martes, mayo 19, 2020

El ahorcado de Black Friars (8: Gelli)

Estos son todos los capítulos de esta serie. Conforme se vayan publicando, irán apareciendo los correspondientes enlaces.

Los inicios de un tipo listo
Sindona
Calvi se hace grande, y Sindona pequeño
A rey muerto, rey puesto
Comienza el trile
Nunca dejes tirado a un mafioso
Las edificantes acciones del socio del Espíritu Santo
Gelli
El hombre siempre pendiente del dólar
Las listas de Arezzo
En el maco
El comodín del Vaticano
El metesaca De Benedetti
El Hundimiento
Ride like the wind
Dios aparece en la ecuación
La historia detrás de la historia

En 1977, el Banco Ambrosiano logró ser el segundo mayor consorcio privado de Italia. Había superado a Carlo Pesenti, dueño del Instituto Bancario Italiano y de la Banca Provinciale Lombarda; y a Giovanni Auletta Armenise, presidente de la Banca Nazionale dell’Agricoltura. Estos grandes banqueros competían, pero también tenían siempre en el radar la posibilidad de hacer negocios juntos. A finales de 1979, cuando dejó de sentir el aliento del Banco de Italia en su nuca, Calvi se atrevió a proponerle a Pesenti que entrase en el consejo de administración de La Centrale. No fue el único en unirse. También se incorporaron a la holding calviana Alberto Grandi, el presidente de Bastogi, es decir el grupo de empresas que había intentado fagocitar Sindona; Giovanni Fabbri, empresario muy destacado del mundo editorial; y Luigi Lucchini, siderúrgico de Brescia y accionista de peso ya en el Ambrosiano.
Todos los citados, como se suele decir, olían a cera. Sin ser talibanes del catolicismo, sí se destacaban por sus netas creencias religiosas y por sus buenas relaciones con el Vaticano. Así las cosas, cuando todos se concentraron en La Centrale, lógicamente la Prensa y la gente habló de una alianza de financieros católicos; algo que ellos, asimismo, también fomentaron, porque llevar esa etiqueta, en la Italia dominada por la democracia cristiana, no era precisamente declararse paria. Eran un poco, para mucha gente, sobre todo de recursos escasos y creencias sólidas, la alternativa a los hombres de negocios laicos, cuyas dos principales figuras eran Gianni Agnelli, el todopoderoso dueño de la Fiat; y el no menos potente Carlo di Benedetti, dueño de la Olivetti y presente en la inmensa mayoría de las oficinas de Europa.

Por esa época, aunque lógicamente eran muy pocos los italianos que estaban adecuadamente informados de ello, había otro grupo que estaba creciendo exponencialmente: la logia P2. Licio Gelli veía crecer su red de contactos casi cada día, y tenía, cada vez más, incentivos sobrados para acercarse a Calvi. Por lo que se refiere al financiero, era consciente de que había sobrevivido a la inspección del Banco de Italia de 1978; pero eso no había de servir para otra cosa que para darse cuenta de que, la próxima vez que los bárbaros estuviesen a las puertas, necesitaba más protección política. Por lo que se refiere a Gelli, muy probablemente su fino olfato, y sus excelentes contactos, le venían a decir que las cosas en el país estaban cambiando lentamente, y por eso necesitaba apuntalarse en el sector financiero. Calvi, tan amigo del secretismo y, por qué no decirlo, con tantos muertos en el armario que le convenía ocultar, era el candidato ideal para una entente.

Licio Gelli es un personaje muy enigmático que, por cierto, tiene cierta relación con España. Nacido en 1919, en 1936, con apenas 17 años pues, se presentó voluntario para formar parte del CTV que Mussolini envió a España a ayudar al general Franco. Regresó a Italia tras la guerra civil española y durante la segunda guerra mundial siguió formando parte de las organizaciones fascistas. Sin embargo, es un hecho que tenía contactos, y no cualquier contacto, con personas de la izquierda pues, cuando Italia se sacudió la influencia alemana, fue acusado y condenado por haber colaborado con ellos; pero fue salvado del paredón por un dirigente comunista. Cómo lo consiguió, es un misterio; hay quien dice que es que, en realidad, era un espía de la izquierda, especie que yo no creo porque no tiene sentido que lo fuese desde un momento tan temprano como sería necesario para cuadrar con el relato; o, una explicación más plausible, que, simplemente, cantó y delató a otros fascistas más importantes que él.

