miércoles, septiembre 05, 2007

Los hombrecillos verdes ya son abuelos

Supongo que las personas aficionadas a la Historia somos, asimismo, aficionadas a los aniversarios más o menos redondos. Por eso, no quiero que pase el año 2007 sin recordar un aniversario, si bien no específico de la Historia de España, sí, desde luego, de bastante impacto en nuestros pagos (y en todos).

En este año que estamos viviendo hace sesenta que nació el fenómeno OVNI.

El 24 de junio de 1947, un hombre de negocios y piloto de avioneta que entonces tenía 32 años, Kenneth Arnold, reportó haber visto varios objetos volar en fila cerca de Mount Rainier, Washington. No está muy claro la forma que tenían, pero la descripción que al parecer prendió entre los periodistas fue la de que aquellas naves se movían como un platillo de café si se lanza para que rebote sobre el agua (al parecer, por lo tanto, hay gente en el mundo que se dedica a lanzar platillos de café para que reboten sobre el agua). Es, al parecer, el origen de la costumbre de llamarle a eso platillo volante.

Evidentemente, los extraterrestres que fueron a visitar Mount Rainer no estaban solos. En las semanas posteriores, comenzaron los avistamientos, y la cosa tomó proporciones mundiales a partir del 4 de julio, cuando una tripulación de la United Airlines dijo ver nueve platillos volantes por la zona, y la prensa se echó de bruces a la historia. A partir de ese momento, los avistamientos se contaron por docenas de modo que se ha llegado a estimar más de 800 sólo en aquel año 1947.

De donde se deduce que los extraterrestres leen habitualmente la prensa.

En aquel año sucedió todavía otra cosa más, susceptible de animar la imaginación humana. Ese mismo mes de junio, un granjero de Nuevo México, Mack Brazel, descubrió en sus terrenos unos extraños restos. Pocos días después, el 9 de julio, la prensa ya daba por hecho que se trataba de los restos de un platillo volante. Al parecer, Brazel había encontrado los restos el 14 de junio, pero no le había dado demasiada importancia. Fue días después, cuando todos los periódicos empezaron a dar la matraca con lo de Arnold, cuando se mosqueó y llamó al sheriff, el cual habría tomado muestras del aparato ya en los primeros días de julio, en plena euforia ufológica, y la bola comenzó a crecer.

No mucho, durante algunos años. Sin embargo, a partir de los años ochenta, el incidente de Roswell ha tenido una especie de segunda juventud, a la luz de libros e investigaciones realizadas sobre el hecho. El clímax se alcanzó ahora hace unos doce años, cuando en Reino Unido apareció el supuesto video de la autopsia que se le habría practicado al cuerpo de uno de los extraterrestres encontrados tras lo que, según esta teoría, sería el accidente de un platillo volante con personal dentro (recientes investigaciones de la Guardia Civil española parecen apuntar a que la hostia se debió a un exceso de velocidad, motivo por el cual ya se ha iniciado el preceptivo proceso de retirada de puntos al conductor de la nave).

Los escépticos suelen defender que lo que Brazel encontró tirado en su campo eran los restos de un globo estratosférico, es decir uno más de un proyecto, llamado Proyecto Mogul, que Estados Unidos habría estado preparando para utilizar globos para soltar bombas atómicas sobre países enemigos desde grandes alturas. Pero hasta esta tesis tiene su parte morbosa, pues también se ha llegado a decir que el Proyecto Mogul utilizó prisioneros de guerra japoneses, bajitos y delgaditos, para meterlos en las cestas de aquellos globos (que yo sepa, nunca se ha explicado para qué tenían que ir esos enanos asiáticos en el globo, aparte de para congelarse), por lo que, según esta teoría, en efecto los restos de Roswell contenían cuerpos, aunque no eran cuerpos de extraterrestres, sino de… japoneses. O sea, para medio mundo, la misma historia mutatis mutandis.

Curiosa teoría. Empezaría por una pregunta: en junio de 1947, esos japoneses tan desgraciados eran prisioneros… ¿de qué guerra exactamente?

En fin. Yo no soy experto en ciencia y, además, he aprendido a lo largo de los años que no hay labor más idiota que discutir sobre OVNIS. Quienes no creemos en la cosa tenemos una visión absolutamente escéptica, y quienes creen en ello absolutamente creyente. Pero no puedo resistirme a decir un par de cosas.

Como leí una vez en un artículo de Sheldon Glashow, premio Nobel de Física y profe de mates y física en la Universidad de Boston para más datos, resulta bastante estúpido considerar que veremos a un extraterrestre antes de oírlo. Contra lo que suele pensar mucha gente, es más bien poco probable que si existe otra vida en el Universo, sea exactamente como la nuestra, o sea con cabezas, manos, brazos, piernas, pies y abogados; esto lo explica muy bien Carl Sagan en su afamada serie Cosmos. Sin embargo, argumenta Glashow, lo que difícilmente cambiará de una civilización a otra es la tecnología, porque la tecnología se basa en la suma de inteligencia y naturaleza (es decir, en la aplicación de una sobre la otra), o sea en la física, la química, el magnetismo y todas esas cosas tan difíciles de entender, y que son más o menos las mismas allí donde vayamos.

La tesis es ésta: una civilización extraterrestre podrá ser notablemente diferente a nosotros. Podrá no tener bazos, o no tener ojos. Podrá alimentarse de helio en lugar de morcilla de Burgos. Pero, en el momento en que se plantee viajar por el espacio a grandes distancias, hará lo mismo que hemos hecho nosotros: enviar ondas antes que cuerpos.

En efecto: enviar una señal de radio de aquí a Neptuno es, y siempre será, millones de veces más sencillo, y barato, que enviar a un ingeniero aeronáutico de setenta y seis kilos, nacido en Jarandilla de la Vera. Por esa regla de tres, alguien que es capaz, como en Close Encounters, de enviar una nave con colorines a esa casa rural galáctica llamada Tierra, ha sido capaz antes de enviar ondas. Así pues, antes que verlos, los oiríamos. Y, si no los oímos, es que no les vemos ni, de momento, les veremos.

Y, ¿qué oiríamos? Carl Sagan, en su novela Contactos, aporta una hipótesis sugestiva: números primos.

Hablábamos antes de vida inteligente. Porque supongo que estamos de acuerdo en que no nos basta con que haya vida; puede existir un planeta con agua helada en sus casquetes polares, dentro de la cual vivan paramecios y vorticelas que se reproduzcan por meiosis (y aquí, exactamente aquí, acaban mis recuerdos de la Biología de primero de BUP). Pero si esos paramecios no son capaces de abstraer, de concatenar, y de pensar, nosotros podremos descubrirlos a ellos algún día; pero ellos no nos descubrirían ni con la ayuda del paramecio McGyver.

Para que una supuesta civilización alienígena pueda venir por aquí a darse un garbeo necesita, pues, ser inteligente. Ser capaz de reflexionar sobre lo que le rodea, y cambiarlo. Lo que pasa es que esa reflexión no tiene por qué ser la misma entre distintas formas de vida. El ejemplo que se me ocurre es la química orgánica. La llamamos así, creo, porque se ocupa de los compuestos que portan los elementos que asimismo componen la vida en la Tierra. Pero, claro, si el cuerpo de los extraterrestres pontevedrianos (del planeta Pontevedria, que está al lado del planeta Oriense) no está basado en esos elementos sino en, digamos, el tantalio, entonces su química orgánica será distinta. Todo eso sin tener en cuenta que es estadísticamente imposible que humanos y pontevedrianos hayamos sido capaces de desarrollar la misma notación para la formulación química (de momento, los humanos estamos solos en el Universo, y ya hemos inventado varias), por lo que mensajes entre civilizaciones basados en dicha notación química probablemente no serían entendidos.

La reflexión lleva a Sagan a la conclusión de que sólo hay un conocimiento científico abstracto universal: las matemáticas; y, dentro de las matemáticas, eso que los matemáticos llaman teoría de los números. O sea, si yo golpeo el suelo con el pie una vez y mi vecino lo golpea dos veces, entonces mi vecino ha hecho mi mismo gesto el doble de veces que yo. Y eso es así en la Tierra, en Neptuno, en la Nube de Magallanes e incluso en la Comunidad Autónoma de Euskadi. ¿Reflexionará toda vida inteligente sobre el origen de la vida, sobre la estructura básica de la materia o sobre las figuras cónicas? Probablemente sí, aunque no es seguro. Pero con lo que no puede haberse dejado de encontrar es con los números. Máxime si se ha planteado viajar, personalmente o con las ondas, a millones de años-luz. Los números están ahí, en la naturaleza. Un ciempiés tiene catorce patas (creo); otra civilización podrá decir Kgtterds en lugar de catorce, pero seguirá siendo catorce, esto es uno más que Jgdsttgs, que, como todo el mundo sabe, significa trece.

Si los números son universales, también lo son sus relaciones. Por lo tanto, en todo el universo, los números pares son divisibles por dos. Y, reflexionaba Sagan, existirán los números primos, esto es aquéllos que sólo son divisibles por sí mismos y por la unidad. Y serán los mismos.

Si alguien inteligente se sienta a la consola de su emisor de ondas de radio y aprieta el pulsor que hace salir la señal (digamos, un pitido) cuatro veces, sabrá, porque es inteligente, que no está describiendo un número primo, porque cuatro es divisible por dos. Y, si piensa un poquito en el hipotético receptor de su señal, acabará dándose cuenta de que, si es inteligente, también sabrá entender esta diferencia.

Así las cosas, si algún día, escuchando las emisiones de radio que llegan a la Tierra desde cualquier punto del universo, escuchásemos cuatro pitidos, podríamos pensar que es una emisión inteligente, o no; podría ser fruto de la casualidad, o algún fenómeno natural que no sabría yo explicar. Pero si escuchamos una emisión que emite primero un pitido; luego dos; luego tres; luego cinco; luego siete; luego once; luego trece; si escuchamos eso, digo, sabremos que es una emisión realizada por vida inteligente, porque está reproduciendo la lista de los números primos, y eso no puede ser fruto de la caótica acción de la casualidad. Y si esa emisión, como sería lógico, empieza a repetirse, entonces la cosa estará más que clara.

Éste es el tipo de cosas que, en mi opinión, debería explicar una televisión verdaderamente educativa y de servicio público, en lugar de enfangarse en historietas sobre que si en un pueblo de Huesca alguien ha visto una paellera de colores desde cuyo borde unos hombrecillos color lavanda saludaban con la mano.

La historia de la búsqueda de vida inteligente desde un punto de vista más, ejem, sólido que la creencia en hombrecillos verdes que disparan pistolas láser comienza, que yo sepa, en la localidad de Green Bank, en Virginia. Allí existía, supongo que existirá aún, un observatorio de radioastronomía en el que trabajaba un joven científico llamado Frank Drake, que fue el primero que pensó un poco en serio en eso de recibir emisiones desde el espacio exterior. Para ello, contó con la colaboración de un ingeniero del prestigioso Massachussetts Institute of Technology (MIT), Sam Harris, el cual le prestó a Drake un amplificador que éste necesitaba adjuntar a la parabólica del observatorio para tratar de captar estas señales. En la noche del 7 al 8 de abril de 1960, el hombre se abrió por primera vez de orejas para intentar escuchar señales extraterrestres. Aquella noche Drake probó con Tau Ceti, una estrella que está aquí al lado, a 12 años-luz; y con Epsilon Eridani, a 10,5. No tuvo éxito. Nadie lo ha tenido desde entonces.

La actividad de Drake, unida al trabajo paralelo en el mismo campo de dos físicos de la universidad de Cornell, Giuseppe Cocconi y Philip Morrison, llevó a la comunidad científica a interesarse por la pregunta de cuántas civilizaciones extraterrestres pueden existir en ese inmenso barrio de favelas siderales que llamamos Universo visible (o, más bien, audible).

El punto de partida de los científicos que se reunieron en Green Bank a finales de 1961 era el que ya he expresado by the way Glashow: civilización inteligente será aquélla capaz de generar tecnologías susceptibles de ser captadas por la radioastronomía, no por las pupilas. Bajo este punto de vista, las civilizaciones inteligentes y suficientemente tecnológicas como para hacerse oír eran el subconjunto de las civilizaciones inteligentes, las cuales eran un subconjunto de aquellos planetas donde se hubiera generado la vida, los cuales eran un subconjunto de los planetas habitables de sistemas con soles similares al sol, los cuales eran un subconjunto de todas las estrellas similares al sol (pues no todas éstas tendrían planetas).

Como cualquier estudiante aplicadillo de matemáticas sabe, si sumamos probabilidades las incrementamos y si las multiplicamos las reducimos. La probabilidad de que alguien lea este post O de que se llame Eduardo (o = suma) es más alta que las dos probabilidades separadas (la suma de los lectores de este blog y los Eduardos incluye a los que lo leen y no se llaman así y los que se llaman así y no lo leen); mientras que la probabilidad de que alguien lea este artículo Y se llame Eduardo (y = multiplicación) es más pequeña: además de estar leyendo el blog, amigo, tienes que llamarte Eduardo para cumplir la condición.

