miércoles, marzo 18, 2020

Fernando (5: a hostias con Godoy)

A ver, error jodido.

Tenía dos tomas, y no lo sabía, en la carpeta de borradores, numeradas con el 5. Ésta es la verdadera 5 y la que ya he publicado, el niño asustado y envidioso de Carlota, era la 6. Ya la he numerado como debe de ser pero, lo siento, ésta la tendréis que leer ahora por culpa de mi mala mano.

¿No volverá a pasar? Y una leche. Seguro que volverá a pasar.

En fin, vamos allá.

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Ya hemos pasado por esto:

Un niño en el que nadie creyó
El ascenso de Godoy
La guerra en el mar
Trafalgar
El niño asustado y envidioso de Carlota

El último enemigo totalmente europeo que le queda a Napoleón es Inglaterra. Un enemigo contra el que ya sabe que no podrá, porque Trafalgar ha repartido ya para siempre las cartas de la soberanía naval europea. Por ello, el francés opta por aislar a Inglaterra, ya que no puede invadirla. Desde Berlín, el 21 de noviembre de 1806, dicta su decreto de bloqueo continental. El bloqueo puede ya ser muy efectivo pero, la verdad, a Inglaterra todavía le queda una grieta por donde colarse: el continente oriental. Para tapar esa grieta es por lo que Napoleón se meterá en la campaña contra Rusia.

Camino de Rusia, por cierto, al pararse en la villa polaca de Bronia para ver un cambio de guardia, Napoleón fue cumplimentado por los polacos, que lo veían como un libertador. Entre las gentes que se acercaron a su carruaje había una bonita mujer de ojos azules que resultó ser la condesa Walewska, María Laczinski, mujer que lo era del conde Colonna de Walewice-Walewski. Napoleón se quedó tan encoñado de la rubia que la invitó a un baile y allí, viendo a dos oficiales franceses que se le adelantaron en plan aguililla, inmediatamente los destinó a la otra punta del continente para que se quitasen de en medio.

A partir de ahí, lo típico: cartas, citas, frotamientos y, como cantan Les Luthiers, proceden de sus mimos excitantes/los infantes. El 4 de mayo de 1810, la Walewska parirá un niño.

La guerra en Rusia se define en Fridland (14 de junio de 1807) y el consiguiente tratado de Tilsit (7 de julio). Entre otras cosas, en ese tratado se acuerda que José Bonaparte, quien ya es rey de Nápoles, lo será también de Dos Sicilias; Napoleón sigue ofreciéndole las Baleares a los Borbones desalojados.

Inglaterra, mientras tanto, ataca a España en sus colonias. Llega incluso a tomar Buenos Aires aunque, en una acción que los británicos considerarán casi vergonzosa, Santiago Liniers y los propios porteños le obligarán a izar la bandera española en el fuerte. Inasequibles al desaliento, los ingleses después sitiaron Montevideo, que fue suya después de cuatro meses de asedio. Luego regresaron a Buenos Aires, pero de nuevo la resistencia fue excesiva para ellos.

En todo caso, para Napoleón tener el paso franco por España no será un problema, pues el gobierno le cederá con gusto esa prerrogativa. Como es sabido, la teoría que cuenta con más adeptos, y que yo creo básicamente cierta, es que Manuel de Godoy operó en este tema básicamente siguiendo intereses personales, puesto que en el año 1806 un enviado personal suyo, Eugenio Izquierdo, había estado negociando en París la concesión en su persona de la corona de Portugal, de la que es cierto que el general francés quería ya desalojar a los Braganza.