En Roma después de la guerra, Gelli se introdujo en la política al conseguir un puesto de trabajo como asistente de un diputado democratacristiano. Según todos los indicios, fue realizando ese trabajo como Gelli se licenció en el sottogoverno, como los italianos se refieren a esa estructura que está por encima, o por debajo, del gobierno, moviendo de verdad los hilos. Se convirtió en un maestro del manejo de favores, de la recomendación, de la intermediación adecuada y a tiempo.

Más tarde, Gelli se marchó al norte de Italia, donde se convirtió en industrial del ramo textil. En 1963, según los datos disponibles, entró en la masonería, y algunos años después recibió la autorización para montar su propia logia. Desde el principio, Gelli tuvo muy claro que su Propaganda 2 no podía ser cualquier logia. Utilizó un poco los mismos conceptos que el Opus Dei en el caso de las organizaciones católicas: buscaba, para formar parte de su organización, a personas que pudieran aportar algo,  porque fuesen brillantes, porque tuviesen proyección o porque tuviesen poder. La suya, pues, tenía que ser una logia en la que sólo entrase la aristocracia italiana que, con una llamada, podía resolver un problema, desbloquear un crédito, garantizar un buen pedido, esas cosas.

La labor de Gelli en la P2 no se comprende, probablemente, sin la personalidad de Umberto Ortolani, su mano derecha. Un hombre de negocios con largos tentáculos en el mundo del dinero, y también en la Iglesia: su principal amigo era el cardenal boloñés Giacomo Lercaro, quien incluso consiguió que su patrocinado fuese condecorado por el Papa como Caballero de honor de Su Santidad, algo que han conseguido muy pocos. Lercaro fue una figura muy importante dentro del Concilio Vaticano II, del que fue uno de los moderadores; y antes, durante y después de la reunión dijo y escribió cienes y cienes de veces que la Iglesia católica tenía que ser la Iglesia de los pobres y todas esas monsergas tan habituales. De hecho,  no dudó en mostrar muchas veces simpatías hacia los movimientos cristianos de base, sobre todo latinoamericanos. Su amiguito Ortolani, quien al parecer hasta llevaba una foto suya en la cartera, sin embargo, se relacionó, un poquito más abajo lo leeremos, con otro tipo de latinoamericanos menos pobres; cosa que no parece que al buen cardenal le preocupase demasiado. Los padres de la Iglesia, ya se sabe, siempre a pelo y a pluma; por lo que pueda pasar.

Ortolani había hecho negocios en Sudamérica y, de hecho, poseía un banco en Uruguay, el Banco Financiero Sudamericano o Bafisud.

Licio Gelli tenía su despacho en una suite del Hotel Excelsior, situado en plena Via Veneto de Roma. Tenía a sueldo al portero del hotel, al que cada mañana entregaba una lista con todas las personas que iban a ir a visitarlo; personas a las que había citado cuidadosamente para que sus encuentros nunca se solapasen. En todo caso, el eficiente portero, gestionando las salidas y las entradas de quienes habían de venir, garantizaba que los diferentes postulantes del masónico nunca se encontrasen.

Lo que Gelli hacía en su suite era garantizarle a quienes le visitaban que conseguiría lo que le pedían. A cambio, obtenía una nueva fidelidad y, tal vez, algún que otro dividendo; aunque no era por el dinero a corto plazo por lo que hacía lo que hacía. Muy notable era uno de los servicios que pedía a cambio a sus patrocinados: información. Gelli trataba de hacer favores a personas que supieran cosas de personas y luego, con esa información más la que le pasaban de los propios servicios de inteligencia italianos, donde la P2 había clavado varias picas, coleccionaba dosieres de todo el mundo. Así, quien no le devolvía los favores por agradecimiento, se los devolvía para evitar escándalos. Licio Gelli siempre tuvo claro que el poder está, siempre, en lo que sabes y todavía no has contado. Es más: si consigues no contarlo nunca, serás poderoso siempre.

Lo llamaban Il Cartofilo, el amigo del papel; entonces, todo tenía que archivarse en papel porque la digitalización no había llegado. Gelli recibía a un alto funcionario putero y, como si tal cosa, a veces incluso con un gesto pícaro, se las arreglaba para sacar de un escritorio que tenía junto a su silla la carpeta adecuada, y le dejaba entrever las fotos que había dentro, las fotos de su interlocutor magreándose a cualquier prostituta. Y luego le pedía un favor. La inmensa mayoría de la gente entendía, y se lo hacía. Otras veces, la exhibición de material sensible sólo tenía que ver con la demostración de su poder.