Basándose en esto, Drake creó una fórmula en la que probabilidad de que se generen en el universo estrellas parecidas al sol se multiplicaba por las probabilidades de existencia de un planeta habitable, de generación de vida, de generación de inteligencia y de generación de tecnología. Y todo ello multiplicado por la vida media de la civilización (pues nosotros desapareceremos algún día, así pues es probable que, si hay o va a haber vida en el Universo, no seamos contemporáneos de ella). Es la conocida como ecuación de Drake, y aquéllos de entre los científicos que creen en la existencia de otras vidas en el Universo le profesan, de una forma u otra, pleitesía.

En Green Bank se reunieron once científicos que, básicamente, discutieron sobre las probabilidades que había que fijar en cada uno de los multiplicandos de la ecuación de Drake. No fue fácil. No estaban muy de acuerdo, por ejemplo, sobre la posibilidad de aparición de un planeta habitable en un sistema generado por una estrella del tamaño del sol. En torno a la formación de la vida, había incluso quien pensaba que la probabilidad correspondiente no era cero coma algo, sino igual a uno. Ese alguien era un joven astrónomo llamado Carl Sagan. Sagan sostenía que la vida había aparecido en la Tierra por la interacción de una serie de elementos muy comunes en el Universo y, por así decirlo, sin sorpresas; en consecuencia, pensaba que, siempre que se diesen las mismas circunstancias, la vida acabaría por surgir. También eran muy optimistas en torno al desarrollo de la inteligencia. Alguno de los asistentes incluso llegó a sostener que, en la propia Tierra, la inteligencia se había desarrollado no una, sino dos veces: una, en el homo sapiens; y otra, en los delfines.

Tras todas aquellas discusiones, los coleguitas de Green Bank llegaron a la conclusión de que N, es decir el número probable de civilizaciones tecnológicamente preparadas para enviar señales desde allí fuera, estaba entre 1.000 y 1.000.000.000.

Este resultado, a mi acientífico modo de ver extraordinariamente optimista, es el que está detrás de las actividades SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence, búsqueda de inteligencia extraterrestre) que se han producido, con sus altos y sus bajos presupuestarios, en los últimos cuarenta años. Lo cierto es que todas las actividades SETI se han hecho a ciegas; se han hecho para buscar algo que no se sabe a ciencia cierta siquiera si existe; ésta es la razón por lo que, a pesar de que no oculto mi admiración por Carl Sagan, encuentro, en su caso, pelín exageradas sus ácidas críticas a la alquimia o a la astrología como seudociencias que se basan en que sus acólitos crean sin ver. Pues eso mismo, creer sin ver, es SETI. La diferencia entre SETI y la astrología está, a mi modo de ver, en la seriedad del trabajo que contiene uno, mientras que la otra es una coña marinera. Con los años, el magisterio de Sagan se ha hecho más que evidente; pero no hay que olvidar que tras el segundo congreso sobre este tema, celebrado en 1971 en Byukaran, Armenia, el matemático Alfred Adler llegó a referirse, por escrito, a Sagan como «un imbécil con talento» que «cabalga en las sutilezas y profundidades que los prudentes apenas se atreven a recorrer de puntillas e invade terrenos de los que no conoce nada». Sic.

Con todo, y dado que la discusión científica sobre la vida inteligente en el universo es muchísimo más interesante que la consulta al mejor vidente mediático del momento, en las últimas décadas el asunto de la vida en el Universo ha dado para discusiones muy jugosas. No pocos biólogos, por ejemplo, han discutido el relativo determinismo de Sagan, señalando que, si bien podría ser cierto que en determinadas condiciones siempre aparecerá la vida, lo que no está nada claro es que vaya a aparecer algo parecido al hombre. Incluso se ha discutido el punto de vista que sitúa el listón de la inteligencia tecnológica en la perceptibilidad radioastronómica. Para algunos científicos, las tecnologías de radio no tienen por qué ser las que desarrolle siempre una civilización tecnológica.

Sea o no sea cierto que los OVNIS existen, lo que no cabe desmentir es que el asunto se ha convertido en un negocio de proporciones galácticas. Tengo por mí que la ufología tiene su punto, porque a muchas personas les sirve, en su tierna adolescencia, como punto de entrada a la lectura. Cuando tienes catorce años no sueles tener el cuerpo para leer a Sandor Marai, pero sí te molan enormemente esas historias sobre que si hay una piedra inca de hace tres mil años donde aparece un sumo sacerdote que es el vivo retrato de José Luis Perales; o que si hay unas marcas en un campo de Illinois que parecen ser de las ruedas de un Volvo S60 de quinientos metros de eslora. Así, pues, lees. Lees cosas que lo mismo no te educan demasiado la mente, pero por lo menos lees. Una vez pillado el ritmillo, lo mismo en unos años acabas en Marai. Que es de lo que se trata.

Y, claro, si algún día te encuentras de bruces con algún alienígena extraterrestre, siempre te queda la posibilidad de saludarle preguntándole, como el bilbaino del chiste: «Y, tu civilización, ¿cuántos kilos levanta?» Aunque yo, que tengo un espíritu ligeramente volteriano, creo que lo primero que les preguntaría sería si han inventado los impuestos; dependiendo de la respuesta, incluso podría llegar a decidirme por la abducción voluntaria.

lunes, septiembre 03, 2007

Cartas cruzadas (III): ¿Qué nos queda de la dominación musulmana?

¿Qué tal? ¿Habéis sido buenos? Eso espero. Yo, por mi parte, he hecho estas semanas las cosas lo mejor que he podido, lo cual quiere decir que he descansado a lo bestia. Una de las cosas que me ha dado tiempo a hacer ha sido acercarme un rato al zoo, donde alguien me sopló que se encontraba, en un intercambio de verano, el elefante Tiburcio. Al parecer, según él mismo me refirió, tiene algunos problemas técnicos cuando echa a correr por las estepas, pues la trompa tiende a quedársele atrás, se le mete entre las piernas y, bastante a menudo, acaba dándose uno o dos trompazos en los huevos; y, por una sencilla ley de proporcionalidad, a mayores huevos mayor dolor, así pues las testicularias a los elefantes les suelen doler bastante. Por eso vino a Madrid, para estudiar un Máster Velocípedo Paquidérmico que se imparte en la Casa de Campo y que, al parecer, tiene bastante fama entre los proboscídeos.



Tuvimos, pues, Tiburcio y yo ocasión de tomarnos un par de café y hablar de esto y de esotro. Hablamos de Pío Baroja, de la identidad oriental y de Gil-Robles, entre otros asuntos variados. Tiburcio intentó explicarme no sé qué del nirvana, pero es que cuando se pone a explicarte eso, su cuerpo se levanta unos centímetros del suelo, y a mí la visión de un elefante levitando me pone nervioso. Inevitablemente, yo le interrumpía con alguna pregunta chorras, rompiendo su concentración.



Una vez que nos separamos quedamos, cómo no, en seguir escribiéndonos cartas. Y me ha parecido un detalle adecuado el comenzar esta nueva serie de posts con las siguientes que nos hemos cruzado, en las que el tema ha sido propuesto por Tiburcio. Contendemos hoy sobre la pregunta de si persiste, o no, huella de la dominación musulmana en nuestra España de hoy.



He aquí lo alumbrado.







La carta de Tiburcio



Querido JdJ:

Cuando Europa ninguneaba al franquismo, a éste le gustaba exaltar los tradicionales lazos que nos unían al mundo árabe, como si una visita de Saddam Hussein a Madrid (que se produjo) pudiera reemplazar la de de Gaulle, que nunca se produjo y ya le hubiera gustado a Franco. Pero la leyenda de que España tiene unos lazos tradicionales con el mundo árabe no terminó con Franco. Los políticos de la democracia la han retomado y ahora ha adquirido carta de naturaleza en la Alianza de Civilizaciones, que parece que España, por haber tenido en su territorio a los árabes durante 700 años, pudiera tener con ellos una relación especial y privilegiada. Pero, ¿es eso cierto? ¿Qué nos queda de verdad de esos setecientos años?

Mi respuesta es muy poco, casi nada: unos cuantos centenares de palabras en el idioma, la música flamenca, la Alhambra y algunos monumentos más, y los pinchos morunos (esto último es una suposición mía).

Lo primero que he oído en ocasiones es que la invasión árabe separó la Historia medieval de España de la del resto del continente, nos hizo distintos e impidió que el feudalismo alcanzase su pleno desarrollo en nuestro país. Quienes afirman eso suelen tener en la cabeza una Historia medieval de Europa estándar, para la que todo lo que no hubiera ocurrido en el norte de Francia, Flandes y el Rhin no cuenta. España tuvo su invasión árabe. Italia tuvo dominación bizantina, invasiones lombardas, ocupación árabe en Sicilia y el sur, luchas con el Imperio… Inglaterra tuvo invasiones vikingas, conquista normanda y Carta Magna… ¿Quién tuvo una Edad Media normal?

La siguiente leyenda es la de la España de las tres culturas, conviviendo en paz y armonía. Es cierto que musulmanes, judíos y cristianos no se tiraban los trastos a la cabeza en nuestro país, lo cual en el contexto de la Edad Media ya era mucho. Pero esa coexistencia pacífica no la tenemos que confundir con multiculturalismo. El judío vivía en su judería, el cristiano en su barrio y el moro en su morería; de mezclarse, poco. Que el califa cordobés tuviera médicos judíos y los reyes cristianos recurrieran a prestamistas judíos, no es un ejemplo de tolerancia, sino de sentido práctico. Las aspirinas y los maravedíes no conocen de religión.

La España de las tres culturas empezó a estropearse a finales del siglo XI, cuando primero los almorávides y luego los almohades, llegaron a la Península trayendo la jihad y una moral más austera. Almorávides y almohades eran guerreros puritanos y fanáticos, que no estaban dispuestos a las componendas y acomodaciones con los cristianos que los reyes de taifas practicaban. Los cristianos respondieron con la misma moneda y entre ellos empezó a difundirse un espíritu de cruzada, que se hizo evidente en las Navas de Tolosa.

Cuando los Reyes Católicos unieron las coronas de Castilla y Aragón e iniciaron la construcción de un estado moderno en España, lo hicieron bajo la base de la unidad religiosa. No es casualidad que la única institución que al principio era común a ambos reinos fuese la Inquisición. En el siglo XV, disensión religiosa equivalía a disensión política y, después de las experiencias de las guerras civiles castellanas, lo último que querían los Reyes Católicos eran vasallos que no se doblegaran.

Tras la conquista de Granada, los musulmanes que quedaron en España vivieron como una minoría marginada, malamente tolerada y con poco contacto con el resto del país. La rebelión de las Alpujarras y la posterior expulsión de los moriscos en 1609 marcaron el fin de esa minoría. En todo caso, para cuando esa minoría desapareció de nuestro país, hacía mucho que los musulmanes habían dejado de contar en España. No hay más que ver las «numerosas» ocasiones en las que las obras literarias del siglo XVI introducen algún personaje morisco, aunque sea de secundario.

En Muslims in the Philippines, el historiador filipino Cesar Adib Majul cuenta sorprendido cómo los informes que escribían los sacerdotes españoles sobre los musulmanes de Mindanao y Sulu mostraban una ignorancia supina sobre el Islam. En su libro incluye un par de descripciones de la oración musulmana escritas por curas españoles del siglo XVI, que muestran que no se habían enterado de nada. Cesar Adib Majul no entiende que los españoles conocieran tan poco de una religión a la que se habían enfrentado durante setecientos años. Yo lo entiendo: la nacionalidad española, tal y como se había ido forjando desde el siglo XIV, lo había hecho en contra del moro. La guerra contra el moro se había configurado como un elemento clave de la identidad nacional. El moro no era español. Conocer su cultura y su religión falsa no merecían la pena. El período de Al-Andalus no formaba parte de la Historia de España, era otra cosa.

Con los Borbones, España, que había dejado de ser una potencia hegemónica, se volvió un poco más normal. Seguíamos siendo muy católicos, pero habíamos bajado en varios grados nuestra militancia. Nuestra política exterior ya no se movía según parámetros religiosos, sino de interés geoestratégico, como los de todo el mundo. Los Borbones no llevaron a cabo una política antimusulmana. Donde hubo luchas con los musulmanes (norte de África y sur de Filipinas) fue sólo porque éstos interferían en nuestros intereses. Los musulmanes ya nos interesaban tan poco que ni tan siquiera les odiábamos.

La Guerra de África, que empezó a lo tonto y acabó ocupando 66 años de nuestra historia, tampoco llevó a una mejor comprensión del musulmán. Más bien sirvió para que triunfasen los estereotipos. Todos los musulmanes eran iguales que los rifeños a los que nos costaba tanto derrotar: taimados, traicioneros, embusteros, crueles, perezosos… Es más, durante todos esos años y aún después, triunfó la palabra moro, que denotaba tanto el prejuicio como la ignorancia, porque podía utilizarse tanto para designar al norteafricano (tanto al árabe como al bereber), al árabe (que no se le pidiera a la gente hilar con que hay árabes cristianos o que en el norte de África hay musulmanes que no son árabes; y ya no hablemos de quienes eran capaces de distinguir entre árabes, turcos y persas, que eso era para nota) como al musulmán.

