Vayamos, tal cual era lo prometido, con las diferencias, espero convenceros que sustanciales, existentes entre la situación actual y la que llevó a la guerra civil del 36. En realidad, identificar 2007 y 1936 es ya una forma de guerracivilismo, aunque hay que reconocer que no son pocas las personas que sostienen la dicha tesis de buena fe. A ellas más que a nadie va dirigido este post, porque la buena fe presupone siempre la capacidad crítica y de reflexión, otrosí la duda, primero que todo de las ideas propias.
Factores que hoy no son como ayer:
España, hoy, tiene un problema de bienestar, no de igualdad social.
En Casas Viejas, un grupo de jornaleros de ideología anarquista fue capaz de disparar a sangre fría a guardias civiles en defensa de un nuevo sistema de organización económica en el agro. Sinceramente, si mañana, un suponer, el Gobierno decidiese proponer un recorte en el Plan de Empleo Rural, del tipo de en lugar de certificar x peonadas para acceder a las ayudas habrá que certificar x + n, no me imagino yo a ningún grupo organizado de jornaleros montando una revolución.
En los años treinta del siglo pasado, España tenía un gravísimo problema de nivelación social. Era un país tercermundista en el sentido de país en el que los que vivían muy bien, vivían muy bien; y los que vivían mal vivían de pena. No existía el sistema de pensiones tal y como lo conocemos hoy, ni el sistema nacional de salud; no existía una prestación organizada y universal de desempleo, no existía la negociación colectiva, notablemente la confederal (a escala macro), no existían los mecanismos de nivelación territorial. Lo cual quiere decir que el debate se conformaba entre los representantes de unos grupos ciudadanos que todo lo tenían que ganar y otros grupos que no querían perder ni un ápice de sus privilegios.
No hay nada a la izquierda del PSOE
Como consecuencia de todo lo anterior, entre 1936 y el 2007 hay una diferencia fundamental, que es la ocupación electoral del espacio de izquierdas por parte de una formación moderada, de centroizquierda, como es el PSOE. Con todos mis respetos hacia la representación de Izquierda Unida y de algún que otro grupo nacionalista que pueda considerarse de auténtica izquierda, a los efectos que importa, a los efectos de tocar pelo, de gobernar a la sociedad, no hay nada a la izquierda del PSOE.
En 1931, en primer lugar, el PSOE era marxista. Lo cual quiere decir que a la izquierda del PSOE actual, que abandonó el marxismo en 1979 si no me falla la memoria, estaba el propio PSOE. El Partido Socialista de 1931 había provocado ya, en 1917, una huelga general revolucionaria con la intención de darle una completa vuelta a la tortilla del sistema político español; y lo volvió a hacer en 1934. Así pues, el PSOE de los años treinta no era un partido que se dedicase a poner a parir a sus contrarios políticos y a diseñar gestos más o menos partidistas; propugnaba, simple y llanamente, la dictadura del proletariado.
A este respecto, no hay sino leer las actas de los Consejos Nacionales de UGT que, a finales de 1933 y principios de 1934, descabalgaron a Julián Besteiro de la secretaría general del sindicato para así colocar a Largo Caballero y coordinar a sindicato y partido en la organización del golpe de octubre del 34. Estas actas (fueron publicadas por Amaro del Rosal en su libro 1934: el movimiento revolucionario de octubre. Madrid, Akal) están trufadas de apelaciones a la dictadura del proletariado como evolución lógica de la República. Y es absolutamente cierto que otras fuerzas prorrepublicanas, la llamada izquierda burguesa de AR, el PRRS y el PRRSI, la DNR, los federales o los alcalá-zamoristas, no estaban por esa labor; pero, electoralmente, quien partía el bacalao era el PSOE y, de hecho, la cuestión de si el PSOE debía o no participar en el gobierno fue la gran cuestión de las izquierdas durante todo aquel periodo.
El PSOE propugnaba esas ideas y actuaciones en parte por convicción, pues al fin y al cabo era un partido marxista; y, en gran parte, por presión. Porque el PSOE de la República no tenía a su izquierda a una organización más o menos vaporosa y de escaso tirón electoral. Lo que tenía era un anarcosindicalismo o anarquismo tan poderoso que era capaz de dirimir el fiel de la balanza electoral (aunque los análisis divergen, yo creo fuera de toda duda que la victoria del Frente Popular en el 36 no habría sido tal sin los votos del anarquismo) o el hecho de que la violencia tuviese o no efecto: la única diferencia existente entre Asturias, donde prendió la revolución del 34, y el resto de España, es que en Asturias la CNT decidió apoyar el movimiento.
La CNT, obviamente, no defendía la dictadura del proletariado; pero era una formación a la izquierda del marxismo que hizo mucho, muchísimo por crispar España. A los patronos no les gustó una mierda que el ministro de Trabajo, Largo Caballero, les obligase a formar jurados mixtos para dirimir los problemas en el seno de la empresa (antecedente de la negociación colectiva). Pero cuando no estaban terminando de mascullar contra aquellos putos marxistas, se encontraron con que la CNT rechazaba dichos jurados y prefería seguir haciendo pistolerismo; y entonces los jurados mixtos ya no les parecieron tan mal.
Dado que el PSOE no consiguió atraer a la CNT, fue ésta la que atrajo al PSOE al Lado Oscuro de la Fuerza. A Largo Caballero le obsesionaba la competencia que, como revolucionario, le hacían la CNT y la FAI, y en gran parte fue por eso que derivó hacia posiciones crecientemente revolucionarias. En las actas de Del Rosal hay una intervención de un sindicalista, de Zaragoza, que se queja precisamente de eso. Viene a decir: nosotros discutimos aquí mientras los anarquistas están en la calle montando pollos de la hostia, y es a éstos a los que hacen caso los obreros.
El 17 de julio, cuando estalla la guerra civil, en Madrid, que como todas las ciudades de España está gobernada por un Ejecutivo netamente de izquierdas, lleva un desarrollo de más de dos meses una huelga en la construcción convocada por la CNT. Este detalle demuestra hasta qué punto, en la República, había una masa de acción a la izquierda de la izquierda que le impedía la moderación.
No hay nada a la derecha del PP
En la España de hoy, si decides abrir la boca y hablar de política es relativamente fácil encontrar a personas anti PSOE 100% o anti PP 100%. A las primeras les calzo el discurso que se ha leído en el parágrafo anterior. A las segundas les digo: el día, que yo reputo desgraciadamente probable, que haya en España un partido fascista, ya verás lo bien que te cae el PP.
En la España de la República, los partidos burgueses auténticamente republicanos (para mí, la CEDA de Gil-Robles fue republicana tan sólo de boquilla) competían por una estrecha franja de votos. Para colmo, estaban notablemente divididos, en parte por diferencias ideológicas, en parte por personalismos. A Alcalá-Zamora las grandes formaciones no marxistas que vio nacer la República le venían estrechas, porque no habrían asumido su liderazgo. Luego estaban las derechas conservadoras de toda la vida que habían renegado de la monarquía, representadas por el pequeño partido de Miguel Maura Gamazo. Azaña fundó la Acción Republicana, luego Izquierda Republicana, tensando el izquierdismo de las clases medias. En su mismo espacio se desarrolló el llamado radical-socialismo que, para colmo, se escindió.
La bolsa electoral del republicanismo burgués era el camarote de los Hermanos Marx. Así que, para hacer sitio, había que cargarse a quien más espacio ocupaba.
Quien más espacio ocupaba era el Partido Radical de Alejandro Lerroux, una formación con fuertes diferencias ideológicas en su seno pues en ella cupieron, durante su existencia, elementos netamente de derechas y netamente de izquierdas. En 1931, el PR era la única formación republicana burguesa con estructura, organización y seguidores suficientes. En parte estaba condenada a la disolución por sus disensiones internas (el radical-socialismo nace del PR), pero también hay que decir que el resto de las formaciones de clases medias hicieron todo lo que pudieron por hacerle caer. Sin embargo, si el PR hubiese sido fuerte, auténticamente fuerte, hubiera operado de tampón, o de integrador, de las derechas. Cuando en 1933 el electorado viró a diestra, el PR ya estaba muy debilitado, por lo que no se pudo evitar que la CEDA obtuviese una representación tan elevada que no invitarla al Gobierno fue, finalmente, imposible.
La voladura controlada de la gran formación política centrista existente en los inicios de la República abrió las puertas del fascismo y el filofascismo. Cierto es que en España las clases medias, como en toda Europa, estaban sufriendo las mordeduras de la crisis económica; pero esas veleidades bien podrían haberse conducido a través de un partido moderado. Por lo demás, hemos de entender que un PR desbastado de sus pasadas veleidades protorrevolucionarias habría tratado con más tacto algunas cuestiones, como la religiosa. Para las clases medias y medias-altas, esos electores que voten lo que voten siempre votan lo mismo (el Orden, con mayúscula), sólo les quedó El Jefe; el político que coqueteaba con la metodología mussoliniana, que asistió como invitado a un congreso del NSDAP alemán, y que usaba, en su retórica mitinera, recursos seudogoebbelsianos: Gil-Robles y su Confederación Española de Derechas Autónomas. O, peor: si consideraban a Gil-Robles un blando, lo que les quedó fue hacerse albiñanistas, falangistas o requetés.
El fascismo fue un problema real en la España republicana y, en 1936, cuando el Frente Popular ganó las elecciones, estaba ya totalmente fuera del sistema. Sus militantes eran muy pocos, apenas 6.000 en toda España, pero lo importante del fascismo no son sólo los apoyos reales que consigue, como el hecho de que, existiendo, ofrece una salida para amplias capas sociales que, en ausencia de fascismo, se mantienen dentro de los límites de la democracia. Que es lo que pasa ahora, cuando menos de momento pues en este punto debo confesar que soy pesimista.
No tenemos crisis económica
Aunque dentro de seis meses la economía española entrase en recesión, cosa que no va a hacer, entre una recesión económica y la crisis del 29 media un abismo. La España en la que se declaró la guerra civil estaba repleta de personas desesperadas sin trabajo ni perspectivas. Esta realidad alimentó, sin duda, los radicalismos, sobre todo, lógicamente, los de la izquierda. Paradójicamente, la riqueza nos hace a todos más cautos. En 1936 los militares golpistas de Madrid se encerraron en un cuartel y las gentes, más o menos organizadas por sindicatos y partidos, se lanzaron a cercarlo y atacarlo. ¿Acaso alguien cercó o siquiera se manifestó masivamente alrededor del parlamento el 23 de febrero de 1981?
La espiral de la violencia se suelta con mucha más dificultad en situaciones de renta alta.
Hoy somos una unidad de destino en lo europeo
Falange quería que España fuese una unidad de destino en lo universal; nosotros hemos sido más modestos y nos hemos conformado con la unión tan sólo europea.
Una de las cosas con peor prensa de este mundo es la globalización económica. Sin embargo, la globalización económica tiene su punto. La libertad de movimiento de capitales nos ha jodido mucho en un pasado no muy lejano (véanse, por ejemplo, las sucesivas crisis del Sistema Monetario Europeo en los primeros años noventa del pasado siglo) pero, sin embargo, es una poderosa arma anti guerra civil. Sí, sí. No pongáis esa cara. Un enfrentamiento civil no surge de la noche a la mañana. Se gesta durante mucho tiempo, en el cual la espiral de violencia va creciendo y creciendo. Una espiral de violencia retrae el dinero, pues el dinero es por definición cobarde. Y en un marco globalizado, el dinero se pira cuando quiere, en la medida que le pete y por la puerta que le salga de ahí.
La gran inteligencia de los arquitectos de la Europa de la posguerra mundial (segunda) fue entender este hecho. En primer lugar, convencieron a los imperialistas (básicamente, Reino Unido y Alemania) de que hay formas elegantes de invadir sin necesidad de disparar un solo obús. Así pues, en los últimos quince años Alemania ha cumplido el viejo sueño de Hitler, sólo que en lugar de expandirse hacia el Este con la Wehrmacht lo ha hecho con el Deutsche Bank. En segundo lugar, crearon un sistema internamente liberalizado (globalizado) en el que salirse de la foto, o sea comenzar a darse de hostias, sale caro. Carísimo. Hoy, la crispación no es negocio y el enfrentamiento es una ruina. España no es el único país de Europa que tiene serias tensiones entre nacionalidades, pero en todos o casi todos los casos los políticos tensan la cuerda retórica, mientras se muestran notablemente prácticos en la realidad, porque todo el mundo sabe que en el momento en que dejen de ser económicamente atractivos, el dinero se irá. Y ellos no podrán pararlo. Aquí tenemos, sin ir más lejos, la razón de que haya tantos políticos en Bruselas que están locos por integrar a los países balcánicos en la Unión Europea. Nadie se pelea si cada hostia que da le va a costar 100 euros.
Nada de esto existía hace setenta años. Los poderes públicos en España tenían, cuando menos teóricamente, la fuerza de impedir la fuga de capitales (aunque la fuga de capitales fue uno de los problemas de la República), y España era, aún, un país demasiado autárquico como para que el miedo a una debacle económica pudiera pesar en contra de un enfrentamiento civil.
No existe el problema agrario
En los años 30, la mayor parte de la población adulta y económicamente activa en España trabajaba, o intentaba trabajar, en el campo. Las principales producciones del país eran agroganaderas, la industria era apenas incipiente y los servicios, cigóticos. Además, la propiedad de la tierra estaba notabilísimamente concentrada en unos pocos terratenientes, lo que multiplicaba la frustración de los jornaleros.
Este factor, unido al paro endémico generado por la gran crisis económica de 1929, hizo que enormes masas de trabajadores, especialmente en el sur de España, no tuviesen absolutamente nada que perder y estuviesen agraces para ser recolectados por las ideologías más radicales, violentas y revolucionarias.
Nuestra agricultura, hoy, es mucho más pequeña y (una vez más) está integrada dentro de un sistema europeo, la llamada Política Agraria Común, cuya filosofía básica es garantizar a los agricultores una renta mínima razonable. Condiciones en las que es muy difícil ser bakuniniano y jugártela a que un guardia civil te abra la cabeza.
No existe el problema religioso
No, no existe. Que la Iglesia católica sueñe con que la asignatura de religión se siga impartiendo en los colegios y proteste por la edición de colecciones fotográficas de decidido mal gusto no se compara, ni de coña, con la expulsión de los jesuitas, el destierro del cardenal primado de España y, sobre todo, la quema masiva de conventos e iglesias.
Frases como «el Gobierno actual está acorralando a la Iglesia como en la República» están impregnadas de un desconocimiento histórico abracadabrante, amén que sorprendente en personas tan proclives al estudio como las que han pasado por un seminario. El Gobierno actual está dando pataditas en las canillas donde los de la República daban auténticas palizas con bates de béisbol y puños americanos (por omisión, obviamente; los gobernantes de la República no agredían a la Iglesia, pero sí permitieron que fuese impunemente agredida). Por su parte, la jerarquía eclesiástica hoy defiende sus principios morales cuando lo que hacía, hace sesenta años, era anatematizar determinadas opciones políticas y amenazar con las llamas de infierno a quien les votase.
En fin tengo que irme. Si se me ocurren más, lo mismo las voy añadiendo.
miércoles, marzo 21, 2007
lunes, marzo 19, 2007
¿Estamos hoy como en el 36? Parte I: el guerracivilismo
Una de las cantinelas que más se dejan oír hoy en día en España son todas aquellas frases que intentan tejer vínculos entre la situación actual y la que llevó a la guerra civil de 1936. Estas teorías quieren ver en reacciones, palabras y acciones del contrario (sea éste de izquierdas o de derechas) usos y abusos propios de los que llevaron al enfrentamiento civil del que ahora hace setenta años, o sus consecuencias. Esta teoría, expresamente denotada o connotada, está haciendo mucho a favor de eso que llamamos crispación social.
Por eso, tal vez, sea interesante romper una lanza a favor del argumento de que es una imbecilidad más o menos de la altura de los hermanos Gasol subidos uno en los hombros del otro.
Cierto es, no debe esconderse, que hay algunos factores que se parecen. Pero también el crash bursátil de 1987 se pareció al de 1929, pero se quedó a dos o tres añitos-luz, en todo caso. Los hijos se parecen a los padres, lo cual no quiere decir que vayan a conducir igual el coche, o que les vayan necesariamente a gustar las espinacas, o que vayan a estudiar ingeniería genética o filología eslava. Ésta es una de las razones por las que recomiendo esa labor tan poco en boga hoy en día que se llama conocer la Historia; porque saber de Historia es, en parte, vacunarse contra el fatalismo. Las cosas ocurren por cosas que el hombre decide hacer y pensar, y ese albedrío es, las más de las veces, razonablemente libre.
Esto será un post en dos partes: una dedicada a analizar en qué se parecen el pasado y el presente (en qué medida estamos en una situación cercana) y el siguiente, el miércoles espero, en qué no se parecen. Esta primera toma tiene el atractivo (ejem…) de que me ha dado por hacer una de esas cosas tan propias de las revistas de divulgación: un test de autocalificación. En este caso, se trata de un test para que cada uno valore, en la intimidad, en qué medida es o no una persona guerracivilista (si leéis el post veréis qué significa esto). Lo he hecho por cachondeo, por divertirme un rato y divertiros a todos; esto tiene la validez científica que tienen todos estos test. Pero, en fin, lo mismo queréis comentar vuestras puntuaciones. Empezaré yo por confesar que he sacado 32 puntacos de vellón (motivo por el cual he estado a punto de manipular los rangos de calificación, claro).
Bueno, vamos allá.
Cosas en las que la situación actual se parece
La situación del 2007 se parece mucho a la de 1936 en una cosa: el guerracivilismo. Es éste un virus que ataca silenciosamente y cuyos grupos de riesgo están situados en toda la tesitura del espectro político.
Hay un guerracivilismo de derechas, cuyos síntomas consisten en defender la idea de que las izquierdas pretenden acabar con los logros políticos y sociales de las últimas décadas. Éste fue, sin ir más lejos, el discurso de José Calvo Sotelo durante la República; ministro que había sido de Primo de Rivera, quería ver en los años de la dictadura del marqués de Estella la construcción de un país moderno (en parte lo fue: nuestra actual red de carreteras es herencia de aquellos años) y señalaba a la República, sobre todo la del primer bienio (1931-1933), como destructora de aquellos logros. El guerracivilismo de derechas se apunta los méritos de casi todo progreso, trata de instilar en el inconsciente colectivo la idea «la derecha crea, la izquierda destruye» y, por lo tanto, trata de bloquear el acceso de las izquierdas al poder con el argumento de que, como Penélope, no harán sino destejer la tela de bienestar que la noche anterior habrá tejido la honrada actuación de las derechas.
El guerracivilismo de derechas se preocupa, especialmente, de monopolizar el concepto de orden. Es por ello que es una forma de pensar cataclísmica: cualquier cosa que hagan las izquierdas generará gravísimas consecuencias. Profetas del desastre, los llamó, acertadamente, el presidente Rodríguez Zapatero. En el fondo de esta estrategia es contraponer ideas: orden = yo; desorden = el otro. El guerracivilismo de derechas busca apropiarse, en la medida que puede, de todo símbolo que la sociedad vincule a ese concepto de orden, de lo que siempre ha funcionado. Y se da de bruces con la Historia, porque la Historia demuestra que casi todas las grandes medidas de progreso fueron atacadas por este flanco del desorden y la debacle. Por haber, hasta hubo gente que, en el siglo XIX, sostenía que la velocidad supersónica que era capaz de desarrollar el ferrocarril volvería locas a las vacas que lo veían pasar.
Son ejemplos de guerracivilismo de derechas los temblorosos anatemas del PP tras perder las elecciones del 2004, anunciando que el gobierno de las izquierdas acabaría con el progreso económico logrado en los años anteriores; o el intento de apropiación partidista de las enseñas nacionales.
Hay un guerracivilismo de izquierdas, que se basa en tener un concepto patrimonial de la democracia. Dicho claramente: cuando gobierno yo es democracia, cuando gobierna mi contrincante es dictadura, es recorte de las libertades individuales, etc. Enfermos de guerracivilismo de izquierdas estuvieron prácticamente todos los políticos de izquierdas de la República: Diego Martínez Barrio, Félix Gordón Ordás y por supuesto Manuel Azaña, personajes principales que eran de la izquierda burguesa republicana, hicieron todo lo que pudieron para que el presidente Alcalá-Zamora no abriese las Cortes del 33, simple y llanamente porque habían perdido las elecciones. Y Largo Caballero, Prieto y el PSOE salvo Besteiro, unos pocos meses después, dieron un golpe de Estado cuya razón de ser fue la entrada de la CEDA de Gil-Robles en el Gobierno; ojo, la entrada en el Gobierno. No dieron un golpe de Estado contra un decreto o una ley, sino contra la sospecha de que dichos decretos o leyes fuesen a ser aprobados algún día.
El guerracivilista de izquierdas, por lo tanto, concibe un gobierno de derechas no como un natural, y hasta sano, turno ejecutivo. Lo concibe como una amenaza para la democracia, porque la democracia es él, y sólo él. El guerracivilista de izquierdas se da de hostias con la Historia, pues la Historia demuestra que en los turnos de partidos de diferente signo, a largo plazo y por lógica, quien sale ganando es el más liberal de los dos, pues el más conservador encuentra dificultades para dar marcha atrás en la legislación que su oponente desarrolló. Por poner un ejemplo actual: si el PP tarda, que como mínimo lo tardará, dos o más años en gobernar en España, difícilmente podrá entonces ilegalizar el matrimonio homosexual.
Son ejemplos de moderno guerracivilismo de izquierdas: el Pacto del Tinell tras las penúltimas elecciones catalanas; la volandera imaginación de Pedro Almodóvar, imaginando en las derechas actuales un golpismo que, por no existir, ni existió en las derechas de la República (el general Franco le propuso a Gil-Robles que anulase los resultados de las elecciones del 36, y éste se negó); o las famosas declaraciones de Federico Luppi pidiendo un cordón sanitario contra el PP.
Existe, por último, el guerracivilismo nacionalista, una forma de hacer las cosas que parte de dos bases: una, que toda medida que tome una democracia respecto de un territorio con identidad propia debe favorecerle, lo cual es falso pues, no en democracia, en cualquier forma de gobierno siempre hay que tomar medidas impopulares, incómodas y negativas. Y, dos, que todo ataque contra el nacionalismo equivale a ataque a la nación. Así planteó, sin ir más lejos, Lluis Companys el conflicto de la Ley de Términos Municipales en 1934. El Tribunal de Garantías Constitucionales dictaminó que estaba legislando una materia de competencia estatal exclusiva, y él convirtió esa sentencia no es una legítima corrección, sino en una agresión; y no en una agresión a los redactores de la ley, sino a Cataluña entera.