La capacidad de Gelli a la hora de allegar material comprometedor acabó alcanzando todos los rincones de Italia e, incluso Estados adyacentes. La prensa italiana publicó, hace ahora casi cuarenta años, una anécdota bastante impresionante. Vanni Nisticò, en su día jefe de prensa del Partido Socialista Italiano, fue una vez a reunirse con Gelli en su suite del Excelsior. Cuando el político llegó, Gelli fue a por un sobre, lo abrió delante de él, sacó las fotos que había dentro y se las enseñó. Para inmensa sorpresa del interlocutor, en las fotos se veía al entonces Papa, Karol Wojtila, completamente desnudo al lado de la piscina privada de su residencia. Gelli, según Nisticò, “vistió” su exhibición de sincera preocupación por la seguridad del Francisquito de su tiempo: “si ha sido posible tomar estas fotos, ¿acaso no sería posible dispararle?”, le dijo.

La logia P2 fue reclutando, durante los años setenta, a buena parte de los altos eslabones del poder en Italia, incluyendo fuerzas policiales y de inteligencia, la Justicia, y también el sector privado. Se extendió hacia los Estados Unidos, a través fundamentalmente de Philip Guarino, un italonorteamericano perfectamente integrado en las estructuras del Partido Republicano; y, sobre todo, en Latinoamérica. Gelli creó su cuartel general americano en una gran mansión que compró en Uruguay, pero recibía a los peticionarios en hoteles de Buenos Aires. Esto es así porque, en realidad, Argentina era su principal foco de actividad en la zona. Gelli era amigo de Juan Domingo Perón. El argentino, de hecho, fue peticionario suyo, pues a principios de los setenta le pidió ayuda en sus planes para regresar a la Argentina. Gelli decidió ayudarlo y, en 1973, como consecuencia estuvo en la ceremonia de proclamación de Perón como presidente. Giulio Andreotti, que estuvo en aquella ceremonia y que era, no se olvide, el representante oficial de Italia en la misma, se quedó muy asombrado por el elevado estatus que tenía Gelli.

Con Perón en el poder, Gelli reclutó para la P2 argentina a José López Rega, El Brujo, tristemente célebre por sus relaciones con la Triple A (entre otras muchas cosas; este tipo da para una serie). O militares como el almirante Emilio Massera, otro que tal; o el general Carlos Suárez Mason, que tan importante se haría cuando lo nombraron presidente de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, la petrolífera estatal argentina. Perón, de hecho, nombró a Gelli asesor económico especial de la embajada argentina en Roma.

En 1974, cuando Perón la ciscó, en realidad para Gelli la cosa no fue a mal. Quien manejaba todos los hilos de Isabelita, su señora y sucesora, era, en realidad, López Rega. Gelli y Rega muñeron por aquel entonces un extraño acuerdo comercial trilateral entre Argentina, Libia e Italia, sobre el que se extiende el manto de la corrupción, cuando menos sospechada. Asimismo, en 1975 y 1976, cuando los militares argentinos echaron primero a López Rega y luego a la propia María Estela, Gelli tampoco se vio afectado, pues activó su amistad con Massera. De hecho, se convirtió en el principal intermediario del importante flujo de importación de armas, en una proporción no desdeñable desde Italia, en que se embarcó la dictadura militar. En Argentina, desde luego, Gelli se ganó bien su principal apodo: il Burattinaio, el titiritero.

A mediados de los setenta, además, Gelli cantó bingo el día que se pusieron a tiro Andrea Rizzoli y su hijo Angelo. Los Rizolli habían montado un emporio editorial al que, además, habían añadido, en el año 1974, el Corriere della Sera, el periódico italiano más influyente. Eran, pues, un poco la PRISA de Italia. Sin embargo, tenían el mismo problema que el grupo español: habían crecido muy deprisa sin percatarse de que, en el mundo editorial, las inversiones tardan mucho tiempo en retornar beneficios. Consecuentemente, el Grupo Rizolli tenía una deuda enorme que le generaba importantes tensiones de liquidez. Ortolani llamó a Andrea Rizzoli para ofrecerse como ayuda en estas tensiones financieras; el patriarca, sin embargo, se negó. Pero Angelo, que ya se ocupaba de buena parte de la gestión, fue otra cosa. Ortolani se incorporó al consejo de Rizzoli y, en 1977, consiguió que el Banco Ambrosiano (Calvi) les otorgase una línea de financiación muy abultada. Los directores de los principales medios del grupo se afiliaron a la P2. Ahora Gelli controlaba los medios de comunicación más importantes del país.

Esta situación de poder, económico y real, era la que tenía Gelli a finales de los años setenta, cuando Calvi comenzó a sentirse vulnerable a causa de las inspecciones del Banco de Italia.

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