Sin el aislamiento del franquismo, sin el petróleo de Oriente Medio (por el interés te quiero, Andrés) y sin los monumentos árabes de nuestro país, que se han convertido en una fuente de ingresos turísticos, posiblemente hoy tendríamos tan olvidado nuestro pasado musulmán como tenía a Franco aquel estudiante que te preguntó por el dictador Fernando Franco.

Lo dicho. De moros no nos queda casi nada y los famosos 700 años que los tuvimos en la Península empiezan a desdibujarse tanto como los 70.000 años que tuvimos a los neandertales.



La carta de JdJ

Querido Tiburcio:

Creo que el problema está en el concepto de traza. Para que a una sociedad le queden trazas de otras que en otros tiempos se desarrollaron en su tierra no hace falta que las costumbres, ni la religión, se mantengan. De hecho, España y Europa son civilizaciones cristianas, y ello es así a pesar de que hoy por hoy el complicado entramado de formas de pensar y de actuar impulsado por la creencia en Jesucristo no esté demasiado presente en nuestro día a día.

En tal sentido, yo sí considero que la dominación musulmana ha dejado una honda huella en nosotros, huella permanente aún hoy en día; y esto es lo que hace que nos parezcamos, en algunas cosas, poco a nuestros vecinos europeos, con los que se supone que compartimos patio de luces.

La principal traza de la civilización musulmana en España es, paradójicamente, negativa. No podemos negar que somos medio musulmanes por la forma en que los rechazamos. Cuando en el siglo XIX al Vaticano ya no le quedaba ningún imperio ni ningún reino al que adjuntar a sus ambiciones diplomáticas, pasotismo éste que permitió la creación del Estado italiano; cuando eso pasaba, digo, España seguía prestando su pleno apoyo al desprestigiado vicario de Cristo. Y esto es así porque España tuvo que defender la cristiandad como ninguna otra nación de Europa se vio obligada a hacer. Para un saboyano, por ejemplo, defender la cristiandad era un concepto invasor: coger el ferry e irse a tomar Jerusalén. Para los españoles, sin embargo, defender la cruz supuso recuperar las campanas de la catedral de Santiago pues los musulmanes, en España, entraron hasta la cocina.

Asimismo, en mi opinión nuestro pasado musulmán nos genera un contacto y una relación muy especial con el Mogreb. Esto tiene que ver muy directamente con la reivindicación de Ceuta y Melilla. No son pocas las personas que identifican el caso de Ceuta y de Melilla con el de Gibraltar cuando, en realidad, no tienen nada que ver. Del Peñón fueron desalojados españoles para hacerle sitio a unos ingleses que querían instalarse ahí por motivos estratégicos; sin embargo, cuando los musulmanes comenzaron a crear en el Mogreb sociedades complejas y entes nacionales, los españoles ya estaban en Ceuta y en Melilla, de donde no habían desalojado a nadie. La presencia en el Mogreb ha sido siempre parte de la Historia de España y, en realidad, a mí me sorprende mucho escuchar a las voces que defienden que España debe afirmar su identidad musulmana negarle, de seguido, el Mogreb su derecho a afirmar su identidad cristiana, a través precisamente de Ceuta y Melilla. ¿En qué quedamos? La relación de España con el norte de África ha sido siempre distinta de la que ha tenido el resto de Europa.

Creo que lo natural que debemos hacer los españoles con nuestro pasado musulmán es algo parecido a lo que hacen los australianos con su pasado quinqui. Durante mucho tiempo, los australianos han sabido que su nación surgió, en buena medida, de los detritus sociales de que Inglaterra se quería deshacer, ladrones y asesinos que no tenían cabida en la metrópoli y que por ello fueron desplazados al culo del mundo, supongo, con la esperanza de que se los merendase un jaquetón. Esto ha generado una relación conflictiva con esa identidad que, con el tiempo, se lima, y hoy es el día en el que muchos australianos, lejos de huir de esa identidad, la exageran, haciendo de sus antepasados unos hijoputas de mayor caletre de lo que en realidad lo fueron. El caso es tener un antepasado realmente impresentable.

La dominación musulmana de España, de haberse consolidado, nos habría jodido bien. Tras unos siglos muy buenos, el modus vivendi musulmán se estaba degradando en España, primero por presión de los fundamentalistas, y segundo por la extrema atomización del poder: los famosos reinos de taifas. La Alhambra es muy bonita, pero Boabdil estaba, cuando fue expulsado, a punto de echar su reino a los brazos de los genoveses, a falta de nada mejor. Seguir siendo musulmanes nos habría apartado de la evolución que se estaba cociendo en Europa; y qué decir del sueño imperial, puesto que no creo que ningún siervo de Alá le hubiese dado un duro a Colón, así pues hoy los culebrones televisivos estarían todos repletos de personajes llamados Sebastiao Nuno y Dulce Amarela, y hablarían portugués. Lo cual no excluye, por cierto, que nosotros mismos lo hablásemos también.

Desde ese punto de vista, el barrido de la religión musulmana de España es, quizá, un proceso inevitable, una de esas cosas que, en los libros de historiografía marxista, pasan sí o sí porque las tendencias sociales quieren. Pero de ahí a negar ese pasado hay un paso muy grande. Ellos nos dejaron una concepción de la vida que, si bien no cabe calificar de hedonista, sí lo es, desde luego, comparada con la de nuestros vecinos del norte. Una parte de nuestra fogosidad, de nuestro individualismo, elementos nucleares de nuestra creatividad, tienen que ver con la visión del mundo que tuvieron aquellas sociedades musulmanas.


Son, por así decirlo, nuestro hecho diferencial europeo.

jueves, agosto 02, 2007

Intermezzo

Como muchas otras gentes, las que este blog escriben tienen sus momentos de asueto. Yo, la verdad, aún voy a permanecer al pie de mi cañón unos días, pero el hecho de que siga aún alejado de mi domicilio habitual (y de mi ordenador) aconsejan, en mi opinión, echar el cierre con algunos días de adelanto.

Así pues, durante el mes de agosto estaré por ahí y no creo que escriba (aunque todo puede ocurrir) hasta finales de agosto o principios de septiembre.

No obstante lo dicho, os voy a dejar con algo distinto y un poco más largo, por si queréis entretener las horas agosteñas. Se trata de un cuento que escribí ya hace algunos años y que, si tenéis la paciencia de leer, descubriréis que no está en modo alguno desconectado de las cosas que habitualmente se ventilan aquí.

En todo caso, que disfrutéis el verano, aquéllos que estais en verano; y para los lectores australes, que los hay, paciencia, que en unos mesecitos estaréis vosotros arriba, y nosotros debajo.

Un saludo a todos.




El billete

By JdJ


Armando se preguntaba con frecuencia cuánto tiempo hacía que la pastelería había dado la impresión de estar a la última moda. Las paredes estaban pintadas de un verde que había oscurecido con el tiempo y los muebles y vitrinas, sencillos y angulosos, eran en su sencillez propios de otros tiempos. A pesar de los constantes cuidados de su madre, el polvo se había concentrado en algunas esquinas y los vidrios se habían esmerilado un poco con el uso; las típicas señales de un local que necesita una reforma.

Era la primera hora tarde del domingo, el último momento antes de cerrar. Le había tocado estar de guardia. Habían pasado las horas en las que se vendía pan, después las de la venta de pasteles, pastas de té y golosinas, y ahora era tan sólo el tiempo de los rezagados. El tiempo en el que no solía entrar nadie. Eso frustraba a Armando aún más, porque aquel domingo no tenía que haberle tocado trabajar. Al día siguiente tenía un examen muy importante de histología y le hubiera gustado tener algo más de tiempo para repasar las lecciones más importantes. Sus padres le habían dicho días atrás que no se preocupase, que ellos se encargarían. Pero el invierno había cambiado los planes. Esa mañana, su padre se había despertado tosiendo cavernosamente y con décimas. Ahora estaba en el piso de arriba, sudando y durmiendo plácidamente. Y él no tuvo argumentos para resistirse cuando su madre le dijo que ella tenía que atender el obrador. De la abuela Beatriz poco se podía esperar ya. Así pues, la lenta y silenciosa tarde dominical caía como una manta pesada sobre el Madrid de los Austrias y Armando, aburrido, apenas tenía fuerzas y ganas para desear que diesen las cuatro y media y recordarse, con un amargo sentimiento de fracaso, la de veces que se había repetido que él no sería pastelero.

Tenía veintidós años y otras vocaciones. Es cierto que antes de quitarse los pantalones cortos ya sabía montar nata, mezclar los ingredientes de la crema pastelera e incluso hornear un hojaldre en el punto justo que necesitan unos buenos bolovanes. Pero también había empezado muy pronto a aburrirse de estar rodeado de azúcares, tipos de leche, almendras, huevos y demás; también había empezado a aburrirse sin remedio en las interminables horas que se pasan detrás de un mostrador, viendo a la gente pasar más allá del escaparate, esas horas que estragan cualquier voluntad y acaban impidiendo otro ejercicio que no sea la contemplación inane y el cronometraje meticuloso de la monotonía. Su padre era pastelero, como lo había sido el abuelo Cosme. Y su madre no había hecho sino ocupar su lugar en el negocio. Sin embargo, él había tenido vocación por la medicina desde muy pronto y no le gustaba cuestionarse si realmente era una vocación o, simplemente, la esclusa escogida para huir de esa aburrida celda de futuro.
Esa tarde de noviembre, fría y de luz equívoca, se repetía, una vez más, que todavía quedaba media hora y que no vendría nadie. Se metió en la pequeña trastienda y trasteó con un pequeño transistor, pero eso sólo le sirvió para darse cuenta, una vez más, de lo insulsos que encontraba los programas de radio un domingo por la tarde. Viajó de palabras huecas a música incomprensible hasta que apagó el aparato. Casi en el mismo momento en que lo hizo, la campanilla de la puerta de la entrada trastabilló con un canto estridente. En realidad, la llegada del cliente inesperado le sentó todavía peor que el aburrimiento anterior. Los tenderos se acostumbran antes a la soledad que a las sorpresas.

Cuando salió de la trastienda, se encontró esperando junto al mostrador a un hombre muy viejo. Enjuto, encorvado y de piel muy pálida, lo único que parecía seguir vivo en aquel anciano eran los ojos, hundidos en dos cuencas surcadas de arrugas como la arena después de una riada. Dos manos nervudas, salpicadas de venas verdes, reposaban sobre el cristal con un temblor tan perceptible como interminable. Armando suspiró. Sólo a estos tipos se les ocurre que una pastelería va a seguir abierta un domingo a las cuatro y diez, pensó.

- Buenas tardes. ¿Qué va a ser?

El viejo lo miraba sin decir nada, con el labio inferior colgando, como si llevase allí horas sin intención de estar en otra parte. Armando elevó la voz.

- ¿Puede decirme qué desea?

El viejo no parecía ser sordo. Todos los indicios eran de que era imbécil o estaba sonado. Armando había gritado bien fuerte; era imposible que a alguien tan sordo y con esa edad le permitiesen andar solo por la calle. Si seguía allí, tan quieto y con esa expresión bobalicona, era porque quería. O porque acababa de fallecer de una hemiplejía. O porque eso tenía que pasar en aquel domingo en que le habían jodido desde bien por la mañana. Le costó a Armando recuperar de su interior las claves de la amabilidad pero, finalmente, fue capaz de salir del mostrador y acercarse al hombre. Una vez allí, se colocó cerca de uno de los oídos e hizo bocina con las manos.

- ¡Vamos a cerrar, señor!

El viejo giró la cabeza sin poner en juego un solo músculo más de su rostro.

- No me grites, que no soy sordo.

«Ahora con coñas», pensó Armando. Era demasiado. Tenía que repasar la histología, cosa que le llevaría todo el resto de la tarde. Así que había perdido todo un día de fiesta sin haberse tomado siquiera una cerveza con los amigos, sin un paseo, sin una puñetera media hora de asueto. Y ahora el viejo aquél jodiendo con la sorna del jubilado sin otra cosa que hacer. Resolvió, pues, que lo echaría más o menos amablemente.

- Pues si no está sordo, ya me habrá oído. Estamos cerrados, abuelo. ¡Cerrados!

- Nunca cambiarás. Siempre tan cascarrabias.

Armando no prestó demasiada atención a esas palabras. Estaba demasiado nublado por la decisión que había tomado de sacar al anciano del local y cerrar la pastelería en ese mismo momento, de una vez. Tenía un mal día y aquel zombie había sido la guinda.

- Dígame ahora mismo lo que quiere, abuelo. Y márchese.

El viejo se rió sin dientes, como si fuese a vomitar en cada espasmo.

- ¿Ahora me llamas abuelo? ¿Desde cuándo me ha cambiado el apodo?

- ¿Apodo, qué apodo? ¿Me va decir de una vez lo que quiere?

- Ya sabes lo que quiero.

Armando respiró pesadamente. Varias veces. No empezaba a cansarse. Ya estaba cansado.

- Márchese ahora mismo. Mire, no quiero hacerle nada, así que…

- Estamos solos, ¿no? Pensé que no eran necesarias las… formalidades.

- ¿Formalidades? Deje de alucinar, abuelo. No me canse. Es la última vez que se lo pregunto: ¿Qué coño quiere?