Hace algunos años hubo una operación política en España para crear un nuevo partido de centro, operación que fue liderada por el entonces número dos de Convergència i Unió, Miquel Roca i Junyent; fue por eso que se la llamó Operación Roca. La Operación Roca presentó candidatos en casi toda España y se pegó un hostión electoral de los que hacen época. Alfonso Guerra, que es un fino analista político, dictaminó: «El señor Roca no ha perdido por ser catalán, sino por ser nacionalista catalán». Y tenía razón. El problema del guerracivilista nacionalista es que no encuentra diferencias entre ambas expresiones, que para él son sinónimas. Esa sinonimia le lleva a desarrollar ideas como el conflicto del Estado con Euskal Herria (por supuesto, por este orden) o la interpretación de una sentencia desfavorable del Tribunal Constitucional en términos conspirativos (no es que no me den la razón porque no la tengo o creen que no la tengo; no me dan la razón porque soy gallego, porque soy vasco, porque soy catalán).
El guerracivilismo nacionalista es, por último, el parcial responsable de una parte del guerracivilismo de derechas, antes citada, que es el apropiamiento de las enseñas nacionales. El guerracivilismo nacionalista practica un ninguneo tan integral hacia las enseñas nacionales, o estatales según su lenguaje, que en estos años no ha hecho sino dejarle a las derechas espacio para que hagan exactamente lo que están haciendo. Ahora se queja, claro. Pero no se da cuenta, o no se quiere dar, de que si en los últimos veinte años hubiese aceptado con naturalidad la bandera de España (aceptación «natural» para cuyo favorecimiento la bandera «perdió» su famoso aguilucho, que está muy lejos de ser un símbolo franquista, a menos que Franco naciese a finales del siglo XVIII), las manifestaciones actuales de las derechas no se podrían estar produciendo como lo hacen.
El test del guerracivilista
Después de todo lo que has leído, ¿eres tú un guerracivilista? ¿Te preocupa serlo? ¿Notas algún síntoma peligroso? Para responder a estas preguntas, Historias de España te ofrece, de forma desinteresada, el famoso Test de Autoevaluación del Guerracivilista elaborado por la prestigiosa universidad de Fraud Valley.
La cosa es tal que así: debes escoger sólo una respuesta. En muchas preguntas habrá varias respuestas que podrías elegir, pero has de optar por la que más se acerca a ti, la que mejor te define. Para ello tendrás que ser sincero contigo mismo; completamente sincero. Pregúntale a tu cerebro cada respuesta, pero pregúntasela también a tus tripas y, aún te diría más, hazle más caso a ellas.
Una vez hecho el test, te metes para el coleto 10 puntos por cada a), 8 por cada b), 4 por cada c) y 2 por cada d) O sea: ya sabes bien cómo manipular el resultado; ahora que lo sabes, rellena el test con sinceridad.
Responde una sola pregunta 6. Hay una pregunta si eres de izquierdas, otra si eres de derechas y otra si eres nacionalista. Ya sabemos que se puede ser nacionalista de izquierdas y cosas así, pero nosotros sabemos de qué estamos hablando. Y tú también. Así que elige.
El test:
1) Define tu posición como votante en unas elecciones:
a) Jamás votaré a un partido determinado.
b) Soy votante fiel de un partido determinado.
c) He votado o suelo votar opciones diferentes en elecciones municipales, autonómicas, generales o europeas.
d) No voto, me abstengo o voto en blanco.
2) Piensa en el político que peor te caiga. En tu opinión…
a) Habría que meterlo en la cárcel.
b) Habría que hacer algo para impedir su participación en la vida política.
c) Hago lo que puedo para convencer a los que le voten de que no lo hagan.
d) Me cae mal, pero tampoco es para tanto.
3) Pensando en el ámbito político que más te interese (municipal, autonómico o general; ya asumimos que el europeo no será): cuando tu partido NO gobierna o NO gobernase…
a) Se resiente la democracia auténtica.
b) Se frena el auténtico progreso.
c) Se cometerían injusticias que mi partido es incapaz de cometer.
d) Es obvio que la legislación y la política no me gustarían.
4) No nos interesa conocer cuál es la nota de 1 a 10 que le das a tu líder. Queremos saber la nota que le das al líder de la formación contraria.
a) De 0 a 1
b) De 1 a 3
c) De 3 a 4
d) Más de 4.
5) ¿Qué te gusta más?
a) Discutir sobre lo inútil que es el líder de la formación política contraria a la mía.
b) Discutir sobre lo hábil que es el líder de mi formación política.
c) Discutir sobre grandes temas, tipo cambio climático, impuestos, etc.
d) No me gusta discutir de política.
6) (Contestar si eres/votas de izquierdas) Partimos de la base de que si estás haciendo este test es porque no te sientes fascista (si te sientes fascista, no sigas; el resultado es que eres guerracivilista). Pero, como no eres fascista, te preguntamos: ¿qué es un fascista?
a) Una persona de derechas.
b) Un racista.
c) Un nostálgico del franquismo.
d) Una persona denotadamente antidemocrática y fuera del sistema.
6) (Contestar si eres/votas de derechas). Imagínate que al llegar a tu casa encuentras en el buzón una carta del Partido Comunista de España con un lema en el sobre que dice: «La solución comunista a la actual crispación social de España». ¿Qué haces?
a) La rompo sin leerla.
b) La dejo en otro buzón, porque deben de haberse equivocado.
c) La leo en diagonal.
d) La abro y la leo.
6) (Contestar si eres/votas nacionalista y vives en una autonomía con cooficialidad de lenguas). La lengua cooficial con el castellano en tu comunidad…
a) Es, en mi opinión, la lengua propia de mi comunidad. El castellano debe usarse para entenderse con el resto del Estado.
b) Es la lengua propia de mi comunidad, aunque todo aquél que quiera recibir enseñanza, relacionarse con la Administración, etc., en castellano, debe tener derecho a hacerlo.
c) Es, como la pregunta decía, la lengua cooficial con el castellano en mi comunidad autónoma, aunque es lógico que el gobierno autónomo fomente especialmente su uso.
d) Es, como la pregunta decía, la lengua cooficial con el castellano en mi comunidad autónoma.
Calificación.
Más de 46 puntos: Tu posición es sectaria. Por encima de 50 puntos, abiertamente sectaria. Probablemente piensas que eres rabiosamente pro; pero, en realidad, lo que eres, es furibundamente anti. Lo que más te gusta de ganar unas elecciones es que otro las pierda y piensas que los partidos políticos que rechazas son por definición incapaces de hacer nada ni medio bien.
De 26 a 45 puntos: El Lado Oscuro de la Fuerza es muy fuerte en ti. Sabes que El Emperador es un cabrón con borlas, pero le escuchas muchas veces, más de lo que quisieras admitirte. Probablemente, lees a hurtadillas algunos periódicos y escuchas algunas emisoras de radio, diciéndote al tiempo que son muy talibanes; pero leer esas cosas y escucharlas, en el fondo, te reconforta.
De 16 a 25 puntos: Eres el centrista que, según los sociólogos, puebla este país. Es muy probable que la política te interese más bien poco, aunque con los años te has ido volviendo responsable y dándote cuenta de que hay cosas en las que hay que pensar. Los políticos, en general, te dan pena.
Menos de 15 puntos: Has alcanzado la pureza de un caballero jedi. Deberías ir echando leches al blog de Inasequible y preguntarle dónde hay que apuntarse para ser lama; es más que probable que seas la reencarnación perdida de algún rimpoché. Si con la que está cayendo y respondiéndote a ti mismo la verdad sincera de la buena has sacado menos de 15 puntos, chaval, tienes la sangre de horchata.
Por eso, tal vez, sea interesante romper una lanza a favor del argumento de que es una imbecilidad más o menos de la altura de los hermanos Gasol subidos uno en los hombros del otro.
Cierto es, no debe esconderse, que hay algunos factores que se parecen. Pero también el crash bursátil de 1987 se pareció al de 1929, pero se quedó a dos o tres añitos-luz, en todo caso. Los hijos se parecen a los padres, lo cual no quiere decir que vayan a conducir igual el coche, o que les vayan necesariamente a gustar las espinacas, o que vayan a estudiar ingeniería genética o filología eslava. Ésta es una de las razones por las que recomiendo esa labor tan poco en boga hoy en día que se llama conocer la Historia; porque saber de Historia es, en parte, vacunarse contra el fatalismo. Las cosas ocurren por cosas que el hombre decide hacer y pensar, y ese albedrío es, las más de las veces, razonablemente libre.
Esto será un post en dos partes: una dedicada a analizar en qué se parecen el pasado y el presente (en qué medida estamos en una situación cercana) y el siguiente, el miércoles espero, en qué no se parecen. Esta primera toma tiene el atractivo (ejem…) de que me ha dado por hacer una de esas cosas tan propias de las revistas de divulgación: un test de autocalificación. En este caso, se trata de un test para que cada uno valore, en la intimidad, en qué medida es o no una persona guerracivilista (si leéis el post veréis qué significa esto). Lo he hecho por cachondeo, por divertirme un rato y divertiros a todos; esto tiene la validez científica que tienen todos estos test. Pero, en fin, lo mismo queréis comentar vuestras puntuaciones. Empezaré yo por confesar que he sacado 32 puntacos de vellón (motivo por el cual he estado a punto de manipular los rangos de calificación, claro).
Bueno, vamos allá.
Cosas en las que la situación actual se parece
La situación del 2007 se parece mucho a la de 1936 en una cosa: el guerracivilismo. Es éste un virus que ataca silenciosamente y cuyos grupos de riesgo están situados en toda la tesitura del espectro político.
Hay un guerracivilismo de derechas, cuyos síntomas consisten en defender la idea de que las izquierdas pretenden acabar con los logros políticos y sociales de las últimas décadas. Éste fue, sin ir más lejos, el discurso de José Calvo Sotelo durante la República; ministro que había sido de Primo de Rivera, quería ver en los años de la dictadura del marqués de Estella la construcción de un país moderno (en parte lo fue: nuestra actual red de carreteras es herencia de aquellos años) y señalaba a la República, sobre todo la del primer bienio (1931-1933), como destructora de aquellos logros. El guerracivilismo de derechas se apunta los méritos de casi todo progreso, trata de instilar en el inconsciente colectivo la idea «la derecha crea, la izquierda destruye» y, por lo tanto, trata de bloquear el acceso de las izquierdas al poder con el argumento de que, como Penélope, no harán sino destejer la tela de bienestar que la noche anterior habrá tejido la honrada actuación de las derechas.
El guerracivilismo de derechas se preocupa, especialmente, de monopolizar el concepto de orden. Es por ello que es una forma de pensar cataclísmica: cualquier cosa que hagan las izquierdas generará gravísimas consecuencias. Profetas del desastre, los llamó, acertadamente, el presidente Rodríguez Zapatero. En el fondo de esta estrategia es contraponer ideas: orden = yo; desorden = el otro. El guerracivilismo de derechas busca apropiarse, en la medida que puede, de todo símbolo que la sociedad vincule a ese concepto de orden, de lo que siempre ha funcionado. Y se da de bruces con la Historia, porque la Historia demuestra que casi todas las grandes medidas de progreso fueron atacadas por este flanco del desorden y la debacle. Por haber, hasta hubo gente que, en el siglo XIX, sostenía que la velocidad supersónica que era capaz de desarrollar el ferrocarril volvería locas a las vacas que lo veían pasar.
Son ejemplos de guerracivilismo de derechas los temblorosos anatemas del PP tras perder las elecciones del 2004, anunciando que el gobierno de las izquierdas acabaría con el progreso económico logrado en los años anteriores; o el intento de apropiación partidista de las enseñas nacionales.
Hay un guerracivilismo de izquierdas, que se basa en tener un concepto patrimonial de la democracia. Dicho claramente: cuando gobierno yo es democracia, cuando gobierna mi contrincante es dictadura, es recorte de las libertades individuales, etc. Enfermos de guerracivilismo de izquierdas estuvieron prácticamente todos los políticos de izquierdas de la República: Diego Martínez Barrio, Félix Gordón Ordás y por supuesto Manuel Azaña, personajes principales que eran de la izquierda burguesa republicana, hicieron todo lo que pudieron para que el presidente Alcalá-Zamora no abriese las Cortes del 33, simple y llanamente porque habían perdido las elecciones. Y Largo Caballero, Prieto y el PSOE salvo Besteiro, unos pocos meses después, dieron un golpe de Estado cuya razón de ser fue la entrada de la CEDA de Gil-Robles en el Gobierno; ojo, la entrada en el Gobierno. No dieron un golpe de Estado contra un decreto o una ley, sino contra la sospecha de que dichos decretos o leyes fuesen a ser aprobados algún día.
El guerracivilista de izquierdas, por lo tanto, concibe un gobierno de derechas no como un natural, y hasta sano, turno ejecutivo. Lo concibe como una amenaza para la democracia, porque la democracia es él, y sólo él. El guerracivilista de izquierdas se da de hostias con la Historia, pues la Historia demuestra que en los turnos de partidos de diferente signo, a largo plazo y por lógica, quien sale ganando es el más liberal de los dos, pues el más conservador encuentra dificultades para dar marcha atrás en la legislación que su oponente desarrolló. Por poner un ejemplo actual: si el PP tarda, que como mínimo lo tardará, dos o más años en gobernar en España, difícilmente podrá entonces ilegalizar el matrimonio homosexual.
Son ejemplos de moderno guerracivilismo de izquierdas: el Pacto del Tinell tras las penúltimas elecciones catalanas; la volandera imaginación de Pedro Almodóvar, imaginando en las derechas actuales un golpismo que, por no existir, ni existió en las derechas de la República (el general Franco le propuso a Gil-Robles que anulase los resultados de las elecciones del 36, y éste se negó); o las famosas declaraciones de Federico Luppi pidiendo un cordón sanitario contra el PP.
Existe, por último, el guerracivilismo nacionalista, una forma de hacer las cosas que parte de dos bases: una, que toda medida que tome una democracia respecto de un territorio con identidad propia debe favorecerle, lo cual es falso pues, no en democracia, en cualquier forma de gobierno siempre hay que tomar medidas impopulares, incómodas y negativas. Y, dos, que todo ataque contra el nacionalismo equivale a ataque a la nación. Así planteó, sin ir más lejos, Lluis Companys el conflicto de la Ley de Términos Municipales en 1934. El Tribunal de Garantías Constitucionales dictaminó que estaba legislando una materia de competencia estatal exclusiva, y él convirtió esa sentencia no es una legítima corrección, sino en una agresión; y no en una agresión a los redactores de la ley, sino a Cataluña entera.
Hace algunos años hubo una operación política en España para crear un nuevo partido de centro, operación que fue liderada por el entonces número dos de Convergència i Unió, Miquel Roca i Junyent; fue por eso que se la llamó Operación Roca. La Operación Roca presentó candidatos en casi toda España y se pegó un hostión electoral de los que hacen época. Alfonso Guerra, que es un fino analista político, dictaminó: «El señor Roca no ha perdido por ser catalán, sino por ser nacionalista catalán». Y tenía razón. El problema del guerracivilista nacionalista es que no encuentra diferencias entre ambas expresiones, que para él son sinónimas. Esa sinonimia le lleva a desarrollar ideas como el conflicto del Estado con Euskal Herria (por supuesto, por este orden) o la interpretación de una sentencia desfavorable del Tribunal Constitucional en términos conspirativos (no es que no me den la razón porque no la tengo o creen que no la tengo; no me dan la razón porque soy gallego, porque soy vasco, porque soy catalán).
El guerracivilismo nacionalista es, por último, el parcial responsable de una parte del guerracivilismo de derechas, antes citada, que es el apropiamiento de las enseñas nacionales. El guerracivilismo nacionalista practica un ninguneo tan integral hacia las enseñas nacionales, o estatales según su lenguaje, que en estos años no ha hecho sino dejarle a las derechas espacio para que hagan exactamente lo que están haciendo. Ahora se queja, claro. Pero no se da cuenta, o no se quiere dar, de que si en los últimos veinte años hubiese aceptado con naturalidad la bandera de España (aceptación «natural» para cuyo favorecimiento la bandera «perdió» su famoso aguilucho, que está muy lejos de ser un símbolo franquista, a menos que Franco naciese a finales del siglo XVIII), las manifestaciones actuales de las derechas no se podrían estar produciendo como lo hacen.
El test del guerracivilista
Después de todo lo que has leído, ¿eres tú un guerracivilista? ¿Te preocupa serlo? ¿Notas algún síntoma peligroso? Para responder a estas preguntas, Historias de España te ofrece, de forma desinteresada, el famoso Test de Autoevaluación del Guerracivilista elaborado por la prestigiosa universidad de Fraud Valley.
La cosa es tal que así: debes escoger sólo una respuesta. En muchas preguntas habrá varias respuestas que podrías elegir, pero has de optar por la que más se acerca a ti, la que mejor te define. Para ello tendrás que ser sincero contigo mismo; completamente sincero. Pregúntale a tu cerebro cada respuesta, pero pregúntasela también a tus tripas y, aún te diría más, hazle más caso a ellas.
Una vez hecho el test, te metes para el coleto 10 puntos por cada a), 8 por cada b), 4 por cada c) y 2 por cada d) O sea: ya sabes bien cómo manipular el resultado; ahora que lo sabes, rellena el test con sinceridad.
Responde una sola pregunta 6. Hay una pregunta si eres de izquierdas, otra si eres de derechas y otra si eres nacionalista. Ya sabemos que se puede ser nacionalista de izquierdas y cosas así, pero nosotros sabemos de qué estamos hablando. Y tú también. Así que elige.
El test:
1) Define tu posición como votante en unas elecciones:
a) Jamás votaré a un partido determinado.
b) Soy votante fiel de un partido determinado.
c) He votado o suelo votar opciones diferentes en elecciones municipales, autonómicas, generales o europeas.
d) No voto, me abstengo o voto en blanco.
2) Piensa en el político que peor te caiga. En tu opinión…
a) Habría que meterlo en la cárcel.
b) Habría que hacer algo para impedir su participación en la vida política.
c) Hago lo que puedo para convencer a los que le voten de que no lo hagan.
d) Me cae mal, pero tampoco es para tanto.
3) Pensando en el ámbito político que más te interese (municipal, autonómico o general; ya asumimos que el europeo no será): cuando tu partido NO gobierna o NO gobernase…
a) Se resiente la democracia auténtica.
b) Se frena el auténtico progreso.
c) Se cometerían injusticias que mi partido es incapaz de cometer.
d) Es obvio que la legislación y la política no me gustarían.
4) No nos interesa conocer cuál es la nota de 1 a 10 que le das a tu líder. Queremos saber la nota que le das al líder de la formación contraria.
a) De 0 a 1
b) De 1 a 3
c) De 3 a 4
d) Más de 4.
5) ¿Qué te gusta más?
a) Discutir sobre lo inútil que es el líder de la formación política contraria a la mía.
b) Discutir sobre lo hábil que es el líder de mi formación política.
c) Discutir sobre grandes temas, tipo cambio climático, impuestos, etc.
d) No me gusta discutir de política.
6) (Contestar si eres/votas de izquierdas) Partimos de la base de que si estás haciendo este test es porque no te sientes fascista (si te sientes fascista, no sigas; el resultado es que eres guerracivilista). Pero, como no eres fascista, te preguntamos: ¿qué es un fascista?
a) Una persona de derechas.
b) Un racista.
c) Un nostálgico del franquismo.
d) Una persona denotadamente antidemocrática y fuera del sistema.
6) (Contestar si eres/votas de derechas). Imagínate que al llegar a tu casa encuentras en el buzón una carta del Partido Comunista de España con un lema en el sobre que dice: «La solución comunista a la actual crispación social de España». ¿Qué haces?
a) La rompo sin leerla.
b) La dejo en otro buzón, porque deben de haberse equivocado.
c) La leo en diagonal.
d) La abro y la leo.
6) (Contestar si eres/votas nacionalista y vives en una autonomía con cooficialidad de lenguas). La lengua cooficial con el castellano en tu comunidad…
a) Es, en mi opinión, la lengua propia de mi comunidad. El castellano debe usarse para entenderse con el resto del Estado.
b) Es la lengua propia de mi comunidad, aunque todo aquél que quiera recibir enseñanza, relacionarse con la Administración, etc., en castellano, debe tener derecho a hacerlo.
c) Es, como la pregunta decía, la lengua cooficial con el castellano en mi comunidad autónoma, aunque es lógico que el gobierno autónomo fomente especialmente su uso.
d) Es, como la pregunta decía, la lengua cooficial con el castellano en mi comunidad autónoma.
Calificación.
Más de 46 puntos: Tu posición es sectaria. Por encima de 50 puntos, abiertamente sectaria. Probablemente piensas que eres rabiosamente pro; pero, en realidad, lo que eres, es furibundamente anti. Lo que más te gusta de ganar unas elecciones es que otro las pierda y piensas que los partidos políticos que rechazas son por definición incapaces de hacer nada ni medio bien.
De 26 a 45 puntos: El Lado Oscuro de la Fuerza es muy fuerte en ti. Sabes que El Emperador es un cabrón con borlas, pero le escuchas muchas veces, más de lo que quisieras admitirte. Probablemente, lees a hurtadillas algunos periódicos y escuchas algunas emisoras de radio, diciéndote al tiempo que son muy talibanes; pero leer esas cosas y escucharlas, en el fondo, te reconforta.
De 16 a 25 puntos: Eres el centrista que, según los sociólogos, puebla este país. Es muy probable que la política te interese más bien poco, aunque con los años te has ido volviendo responsable y dándote cuenta de que hay cosas en las que hay que pensar. Los políticos, en general, te dan pena.
Menos de 15 puntos: Has alcanzado la pureza de un caballero jedi. Deberías ir echando leches al blog de Inasequible y preguntarle dónde hay que apuntarse para ser lama; es más que probable que seas la reencarnación perdida de algún rimpoché. Si con la que está cayendo y respondiéndote a ti mismo la verdad sincera de la buena has sacado menos de 15 puntos, chaval, tienes la sangre de horchata.
Bonnie & Clyde: los poemas de Bonnie Parker
Selara Majere, lectora habitual de esta esquina de intenet, ha ensayado una traducción para los poemas de Bonnie Parker que reproduje en mi post sobre esta pareja mítica de delincuentes. Con mis agradecimientos, reproduzco aquí sus traducciones, que he modificado tan sólo en dos detalles en los que creo poder aportar una traducción algo más precisa..
El primer poema, o principio de poema, que cité tiene la siguiente traducción:
Nací en un Rancho de Wyoming
No me trataron como Helena de Troya,
Me enseñaron que la vara era la ley
Y convivía con vaqueros grasientos.
Por lo que se refiere al famoso poema sobre los propios Barrow, su traducción es ésta:
Has leido la historia de Jesse James
De cómo vivió y murió
Si aún necesitas algo que leer
Aquí está la Historia de Bonnie y Clyde.
Bonnie y Clyde son la banda de Barrow
Seguro que todos habéis leído
Cómo roban y atracan
Y como aquellos que les delatan
Suelen encontrarse moribundos o muertos.
Hay muchas mentiras en esos relatos
No son tan poco compasivos;
Odian todas las leyes,
Los soplones, los detectives y las ratas.
Les clasifican como asesinos a sangre fría,
Dicen que son crueles y sin corazón,
Pero con orgullo digo
Que conocí a Clyde
Cuando era honesto, decente y limpio.