En realidad, Francia e Inglaterra estuvieron, aquel 1807, en negociaciones para llegar a algún tipo de entente, por personas interpuestas. Sin embargo, la decisión inglesa de controlar Dinamarca y su flota, que los ingleses acabarán salvando de las manos francesas por un cortacabeza, será la que decida al francés de que debe invadir Portugal para secar a los ingleses de puertos amigos en la Europa occidental. Sin embargo, la intención de llegar las tropas francesas hasta Portugal no se para simplemente en conseguir que Carlos IV les deje pasar; en realidad, lo que quieren los franceses es derribar a la dinastía española, como ambicionan derribar a la lusa. Carlos IV no se ha mostrado muy partidario de los franceses en las postrimerías de la batalla de Jena, y ésa es la típica cosa que Napoleón no olvida fácilmente. Historiadores franceses como Thiers no dudaron en describir a Napoleón como alguien que tenía una opinión bastante mala, pero aun así civilizada, del rey; pero que, sin embargo, practicaba un odio africano hacia la reina, a la que consideraba “criminal”; y hacia Godoy, al que apelaba de “innoble”. Una vez más, pues, y ya no sé ni cuántas irían, un prohombre español, en este caso Godoy, se encontró construyendo la Historia de España y, al tiempo, desoyendo el principal de sus consejos: timeo francos et dona ferentes.

En este orden de cosas, los franceses y los españoles firmaron el tratado de Fontainebleau. La gran discusión de este tratado en París tuvo que ver con la integridad territorial española. En la capital francesa, y en el gobierno francés, había toda una tendencia, representada por Talleyrand, formada por políticos franceses de la pura cepa de Richelieu, esto es, personas a las cuales los bienes o males de todo lo que no fuese Francia se les daba una puta higa; gentes, por lo tanto, que no consideraban que en los arreglos diplomáticos con España hubiera de mantenerse la integridad de su territorio. Talleyrand, de hecho, quería correr la frontera de Francia hasta el Ebro; pero Napoleón, tal vez aconsejado por gentes que temían que, en ese caso, se liase parda como luego se lió, acabó por desechar esa idea, que tuvo en la punta de los dedos.

Fontainebleau, por lo tanto, obligaba a España a entrar en guerra con Francia y, muy particularmente, a dejar que las tropas de Jean Andoche Junot entrasen en el país. Asimismo, por mor del tratado el Portugal septentrional (conocido como la provincia de Entre Duero y Miño), más la ciudad de Porto, se entregaban al rey de Etruria con el título de rey de la Lusitania Septentrional; el rey, sin embargo, cedía dicho reino al emperador. La provincia de Alentejo y la de Los Algarves pasaban a ser de Godoy con el título de Príncipe de los Algarves; y el resto del país quedaba en depósito, a la expectativa de destino. Los dos reinos creados en Portugal se sometían al protectorado del de España. Se firmó el tratado el 27 de octubre de 1807 pero, la verdad de las verdades, las tropas francesas llevaban entonces ya días entrando en España. Fue más bien, y nunca mejor dicho, un fait accompli.

Godoy, pues, ya tenía lo que quería; su Ínsula Barataria particular. Portugal, por otra parte, no presentó batalla. El rey Joao, amparado por los ingleses, se marchó a Brasil.

El mes de octubre de 1807 y los que le siguen no se pueden repasar con la sola mención de este hecho. En realidad, fue un tiempo mucho más intenso, que sigue, a mi modo de ver, un tanto oscuro en sus detalles para la Historia. Un tiempo crucial para la Historia de España desde varios puntos de vista, puesto que fue el mes en el que, en la familia real, padre e hijo se enfrentaron mientras Napoleón los observaba.

Primero nos ocuparemos de Godoy, y después lo haremos de la movida en sí.

