasaba y los ganadores de la guerra, por pura lógica demográfica, comenzaban a ser minoría. Porque creo que es un error ver en el franquismo esa longa noite de pedra, que escribió Celso Emilio Ferreiro, en la que la melodía de España se quebró y no pasó nada.

Con todo, el libro tiene un finale en completo stacatto, que son los materiales dedicados a los actuales procesos de memoria histórica y tendencia a denostar la Transición; que son, en el fondo, el mismo proceso. Son unas últimas decenas de páginas en las que el análisis gana ritmo, se vuelve casi frenético, y yo diría que demoledor. Se quedará en la memoria de los cuatro que lo lean, pero para éstos será una experiencia interesante, incluso aunque no compartan la tesis.

El problema, ya lo he dicho y simplemente lo reitero, es que quienes deberían leer este libro, no lo van a leer. No lo pueden leer, de hecho. Quien cree que las situaciones son el fruto de dinámicas unidimensionales; que vivimos en sociedades unicelulares donde cada cosa que pasa tiene una sola razón de ser; quien cree todo esto, digo, debería leer este libro para apreciar los muchos bordes que tiene el prisma de la Historia de España. Pero en la lectura se perderá, con mucha probabilidad, porque el libro es complejo.

Igual que las cosas que describe.

viernes, junio 14, 2013

Pepe Plazuelas

En el proceloso mundo de la monarquía española, hay algunas cosas que están claras. Por ejemplo, que Fernando VII es el rey más odiado por los españoles que hemos vivido después de él; y que su, digamos, competidor, el francés José Bonaparte, es el rey de España más odiado por quienes fueron sus súbditos.

El paso del tiempo ha terminado por reivindicar al hermano de Napoleón Bonaparte, si bien, quizás, no en la intensidad que se merece. La figura de José Bonaparte, probablemente, nunca podrá dimensionarse adecuadamente, por la simple razón de que siempre tendrá el rey francés un pecado capital, que es el de haber sido un rey impuesto; impuesto, además, por un invasor. Sin embargo, como digo es la del buen Bonaparte una de esas figuras que, como el buen vino, gana con el tiempo.

José Bonaparte, el mayor de la camada de tal apellido, nació el 7 de enero de 1768 en Corti, Córcega. Fue un hijo tardío de los esposos Carlos Bonaparte y Letizia Ramolino, quienes para entonces llevaban cuatro años intentando concebir sin conseguirlo; eso sí, una vez abierta la lata, vendrían doce hermanos más.

José y su hermano Napoleón se fueron al continente a estudiar, pero en 1485 su padre falleció de un cáncer de estómago, precisamente estando en Montpellier visitando a sus hijos. Así pues José, como primogénito, hubo de regresar a Ajaccio a ocuparse de las exiguas rentas que su padre había dejado, mientras eran otros de sus hermanos los que se iban a estudiar. Años después, cuando la familia quedó asentada, decidió retomar sus estudios. Quería ser abogado y para ello quería ir a estudiar a Pisa, en Italia. En apenas un año, se doctoró en Derecho Civil y Canónico, regresó a Córcega, y se colocó como letrado del Consejo Superior de la isla.

Con la Revolución Francesa, toda la familia se trasladó a Marsella. Fue allí, en 1794, cuando José se casó con Julia Clary, hija de un comerciante local.

Cuando Napoleón fue nombrado general jefe del ejército de Italia, éste aprovechó para recomendarle al Directorio las habilidades de su hermano. París, en efecto, lo nombró embajador plenipotenciario ante la Corte de Parma y, poco después, en Roma. Prueba de que el Estado francés acabó viendo en él a uno de sus mejores diplomáticos es que, en 1800, le confiaría la negociación de los acuerdos de paz con Inglaterra y Austria, así como el Concordato con el Vaticano.

La proclamación del Imperio, obviamente, jugó a su favor. Fue nombrado Gran Elector, lo cual lo convertía en una especie de vicepresidente; y como tal ejerció en 1805, cuando las obligaciones bélicas obligaron a su hermano Napoleón a ausentarse de París. Tras la victoria de Austerlitz, Napoleón le entregó a su hermano un ejército para que conquistase el reino de Nápoles y, una vez que dicha conquista se hubo verificado, lo nombró rey.

En Nápoles, José Bonaparte, que por haber estudiado en Italia conoce el alma de aquella península muy bien, se hace querer muy rápidamente. Entre otras cosas, porque el rey francés toma diversas medidas de corte muy liberal: supresión de las normas feudales, rebaja en el poder de las grandes órdenes religiosas, venta de las tierras propiedad de la Corona y, sobre todo, dotación del país con una Constitución, la primera que tuvo. En 1808, cuando Carlos IV y su hijo Fernando renuncien en Bayona a la corona de España y consecuentemente Napoleón decida designar rey a su hermano, los napolitanos harán todo lo posible para que no se vaya.

Desgraciadamente para José, el gobierno monárquico es al gobierno a secas como una sociedad anónima deportiva a una sociedad anónima a secas: algo de naturaleza especial que se rige por reglas también especiales. Los reyes, además de ser buenos gobernantes, han de ser legítimos; esta característica, de hecho, es tan importante que no es nada raro que el rey sea un perfecto zote, y sin embargo siga siendo aceptado como tal por el hecho de ser el primogénito de su padre, o sea legítimo. Y, recíprocamente, un rey excelente será un mierda si no es legítimo. José Bonaparte fue rechazado por los españoles desde el minuto 1.

José Napoleón I hizo esfuerzos por ganarse a su pueblo. Sobre todo haciendo gala de una religiosidad que consideraba sería positivamente recibida por los españoles. En su mente, con seguridad, estaba su primer gesto como rey de Nápoles, que había sido ir a la catedral de San Genaro y tocar al santo patrón con su propio collar de diamantes; gesto que había arrancado una salva de aplausos del pueblo napolitano. Así pues, Bonaparte, que era masón, tomó la costumbre de oír misa diaria en distintos templos de la ciudad donde se encontrase. Comenzó a ir a los toros, a pesar de que era una fiesta que le repugnaba. Y gustaba, cuando comía en público, de ordenar paellas valencianas; un plato que encontraba peor que el agua sucia. Todo, para caerle bien a los españoles.

A los once días de entrar en Madrid tuvo que salir a la naja de la ciudad, tras el descalabro gabacho en Bailén. Cuando pudo volver, una vez que su propio hermano le ayudó a recuperar la capital, se aplicó a rediseñar urbanísticamente la ciudad, que entonces era un villorio caótico. Proyectó, pero nunca realizó, una avenida similar a la que sería de los Campos Elíseos en París, desde el Palacio Real hasta la Cibeles. Lo que sí hizo fue racionalizar el tránsito y la organización urbana con la creación de varias plazas hoy bien conocidas: Santa Ana, del Carmen, del Rey, de los Mostenses, de San Ildefonso y de San Martín; sólo le valieron para ser conocido por los madrileños como Pepe Plazuelas.

José Bonaparte era bien consciente de los problemas que planteaba que la propia Francia se tomase su presencia en España como una ocupación. Por eso trató siempre de convencer a los militares franceses de que trajesen a España a sus familias; instrucción que fue normalmente preterida (sin ir más lejos, por su propia señora esposa).

