lunes, enero 27, 2020

El caso Grigorenko (o el día que Pablo Iglesias me inspiró para escribir este post)

Este post es un poco largo, pero supongo que sabréis perdonar.

Hace algunos años, viendo la televisión, me dije a mí mismo que algún día escribiría este post. Aunque no lo recuerdo, estoy seguro que estaba viendo La Sexta, porque en la pantalla estaba Pablo Iglesias. Debatía con alguien que no recuerdo pero sí que era de derechas sobre política y economía. En un determinado momento, el contrincante del mangrave de Galapagar dijo algo como "eso sería hacer las cosas como en la Unión Soviética". Y entonces Pablo, con una sonrisa en la boca, muy divertido, levantó un poco las manos y dijo: "¡Ah, la URSS, uuuhhh!!, imitando el ulular de los fantasmas en plan "que viene el coco". Quería decir, claro, que al mentar a la URSS, su oponente estaba apelando a una presunta maldad en la que él, claro, no creía.
Cuando ví eso, pensé que Pablo Iglesias tenía y tiene dos herramientas que le permiten cachondearse de quienes dicen que la URSS era caca: una, su ideología; la otra, su edad. La edad de Iglesias, en efecto, le permite que, para él, en el fondo la URSS sea una referencia literaria. Él tenía once años cuando cayó el muro y cuatro cuando murió Leónidas Breznev (que es cuando cayó la URSS). Para él, pues, la URSS no es una realidad; es una referencia. Y las referencias, por definición, son, a menudo, esquemáticas, resumidas, genéricas. Para él, pensar que la URSS fue un hecho que no debe mover al miedo, como expresó en su actitud televisiva, es, tan sólo, un problema de saber seleccionar con cuidado las lecturas.

Hoy quiero contarte la historia de Piotr Grigorenko, sobre todo a ti, lector de este blog que en 1989 tenías, digamos, menos de veinte palos. Tal vez a ti te impresione lo mismo que me impresionó a mí la primera vez que supe de ella. Es una historia más de las muchas que podría contarte. Y lo hago, básicamente, buscando que para ti, independientemente de cuáles sean tus ideas o cuáles vayan siendo según pase el tiempo, eso de la URSS sea algo más que cuatro datos más o menos aprendidos de fuentes diversas. Que además de eso, que es muy loable, también tengas la oportunidad de aprender que lo que hizo la URSS, entre otras muchas cosas, fue aplastar, triturar, destrozar, apisonar, humillar, disolver, despedazar, la vida de muchas personas; personas no pocas de ellas que, por cierto, como Piotr Grigorenko, eran comunistas hasta el yeyuno. Personas, algunas de ellas, que sufrieron ese desmembramiento delante de los ojos de Occidente, sin que Occidente, mesmerizado por cuatro gilipollas que filmaban películas que hoy nadie ve y se paseaban por las fiestas patronales cantando canciones sobre el musguito en la piedra y otras memeces; sin que Occidente, digo, hiciera gran cosa por defenderlos. Una pequeña pieza de memoria histórica, pues. Eso sí, de la que nadie quiere oír hablar.



Piotr Grigorenko fue el primer vecino de su pueblo ucraniano de Borisovka que se apuntó al Komsomol, esto es, la Liga Joven Bolchevique. En 1927, cuando apenas contaba 20 años de edad, entró en el Partido Comunista Ucraniano y dos años después, como le solía ocurrir a los militantes del Partido que mostraban capacidad de servir para algo (e incluso muchos de los que claramente no servían para nada), se le garantizó una educación de gran calidad, al entrar en el Instituto Politécnico de Kharkov.

Grigorenko pronto se demostró como un excelente estudiante en materias ingenieriles militares. Por eso mismo, el Partido lo transfirió a otra academia de ingeniería, de mayor calidad, donde se graduó en 1934. Ingresó en el Ejército Rojo, sirviendo siempre como ingeniero. En la segunda guerra mundial se ganó el respeto de sus subordinados por su coraje y sabiduría militar. Debido a sus acciones militares recibió la Orden de Lenin, dos órdenes de la Bandera Roja y la Orden de la Estrella Roja. En 1959 fue promovido al generalato. La fecha, para sus méritos, es tardía. Ésta es una primera pista, que explicaremos enseguida.

Tras la guerra, en 1945, Grigorenko regresó a la vida académica, concretamente en la Academia Frunze, la mejor de su género en toda la URSS. Allí, el militar e ingeniero ucraniano enseñó 17 años y publicó docenas de trabajos técnicos que le supusieron mayor prestigio, hasta llegar a dirigir el departamento de Cibernética de la Academia.