Pero la ley tonteó
No cejo en perseguirle
Y encerrándole en celdas
Hasta que me dijo:
"Nunca seré libre
Así que me encontraré con algunos en el infierno"
El camino estaba mal iluminado
Sin señales que les guiaran
Pero tomaron una decisión.
Si las carreteras eran ciegas
No se rendirían hasta que murieran.
La carretera se vuelve más y más oscura
A veces apenas puedes ver.
Aún así, es una lucha hombre a hombre,
Y hacen lo que pueden
Ya que saben que nunca serán libres.
Si intentan actuar como ciudadanos
Y alquilar un bonito piso,
A la tercera noche son invitados a pelear
Con el rat-tat-tat de las ametralladoras.
No piensan que sean demasiado duros para desesperar,
Saben que la ley siempre gana,
Les han disparado antes;
Pero no ignoran
Que le precio del pecado es al muerte.
Algunas personas sufren que les rompan el corazón,
Algunas personas mueren de cansancio,
Pero os puedo asegurar
Que pequeños son nuestros problemas
Hasta que lleguemos al nivel de Bonnie y Clyde.
Algún día caerán juntos
Y les enterrarán el uno junto al otro.
Para unos pocos implicará tristeza,
Para la ley alivio
Peor es la muerte para Bonnie y Clyde.
El primer poema, o principio de poema, que cité tiene la siguiente traducción:
Nací en un Rancho de Wyoming
No me trataron como Helena de Troya,
Me enseñaron que la vara era la ley
Y convivía con vaqueros grasientos.
Por lo que se refiere al famoso poema sobre los propios Barrow, su traducción es ésta:
Has leido la historia de Jesse James
De cómo vivió y murió
Si aún necesitas algo que leer
Aquí está la Historia de Bonnie y Clyde.
Bonnie y Clyde son la banda de Barrow
Seguro que todos habéis leído
Cómo roban y atracan
Y como aquellos que les delatan
Suelen encontrarse moribundos o muertos.
Hay muchas mentiras en esos relatos
No son tan poco compasivos;
Odian todas las leyes,
Los soplones, los detectives y las ratas.
Les clasifican como asesinos a sangre fría,
Dicen que son crueles y sin corazón,
Pero con orgullo digo
Que conocí a Clyde
Cuando era honesto, decente y limpio.
Pero la ley tonteó
No cejo en perseguirle
Y encerrándole en celdas
Hasta que me dijo:
"Nunca seré libre
Así que me encontraré con algunos en el infierno"
El camino estaba mal iluminado
Sin señales que les guiaran
Pero tomaron una decisión.
Si las carreteras eran ciegas
No se rendirían hasta que murieran.
La carretera se vuelve más y más oscura
A veces apenas puedes ver.
Aún así, es una lucha hombre a hombre,
Y hacen lo que pueden
Ya que saben que nunca serán libres.
Si intentan actuar como ciudadanos
Y alquilar un bonito piso,
A la tercera noche son invitados a pelear
Con el rat-tat-tat de las ametralladoras.
No piensan que sean demasiado duros para desesperar,
Saben que la ley siempre gana,
Les han disparado antes;
Pero no ignoran
Que le precio del pecado es al muerte.
Algunas personas sufren que les rompan el corazón,
Algunas personas mueren de cansancio,
Pero os puedo asegurar
Que pequeños son nuestros problemas
Hasta que lleguemos al nivel de Bonnie y Clyde.
Algún día caerán juntos
Y les enterrarán el uno junto al otro.
Para unos pocos implicará tristeza,
Para la ley alivio
Peor es la muerte para Bonnie y Clyde.
viernes, marzo 16, 2007
Bonnie & Clyde
Lo prometido es deuda. Dije que algún día escribiría la historia de Bonnie Parker y Clyde Barrow, y aquí está. Espero que os entretenga.
Confieso que cuando termino de escribir este post es un poco tarde y tengo muchas ganas de ir al sobre. Así pues, los poemas los reproduzco sin traducir. A ver si alguno de estos días tengo un rato y los traduzco, pero no sé.
Cualquier persona con deseos de ser delincuente querría haber vivido en el sudeste medio de Estados Unidos en los años 30. Aquella zona, nucleada por metrópolis como Chicago, San Luis o Kansas City, era lo mejor de lo mejor para ellos. Eran los años de la Ley Seca y del contabando mansalva. Los años de los médicos que curaban heridas de bala sin hacer preguntas; de los abogados llamados «labios rectos», que se las sabían todas y a menudo eran más delincuentes que sus defendidos; y de las gun molls, concubinas del crimen que eran, a partes iguales, amas de casa y compañeras de atraco. El crimen estaba tan bien organizado en aquella época, y la policía era aún tan bisoña, que incluso había pequeñas capitales del crimen. En una de ellas, la ciudad de Joplin, Missouri, recalaron, en la primavera de 1933, Clyde Barrow y Bonnie Parker.
Barrow había nacido en 1910 y era un chico más bien bajo, no muy atlético y cabello castaño, que se peinaba con la raya en el centro. Tenía un aspecto considerado afeminado en la época; lo más probable es que fuese homosexual. Tenía una gran capacidad de sacrificio, lo cual lo convirtió en un delincuente especialista en enfrentar los peligros. Estando en la cárcel, muy joven, había llegado a cortarse con un hacha dos dedos del pie derecho para no tener que trabajar.
En 1932, poco después de haber salido liberado de la prisión de Huntsville, Texas, Barrow conoció a Bonnie Parker en Dallas. Ella era rubia, muy guapa, tenía un cuerpo al estilo de los que hoy gustan (más bien delgado para la época) y, cuando conoció a Barrow, era camarera y estaba casada, aunque eso no le impedía tener relaciones frecuentes con otros hombres; tan probable es que Barrow tuviese tenencias homosexuales como que Parker fuese ninfómana. Ambos encontraron comunicación en la ambición del crimen, así pues decidieron formar una pequeña banda que se haría legendaria. A los dos miembros de la misma que le dieron nombre se les unió un amigo de Bonnie, Raymond Hamilton.
Bonnie y Clyde eran fanáticos de los coches rápidos y de las armas. La de las armas era Bonnie. Cuando Barrow la conoció, apenas sabía nada sobre las extraordinarias posibilidades que ofrece una escopeta con los cañones recortados: abulta casi tan poco como una pistola y su disparo es tan brutal que deja al personal acojonado. Además de escopetas recortadas, la pareja acumuló pronto pistolas, rifles y metralletas.
Hamilton fue pronto detenido en Michigan, lo cual generó un problema para la pareja; no sólo criminal, sino relacionado con las necesidades corporales de Bonnie. En la misma Tejas, no lejos de la casa de Barrow padre, la pareja reclutó a William Daniel Jones, quien entonces tenía 17 años y ya había robado un par de coches. Pocos días después, los Barrow robaron un coche y Clyde mató a su dueño de un disparo; así que Jones ya no tenía elección, debía quedarse con ellos porque separarse hubiera supuesto tener que responder del cargo de cómplice de asesinato.
Los Barrow, que así se anunciaban en sus crímenes, querían una banda a lo grande, como las de Dillinger o de Ma Barker. Así pues, reclutaron al hermano de Clyde, Buck Barrow, que acababa de salir de Huntsville y se había casado con una mujer llamada Blanche. Ésta fue la banda que en 1933 se fue a Joplin y se dedicó a hacerse fotos, que se hicieron famosas, haciendo poses con las armas en la mano.
No obstante la tranquilidad aparente, un ciudadano responsable acabó por denunciar en la Missouri State Highway Patrol a ese extraño grupo de inquilinos. A las 16 horas del 13 de abril de 1933, el sargento G. B. Kahler, de la MSHP, dirigió una redada. Los coches de policía bloquearon las salidas de los coches. Clyde y el joven Jones, que estaban fuera de la casa, entraron apresuradamente en el garage.
Cuando empezaron los disparos, todo el mundo, salvo Blanche Barrow que no era una delincuente, supo qué hacer. Se armaron hasta los dientes y respondieron a los disparos de la policía. Uno de los cuatro alcanzó con un perdigonazo en el cuello a un policía, que murió en el acto. A un segundo le acertaron en plena cara y también lo mataron. Primero Jones y después Buck Barrow, con riesgo de sus vidas se adelantaron hacia uno de los coches de policía que estaba aparcado para bloquear la salida, con la intención de soltarle el freno de mano. Buck lo consiguió, así pues la banda ya podía huir. No obstante, se les presentó un problema añadido: Blanche Barrow, meándose de miedo, salió corriendo y echó a correr calle abajo. Tuvieron que salir con un coche a perseguirla, en medio de los disparos, y luego meterla en el coche antes de salir echando leches.
Una de las cosas que encontró la policía en el piso abandonado fue el detalle de algo que contribuiría, y mucho, a construir el mito de Bonnie & Clyde. Bonnie Parker era poeta. Escribía poemas que acabaría enviando a los periódicos, y éstos los publicarían, hecho éste que contribuyó a la construcción del mito. El poema que encontraron aquella tarde se llamaba El suicidio de Sal. Apenas estaba empezado, pero relataba la historia, verdadera o inventada, de una chica, Sal, que se suicidaba tras una vida de crímenes y falta de amor. Como he dicho, el poema apenas comenzaba a contar la vida de la tal Sal.
I was born on a ranch in Wyoming
not treated like Helen of Troy,
was taught that rods were rulers
and ranked with greasy cowboys...
Durante las semanas o meses que siguieron a la huida de Joplin, los Barrow comprobaron que también el hampa tiene sus reglas y, en su caso, les jugaban en contra. A los delincuentes no les caían bien los Barrow, probablemente por la personalidad, un poco insultante y soberbia, de Bonnie. Además, la banda de los Barrow siempre fue una banda impulsiva, que hacía las cosas casi sin pensar, lo cual quiere decir dos cosas: la primera, que se exponían a demasiados peligros para realizar atracos poco lucrativos; la segunda, que nunca tuvieron pasta suficiente como para pagar a policías, médicos y abogados corruptos y construirse, como hicieron otras bandas, refugios más o menos seguros.
Así pues, tras la huida de Joplin, los Barrow dieron tumbos por Estados Unidos como verdaderos parias. La policía los perseguía y los delincuentes pasaban de ellos. Así las cosas, era sólo cuestión de tiempo que las disensiones surgiesen. Ya hemos visto que Blanche Barrow no tenía madera para criminal; pero no era la única que quería largarse, porque Jones también estaba básicamente acojonado. Tras la huida de Joplin, estando la banda en Louisiana, Jones robó un coche por su cuenta y se piró a casa de su madre; pero allí lo encontraron los Barrow, quienes le obligaron a volver y, para atarlo más a la banda, lo implicaron más en los crímenes: en unos pocos días, Jones era cómplice del secuestro de dos policías y coautor de media docena de robos en los que se produjo un asesinato, amén de haber estado a punto de morir, con Bonnie, dentro de un coche que se incendió tras una huida.
Con todo, la policía estrechaba el cerco. De hecho, a principios de julio de 1933, los Barrow estuvieron cercados en una zona montañosa pero, tras robar el coche de un médico, consiguieron romper el cordón. El 18 de julio, la policía recibió denuncias de varios atracos a estaciones de servicios perpetrados en la misma zona por tres hombres y una mujer con los brazos vendados (Bonnie se los había quemado en lo del coche).
Ese mismo día, a las diez de la noche, tres hombres y dos mujeres, o sea ellos, llegaron al Red Crown Cabin Camp de Platte City, Missouri, y alquilaron una cabaña de ladrillo, flanqueada por dos garajes. Bonnie, Clyde y Jones tomaron una habitación y Buck y Blanche, la otra. El dueño del campo sospechó de ellos, al parecer porque le pagaron en efectivo, y comunicó con la policía. Ésta junto piezas y no tardó ni dos minutos en llamar a Kansas City para pedir refuerzos.
En la madrugada del 19 de julio, los Barrow habrían terminado sus días de no ser por la dolencia de Bonnie. El joven Jones tuvo que ir a la farmacia local a comprar vendas y pomada para sus heridas y, estando allí, escuchó a alguien comentar que había demasiados policías en la zona. Así pues, para cuando la policía llegó a la cabaña, los Barrow estaban todos en la habitación de Buck, armados hasta los dientes, y esperando. Llegó un coche blindado y se instalaron dos escudos de acero. La policía se acercó a la puerta y llamó, identificándose. Bonnie dijo a través de la puerta que los hombres no estaban y que abriría enseguida, pero que estaba desnuda. Cuatro segundos después, se oyó la voz de Clyde Barrow.
‑Shoot’em, bastards!
La suerte se alió con los delincuentes. La descarga que lanzaron no atravesó los escudos de acero pero, increíblemente, si penetró al coche blindado. Una de las balas provocó un cortocircuito en el claxon, que empezó a sonar solo. El resto de la partida de policías creyó que era una señal, y avanzó.
En ese momento, Buck Barrow salió de la cabaña a lo John Wayne, con una pistola en cada mano y disparando, seguido de Bonnie y de Blanche, que se protegían con sendos colchones. Mientras tanto, Clyde entró en el garage y sacó un coche marcha atrás. Una vez que el auto protegió a las mujeres, éstas soltaron los colchones y comenzaron a disparar (ambas; así pues, Blanche había aprendido el oficio). Luego, tuvieron que recoger a Buck, que fue alcanzado por una bala en la cabeza.
Automáticamente, el FBI comenzó en la zona la caza de Buck, en ese momento el miembro más débil del grupo, puesto que estaba gravemente herido. Unos días más tarde, un granjero encontró una hoguera apagada y unos vendajes con sangre en un parque de atracciones abandonado en Dexter, Iowa. Un vigilante, tras conocer el dato, decidió emboscarse en la zona. Pocas horas después vio llegar dos coches y, en ellos, a tres hombres y dos mujeres. El vigilante dio el queo al sheriff local, quien llamó a otros sheriff y a la Guardia Nacional de Iowa.
A medianoche, un pequeño ejército formado por policías, guardias nacionales y una proporción bastante alta de mediopensionistas, rodeó a los Barrow en el parque abandonado. El joven había pasado la tarde encadenado a un árbol, signo inequívoco de que había intentado escapar; Blanche tenía una herida en el ojo izquierdo, al parecer provocada por la esquirla de un parabrisas roto por los disparos, y Buck estaba en calzoncillos.
Fue Clyde Barrow quien vio venir a los policías y dio la alarma. Jones fue a poner el coche en marcha, pero fue alcanzado por un disparo de perdigones. Aún así, Clyde Barrow le metió en coche y lo arrancó. Bonnie se colocó agachada junto al auto para protegerse de los disparos. Pero quien fue alcanzado, en un brazo, fue su compañero, quien no pudo evitar entonces que el automóvil se estrellase contra un árbol. Tras intentar, infructuosamente, coger el segundo coche, Bonnie, Clyde y Jones escaparon, a pesar de que les perseguían decenas de personas, por el bosque.
Mientras, Buck Barrow permanecía de rodillas frente a la policía, sangrando por siete heridas distintas de su cabeza. Esa misma noche, fue desahuciado por los médicos del hospital de Dexter. Lo cual fue terrible para Clyde Barrow pues Blanche descargó contra él toda su inquina, considerándole responsable de todo por haber abandonado a su hermano. Desde entonces, ayudó todo lo que pudo a la policía.
Durante la huida a Minnesota de lo que quedaba de la banda de los Barrow, Bonnie Parker comenzó a escribir el poema que se haría famoso en aquella época, dedicado a contar la historia de la banda. Poema que, como siempre en las historias de bandas de delincuentes de aquella época, acude con prontitud a los mitos de los buenos ladrones de la Historia americana (James), amén de tratar de construir el mito, machacón en la poética de Bonnie Parker, del ladrón de buena esencia, podrido por la acción de la ley.
You’ve read the store or Jesse James
of how he lived and died.
If you still are in need of something to read
here is the story of Bonnie and Clyde.
Now Bonnie and Clyde are the Barrow gang
I’m sure you all have read
how they rob and steal
and how those who squeal
are usually found dying or dead.
There are lots of untruths to their write-ups
they are not so merciless as that;
they hate all the laws,
the stool-pidgeons, spotters and rats.
They class them as cool-blooded killers,
they say they are heartless and mean,
but I say this with pride
that I once know Clyde
when he was honest and upright and clean.
But the law fooled around,
kept trackin’im down
and lockin’im up in a cell
till he said to me:
“I’ll never be free
so I’ll meet a few of them in hell”
This road was so dimly lighted
there were no highway sings to guide,
but they made up their minds;
if the roads were all blind
they wouldn’t give up till they died...
The road gets dimmer and dimmer
sometimes you can hardly see.
Still it’s fight, man to man,
and do all you can
for they know they can never be free.
If they try to act like citizens
and rent’em a little nice flat,
about the third night they’re invited to fight
by a submachine gun rat-tat-tat.
They don’t think they are too tough to desperate,
they know the law always wins,
they’ve been shot before;
but they do not ignore
that death is the wages of sin.
From heartbreaks some people have suffered,
from weariness some people have died,
but take it all in all,
our troubles are small
till we get like Bonnie and Clyde.
Some day they will go down together
and they will bury them side by side.
To a few it means grief,
to the law is relief,
but it’s death to Bonnie and Clyde.
La vida se tornó dura para la banda Barrow tras los sucesos de Dexter. En sucesivas huidas producidas en las semanas anteriores, elevaron la cifra de personas asesinadas a nueve. Esto hizo saltar todas las costuras de la presencia de ánimo del joven Jones, quien se escapó. Cuatro meses después de la muerte de Buck Barrow, Jones fue detenido en Houston. Hizo una confesión completa y solicitó ser condenado a cadena perpetua [sic]. Bonnie Parker y Clyde Barrow, por muchos poemas que escribiesen y muchas películas que les hagan, eran un par de sádicos. La vida de Jones era tan terrible que prefería estar en la cárcel para siempre.
La marcha de Jones puso a los Barrow ante la necesidad de encontrar un compinche. Así que ambos, un día, espiaron la salida de los presos forzados de un establecimiento en el que Clyde había estado internado, la Eastham Texas State Prision Farm. Su objetivo era claro: uno de esos presos era Raymond Hamilton, el primer socio de la pareja, que entonces estaba ya condenado a 263 años de cárcel.
Atacaron a los guardias y provocaron la huida de cinco presos, entre ellos Hamilton. Tenían dos coches escondidos cerca, así que los otros cuatro presos cogieron uno y en el otro huyeron los Barrow con Hamilton. Poco más tarde recogieron a otro delincuente, Henry Methvin.
El 17 de febrero de 1934, los Barrow escaparon de una enorme redada organizada por la policía en las Cockson Hills, al este de Oklahoma, que habían sido ya refugio de malhechores en los tiempos de los hermanos James. En la huida, asaltaron un banco en Texas y luego se dirigieron a Indiana, donde Hamilton los abandonó, después de una violenta discusión sobre el reparto del botín.
Para entonces, vivían en su propio coche. El 1 de abril, dos policías se acercaron al vehículo para hacer una comprobación y fueron asesinados por la pareja. Clyde Barrow fue declarado Enemigo Público Número 1 del Estado de Texas.
Cinco días más tarde, el coche de los Barrow se enfangó en una carretera de Lost Trail, Commerce, Oklahoma. Trataron de atracar a un tipo que pasaba en coche para quitárselo, pero éste no sólo escapó sino que le contó todo a la policía. El jefe de policía, Percy Boyd, y el guardia municipal Cal Campbell fueron a ver qué pasaba. Cuando se encontraron con los Barrow, se inició un tiroteo en el que ganaron los rifles automáticos de los criminales. Los Barrow, una vez conseguido, a punta de pistola, que un camión sacase su coche del fango, acomodaron a Boyd, herido, en el asiento de atrás, y huyeron. En Fort Scott, Kansas, compraron comida y un periódico; por él supieron que Campbell había muerto. Bonnie Parker se cogió un cabreo de mil demonios cuando vio publicada una foto suya con un pitillo en la boca; lo que más le importaba en ese momento es que el país supiera que aquella foto había sido una broma y que ella no fumaba.
El joven Methvin que, como sabemos, era el tercero de la banda, tenía un padre, Iván, que vivía en Louisiana, en una zona denominada Arcadia. Ahí se montó la operación que acabaría con los Barrow, dirigida por un agente especial del FBI, L. A. Kindell; el sheriff de Arcadia, Henderson Jordan; y Frank Hamer, capitán de la Texas Highway Patrol, considerado entonces el revólver más rápido de Texas y del que también se decía que había matado a más de 75 forajidos. Fue colocado en la partida para vengar la muerte de un guardián de la prisión tejana durante la liberación de Hamilton y Methvin.
Los Barrow estaban con la mosca detrás de la oreja; entre otras cosas porque el inasequible al desaliento Hamer les había perseguido ya por nueve estados, sin perderles la pista. Así pues, dado que Methvin se obstinaba en visitar a su padre, obligaron a éste a mudarse a una casa en lo más profundo del bosque. Esta presión pudo con el señor Iván Methvin, quien decidió ir a la policía.
El 21 de mayo, cuando la banda visitó la casa de Iván Methvin, éste llamó aparte a su hijo y le explicó sus conversaciones policiales. Henry, que estaba ya tan harto de los Barrow como antes lo estuvo Jones, prometió abrirse en cuanto pudiera.
A la mañana siguiente, la banda se acercó por el pueblo de Shreveport, donde los Barrow encargaron a Methvin que hiciese la compra. La oportunidad buscada. El muchacho fue al almacén, pero no volvió.
A los Barrow esta ausencia no les puso especialmente nerviosos. Estaban acostumbrados a esas cosas y la ausencia no significaba otra cosa que Methvin se había mosqueado por algo y decidido no volver. Así pues, se metieron en el coche y se fueron a una casa abandonada que ocupaban. Dieron órdenes al padre de que buscase al hijo y quedaron al día siguiente, en la carretera entre Sailes y Gibsland, para que les informase.
Era la oportunidad de Hamer, el killer.
Durante un día, Hamer y sus hombres buscaron el mejor lugar de aquella carretera para emboscar a los Barrow. Eligieron una zona arbolada y a las tres de la madrugada del 23 de mayo, seis hombres se colocaron ahí, dispuestos a pasar la noche. Cuando amaneció, apareció Methvin padre en un camión. Hamer le ordenó que parase frente a los arbustos donde los hombres estaban emboscados y que simulase un pinchazo. El sheriff Jordan, que estaba presente, dio la instrucción de capturarlos vivos. Hamer, más pragmático, los condenó a muerte fríamente:
‑Eso será si no echan mano de las armas. Si las empuñan, duro con ellos.
A las nueve y cuarto, apareció el coche con los Barrow; él, conduciendo en calcetines y con gafas de sol; ella, con un vestido rojo. En el coche, una escopeta, once pistolas, un revólver, tres rifles automáticos y 2.000 cartuchos; los policías tenían un rifle automático, tres escopetas automáticas y dos rifles.