El rey francés, además, reunió una corte de afrancesados, españoles normalmente ilustrados que habían asumido los ideales de la Revolución Francesa y, consecuentemente, estaban por los planes reformistas del monarca. Los Goya, Cabarrús, Maiquez, etc., han sido sistemáticamente maltratados por no pocos historiadores, que habitualmente olvidan que todos ellos tenían un soporte legal para hacer lo que hicieron, que era la renuncia expresa de su rey, Fernando VII; cosa que no tenían, por ejemplo, los colaboracionistas franceses de Vichy; los cuales, sin embargo, qué cosas, resulta que eran todos resistentes escondidos y antihitlerianos furibundos. Y un pene como una pieza de menaje.

En una cosa José Bonaparte inició una tendencia que seguirían después los borbones y aun ese breve rey llamado Amadeo de Saboya (que ya la rima tenía que haber dado para sospechar, la verdad): el carácter de pichabrava.

Ya en Nápoles, José había tenido dos hijos extramaritales con una siciliana. Instalado en España, siguió con sus correrías extramuros del sacramento, hasta encontrar a la marquesa de Montehermoso; que, la verdad, el nombrecito del título ya, de por sí, promete. María del Pilar Acedo y Sarriá hablaba perfectamente francés e italiano y tocaba la guitarra con mucho gusto. La cosa es que esta señora tenía una casa en Vitoria muy grande y cómoda. Así pues, estando José en la ciudad vasca, se hospedó en ella. Una mañana se asomó al patio y vio a una criada joven; al punto, la hizo llamar para preguntarla si quería salami. El caso es que se la tiró, razón por la cual aquella mañana no despachó con sus ministros.

Por la tarde hubo una kale borroka en Vitoria de la hostia. La gente quería linchar a la criada por haberse acostado con el francés; toda la ciudad conocía de la aventura porque la propia marquesa de Montehermoso la había contado, celosa de que el rey hubiese cedido a los encantos de una criada. Así pues José, una vez que logró impedir que a la pobre mandadera se la llevase por delante la turba por un quítame allá esos polvos, se lió con el ama. La señora marquesa debía de tener querencia por el francés, porque cuando de España fueron expulsados los gabachos y ella, viuda ya, se fue al exilio, casó con un militar galo, el señor de Caravesse.

Tampoco fue manco el idilio de José con Teresa Montalvo y O'Farril, condesa de Jaruco y oriunda de Cuba. Había enviudado muy joven de un hombre riquísimo, el conde de Jaruco, y estaba bastante más que buena. Además, era sobrina de uno de los ministros del gobierno bonapartista. Tanto y tantas veces se desarrollaron los amores entre ambos que José acabó gastándose un millón de reales en comprarle a la señora un palacio en la calle Clavel esquina Bilbao. Teresa murió, sin embargo, pocos meses después, momento que el rey aprovechó para empezar a cortejar a una de las hijas de ésta, Mercedes, casada con un militar, el general Merlín. El caso es que la Montehermoso, que había contemplado con no poca preocupación el encoñe real con la cubana, decidió que ya era suficiente y le fue con el cuento al general con que si el rey se está tirando a tu señora, man. La situación en la Corte se hizo muy compleja. Allí todo el mundo sabía que sabía. Al fin, un día, José Bonaparte hizo con el general eso de preguntarle, como quien no quiere la cosa, qué haría él si su mujer le engañase. Como quiera que Merlín le contestara que matar al amante sin dudarlo, el hermano de Napoleón decidió meterse la picha para dentro.

José Bonaparte fue un legalista hasta el final. En su finca de Montefontaine, ya en Francia, tras la guerra de la independencia, se obstinó en abdicar de la corona de España por el bien de todos los españoles que le habían servido, muchos de los cuales estaban con él, para que pudiesen así pasar al servicio de Fernando VII sin problemas ni escrúpulos (aunque el rey español demostró bien pronto que no tenía ningunas ganas de conservarlos sobre la faz de la Tierra). Y, por cierto, era casi abstemio. Sorprende, en este punto, la falta de puntería del pueblo español, que lo llamaba Pepe Botella, afeándole un vicio que no tenía; sin caer en la cuenta de lo muy rijoso de sus costumbres. Pero, bueno, esto del sexo desenfrenado, no hay más que leer la Historia,  ha sido un defecto que los españoles, tradicionalmente, perdonan a sus monarcas.

He dicho que la figura de José gana con el tiempo, y a lo mejor es que gana en exceso. Sinceramente, las teorías de que España habría sido otra si se le hubiese dejado gobernar, me parecen bastante desacertadas. José Bonaparte se resistía a las ideas de su hermano Napoleón de anexionar a Francia toda la España a la derecha del Ebro (como ya sabemos que soñó también Luis XIV); pero que se resistiese no quiere decir que fuese capaz, finalmente, de ganarle la partida a ese señor a quien los españoles llamaban El Empeorador. Su reinado no podía llegar a nada y, probablemente, de prolongarse habría supuesto la provincialización de un tercio de España que, con seguridad, habría revertido al país después de la caída de Napoleón. Que el tío era majo, vale. Que eso podría haber cambiado la Historia de España, ejem...

martes, junio 11, 2013

Soixante huit (Epílogo, o sea, juicio)

Bueno, después de un montón de capítulos dedicados al movimiento de Mayo del 68, que intentaré acopiar ahora para ofrecerlos en un solo post para masoquistas, creo se impone cerrar esta serie con un epílogo que trate de elaborar un juicio histórico sobre estos hechos de la Historia reciente de Francia y de Europa.

Mi juicio, creo que es lo justo decirlo así, de salida, no es muy bueno. Es más: tiendo a pensar que las personas que tienen un muy buen juicio de Mayo del 68, lo tienen así porque no lo conocen. Si algo descubre estudiar este movimiento es lo diferente que fue en la realidad a lo que luego se ha hecho de él; una característica que se puede aplicar a otros muchos procesos de corte más o menos revolucionario, desde la revolución francesa a la rusa, pasando por la Comuna, 1848, el espartaquismo, etc. Hay dos cosas que me llaman poderosamente la atención de Mayo del 68 y que tengo por mí que la mayoría de los que lo admiran desconocen.

La primera es que M68 dio escasos réditos, si es que dio alguno, a sus líderes; y, sin embargo, fue oro molido para los segundones de la partida. Como ya se ha dicho en algunos puntos de estas notas de una forma algo menos organizada, ninguno de los grandes organizadores de las movidas de M68 llegó a algo serio en el mundo de la política francesa o europea. Daniel Cohn-Bendit, el supuesto Gandalf el Blanco de aquel movimiento, se ha arrastrado durante décadas, a extramuros de la Política con p mayúscula, vinculándose a organizaciones minoritarias que, en esto ha sido honesto, consideraba eran las que mejor representaban las ideologías que se manifestaron en el Quartier Latin. Alain Geismar ha tenido una existencia de personaje de segunda fila en las estructuras de poder, de florón de aquellos tiempos. Jacques Sauvageot ni siquiera intentó eso. El maoísmo militante, que iba a mover el mundo mundial si hemos de creer a la dinámica de las asambleas de Nanterre, no se ha comido una mierda en elección alguna en Francia tras los sucesos. Alain Krivine, la Gran Esperanza Trotskista, se ha quedado para vestir, si no santos, sí por lo menos revolucionarios. Y qué decir de Pierre Mendes-France, que iba a ser el Archipámpano de la Revolución, el Nuevo Gran Timonel, el hombre que traería al gobierno de Francia los usos democráticos de verdad y bla...

