lunes, marzo 24, 2025

Tenno Banzai (1): Las sutilezas de una civilización muy suya



Una vieja introducción al tema (2008)

Las sutilezas de una civilización muy suya
Un día estás aquí, y otro día estás aquí
De Pearl Harbor al sacrificio de Attu
Planes desesperados
Un poema de Norinaga Nootori
El 25 de octubre de la escuadrilla Yamato
Nace el mito
Victorias, derrotas y dudas
El suicida-acróbata
Últimos coletazos filipinos
De Formosa a Iwo Jima
De Ohka a Ohka, fracaso porque me toca
… o eso parecía
El gran ataque
Últimas boqueadas
 


Dejemos claro un concepto desde el principio: cuando hablamos del fenómeno kamikaze, estamos hablando de algo que, en realidad, si no le exigimos una planificación y una organización previa, es casi universal. Esto quiere decir que haber, haber, kamikazes los ha habido desde que existe la aviación de guerra. La decisión de estrellar el avión propio contra el enemigo no es sino la consecuencia de la decisión individual de un piloto que ha concluido que su supervivencia es algo ya imposible. En el curso de la batalla del Mar de Coral, 8 de mayo de 1942, un teniente aviador de la tripulación del Lexington, llamado Edward Powers Jr., lanzó una bomba sobre el portaaviones Shokaku que lo envió al astillero un mes entero. Powers no respetó la distancia recomendada, unos 300 metros, y soltó el proyectil a unos 50 metros; y tenía que ser plenamente consciente de que eso le costaría la vida. En el mismo bando encontramos el caso del capitán Richard E. Fleming, marine, que estaba en la zona de Midway en junio de 1942 y fue atacado por los dos destructores japoneses Mogami y Mikuma, y que estrelló su avión contra la torreta posterior del Mikuma.

El fenómeno kamikaze es un fenómeno que consiste en sustituir esta iniciativa personal en una iniciativa colectiva y organizada. Un fenómeno que fue ya muy comentado en los tiempos contemporáneos a su producción, y no precisamente en buenos términos. La opinión pública internacional tendió a ver a los kamikazes como seres exaltados e incluso desnaturalizados.

El caldo de cultivo de la filosofía suicida, en todo caso, es, además obviamente de una guerra que se va perdiendo o ya se ha perdido, la muy especial cultura japonesa. Una cultura que, apenas medio siglo antes, había experimentado un cambio radical en la llamada Era Meiji. El Japón Meiji fue un país que, de alguna manera, se parecía a su Rusia contemporánea en el mantenimiento de planteamientos muy anticuados y estructuras sociales extraordinariamente rígidas; y que, precisamente porque todos esos siglos le habían enseñado a ser una sociedad muy disciplinada y obediente, cuando recibió la orden de modernizarse, lo hizo con eficiencia y, de alguna manera, demasiada rapidez. El resultado de esa modernización acelerada fue que Japón, en buena medida, siguió siendo la misma sociedad que había sido; y profesaba los mismos valores de obediencia, disciplina y honor que están impresos en su Bushido; la obra que más a menudo se cita, aunque no es la única ni de lejos.

A esto hay que unir el elemento religioso. Japón era una sociedad mayoritariamente sintoísta; y el primer principio que sostiene el Shinto, que es una religión nacional al estilo que lo pueda ser la judía, es el origen divino de la raza japonesa (en el siglo XX, esto derivará en Hakko Ichiu, literalmente “ocho cordeles de corona”, es decir, la imagen de un techo único; un slogan que venía a defender el derecho divino del Japón a dominar el mundo). Los japoneses, nos dice el Shinto, datan de los tiempos de la diosa solar Amaterasu, madre de Jimmu Tenno, el primer emperador, que es, por ello, hijo del Sol. El suyo, pues, es algo así como el origen de los vascos desde Túbal, o el de los gallegos desde Breogán, pero a lo puto bestia. Los emperadores japoneses tenían, pues, filiación divina y, de hecho, la siguen teniendo; para un occidental es casi imposible entender que, en veinte siglos, siendo Japón una nación que ha generado espadones y jefes militares muy poderosos, nunca ninguno de ellos haya intentado crear su propia dinastía imperial (su estrategia ha sido siempre tener hijas y casarlas con emperadores niños). Esto, sin embargo, para cualquier japonés medio atento, tiene plena lógica.

Dado que Japón vivió muchos siglos influido por una clara superioridad política y, sobre todo, cultural de China, el sintoísmo acabó por impregnarse de confucianismo y de budismo, religiones o, más bien, escuelas de pensamiento que llegaron desde allí. Sin embargo, en el siglo XVII se produjo todo un movimiento de restauración de la vieja creencia; en 1868, el emperador Mutsu Hito le dio consideración de religión de Estado.