El coche aparcó entre el camión y los arbustos donde estaban los policías. Todo perfecto. Sin embargo, en ese momento se acercó por la carretera un camión con dos negros en la cabina. Una vez más la suerte del lado de los criminales pues, si se iniciaba el tiroteo, ese camión les podría ofrecer protección, amén de una vía de escape. Por eso Jordan se levantó, salió de la maleza y conminó a Clyde a rendirse.
Clyde Barrow abrió la portezuela de su lado, dispuesto a disparar. Bonnie blandió una pistola. Los policías lanzaron una andanada. El camión de los negros paró en seco y sus ocupantes salieron de najas campo a través. El coche de los Barrow comenzó a andar hasta que cayó en la cuneta. Los policías fueron detrás con las armas amartilladas; pero los Barrow ya estaban muertos.
Clyde Barrow murió con una escopeta en las manos que tenía siete muescas en la culata. En la culata de la pistola de Bonnie Parker había tres muescas.
En una cosa se equivocó Bonnie Parker, la poeta. Ella y su compañero no fueron enterrados juntos, side by side. Pequeño, insignificante pago para la decena de familias que rompieron, los niños huérfanos, las esposas viudas, todo para llenar su sed de violencia, su incapacidad de adaptarse socialmente y esa pulsión que tienen, de cuando en cuando, algunos americanos pirados por parecerse a Jesse James o Billy the Kid.
Hace años, muchos, muchos años, cuando el uniforme de la policía española cambió de color y pasó del gris (por eso los llamábamos grises) al marrón, en las manis gritábamos: gris o marrón, un cabrón es un cabrón.
Pues eso, familia Barrow: gris o marrón, poeta o prosista, hombre o mujer… lo que sigue.
Confieso que cuando termino de escribir este post es un poco tarde y tengo muchas ganas de ir al sobre. Así pues, los poemas los reproduzco sin traducir. A ver si alguno de estos días tengo un rato y los traduzco, pero no sé.
Cualquier persona con deseos de ser delincuente querría haber vivido en el sudeste medio de Estados Unidos en los años 30. Aquella zona, nucleada por metrópolis como Chicago, San Luis o Kansas City, era lo mejor de lo mejor para ellos. Eran los años de la Ley Seca y del contabando mansalva. Los años de los médicos que curaban heridas de bala sin hacer preguntas; de los abogados llamados «labios rectos», que se las sabían todas y a menudo eran más delincuentes que sus defendidos; y de las gun molls, concubinas del crimen que eran, a partes iguales, amas de casa y compañeras de atraco. El crimen estaba tan bien organizado en aquella época, y la policía era aún tan bisoña, que incluso había pequeñas capitales del crimen. En una de ellas, la ciudad de Joplin, Missouri, recalaron, en la primavera de 1933, Clyde Barrow y Bonnie Parker.
Barrow había nacido en 1910 y era un chico más bien bajo, no muy atlético y cabello castaño, que se peinaba con la raya en el centro. Tenía un aspecto considerado afeminado en la época; lo más probable es que fuese homosexual. Tenía una gran capacidad de sacrificio, lo cual lo convirtió en un delincuente especialista en enfrentar los peligros. Estando en la cárcel, muy joven, había llegado a cortarse con un hacha dos dedos del pie derecho para no tener que trabajar.
En 1932, poco después de haber salido liberado de la prisión de Huntsville, Texas, Barrow conoció a Bonnie Parker en Dallas. Ella era rubia, muy guapa, tenía un cuerpo al estilo de los que hoy gustan (más bien delgado para la época) y, cuando conoció a Barrow, era camarera y estaba casada, aunque eso no le impedía tener relaciones frecuentes con otros hombres; tan probable es que Barrow tuviese tenencias homosexuales como que Parker fuese ninfómana. Ambos encontraron comunicación en la ambición del crimen, así pues decidieron formar una pequeña banda que se haría legendaria. A los dos miembros de la misma que le dieron nombre se les unió un amigo de Bonnie, Raymond Hamilton.
Bonnie y Clyde eran fanáticos de los coches rápidos y de las armas. La de las armas era Bonnie. Cuando Barrow la conoció, apenas sabía nada sobre las extraordinarias posibilidades que ofrece una escopeta con los cañones recortados: abulta casi tan poco como una pistola y su disparo es tan brutal que deja al personal acojonado. Además de escopetas recortadas, la pareja acumuló pronto pistolas, rifles y metralletas.
Hamilton fue pronto detenido en Michigan, lo cual generó un problema para la pareja; no sólo criminal, sino relacionado con las necesidades corporales de Bonnie. En la misma Tejas, no lejos de la casa de Barrow padre, la pareja reclutó a William Daniel Jones, quien entonces tenía 17 años y ya había robado un par de coches. Pocos días después, los Barrow robaron un coche y Clyde mató a su dueño de un disparo; así que Jones ya no tenía elección, debía quedarse con ellos porque separarse hubiera supuesto tener que responder del cargo de cómplice de asesinato.
Los Barrow, que así se anunciaban en sus crímenes, querían una banda a lo grande, como las de Dillinger o de Ma Barker. Así pues, reclutaron al hermano de Clyde, Buck Barrow, que acababa de salir de Huntsville y se había casado con una mujer llamada Blanche. Ésta fue la banda que en 1933 se fue a Joplin y se dedicó a hacerse fotos, que se hicieron famosas, haciendo poses con las armas en la mano.
No obstante la tranquilidad aparente, un ciudadano responsable acabó por denunciar en la Missouri State Highway Patrol a ese extraño grupo de inquilinos. A las 16 horas del 13 de abril de 1933, el sargento G. B. Kahler, de la MSHP, dirigió una redada. Los coches de policía bloquearon las salidas de los coches. Clyde y el joven Jones, que estaban fuera de la casa, entraron apresuradamente en el garage.
Cuando empezaron los disparos, todo el mundo, salvo Blanche Barrow que no era una delincuente, supo qué hacer. Se armaron hasta los dientes y respondieron a los disparos de la policía. Uno de los cuatro alcanzó con un perdigonazo en el cuello a un policía, que murió en el acto. A un segundo le acertaron en plena cara y también lo mataron. Primero Jones y después Buck Barrow, con riesgo de sus vidas se adelantaron hacia uno de los coches de policía que estaba aparcado para bloquear la salida, con la intención de soltarle el freno de mano. Buck lo consiguió, así pues la banda ya podía huir. No obstante, se les presentó un problema añadido: Blanche Barrow, meándose de miedo, salió corriendo y echó a correr calle abajo. Tuvieron que salir con un coche a perseguirla, en medio de los disparos, y luego meterla en el coche antes de salir echando leches.
Una de las cosas que encontró la policía en el piso abandonado fue el detalle de algo que contribuiría, y mucho, a construir el mito de Bonnie & Clyde. Bonnie Parker era poeta. Escribía poemas que acabaría enviando a los periódicos, y éstos los publicarían, hecho éste que contribuyó a la construcción del mito. El poema que encontraron aquella tarde se llamaba El suicidio de Sal. Apenas estaba empezado, pero relataba la historia, verdadera o inventada, de una chica, Sal, que se suicidaba tras una vida de crímenes y falta de amor. Como he dicho, el poema apenas comenzaba a contar la vida de la tal Sal.
I was born on a ranch in Wyoming
not treated like Helen of Troy,
was taught that rods were rulers
and ranked with greasy cowboys...
Durante las semanas o meses que siguieron a la huida de Joplin, los Barrow comprobaron que también el hampa tiene sus reglas y, en su caso, les jugaban en contra. A los delincuentes no les caían bien los Barrow, probablemente por la personalidad, un poco insultante y soberbia, de Bonnie. Además, la banda de los Barrow siempre fue una banda impulsiva, que hacía las cosas casi sin pensar, lo cual quiere decir dos cosas: la primera, que se exponían a demasiados peligros para realizar atracos poco lucrativos; la segunda, que nunca tuvieron pasta suficiente como para pagar a policías, médicos y abogados corruptos y construirse, como hicieron otras bandas, refugios más o menos seguros.
Así pues, tras la huida de Joplin, los Barrow dieron tumbos por Estados Unidos como verdaderos parias. La policía los perseguía y los delincuentes pasaban de ellos. Así las cosas, era sólo cuestión de tiempo que las disensiones surgiesen. Ya hemos visto que Blanche Barrow no tenía madera para criminal; pero no era la única que quería largarse, porque Jones también estaba básicamente acojonado. Tras la huida de Joplin, estando la banda en Louisiana, Jones robó un coche por su cuenta y se piró a casa de su madre; pero allí lo encontraron los Barrow, quienes le obligaron a volver y, para atarlo más a la banda, lo implicaron más en los crímenes: en unos pocos días, Jones era cómplice del secuestro de dos policías y coautor de media docena de robos en los que se produjo un asesinato, amén de haber estado a punto de morir, con Bonnie, dentro de un coche que se incendió tras una huida.
Con todo, la policía estrechaba el cerco. De hecho, a principios de julio de 1933, los Barrow estuvieron cercados en una zona montañosa pero, tras robar el coche de un médico, consiguieron romper el cordón. El 18 de julio, la policía recibió denuncias de varios atracos a estaciones de servicios perpetrados en la misma zona por tres hombres y una mujer con los brazos vendados (Bonnie se los había quemado en lo del coche).
Ese mismo día, a las diez de la noche, tres hombres y dos mujeres, o sea ellos, llegaron al Red Crown Cabin Camp de Platte City, Missouri, y alquilaron una cabaña de ladrillo, flanqueada por dos garajes. Bonnie, Clyde y Jones tomaron una habitación y Buck y Blanche, la otra. El dueño del campo sospechó de ellos, al parecer porque le pagaron en efectivo, y comunicó con la policía. Ésta junto piezas y no tardó ni dos minutos en llamar a Kansas City para pedir refuerzos.
En la madrugada del 19 de julio, los Barrow habrían terminado sus días de no ser por la dolencia de Bonnie. El joven Jones tuvo que ir a la farmacia local a comprar vendas y pomada para sus heridas y, estando allí, escuchó a alguien comentar que había demasiados policías en la zona. Así pues, para cuando la policía llegó a la cabaña, los Barrow estaban todos en la habitación de Buck, armados hasta los dientes, y esperando. Llegó un coche blindado y se instalaron dos escudos de acero. La policía se acercó a la puerta y llamó, identificándose. Bonnie dijo a través de la puerta que los hombres no estaban y que abriría enseguida, pero que estaba desnuda. Cuatro segundos después, se oyó la voz de Clyde Barrow.
‑Shoot’em, bastards!
La suerte se alió con los delincuentes. La descarga que lanzaron no atravesó los escudos de acero pero, increíblemente, si penetró al coche blindado. Una de las balas provocó un cortocircuito en el claxon, que empezó a sonar solo. El resto de la partida de policías creyó que era una señal, y avanzó.
En ese momento, Buck Barrow salió de la cabaña a lo John Wayne, con una pistola en cada mano y disparando, seguido de Bonnie y de Blanche, que se protegían con sendos colchones. Mientras tanto, Clyde entró en el garage y sacó un coche marcha atrás. Una vez que el auto protegió a las mujeres, éstas soltaron los colchones y comenzaron a disparar (ambas; así pues, Blanche había aprendido el oficio). Luego, tuvieron que recoger a Buck, que fue alcanzado por una bala en la cabeza.
Automáticamente, el FBI comenzó en la zona la caza de Buck, en ese momento el miembro más débil del grupo, puesto que estaba gravemente herido. Unos días más tarde, un granjero encontró una hoguera apagada y unos vendajes con sangre en un parque de atracciones abandonado en Dexter, Iowa. Un vigilante, tras conocer el dato, decidió emboscarse en la zona. Pocas horas después vio llegar dos coches y, en ellos, a tres hombres y dos mujeres. El vigilante dio el queo al sheriff local, quien llamó a otros sheriff y a la Guardia Nacional de Iowa.
A medianoche, un pequeño ejército formado por policías, guardias nacionales y una proporción bastante alta de mediopensionistas, rodeó a los Barrow en el parque abandonado. El joven había pasado la tarde encadenado a un árbol, signo inequívoco de que había intentado escapar; Blanche tenía una herida en el ojo izquierdo, al parecer provocada por la esquirla de un parabrisas roto por los disparos, y Buck estaba en calzoncillos.
Fue Clyde Barrow quien vio venir a los policías y dio la alarma. Jones fue a poner el coche en marcha, pero fue alcanzado por un disparo de perdigones. Aún así, Clyde Barrow le metió en coche y lo arrancó. Bonnie se colocó agachada junto al auto para protegerse de los disparos. Pero quien fue alcanzado, en un brazo, fue su compañero, quien no pudo evitar entonces que el automóvil se estrellase contra un árbol. Tras intentar, infructuosamente, coger el segundo coche, Bonnie, Clyde y Jones escaparon, a pesar de que les perseguían decenas de personas, por el bosque.
Mientras, Buck Barrow permanecía de rodillas frente a la policía, sangrando por siete heridas distintas de su cabeza. Esa misma noche, fue desahuciado por los médicos del hospital de Dexter. Lo cual fue terrible para Clyde Barrow pues Blanche descargó contra él toda su inquina, considerándole responsable de todo por haber abandonado a su hermano. Desde entonces, ayudó todo lo que pudo a la policía.
Durante la huida a Minnesota de lo que quedaba de la banda de los Barrow, Bonnie Parker comenzó a escribir el poema que se haría famoso en aquella época, dedicado a contar la historia de la banda. Poema que, como siempre en las historias de bandas de delincuentes de aquella época, acude con prontitud a los mitos de los buenos ladrones de la Historia americana (James), amén de tratar de construir el mito, machacón en la poética de Bonnie Parker, del ladrón de buena esencia, podrido por la acción de la ley.
You’ve read the store or Jesse James
of how he lived and died.
If you still are in need of something to read
here is the story of Bonnie and Clyde.
Now Bonnie and Clyde are the Barrow gang
I’m sure you all have read
how they rob and steal
and how those who squeal
are usually found dying or dead.
There are lots of untruths to their write-ups
they are not so merciless as that;
they hate all the laws,
the stool-pidgeons, spotters and rats.
They class them as cool-blooded killers,
they say they are heartless and mean,
but I say this with pride
that I once know Clyde
when he was honest and upright and clean.
But the law fooled around,
kept trackin’im down
and lockin’im up in a cell
till he said to me:
“I’ll never be free
so I’ll meet a few of them in hell”
This road was so dimly lighted
there were no highway sings to guide,
but they made up their minds;
if the roads were all blind
they wouldn’t give up till they died...
The road gets dimmer and dimmer
sometimes you can hardly see.
Still it’s fight, man to man,
and do all you can
for they know they can never be free.
If they try to act like citizens
and rent’em a little nice flat,
about the third night they’re invited to fight
by a submachine gun rat-tat-tat.
They don’t think they are too tough to desperate,
they know the law always wins,
they’ve been shot before;
but they do not ignore
that death is the wages of sin.
From heartbreaks some people have suffered,
from weariness some people have died,
but take it all in all,
our troubles are small
till we get like Bonnie and Clyde.
Some day they will go down together
and they will bury them side by side.
To a few it means grief,
to the law is relief,
but it’s death to Bonnie and Clyde.
La vida se tornó dura para la banda Barrow tras los sucesos de Dexter. En sucesivas huidas producidas en las semanas anteriores, elevaron la cifra de personas asesinadas a nueve. Esto hizo saltar todas las costuras de la presencia de ánimo del joven Jones, quien se escapó. Cuatro meses después de la muerte de Buck Barrow, Jones fue detenido en Houston. Hizo una confesión completa y solicitó ser condenado a cadena perpetua [sic]. Bonnie Parker y Clyde Barrow, por muchos poemas que escribiesen y muchas películas que les hagan, eran un par de sádicos. La vida de Jones era tan terrible que prefería estar en la cárcel para siempre.
La marcha de Jones puso a los Barrow ante la necesidad de encontrar un compinche. Así que ambos, un día, espiaron la salida de los presos forzados de un establecimiento en el que Clyde había estado internado, la Eastham Texas State Prision Farm. Su objetivo era claro: uno de esos presos era Raymond Hamilton, el primer socio de la pareja, que entonces estaba ya condenado a 263 años de cárcel.
Atacaron a los guardias y provocaron la huida de cinco presos, entre ellos Hamilton. Tenían dos coches escondidos cerca, así que los otros cuatro presos cogieron uno y en el otro huyeron los Barrow con Hamilton. Poco más tarde recogieron a otro delincuente, Henry Methvin.
El 17 de febrero de 1934, los Barrow escaparon de una enorme redada organizada por la policía en las Cockson Hills, al este de Oklahoma, que habían sido ya refugio de malhechores en los tiempos de los hermanos James. En la huida, asaltaron un banco en Texas y luego se dirigieron a Indiana, donde Hamilton los abandonó, después de una violenta discusión sobre el reparto del botín.
Para entonces, vivían en su propio coche. El 1 de abril, dos policías se acercaron al vehículo para hacer una comprobación y fueron asesinados por la pareja. Clyde Barrow fue declarado Enemigo Público Número 1 del Estado de Texas.
Cinco días más tarde, el coche de los Barrow se enfangó en una carretera de Lost Trail, Commerce, Oklahoma. Trataron de atracar a un tipo que pasaba en coche para quitárselo, pero éste no sólo escapó sino que le contó todo a la policía. El jefe de policía, Percy Boyd, y el guardia municipal Cal Campbell fueron a ver qué pasaba. Cuando se encontraron con los Barrow, se inició un tiroteo en el que ganaron los rifles automáticos de los criminales. Los Barrow, una vez conseguido, a punta de pistola, que un camión sacase su coche del fango, acomodaron a Boyd, herido, en el asiento de atrás, y huyeron. En Fort Scott, Kansas, compraron comida y un periódico; por él supieron que Campbell había muerto. Bonnie Parker se cogió un cabreo de mil demonios cuando vio publicada una foto suya con un pitillo en la boca; lo que más le importaba en ese momento es que el país supiera que aquella foto había sido una broma y que ella no fumaba.
El joven Methvin que, como sabemos, era el tercero de la banda, tenía un padre, Iván, que vivía en Louisiana, en una zona denominada Arcadia. Ahí se montó la operación que acabaría con los Barrow, dirigida por un agente especial del FBI, L. A. Kindell; el sheriff de Arcadia, Henderson Jordan; y Frank Hamer, capitán de la Texas Highway Patrol, considerado entonces el revólver más rápido de Texas y del que también se decía que había matado a más de 75 forajidos. Fue colocado en la partida para vengar la muerte de un guardián de la prisión tejana durante la liberación de Hamilton y Methvin.
Los Barrow estaban con la mosca detrás de la oreja; entre otras cosas porque el inasequible al desaliento Hamer les había perseguido ya por nueve estados, sin perderles la pista. Así pues, dado que Methvin se obstinaba en visitar a su padre, obligaron a éste a mudarse a una casa en lo más profundo del bosque. Esta presión pudo con el señor Iván Methvin, quien decidió ir a la policía.
El 21 de mayo, cuando la banda visitó la casa de Iván Methvin, éste llamó aparte a su hijo y le explicó sus conversaciones policiales. Henry, que estaba ya tan harto de los Barrow como antes lo estuvo Jones, prometió abrirse en cuanto pudiera.
A la mañana siguiente, la banda se acercó por el pueblo de Shreveport, donde los Barrow encargaron a Methvin que hiciese la compra. La oportunidad buscada. El muchacho fue al almacén, pero no volvió.
A los Barrow esta ausencia no les puso especialmente nerviosos. Estaban acostumbrados a esas cosas y la ausencia no significaba otra cosa que Methvin se había mosqueado por algo y decidido no volver. Así pues, se metieron en el coche y se fueron a una casa abandonada que ocupaban. Dieron órdenes al padre de que buscase al hijo y quedaron al día siguiente, en la carretera entre Sailes y Gibsland, para que les informase.
Era la oportunidad de Hamer, el killer.
Durante un día, Hamer y sus hombres buscaron el mejor lugar de aquella carretera para emboscar a los Barrow. Eligieron una zona arbolada y a las tres de la madrugada del 23 de mayo, seis hombres se colocaron ahí, dispuestos a pasar la noche. Cuando amaneció, apareció Methvin padre en un camión. Hamer le ordenó que parase frente a los arbustos donde los hombres estaban emboscados y que simulase un pinchazo. El sheriff Jordan, que estaba presente, dio la instrucción de capturarlos vivos. Hamer, más pragmático, los condenó a muerte fríamente:
‑Eso será si no echan mano de las armas. Si las empuñan, duro con ellos.
A las nueve y cuarto, apareció el coche con los Barrow; él, conduciendo en calcetines y con gafas de sol; ella, con un vestido rojo. En el coche, una escopeta, once pistolas, un revólver, tres rifles automáticos y 2.000 cartuchos; los policías tenían un rifle automático, tres escopetas automáticas y dos rifles.
El coche aparcó entre el camión y los arbustos donde estaban los policías. Todo perfecto. Sin embargo, en ese momento se acercó por la carretera un camión con dos negros en la cabina. Una vez más la suerte del lado de los criminales pues, si se iniciaba el tiroteo, ese camión les podría ofrecer protección, amén de una vía de escape. Por eso Jordan se levantó, salió de la maleza y conminó a Clyde a rendirse.
Clyde Barrow abrió la portezuela de su lado, dispuesto a disparar. Bonnie blandió una pistola. Los policías lanzaron una andanada. El camión de los negros paró en seco y sus ocupantes salieron de najas campo a través. El coche de los Barrow comenzó a andar hasta que cayó en la cuneta. Los policías fueron detrás con las armas amartilladas; pero los Barrow ya estaban muertos.
Clyde Barrow murió con una escopeta en las manos que tenía siete muescas en la culata. En la culata de la pistola de Bonnie Parker había tres muescas.
En una cosa se equivocó Bonnie Parker, la poeta. Ella y su compañero no fueron enterrados juntos, side by side. Pequeño, insignificante pago para la decena de familias que rompieron, los niños huérfanos, las esposas viudas, todo para llenar su sed de violencia, su incapacidad de adaptarse socialmente y esa pulsión que tienen, de cuando en cuando, algunos americanos pirados por parecerse a Jesse James o Billy the Kid.
Hace años, muchos, muchos años, cuando el uniforme de la policía española cambió de color y pasó del gris (por eso los llamábamos grises) al marrón, en las manis gritábamos: gris o marrón, un cabrón es un cabrón.
Pues eso, familia Barrow: gris o marrón, poeta o prosista, hombre o mujer… lo que sigue.
miércoles, marzo 14, 2007
Breve historia de una gilipollez
Algunos de vosotros, supongo, habéis escuchado a vuestras abuelas cantar una copla que comienza:
Una dalia cuidaba Sevilla
en el parque de los Monpensier…
O, quizá, os suene más por el estribillo:
María de las Mercedes
no te vayas de Sevilla
que el nardo trocar te puede
la color de tus mejillas
Esta copla la popularizó, años después de haberse inventado, la más grande, la Shakira de su tiempo: Celia Gámez. Y España entera la cantó, porque, lo mismo que el Barça es más que un club, aquella canción era mucho más que una canción. Era la expresión del dolor de un país por una tragedia prematura, la muerte de María de las Mercedes de Orleáns, reina de España, a la tierna edad de 18 años. La historia de María de las Mercedes, de su boda por amor con el rey Alfonso y su muerte casi inmediata, es conmovedora, como conmovedoras fueron las tonadas que se compusieron para glosar su tragedia. No puede ser más amarga la letra de la también famosísima canción ¿Dónde vas, Alfonso XII?, donde se cantaba:
Los caballos de Palacio
ya no quieren pasear;
porque se ha muerto Mercedes
y luto quieren llevar.