Pîerre Mendes-France ocupa hoy en las enciclopedias Larousse mucho menos espacio que el hombre que se ofreció para ser presidente de la República en cohabitación con él. Ese hombre, François Mitterrand, sí que ganó con el proceso: quince años después, fue, efectivamente, Monsieur le Président. El Luis XIV de la V República, y eso a pesar de haber sido un político desahuciado durante varios puntos de su carrera, y de poder ser, de hecho, blanco de muchas preguntas incómodas sobre su pasado (que nunca le llegaron porque, además de beneficiarse de M68, Mitterrand siempre se benefició del proceso de alucinación colectiva de la sociedad francesa respecto de sus actitudes frente a, o más bien respecto de, Hitler).

Aunque un buen análisis debería ser más profundo y aflorar más nombres, no deja de ser cierto que los dos grandes ganadores de la política francesa tras Mayo del 68, además de Valéry Giscard d'Estaign, que ya estaba jugando su baza antes de que los hechos ocurrieren, son: un representante del socialismo oficial que tuvo un papel poco menos que protocolario en el proceso revolucionario, y que de hecho se subió al carretón en las últimas, François Mitterrand; y el oscuro, pero al mismo tiempo brillante (este señor es así: un oxímoron en sí mismo), secretario de Estado de Empleo que firma con los sindicatos y la patronal los acuerdos de Grenelle y los posteriores: Jacques Chirac. Si parásemos por cualquier calle del Quartier Latin, a finales de mayo de 1968, a cualquiera de aquellos estudiantes gafapastas que, tras un aspecto de empollón, escondían a un maoísta de la UJCml, o a un trotskista lambertista, o, lo que es peor, a un guerrillero katangoise de aquéllos que pululaban por la Sorbona patrullándola como si París fuese la selva congoleña; si parásemos a cualquiera de éstos y les dijésemos que Mitterrand y Chirac serían los dos grandes receptores de poder tras el proceso que estaba llevándose a cabo, se habría partido literalmente la caja de risa. Esto es así porque la inmensa mayoría de aquellos jóvenes eran marxistas bastante ortodoxos; y, consecuentemente, creían estar viviendo un proceso dialéctico en el que ellos no eran la antítesis, sino la síntesis; y, consecuentemente, no aceptaban un movimiento de reflujo, una marea baja como la que finalmente se produjo, y que instaló a la sociedad francesa, y por extensión las europeas, muy lejos de las soluciones extremas que M68 propugnaba.

Otro elemento importante que aflora del conocimiento mínimamente profundo de Mayo del 68 es la inveracidad absoluta de la afirmación de que fue «un proceso de unión de la izquierda». En realidad, fue todo lo contrario. Nadie en el ámbito de las derechas francesas combatió Mayo del 68 con tanta saña como el Partido Comunista Francés. La colección de L'Humanité de aquellos cincuenta días está petada de artículos de fondo, algunos de ellos escritos por el propio Georges Marchais, poniendo a parir a los revolucionarios de Nanterre. Las gentes de izquierdas suelen tener una visión idílica de sí mismas y, por lo tanto, les cuesta ver los espacios de competencia y, sobre todo, les cuesta admitir que, en el marco de una competencia de estas características, cualquier formación es capaz de dar la espalda a sus propios principios con tal de meterle a sus camaradas una buena cucurbitácea camino del sigma rectal. Esto mismo hicieron el PCF y su sindicato amigo, la CGT. Y, haciendo eso, violaron los únicos, en realidad muy pequeños, posibles que tuvo aquel movimiento de triunfar.

Los movimientos fracasan, y tal le pasó a Mayo del 68; pero eso no quiere decir que no triunfen a la larga. Mayo del 68, de hecho, es un movimiento ampliamente triunfante, hasta el punto de que todos los que hoy estamos vivos sobre la Tierra, cuando menos en los países occidentales, somos, de alguna manera, hijos de Mayo del 68. Los españoles, tal vez, en mayor medida que otros, puesto que hemos abrazado ese movimiento (que pasó de nosotros como de comer mierda, como bien recuerda el escritor y gastrónomo Xavier Domingo, que sí estudiaba en Nanterre en aquellos días, en un artículo que escribiera para la revista Historia 16) como si fuera nuestro; como digo, las más de las veces sin conocerlo, sin valorarlo y, ojo, sin haberlo vivido.

La gran herencia que nos ha dejado Mayo del 68 es la filosofía del egalitarismo. En esto, a M68 se le nota la vis anarquista. Los mismos marxistas que durante la II República española y la Guerra Civil combatieron el egalitarismo de la FAI han terminado por asumir el egalitarismo de M68 y hacerlo suyo. Hoy, lo que no trata por igual a todo el mundo, no es ni democrático ni defendible. M68 ha servido para olvidar que, en realidad, discriminar es tratar de forma desigual a los iguales; merced a su raíz anarquista, ha conseguido convencernos de que la práctica de tratar desigualmente a los desiguales también es deleznable.

El ejemplo más claro donde se ve esto es en el ámbito de la educación. Ayer mismo seguía yo en Twitter una discusión sobre el tema de las becas. Un tuitero, obviamente liberal, venía a decir que permitir que la universidad se llene de brillantes y de zotes no hace sino hacer zotes a los brillantes. Entonces alguien le contestó algo así cómo: «el hecho de que defiendas becas con alta exigencia de nota demuestra lo que opinas de la igualdad». Esto, en junio del 2013, es Mayo del 68 en estado puro. La educación es un derecho y, por lo tanto, no se puede vedar el acceso a la misma a nadie; aunque sea un zote. Aunque, en expresión muy española, no valga para estudiar. Unas becas que te financiasen todo, absolutamente todo, pero que te exigiesen una nota de 8,5 o superior, estarían tratando de forma desigual a los desiguales. Y eso, tras Mayo del 68, también es pecado.

El espíritu de Mayo del 68 se ha cargado la educación en los países occidentales, y algún día, tal vez, los impulsores de este proceso se encontrarán con generaciones que les pedirán cuentas por ello. Las cosas se podrían escribir de forma más edulcorada, pero es lo que hay. Mayo del 68 fue, primero que todo, un proceso de cambio en el sistema educativo, muy influido por la forma de pensar de la primera mitad del siglo XX, que concebía (Big Brother, Brave, brave new world...) las sociedades occidentales como enormes fábricas de epsilones sin pensamiento; de personas sin criterio ni capacidad crítica, «diseñadas» para trabajar por los engranajes capitalistas. En la resistencia frente a ese orden de cosas soñó un sistema educativo distinto, en el que había que desterrar cosas como: el aprendizaje memorístico, el saber clásico, los exámenes (anda que no ha dado para pajas sin fin el mito ése de la evaluación continua...), los deberes, la disciplina en clase, los castigos, y, en general, la autoridad. Autoridad del maestro y autoridad del esfuerzo; ambas. La educación deja de ser un proceso por el cual el maestro, por interés o generosidad, vierte sus conocimientos sobre el alumno (en la antigua India, las clases comenzaban con una breve ceremonia en la que los alumnos colocaban su cabeza bajo el pie del maestro); para pasar a ser un proceso compartido de conocimiento e integración, y todas esas cosas.