El viejo bajó la vista y sus labios temblaron. Parecía un robot estropeado tratando de procesar una instrucción complicada. Armando lo tomó de un brazo pero el anciano, en su más que evidente debilidad, encontró algo para permanecer bien plantado donde estaba, sin dejarse arrastrar. Finalmente habló, en un susurro.

- Medio kilo de pastas de chocolate ‑dijo; y repitió lentamente, como explicando una lección complicada‑: Pastas. De chocolate. Medio kilo.

Miró a Armando y sus ojos suplicaban algo.

En pocos segundos, Armando estaba detrás del mostrador colocando en la cajita de medio kilo las pastas. Lo hacía nerviosamente, con gestos bruscos. Tuvo que desechar un par porque las apretó tanto al cogerlas que las rompió. No le importó. Tenía prisa por terminar. Pesó la caja, ajustó la ración a lo requerido, la envolvió, ató el cordel alrededor y se la entregó al viejo informándole del importe. El viejo tomó la caja como si contuviese lo último que iba a comer en su vida, con gestos lentos y emocionados. Cuando la tuvo en su poder, metió la mano derecha en el bolsillo de su gabán, sacó medio billete cortado por la mitad y lo puso encima del mostrador.

Era un billete antiguo que debió de ser marrón. Armando lo tomó entre sus dedos. Parecía a punto de desintegrarse. Levantó la vista hacia el anciano, más extrañado que airado.

- ¿Qué es esto? ¿Es todo lo que tiene?

El viejo no dijo nada. Armando se debatió entre la idea de abroncar al anciano y la de dejarlo marchar, sin más. Se acordó del examen de histología, del día perdido. Del cansancio y la soledad de la fría mañana en el fondo de aquel local deprimente.

- Bueno, vale. Para usted la perra gorda. Le regalo las puñeteras pastas. Pero márchese de una vez.

El viejo pareció entender. Se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta arrastrando los pies. Había dado dos breves pasos cuando se paró y se volvió. Su boca temblaba mucho más ahora y su expresión era la de un padre que contempla a su hijo gravemente enfermo.

- Adiós, amigo. Hasta siempre.

Armando lo observó marcharse, cargado de hombros. Dentro de su gabán oscuro parecía la caricatura de un hombre. Esperó a que saliese y traspasase el escaparate, calle arriba, para acercarse a la puerta, salir a la acera y bajar el telón de hierro. Desde el portal de al lado abrió con su llave la puerta que daba al local, lo cerró por dentro y apagó las luces. Cinco minutos más tarde estaba en su caliente dormitorio, repasando la histología.

No volvió a recordar al viejo loco hasta la noche, a la hora de la cena. Su madre lo llamó con insistencia varias veces antes de que saliese. No lo hizo hasta que no hubo terminado de repasar todas las lecciones que había decidido releer antes del examen. Fue su pequeña rebelión ante la imposición de aquel domingo estúpido. Cuando llegó a la mesa todo el mundo estaba cenando. Su madre había terminado de servir las verduras (también el plato de Armando, que lo esperaba humeando) y masticaba en silencio, dando la impresión de que no había nadie más que ella en la habitación. Su padre, pálido y con los ojos cargados, tragaba con dificultad. Y la abuela Beatriz, empequeñecida, casi calva y con esa expresión casi idiota que tenía en el rostro desde hace años, mareaba las viandas llevándoselas a la boca de cuando en cuando. Armando se disculpó tenuemente por su tardanza, pero a nadie pareció importarle. En la televisión resumían los goles de la jornada.

- ¿Cómo estás, papá? ‑preguntó por decir algo.

Su padre gruñó algo que lo mismo quería decir «mejor» que «muy fastidiado». Armando no tuvo ánimos de aclararlo.

- ¿Has terminado de estudiar? ‑preguntó su madre, sin levantar la vista del plato, después de muchos segundos de silencio.

- Sí, creo que sí.

- ¿Cuándo es el examen ese? ‑le preguntó su padre, con voz rota.

- Mañana. Mañana por la mañana.

- Entonces el martes estarás en el homenaje.

Lo había olvidado. El homenaje. Maldijo Armando aquel estúpido domingo, capaz de borrarle de la mente incluso las cosas que le importaban.

- Por supuesto. No me lo perdería por nada. Además, tengo que ir, ¿no?

Su padre asintió sin palabras. En verdad, Armando ni quería ni podía faltar. En el acto iba a dejar de ser militante de las Juventudes Comunistas para ingresar en el Partido Comunista. Y le iban a dar el carné con el número 345. El número del abuelo Cosme.

Como si estuviera adivinando sus pensamientos, la abuela Beatriz le miró y habló con esa voz suya, parkinsoniana, nacida en una garganta en galerna permanente.

- Ya puedes estar orgulloso, Mando…

- Lo estoy, abuela ‑contestó él que, en verdad, así se sentía‑. Pero lo importante es el homenaje al abuelo Cosme. Él es el protagonista.

La abuela Beatriz se emocionó. Lo hacía muy a menudo, incluso delante de una telenovela barata. Pero eso no restó significado a su cuello estragado, sus manos agitadas y la caída de su mirada aguanosa.

La que, sin embargo, parecía algo fastidiada era la madre.

- Bueno, ojalá que esto sirva para que Mando no tenga que exponerse el día de mañana como el abuelo Cosme.

- Esto no tiene nada que ver, mamá ‑protestó Armando‑. Los tiempos han cambiado y ahora la lucha es otra. Pero eso sólo aumenta el mérito de los que se la jugaron entonces.

- Tu madre ‑informó el padre, hablando despacio para no atraer la tos‑ es de los que opinan que lo mejor es olvidar.

La mujer dejó caer con leve estrépito sobre el plato de loza los cubiertos que estaba utilizando.

- Lo dices como si fuese un pecado mortal.

- No somos creyentes ‑contestó el padre, masticando indolentemente.

- Eso ya lo sé. Pero parecemos tener pecados como los curas. Por ejemplo, olvidar el pasado.

El padre de Armando volvió la vista hacia su mujer con una mezcla de extrañeza y el embrión de la ira.

- Los hombres que olvidan el pasado están condenados a repetirlo.

La mujer rió amargamente.

- ¡Qué bonito! Las frasecitas de costumbre. ¡Por Dios! Estamos en el año 2000, Cosme. Si no dejas de mirar al pasado, nunca verás el futuro. Que yo sepa, ya no quedan patrullas de anarquistas en la esquina de aquí al lado fusilando a quien les da la gana.

- Pero quedan fascistas ‑interrumpió Armando‑. Muchos. Y hay que seguir luchando contra ellos.

- ¡Por Dios, Mando! ¡No digas imbecilidades!

Armando no quería discutir con su madre. Intercambió un parpadeo inteligente con su padre y ambos se callaron, no sin antes sonreírse levemente, de medio lado. Ambos se entendían bien, ambos comprendían. Incluso encontraban lógico que ella, que al fin y al cabo se había incorporado a la familia cuando se casó, no valorase lo suficiente que durante décadas aquella misma pastelería, casi con la misma pintura y los mismos muebles, fuese uno de los lugares de Madrid donde se intercambiaban correos los comunistas del interior con los del exterior. Éstos últimos entraban en España clandestinamente y se dirigían a la tienda para recoger sus sobres y dejar otros donde el abuelo Cosme leía la nueva contraseña que utilizaría el próximo visitante. Más de veinte años exponiendo la vida en aquella labor callada sin la cual, como rezaba la carta del mismísimo Julio Llamazares, Secretario General del PCE, que semanas atrás había recibido el padre de Armando, la oposición a la dictadura habría sido imposible. Tanto Armando como su padre sentían que todo lo que tenía la familia era eso: una pastelería venida a menos y el recuerdo de un héroe. Y la voluntad de repetir sus hazañas si era preciso. Ambos estaban convencidos de que un buen comunista no necesita nada más.

Puesto que se entendían entre ellos, la incomprensión de la madre era un dato casi irrelevante. Pero, en cualquier caso, Armando no quería discutir con ella. Siendo casi un adolescente había alfabetizado a algunos viejos militantes y allí había aprendido que algunos de ellos, aunque sólo fuesen unos niños durante la guerra, guardaban de ella un recuerdo que era una empinada cordillera de desgracias y privaciones. Y está la paz, además. La paz que para muchos significó huida y exilio y para todos los demás, la mayoría, silencio, mentira, hipocresía de supervivencia. No pocos de aquellos jubilados y jubiladas, al calor de su actual calefacción central y frente a televisores panorámicos a través de los cuales podían incluso comprar pequeños electrodomésticos casi mágicos, habían puesto un cortafuegos entre esto y aquello, dando por bien vividas ambas vidas pero sin dejar que unas se comunicasen con las otras. Ante ese tipo de gente, pensaba Armando, lo mejor es cambiar de conversación. Y eso trató de hacer. Y por ello, sólo por ese deseo de no beligerancia, fue por lo que se acordó del viejo loco.

- Esta tarde, en la tienda, a última hora, me ha pasado algo muy curioso.

Nadie le contestó. Las brumas del enfrentamiento anterior seguían ahí.

- A punto de cerrar entró un viejo senil. Quería medio kilo de pastas. Se las tuve que regalar.

Aquello sí que se ganó la atención de su madre y una disimulada mirada de reprobación de su padre. Él sabía que ocurriría, pero prefería discutir por eso.

- ¿Medio kilo? ¿Y se lo regalas?

- Deberías haberlo visto, mamá. El tipo estaba loco.

- Haberme llamado. Ya verías lo rápido que echo yo a los locos.

- Joder, mamá. Tampoco es eso.

- Si no es para tanto ‑terció su padre‑, pon tú en la caja lo que no pagó el viejo.

La base del estómago de Armando ardió. Aquella incomprensión se sumaba al domingo asqueroso que había tenido que pasar. No podía soportar percibir una injusticia de ese calibre.

- Las pondré, papá. No te preocupes. Mañana mismo, antes de irme a clase. Qué coño, ahora mismo bajo y pongo el dinero.

- Mando, no es eso…

- ¿Y qué es, mamá? Me paso todo el puñetero día detrás del mostrador cuando no me tocaba, pongo en peligro el examen de histología y luego… y luego aparece un tipo de cien años sordo y gilipollas que me empieza a llamar de tú y me dice que soy un cascarrabias y se queda allí, como un vegetal y luego me paga con medio billete caducado… ¿qué tenía que hacer, llamar a la policía por medio kilo de pastas?

Aunque no lo deseaba, no había podido evitar gritar. Trataba de no hacerlo, porque la abuela Beatriz era muy sensible a las broncas y enseguida empezaba a llorar como si fuese a haber asesinatos. Aquella vez no fue una excepción. Cuando Armando se fijó en ella, lo miraba con un pánico muy limpio, neto, en los ojos. Había soltado los cubiertos y, detenida en sus inacabables temblores nerviosos, no le apartaba la vista. Su boca se doblaba en un rictus de angustia.

- Mando, tu abuela…

- Vale, vale. Me callo. Pero es que no soporto que seáis tan histéricos con el dinero…

- ¡Déjalo, Armando! ‑su padre tosió después de elevar la voz‑. Déjalo estar ya, hombre. Un anciano grillado no tiene tanta importancia. Vale, y medio de pastas tampoco.

- Aquí tengo el billete ‑contestó Armando, más calmado, metiendo la mano en el bolsillo derecho del pantalón‑. Lo mismo vale algo.

Se lo tendió a su padre, que observó el papel sobado con curiosidad.

- Coño, sí que estaba mal el viejo ése. Esto es… espera, no se ve bien. Abuela, mire. Esto le traerá recuerdos.

El padre de Armando le alcanzó el medio billete a la abuela Beatriz. Ella lo cogió y lo observó como si fuese un cadáver inesperado. Respiró pesadamente.

- Son veinticinco pesetas ‑informó su padre‑. Dinero de la República.

- ¿De la República? ‑contestó Armando‑. Nunca había visto uno.

- Pues tu abuela sí. ¿A que sí, mamá?

La anciana no hablaba. Miraba y remiraba el billete y enarcaba las cejas como si se estuviese reencontrando con un viejo amigo. Tardó muchos segundos en hablar mientras los otros tres comensales la observaban sin saber qué decir.

- Veinticinco pesetas… ‑terminó por mascullar‑. Medio kilo de pastas de chocolate no valía tanto.

La madre de Armando se levantó con cierto estrépito y comenzó a recoger los platos.

- Pues ahora valen más. Mucho más.

Armando se alzó de hombros. Estaba visto que aquella noche cualquier cosa que se dijese acabaría en discusión. En la televisión, Roberto Carlos trataba inútilmente de justificar una derrota. Se concentró en la pantalla, decidiendo que era lo mejor que podía hacer.

El examen de histología no fue mal. Tampoco demasiado bien, pero sí lo suficiente como para que Armando estuviese satisfecho. Pero terminó agotado, a eso de las doce y media. Como todavía estaba fastidiado por haber perdido todo el domingo entre la pastelería y el examen, decidió fumarse las clases de ese día y marcharse a casa. A mediodía entró en la pastelería y encontró a su madre sola y con cara de pocos amigos.

Le tendió un par de billetes verdes.

- Toma. Las pastas. Pero que no se te olvide el cambio.