En 1941, en medio de lo más duro del estalinismo, Grigorenko fue seriamente advertido por las autoridades militares porque criticó la que consideraba falta de visión militar del padrecito Stalin. De hecho, eso es lo que hizo que él, que por escalafón ya debería haber sido general en 1947, no lo fuese hasta 1959, ya en la era Kruschev.

En 1962, el lenguaje de las advertencias serias dio paso al de la simple y dura purga. La suya no fue, en ese momento, una purga dolorosa, sino más bien puteona: lo nombraron Jefe de Operaciones Militares en un distrito del oriente extremo de la URSS. Lo mandaron, pues, a freír vientos allí donde Cristo había perdido el carné del Leganés, Club de Fútbol. ¿Qué había pasado con este fiel comunista de primera hora, héroe de guerra? Ésta es la historia que te quiero contar en estas líneas.

Aunque parece bastante claro que Grigorenko estaba comprando muchas papeletas para que Stalin se lo llevase por delante, no le acabaría por ir mejor con el nuevo camarada primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y compatriota suyo, Nikita Kruschev, porque, haciendo uso de su independencia de criterio, también le dio por criticarle. En 1961, en una conferencia del Partido, Grigorenko criticó abiertamente a Kruschev. Criticó los salarios elevados que tenían los altos rangos militares y del Partido, y se mostró partidario de que los cargos en el PCUS fuesen rotatorios. Asimismo, advirtió contra el nacimiento de un nuevo culto a la personalidad de Kruschev muy similar al que se había producido con Stalin.

Como consecuencia de estas críticas, Grigorenko fue cesado de su cargo académico y fue enviado al culo del mundo soviético, que viene a coincidir, con bastante exactitud, con el culo del mundo a secas.

Esto, sin embargo, no calló al ucraniano. En 1963, Grigorenko fundó el Grupo de Lucha para Revivir el Leninismo (sic), una pequeña célula disidente cuyo objetivo, bien claro, era devolver la URSS a las esencias de Vladimiro. El grupo editó unos folletos que la KGB consideró como propaganda antisoviética, y que provocaron el arresto de Grigorenko el 2 de febrero de 1964. Imputado bajo el temible artículo 70 del Código Penal soviético, el ucraniano pasó varias semanas en la Lubianka, desde donde fue transferido al Instituto Serbsky para una evaluación siquiátrica. Aquí comenzó, pues, el escalón final de la represión de Grigorenko: la utilización de los manicomios para apresarlo, silenciarlo y, a ser posible, romper su resistencia.

A menos que seas devoto votante de Podemos, supongo que no te supondrá ninguna sorpresa descubrir que la comisión de siquiatras del Serbsky, tras cinco semanas de sesudas pruebas y comprobaciones, dictaminó libremente que Grigorenko sufría de "una enfermedad mental que se concreta en un desarrollo paranoide de la personalidad que incluye delirios y se combina con los primeros síntomas de arterioesclerosis cerebral". Fue declarado (esto era lo primero que se buscaba) no responsable de sus actos, y se decretó su internamiento obligatorio y sine die.

Con un desparpajo que movería a la risa de no estar tratando algo tan serio, los doctores soviéticos describieron en su informe que dentro de los delirios del enfermo se encontraba "la presencia de ideas reformistas, en particular para la reorganización del aparato del Estado"; esto es, atribuían sus ideas políticas al fruto de visiones paranoides. Asimismo, se le diagnosticaron visiones mesiánicas.

La sala de lo militar del Tribunal Supremo de la URSS estimó este informe e internó a Grigorenko en el hospital especial de Leningrado, donde estuvo desde agosto de 1964 hasta abril del año siguiente.

Durante toda esta investigación, a Grigorenko no se le permitió tener abogado ni participar en dicha investigación. Asimismo, a las dos semanas de haber sido internado por el tribunal, fue degradado en el ejército al nivel de simple soldado; se le dejó de pagar la pensión a la que tenía derecho y, por supuesto, se le expulsó del Partido, porque en los partidos comunistas los locos no tienen cabida. Esto se hizo, por cierto a pesar de que la propia legislación soviética establecía que todo militar declarado mentalmente inestable debía de ver concedida una pensión, una especie de pensión de invalidez. A Grigorenko no sólo no se la dieron, sino que le quitaron la que tenía de “normal”. Tampoco se cumplió las normas en el caso del Partido, puesto que éstas dictaminaban que, en caso de tener problemas mentales un militante, su militancia se suspendería, pero no se eliminaría.

En marzo de 1965, una nueva Comisión dictaminó que Grigorenko ya sólo tenía síntomas de esclerosis cerebral, pero que sus problemas mentales habían desaparecido con la misma facilidad con que se habían presentado. Se recomendaba su alta del manicomio y su control periódico. Claramente, el régimen estimaba que ya lo había reblandecido lo suficiente y que, además, como lo había dejado sin medios en la vida civil, poco les podía hacer ya.