Por el camino, el espíritu de Mayo del 68, que surgió para evitar que el mundo fabricase epsilones, lo que ha hecho ha sido fabricar un mundo de seres concienciadísimos que no distinguen un logaritmo neperiano del lápiz de labios de Beyoncé.

Otra gran herencia de Mayo del 68 es el muy especial concepto de representatividad social y política. Hoy estamos tan acostumbrados a vivirlo que ni nos percatamos de cómo es; pero resulta realmente curioso a poco que se piense.

Tiene su coña eso, que se dice mucho, de que Mayo del 68 fue un movimiento democrático. Mayo del 68 fue un movimiento asambleario, que no es lo mismo. De democrático tuvo poco, ya que sus propios impulsores, lo dejaron bien claro en sus manifiestos y sobre todo en las entrevistas que el propio Cohn-Bendit concedió a la prensa en aquellos momentos, concebían su movimiento como una democracia reservada a los suyos. Mayo del 68, como movimiento, otorgaba carnés de demócrata; y a quien no lo recibía, lo lapidaba, como pudieron apreciar incluso prestigiosos premios Nobel, cercanos al movimiento, que intentaron hablar en esa supuesta ágora abierta a todos en que se había convertido Nanterre, y no lo consiguieron porque quienes consideraban aquel foro de su propiedad democrática no permitían notas discordantes en el mismo.

Ni qué decir tiene que tampoco colabora mucho para elevar las credenciales de democracia del movimiento su punto más elevado, que es el mitin de Charléty; reunión en la cual, ahí está la prensa de la época y bastantes libros que lo cuentan muy bien, la tesis que se defendió era la toma revolucionaria del poder bajo la interpretación de que la masiva huelga general del país había demostrado que el Estado gaullista había dejado de existir. Los revolucionarios de Mayo del 68 no estaban dispuestos a someterse al examen de las urnas y, precisamente por eso, el gesto del Gobierno Pompidou de convocar elecciones acabó con la ya muy frágil (en realidad, inexistente) unidad del movimiento. Porque los verdaderos activistas e ideólogos de Mayo del 68 no querían ir a unas elecciones; querían tomar el poder. Se sentían sobradamente legitimados para ello; y aquí reside la segunda gran herencia de Mayo del 68.

Se puede formular así: la legitimidad se puede obtener de las urnas, o de otra manera. O, si se prefiere: la legitimidad de la calle es tan legitimidad como la de las urnas. Incluso, más. Así las cosas, en el mundo post Mayo del 68 hay un alcalde que decide urbanizar una zona; entonces llegan unos señores, la Asociación Ecologista de la Loma Tiesa, y dicen que eso es una burrada. Y, automáticamente, el alcalde (que ha sido elegido para ser alcalde) ya no tiene que negociar con los concejales (que también han sido elegidos para ello), sino con la Asociación Ecologista de la Loma Tiesa; que son unos señores de los que, habitualmente, se desconoce cuántos militantes tienen al corriente de pago, cuánta gente les apoya, o la calidad de sus técnicos (si es que los tienen), etc. Simplemente, están ahí, y dicen que la calle los ha legitimado. Finalmente, el proyecto de urbanización ha de pactarse con unos señores que nunca han pasado por el filtro de los votos para estar ahí. En las siguientes municipales, un grupo ecologista, obviamente cercano a los de la Loma Tiesa, se presenta a las municipales, y saca tres votos; pero nadie parece darse cuenta.

Este proceso, que se puede apreciar en cualesquiera partes (véase el fenómeno de los reverendos afroamericanos de las ciudades de Estados Unidos, que dicen representar a una raza que luego vota a otros), es más intenso en España, porque en España, en realidad, fue un fenómeno que tuvo su justificación durante los años en los que la representación política no era perfecta porque estábamos migrando desde una dictadura. Hoy, sin embargo, tres décadas después de la construcción de los canales democráticos, ahí sigue.

En suma, Mayo del 68 no es un periodo histórico que despierte cuando menos mis pasiones. Le veo más sombras que luces y no acabo de ver la utilidad de su herencia; es más: en su herencia veo cosas que me gustan más bien poco. Pero está ahí, en nuestro ADN. Nosotros, las gentes de hoy, como Peter Parker, no podemos sortear el hecho de que, por mucho que lo neguemos, somos arañas.

miércoles, junio 05, 2013

Soixante huit (21: Coda sangrienta)

De esta serie se ha publicado ya un primersegundotercercuartoquintosexto,  séptimooctavo, noveno , décimo, décimo primer,  décimo segundodécimo tercer, décimo cuarto, décimo quintodécimo sextodécimo séptimo,  décimo octavodécimo noveno y vigésimo capítulo.

Resumen de lo publicado: El anuncio de Sauron de convocar elecciones en la Tierra Media ha terminado por dividir a hobbits, enanos y Rojirrim, que empiezan a tratarse los unos a los otros como si nunca hubieran sido amigos. Poco a poco, los enanos comienzan a amagar con dejar la huelga y volver a las minas, merced a las instrucciones recibidas por sus reyes de que lo importante es ir ahora a los comicios a encenderle el pelo al Señor Oscuro. Los hobbits, así las cosas, se quedan más solos que nunca.
---------------------------
Aquel 10 de junio, un grupo de chicos y chicas maoístas de la UJC-ml regresa en París de una movida de apoyo a los huelguistas de la Renault. Bastante cansados, acaban de almorzar. Están al borde del Sena. Si hemos de creer a la versión policial, el grupo llega a un control de las fuerzas de seguridad y varios de ellos, intentando evitar el control, se lanzan al agua. Una chica es rescatada del agua viva; pero un chico joven, a pesar de los esfuerzos policiales (siempre según ellos mismos), perece ahogado. Se trata del joven de 17 años Gilles Tautin, alumno del instituto Stéphane-Mallarmé.

lunes, junio 03, 2013

Más sobre la muerte de El Hechizado

Hace muy pocos días le dedicamos unas líneas al tema de la muerte de Carlos II, El Hechizado, y las cuitas dinásticas que provocó. Algunos de mis amigos y lectores, sin embargo, al leer el post, me han, por así decirlo, reprochado que aquel texto se refiriese únicamente a las cuestiones de derecho sucesorio que estaban en juego. Ciertamente, en mi post apuntaba yo que había mucha política detrás de todo aquello; pero, tal vez, el relato de esto, de la política, quedó demasiado escamoteado. Estas notas de hoy pretenden solventar el problema.

miércoles, mayo 29, 2013

Soixante huit (20: por un quítame allá esas urnas)

De esta serie se ha publicado ya un primersegundotercercuartoquintosexto,  séptimooctavo, noveno , décimo, décimo primer,  décimo segundodécimo tercer, décimo cuarto, décimo quintodécimo sextodécimo séptimo,  décimo octavo y décimo noveno capítulo.