Su madre, por toda respuesta, sacó unas monedas de la caja registradora y se las dio, después de haber guardado los billetes en uno de los cajetines. Sólo después dijo con voz neutra.

- ¿Qué tal el examen?

- Bien, creo.

- ¿Bien, o bien creo?

- Bien, creo.

- Menos da una piedra ‑contestó su madre, torciendo la boca.

- ¿Todavía estás de mala leche?

Su madre suspiró.

- Tu padre está peor. Tiene un pito en el pecho. El médico ha dicho que la cosa va a ser larga.

Armando comprendió. Aquella matrona, acostumbrada a cargar sobre sus espaldas toda su casa y la mitad de un negocio, también tenía derecho a la debilidad. Entró en el mostrador y la besó.

- Sube, anda. Yo me quedo.

- ¿Tú? ¿Pero no decías ayer que…?

- Mamá, por favor. Vete. Olvídate de lo que decía ayer. Sube, anda.

Consiguió arrancarle una sonrisa y algo que pareció una caricia. Se marchó sin una palabra más.

Julio Llamazares, secretario general del Partido Comunista de España, le había hecho llegar un par de días antes al padre de Armando el borrador del discurso que leería al día siguiente en el acto de homenaje a los héroes de la oposición interna. Armando lo tenía consigo y entretuvo la soledad de la tienda releyéndolo. Citaba a Cosme Seisdedos tres veces, lo cual hacía parecer que su abuelo era el más destacado de los homenajeados. En realidad, eso era, pensaba Armando, porque ninguno de los otros había dejado un nieto que quisiese ingresar en el Partido. Pero, aún así, se regodeó con esas tres citas, hechas con el lenguaje preciso y cargado de sentimientos de las arengas. Estaba imaginando la voz del líder pronunciando ese nombre a través de los altavoces cuando temblaron unas contra otras las campanillas de la puerta. Armando levantó la vista. Una mujer entrada en años, gorda y con escaso pelo rizado había entrado en la tienda. Cruzó mentalmente una apuesta consigo mismo: palmeras o, en todo caso, una napolitana para tomar, sin envolver.

- Buenos días. ¿Qué desea?

La mujer no dijo nada. Abrió su bolso y buscó dentro hasta que sacó un enorme monedero. Sacó dos billetes y los puso encima del mostrador de cristal.

- Tengo la sospecha de que mi padre dejó ayer a deber aquí unas pastas.

La sorpresa dejó helado a Armando. Desde la noche de ayer no había vuelto a pensar en el viejo senil de la tarde anterior. Y lo que menos podía esperar es que su hija se preocupase de pagar su deuda.

- Estuvo… estuvo un señor aquí, sí. Yo le atendí. Pero ya le dije que no se preocupara, que le invitaba.

- Insisto en que me las cobre.

Armando se fue a la caja a darle el cambio a la mujer. Y a rumiar la tenue luz de culpa que veía en su interior. Se arrepentía de haberle gritado a aquel hombre, de haberle hablado con brusquedad. El tipo imbécil del día anterior era, de repente, un viejo desorientado. Un dolor en su estómago le castigó.

- Oiga, señora… ‑balbució cuando le alcanzó las monedas‑. Si su padre le dijo, bueno, que yo le hablé un poco… no sé, un poco fuerte, yo es que…

- No se preocupe ‑contestó la mujer, con voz resignada‑. Soy yo quien le tengo que pedir perdón. No me di cuenta de lo que había hecho hasta que por la noche le encontré el paquete de pastas. Mi padre no lleva nunca dinero encima, así que le pregunté cómo las había conseguido.

- Bueno, yo se las regalé.

- Ni hablar. Está muy mayor, el pobre. Se le va la cabeza.

- Ya. Me hablaba cómo si me conociese.

- ¡No me diga! ‑la tristeza se instaló en los pómulos de la mujer‑. Es que ya no reconoce a veces, ¿sabe? Hay momentos en que se empeña en que yo soy su madre.

- Lo siento.

- Ya, gracias. Pero ése es mi problema, no el suyo. Entró aquí a comprar las pastas como pudo entrar en cualquier otro sitio. Pero vi en el envoltorio el nombre y la dirección de la pastelería y decidí venir a pagárselas.

- No tenía por qué hacerlo.

- Gracias, pero lo prefiero así. Espero que nos disculpe.

Armando sintió una corriente de ternura hacia aquella mujer. Iba vestida de luto, con ropas de nylon de tienda barata. Se repetía a sí mismo que no debería cobrarle.

- No tiene que pedirme perdón, mujer. Sólo espero que su padre esté bien.

La mujer se miró los zapatos y suspiró de nuevo. Tardó en acumular fuerzas para hablar otra vez.

- ¿Me haría usted un favor?

- Si está en mi mano…

- Déjeme una tarjeta de la pastelería.

Armando se la dio y ella sacó un bolígrafo del bolso y escribió rápidamente unas notas. Le entregó a Armando el pedazo de papel. Había escrito: «Clara María Lugones». Y dos teléfonos.

- El primer número es el de nuestra casa ‑informó la mujer, señalando con la punta del bolígrafo en la tarjeta‑. En el segundo me encuentra de siete a nueve. Son unas oficinas que están aquí al lado, limpio allí. Si mi padre volviese…

- Entiendo ‑interrumpió Armando‑. La llamaré si eso pasa.

- No lo ponga nervioso, por favor ‑la voz de la mujer había adquirido un tono de súplica‑. Si lo ve muy despistado, llámele Beto. Todo el mundo lo llama así. Quizá eso le centre un poco.

- No se preocupe. Y gracias por el dinero.

- Adiós, señor.

Poco tiempo después de haberse marchado la mujer, Armando cerró la pastelería para la hora de la comida. Resolvió no contar de momento su encuentro con la mujer. Tampoco recuperó su dinero de la caja registradora. Seguía teniendo mala conciencia y eso propulsó su silencio. Comió mirando la televisión, reposó unos minutos en el sofá y, después, a las cinco, se ofreció para bajar a la tienda. La tarde fue intensa, con bastantes clientes y mucho que hacer. No fue hasta las siete o siete y media cuando se encontró solo tras el mostrador y volvió repasar, una vez más, el discurso de Llamazares. En la página cuatro dio un respingo y sintió que la columna vertebral se le helaba en décimas de segundo.

El secretario general del PCE citaba entre los comunistas desaparecidos a Herminio Lugones, alias Beto.




A las ocho de la noche de aquel lunes, Armando Seisdedos cerró la pastelería familiar. Había atendido a unos pocos clientes de última hora y había releído seis veces más el discurso de Llamazares. Cerró la pastelería pero no apagó las luces. Siguió dentro porque quería utilizar el teléfono de la tienda, no el de casa. Llamó a un buen amigo de su padre, cuadro del Partido. No le costó disimular. Le hizo ver que estaba emocionado y agradecido por el acto del día siguiente. Le dijo que había leído el discurso del Secretario General y que quería saber quién le había dado las referencias históricas de su abuelo y de todos los demás héroes de la oposición interna. Su interlocutor le dio el nombre de un catedrático de la Complutense, también militante. Colgó sin más. Buscó en la guía el apellido de aquel hombre y encontró tres referencias. Las dos primeras no tenían nada que ver con el PCE y también les colgó de forma abrupta. En la tercera llamada, un hombre maduro cogió el teléfono, con voz cansada.

Armando pronunció su nombre y le preguntó si era el catedrático universitario. Su interlocutor lo reconoció con prevención.

- Soy Armando Seisdedos. El nieto de Cosme Seisdedos.

- Oh. Encantado de conocerte. He estudiado a tu abuelo, sí. De hecho, yo mismo…

- Sí, lo sé. Sé que es usted quien ha facilitado la información para el homenaje. Le estoy muy agradecido.

- No hay de qué, muchacho. Pero podías habérmelo dicho mañana mismo en persona. No entiendo por qué me llamas a estas horas.

- Perdone, señor. Le pido disculpas, pero necesito saber algo, y saberlo ahora.

El catedrático reflexionó en silencio. Armando pensó que en sus dudas pesaría finalmente el prestigio de su abuelo y no se equivocó.

- Todo esto es un poco extraño. Pero, en fin, tú dirás.

Armando tomó aire y trató de poner en orden sus ideas.

- ¿Qué sabe de Herminio Lugones?

- Nada, creo. ¿Quién es Herminio Lugones?

- ¡Cómo que no sabe nada! Herminio Lugones es Beto, es… el discurso del Secretario General también lo cita.

El catedrático no se tomó tiempo para contestar.

- ¡Ah! ¡Haber empezado por ahí! A menudo, sólo recuerdo los apodos. Bueno, Beto era uno más. Un militante del interior.

- Lo suponía. Y, ¿qué fue de él?

- Nadie lo sabe a ciencia cierta ‑explicó el catedrático‑. En su día se dijo que la policía lo localizó y detuvo. Pero jamás nadie coincidió con él en la cárcel y los archivos policiales, que se pudieron consultar después del 75, tampoco dicen nada. Se lo tragó la tierra. O se lo tragó el franquismo, quién sabe.

Armando sintió una punzada de decepción.

- ¿Desaparecido? Pero, ¿por qué?

- Ya le he dicho que nadie sabe qué pasó. Más difícil entonces sería saber por qué, chico. Alguna vez, cuando me veía con La Pasionaria, la he oído recordar a ese hombre como un auténtico militante dispuesto a todo. Quizá lo consideraron tan peligroso que en lugar de detenerlo lo mataron sin dejar rastro. No sería el primer caso. Pero, si puedo preguntar, ¿a qué viene este interés tan repentino?

- Bueno… ‑balbuceó Armando‑, todo forma parte de mi deseo por saber de mi abuelo. Oiga, dígame sólo una cosa más.

- Tú dirás.

- ¿Le dice algo un billete de veinticinco pesetas de la República cortado por la mitad?

El catedrático pensó largo rato.

- Nada. Nada en absoluto. ¿Debería tener un significado para mí?

- Sí, supongo. Algún tipo de señal o de mensaje.

- Podría ser ‑contestó el catedrático‑. Los correos hacían cosas así. La clave era comprar determinada cosa o, quizá, pagar de determinada forma. Era el único modo de…

Armando ya había colgado. Un frío le bajaba por los hombros. De repente recordaba y comprendía. Apagó apresuradamente la tienda y subió a su casa. Entró como una exhalación en el salón-comedor. Allí, la abuela Beatriz veía la televisión con mirada ausente.

Estaban solos. El padre de Armando seguía en la cama y su madre estaría haciendo la cena. Se sentó junto a su abuela, arrimando una silla.

- Abuela, el billete. El billete de veinticinco pesetas. Lo conservas, ¿verdad?

La anciana lo miró como si llevase años esperando esa pregunta. De un bolsillo de su bata sacó el pedazo de papel y lo observó de nuevo como la noche anterior, con una especie de miedo atávico.

- Es una señal, ¿verdad? Una señal entre comunistas clandestinos.

La mano de la vieja tembló más que de costumbre. En un instante, pareció renacer y con gestos inusitadamente lúcidos rompió el billete en varios pedazos.

- Haz caso de tu madre, Mando. Y no te montes historias en la cabeza.

- Puedes romperlo, abuela. Es más tuyo que de nadie. Pero dime la verdad. Es una señal, ¿verdad?

- ¿Una señal de qué? ‑protestó la anciana con aprensión‑ ¿De qué me estás hablando?

- Abuela, lo sé todo ‑contestó Armando, con suavidad‑. Me acabo de dar cuenta ahora mismo.

- ¿Darte cuenta? ¿De qué?

- De que yo dije ayer que aquel viejo me había comprado medio kilo de pastas. Pero tú sabías que todas eran de chocolate. Ésa era la otra señal, ¿verdad? Un tipo que compra medio kilo de pastas de chocolate con medio billete de veinticinco pesetas. Y tú sabes lo que significa.

La abuela Beatriz bajó la vista y comenzó a lagrimear. Movía los labios susurrando algo que Armando no podía oír.

- ¿Qué dices, abuela? Háblame, por favor. Cuéntamelo. Es una señal, ¿de qué?

- No quiero… ‑terminó por decir la abuela con voz audible‑ no quiero que te pase nada.

- Por Dios, abuela, ¿qué me va a pasar?

- Prométeme que no se lo dirás a nadie. Prométemelo.

- Vale, te lo prometo. No lo contaré. Pero dime qué significa esa señal. Necesito saberlo, abuela.

La vieja siguió llorando. Armando la dejó que se tranquilizase. Esperó pacientemente hasta que la abuela Beatriz recuperó un temblor habitual en su cuerpo y algo de compostura. Cuando así lo hizo, habló con voz ronca.

- Beto ha recibido la orden. La que estaba esperando. Ayer vino a comunicarlo a través del correo.

La vieja le miró con el pánico troquelado en las pupilas.

- Esta tarde. En el Paseo de Recoletos. Va a matar a Franco.





A las doce de la mañana del día siguiente, martes, la plaza de toros de Vista Alegre estaba llena a rebosar. Había allí grupos con pancartas y banderas rojas vociferando y cantando. El acto fue hermoso. Hablaron los dirigentes regionales, luego los líderes de Comisiones Obreras y, por fin, el Secretario General del PCE. Todos ellos utilizaron el mismo tono tenso, encendido y pleno de significado en sus intervenciones. En el escenario, tras los oradores, un gran panel blanco estaba lleno de fotografías. Decenas, centenares de imágenes de los héroes anónimos del comunismo que eran homenajeados en aquel acto. La multitud enardecida interrumpía a menudo las palabras de los líderes con aplausos y gritos.