La muerte de María de las Mercedes llenó de dolor a toda España. Aunque, obviamente, hubo personas, muy allegadas a la finada, que sentirían dicho dolor con mayor intensidad. Entre ellas estaba su padre, Antonio de Orleáns, duque de Montpensier. Sin duda sufrió la muerte de la hija; pero también, seguro, sufrió por más cosas. Al fin y al cabo, la boda de María de las Mercedes había supuesto para Antonio de Orleáns una especie de pedrea: consiguió ser suegro de una reina, ya que no consiguió lo que realmente quería, que era ser, él mismo, rey de España.
La historia de este Antonio de Orleáns, y de la gilipollez por la que dilapidó sus posibilidades de reinar España, es la que hoy nos ocupa.
El duque de Montpensier nació en 1824 en Francia, que es donde debe nacer un Orleáns que de ello se precie. Era el quinto hijo de Luis Felipe de Orleáns-Borbón y María Amelia de las Dos Sicilias. Quiere ello decir que estaba en el mismo meollo de una de las grandes casas nobles de Francia, que entonces era aún una monarquía. Más aún: en 1830, siendo pues Antonio un niño, su padre, Luis Felipe, se alzó, con mañas un poco arteras, al trono de Francia, con lo que los Orleáns pasaron a ser príncipes. Resulta fácil adivinar que si Antonio tenía veleidades de poder, su situación le jodería bastante, pues estaba inmerso en una familia real, pero ocupaba un lugar, el quinto, que no movía, precisamente, al optimismo.
Luis Felipe era, desde muchos puntos de vista, un rey a la antigua; razón por la cual los franceses no tardarían nada más que unos años en saltar el trono por los aires. Una de las tendencias medievales de aquel Orleáns era esa costumbre tan en boga hace siglos entre reyes y nobles de casar a los hijos por razones políticas. Y, cada vez que un Orleáns, familia francesa, oteaba el horizonte en busca de oportunidades, no podía sino en fijarse en sus primos, los también franceses de origen borbones, que reinaban en España. Tenía la reina borbona de España, Isabel II, una hermana, María Luisa Fernanda de Borbón; y a por ella que se fue el taimado Orleáns, buscando, a todas luces, una carambola.
La tal carambola: todo el mundo en Europa se hacía lenguas sobre el marido de la reina Isabel, el infante Don Francisco de Asís. A veces he leído que si decían que era impotente, otras que si estaba en el armario; lo cierto es que mucha gente estaba convencida de que el matrimonio isabelino jamás engendraría heredero pues para ello hacen falta ciertos acoplamientos que, por fas o por nefas, no se producían en la regia pareja. Así las cosas, de no haber descendencia directa, la línea sucesoria debería desviarse, alcanzando a la hermana: María Luisa. Y, si ella estaba casada con un Orleáns…
Aquel matrimonio fue, en otras palabras, una OPA hostil dinástica. Así lo entendieron los ingleses, por ejemplo, los cuales, temiendo un excesivo poder de Francia en el continente, partieron peras con España tras la boda de la reina Isabel.
Del matrimonio Montpensier-Borbón se dicen muchas cosas, entre ellas que, para estar forrados, eran tirando a cutres. Los sevillanos, sus convecinos, que históricamente han sido dados a reinventar el nombre de hombres y cosas y, por ello, al portero ruso del Sevilla Dasaev le llamaban Rafaé, y a la coalición abertzale Euskal Herritarrok llamaban La Escalerita Rock, bautizaron al duque Mesié Combián (Monsieur Combien), porque siempre estaba preguntando el precio de todo.
Otra cosa que se dice de marido y de mujer es que ambos perdían el culo por ser rey y reina.
En 1848, las cosas comenzaron a torcerse. En Francia hubo una revolución y a Luis Felipe le encendieron el pelo, amén de colocarlo en la frontera. Así que la pareja Montpensier-Borbón hace caso de Josele y su famoso ¡Vente p’a España, tío!, y para aquí que se vienen. La reina Isabel II los quiere tanto y tiene tan claro que le quieren quitar la corona que les dice que se vayan a Sevilla y que Madrid ni lo pisen. Allí los duques se establecen, compran fincas, empiezan a vender naranjas, a hacer dinero, y… a financiar, con ese dinero, a los grupos revolucionarios que quieren acabar con la monarquía borbónica. Movimientos que cristalizan en Alcolea, donde Topete y Prim, en compañía de otros, dan un golpe que acaba con la monarquía.
El país quedó en manos de Prim, un militar liberal que decía, a quien le quería oír, que él tenía la solución mágica para hacer que la monarquía funcionase en España. Lo malo es que no la escribió, porque en 1870, cuando el rey elegido, Amadeo de Saboya, aún no había llegado a España, Paul y Angulo se apiolaron (coña es) al bueno de Prim, y nos quedamos sin saber cuál era esa fórmula mágica a la par que infalible. En aquel entonces, muchos fueron los que dijeron que la pasta necesaria para que Prim fuera muerto la puso Montpensier, mosqueado porque él había financiado la Gloriosa de 1868 y cuando, en justa contraprestación, exigió ser el elegido para reinar en España, Prim le mandó a tomar por donde amargan los pepinos.
Sin embargo, esto no es tan cierto. Montpensier fue un candidato serio a reinar en España y, si perdió su oportunidad, no fue, o no fue solo, por Prim, sino por él mismo, y por hacer el gilipollas. Y, si no, juzgad vosotros mismos.
Entra en nuestra escena el infante don Enrique, hermano de don Francisco de Asís y, por lo tanto, cuñado de la reina destronada, Isabel II. A pesar de ser de familia regia y tal, Enrique era un liberal. Más que eso: era, según todos los indicios, masón y republicano, lo cual tiene cierto mérito llamándose Borbón en alguna parte de la larga ristra de apellidos. Tampoco podemos olvidar que, si sospechamos que las relaciones entre la pareja Antonio-María Luisa y Francisco de Asís-Isabel no fueron lo que se dice buenas, es probable que en ello hubiese albergado cierta inquina contra el personaje que había querido joder a su hermano.
En los meses previos a la elección del nuevo rey, Montpensier repartió dinero a manos llenas entre los grandes personajes de España, logrando ganar para su partido voces tan notables como la del general Serrano o el propio Topete que había dado el golpe con Prim. El infante don Enrique, mosqueado por esta ofensiva, publicó en el diario La Época un manifiesto gravemente injurioso contra el duque.
En el tal manifiesto, entre otras lindezas, el infante decía «que soy, y seré mientras viva, el más decidido enemigo político del duque francés»; también aseveraba que lo despreciaba, «sentimiento justificado que, por su truhanería política, experimenta todo hombre digno en general, y todo buen español en particular». Para terminar vituperando a «este príncipe, tan taimado como el jesuitismo de sus abuelos, cuya conducta infame tan claramente describe la Historia de Francia». Como colofón, lo calificaba de «hinchado pastelero francés».
Tras un intercambio de esquelitas entre injuriado e injuriador, tan sólo para confirmar que las palabras escritas lo habían sido ciertamente por quien aparecía firmándolas, Montpensier llamó a los generales Fernández de Córdoba y Alaminos, así como a su también amigo el coronel Felipe Solís, para que exigiesen del infante una retractación pública o la reparación por las armas.
Sí: le conminó a batirse en duelo.
Bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, en España los duelos eran ya más viejos que, con perdón, mear de pie. Eso de los duelos quedaba para las novelas de Dumas y las exaltaciones de los almas de cántaro. No obstante Montpensier, por cabreo o porque era un antiguo o por ambas cosas, tiró para delante. Es probable que el infante intentase no batirse; utilizó la estratagema de elegir como padrino al general Baldomero Espartero, quien entonces tenía 76 años y vivía en Logroño, enfermo. Ante la insistencia de los monpensieristas, acabó, sin embargo, designando otros padrinos: los diputados republicanos Federico Rubio y Ernigdio [sic] Santamaría.
Hubo negociaciones entre padrinos por ver de alcanzar un acuerdo sin duelo; pero la negativa del infante a todo lo que pudiese oler a retractación hizo inevitable el enfrentamiento. El duque, como ofendido, tenía derecho a elegir arma, y escogió la pistola. Ambos contendientes se situarían a nueve metros de distancia el uno del otro, y dispararían. Si fallaban, se acortaría el espacio un metro y, luego, volverían a disparar, las veces que fuera, ya sin moverse del sitio, hasta la primera sangre. Los disparos, por último, no serían simultáneos, sino consecutivos.
El duelo se celebró a las diez de la mañana del 12 de marzo de 1870, en el antiguo portazgo de las Ventas de Alcorcón, que algún día tengo que averiguar dónde leches estaba. Fueron testigos los padrinos y los médicos Luis Leiva y José Sumsi. Las pistolas se compraron en una tienda llamada Hormaechea, sita en el número 5 de la calle Alcalá.
Se sortearon las pistolas, y el turno. El infante dispararía primero.
¿Está chupado acertarle a un hombre a nueve metros? No sé, nunca lo he intentado. Las crónicas dicen que el infante disparó con mano firme; pero entonces quizá fuese miope, porque falló completamente. Le tocó el turno al duque, quien disparó con gran aplomo. Y falló. Mientras se recargaban las pistolas los padrinos, visiblemente nerviosos porque veían que aquello no paraba, pactaron, cuando menos, que la distancia no fuese acortada un metro como se había previsto. Supongo que pensaron: si no son capaces de darse, les dejamos aquí disparando hasta que se cansen o hasta que alguien haga un poco de sangre.
De nuevo disparó don Enrique, y falló de nuevo. Disparó luego Montpensier, y su bala acertó de lleno en la llave de la pistola de su oponente, partiéndose en dos. Los médicos acudieron a toda leche para certificar que dicho percance hubiera producido en el duelista alguna herida; primera sangre es primera sangre, así pues, si aquel chicotazo hubiese provocado una hemorragia, por pequeña que fuese, el duelo podría haberse dado por terminado. Sin embargo, comprobaron desanimados que el infante estaba impoluto, así pues el duelo debió proseguir.
Según un testigo, mientras recargaba su pistola, el infante masculló:
‑No lo digo por eludir el encuentro, que no sería digno de mí; pero dentro de breves instantes seré cadáver. El último disparo y el sitio en que me ha dado la bala me dan la medida de las intenciones del francés; tiene el ojo certero, lo saben sus amigos y por eso insisten en que se repita la maniobra. Pero descuiden ustedes, que quedaré con honor.
Esta confesión nos da luz sobre algunos aspectos. ¿Mala puntería? Ni de coña. Ambos eran capaces de acertarse a nueve metros. Lo que pasa es que era un duelo a primera sangre, un duelo que terminaba en cuando alguno de los contendientes fuese herido, y eso es lo que procuraban los duelistas: no disparaban a dar, sino a no dar, a dar de refilón. Sin embargo, por alguna razón, a la luz de los hechos, Montpensier decidió, en algún momento, tirar a dar.
Disparó una vez más el infante, y falló. Disparó Montpensier, y su contrincante cayó al suelo, a plomo. El tiro le perforó el hueso temporal y le desparramó los sesos por la tierra. Lo que se dice un tiro en todo el cabolo. Si hemos de creer las crónicas contemporáneas el duque, al ver lo que había hecho, mordió su pañuelo, asustado y, volviéndose a sus padrinos, chilló:
‑¿Por qué quisieron ustedes que apuntásemos?
Lo cual abre la posibilidad de que alguien, a saber por qué intereses, le hubiese calentado los cascos.
Aquel suceso acabó con las posibilidades de Montpensier. España nunca elegiría a un rey que se batía en duelo y, no sólo eso, sino que aprovechaba dicho duelo para matar a un adversario. En el momento de caer don Enrique a la dura tierra de las Ventas de Alcorcón, se tendía junto a él otro cadáver: el cadáver político de Antonio de Orleáns, duque de Montpensier.
Exiliados a Francia por no acatar a Amadeo de Saboya, los Montpensier-Borbón acaban pactando el matrimonio de una de sus hijas con Alfonso de Borbón. En 1877, siendo ya rey, Alfonso conoce a la bella María de las Mercedes, esa niña que, como canta la copla,
Su carita era de cera
y sus manos de marfil,
y el velo que la cubría
de color carmesí.
Así pues, al final, el ambicioso Antonio había medio conseguido su sueño. Volvería a España y el personal tendría que llamarle Alteza.
Pero el destino es el destino y, como canta Rubén Blades,
Si nasiste p’a martillo
del cielo te llueven los clavos.
Una dalia cuidaba Sevilla
en el parque de los Monpensier…
O, quizá, os suene más por el estribillo:
María de las Mercedes
no te vayas de Sevilla
que el nardo trocar te puede
la color de tus mejillas
Esta copla la popularizó, años después de haberse inventado, la más grande, la Shakira de su tiempo: Celia Gámez. Y España entera la cantó, porque, lo mismo que el Barça es más que un club, aquella canción era mucho más que una canción. Era la expresión del dolor de un país por una tragedia prematura, la muerte de María de las Mercedes de Orleáns, reina de España, a la tierna edad de 18 años. La historia de María de las Mercedes, de su boda por amor con el rey Alfonso y su muerte casi inmediata, es conmovedora, como conmovedoras fueron las tonadas que se compusieron para glosar su tragedia. No puede ser más amarga la letra de la también famosísima canción ¿Dónde vas, Alfonso XII?, donde se cantaba:
Los caballos de Palacio
ya no quieren pasear;
porque se ha muerto Mercedes
y luto quieren llevar.
La muerte de María de las Mercedes llenó de dolor a toda España. Aunque, obviamente, hubo personas, muy allegadas a la finada, que sentirían dicho dolor con mayor intensidad. Entre ellas estaba su padre, Antonio de Orleáns, duque de Montpensier. Sin duda sufrió la muerte de la hija; pero también, seguro, sufrió por más cosas. Al fin y al cabo, la boda de María de las Mercedes había supuesto para Antonio de Orleáns una especie de pedrea: consiguió ser suegro de una reina, ya que no consiguió lo que realmente quería, que era ser, él mismo, rey de España.
La historia de este Antonio de Orleáns, y de la gilipollez por la que dilapidó sus posibilidades de reinar España, es la que hoy nos ocupa.
El duque de Montpensier nació en 1824 en Francia, que es donde debe nacer un Orleáns que de ello se precie. Era el quinto hijo de Luis Felipe de Orleáns-Borbón y María Amelia de las Dos Sicilias. Quiere ello decir que estaba en el mismo meollo de una de las grandes casas nobles de Francia, que entonces era aún una monarquía. Más aún: en 1830, siendo pues Antonio un niño, su padre, Luis Felipe, se alzó, con mañas un poco arteras, al trono de Francia, con lo que los Orleáns pasaron a ser príncipes. Resulta fácil adivinar que si Antonio tenía veleidades de poder, su situación le jodería bastante, pues estaba inmerso en una familia real, pero ocupaba un lugar, el quinto, que no movía, precisamente, al optimismo.
Luis Felipe era, desde muchos puntos de vista, un rey a la antigua; razón por la cual los franceses no tardarían nada más que unos años en saltar el trono por los aires. Una de las tendencias medievales de aquel Orleáns era esa costumbre tan en boga hace siglos entre reyes y nobles de casar a los hijos por razones políticas. Y, cada vez que un Orleáns, familia francesa, oteaba el horizonte en busca de oportunidades, no podía sino en fijarse en sus primos, los también franceses de origen borbones, que reinaban en España. Tenía la reina borbona de España, Isabel II, una hermana, María Luisa Fernanda de Borbón; y a por ella que se fue el taimado Orleáns, buscando, a todas luces, una carambola.
La tal carambola: todo el mundo en Europa se hacía lenguas sobre el marido de la reina Isabel, el infante Don Francisco de Asís. A veces he leído que si decían que era impotente, otras que si estaba en el armario; lo cierto es que mucha gente estaba convencida de que el matrimonio isabelino jamás engendraría heredero pues para ello hacen falta ciertos acoplamientos que, por fas o por nefas, no se producían en la regia pareja. Así las cosas, de no haber descendencia directa, la línea sucesoria debería desviarse, alcanzando a la hermana: María Luisa. Y, si ella estaba casada con un Orleáns…
Aquel matrimonio fue, en otras palabras, una OPA hostil dinástica. Así lo entendieron los ingleses, por ejemplo, los cuales, temiendo un excesivo poder de Francia en el continente, partieron peras con España tras la boda de la reina Isabel.
Del matrimonio Montpensier-Borbón se dicen muchas cosas, entre ellas que, para estar forrados, eran tirando a cutres. Los sevillanos, sus convecinos, que históricamente han sido dados a reinventar el nombre de hombres y cosas y, por ello, al portero ruso del Sevilla Dasaev le llamaban Rafaé, y a la coalición abertzale Euskal Herritarrok llamaban La Escalerita Rock, bautizaron al duque Mesié Combián (Monsieur Combien), porque siempre estaba preguntando el precio de todo.
Otra cosa que se dice de marido y de mujer es que ambos perdían el culo por ser rey y reina.
En 1848, las cosas comenzaron a torcerse. En Francia hubo una revolución y a Luis Felipe le encendieron el pelo, amén de colocarlo en la frontera. Así que la pareja Montpensier-Borbón hace caso de Josele y su famoso ¡Vente p’a España, tío!, y para aquí que se vienen. La reina Isabel II los quiere tanto y tiene tan claro que le quieren quitar la corona que les dice que se vayan a Sevilla y que Madrid ni lo pisen. Allí los duques se establecen, compran fincas, empiezan a vender naranjas, a hacer dinero, y… a financiar, con ese dinero, a los grupos revolucionarios que quieren acabar con la monarquía borbónica. Movimientos que cristalizan en Alcolea, donde Topete y Prim, en compañía de otros, dan un golpe que acaba con la monarquía.
El país quedó en manos de Prim, un militar liberal que decía, a quien le quería oír, que él tenía la solución mágica para hacer que la monarquía funcionase en España. Lo malo es que no la escribió, porque en 1870, cuando el rey elegido, Amadeo de Saboya, aún no había llegado a España, Paul y Angulo se apiolaron (coña es) al bueno de Prim, y nos quedamos sin saber cuál era esa fórmula mágica a la par que infalible. En aquel entonces, muchos fueron los que dijeron que la pasta necesaria para que Prim fuera muerto la puso Montpensier, mosqueado porque él había financiado la Gloriosa de 1868 y cuando, en justa contraprestación, exigió ser el elegido para reinar en España, Prim le mandó a tomar por donde amargan los pepinos.
Sin embargo, esto no es tan cierto. Montpensier fue un candidato serio a reinar en España y, si perdió su oportunidad, no fue, o no fue solo, por Prim, sino por él mismo, y por hacer el gilipollas. Y, si no, juzgad vosotros mismos.
Entra en nuestra escena el infante don Enrique, hermano de don Francisco de Asís y, por lo tanto, cuñado de la reina destronada, Isabel II. A pesar de ser de familia regia y tal, Enrique era un liberal. Más que eso: era, según todos los indicios, masón y republicano, lo cual tiene cierto mérito llamándose Borbón en alguna parte de la larga ristra de apellidos. Tampoco podemos olvidar que, si sospechamos que las relaciones entre la pareja Antonio-María Luisa y Francisco de Asís-Isabel no fueron lo que se dice buenas, es probable que en ello hubiese albergado cierta inquina contra el personaje que había querido joder a su hermano.
En los meses previos a la elección del nuevo rey, Montpensier repartió dinero a manos llenas entre los grandes personajes de España, logrando ganar para su partido voces tan notables como la del general Serrano o el propio Topete que había dado el golpe con Prim. El infante don Enrique, mosqueado por esta ofensiva, publicó en el diario La Época un manifiesto gravemente injurioso contra el duque.
En el tal manifiesto, entre otras lindezas, el infante decía «que soy, y seré mientras viva, el más decidido enemigo político del duque francés»; también aseveraba que lo despreciaba, «sentimiento justificado que, por su truhanería política, experimenta todo hombre digno en general, y todo buen español en particular». Para terminar vituperando a «este príncipe, tan taimado como el jesuitismo de sus abuelos, cuya conducta infame tan claramente describe la Historia de Francia». Como colofón, lo calificaba de «hinchado pastelero francés».
Tras un intercambio de esquelitas entre injuriado e injuriador, tan sólo para confirmar que las palabras escritas lo habían sido ciertamente por quien aparecía firmándolas, Montpensier llamó a los generales Fernández de Córdoba y Alaminos, así como a su también amigo el coronel Felipe Solís, para que exigiesen del infante una retractación pública o la reparación por las armas.
Sí: le conminó a batirse en duelo.
Bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, en España los duelos eran ya más viejos que, con perdón, mear de pie. Eso de los duelos quedaba para las novelas de Dumas y las exaltaciones de los almas de cántaro. No obstante Montpensier, por cabreo o porque era un antiguo o por ambas cosas, tiró para delante. Es probable que el infante intentase no batirse; utilizó la estratagema de elegir como padrino al general Baldomero Espartero, quien entonces tenía 76 años y vivía en Logroño, enfermo. Ante la insistencia de los monpensieristas, acabó, sin embargo, designando otros padrinos: los diputados republicanos Federico Rubio y Ernigdio [sic] Santamaría.
Hubo negociaciones entre padrinos por ver de alcanzar un acuerdo sin duelo; pero la negativa del infante a todo lo que pudiese oler a retractación hizo inevitable el enfrentamiento. El duque, como ofendido, tenía derecho a elegir arma, y escogió la pistola. Ambos contendientes se situarían a nueve metros de distancia el uno del otro, y dispararían. Si fallaban, se acortaría el espacio un metro y, luego, volverían a disparar, las veces que fuera, ya sin moverse del sitio, hasta la primera sangre. Los disparos, por último, no serían simultáneos, sino consecutivos.
El duelo se celebró a las diez de la mañana del 12 de marzo de 1870, en el antiguo portazgo de las Ventas de Alcorcón, que algún día tengo que averiguar dónde leches estaba. Fueron testigos los padrinos y los médicos Luis Leiva y José Sumsi. Las pistolas se compraron en una tienda llamada Hormaechea, sita en el número 5 de la calle Alcalá.
Se sortearon las pistolas, y el turno. El infante dispararía primero.
¿Está chupado acertarle a un hombre a nueve metros? No sé, nunca lo he intentado. Las crónicas dicen que el infante disparó con mano firme; pero entonces quizá fuese miope, porque falló completamente. Le tocó el turno al duque, quien disparó con gran aplomo. Y falló. Mientras se recargaban las pistolas los padrinos, visiblemente nerviosos porque veían que aquello no paraba, pactaron, cuando menos, que la distancia no fuese acortada un metro como se había previsto. Supongo que pensaron: si no son capaces de darse, les dejamos aquí disparando hasta que se cansen o hasta que alguien haga un poco de sangre.