Resumen de lo publicado: El malvado Sauron, que sabe más por los siglos que lleva gobernando la Tierra Media que, en sí, por malvado, enciende un día su ojo en la cumbre de Mordor y lanza el mensaje inequívoco: de aquí no me mueve ni la Benemérita. Los hobbits, que ya se creían en posesión de la Tierra Media, se quedan con un palmo en las narices. Lo siguiente que hace Sauron es anunciar elecciones en la nación, con lo que los hobbits acaban ya por romperse: unos quieren presentarse a los comicios, convencidos de que pueden vencer al Señor Oscuro. Y otros quieren seguir repartiendo mangüitis.
-------------

Hablando con propiedad, los sindicatos franceses han reaccionado días antes, tras el discurso de De Gaulle y la demostración de los Campos Elíseos, llamando a organizar un acto que suponga la digna respuesta a esa iniciativa. Sin embargo, poco a poco este entusiasmo de reacción se va matizando. Force Ouvrière, por ejemplo, no tarda a abrazar su táctica tradicional de que no merece la pena manifestarse en la calle por reivindicaciones políticas. Todo el mundo mira a la CGT. Pero la CGT es la mejor expresión del daño que le ha hecho el último gambito gaullista a las intenciones revolucionarias: lo más importante, dicen los sindicalistas, es, ahora, ganar las elecciones.

viernes, mayo 24, 2013

A la muerte de El Hechizado

Que en los comienzos del siglo XVIII en España se montó la marimorena, no hace falta ser catalán para saberlo y entenderlo. Nuestra guerra de sucesión es un hecho de capital importancia para el país por muchos motivos, algunos de ellos tan duraderos como la filiación de la dinastía que reina en nuestro país a día de hoy. Tal vez por ello, todo el mundo más o menos cultivado conoce el tema y sabe algo sobre él.

miércoles, mayo 22, 2013

El rey casto y su mujer española



El rey francés Luis XIII, llamado por sus paisanos El Justo, tiene como principal mérito ante la Historia el de ser el padre de Luis XIV, considerado por los franceses, tal vez, como el mejor rey que nunca tuvo Francia. Ese mérito, sin embargo, es dudoso, a decir de muchas interpretaciones. Interpretaciones que recuerdan las difíciles relaciones que tuvo Luis con su esposa, la española Ana de Austria; y, en general, la repugnancia o rechazo del contacto sexual, que también le ha valido a este rey el apodo de El Casto.

El de Luis XIII, sin embargo, difícilmente se puede considerar un caso de impotencia, como los observados o sospechados en otros reyes. El del rey francés es un caso de sexualidad compleja, en el que bien harían en bucear los estudiosos de las parafilias.

Lo primero que hay que decir de Luis XIII es que era hijo de Enrique IV. Esto que, así de principio, parece una gilipollez, no lo es tanto si al tiempo decimos que Enrique IV es, probablemente, el rey francés (y, quizás, no francés) más putero de la era moderna. De él se dijo que tuvo más de 50 amantes y una gran multiplicidad de bastardos. Era la suya una rijosidad democrática, pues igual le daba irse a la cama con una condesa dueña de una gran heredad que con la mujer de su jardinero. Era, pues, un hombre disoluto, como se decía antiguamente, que, como consecuencia, coqueteó con las enfermedades venéreas, habiendo sufrido, cuando menos dos veces, incapacidad de orinar por causa de afecciones gonorreicas.

Ese carácter no muy ejemplar afecta en gran medida a su hijo y delfín, que se crió en un ambiente un tanto extraño y no muy ordenado, en compañía de algunos de sus hermanos bastardos. Cabe adivinar que, a lo largo de aquellos años, desarrolló una extraña atracción por el sexo, combinada con el rechazo del mismo por el rechazo a su padre.

La vida de Luis XIII está extraordinariamente bien documentada gracias al diario de su médico, Jean Hérouard, quien realizó, a través de sus anotaciones, una descripción minuciosa de la infancia del Delfín. Descripción en la que quedan pocas dudas de la distancia entre padre e hijo. Nos cuenta el médico, en efecto, que, siendo Luis un niño, una de las damas de la reina le dijo: “no iréis a ser vosotros un lujurioso como vuestro padre”; a lo que el niño respondió con un seco, y frío “no”.

Hérouard nos informa que Luis XIII nació recio, musculoso y sano, aunque pronto se le presentó un problema que pudo ser de gran influencia en su sicología. Al día siguiente de haber nacido, su aya notó que sufría al mamar, por lo que le observó la boca para encontrar que aún tenía el frenillo, que le fue cortado por Gillemeau, cirujano del rey. Lamentablemente, la operación no salió del todo bien; o, tal vez, el niño tenía otro problema “de salida”. El caso es que, cuando empezó a hablar, se observó que tartamudeaba y pronunciaba algunos sonidos fónicos de mala manera. Si el gran problema de Luis XIII, como aseguran algunos historiadores, fue la timidez, aquello no pudo colaborar para hacerlo más extrovertido. Por cierto, que en Luis XIII se da una historia bastante parecida a la que cuenta la película El discurso del rey, puesto que en la más importante perorata de su vida, aquélla ante el Parlamento para sancionar su mayoría de edad, no se equivocó ni una sola vez. Se ignora si alguien le ayudó para ello.

En la infancia de Luis, éste tuvo un preceptor, Nicolas Vauquelin, que, dato importante, fue despedido muy poco después de la muerte del rey Enrique IV. A este hombre le adjudican no pocos libros la responsabilidad de haber dirigido una educación para el Delfín que no reparó en impulsar sus vicios. Siendo apenas un niño, el paje del señor de Longueville cumple su función de darle la novedad al rey-niño; servicio que éste contesta lui montrant sa guillery, que viene a querer decir, cuarta arriba, cuarta abajo, enseñándole la polla. El diario acontecer palaciego registra el mismo gesto de Luisito ante los embajadores de Saboya (tal vez, por la rima…) y de Escocia. Incluso delante del señor de Bonnières, aristócrata galo que le rendía en ese momento visita… acompañado de su hija. El médico real, con precisión notarial, nos hace ver que Luis niño juega constantemente con su ciruelo e incluso insinúa que va a hacer que la gente se lo bese. Tiene la costumbre de acostarse boca arriba para que todo el mundo que está con él pueda contemplar el espectáculo.

El matrimonio entre Luis XIII y Ana de Austria fue medio acordado cuando ambos eran apenas unos niños. Y, según diversos indicios, el niño Luis estaba como obsesionado con tirársela, aunque tal vez no entendiese muy bien el significado real de la cosa. El médico Hérouard le pregunta un día: “¿Dónde está la lindura de papá?”, refiriéndose a él; y el niño se golpea en el estómago. Luego le pregunta: “¿Y dónde está la lindura de Infanta [española: Ana de Austria, su futura mujer]; y el niño, por toda respuesta, se mete la mano en la bragueta.