Armando Seisdedos y su padre estaban en la primera fila de sillas, esperando su turno para mostrarse ante el público al final del acto. A pesar de la fiebre y del desastroso estado de sus pulmones, Cosme no se había querido perder el acto. Parecía que el homenaje se lo hiciesen a él. Estaba tieso en la silla, aguantándose las lágrimas, apretando los labios. Su mandíbula cuadrada soportaba toda la entereza que era capaz de disimular. Su hijo lo observaba con escepticismo y, al tiempo, con ternura. Pensó si lo mejor sería callarse como le había exigido su abuela e, incluso, lo hizo durante mucho tiempo; pero, lentamente, la convicción de que no era quién para decidir el nivel de estupidez de los demás, y menos de un padre, creció en él. Así que, durante el aburrido discurso de un dirigente menor, acercó su boca al oído de su padre, y le musitó:

- ¿Sabes dónde estuve anoche?

- No. No viniste a cenar, a tu madre no le sentó muy bien. Podrías habernos dado una explicación.

- Estaba en Recoletos, frente a la Biblioteca Nacional. Impedí el asesinato de Franco.

Cosme se separó de su hijo y lo miró como si le estuviesen naciendo serpientes en lugar de pelo.

- Mando, pero, ¿qué estupideces dices?

- La verdad, papá ‑contestó Armando, sobreponiéndose a los aplausos‑. Ayer por la tarde, Herminio Beto Lugones se apostó en el Paseo de Recoletos para matar a Franco de regreso del Palacio de Correos.

- ¿Cómo? ¿Franco? ¿Beto Lugones? Pero, ¿qué…?

- Beto Lugones, sí. Está ahí ‑Armando señaló a una foto del mural trasero del escenario, la séptima por la izquierda de la cuarta fila contando desde arriba. A cinco fotos de distancia estaba el abuelo Cosme‑. Lo creas o no, ese hombre, que todos dan por desaparecido, estaba ayer a las nueve de la noche en Recoletos esperando que pasara Franco.

Su padre se rascó la barbilla.

- Armando, ¿tú estás bien? ‑se le notaba que le costaba creer que estuviese diciendo lo que decía‑. Franco ha muerto, hijo. Hace veinticinco años. ¿De qué narices me estás hablando?

Armando tomó aire. Ahora ya no podía volver atrás y lo que estaba por venir le daba miedo.

- Te estoy hablando del viejo loco que entró en la tienda el domingo.

- ¿Aquél tipo? ¿Ese tío quería matar a Franco?

- Sí. El billete era una señal. Y el medio kilo de pastas también. Una operación muy sencilla. Cuando Beto me la contó ayer parecía imposible que fallara.

El público rugió de nuevo como respuesta a una alusión a la legalización de las drogas. Padre e hijo, sin embargo, estaban completamente solos en medio de aquel barullo.

- Un camarada del Partido ‑explicó Armando‑ se había infiltrado en los talleres de El Pardo. El Rolls cubierto, el regalo de Hitler, se estropeó aquel día de invierno de 1941. Una serie de coincidencias hábilmente urdidas provocarían que el general usase un coche descubierto. Y a Beto Lugones no le importaba morir, como a los anarquistas de principios de siglo. Lo creas o no, ayer llevaba dentro de la camisa cuatro granadas con munición de guerra. Supongo que ya has adivinado que, para él, estos últimos cincuenta y nueve años no han pasado.

- Joder, Mando. La hostia…

El orador se había arrancado con La Internacional y ahora la plaza entera coreaba la canción. Quizá Armando y su padre eran los únicos que no cantaban ni levantaban el puño. La gente todavía seguía cantando cuando el padre gritó.

- ¿Qué hiciste, Mando?

- ¡Qué iba a hacer, papá! Llamé a la hija del pobre hombre y ella llamó al hospital y a la policía. Lo entretuve hasta que llegaron. No hubo problemas, está más muerto que vivo. Y enfermo de Alzheimer. Creo que por eso no distingue el pasado del presente.

- ¿Crees? Coño, Mando, es evidente. Un tipo que pretende matar a Franco en el año 2000 no tiene muy claro el calendario.

- Ya. O no quiere tenerlo claro.

El himno había terminado. El público aplaudía a rabiar. Padre e hijo se miraban, una vez más, en silencio. Armando sabía que su padre sospechaba. Y sentía pena por él y por sí mismo.

- Papá… ‑dijo al fin, mientras el último orador, el Secretario General del PCE, subía a la tribuna‑, papá… el abuelo Cosme traicionó a Beto Lugones. Lo delató. Beto Lugones nunca llegó a Recoletos. Lo detuvieron antes. Antes incluso de que pudiese ir a la pastelería a comprar medio kilo de pastas de chocolate para señalar la inminencia del atentado.

Su padre no dijo nada. Armando no sabría decir siquiera si lo veía.

- Papá, el abuelo Cosme era un delator. Un confidente de la policía. Los fascistas sabían que era del PCE, sabían que era su correo, pero debieron pensar que era más útil mantenerlo así que detenerlo. O tal vez fue la otra condición que puso por delatar el atentado contra Franco. Por eso la abuela no quería que…

El nombre de Cosme Seisdedos resonó en los altavoces. El Secretario General les señaló con el dedo a ambos y el público los atronó con un aplauso cerrado. Vecinos del público los zarandearon exhibiendo emocionadas sonrisas. Ambos recibieron las felicitaciones como alucinados, sin vida, esperando que los dejaran en paz. Pronto el público se subió a otra ola oratoria de su dirigente y pareció olvidarlos. Sólo entonces el padre de Armando pareció despertar de un mal sueño.

- ¿Otra… otra condición? ¿Qué quieres decir con eso, Mando?

Armando trató de sonreír y pasó un brazo por detrás de los hombros de su padre. Allí, tan cerca, a pesar del griterío, podía susurrar.

- El abuelo se convirtió en confidente a cambio de la vida de Beto Lugones. Eran amigos, papá. Muy amigos. Beto se pasó años escribiéndole cartas al abuelo. Algunas las leí anoche. Y no son las cartas de un resentido, créeme, sino de alguien que echa de menos a su amigo, a su compañero, a su camarada.

- Pero tu abuelo fue… fue el que jodió a ese tipo ‑salmodió Cosme hijo, escuchándose.

- Espera, papá. Espera. Beto Lugones no fue encarcelado ni torturado ni asesinado. Esos cabrones se limitaron a internarlo en un siquiátrico. Estuvo allí muchos años. Cuando salió, en el sesenta y ocho, era ya viejo y estaba un poco sonado. Su hija lo cuidó. Hace un par de años la familia regresó a Madrid. Él ya estaba muy enfermo. Su ficha, sus datos, sus referencias, se perderían en cualquier caja fuerte. Los franquistas lo olvidaron y los comunistas nunca volvieron a saber de él. El único que recordaba era él. Y el domingo pasado decidió cumplir de una vez con su deber.

Padre e hijo se miraban derrotados. Sonó una voz en los altavoces que pronunciaba el nombre de Armando Seisdedos y la multitud aplaudió de nuevo. El nieto de Cosme Seisdedos se levantó para subir a la tribuna. Mientras subía las escaleras y una vez arriba, seguía mirando a su padre.



Armando recibió su carné del PCE con el número 345. Fue abrazado por todos los líderes y vitoreado como el símbolo de que la lucha continúa. Luego tomó el micrófono y, con voz entrecortada, pronunció un breve discurso en el que, en resumen, habló de la importancia del compromiso con las ideas propias pero, matizó, todo gran hombre debe siempre ser coherente con su condición humana, principio y fin de todas las cosas. Acto seguido, hizo un extraño, pero intenso, panegírico de la amistad.

De todos los discursos que se pronunciaron aquella mañana, el de Armando Seisdedos fue el que arrancó los aplausos más tibios. Los informativos del día, que encontraron sus palabras insulsas, torpes y vacías de contenido, ni siquiera lo citaron.

viernes, julio 27, 2007

History Quiz #1

Ayer por la noche, mientras miraba distraídamente el concurso ¿Eres más listo que un niño de primaria?, se me ocurrió que una manera entretenida de contar algún pequeño detallito histórico, de vez en cuando, es hacerlo en forma de quiz o de pequeño cuestionario. Así que me puse a rebuscar en mis lecturas recientes y en cosas que tenía apuntadas de otras no tan recientes, pequeños detalles que me habían llamado la atención de alguna manera, y construí un test de diez preguntas.

Así pues, esto es algo así como el concurso ¿Sabes más que un imbécil cuyo hobby es leer libros de Historia? Un pequeño divertimento en el que se ofrecen algunas alternativas de respuesta. No hay ningún objetivo concreto, ni pretendo con ello demostrar nada. Tan sólo entretener un breve paso en un momento de asueto más o menos planificado, que supongo que es la situación en la que estamos todos cuando caemos en la página de un blog que visitamos a menudo o por primera vez.

Espero que te entretengas comprobando lo que sabes, y lo que no sabes. Las respuestas están al final del texto, con alguna pequeña explicación.

1) ¿Cómo se llamaba el perro doméstico de Pablo Iglesias, fundador del PSOE?

a. Marx
b. Engels
c. Borbón
d. Maura

2) ¿Qué es, o era, un «cimbrio»?

a. Se denominó cimbrios a una tendencia de los demócratas impulsores de La Gloriosa de 1868 que aceptaron la solución monárquica propuesta por Prim.
b. Se denominó cimbrios a los partidarios del marqués de Floridablanca.
c. Se denominó cimbrios a los miembros de las brigadas internacionales procedentes de la comarca italiana de Cimbria
d. Se denominó cimbrios a los terroristas anarquistas italianos que pulularon por España en el siglo XIX. Cimbrio era, por ejemplo, Angiolillo, el asesino de Cánovas.

3) En las últimas semanas de la guerra civil un coronel republicano, Segismundo Casado, dio un golpe de Estado con el objetivo de acabar con la guerra y rendir a la República ante Franco. Esta decisión fue anunciada en una alocución radiada en la que el militar fue precedido por dos dirigentes de la República. ¿Sabrías decir cuales?

a. Juan Simeón Vidarte (PSOE) y Santiago Carrillo (PCE).
b. Julián Besteiro (PSOE) y Cipriano Mera (CNT).
c. Diego Abad de Santillán (CNT) e Indalecio Prieto (PSOE).
d. Mariano Ansó (Izquierda Republicana) y Lluis Companys (Esquerra Republicana de Cataluña).

4) ¿Quién fue acusado por la oposición clandestina, en tiempos del franquismo, de haber dicho «todos los catalanes son una mierda»?

a. El almirante Luis Carrero Blanco, en aquel momento Ministro secretario de la Presidencia.
b. Francisco Franco, durante su primera entrevista con el presidente estadounidense Dwight Eisenhower
c. Luis Galinsoga, director del periódico La Vanguardia.
d. Curro Romero, tras un escándalo en la plaza monumental de Barcelona.

5) ¿Contra quién ha librado (de momento) su última guerra Granada?

a. Contra Jaén
b. Contra Castilla y Aragón (o sea, contra los Reyes Católicos).
c. Contra Francia (guerra de la Independencia).
d. Contra el Magreb

6) En los años del franquismo y la oposición, ¿qué significaba «Felipe»?

a. Era la referencia por la que se conocía a Felipe González Márquez, militante del PSOE que fue nombrado secretario general en el congreso de Suresnes.
b. Los «felipes» eran el nombre que recibían las furgonetas en las que se transportaban los policías antidisturbios, más conocidos como «grises».
c. Se trataba de una consigna clandestina usada por las Comisiones Obreras para dar la orden de huelga. Felipe significa FLP: Fuerza Libre Proletaria. Así, los dirigentes clandestinos sólo tenían que decir cosas como «mañana viene Felipe» para señalar que al día siguiente comenzaba la huelga.
d. Por esas siglas se conocía el FLP, Frente de Liberación Popular, movimiento antifranquista de interior.

7) Jordi Pujol, que llegaría a ser presidente de la Generalitat de Cataluña, fue detenido y torturado por el franquismo en 1960 tras un agrio suceso en un concierto del Orfeón Catalán. Contra las instrucciones dadas por la autoridad, el público de la representación artística, Pujol incluido, se obstinó en cantar una canción. ¿Qué canción?

a. El cant de la senyera
b. Els segadors
c. El himno del Barça
d. El himno carlista Por Dios, por la Patria y el Rey

8) Llegada la democracia y la transición política, ¿cuál fue la principal razón de que Galicia fuera considerada comunidad histórica junto a Cataluña y el País Vasco?

a. Por el peso histórico de la revuelta de los irmandiños.
b. Porque los autonomistas gallegos lograron el apoyo de la Comunidad Europea.
c. Porque así lo dictaminó la Real Academia de Historia.
d. Por haber tenido un estatuto de autonomía en vigor, ya durante la guerra civil

9) ¿Por dónde salió Alfonso XIII de España?

a. Por Cartagena
b. Por Badajoz
c. Por Irún
d. Por Barajas, en avión.