El sintoísmo está un poco, si me permitís la boutade, entre la religión egipcia y la inglesa. Quiero decir con esto que el emperador de Japón tiene un estatus que está entre el de Faraón, que era Dios mismo; y Carlos III, que es la cabeza de la Iglesia nacional. El emperador es, pues, venerado por su característica semidivina, pues es descendiente de dioses. En el plano moral, el sintoísmo se basa en la veneración de valores morales legados por la actuación de los difuntos. Esta religión, como os he dicho, tomó contacto con el confucianismo, una escuela de pensamiento que tiene obvias conexiones (el respeto de las tradiciones, por ejemplo) y que se basa en un fuerte sentido de comunidad, en la dimensión de cada persona como miembro de una colectividad mayor. La colectividad, una vez más como en el sintoísmo, se nutre del ejemplo de los difuntos virtuosos; característica que convierte a ambas formas de pensamiento en bastante rígidas y de evolución lenta. El hombre confucianista practica las grandes virtudes morales, pero es también un hombre corajudo y valiente en la defensa de los suyos. En el confucianismo, el hombre es perfeccionado por el hombre a través del tiempo y el paso de las generaciones. Pero eso mismo tiene sus consecuencias, porque el pensamiento de Confucio es muy duro con quien osa romper esa lenta evolución inexorable; y, por eso, sostiene la idea de que si un hombre se ve en la tesitura de elegir entre su humanidad y su vida, debe desechar su vida.

El budismo, finalmente, vino a completar todos estos contactos con sus ideas sobre el ser terrenal y el ser verdadero, ése que sólo se alcanza mediante la meditación; y que lleva con facilidad a conceptos como el desprecio hacia el sufrimiento y la muerte misma.

En una sociedad que desde muy pronto se convirtió en una sociedad con un fuerte componente militar, la confusión entre virtudes humanas y virtudes del soldado era prácticamente inevitable. Por eso reviste tanta importancia el Bushido; texto que, en cualquier caso, como tal texto no deja de ser una elaboración tardía de un sistema de pensamiento que ya existía bastante antes que él. El Bushido exige a aquéllos educados según sus reglas (normalmente, los miembros de las castas hereditarias) la sumisión a las reglas Hagakure, basadas en una obediencia absoluta y en una dura formación militar. El Bushido consagra virtudes espartanas, como son la indiferencia ante el dolor, la abnegación, el respeto a los superiores y la veneración imperial, y la búsqueda de una muerte cuanto más gloriosa, mejor. Introduce prácticas como, por ejemplo, la obligación de no hacer expresión de dolor alguno después de haber sufrido una paliza, so pena de que la paliza la reciban todos los compañeros del regimiento o de la compañía. Estas cosas, asimismo, exacerban el concepto de compañerismo.

Estas filosofías, cuando llegó la era Meiji, se refugiaron, en buena medida, en el Ejército, así como en una serie de movimientos civiles ultranacionalistas que, de alguna manera, trataban, más que de reaccionar contra la modernización Meiji, de llevarla a su terreno. Son ejemplos como los Dragones Negros de Mitsuru Toyama, o la Sociedad para el Amor hacia la Patria, la secta Kokuhon sha, o los partidos Tosei ha (literalmente, Partido del Control) o Kodo ha (Partido de la Vía Imperial; su más célebre militante será el almirante Hideki Tojo; ya hemos tenido ocasión de hablar del Kodo ha al analizar el final de la guerra mundial en Japón).

Tenemos, pues, a una serie de japoneses caracterizados por los siguientes elementos: creyentes de una religión nacional que enfatiza el carácter divino del emperador y la fuerte presión personal y social en el sentido de dejar tras de uno el recuerdo adecuado; una visión desconfiada de los valores occidentales que incluso llevaba a algunos, como los militantes del Kodo ha, a preconizar la desindustrialización del país recién industrializado; un planteamiento militarista con elementos de obediencia ciega y respeto a la colectividad por encima de uno mismo; unos valores de desprecio al dolor y los padecimientos materiales, tenidos por no auténticos.

Todas estas características se acrisolan, por lo menos en lo que nos interesa en este análisis, en el concepto de honor. El honor personal es indefectible e irrenunciable; y por este concepto es por donde se cuela el concepto de suicidio. Para el hombre defensor de una serie de principios y conceptos, la opción de sobrevivir a los mismos y tener que soportar una existencia humillante no es una opción. O se vivía en la honestidad moral, o no se vivía.

El hombre japonés (pues era hombre las más de las veces) que decidía cometer sepuku, en realidad, se vinculaba a un ceremonial relativamente complejo. Hablamos de una gente, no lo olvidéis, que de algo tan simple como servir un té han construido un tope coñazo. El suicidio por sepuku comenzaba con una comida, acompañada de libaciones varias estudiadas para liberar el cuerpo de las necesidades naturales que ahora iba a abandonar, y preparar el alma para la concentración necesaria (dicho de otra forma: se tajaban previamente). El sujeto, luego, se sentaba como se ve casi siempre en las pelis, normalmente de cara hacia el palacio imperial, y comenzaba un periodo de varios minutos de meditación. Luego, se desnudaba el vientre y, con la ayuda de su daga o de su sable, practicaba una herida vertical. Cuando la sangre comenzaba a brotar (que cualquier médico os puede explicar que en una herida de esas características, lo que sale es un Ebro de hemoglobina), el testigo del suicidio, que pudiera ser un criado, un subordinado militar o un amigo, procedía a decapitar al suicidado. Haber sido designado para esta labor era un gran honor.