A tiernísimos tres años, el 5 de agosto de 1604, la señora de Vendôme (a la que volveremos a encontrar en este relato, seriamente humillada por el rey), tras desnudar a su pariente, le pregunta si querrá que duerman juntos. “No”, le contesta el niño; “tú no eres la Infanta”.

Hay cosas que han intrigado a los historiadores de aquel niño pero que, probablemente, son más normales. Provenientes de la imitación realizada por un niño especial que puede hacer casi lo que le dé la gana. Un día ve a dos mujeres de la corte, y repara en que una le da a la otra un cachete en el culo. A partir de aquel día, él quiere golpear a las mujeres que le rodean con una pequeña fusta.

Hay que tener en cuenta que el propio rey tenía la costumbre, cada vez que regresaba de una jornada de caza (lo cual era muy habitual), de desnudarse, tumbarse en la cama y hacer desnudar a su hijo para que se acostara con él. Es posible que Enrique considerase que su hijo era poco viril y que haciendo cosas como ésa buscase corregir la situación. Mantuvo aquella costumbre de machotes acostándose en pelotas juntos hasta su propia muerte, que tuvo lugar cuando el Delfín tenía 9 años.

El diario de Hérouard, de hecho, es útil a la hora de valorar hasta qué punto al rey le preocupaba que su hijo pudiera ser un nenaza, y hasta qué punto lo presionaba por razones de Estado. Anota, entre otras cosas, que en 1605, cuando Luis tenía cuatro años, su padre lo llevó con él a contemplar un nuevo tapiz que representaba a unos niños, y allí le dijo: “Quiero que le hagas un hijo a la Infanta”. El niño le dijo que no lo haría. O sea, le dijo lo que cualquier niño le habría contestado.

A pesar de ese rechazo, son varias veces en el diario del médico en que se anota que Luis le ha asegurado a sus ayas que “la Infanta de España yacerá conmigo y yo le haré un hijo con mi polla”. Todo indica, además, que, conforme va avanzando la infancia del Delfín, todos estos conflictos van degenerando en una sexualidad mal asumida. Una noche, el niño tiene una pesadilla y su aya decide meterlo en su cama para que duerma tranquilo. En la mañana, el niño se despierta y le dice a la mujer: “Buenos días, perra, bésame”. Cuando el aya le inquiere por qué la llama perra, el niño contesta: “porque te estás acostando conmigo”. Suena a historia de su padre, el rey, mal contada, mal escuchada y mal comprendida.

Teniendo Luis XII catorce años (Ana de Austria apenas unas horas más que él), las diplomacias francesa y española deciden que ya es momento de que se casen. En el palacio del arzobispo de Burdeos se conocen el novio y la novia.

El Estado francés publicó un folletito, titulado Détail singulier de ce qui se passa le jour de la consommation du mariage de Louis XIII (25 décembre 1615). Según dicha obra oficial, todo fue de pila máster. Un poco en contra de las costumbres normales de la corona francesa, la reina madre, María de Medicis, solicitó de las dos camareras reales cuya función era pasar la noche entera en la alcoba de los novios que les dejasen una o dos horas a solas; tiempo tras el cual las dos mayordomas penetraron en la habitación para comprobar que el rey había consumado el matrimonio; dos veces. El texto está destinado a los miembros del cuerpo diplomático, pero éstos no parecen estar muy seguros de que lo referido sea la verdad. El embajador de Mantua, por ejemplo, le escribe a su jefe que el rey ha consumado el matrimonio “si es que se cree lo que se ha dicho”. La verdad es que muy pronto la historiografía francesa se dio cuenta de que aquella relación era un cuento; que, en realidad, Luis XIII no había tocado a Anita la Española. Y que, de hecho, tras aquella primera noche de Navidad, no regresó a su tálamo en cuatro años. Cuatro años.

Esta ausencia, unida al hecho de que los dos amores del rey, la señora d’Hautreufort y la señora de La Fayette, son muy posteriores (tenía casi treinta años) y de carácter meramente platónico (jamás les puso la mano encima) son las que han sostenido la teoría de que este rey francés debía ser llamado El Casto. Sin embargo, ya hemos referido varios testimonios, y podríamos referir más, que abonan la teoría de que, o bien dicha castidad era falsa, o bien se desarrollaba en el marco de una sexualidad bastante torticera y mal asumida.

Varios indicios parecen indicar, en todo caso, que conforme el rey fue cumpliendo años, esta asunción enfermiza de su sexualidad fue llevándole por derroteros cada vez más extraños. Y es aquí donde volvemos a encontrar a la señora de Vendôme, hija ella misma de Enrique IV. Esta miembra de la casa real francesa se casó el 20 de enero de 1619 con el duque d’Elboeuf. Los esposos se aprestaron, tras los esponsales, a llevar adelante su noche de bodas. Entonces el rey, haciendo uso del poder absoluto de que disponía, se hizo introducir en la cámara donde estaban los esposos porque, dicen las crónicas, “quería estar presente en su propia cama para así ver cómo se consumaba el matrimonio; acto que fue coronado más de una vez, con gran gusto por parte de Su Majestad”. Parece que la Vendôme nunca le perdonó al rey aquel voyeurismo inesperado y humillante; según el embajador de Venecia, le espetó: “Sire, faites vous aussi la même chose avec la Reine, et bien vous ferez” (señor, haced Vos lo mismo con la reina, y bien que haréis).

Cuatro días más tarde, Luis XIII regresó al tálamo de su esposa, por primera vez desde su noche de bodas, pero no sin que el señor De Leynes, su mano derecha, le impulsase a ello. A las once de la noche, el noble entró en la habitación del rey, y lo sacó de allí para, literalmente, ir a follarse a la reina. Prácticamente lo llevó de la oreja por los pasillos. Los meticulosos diarios de la Corte francesa registran con puntillosidad las escasas noches que, a partir de entonces, el rey visitó a la reina.

Pero la reina se quedó embarazada. En 1637, y después de haber hecho montones de rogativas ante la catedral madrileña de San Isidro, santo al que los madrileños creían capaz de preñar a las estrechas; y de, incluso, haber enviado a un cura francés, el padre Bachelier, ante la Corte española, para hacerse prestar por el rey español una reliquia del santo.

¿Era aquel niño, que sería el muy rijoso Luis XIV, hijo de Luis XIII? Difícilmente. El propio pueblo francés lo apeló, desde el inicio, con el chanzudo sobrenombre de Dieudonné, o don de Dios. Tan segura estaba la calle de que Luis XIV no era hijo de su padre que la tesis más extendida, que otorgaba la paternidad al noble señor marqués de Ancre, incluso se cantaba por las calles, con esta letra cuyo chiste es intraducible.

Si la Reine allait avoir
un enfant dans le ventre,
il serait bien noir
car il serait d’encre.

(Si la Reina fuese a tener/un niño en el vientre/sería con seguridad negro/pues sería de tinta. Obviamente, se juega con el chiste de que il serait d’Ancre, sería [hijo del marqués de] Ancre, suena como il serait d’encre, sería de tinta).