De nuevo disparó don Enrique, y falló de nuevo. Disparó luego Montpensier, y su bala acertó de lleno en la llave de la pistola de su oponente, partiéndose en dos. Los médicos acudieron a toda leche para certificar que dicho percance hubiera producido en el duelista alguna herida; primera sangre es primera sangre, así pues, si aquel chicotazo hubiese provocado una hemorragia, por pequeña que fuese, el duelo podría haberse dado por terminado. Sin embargo, comprobaron desanimados que el infante estaba impoluto, así pues el duelo debió proseguir.
Según un testigo, mientras recargaba su pistola, el infante masculló:
‑No lo digo por eludir el encuentro, que no sería digno de mí; pero dentro de breves instantes seré cadáver. El último disparo y el sitio en que me ha dado la bala me dan la medida de las intenciones del francés; tiene el ojo certero, lo saben sus amigos y por eso insisten en que se repita la maniobra. Pero descuiden ustedes, que quedaré con honor.
Esta confesión nos da luz sobre algunos aspectos. ¿Mala puntería? Ni de coña. Ambos eran capaces de acertarse a nueve metros. Lo que pasa es que era un duelo a primera sangre, un duelo que terminaba en cuando alguno de los contendientes fuese herido, y eso es lo que procuraban los duelistas: no disparaban a dar, sino a no dar, a dar de refilón. Sin embargo, por alguna razón, a la luz de los hechos, Montpensier decidió, en algún momento, tirar a dar.
Disparó una vez más el infante, y falló. Disparó Montpensier, y su contrincante cayó al suelo, a plomo. El tiro le perforó el hueso temporal y le desparramó los sesos por la tierra. Lo que se dice un tiro en todo el cabolo. Si hemos de creer las crónicas contemporáneas el duque, al ver lo que había hecho, mordió su pañuelo, asustado y, volviéndose a sus padrinos, chilló:
‑¿Por qué quisieron ustedes que apuntásemos?
Lo cual abre la posibilidad de que alguien, a saber por qué intereses, le hubiese calentado los cascos.
Aquel suceso acabó con las posibilidades de Montpensier. España nunca elegiría a un rey que se batía en duelo y, no sólo eso, sino que aprovechaba dicho duelo para matar a un adversario. En el momento de caer don Enrique a la dura tierra de las Ventas de Alcorcón, se tendía junto a él otro cadáver: el cadáver político de Antonio de Orleáns, duque de Montpensier.
Exiliados a Francia por no acatar a Amadeo de Saboya, los Montpensier-Borbón acaban pactando el matrimonio de una de sus hijas con Alfonso de Borbón. En 1877, siendo ya rey, Alfonso conoce a la bella María de las Mercedes, esa niña que, como canta la copla,
Su carita era de cera
y sus manos de marfil,
y el velo que la cubría
de color carmesí.
Así pues, al final, el ambicioso Antonio había medio conseguido su sueño. Volvería a España y el personal tendría que llamarle Alteza.
Pero el destino es el destino y, como canta Rubén Blades,
Si nasiste p’a martillo
del cielo te llueven los clavos.
lunes, marzo 12, 2007
Los sucesos de Salamanca
Debo pedir perdón. De un tiempo a esta parte, recibo algunas críticas de personas cercanas a mi yo sin seudónimo, las cuales se enteran (no sé yo por qué extraños conductos, si yo no se lo cuento) de que el autor de este blog soy yo. Lo leen y me dicen que si divertido, que si interesante, que si tal... pero me critican porque escribo demasiado. Me dicen que el lector electrónico (el que lee en pantalla, o sea el lector de blogs) es menos fiel que el lector de papel y que, por eso, debiera yo moderarme en las resmas de palabras que voy vomitando aquí. Debo confesar que no sé hacerlo. Me gusta contar lo que sé, o lo que creo que sé, y cuando voy a cortar el texto, los dedos se me hacen huéspedes.
Así que, lejos de cumplir con tan bienintencionados consejos, aquí os dejo otro ladrillazo más. En fin, es hijo de mis propias manías, pues yo me pasé años queriendo saber qué narices había pasado en el 37 en Salamanca que decían que había sido tan importante pero que nadie o casi nadie contaba. Sé que me ha salido un texto superferolítico, pero prometo moderarme en el futuro.
O eso supongo.
En la primavera de 1937, la guerra civil española dio un giro de gran importancia. Fueron varias las cosas que pasaron y casi ninguna en los frentes. En realidad, la primavera de 1937 fue especialmente intensa en la retaguardia y, curiosamente, en ambos bandos, Franco por un lado y la República por el otro, en el fondo ocurrió lo mismo: en ambos casos, lo que se produjo fue una aclaración del horizonte político de las fuerzas que apoyaban a uno y otro bando. Si la República se deshizo en aquellos días de la insoportable presión que el anarquismo ejercía sobre la voluntad de hacer una guerra seria, Franco también se deshizo, por aquellos días, de su propio anarquismo disgregador e individualista. Hoy hablaremos de este último caso y de los tristísimos sucesos que provocó. Los sucesos de Salamanca.
Según estimaciones fiables, en julio de 1936, cuando estalló la guerra civil, Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FE de las JONS) era un partido minoritario y roto. Minoritario porque no tendría más allá de 6.000 miembros en toda España, de los cuales aproximadamente la mitad, «cayeron» en zona republicana, por lo que su efectividad era nula o inexistente; el primero de los de este grupo, el fundador y líder del partido, José Antonio Primo de Rivera, que estaba en la cárcel, primero en Madrid y después en Alicante; así como Nemesio Fernández Cuesta, Ruiz de Alda y otros notables, algunos de los cuales no sobrevivirían a la experiencia.
Este partido, no obstante haber tenido unos votos ridículos en todas las elecciones que se celebraron en la República y ser un partido de corte terrorista que había intentado matar incluso a diputados en Cortes (así, el socialista Jiménez de Asúa, en la calle Goya de Madrid), se convirtió en la gran reserva espiritual del alzamiento de las derechas, por dos razones fundamentales: la primera, porque su filosofía filofascista y de acción directa tenía muchos apoyos dentro del ejército, que fue quien realmente comandó desde el principio la rebelión; y, segundo, por el indudable aporte de combatientes que, en la siempre difícil primera hora de todo golpe de Estado, supo aportar (a petición de Mola, Falange sería capaz, en los primeros meses de la guerra, de dirigir una exitosa leva de 15.000 combatientes). No obstante, en esta situación hay algo que, supongo, no os cuadra del todo: un partido político con gran poder pero sin dirigentes de carisma. En efecto: más pronto que tarde, la pelea por liderar aquello tenía que empezar.
Comenzó pocas horas después del 20 de noviembre de 1936, es decir cuando se supo que José Antonio Primo de Rivera, el líder a quien todos esperaban en zona nacional, había sido fusilado en Alicante. Como ya hemos visto, los intentos por liberar a José Antonio fueron varios, pero chocaron con la obstinación republicana y con cierta pasividad alemana que, como veremos después, quizá tuviera su sentido. Lo importante aquí, no obstante, es tener claro que la muerte de José Antonio dejaba a la Falange sin un líder claro, situación ésta que debía resolverse lo antes posible.
A finales de 1936, sin embargo, ya no había una sola Falange. El partido se había hecho demasiado grande e importante como para permanecer con una sola facción. Dependiendo de los autores a los que leáis se os dirá que dentro de Falange había dos o tres tendencias. Una, la más clara, estaba formada por los falangistas del Norte de España, casi todos ellos personas de orígenes proletarios o casi proletarios, los cuales eran apoyados, además, por los intelectuales del partido, es decir gentes como Dionisio Ridruejo que, en aquellos primeros momentos de la guerra, sostenían posiciones abiertamente fascistas y estaban entregados a las filosofías del nuevo amanecer de la Humanidad que prometían experiencias como Italia o Alemania. Un segundo grupo eran los falangistas de corte más universitario, el mal denominado Grupo de Madrid (digo mal denominado porque había importantes elementos andaluces o extremeños) con ideas también muy radicales pero dispuestos, por así decirlo, a hacer de Falange un partido político de derechas, muy de derechas, alejado de las veleidades obreristas del fascismo (desde el falangismo se sostenían, en ocasiones, duros discursos anticapitalistas que, de hecho, hicieron relativamente fácil el diálogo tras la guerra entre cierto falangismo y cierto anarcosindicalismo). El tercer grupo estaría formado por falangistas de última hora con más experiencia política, dedicados a construir un partido político algo más moderado. Pero estos terceros, por mucho que a veces se los cite, mandan en esta historia menos que un gitano en una comisaría. Que se sepa.
El falangismo de tripas, protorrevolucionario, era un falangismo basado en iconos personales y, muerto José Antonio, escogió otro: Manuel Hedilla. Hasta la guerra, Hedilla no se había destacado especialmente dentro de Falange, aunque había demostrado su capacidad organizativa, que hizo mucho a favor del triunfo del golpe en Galicia, pues el 18 de julio le pilló en Vigo. La ausencia de líderes destacados dentro del partido, añadido al hecho de que Hedilla estaba en zona nacional y muy pronto bajó a Salamanca, donde se cortaba todo el bacalao de la guerra por parte franquista; así como su excelente relación con el general Emilio Mola, cogolpista junto con el propio Franco y con Sanjurjo, le valieron el nombramiento de jefe provisional de la Falange; provisional porque, si bien no eran pocos los miembros de la cúpula del lado nacional que sabían bien que José Antonio estaba muerto, esta realidad no se daba por cierta para mantener la moral.
Manuel Hedilla tenía dos grandes colaboradores: por un lado, el también cántabro Víctor de la Serna y, por otro, el catalán José Antonio Serrallach, personaje éste último muy interesante porque, entre otras cosas, algún testigo de aquellos días ha aseverado que le fue presentado a Hedilla por el embajador alemán en España, Wilhelm von Faupel, y que, de hecho, sería una especie de espía al servicio de los nazis. Este hecho, de ser verdad, abonaría la tesis, que de alguna manera se huele en los sucesos de Salamanca (unido a la antes mentada pasividad alemana para liberar a José Antonio) de que, tal vez, Hitler hubiese decidido jugar, a través de Falange, a controlar España. Lo cierto es que el primer candidato a mandar en Falange tras José Antonio, es decir Hedilla, tenía una copia del Mein Kampf dedicada por el Führer en persona; y que el segundo, Manuel Serrano Súñer, era uña y carne con, entre otros, el ministro nazi de exteriores, Joachim von Ribentropp.
Frente a Hedilla, De la Serna, Serrallach et altera, se encuentra el falangismo del grupo de Madrid, comandado por un sevillano, Sancho Dávila. Poco tiempo después de morir José Antonio, Sancho Dávila inició, nunca sabremos bien si motu proprio o impulsado para ello por Franco, la negociación para la fusión entre los dos grandes partidos del nacionalismo franquista: falangistas y carlistas. Lo que sí sabemos es que ya a finales de 1936 Franco estaba pensando en el tema. Por un lado, no le gustaba la propuesta de su hermano Nicolás, quien propugnaba la creación de un partido político nuevo sin base social, a la usanza de la Unión Patriótica del general Primo de Rivera; pero, por otro lado, sentía aversión hacia los partidos políticos, a los que consideraba responsables de la degradación de las democracias liberales. Quería, pues, un partido que no fuese un partido, y que pudiese dominar. Aunque no era el único que deseaba la desmovilización política de falangistas y requetés. Éste era también el deseo de las fuerzas políticas monárquicas que habían batallado desde sus exigüas minorías parlamentarias durante la República y que ahora demandaban al nuevo Estado que, de alguna manera, controlase las veleidades de aquellos grupos tan radicales. Inquietud que era compartida por el gran capital y es por eso que se ha escrito que dos de los grandes muñidores de la exaltación que, en aquellos días salmantinos, acabaría provocando muertos, fueron dos elementos, Ladislao López Bassa y Vicente Orbaneja, que habían sido enviados a malmeter por algún importante financiero, deseoso de desactivar aquella bomba fascista.
Las cosas, sin embargo, no son tan fáciles de conseguir, porque tanto falangistas como carlistas querían hacer las cosas por su cuenta. Hasta diciembre de 1936 no logró Franco decretar la unificación de sus fuerzas combatientes, lo cual quiere decir que, hasta entonces, un carlista, por ejemplo, era un carlista, no un soldado. De hecho, la tentativa de los carlistas de crear su propia academia militar provocó que Franco tuviese que exiliar a Portugal al líder tradicionalista, Manuel Fal Conde.
En enero de 1937, la España franquista es un hervidero de proyectos de futuro. Si dejamos volar la imaginación y damos por bueno todo lo que se ha dicho o insinuado a este respecto, en ese momento tenemos: a Hedilla trabajando para consolidar un liderazgo en Falange que haga de ésta el partido político custodio de la pureza fascista del nuevo régimen español; a Sancho Dávila coqueteando, por ideas propias o inducidas, con crear un solo partido con los carlistas; a los monárquicos de toda la vida jugando la baza del regreso, algún día, de los borbones; a las terminales de Mussolini en Salamanca trabajándose una hipotética reconstitución de la monarquía saboyana en España; al general Mola siendo, como poco, tentado para presidir un gobierno cívico-militar de las derechas; y a los nazis jugando a controlar a la Falange y, a través de ella, a Franco.
Y luego Franco, claro, mirando por su interés.
Las negociaciones entre la Falange-Dávila (acompañado por Escario y Pedro Gamero del Castillo) y el carlismo (Fal Conde, Santiago Arauz de Robles y José María Oriol) se producen a mediados de febrero de 1937 en Lisboa, pero fracasan. Los dos documentos que ambas partes se intercambian como proyectos de fusión son antípodas; uno dice dónde vas, el otro manzanas llevo. Falange quería (se creía con poder para exigir) comerse al carlismo a cambio de nebulosos compromisos de consultar a Don Javier de Borbón-Parma el día que se plantease la que llamaba «Nueva Monarquía de España, como garantía de la continuidad del Estado nacionalsindicalista y base de su Imperio» (monarquía cuya puesta en marcha tampoco quedaba muy clara en el documento, en todo caso); los carlistas querían una fusión operativa pero no jurídica, es decir una relación de primus inter pares; la integración de ambos idearios, o lo que es lo mismo la matización carlista de los puntos de Falange; y una mayor atención hacia los principios del tradicionalismo. Una vez fracasado este intento, la rivalidad entre falanges se desplaza a la propia Falange.
El Grupo de Madrid utilizará como ariete contra Hedilla a un personaje también curioso: Rafael Garcerán. Garcerán era pasante de José Antonio pero, a pocas semanas del golpe de Estado, tenía más bien poco de falangista; de hecho, ni siquiera era miembro del partido e incluso había llegado a militar en el socialismo madrileño. Fue Garcerán, de hecho, quien lanzó la idea de que, en ausencia de José Antonio, Falange debía ser comandada por un triunvirato, lo cual equivalía a atacar el personalismo de Hedilla y ponerle en dificultades, ya que iba escaso de equipo. El primer enfrentamiento serio se producirá en febrero de 1937. En dicha fecha, se produjo el primer aniversario del discurso de José Antonio en el cine Europa de Madrid; un discurso inflamado, de corte revolucionario, que el líder de Falange había pronunciado en las vísperas de las elecciones ganadas por el Frente Popular. Hedilla dio la orden de distribuir en zona nacional 25.000 copias del discurso, pero una de las terminales de Garcerán, el delegado de Prensa y Propaganda Vicente Gay, ordenó retirarlas. El jefe provincial de Burgos, José Andino, uno de los miembros de la «Falange del Norte» hedillista, lo leyó en Radio Castilla, motivo por el cual fue arrestado. Costó mucho amansar aquellas aguas pues, entre otras cosas, un grupo de hedillistas gallegos estuvo a punto de sacar a hostias a Andino de la cárcel.
Hedilla, por su parte, sigue con su tiki-taka y abre dos academias de oficiales, una en Sevilla y la otra en Salamanca; ésta, la famosa academia de Pedro Llen que tendrá un papel tan importante en los sucesos de Salamanca. Al frente de la academia salmantina se coloca un nazi finlandés, Karl Magnus von Hatmann, lo cual abona la tesis de que el movimiento por parte de Hedilla fue hecho en connivencia con Von Faupel y los nazis. Esta vez, nadie fue expulsado de España, como le ocurrió a Fal Conde.
Agustín Aznar y Sancho Dávila, falangistas del grupo de Madrid que ha fracasado en el intento de pillar cacho en el poder del partido consiguiendo fusionarlo con el carlismo, todo ello probablemente tras la amorosa mirada de Franco, se dan cuenta de que la única forma de cargarse a Hedilla es ir a por él. Así las cosas, comienzan a coleccionar acólitos. Encuentran pronto a Garcerán, que tiene ganas, y se les une José Moreno. Este cuarteto salmantino (Aznar, Garcerán, Dávila y Moreno, los padres de la movida antihedillista) consigue atraerse a algunos falangistas de cierto corte radical, tales como Jesús González Vicén y José Antonio Girón de Velasco.
El 12 de abril, sin poder esperar ni un minuto más porque este piélago de poderes y podercillos está minando la capacidad bélica del bando nacional, Franco da el francazo y convoca a los carlistas más proclives a la unificación (sobre todo, el conde de Rodezno) y les cuenta lo del decreto con el que va a crear un solo partido. Cuando Hedilla, que no está en Salamanca, se entera, su reacción es convocar un Consejo Nacional de Falange, a todas luces para oponerse, el 25 de abril siguiente. El 13 de abril, en San Sebastián, Hedilla se entrevista con Ángel Alcázar de Velasco, un joven falangista de acción que había sido condecorado por el propio José Antonio por su labor repartiendo leches en Asturias tras el golpe del 34. Alcázar de Velasco escribió sus memorias mucho más tarde, en el 76, muerto Franco y muerto Hedilla, y en ellas cuenta que, en dicha reunión, Hedilla le aseveró que Falange estaba a punto de romperse en pedazos y le conminó a espiar a un grupo de falangistas y cercanos, todos ellos más o menos identificados con el Grupo de Madrid o con la camarilla directa de Franco. Eran: Ramón Serrano Súñer, Alfonso García Valdecasas, Eduardo Aunós, Ernesto Giménez Caballero, Gumersindo García y Pedro Gamero del Castillo. Prueba también de que Hedilla esperaba que a mediados de abril hubiese follón es que, un par de días antes de los trágicos sucesos del 16-17 de abril, dio orden al delegado de Sanidad de Falange, Tomás Rodríguez, para que reforzase las estructuras asistenciales en previsión de que hubiese heridos.
El 14 de abril, en el hedillismo se produjo un movimiento tendente a enviar a alguien a Pamplona, donde los carlistas se reunían para discutir la unificación que les había propuesto Franco. Sin embargo, Hedilla no impulsó la medida. Según Alcázar de Velasco, en ese punto todavía confiaba en Franco y pensaba que era Serrano quien malmetía sobre él ante el caudillo; o sea, le pasaba como a esas personas que, tras las elecciones de 1982, se hacían empanadas mentales con las discusiones entre Felipe González y Alfonso Guerra, siendo lo cierto que actuaban coordinados. Con este espíritu se entrevistó Hedilla con uno de los padres de la unificación, el diplomático franquista José Antonio Sangróniz y Castro, el cual le vendió a Hedilla la milonga de que la unificación suponía dejarle todo el espacio político a Falange porque Franco se quería dedicar en exclusiva a ganar la guerra. Otrosí: Hedilla se tragó que Franco quería un Estado con dos jefes. O sea: no conocía a Franco.
En esos días (15 y 16 de abril de 1937), Salamanca se empieza a llenar, sospechosamente, de falangistas armados. Son los hedillistas, que salen a la calle a marcar paquete; y los conjurados de Sevilla, Madrid y Valladolid, que se apresuran a dejarse caer por la ciudad castellana. El día 16, a las once de la mañana, los conjurados se reúnen y designan un triunvirato que sustituirá a Hedilla, formado por Aznar, Garcerán y Moreno. Fuertemente armados y escoltados, se van a la calle del Toro, sede de la Junta de Mando de Falange, que está a rebosar de personal que se huele la tostada y con fuerte presencia de los guardias civiles de Lisardo Doval, un represor franquista que se ha fogueado acabando con el golpe revolucionario de Asturias. Hedilla está ya en su despacho en compañía de sus incondicionales: Víctor de la Serna, Serrallach, Maximiliano García Venero, Francisco Yela y José Sáinz. Entre De la Serna, el catalán y García Venero, los verdaderos confidentes del jefe provisional, le convencen de que no obstaculice la entrada de los tres conjurados en el edificio, probablemente para evitar la sangre. El jefe salmantino, Laporta, trató de hacer de hombre bueno y negociar con los confabulados; pero fracasó, y éstos se presentaron para cesar a Hedilla.
A las once pasadas de la mañana, allí mismo le entregan un pliego de cargos en el que, entre otras cosas, le llaman analfabeto, y le cesan. Lejos de enfrentarse, Hedilla sale de la sala y solicita, inmediatamente, una entrevista con Franco. Aquí puede estar la clave de por qué acepta con tanta naturalidad su cese; si hemos de creer a Hedilla, él había discutido ya la eventualidad de su cese por los triunviros con el teniente coronel Antonio Barroso Sánchez-Guerra, de profesión muñidor en el Cuartel General de Franco (formalmente, Jefe de la Sección de Operaciones del Cuartel General). Según Hedilla, éste le dio instrucciones de dejar hacer a los confabulados, dándole a entender que quien tenía el apoyo de Franco era él. Pero, quizá, a las pocas horas caería en la cuenta el falangista santanderino de que eso no era una verdad completa. Como ya he dicho, Hedilla pide una entrevista con Franco. Pero éste no le recibirá; sólo podrá ver al teniente coronel Barroso. Por su parte, el nuevo poder de Falange solicita a mediodía una entrevista con el caudillo, que les recibe a las cuatro de la tarde. No parece difícil de adivinar con qué equipo iba el generalísimo.
Por su parte, en la entrevista con Barroso éste, lejos de ofrecerle a Hedilla el apoyo de Franco, lo que le ofrece es asilo para que duerma esa noche en el Cuartel General y salve el pellejo. Hedilla, hemos que suponer que maxicabreado, se niega.
Una de las historias que circuló entre los hedillistas respecto de aquella jornada del 16 sostiene que las instrucciones de los partidarios del triunvirato era matar a Hedilla. Alcázar de Velasco, que fue condenado por los sucesos de Salamanca, dice en su libro haber trabado conocimiento en la cárcel con un tal Ángel Isasi, quien le aseguró que el 16 de abril de 1937 tenía encomendada la misión de aprovechar cualquier tumulto para clavarle un punzón a Hedilla y matarlo. No obstante, la certeza de estos datos es muy difícil de establecer.