Suicidados famosos y admirados, los japoneses tienen muchos. Yo creo que uno de los más famosos fue Oda Nobunaga. Bueno, Nobunaga es famoso por bastantes más cosas, ya que es considerado por los japoneses como uno de los tres grandes unificadores del Japón junto con Toyotomi Hideyoshi y Tokugawa Ieyasu. Nobunaga realizó en 1582 una expedición para sofocar una rebelión en la que participaban los monjes guerreros del monte Hiei (ya he tenido ocasión de explicaros que, en el Japón histórico, los monjes repartían hostias como panes; la historia del Pequeño Saltamontes no cayó del cielo). La sofocó, pero se encontró con otra posterior en la que, al parecer, un general suyo, Akechi Mitsuhide, lo traicionó. El caso es que se vio asediado sin posibilidad de escape. Cuando se dio cuenta de la situación, degolló a su mujer y cometió sepuku. Sus noventa sirvientes se suicidaron con él.

Otro caso notable fue el del general Nogi Maresuke, que lo fue a las órdenes del emperador Meiji. Nogi vivió siempre auto puteado por su actuación en una acción militar en Kyushu. Ocurrió durante la conocida como rebelión Satsuma, lanzada por Saigo Takamori (y que no tiene nada que ver con naranjas). En una batalla ocurrida en Kyushu, Nogi llegó a perder en manos del enemigo el estandarte del 14 Regimiento a su mando; algo que, como digo, siempre llevó como un baldón.

El caso es que en 1911, a la muerte del emperador, justo cuando vio salir el cortejo fúnebre de palacio, tanto Nogi como su mujer, Shizuko Nogi, cometieron suicidio ritual para no sobrevivir a su jefe.

Por supuesto, en occidente probablemente la historia más conocida, en virtud del cine sobre todo, es la de los 47 ronin. Una historia que los japoneses conocen bien por ser el motivo de una famosa obra de teatro kabuki. Los ronin tenían un daimyo, llamado Asano Naganori, o también Asano Takumi no Kami. Era un pequeño noble feudal que, a principios del siglo XVIII, trató de matar al Kozuke no suke de la Corte, Kira Yoshinaka. No lo consiguió y fue por ello perseguido, hasta el momento en que se rindió a Tokugawa Tsunayoshi, el quinto shogun Tokugawa.

Asano había sido condenado a muerte por el sacrilegio derivado del ataque a Kira. Sin embargo, en atención a su rango, se le permitió cometer sepuku. Los 47 ronin, que se llamaban así por haber perdido a su señor (hasta que fueron de Asano, eran samurai), juraron vengarlo. Estuvieron dos años voluntariamente escondidos, sin llamar la atención; y el 14 de diciembre de 1703, atacaron el castillo de Kira y se lo llevaron por delante (a él, y a unos cuantos). Hecho esto, fueron a la tumba de su señor, depositaron allí la cabeza ensangrentada de Kira, y se rindieron. Acto seguido, cometieron sepuku. Su sacrificio fue rápidamente admirado; sus cuerpos, enterrados en el monasterio de Sengakuji, pronto fueron objeto de peregrinación.

La moral innata del militarismo japonés, por lo tanto, apunta a una exigencia de que el Ejército obtenga la victoria, o perezca en la derrota. El concepto occidental de “soldado que huye, vale para otra guerra” no tiene cabida entre los japoneses. Pero el caso es que Japón, en 1944, estaba perdiendo la guerra.

Y no sólo la estaba perdiendo, sino que la estaba perdiendo poco tiempo después de haber experimentado una notable sucesión de éxitos, que alimentó las ilusiones del imperialismo japonés. La guerra con China (1894-1895) le supuso la isla de Formosa; aunque es verdad que fue un premio menor, puesto que los japoneses se consideraban con derecho a tomar Manchuria. Sin embargo, las potencias occidentales recelaron de la pujanza japonesa; no querían un poder emergente en Asia y, por ello, rebajaron notablemente las expectativas. En 1904, Japón fue nuevamente a la guerra, esta vez contra Rusia. Aquella guerra fue la primera vez que Japón se enfrentaba a un enemigo caucásico. Los japoneses tomaron Port Arthur y obtuvieron una resonante victoria naval en Tsushima, con unos resultados que asombraron al mundo, hasta entonces convencido de que el zar se iba a desayunar un sushi de samurai. La pujanza japonesa le reportó posesiones coreanas, así como las islas Sajalín. En la Gran Guerra, la decisión japonesa que ponerse del lado de los aliados le otorgó la soberanía sobre las Carolinas, las islas Marshall y las Marianas.

Japón había ingresado, y por la puerta grande, en el club de las grandes naciones del mundo geopolítico.

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