Para solaz de los naturales de  comunidades forales, se debe decir que la historiografía francesa y, en general, aquel pueblo, siempre sintió que, con la llegada al Louvre de un rey que, en realidad, sabe Dios de quién era hijo, se perdió el porte euskaldún que, hasta entonces, vía casa de Navarra, tenían los reyes franceses.

lunes, mayo 20, 2013

Soixante huit (19:... y el viento cambia)

De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sextoséptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primerdécimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, décimo séptimo y décimo octavo capítulo. 

Resumen de lo publicado: Tras la espantada de Sauron y el apagamiento, que parece definitivo, de su ojo en la cumbre de Mordor, los hobbits se creen ganadores definitivos de la lucha contra los poderes oscuros. Ello a pesar de que los Rojirrim y los enanos, teóricos aliados suyos, siguen en buena parte haciendo la guerra por su parte y tratando de pactar con Sauron en lugar de acabar con él. En aquel clima tan optimista, los hobbits comienzan a pensar en el futuro cuando tengan el poder absoluto sobre la Tierra Media, y se deciden por un amiguete, el mortaraz Aragorn Mendes, para que los gobierne.
--------
 
A las 12,25 horas de la mañana, el general De Gaulle ha vuelto a París. Tardará dos horas de recibir al primer ministro Pompidou y comenzar a dar explicaciones concretas.

viernes, mayo 17, 2013

La antigua muerte



Al hombre siempre le ha inquietado la muerte. Los ritos funerarios, descubiertos gracias a diversos éxitos arqueológicos, demuestran la existencia desde muy pronto de una visión de la muerte como un hecho que debía ser objeto de ritos. La forma en que las civilizaciones se han enfrentado al hecho de la muerte presenta variaciones muy diversas, pero en nuestro caso, al menos como europeos o miembros de eso que llamamos la civilización occidental, una vez más, como otras muchas, es en el mundo griego y romano en el que hemos de buscar las raíces de nuestra propia actitud. 

miércoles, mayo 15, 2013

¿Por qué príncipe de Asturias?



Lo lógico es que, de un tiempo a esta parte, te estés haciendo sobre la monarquía española preguntas algo más profundas. Sin embargo, es posible que aún le quede sitio a tus reflexiones para preguntarte por qué los herederos de la Corona en España se llaman príncipes de Asturias. Es posible, también, que pienses que eso es porque Asturias es la tierra en la que se inicia la Reconquista; de hecho, ésta es la respuesta mayoritaria que, al menos, yo he arrancado a base de preguntar a los amiguetes. La respuesta, sin embargo, no es exactamente así. En realidad, no fue un asturiano quien promulgó el trato, sino un inglés. Así de cosmopolita es nuestra monarquía.

Príncipe significa el primero. Y es una palabra que se lleva su tiempo en tomar la acepción que hoy le damos. El primer príncipe importante es Augusto, quien luego se titularía emperador, puesto que se buscó el título de princeps para no tener que darse el de rex, conocedor de que, desde los tiempos de Julio, los republicanos romanos le tenían tirria a la palabrita. De todas formas, ya antes de ello, el Senado romano tenía un prínceps senatus, que era algo así como el speaker.

El título llega a la Edad Media europea designando a todo aquél que tenía mando total sobre un territorio. Con la consolidación del poder centralizado de las monarquías, que recortó notablemente la autonomía de mando de condes, marqueses y demás patulea, el vocablo príncipe comenzó a vincularse estrictamente a las familias reales. No obstante, en Europa quedan tres vestigios de aquel orden medieval en el que los territorios autónomos eran principados, en los así llamados de Andorra, Mónaco y Lienchenstein.

¿Cómo llegó, concretamente en el siglo XVI, el principado de Asturias a ser título del heredero de la corona, no de España, sino de Castilla y León? Pues ahí va la historia.

Ya hemos hablado en este blog del rey castellano Pedro I, llamado el Cruel. Peter casó con María de Padilla, de la que tuvo cuatro hijos. Un niño, Alfonso, que murió siendo muy crío. Beatriz, que se metió monja, y también murió joven. Y, finalmente, Constanza e Isabel. En 1362, el rey Pedro testó a favor de sus hijas la corona que ceñía y, al año siguiente, las Cortes de Bubierca sancionaron dicho deseo. Sin embargo, como ya hemos contado aquí, en 1369 el oponente de Pedro, Enrique de Trastámara, con la ayuda del francés Bertrand de Duglesclin, se cargó a Pedro, pasando a ser Enrique II de Castilla.

Malos tiempos para las hijas de Pedro, que pasaron de herederas de la corona al segundón estatus de infantas. Ambas encontraron su futuro en Inglaterra. Constanza encontró al inglés Juan de Gante, duque consorte de Lancaster, que había enviudado. Juan era el cuarto hijo varón del rey inglés Eduardo III, así pues aportó al matrimonio la dudosa dote de un difuso derecho a la corona inglesa; y su mujer un no menos tenue derecho, en la práctica, a la de Castilla. Isabel, la otra infanta, se casó con Edmundo, hermano de Juan y tercer hijo varón de Eduardo III; alguna posibilidad más tenía de ser rey.

A la muerte de Beatriz, la infanta clarisa y por lo tanto primogénita de Pedro I, el partido petrista comenzó a llamar a Constanza reina de Castilla y León; Eduardo III, de hecho, ordenó que tal fuese el tratamiento que recibiesen en Londres.

En 1386, Juan de Gante, juzgando sus posibilidades de ser rey de Inglaterra bastante tenues, cedió sus posesiones en las islas al hijo que tenía de su primer matrimonio (hijo que llegaría, por cierto, a reinar en Inglaterra como Enrique IV) y se fue a España para defender los derechos a la corona de Castilla de su mujer, Constanza; y de la hija de ambos, Catalina. En España se encontró con la lógica oposición de Juan I, hijo de Enrique II, que estaba al frente del machito.

Tras una serie de acciones de suerte vacilante, Juan de Gante y Juan de Trastámara firmaron la paz de Troncoso. Esta paz estipulaba el compromiso entre ambos de que el infante Enrique, hijo de Juan y que entonces tenia diez años, se casase con Catalina de Lancaster, hija de Juan y Constanza, que tenía catorce. Si el niño Enrique moría antes de consumar el matrimonio, su hermano Fernando (que acabaría siendo el rey Fernando I de Aragón, llamado el de Antequera),  debía casarse en su lugar.

El pacto era perfecto, pues suponía cerrar, unos cuantos años después, la lucha a muerte entre Enrique II Trastámara y Pedro I el Cruel: el marido era nieto del primero, y la mujer nieta del segundo.

Pero hubo una cláusula más en aquella paz troncosera: además de arreglarse los casorios, el matrimonio debería ser intitulado príncipes de Asturias. Y fue Juan de Gante quien lo exigió.