Se escenifica el aroma de consenso respirado en Falange. El nuevo triunvirato cursa mensajes a toda España sobre la nueva situación, que no llegan a ninguna parte porque son saboteados en Correos y Telégrafos por los hedillistas. Por su parte Hedilla, a media tarde, se coge un mosqueo de puta madre cuando se da cuenta de que Franco le reserva a sus puteadores todas las atenciones que con él no ha tenido. Es por ello que convoca al jefe de Falange en Salamanca, Laporta, y le da orden de tomar por la fuerza la Junta de Mando, que está en poder del triunvirato y sus cadetes de Madrid. A última hora de la tarde llega a Salamanca otro hedillista, el consejero nacional del SEU José María Alonso Goya, quien recibe de Serrallach la orden de ir a la Academia de Pedro Llen a recoger allí a unos falangistas catalanes , que serán quienes tomen la Junta de Mando. Aunque en un principio el instructor de la academia, Von Hartmann, se niega a movilizar a los cadetes aduciendo que no hay orden escrita de Hedilla, finalmente cede y los falangistas son trasladados a Salamanca.
Hedilla asevera en sus memorias que le dio instrucciones a Goya, a través de Serrallach, de que no hubiese ningún tipo de violencia. Alcázar de Velasco, sin embargo, asevera en su libro que López Puertas, quien como veremos ahora mismo fue con Goya a la casa de Sancho Dávila, le confesó en la cárcel que llevaban instrucciones de trincar a Dávila, pero que a Garcerán lo tenían que matar. Incluso citaré otra versión según la cual también a Dávila iban a matarlo. ¿A quién creemos? Supongo que es una cuestión personal.
El relato de los hechos de la noche del 16 al 17 de abril de 1937 es, tal y como la conozco hoy, tal que así.
Alonso Goya, Daniel López Puertas y otros cuatro hedillistas (Fernando Ruiz de la Prada, Aureliano Gutiérrez Llano, Santiago Corral y Corpas) van, de madrugada, a casa de Sancho Dávila, sita en el número 3 de la calle Pérez Pujol de Salamanca, para detenerlo. La casa está en una esquina de la Plaza Mayor de Salamanca. Goya da palmadas y grita para llamar al sereno. Mientras el empleado municipal llega para abrirles, se dirige a López Puertas.
- Amartilla la pistola. Y que éstos [los otros cuatro de la partida] hagan lo mismo. Tomad cada uno dos bombas. Os colocáis donde yo diga y no os mováis por nada. ¿Estamos?
Subieron por la escalera, Alonso Goya y López Puertas por delante. Al llegar al piso de Dávila, Goya situó a Corpas y Ruiz en el rellano y a Gutiérrez y Corral en el zaguán del piso. Entró con López Puertas, indicándole que permaneciese a tres metros de él. El plan de Goya era: si Dávila se negaba, cosa probable, él le encañonaría, mientras López Puertas entraría con una bomba en la mano y llamando a Gutiérrez y Corral para que entrasen con él.
‑Este sale con nosotros por su pie o en parihuelas –sentenció Goya.
A partir de ahí, es difícil saber lo que pasó. Se sabe que Goya entra en el dormitorio de Sancho Dávila para detenerlo y que allí está el falangista sevillano con un guardaespaldas llamado Manuel Peral. Sancho Dávila se niega a irse con Goya.
- Vosotros me vais a matar. ¡Me vais a pasear, cabrones!
Goya trata de tranquilizarlo. Sancho Dávila, que está en camiseta y calzoncillos porque estaba durmiendo, trata de coger su pistola, que tiene bajo el colchón. En ese momento, según algunas versiones, un escolta de Dávila, fuera del dormitorio, lanza una bomba. Al volverse Goya hacia el estruendo, Peral le dispara en la nuca y lo mata. Según López Puertas, no hubo tal bomba: Peral se limitó a asomarse desde una habitación contigua, cogió por sorpresa a Goya y lo mató. En todo caso, después de que ocurre todo esto, López Puertas entra en la habitación. Ve a Goya en el suelo, a Peral agachado sobre él, y dispara a éste, matándolo. Sancho Dávila chilla pidiendo que no le maten, se abalanza sobre López Puertas y llega a morderle el brazo. Todo ese follón provocó la entrada en la habitación de Gutiérrez y Corral, que iniciaron un enfrentamiento con otros guardaespaldas de Sancho Dávila en el que, al parecer, sí que se arrojaron bombas.
Si hemos de creer a Alcázar de Velasco, uno de los cinco compañeros de Goya le confesaría, pasado el tiempo, que en la calle, antes de entrar, Goya le habría dado una instrucción muy concreta:
‑Cuando le saquemos a la calle [a Dávila] le pegas un tiro. Nadie sabrá quién ha sido.
Esta tesis, obviamente, se da de bruces con la versión que Hedilla montó de su propia vida, la de la instrucción de «cualquier cosa menos violencia» (y, si tan pacíficos eran, ¿por qué llevaban bombas?)
Según Ángel Alcázar de Velasco, quien disparó contra Goya fue Sancho Dávila. Lo cierto es que éste tenía una pistola del nueve corto y Peral, del nueve largo. La solución hubiera estado en la autopsia al cadáver de Alonso Goya; pero esa autopsia nunca se realizó, y no sabemos por qué. En alguna tumba salmantina puede estar, aún hoy, la respuesta a este misterio.
Tras detener a Sancho Dávila, los hedillistas se fueron a por Garcerán, pero éste les recibió a tiro limpio desde el balcón de su casa. Garcerán, a todas luces, estaba histérico. Ni siquiera bajó la guardia cuando llegó la guardia civil, al mando de Lisardo Doval. Les acusó de ser los asesinos de Calvo Sotelo, y siguió disparando.
Al día siguiente de estos sucesos, 18 de abril, se celebra sesión extraordinaria del Consejo Nacional de Falange. A pesar de que Lisardo Doval ha cerrado Salamanca, consiguen llegar todos, salvo, claro está, Dávila, que está preso. En su discurso ante el Consejo, Hedilla afirma, y es hecho que la historiografía tiende a dar por cierto, que Sancho Dávila tenía una lista de… ¡47 nombres!, de falangistas que pensaba cargarse. Los conjurados se justifican hablando de los rumores que había de creación de un gobierno Hedilla-Mola (un bulo que fue tajantemente desmentido por el propio Mola). Hedilla es elegido jefe de Falange. Esta vez sí que es recibido por Franco; no sólo eso, sino que el caudillo le anima a salir al balcón del cuartel general, donde ambos son vitoreados en medio de un larguísimo abrazo.
Los abrazos de Franco se hicieron famosos en aquellos años. Abrazó a Eisenhower de visita a España, y Ike no tardó en morir. Abrazó al padre de Hassan II de Marruecos y también se lo cargó. Abrazó a Hedilla, y…
El día 19, Hedilla parece haber ganado. Los miembros de las centurias de falangistas de Madrid, o sea los que habían llegado a Salamanca como poco para cesarlo (según otras versiones, creíbles a la vista de cómo se las gastaban en esa familia, para matarlo) son enviados al frente. Sin embargo, a las ocho de la noche de ese día, Hedilla recibe una carta de Franco con el texto del decreto de unificación y el discurso que el caudillo va a pronunciar. Has ganado para nada, chaval. A Hedilla se le reserva en el proyecto lo que desde entonces tuvieron los falangistas: la secretaría de un movimiento presidido por Franco.
Movimiento, además, sutilmente mutilado. El decreto de unificación por supuesto que reconoce la herencia que el franquismo le debe a la Falange, hasta el punto de asumir, para la organización del Estado, los famosos puntos programáticos elaborados por José Antonio y sus adláteres. Sin embargo hay, como ya he dicho, una sutil manipulación. Los puntos asumidos son 26, pero Falange tenía 27. ¿Cuál se quedó fuera? Pues se quedó el vigésimo séptimo, fruto en su día de interminables negociaciones entre José Antonio y su socio jonsista, Ramiro Ledesma. Apoyado por las fuerzas radicales de aquellas juntas de ofensiva, donde entonces militaban algunos irreductibles franquistas del futuro como José Antonio Girón, el punto 27, redactado por las JONS, era un rechazo puro y duro de cualquier colaboración o pasteleo con fuerzas o partidos políticos. José Antonio, tras numerosas negociaciones, idas y venidas asistido por una de las «cabezas» del falangismo, Vicente Gaceo, dejó aquella cosa tan categórica en una redacción algo más difusa, en la que se aseveraba que la Falange pactaría poco (pero pactaría), aunque sólo con las fuerzas «sujetas a nuestra disciplina». Esto último es lo que Franco, en el momento de la unificación, ya no podía asumir. Allí ya no quedaba más disciplina que la suya.
El día 20, Hedilla y Franco se ven de nuevo, aunque es de suponer que ya no son tan amiguitos. Aquí es donde se produce el único movimiento que, probablemente, Franco no ha previsto: la negativa de Hedilla a conformarse con la gavela y la poltrona del mando teórico de la Falange (negativa que le dotará, ante las futuras generaciones de falangistas, de esa aureola de honrado a machamartillo que aún conserva). A todas luces, los terminales franquistas buscan una salida airosa para el asunto: tanto Von Faupel como el embajador italiano, Cantalupo, ofrecen a Hedilla un exilio dorado; se niega. Así las cosas, Hedilla es detenido el 23 de abril y procesado por atentar contra la legalidad del triunvirato que le cesó. El 29 de mayo le acusan de haber querido derrocar a Franco. Dos semanas antes, los monárquicos se han incorporado al partido de Franco, Falange Española Tradicionalista y de las JONS; ya está todo atado y bien atado.
En junio, Hedilla es condenado a muerte dos veces. El 18 de julio es indultado, aunque no se lo comunican. A partir de ahí, es encarcelado en Canarias, al parecer en condiciones bastante deplorables, aunque relativamente pronto, a principios de los años cuarenta, su régimen se suavizará por una reclusión vigilada en Mallorca. El régimen, por lo demás, supo ser generoso con Hedilla, como lo fue con otros muchos falangistas a quienes, si el franquismo no les dio el Estado fascista que querían sí, por lo menos, les llenó el estómago. Hedilla fue nombrado Asesor Social de Iberia, trabajo por el que a mediados de los años 50 cobraba 7.500 pesetas (calculo yo que unos dos mil y pico euros de hoy en día); amén de haber sido en los años cuarenta responsable de la entrada de trigo en Baleares (y acusado de corrupción en la molturación) y haber hecho otros negocios y negocietes que implicaban cierta comprensión oficial.
En suma: los sucesos de Salamanca de abril de 1937 suponen la más grave disensión interior en el seno del bando franquista. A unos conspiradores (pues eso hicieron, conspirar) a los que la guerra les empezaba a ir sobre carriles (a finales del 36 creyeron ganarla), se les apareció, en el momento más inesperado, el problema de las disensiones internas y la lucha por el liderazgo dentro del principal partido de la partida, es decir Falange Española y de las JONS. En este sentido la decisión republicana de fusilar a José Antonio, que fue probablemente un tremendo error, estuvo a piques de salirles cojonudamente, pues nada de esto habría pasado si José Antonio hubiese sido canjeado por el hijo de Largo Caballero, como se intentó; o, en cualquier caso, hubiese conseguido pasar a zona nacional como lo consiguió Serrano Súñer o Fernández-Cuesta.
¿Quién muñó todo aquello? Bueno, en primer lugar, fueron las ambiciones personales. Las de Hedilla, Sancho Dávila y Garcerán, sobre todo. Doy por cierto que los tres se vieron, en algún momento, jefes supremos de Falange; momentos que, incluso, llegaron a ser simultáneos en el tiempo. Pero, más allá, sin duda influyeron los manejos de italianos y, sobre todo, alemanes, que querían un liderazgo fuerte, y a la vez manejable, en Falange. Frente a ellos se situó el equipo médico habitual de Franco que, si hemos de creer a Alcázar de Velasco, estaba compuesto por su hermano Nicolás, Sangróniz y Barroso, sin faltar la inevitable fuerza bruta de Lisardo Doval y la colaboración esporádica, pero entusiasta, de personas como Ladislao López Bassa u Orbaneja. Y Serrano Súñer. Porque, aunque el papel de Serrano Súñer en toda esta historia es difícil de delimitar, de lo que no dudo es de que existió. Fue el redactor del decreto de unificación, algo que no habría hecho de no haber estado en el epicentro del merdé. Y, además, está ese argumento que existe siempre en las conspiraciones, que es fijarse en quién se beneficia de ellas. Y quien mandó en Falange acabada la guerra fue, precisamente, Serrano.
Hoy en día, la expresión «memoria histórica» significa, en realidad, memoria histórica ligada a los logros de la República y la represión de que fueron objeto sus defensores. Esto, entre otras consecuencias, tiene la de que estos sucesos que hoy hemos intentado contar tengan más bien poco interés; no le será fácil a ningún estudiante conseguir una buena asesoría de tesis doctoral si lo que pretende es escribir sobre los sucesos de Salamanca. Es probable, sin embargo, que en bastantes puntos haya información de interés al respecto. En la Fundación Francisco Franco, si es que el caudillo fue sistemático en la guarda de documentación, que no sé; y si esa documentación está adecuadamente tratada y clasificada, que tampoco. En archivos, supongo que ya desclasificados, de las diplomacias alemana e italiana de la época, y puede que de otros países como Reino Unido o Francia, pues es seguro que estos movimientos fueron seguidos por muchos. En documentación que tal vez conserven las familias de algunos falangistas descollantes de la época. Y en algún cadáver enterrado. Pero, como ya digo, la actitud normal que tenemos ante estos hechos es olvidarlos, hacer como que no miramos.
Y esto hará que los sucesos de Salamanca permanezcan, per saecula saeculorum, como uno de los hechos más oscuros de la oscura Historia de nuestra guerra.
Así que, lejos de cumplir con tan bienintencionados consejos, aquí os dejo otro ladrillazo más. En fin, es hijo de mis propias manías, pues yo me pasé años queriendo saber qué narices había pasado en el 37 en Salamanca que decían que había sido tan importante pero que nadie o casi nadie contaba. Sé que me ha salido un texto superferolítico, pero prometo moderarme en el futuro.
O eso supongo.
En la primavera de 1937, la guerra civil española dio un giro de gran importancia. Fueron varias las cosas que pasaron y casi ninguna en los frentes. En realidad, la primavera de 1937 fue especialmente intensa en la retaguardia y, curiosamente, en ambos bandos, Franco por un lado y la República por el otro, en el fondo ocurrió lo mismo: en ambos casos, lo que se produjo fue una aclaración del horizonte político de las fuerzas que apoyaban a uno y otro bando. Si la República se deshizo en aquellos días de la insoportable presión que el anarquismo ejercía sobre la voluntad de hacer una guerra seria, Franco también se deshizo, por aquellos días, de su propio anarquismo disgregador e individualista. Hoy hablaremos de este último caso y de los tristísimos sucesos que provocó. Los sucesos de Salamanca.
Según estimaciones fiables, en julio de 1936, cuando estalló la guerra civil, Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FE de las JONS) era un partido minoritario y roto. Minoritario porque no tendría más allá de 6.000 miembros en toda España, de los cuales aproximadamente la mitad, «cayeron» en zona republicana, por lo que su efectividad era nula o inexistente; el primero de los de este grupo, el fundador y líder del partido, José Antonio Primo de Rivera, que estaba en la cárcel, primero en Madrid y después en Alicante; así como Nemesio Fernández Cuesta, Ruiz de Alda y otros notables, algunos de los cuales no sobrevivirían a la experiencia.
Este partido, no obstante haber tenido unos votos ridículos en todas las elecciones que se celebraron en la República y ser un partido de corte terrorista que había intentado matar incluso a diputados en Cortes (así, el socialista Jiménez de Asúa, en la calle Goya de Madrid), se convirtió en la gran reserva espiritual del alzamiento de las derechas, por dos razones fundamentales: la primera, porque su filosofía filofascista y de acción directa tenía muchos apoyos dentro del ejército, que fue quien realmente comandó desde el principio la rebelión; y, segundo, por el indudable aporte de combatientes que, en la siempre difícil primera hora de todo golpe de Estado, supo aportar (a petición de Mola, Falange sería capaz, en los primeros meses de la guerra, de dirigir una exitosa leva de 15.000 combatientes). No obstante, en esta situación hay algo que, supongo, no os cuadra del todo: un partido político con gran poder pero sin dirigentes de carisma. En efecto: más pronto que tarde, la pelea por liderar aquello tenía que empezar.
Comenzó pocas horas después del 20 de noviembre de 1936, es decir cuando se supo que José Antonio Primo de Rivera, el líder a quien todos esperaban en zona nacional, había sido fusilado en Alicante. Como ya hemos visto, los intentos por liberar a José Antonio fueron varios, pero chocaron con la obstinación republicana y con cierta pasividad alemana que, como veremos después, quizá tuviera su sentido. Lo importante aquí, no obstante, es tener claro que la muerte de José Antonio dejaba a la Falange sin un líder claro, situación ésta que debía resolverse lo antes posible.
A finales de 1936, sin embargo, ya no había una sola Falange. El partido se había hecho demasiado grande e importante como para permanecer con una sola facción. Dependiendo de los autores a los que leáis se os dirá que dentro de Falange había dos o tres tendencias. Una, la más clara, estaba formada por los falangistas del Norte de España, casi todos ellos personas de orígenes proletarios o casi proletarios, los cuales eran apoyados, además, por los intelectuales del partido, es decir gentes como Dionisio Ridruejo que, en aquellos primeros momentos de la guerra, sostenían posiciones abiertamente fascistas y estaban entregados a las filosofías del nuevo amanecer de la Humanidad que prometían experiencias como Italia o Alemania. Un segundo grupo eran los falangistas de corte más universitario, el mal denominado Grupo de Madrid (digo mal denominado porque había importantes elementos andaluces o extremeños) con ideas también muy radicales pero dispuestos, por así decirlo, a hacer de Falange un partido político de derechas, muy de derechas, alejado de las veleidades obreristas del fascismo (desde el falangismo se sostenían, en ocasiones, duros discursos anticapitalistas que, de hecho, hicieron relativamente fácil el diálogo tras la guerra entre cierto falangismo y cierto anarcosindicalismo). El tercer grupo estaría formado por falangistas de última hora con más experiencia política, dedicados a construir un partido político algo más moderado. Pero estos terceros, por mucho que a veces se los cite, mandan en esta historia menos que un gitano en una comisaría. Que se sepa.
El falangismo de tripas, protorrevolucionario, era un falangismo basado en iconos personales y, muerto José Antonio, escogió otro: Manuel Hedilla. Hasta la guerra, Hedilla no se había destacado especialmente dentro de Falange, aunque había demostrado su capacidad organizativa, que hizo mucho a favor del triunfo del golpe en Galicia, pues el 18 de julio le pilló en Vigo. La ausencia de líderes destacados dentro del partido, añadido al hecho de que Hedilla estaba en zona nacional y muy pronto bajó a Salamanca, donde se cortaba todo el bacalao de la guerra por parte franquista; así como su excelente relación con el general Emilio Mola, cogolpista junto con el propio Franco y con Sanjurjo, le valieron el nombramiento de jefe provisional de la Falange; provisional porque, si bien no eran pocos los miembros de la cúpula del lado nacional que sabían bien que José Antonio estaba muerto, esta realidad no se daba por cierta para mantener la moral.
Manuel Hedilla tenía dos grandes colaboradores: por un lado, el también cántabro Víctor de la Serna y, por otro, el catalán José Antonio Serrallach, personaje éste último muy interesante porque, entre otras cosas, algún testigo de aquellos días ha aseverado que le fue presentado a Hedilla por el embajador alemán en España, Wilhelm von Faupel, y que, de hecho, sería una especie de espía al servicio de los nazis. Este hecho, de ser verdad, abonaría la tesis, que de alguna manera se huele en los sucesos de Salamanca (unido a la antes mentada pasividad alemana para liberar a José Antonio) de que, tal vez, Hitler hubiese decidido jugar, a través de Falange, a controlar España. Lo cierto es que el primer candidato a mandar en Falange tras José Antonio, es decir Hedilla, tenía una copia del Mein Kampf dedicada por el Führer en persona; y que el segundo, Manuel Serrano Súñer, era uña y carne con, entre otros, el ministro nazi de exteriores, Joachim von Ribentropp.
Frente a Hedilla, De la Serna, Serrallach et altera, se encuentra el falangismo del grupo de Madrid, comandado por un sevillano, Sancho Dávila. Poco tiempo después de morir José Antonio, Sancho Dávila inició, nunca sabremos bien si motu proprio o impulsado para ello por Franco, la negociación para la fusión entre los dos grandes partidos del nacionalismo franquista: falangistas y carlistas. Lo que sí sabemos es que ya a finales de 1936 Franco estaba pensando en el tema. Por un lado, no le gustaba la propuesta de su hermano Nicolás, quien propugnaba la creación de un partido político nuevo sin base social, a la usanza de la Unión Patriótica del general Primo de Rivera; pero, por otro lado, sentía aversión hacia los partidos políticos, a los que consideraba responsables de la degradación de las democracias liberales. Quería, pues, un partido que no fuese un partido, y que pudiese dominar. Aunque no era el único que deseaba la desmovilización política de falangistas y requetés. Éste era también el deseo de las fuerzas políticas monárquicas que habían batallado desde sus exigüas minorías parlamentarias durante la República y que ahora demandaban al nuevo Estado que, de alguna manera, controlase las veleidades de aquellos grupos tan radicales. Inquietud que era compartida por el gran capital y es por eso que se ha escrito que dos de los grandes muñidores de la exaltación que, en aquellos días salmantinos, acabaría provocando muertos, fueron dos elementos, Ladislao López Bassa y Vicente Orbaneja, que habían sido enviados a malmeter por algún importante financiero, deseoso de desactivar aquella bomba fascista.
Las cosas, sin embargo, no son tan fáciles de conseguir, porque tanto falangistas como carlistas querían hacer las cosas por su cuenta. Hasta diciembre de 1936 no logró Franco decretar la unificación de sus fuerzas combatientes, lo cual quiere decir que, hasta entonces, un carlista, por ejemplo, era un carlista, no un soldado. De hecho, la tentativa de los carlistas de crear su propia academia militar provocó que Franco tuviese que exiliar a Portugal al líder tradicionalista, Manuel Fal Conde.
En enero de 1937, la España franquista es un hervidero de proyectos de futuro. Si dejamos volar la imaginación y damos por bueno todo lo que se ha dicho o insinuado a este respecto, en ese momento tenemos: a Hedilla trabajando para consolidar un liderazgo en Falange que haga de ésta el partido político custodio de la pureza fascista del nuevo régimen español; a Sancho Dávila coqueteando, por ideas propias o inducidas, con crear un solo partido con los carlistas; a los monárquicos de toda la vida jugando la baza del regreso, algún día, de los borbones; a las terminales de Mussolini en Salamanca trabajándose una hipotética reconstitución de la monarquía saboyana en España; al general Mola siendo, como poco, tentado para presidir un gobierno cívico-militar de las derechas; y a los nazis jugando a controlar a la Falange y, a través de ella, a Franco.
Y luego Franco, claro, mirando por su interés.