10) Entre los antifranquistas de los años cincuenta y sesenta, fue extraordinariamente famoso el apellido Eymar. ¿Sabrías decir por qué?

a. Era el apellido del funcionario francés que durante veinte años se ocupó de las peticiones de asilo político, de las que muchos huidos se beneficiaron.
b. Era el apellido del comisario jefe de la brigada político-social
c. Era el apellido del coronel que presidía el Juzgado Especial Militar para la represión de la masonería y el comunismo.
d. Era el alias clandestino de Santiago Carrillo.



RESPUESTAS

Pregunta 1: D.
Miguel Maura, hijo del político Antonio Maura que en la República ocupó la cartera de Gobernación (hoy Interior) cuenta en sus memorias que cierto verano lo pasó en San Rafael junto a una casa donde veraneaba Pablo Iglesias. Una mañana, escuchó a una mujer llamar: «¡Maura, Maura!» Creyendo que le llamaban, salió de la casa, pero sólo para comprobar que la mujer que gritaba era alguien de la casa de Iglesias, y que el Maura al que llamaba no era él, sino el perro.

Pregunta 2: A.
Los cimbrios, en efecto, eran diputados de perfil revolucionario que, sin embargo, se mostraban acordes con la normalización monárquica de Prim. Lo que no está muy claro es de dónde venía la palabrita.

Pregunta 3: B.
En aquella alocución habló primero Besteiro por expreso deseo de Casado, para darle prestigio al movimiento. Por lo que se refiere a Mera, su intervención estuvo motivada en demostrarle a los comunistas que el golpe de Estado contaba con una milicia a su favor, la formada por los anarquistas.

Pregunta 4: C.
Fue Luis Galinsoga, director administrativamente impuesto de La Vanguardia.

Pregunta 5: A.
La provincia o cantón de Granada se proclamó, como tantos otros territorios, independiente al final de la I República, y llegó a declararle la guerra a la provincia de Jaén. Que yo sepa, es la última vez que Granada, como tal territorio, ha estado en guerra.

Pregunta 6: D.
El Felipe o Frente de Liberación Popular era una formación de gran importancia en la oposición antifranquista a principios de los años sesenta. De hecho el franquismo persiguió con saña a su principal dirigente, el diplomático Julio Cerón.

Pregunta 7: A.
El cant de la senyera es un poema de Joan Maragall y aquel concierto se concibió como un homenaje al poeta. A última hora, el gobierno civil decidió suspender el canto del poema, pero el público se obstinó en entonarlo. El suceso provocó un rosario de detenciones y torturas de catalanistas, sobre todo católicos.

Pregunta 8: D.
Fueron consideradas comunidades históricas aquellas que podían reivindicar una experiencia autonomista en el pasado. Galicia, aunque por los pelos, podía sostener dicha reivindicación.

Pregunta 9: A.
Se manejó la posibilidad de que fuese a Portugal por Badajoz, pero se reputó el viaje demasiado largo. En cuando a la salida por los Pirineos, probablemente se quisieron evitar problemas de orden público en Cataluña.

Pregunta 10: C.
Enrique Eymar, coronel mutilado, se hizo tristemente célebre por presidir la sala militar especial creada para la represión de los delitos políticos.

miércoles, julio 25, 2007

Memes

El ínclito Wonka, lector de estas notas, me ha colocado dentro de una cadena bloguera de la que, como casi todos los que nos vemos en ella, no sabía nada hasta el día en que me encontré en ella eslabonado. Se trata de una especie de tú la llevas bloguero destinado a la difusión masiva de memes (el meme, al parecer, es algo así como la mínima unidad de información cultural, o sea como el gene pero con conceptos) en los que se debe confesar ocho secretos inconfesables (hasta el día de la confesión, se entiende). Yo me lo he pensado mucho, porque tenía mucho donde elegir.

Así pues, vamos allá con los ocho secretos inconfesables, y a la vez confesables, de JdJ.

1.- Soy tremendamente maniático. Con los años he conseguido que nadie lo note, o eso creo yo, pero muchas cosas que hago cada día están presididas por la manía. Supongo que todo empezó por mi madre, que nunca ha soportado que en la mesa se pusiera el pan boca abajo; decía que eso hacía llorar a la Virgen y yo debí creérmelo. Es el día de hoy y, si estoy en una encopetada comida de trabajo y percibo que alguien cercano a mí ha dejado el pan boca abajo, trato de buscarme la vida para darle la vuelta. Quiero decir que me porto bien y eso pero si, por una casualidad, mi compañero comensal se levanta al baño o a atender el móvil, le coloco el pan. En La Coruña vivía en un sexto piso y a la altura del quinto había una ventana baja. Un día le di al pasar un golpe con los nudillos en el cristal y, a partir de entonces, ya no podía pasar sin dar dicho golpe; incluso, algunos días que recuerdo se me olvidó, me las arreglé para que mi madre me enviase a la calle a algún recado (lo cual, no ha de olvidarse, eran doce pisos gratuitos, seis de bajada y seis de subida) para poder dar el toque. Luego me dio por dar el golpe con la cabeza. Era ridículo.

2.- Soy incapaz de ver Cuando ruge la marabunta. De todas las pelis que me dieron miedo en la infancia, ésta es la que más miedo me dio. Sólo tenía siete años y aún así me las ingenié, no sé cómo, para informarme en enciclopedias y esas cosas sobre la escasa probabilidad que existe de que Galicia experimente una invasión de hormigas carnívoras. No obstante haber pasado los años y todo eso, no obstante de vivir en Madrid y por ello ser consciente de que las hormigas llegarían a Madrid con la panza llena tras su paso por Getafe, Parla, Majadahonda, Las Rozas o San José de Valderas; no obstante todo eso, digo, es una película que no puedo ver. Me sigue dando demasiado repelús.

3.- No soporto a Tarantino. Me parece banal, aburrido e inconsistente. En realidad, éste no es un secreto inconfesable. Es un secreto que he debido guardar para poder seguir siendo medianamente popular en mi entorno. Por alguna razón que desconozco, hay personas en este mundo que soportan mejor que les digas que su aliento huele a repugnancia galáctica que una confesión tan sencilla como: «Tarantino me parece un tostón».

4.- Sólo he sido fan de un conjunto rockero: Los Bravos. En aquella época, yo era un niño, en casa no teníamos tocadiscos, así pues aquella fue una afición radiofónica. Pero recuerdo que era capaz de pasarme horas escuchando las radiofórmulas gallegas esperando que pusieran alguna canción de Los Bravos, cosa que era frecuente porque eran muy populares. Nunca llamé a los programas de peticiones por dos razones: una, porque juzgué que se me notaba bastante la edad al teléfono, así pues era poco probable que me tomasen en serio; otra, porque mis padres, previsores, habían colocado el teléfono en la pared aproximadamente a un metro sesenta del suelo, y yo no llegaba. Pero recuerdo bien que el día que se publicó que el grupo se disolvería porque Mike Kennedy se iba a casar, pasé dos horas hincado de rodillas rezando… ¡para que no se casase!

Los hechos son, por cierto, que no se casó y que Los Bravos, de aquélla, no se separaron. Lo cual demuestra que los designios del Señor son, verdaderamente, inescrutables (o que le mola Los chicos con las chicas).

5.- En los años de mi adolescencia se investigó en mi colegio (Santa María del Mar, padres jesuitas, La Coruña) el misterioso origen de unas explosiones. Se producían a primera hora de la tarde en diversos lugares de la campa que rodeaba (y rodea, creo) el colegio, y nadie sabía muy bien a ciencia cierta por qué. Las explosiones desaparecieron con el mismo misterio con el que aparecieron.

Pues bien: todo tiene que ver con el día que descubrimos, en clase de química, la fantástica reacción exógena que realiza el sodio sólido al contacto con el agua. Es un experimento jodidillo porque la reacción es muy, muy exógena; con ir a Youtube y teclear sodium en el buscador, se accede a decenas de videos sobre el asunto.

En clase de química nos enseñaron echando un pequeño trozo de sodio en un matraz con agua. El sodio era previamente envuelto en papel de periódico para que se fuese humedeciendo poco a poco, eliminando la violencia de la reacción.

Algunas personas (éste es mi meme, así pues no daré más nombres), por llamarnos de alguna manera, nos sentimos fascinados por el experimento y nos hicimos la siguiente pregunta: ¿qué pasaría si cogiésemos una cantidad algo mayor de sodio envuelta en periódicos y la dejásemos en algún paraje inhóspito y solitario? ¿Qué ocurriría cuando pasara lo que, indefectiblemente, acaba ocurriendo en La Coruña en los meses escolares, esto es que se ponga a llover?

Nuestro experimento falló un montón de veces. Cogimos el sodio (por no decir que lo robamos), lo envolvimos, lo abandonamos y luego esperamos. Se ponía a llover, pero no pasaba nada. Entonces, antes de irnos a casa, regresábamos al lugar del crimen, recuperábamos el sodio y lo reintegrábamos al laboratorio.

Era una cuestión de dosis y de capas de periódico. Investigamos por el método de prueba y error, y error, y error. Hasta que un día… ¡bingo! Estábamos en clase de latín, tras la comida, se puso a jarrear y, de repente, en la lejanía, detrás del comedor, se escuchó un sonido, como una pequeña detonación.

Dado que habíamos dado con las dimensiones adecuadas, celebramos un par de explosiones más. Luego lo dejamos, conscientes de que el FBI nos seguía de cerca los pasos. Además, a las chicas, cuando les contamos nuestra hazaña, no pareció impresionarles, por lo que cegamos esa vía de desarrollo personal por no considerarla rentable.

He oído que en los laboratorios de química escolares hoy ya no se guarda sodio. Y es que los maestros son gente sabia.


6.- Nunca he conseguido entender la genialidad del Ulises de Joyce.

7.- Mi sueño incumplido confesado (mucha gente lo conoce) es aprender a tocar el piano. Pero el inconfesado es conducir un camión de gran tonelaje por una autopista.

8.- Finalmente: no suelo comer paella. Y, para ahorrar explicaciones, suelo decir que no me gusta. Aunque no es del todo verdad. La verdad es que me gusta, pero en bocadillo. Y las pocas veces que me he atrevido a decir tal cosa, he tenido la sensación de estar blasfemando gravemente, o algo así.

Bueno, paso la bola a Omalaled, Dani Durán, a Berna Wang y a la parejita Chiki/Mike, amén de al inefable Tiburcio, a ver si se confiesan.

sábado, julio 21, 2007

Franco, 1; Falange, 0

Quienes no tienen el gusto o el deseo de explorar y conocer la Historia cometen muchos errores al juzgarla; y uno de los más comunes es la simplificación. La visión parcial o, por qué no decirlo, ignorante, suele adolecer siempre de simplismo, por medio del cual se tiende a convertir los hechos pasados en algo sustancialmente diferente de los presentes: creemos ver en nuestro tiempo contemporáneo algo que no se parece en nada a pasado, porque es mucho mejor. Esto ocurre, por ejemplo, con las tendencias políticas. Todos nosotros vivimos en un mundo donde las tendencias ideológicas son muchas, y tendemos a pensar que éste es un fenómeno relativamente moderno; pensamos en el mundo de hace siglos y lo vemos como un mundo donde poco menos que sólo había una forma de pensar. 

viernes, julio 20, 2007

Qué vergüenza

Hace ahora entre treinta y cuarenta años, era todo un mérito poder decir, en la tertulia del bar, que se había logrado leer el último número de El Papus, Hermano Lobo y, sobre todo, La Codorniz, antes de su secuestro. El secuestro de una publicación, esto es su retirada de los quioscos para que no pueda ser leída por el público, es el no va más de la censura, el cadillac del déficit democrático. En democracia, sólo la injuria y la calumnia directas justifican el secuestro de una publicación. Y una acción de este tipo nunca es una buena noticia.

Hoy se ha secuestrado de los quioscos españoles una publicación, El Jueves, por publicar una imagen (una caricatura) sexualmente explícita de dos miembros de la familia real española. Todo ello es cierto: es una caricatura, y es sexualmente explícita. Pero lo importante no es eso. Lo importante es si es injuriosa. Y, la verdad, en un país que, para bien o para mal, permite que canales de televisión generalista difundan películas de sexo explícito; en un país donde concursantes televisivos son encerrados durante meses en una casa para, entre otras cosas, hacer de sus retozos bajo el edredón un espectáculo masivo retransmitido en directo; en un país donde los caricaturistas pintan a personas públicas y los convierten en cualquier cosa; en un país donde ocurre todo eso, considerar una grave injuria el dibujo de dos personas acoplándose, resulta difícil de sostener.

Conste una cosa: a mí, personalmente, esa portada me parece de muy mal gusto. Pero ése no es el tema. Tampoco me parecen de buen gusto tratamientos paródicos que veo por ahí. Ahora mismo estoy pensando en la caricatura que traza Family Guy (Padre de Familia) de Stephen Hawking en el episodio en el que el chucho Brian Griffin trata de acabar su carrera universitaria. Muy, muy mal gusto. Pero responder al mal gusto con la prohibición, lejos de castigarlo, sería, es, santificarlo.