El duque de Lancaster no hacía sino importar a España una costumbre inglesa relativamente reciente. El heredero de la corona inglesa, en efecto, se había dado en llamar príncipe de Gales, en atención a la mucha mierda que tuvieron que sudar los ingleses para someter aquellas tierras. En el siglo XII, Gales se había unido bajo el cetro de un caudillo militar, Llywelyn ab Jorweth, que se había hecho llamar príncipe de Gales. Ya en el siglo XIII, el nieto de este caudillo, Llywelyn ab Gruffyd, llamado El Grande, consiguió derrotar a Eduardo, designado ya heredero de Enrique III. Este Eduardo, ya coronado Edward I (tiene importancia escribirlo así: la dinastía real inglesa es francesa, y Eduardo I es el primero de sus reyes que portó nombre inglés) resolvió dejarse de mamonadas e integrar de una vez Gales en la integralidad inglesa. Aquella guerra terminó en 1282 con el aplastamiento de las tropas locales y el ajusticiamiento de los líderes que no murieron en el combate. Para declarar la inamovilidad de la incorporación gaélica (perdón, galesa) a la corona inglesa, los herederos pasaron a llamarse príncipes de Gales.

Hemos visto cuál fue el proceso en Castilla. Pero en Aragón, en realidad, fue muy parecido, y casi también en los mismos tiempos. Tradicionalmente, el heredero de los reinos de Aragón y Valencia y el condado de Barcelona (inseparables desde 1319, en las Cortes de Tarragona) era ungido simplemente sucesor y sustituto del rey en su ausencia.

En 1351, el rey Pedro el Ceremonioso, que tenía un marrón sucesorio que te cagas porque su hermano Jaime ambicionaba la corona y él quería dejársela a sus hijas, por fin hizo bull’s eye y consiguió generar un hijo, Juan. Cuando tenía su hijo apenas un mes, y copiando la costumbre francesa de entonces, por la que el heredero de la corona era nombrado duque de Normandía, le dio a su hijo la ciudad de Gerona y el título de duque.

El duque llegó a rey, como Juan I. Este Juan, el I de Aragón, sólo tuvo hijas, por lo que tuvo que echar mano de su hermano, Martín (quien había sido nombrado por Pedro el Ceremonioso rey de Sicilia), al que nombró su mano derecha, amén que duque de Montblanc.

Martín fue rey después de su hermano, y es conocido por la Historia como Martín el Humano. En 1395, cuando lo hicieron rey, había abdicado la corona de Sicilia en su hijo, Martín, llamado el Joven; y luego lo nombró heredero de la de Aragón. Pero las cosas no salieron como el Humano esperaba, porque su hijo murió un año antes que él, retrotrayéndole, pues, la corona siciliana.

En 1414, el conflicto sucesorio surgido tras la muerte de Martín el Humano fue resuelto con la elección de Fernando de Trastámara, llamado por la Historia el de Antequera, como rey de Aragón (que era, lo hemos dicho, un Trastámara; hermano del rey de Castilla, Enrique III). El día de su coronación, y siguiendo la estela del ducado de Gerona y la nueva moda surgida en Castilla con el principado de Asturias, Fernando ungió a su primogénito, Alfonso (futuro Alfonso V el Magnánimo) como príncipe de Gerona.

Fernando I el de Antequera recuperó también el ducado de Montblanc para su segundo hijo, Juan; quien se casó con Blanca de Navarra, hija de Carlos III, llamado el Noble; braguetazo que se sirvió para ser rey consorte de la Comunidad Foral. Juan y Blanca tuvieron un hijo llamado Carlos, a quien se le otorgó el título de príncipe de Viana, que es el que escogieron los navarricos para designar a su futuro rey.

Alfonso el Magnánimo murió en 1458 sin hijos (legítimos), por lo que la corona pasó a su hermano Juan, el marido de la Blanca, que para entonces andaba ya a hostiones limpios con su hijo Charlie por ver quién mandaba en Euska Herria Este. A las Cortes de Zaragoza de 1460 fueron los representantes de las ciudades mañas, horchateras y catalanas un poco preocupados por nombrar rey tan talludo, por lo que le pidieron a Juan que en el mismo acto fuese nombrado príncipe de Gerona, heredero pues de la corona, Carlos, príncipe de Viana. Juan, sin embargo, no quería ver a su hijo vascuence ni en pintura, ya hemos dicho que andaba arriscado con él; así pues, ni corto ni perezoso, nombró a Fernando, hijo de su segundo matrimonio, duque de Montblanc; sabiendo que dicho título lo habían llevado, hasta entonces, dos personas, Martín el Humano y él mismo, que habían terminado siendo reyes de Aragón. Y no erró, porque aquel tercer duque de Montblanc, infante don Fernando, acabó siendo Fernando I, al que conocemos como el Católico.

Un poco antes del nombramiento de Fernando, sin embargo, el príncipe de Viana había sido proclamado, en Barcelona, rey de Navarra y gobernador general de Aragón. Sin embargo, Carlos murió poco después de aquella proclamación, así pues a las Cortes de Calatayud no les quedó otra que aceptar a Fernando.

El infante don Juan, hijo de los Reyes Católicos, fue proclamado, a la vez, príncipe de Asturias y de Gerona, pues la legitimidad le venía de ambas coronas. Felipe II, por su parte, también fue objeto de la misma proclamación. Pero el Rey Prudente, a la hora de proclamar a Felipe III, decidió ya simplificar las cosas, por lo que fue proclamado príncipe de las Españas. Así pues, el título de príncipe de Asturias desapareció, hasta volver a ser usado en el siglo XVIII.

Cabe reseñar, por último, que sólo dos personas en la Historia de España han recibido el título de príncipe sin ser de sangre real. El primero fue Godoy, nombrado Príncipe de la Paz; título que, cuando el valido fue rehabilitado en 1847, no se le devolvió. Y don Baldomero Espartero, que fue nombrado príncipe de Vergara por el rey italo-italiano Amadeo de Saboya

Príncipe de Gales, de Asturias o de Gerona no es la única denominación especial que recibe el heredero. Es bien sabido que en Francia el heredero, que inicialmente era el duque de Normandía, pasó a ser el Delfín, que no quiere decir que lo considerasen un mamífero marino, sino señor del Delfinado, que es una región de Francia donde hacen un notable gratin dauphinoise. El heredero de la cosa belga es príncipe de Brabante, el de Bulgaria de Tirnovo. El de Grecia es diádoco de Grecia y duque de Esparta. El de Holanda, nos ha jodido, príncipe de Orange (podríamos nombrar a Felipe príncipe de Movistar :-DDD). El de Montenegro es el Gran Voivoda de Grahovo y de Zeta. El de Portugal, duque de Braganza (y no de Bragazas, como alguna vez escribe algún estudiante despistado). El de Rumania, duque de Alta Julia.

De todo lo antedicho debería quedar claro, entiendo yo, que el heredero de la Corona de España no es príncipe de Asturias. Más propiamente, es: príncipe de Asturias, de Gerona y de Viana, y duque de Montblanc. Qué pasaría si Cataluña se independizase, eso ya es algo que tendrán que dirimir los jurisconsultos.

El cargo más largo que tiene un heredero real en Europa, como no podía ser de otra manera, es el inglés, que es: príncipe de Gales, conde de Chester, duque de Cornualles, duque de Rothesay, conde de Carrick, barón de Renfrew, lord de las Islas y Gran Steward de Escocia. Pero todos esos títulos se los mete en las orejas, y aun le sobra sitio.