Como hemos dicho, el tratado de Fontainebleau, y consecuentemente el placet a los franceses para que entrasen en España, llegó a finales del mes de octubre. Pero a principios del mismo mes, los gabachos habían comenzado a hacer lo que luego harían legalmente usando el simple y puro argumento L'Oreal: porque yo lo valgo. A principios de mes, los franceses ocuparon plazas fuertes en Guipúzcoa y en las zonas limítrofes de Cataluña, lo que movió a Godoy a convocar un consejo en el que intimó al rey para que se opusiera firmemente a estos movimientos. El Consejo, sin embargo, resolvió no hacer nada, hecho éste ante el que Godoy dimitió de todos sus cargos, aunque el rey no le aceptó dichas renuncias. Este gesto ha sido siempre oro molido para los historiadores fluyentes con el valido pero, la verdad, a mí siempre este tipo de cosas me han sonado a milonguilla cubana. Nunca he entendido eso de que dimitas y no te acepten la dimisión. Si dimites, dimites, y te vas; y nadie puede impedir que te vayas si es lo que quieres hacer. La dimisión que se presenta con la intención de que no sea aceptada es una especie de cuestión de confianza extraparlamentaria; es otra cosa, y no es justo decir que si se presenta es porque se está en desacuerdo con lo decidido. La historiografía pro-Godoy se centra en esta dimisión para “demostrar" que el Príncipe de la Paz ya había calado a Napoleón, ya se había dado cuenta de que los franceses no eran amigos de los españoles, así pues lo apela de clarividente patriota. Para mí, la propia postura de Godoy en el Consejo fue una impostura. Él tenía que saber, mejor que nadie, que el ejército español no estaba en condiciones de presentar resistencia al coloso francés, así pues la política que él propugnaba no significaba sino darle a Napoleón la disculpa que necesitaba para barrer a los Borbones de España como había hecho con la misma dinastía en Nápoles. Así, pues, hizo la propuesta, tal es mi idea, para que se la rechazasen y él pudiese realizar el teatral gesto de dimitir, cosa que no pensaba hacer.

Hay que tener en cuenta, además, que es un error histórico de primera magnitud el asumir que, en cada momento histórico, todo el mundo tenía claro cómo iban a terminar las cosas, es decir, exactamente como acabaron por desplegarse. Dicho de otra forma: no todo el mundo en el Palacio de Aranjuez pensaba, en ese momento, que Napoleón entraba en España para echar a los Borbones. De hecho, todos los partidarios, crecientes, del príncipe de Asturias, que en ese momento era la rutilante estrella naciente del firmamento español, consideraban que las intenciones de Napoleón no eran echar a los Borbones, sino echar a Godoy para coronar a Fernando en lugar de su padre. Así pues, también es más que probable que la actitud del Príncipe de la Paz en aquel Consejo de gobierno fuese la que fue por la simple y pura razón que la de Fernando era la contraria.

Godoy, tras el Consejo, ordena la concentración de tropas en Aranjuez, para proteger al rey, para quien proyecta un viaje al sur de la península, y aun a América, lejos de los franceses. Entre otras unidades que son movilizadas con el Tren de la Fresa, se encuentra la guarnición madrileña. Este movimiento no le gusta nada a los gatos, que se soliviantan. En Aranjuez las cosas no están mejor. La tranquila villa se va llenando de gentes extrañas, no todas españolas, que nunca faltan en toda agitación semi-seudo-revolucionaria.

El 17 de marzo por la noche, la gente, unos dicen que teledirigida, otros que en medio de un proceso espontáneo (los célebres incontrolados de la Historia de España, que lo mismo sirven para un roto que para un descosido) se presenta en la casa de Godoy. Alguien comienza con arengas que incitan y excitan al pueblo. La gente está muy hasta los huevos de Godoy, un hombre que, además, ha acumulado tanto poder que difícilmente podrá aducir en su defensa eso de que los errores de gobierno son errores colectivos. La gente entra en la casa y la saquea. Godoy, que está dentro, se refugia en un desván, acojonado en un rincón detrás de unas cajas o de unos muebles, hasta que la sed puede con él y sale en busca de algo que beber. En ese momento es detenido por la Guardia de Corps, que no podrá, o no querrá, impedir que la gente le arree unas cuantas hostias por el camino.

Los guardias, al mando de Ramón Patiño, marqués de Castelar, se llevan al Príncipe al maco. Días después, incluso albergarán la idea de trasladarlo a Madrid, pero Murat se apresurará a argumentarle a Javier Negrete, capitán general de Madrid, que debe olvidarse de esa idea porque se puede liar la de Dios es Cristo. Así pues, Godoy es detenido en Pinto, que entonces quedaba donde Cristo perdió las tres voces. Como prueba de la inquina que tenía Fernando hacia el valido de su padre, daré dos datos: uno, fue ya el día 28 cuando el rey consintió en que pasase a verlo un médico, pero dio orden de que en la sala se introdujese a alguien que hablase francés y que pudiese enterarse de lo que hablasen el facultativo y Godoy si usaban ese idioma, signo de que Fernando creía a Godoy en secreta solidaridad con los franceses; y, dos, no fue hasta el 29, doce días después de haber sido apresado, que consintió que se afeitase. El 1 de abril es trasladado a Villaviciosa.