Escribo estas líneas en este blog mío porque va de la Historia de España, y la Historia de España está preñada de secuestros de publicaciones y atropellos a la libre expresión de las ideas; pero es, o era, Historia. La primera cosa que hizo la monarquía cobardemente huida a Francia y regresada tras la guerra de la Independencia, esa monarquía que engañó a los liberales que la apoyaban afirmando su fidelidad con una senda constitucional en la que no creía, la primera cosa que hizo, digo, fue aprobar una ley de imprenta que mandaba a las catacumbas a todo aquel que no aplaudiese con las orejas al deseado Borbón. La Historia del siglo XIX español es un Guadiana de periodos de libertad de prensa entreverado con largos interludios absolutistas o absolutistoides en los que las imprentas, de nuevo, debían callar.

Cuando todo ese montaje forzado y absurdo se vino abajo llegó una República democrática que, sin embargo, tiene en su debe enormes déficit de libertad, precisamente por los periódicos que, a decenas, cerró y secuestró durante diversos periodos. Y qué decir de Franco, la Espada de Trento capaz de cerrarle la revista a todo el que se movía, de volar el edificio entero de un periódico y de manipular las películas de puro divertimento a mayor gloria de las esencias de la muy católica España. Pero todo eso pasó, hasta el día en que apareció en una portada una imagen sexualmente explícita. Gran pecado, por lo visto.

Yo no sé si es o no es cierto eso que al parecer dice ahora la familia real española de que nada de esto va con ellos, que ellos no han pedido el secuestro. Lo que sí sé es que, si fuesen listos, estarían ahora mismo llamando al juez Del Olmo para implorarle que dé marcha atrás. Muy republicano debe de ser el señor magistrado, porque, desde luego, si pretendía hacerle un favor a la institución monárquica, si pretendía protegerla, hoy había sido un día estupendo para que, en lugar de ir a trabajar, se hubiese comprado a una PSP y hubiese ocupado el tiempo intentando pasar de los 50.000 puntos en el Lumines. Porque más que un favor, lo que les ha hecho es una putada. Y ellos, por lo que se ve, se dejan hacer.

La cuenta es sencilla: compárese el número de personas que, en las próximas 72 horas, verán y juzgarán esta portada, y las que la hubieran visto y juzgado de no haber existido el secuestro.

Cráneos previlegiados.

martes, julio 17, 2007

Olvidados de la memoria histórica

Hablamos mucho de memoria histórica. De hacer justicia con el pasado de muchas personas. Y, sin embargo, esta intención, no pocas veces, es notablemente parcial. Porque la Historia entierra a muchas personas, héroes y villanos, sin que ni siquiera quienes debieran ocuparse de que no sea así se preocupen por ello.

Hoy se multiplican los homejanes por parte de quienes se sienten herederos de la República (y lo escribo así porque, con los votos en la mano, la República fue fundamentalmente el PSOE y un montón de partidos que nadie sabe hoy a ciencia cierta qué herederos tienen; y, recíprocamente, a los antepasados de no pocos de los herederos de hoy no los votaba ni Dios). A los excombatientes, a los brigadistas internacionales. Está bien. Pero es poco. En una guerra, ya lo he escrito, hay muchas historias entrelazadas, la mayoría olvidadas.

Hoy quiero desempolvar cuatro: las de Arvid Harnack, Harro Schulze-Boysen, y sus respectivas mujeres. Al final del texto explicaré por qué.

Arvid Harnack nació en 1901, en el seno de una familia burguesa, formada sobre todo por profesores y funcionarios, muy religiosos. En 1918, acabada la guerra, milita durante algún tiempo en organizaciones ultranacionalistas (que son la semilla del nazismo), pero acaba haciéndose comunista. En 1927, consigue una beca de la Fundación Rockefeller para viajar a Estados Unidos, concretamente a Wisconsin, para estudiar los movimientos sindicales americanos. Allí conoce a una mujer, Mildred Fish, con la que se casa y vuelve a Alemania.

Hoy es el día que las escuelas de Wisconsin celebran, cada 16 de septiembre, el Mildred Fish Harnack Day. En este post os voy a explicar por qué.

En Alemania, Harnack monta un grupo de estudio que, en 1932, viaja a la Unión Soviética para analizar in situ la economía planificada. Allí es contactado por dos de los líderes de Komintern, Otto Kuusinen y Osip Piatnisky, ambos, por lo tanto, miembros del Partido Comunista con la función de impulsar la revolución mundial. Ambos consiguen captar a Harnack para que trabaje para la URSS.

En 1933, los nazis llegan al poder. Ese mismo año, Harnack consigue una jefatura en el servicio de relaciones económicas con Rusia del Ministerio de Economía. Mildred, mientras tanto, traduce y da clases. En 1937, momento en que la olla alemana ya está muy caliente, el matrimonio viaja a Estados Unidos, donde los amigos, sobre todo de Mildred, les ofrecen ayuda para no regresar. Harnack, sin embargo, se niega, lo cual sirve para que casi todos en el círculo americano piensen que se ha vuelto nazi.

Y no son los únicos que lo piensan. Para los nacionalsocialistas, el gesto de regresar tiene un valor claro: se trata de un hombre de confianza. Así que Harnack participa nada menos que en los trabajos previos de la firma del pacto alemán-soviético entre Hitler y Stalin, y se convierte en uno de los más altos funcionarios del Ministerio de Economía.



Harro Schulze-Boysen es casi un aristócrata. Nacido en 1912, es sobrino-nieto de una de las glorias de la armada alemana, el almirante Von Tirpitz. Su padre llegó a ser jefe de Estado Mayor de las tropas alemanas que ocuparon Holanda en la segunda guerra mundial.

A los 17 años, encontramos al joven Harro desfilando entre las filas de una organización juvenil muy conservadora, la Jungdeutscher Order. Sin embargo, en los años de la universidad, Shulze-Boysen se apartará del protonazismo de su adolescencia, así como del comunismo, promoviendo una especie de tercera vía revolucionaria, que ha de generar un cambio social radical, no se sabe muy bien cómo. Crea una revista donde escriben colaboradores de todo pelaje.

Cuando llega Hitler, en 1933, esa táctica de permitir todo tipo de puntos de vista le costará cara. Harro es arrestado por las temidas SS, que lo meten en un calabozo y le dan varias manos de hostias. La familia, pudiente e influyente, consigue sacarlo, pero el Shulze-Boysen que sale de la celda ya no es el mismo: ahora odia a los nazis con todo su corazón y sólo vivirá para vengarse.

En 1936, Harro endereza su vida, cuando menos de puertas para afuera, tras casarse con Libertas Haas-Haye, una chica de muy buena familia, incluso lejanamente emparentada con el Kaiser. Una familia, además, muy bien relacionada, como la suya propia. Testigo de la boda será un prominente nazi: Hermann Göring, el jefe de la Luftwaffe (fuerzas aéreas). A todas luces, Harrito ha lavado su difícil pasado liberal a los ojos de los nazis.

Shulze-Boysen se trabaja a tope al idiota Göring y consigue que éste le meta en el Instituto de Investigaciones Hermann Göring.

Así que tenemos, en 1936, a dos alemanes de ley, uno funcionario del Ministerio de Economía, y otro introducido en el Ejército del Aire, los dos con un intachable marchamo nacionalsocialista. Ambos fieles a la causa y dispuestos a morir por ella.

Y, sin embargo, ambos son el centro de la sección berlinesa de la Orquesta Roja, es decir, la red de espías soviéticos en Alemania y los territorios ocupados.

Gilles Perrault, en su libro dedicado a esta Orquesta Roja, nos traza la forma de trabajar de este cuarteto a través de un reclutamiento: el del teniente Herbert Gollnow.

Gollnow era un joven militar, ávido de ascensos y medallas, que estaba loco por ser destinado al frente para poder ganarlas. Estando en la Luftwaffe, habló con Shulze-Boysen por ver si le podía ayudar. Harro, lejos de hacerle caso, le convenció de que su futuro estaba en Berlín, cerca de él, pero, eso sí, para medrar debía de hablar inglés. Así que le convenció para que pusiera un anuncio en la prensa pidiendo un profesor particular y se ofreció, asimismo, para estudiar con él las ofertas.

Gollnow recibió dos ofertas por su anuncio. Una era de un mediopensionista cualquiera el cual, por supuesto, pidió dinero por las clases. Shulze-Boysen le convenció de que era demasiado caro. La segunda oferta era de una profesora americana que se mostró entusiasmada por poder practicar el inglés por las tardes, mientras tomaba el té con su alumno; tan, tan entusiasmada que se mostró dispuesta a hacerlo sin cobrar.

Gollnow, impulsado por su superior en la Luftwaffe, se tragó el anzuelo: la profesora altruista no era otra que Mildred Fish Harnack.

Mildred ejerció con pericia su labor de calientapollas. Cada tarde, a las cinco, se sentaba a tomar el té con su alumno el teniente y le decía cosas como que tenía que mirarla fijamente a los labios cuando hablaba para captar la pronunciación. Gestitos, posturitas. Era una mujer muy bella, probablemente, según Perrault, lesbiana. Hemos de suponer que al joven Gollnow cada vez se le trababa más la lengua y, más aún, ni siquiera era el único apéndice que se le trababa.

Un día, en el invierno de 1941 a 1942, Arvid Harnack entró en la sala. Realizó con Gollnow un viejo truco de espía: si quieres que alguien te dé información, muéstrale, como si tal cosa, que tú tienes más. Hablaron de la guerra. Gollnow se quejó de que el frente del Este estuviese empantanado. Harnack anunció que eso iba a cambiar. Gollnow, educadamente, le explicó que, si iba a haber movimientos en el Este, él debería saberlo. Entonces Harnack, como el que habla de cualquier gilipollez, le habó de un movimiento masivo de prisioneros del Cáucaso que era una clara demostración de que algo había de pasar, y del cual el teniente no tenía ni idea. Gollnow quedó fascinado y, desde entonces, no tuvo reparo en ventilar en aquella casa los mayores secretos, creyendo estar entre personas que ya los conocían.

No debieron pasar muchos días antes que Gollnow y Mildred Fish se acostasen por primera vez. Siempre según Perrault, Mildred le presentó a Libertas, la mujer de Shulze-Boysen, también lesbiana; y se montaron un trío. Lo llamaban las Veladas de los Catorce Puntos, nombre que se refiere a los puntos de las cartillas de racionamiento. Las mujeres tenían que acudir con vestido equivalente al que se podía comprar con catorce puntos, por lo que iban semidesnudas.

Sabido es que el sexo es la vía más antigua del mundo para soltar la lengua de un ser humano. Gollnow cantó de plano. Llegó incluso a confesarle a sus dos amantes todos los detalles de una expedición de paracaidistas alemanes que iban a saltar tras las líneas rusas, ninguno de los cuales llegó al suelo: los soviéticos sabían dónde, cuándo y cómo iban a saltar y los fusilaron en el aire.

Shulze-Boysen amplió las Veladas de los Catorce Puntos. El todo Berlín iba a su casa a probar el folleteo. Y que nadie piense que esta política discriminaba a las espías. El libro de Perrault incluye un testimonio según el cual el propio Shulze-Boysen reclutó a un joven soldado, de nombre Heilman. El chico se enamoró del apuesto jefe de la Luftwaffe y éste no tuvo reparo en acostarse con él.

«He metido mi venganza en el congelador»; éstas fueron las palabras que Harro Shulze-Boysen pronunció ante un conocido en 1933, tras salir de los calabozos de la SS. Todo parece indicar que éste fue siempre su impulso. No era comunista, en lo absoluto. Era alguien humillado que quería vengarse y llegaba donde no llegaba nadie. Porque el gran problema de la oposición alemana al nazismo es que estaba formada por alemanes, así pues, a muchos opositores, además de repugnarles Hitler, les repugnaba que Alemania perdiese la guerra. A Shulze-Boysen, no. Él quería aplastar a esos jodidos nazis y, por eso, junto a su compañero el comunista Harnack, hizo impagables servicios a la URSS, el mayor de ellos avisarles del cambio de estrategia de Hitler, cuando decidió no intentar tomar Moscú y virar hacia el sureste para hacerse con el petróleo del Cáucaso; tentativa durante la cual, como sabemos cayó en el pozo de Stalingrado, donde, no por casualidad, le estaban esperando los rusos.

¿Qué tienen que ver Harnack, Shulze-Boysen, Mildred Fish y Libertas Haas-Haye con nuestra memoria histórica? Pues tienen que ver, porque no sólo espiaron para prevenir sobre los ataques a la URSS. Por Alemania pasaba también mucha documentación sobre los movimientos del ejército franquista, pues eran movimientos combinados con el ejército alemán, especialmente en la aviación, que era el arma que, precisamente, Shulze-Boysen se tenía más «trabajada». Sabemos, pues, que estos espías informaron a Moscú, y Moscú a Madrid, sobre un montón de acciones previstas por Franco, lo que permitió a la República prever muchos golpes. Ellos, por lo tanto, y aunque estos servicios fueron obviamente previos a la guerra alemana, también se jugaron la vida por España.

Fueron detenidos en 1942 y ejecutados en los meses siguientes. Así pues, descansan en paz. La paz de los olvidados.