Las negociaciones entre la Falange-Dávila (acompañado por Escario y Pedro Gamero del Castillo) y el carlismo (Fal Conde, Santiago Arauz de Robles y José María Oriol) se producen a mediados de febrero de 1937 en Lisboa, pero fracasan. Los dos documentos que ambas partes se intercambian como proyectos de fusión son antípodas; uno dice dónde vas, el otro manzanas llevo. Falange quería (se creía con poder para exigir) comerse al carlismo a cambio de nebulosos compromisos de consultar a Don Javier de Borbón-Parma el día que se plantease la que llamaba «Nueva Monarquía de España, como garantía de la continuidad del Estado nacionalsindicalista y base de su Imperio» (monarquía cuya puesta en marcha tampoco quedaba muy clara en el documento, en todo caso); los carlistas querían una fusión operativa pero no jurídica, es decir una relación de primus inter pares; la integración de ambos idearios, o lo que es lo mismo la matización carlista de los puntos de Falange; y una mayor atención hacia los principios del tradicionalismo. Una vez fracasado este intento, la rivalidad entre falanges se desplaza a la propia Falange.
El Grupo de Madrid utilizará como ariete contra Hedilla a un personaje también curioso: Rafael Garcerán. Garcerán era pasante de José Antonio pero, a pocas semanas del golpe de Estado, tenía más bien poco de falangista; de hecho, ni siquiera era miembro del partido e incluso había llegado a militar en el socialismo madrileño. Fue Garcerán, de hecho, quien lanzó la idea de que, en ausencia de José Antonio, Falange debía ser comandada por un triunvirato, lo cual equivalía a atacar el personalismo de Hedilla y ponerle en dificultades, ya que iba escaso de equipo. El primer enfrentamiento serio se producirá en febrero de 1937. En dicha fecha, se produjo el primer aniversario del discurso de José Antonio en el cine Europa de Madrid; un discurso inflamado, de corte revolucionario, que el líder de Falange había pronunciado en las vísperas de las elecciones ganadas por el Frente Popular. Hedilla dio la orden de distribuir en zona nacional 25.000 copias del discurso, pero una de las terminales de Garcerán, el delegado de Prensa y Propaganda Vicente Gay, ordenó retirarlas. El jefe provincial de Burgos, José Andino, uno de los miembros de la «Falange del Norte» hedillista, lo leyó en Radio Castilla, motivo por el cual fue arrestado. Costó mucho amansar aquellas aguas pues, entre otras cosas, un grupo de hedillistas gallegos estuvo a punto de sacar a hostias a Andino de la cárcel.
Hedilla, por su parte, sigue con su tiki-taka y abre dos academias de oficiales, una en Sevilla y la otra en Salamanca; ésta, la famosa academia de Pedro Llen que tendrá un papel tan importante en los sucesos de Salamanca. Al frente de la academia salmantina se coloca un nazi finlandés, Karl Magnus von Hatmann, lo cual abona la tesis de que el movimiento por parte de Hedilla fue hecho en connivencia con Von Faupel y los nazis. Esta vez, nadie fue expulsado de España, como le ocurrió a Fal Conde.
Agustín Aznar y Sancho Dávila, falangistas del grupo de Madrid que ha fracasado en el intento de pillar cacho en el poder del partido consiguiendo fusionarlo con el carlismo, todo ello probablemente tras la amorosa mirada de Franco, se dan cuenta de que la única forma de cargarse a Hedilla es ir a por él. Así las cosas, comienzan a coleccionar acólitos. Encuentran pronto a Garcerán, que tiene ganas, y se les une José Moreno. Este cuarteto salmantino (Aznar, Garcerán, Dávila y Moreno, los padres de la movida antihedillista) consigue atraerse a algunos falangistas de cierto corte radical, tales como Jesús González Vicén y José Antonio Girón de Velasco.
El 12 de abril, sin poder esperar ni un minuto más porque este piélago de poderes y podercillos está minando la capacidad bélica del bando nacional, Franco da el francazo y convoca a los carlistas más proclives a la unificación (sobre todo, el conde de Rodezno) y les cuenta lo del decreto con el que va a crear un solo partido. Cuando Hedilla, que no está en Salamanca, se entera, su reacción es convocar un Consejo Nacional de Falange, a todas luces para oponerse, el 25 de abril siguiente. El 13 de abril, en San Sebastián, Hedilla se entrevista con Ángel Alcázar de Velasco, un joven falangista de acción que había sido condecorado por el propio José Antonio por su labor repartiendo leches en Asturias tras el golpe del 34. Alcázar de Velasco escribió sus memorias mucho más tarde, en el 76, muerto Franco y muerto Hedilla, y en ellas cuenta que, en dicha reunión, Hedilla le aseveró que Falange estaba a punto de romperse en pedazos y le conminó a espiar a un grupo de falangistas y cercanos, todos ellos más o menos identificados con el Grupo de Madrid o con la camarilla directa de Franco. Eran: Ramón Serrano Súñer, Alfonso García Valdecasas, Eduardo Aunós, Ernesto Giménez Caballero, Gumersindo García y Pedro Gamero del Castillo. Prueba también de que Hedilla esperaba que a mediados de abril hubiese follón es que, un par de días antes de los trágicos sucesos del 16-17 de abril, dio orden al delegado de Sanidad de Falange, Tomás Rodríguez, para que reforzase las estructuras asistenciales en previsión de que hubiese heridos.
El 14 de abril, en el hedillismo se produjo un movimiento tendente a enviar a alguien a Pamplona, donde los carlistas se reunían para discutir la unificación que les había propuesto Franco. Sin embargo, Hedilla no impulsó la medida. Según Alcázar de Velasco, en ese punto todavía confiaba en Franco y pensaba que era Serrano quien malmetía sobre él ante el caudillo; o sea, le pasaba como a esas personas que, tras las elecciones de 1982, se hacían empanadas mentales con las discusiones entre Felipe González y Alfonso Guerra, siendo lo cierto que actuaban coordinados. Con este espíritu se entrevistó Hedilla con uno de los padres de la unificación, el diplomático franquista José Antonio Sangróniz y Castro, el cual le vendió a Hedilla la milonga de que la unificación suponía dejarle todo el espacio político a Falange porque Franco se quería dedicar en exclusiva a ganar la guerra. Otrosí: Hedilla se tragó que Franco quería un Estado con dos jefes. O sea: no conocía a Franco.
En esos días (15 y 16 de abril de 1937), Salamanca se empieza a llenar, sospechosamente, de falangistas armados. Son los hedillistas, que salen a la calle a marcar paquete; y los conjurados de Sevilla, Madrid y Valladolid, que se apresuran a dejarse caer por la ciudad castellana. El día 16, a las once de la mañana, los conjurados se reúnen y designan un triunvirato que sustituirá a Hedilla, formado por Aznar, Garcerán y Moreno. Fuertemente armados y escoltados, se van a la calle del Toro, sede de la Junta de Mando de Falange, que está a rebosar de personal que se huele la tostada y con fuerte presencia de los guardias civiles de Lisardo Doval, un represor franquista que se ha fogueado acabando con el golpe revolucionario de Asturias. Hedilla está ya en su despacho en compañía de sus incondicionales: Víctor de la Serna, Serrallach, Maximiliano García Venero, Francisco Yela y José Sáinz. Entre De la Serna, el catalán y García Venero, los verdaderos confidentes del jefe provisional, le convencen de que no obstaculice la entrada de los tres conjurados en el edificio, probablemente para evitar la sangre. El jefe salmantino, Laporta, trató de hacer de hombre bueno y negociar con los confabulados; pero fracasó, y éstos se presentaron para cesar a Hedilla.
A las once pasadas de la mañana, allí mismo le entregan un pliego de cargos en el que, entre otras cosas, le llaman analfabeto, y le cesan. Lejos de enfrentarse, Hedilla sale de la sala y solicita, inmediatamente, una entrevista con Franco. Aquí puede estar la clave de por qué acepta con tanta naturalidad su cese; si hemos de creer a Hedilla, él había discutido ya la eventualidad de su cese por los triunviros con el teniente coronel Antonio Barroso Sánchez-Guerra, de profesión muñidor en el Cuartel General de Franco (formalmente, Jefe de la Sección de Operaciones del Cuartel General). Según Hedilla, éste le dio instrucciones de dejar hacer a los confabulados, dándole a entender que quien tenía el apoyo de Franco era él. Pero, quizá, a las pocas horas caería en la cuenta el falangista santanderino de que eso no era una verdad completa. Como ya he dicho, Hedilla pide una entrevista con Franco. Pero éste no le recibirá; sólo podrá ver al teniente coronel Barroso. Por su parte, el nuevo poder de Falange solicita a mediodía una entrevista con el caudillo, que les recibe a las cuatro de la tarde. No parece difícil de adivinar con qué equipo iba el generalísimo.
Por su parte, en la entrevista con Barroso éste, lejos de ofrecerle a Hedilla el apoyo de Franco, lo que le ofrece es asilo para que duerma esa noche en el Cuartel General y salve el pellejo. Hedilla, hemos que suponer que maxicabreado, se niega.
Una de las historias que circuló entre los hedillistas respecto de aquella jornada del 16 sostiene que las instrucciones de los partidarios del triunvirato era matar a Hedilla. Alcázar de Velasco, que fue condenado por los sucesos de Salamanca, dice en su libro haber trabado conocimiento en la cárcel con un tal Ángel Isasi, quien le aseguró que el 16 de abril de 1937 tenía encomendada la misión de aprovechar cualquier tumulto para clavarle un punzón a Hedilla y matarlo. No obstante, la certeza de estos datos es muy difícil de establecer.
Se escenifica el aroma de consenso respirado en Falange. El nuevo triunvirato cursa mensajes a toda España sobre la nueva situación, que no llegan a ninguna parte porque son saboteados en Correos y Telégrafos por los hedillistas. Por su parte Hedilla, a media tarde, se coge un mosqueo de puta madre cuando se da cuenta de que Franco le reserva a sus puteadores todas las atenciones que con él no ha tenido. Es por ello que convoca al jefe de Falange en Salamanca, Laporta, y le da orden de tomar por la fuerza la Junta de Mando, que está en poder del triunvirato y sus cadetes de Madrid. A última hora de la tarde llega a Salamanca otro hedillista, el consejero nacional del SEU José María Alonso Goya, quien recibe de Serrallach la orden de ir a la Academia de Pedro Llen a recoger allí a unos falangistas catalanes , que serán quienes tomen la Junta de Mando. Aunque en un principio el instructor de la academia, Von Hartmann, se niega a movilizar a los cadetes aduciendo que no hay orden escrita de Hedilla, finalmente cede y los falangistas son trasladados a Salamanca.
Hedilla asevera en sus memorias que le dio instrucciones a Goya, a través de Serrallach, de que no hubiese ningún tipo de violencia. Alcázar de Velasco, sin embargo, asevera en su libro que López Puertas, quien como veremos ahora mismo fue con Goya a la casa de Sancho Dávila, le confesó en la cárcel que llevaban instrucciones de trincar a Dávila, pero que a Garcerán lo tenían que matar. Incluso citaré otra versión según la cual también a Dávila iban a matarlo. ¿A quién creemos? Supongo que es una cuestión personal.
El relato de los hechos de la noche del 16 al 17 de abril de 1937 es, tal y como la conozco hoy, tal que así.
Alonso Goya, Daniel López Puertas y otros cuatro hedillistas (Fernando Ruiz de la Prada, Aureliano Gutiérrez Llano, Santiago Corral y Corpas) van, de madrugada, a casa de Sancho Dávila, sita en el número 3 de la calle Pérez Pujol de Salamanca, para detenerlo. La casa está en una esquina de la Plaza Mayor de Salamanca. Goya da palmadas y grita para llamar al sereno. Mientras el empleado municipal llega para abrirles, se dirige a López Puertas.
- Amartilla la pistola. Y que éstos [los otros cuatro de la partida] hagan lo mismo. Tomad cada uno dos bombas. Os colocáis donde yo diga y no os mováis por nada. ¿Estamos?
Subieron por la escalera, Alonso Goya y López Puertas por delante. Al llegar al piso de Dávila, Goya situó a Corpas y Ruiz en el rellano y a Gutiérrez y Corral en el zaguán del piso. Entró con López Puertas, indicándole que permaneciese a tres metros de él. El plan de Goya era: si Dávila se negaba, cosa probable, él le encañonaría, mientras López Puertas entraría con una bomba en la mano y llamando a Gutiérrez y Corral para que entrasen con él.
‑Este sale con nosotros por su pie o en parihuelas –sentenció Goya.
A partir de ahí, es difícil saber lo que pasó. Se sabe que Goya entra en el dormitorio de Sancho Dávila para detenerlo y que allí está el falangista sevillano con un guardaespaldas llamado Manuel Peral. Sancho Dávila se niega a irse con Goya.
- Vosotros me vais a matar. ¡Me vais a pasear, cabrones!
Goya trata de tranquilizarlo. Sancho Dávila, que está en camiseta y calzoncillos porque estaba durmiendo, trata de coger su pistola, que tiene bajo el colchón. En ese momento, según algunas versiones, un escolta de Dávila, fuera del dormitorio, lanza una bomba. Al volverse Goya hacia el estruendo, Peral le dispara en la nuca y lo mata. Según López Puertas, no hubo tal bomba: Peral se limitó a asomarse desde una habitación contigua, cogió por sorpresa a Goya y lo mató. En todo caso, después de que ocurre todo esto, López Puertas entra en la habitación. Ve a Goya en el suelo, a Peral agachado sobre él, y dispara a éste, matándolo. Sancho Dávila chilla pidiendo que no le maten, se abalanza sobre López Puertas y llega a morderle el brazo. Todo ese follón provocó la entrada en la habitación de Gutiérrez y Corral, que iniciaron un enfrentamiento con otros guardaespaldas de Sancho Dávila en el que, al parecer, sí que se arrojaron bombas.
Si hemos de creer a Alcázar de Velasco, uno de los cinco compañeros de Goya le confesaría, pasado el tiempo, que en la calle, antes de entrar, Goya le habría dado una instrucción muy concreta:
‑Cuando le saquemos a la calle [a Dávila] le pegas un tiro. Nadie sabrá quién ha sido.
Esta tesis, obviamente, se da de bruces con la versión que Hedilla montó de su propia vida, la de la instrucción de «cualquier cosa menos violencia» (y, si tan pacíficos eran, ¿por qué llevaban bombas?)
Según Ángel Alcázar de Velasco, quien disparó contra Goya fue Sancho Dávila. Lo cierto es que éste tenía una pistola del nueve corto y Peral, del nueve largo. La solución hubiera estado en la autopsia al cadáver de Alonso Goya; pero esa autopsia nunca se realizó, y no sabemos por qué. En alguna tumba salmantina puede estar, aún hoy, la respuesta a este misterio.
Tras detener a Sancho Dávila, los hedillistas se fueron a por Garcerán, pero éste les recibió a tiro limpio desde el balcón de su casa. Garcerán, a todas luces, estaba histérico. Ni siquiera bajó la guardia cuando llegó la guardia civil, al mando de Lisardo Doval. Les acusó de ser los asesinos de Calvo Sotelo, y siguió disparando.
Al día siguiente de estos sucesos, 18 de abril, se celebra sesión extraordinaria del Consejo Nacional de Falange. A pesar de que Lisardo Doval ha cerrado Salamanca, consiguen llegar todos, salvo, claro está, Dávila, que está preso. En su discurso ante el Consejo, Hedilla afirma, y es hecho que la historiografía tiende a dar por cierto, que Sancho Dávila tenía una lista de… ¡47 nombres!, de falangistas que pensaba cargarse. Los conjurados se justifican hablando de los rumores que había de creación de un gobierno Hedilla-Mola (un bulo que fue tajantemente desmentido por el propio Mola). Hedilla es elegido jefe de Falange. Esta vez sí que es recibido por Franco; no sólo eso, sino que el caudillo le anima a salir al balcón del cuartel general, donde ambos son vitoreados en medio de un larguísimo abrazo.
Los abrazos de Franco se hicieron famosos en aquellos años. Abrazó a Eisenhower de visita a España, y Ike no tardó en morir. Abrazó al padre de Hassan II de Marruecos y también se lo cargó. Abrazó a Hedilla, y…
El día 19, Hedilla parece haber ganado. Los miembros de las centurias de falangistas de Madrid, o sea los que habían llegado a Salamanca como poco para cesarlo (según otras versiones, creíbles a la vista de cómo se las gastaban en esa familia, para matarlo) son enviados al frente. Sin embargo, a las ocho de la noche de ese día, Hedilla recibe una carta de Franco con el texto del decreto de unificación y el discurso que el caudillo va a pronunciar. Has ganado para nada, chaval. A Hedilla se le reserva en el proyecto lo que desde entonces tuvieron los falangistas: la secretaría de un movimiento presidido por Franco.
Movimiento, además, sutilmente mutilado. El decreto de unificación por supuesto que reconoce la herencia que el franquismo le debe a la Falange, hasta el punto de asumir, para la organización del Estado, los famosos puntos programáticos elaborados por José Antonio y sus adláteres. Sin embargo hay, como ya he dicho, una sutil manipulación. Los puntos asumidos son 26, pero Falange tenía 27. ¿Cuál se quedó fuera? Pues se quedó el vigésimo séptimo, fruto en su día de interminables negociaciones entre José Antonio y su socio jonsista, Ramiro Ledesma. Apoyado por las fuerzas radicales de aquellas juntas de ofensiva, donde entonces militaban algunos irreductibles franquistas del futuro como José Antonio Girón, el punto 27, redactado por las JONS, era un rechazo puro y duro de cualquier colaboración o pasteleo con fuerzas o partidos políticos. José Antonio, tras numerosas negociaciones, idas y venidas asistido por una de las «cabezas» del falangismo, Vicente Gaceo, dejó aquella cosa tan categórica en una redacción algo más difusa, en la que se aseveraba que la Falange pactaría poco (pero pactaría), aunque sólo con las fuerzas «sujetas a nuestra disciplina». Esto último es lo que Franco, en el momento de la unificación, ya no podía asumir. Allí ya no quedaba más disciplina que la suya.
El día 20, Hedilla y Franco se ven de nuevo, aunque es de suponer que ya no son tan amiguitos. Aquí es donde se produce el único movimiento que, probablemente, Franco no ha previsto: la negativa de Hedilla a conformarse con la gavela y la poltrona del mando teórico de la Falange (negativa que le dotará, ante las futuras generaciones de falangistas, de esa aureola de honrado a machamartillo que aún conserva). A todas luces, los terminales franquistas buscan una salida airosa para el asunto: tanto Von Faupel como el embajador italiano, Cantalupo, ofrecen a Hedilla un exilio dorado; se niega. Así las cosas, Hedilla es detenido el 23 de abril y procesado por atentar contra la legalidad del triunvirato que le cesó. El 29 de mayo le acusan de haber querido derrocar a Franco. Dos semanas antes, los monárquicos se han incorporado al partido de Franco, Falange Española Tradicionalista y de las JONS; ya está todo atado y bien atado.
En junio, Hedilla es condenado a muerte dos veces. El 18 de julio es indultado, aunque no se lo comunican. A partir de ahí, es encarcelado en Canarias, al parecer en condiciones bastante deplorables, aunque relativamente pronto, a principios de los años cuarenta, su régimen se suavizará por una reclusión vigilada en Mallorca. El régimen, por lo demás, supo ser generoso con Hedilla, como lo fue con otros muchos falangistas a quienes, si el franquismo no les dio el Estado fascista que querían sí, por lo menos, les llenó el estómago. Hedilla fue nombrado Asesor Social de Iberia, trabajo por el que a mediados de los años 50 cobraba 7.500 pesetas (calculo yo que unos dos mil y pico euros de hoy en día); amén de haber sido en los años cuarenta responsable de la entrada de trigo en Baleares (y acusado de corrupción en la molturación) y haber hecho otros negocios y negocietes que implicaban cierta comprensión oficial.
En suma: los sucesos de Salamanca de abril de 1937 suponen la más grave disensión interior en el seno del bando franquista. A unos conspiradores (pues eso hicieron, conspirar) a los que la guerra les empezaba a ir sobre carriles (a finales del 36 creyeron ganarla), se les apareció, en el momento más inesperado, el problema de las disensiones internas y la lucha por el liderazgo dentro del principal partido de la partida, es decir Falange Española y de las JONS. En este sentido la decisión republicana de fusilar a José Antonio, que fue probablemente un tremendo error, estuvo a piques de salirles cojonudamente, pues nada de esto habría pasado si José Antonio hubiese sido canjeado por el hijo de Largo Caballero, como se intentó; o, en cualquier caso, hubiese conseguido pasar a zona nacional como lo consiguió Serrano Súñer o Fernández-Cuesta.
¿Quién muñó todo aquello? Bueno, en primer lugar, fueron las ambiciones personales. Las de Hedilla, Sancho Dávila y Garcerán, sobre todo. Doy por cierto que los tres se vieron, en algún momento, jefes supremos de Falange; momentos que, incluso, llegaron a ser simultáneos en el tiempo. Pero, más allá, sin duda influyeron los manejos de italianos y, sobre todo, alemanes, que querían un liderazgo fuerte, y a la vez manejable, en Falange. Frente a ellos se situó el equipo médico habitual de Franco que, si hemos de creer a Alcázar de Velasco, estaba compuesto por su hermano Nicolás, Sangróniz y Barroso, sin faltar la inevitable fuerza bruta de Lisardo Doval y la colaboración esporádica, pero entusiasta, de personas como Ladislao López Bassa u Orbaneja. Y Serrano Súñer. Porque, aunque el papel de Serrano Súñer en toda esta historia es difícil de delimitar, de lo que no dudo es de que existió. Fue el redactor del decreto de unificación, algo que no habría hecho de no haber estado en el epicentro del merdé. Y, además, está ese argumento que existe siempre en las conspiraciones, que es fijarse en quién se beneficia de ellas. Y quien mandó en Falange acabada la guerra fue, precisamente, Serrano.
Hoy en día, la expresión «memoria histórica» significa, en realidad, memoria histórica ligada a los logros de la República y la represión de que fueron objeto sus defensores. Esto, entre otras consecuencias, tiene la de que estos sucesos que hoy hemos intentado contar tengan más bien poco interés; no le será fácil a ningún estudiante conseguir una buena asesoría de tesis doctoral si lo que pretende es escribir sobre los sucesos de Salamanca. Es probable, sin embargo, que en bastantes puntos haya información de interés al respecto. En la Fundación Francisco Franco, si es que el caudillo fue sistemático en la guarda de documentación, que no sé; y si esa documentación está adecuadamente tratada y clasificada, que tampoco. En archivos, supongo que ya desclasificados, de las diplomacias alemana e italiana de la época, y puede que de otros países como Reino Unido o Francia, pues es seguro que estos movimientos fueron seguidos por muchos. En documentación que tal vez conserven las familias de algunos falangistas descollantes de la época. Y en algún cadáver enterrado. Pero, como ya digo, la actitud normal que tenemos ante estos hechos es olvidarlos, hacer como que no miramos.
Y esto hará que los sucesos de Salamanca permanezcan, per saecula saeculorum, como uno de los hechos más oscuros de la oscura Historia de nuestra guerra.
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