Desde El Escorial, adonde se han trasladado, Carlos IV y su mujer interceden en favor de la libertad de Godoy. Y no son los únicos. Napoleón, en una carta que, la verdad, le hace un flaco favor a los pro-Godoy que intentan verlo como un clarividente antifrancés; Napoleón, digo, le escribe a Murat: “no importa el medio que empleéis para sacar de su encierro al prisionero. Lo principal es que salga de España. Deseo verle en Bayona antes de tomar partido alguno”. Es evidente que, entre Fernando, quien parece tener a España detrás, y Godoy, Napoleón ya ha elegido; así pues, el Príncipe de la Paz tan antigabacho no creo que fuese.

Los franceses, sin embargo, no se atreven a sacar a Godoy de su prisión por la fuerza, temerosos de que esa pieza no les sirva de nada si lo hacen. El 29 de marzo de 1808, pocos días antes de que, el 3 de abril, comenzase el juicio contra Godoy, sus bienes fueron embargados; decisión la que se dio inmediata marcha atrás cuando los hombres de Fernando fueron informados de una cosita tan simple como que los embargos son el resultado de una sentencia, no del principio del juicio. El 3 de abril, como digo, el marqués de Caballero, José Antonio Caballero, ministro de Gracia y Justicia y enemigo acérrimo de Godoy, comunica su procesamiento y el procesamiento separado de Diego de Godoy, Luis Viguri y otros.

Jueces fueron nombrados los miembros del Consejo Real, el conde del Pinar, José Antonio Mon y Velarde, y Juan Antonio Inguanzo. Los nombramientos no eran baladíes, sobre todo el de Mon. El conde del Pinar había sido despedido por Carlos IV (o sea, por Godoy) sin explicación alguna (aunque la exigió) y había tenido que vivir exiliado en las posesiones de su mujer en Chiclana durante diez años. Su presencia en la Corte y en el Consejo había sido rehabilitada por Fernando. Así pues, digamos que le tenía unas cuantas ganas al encausado. Actuaron de fiscales Jerónimo Antonio Díez y Nicolás María de Sierra.

El juicio, sin embargo, duró poco. Los franceses se metieron por medio con una oferta para llevarse al Príncipe fuera de España, con la promesa de que lo mantendrían exiliado permanentemente. En la noche del 20 al 21 de abril, el general Rémi Joseph Isidore Exelmans y el comandante Rosetti se lo llevaron en una carroza. El 26 llegó a Bayona; Napoleón cumplió su promesa, pues nunca más volvió a pisar España.

Aunque formalmente, es lógico, el regalo de Godoy se vistió como una graciable cesión de Fernando ante los franceses, no fue tal. Napoleón le había ordenado a Murat que liberase a Godoy sí o sí; y Fernando tuvo tan poco papel en todo eso que el Consejo Real ni siquiera se atrevió a publicar la noticia hasta que el antiguo valido estaba ya casi fuera de España. Días después, Murat (repetimos: Murat) decidió y ejecutó la liberación de todos los parciales y amigos de Godoy que estaban presos, desembargó todos sus bienes y también los del Príncipe de la Paz.

La movida, en general, era más general. Aquel 20 de abril, otro español notable había cruzado la frontera de España con Francia: Fernando de Borbón. Pero, claro, eso es algo sobre lo que tenemos que volver más a fondo.

Éste es el punto del relato, por lo tanto, en el que Godoy pierde importancia, y la gana Fernando. Es por ello que haremos mejor parándonos aquí, volviendo la espalda, y dejando los hechos en suspenso aquí hasta que los hayamos recuperado tras haber contado un montón de cosas que todavía no hemos contado: la vida de Fernando de Borbón. Es a lo que nos aplicaremos a partir de la siguiente toma.

1 comentario:

  1. Como la otra entrada era un flashback, ni me enteré. Sospecho que la mayoría de los lectores no lo hubiéramos pillado.

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