Se equivocaron. Grigorenko fue liberado en abril de 1965 y durante los cuatro años que pasaron hasta mayo de 1969, redobló sus acciones de disidencia. Hizo campaña para recuperar su pensión (que, cuando le fue concedida, se había reducido a un tercio de la anterior) y contra su clasificación como inválido de segunda categoría. Pronto, además, se convirtió en un activista de los derechos humanos, escribiendo cartas a dirigentes y participando en actos públicos. En febrero de 1966 participó en una protesta contra lo que consideraba una re-estalinización del país, lo que le valió la detención por la KGB. Durante esa detención, el general Svetlichny, jefe de la policía secreta en Moscú, le dijo: “aunque vayas por la calle sin molestar al tráfico y con una pancarta que diga Viva el Comité Central, igual te meteré en un asilo de lunáticos”.

Aquel año de 1966, Grigorenko conoció al escritor Alexei Kosterin, un activista en favor de los derechos de las nacionalidades minoritarias en la URSS y, muy especialmente, de los tártaros crimeos. Como tal vez sepas a menos que no quieras saber, Stalin deportó a la totalidad de los tártaros crimeos desde sus hogares a Asia Central en 1944, alegando que (por lo visto, todos ellos) habían colaborado con los alemanes. No hace falta ir muy lejos para demostrar que la acusación era falsa: el propio régimen soviético los rehabilitó en 1967 pero, eso sí, no les permitió regresar a sus casas. Merced al contacto con Kosterin, Grigorenko hizo de sí mismo un defensor a ultranza de los tártaros, amén de defensor de la reinstauración de la República Autónoma de Crimea. En ningún momento, todo hay que decirlo, había dejado de ser comunista: en sus discursos de aquella época se quejaba de que los dirigentes soviéticos habían convertido la democracia (ejem...) leninista en “un sistema burocrático sin sentimientos”.

Las autoridades soviéticas actuaron contra estos activistas, llevándolos ante los tribunales. Muy particularmente, arrestaron al colaborador más estrecho de Grigorenko, Iván Yakimovitch, a quien ingresaron en un manicomio. Grigorenko comenzó a jugar al ratón y el gato con la KGB hasta que, en mayo de 1969, lo pillaron. Fue invitado telefónicamente a ir a Tashkent a un acto a favor de los tártaros crimeos, una invitación que en realidad había fabricado la policía secreta. Fue detenido por violar el artículo 190-1 del Código Penal (propaganda clandestina).

Grigorenko fue metido en un calabozo de la KGB, donde le dieron varias manos de hostias. Lo aislaron de su mujer y de su abogado y, una vez más, le retiraron la mierdo-pensión que le estaban pagando. Él trató de, cuando menos, trasladar su caso a Moscú (en lo que tenía toda la razón: la propaganda de la que se le acusaba había sido distribuida en la capital), pero no salió de Tashkent. Entonces comenzó una huelga de hambre que no le sirvió de gran cosa, puesto que fue alimentado a la fuerza.

El 18 de agosto, la KGB organizó una nueva evaluación siquiátrica de Grigorenko. Durante tres horas, fue reconocido por un equipo de médicos dirigido por Fiodor Detengov, una prominente figura de la siquiatría de la URSS que durante muchos años fue jefe de siquiatría de la república de los uzbekos.

Para gran sorpresa de la policía secreta, Detengov y sus colegas hicieron su trabajo: dictaminaron que, sin sombra de duda, Grigorenko no tenía ninguna enfermedad mental y que no requería internamiento alguno. De hecho, los doctores decían que “teniendo en cuenta su rechazo a estar en manicomios, su edad y su elevada sensibilidad”, seguir haciéndole reconocimientos e ingresos sería contraproducente. En corto, los médicos dictaminaron que, desde el punto de vista siquiátrico, lo que había que hacer era dejarlo en paz.

La respuesta del régimen, dos semanas después del informe, fue trasladar a Grigorenko a Moscú e ingresarlo en el Serbsky. Y encargó una segunda investigación, por si la primera había fallado algo en su diagnóstico.

Vaya si había fallado. Los doctores Morozov (dos, sospecho que hermanos) y Lunts firmaron, pocos días después, al pie de un papel en el que certificaban: que Grigorenko era un enfermo mental; que sufría de un desarrollo paranoide de su personalidad; que tenía problemas sicopáticos; y que tenía esclerosis cerebral. El paciente, decían los doctores, debía ser considerado irresponsable. Además, se mostraban, por escrito, radicalmente en desacuerdo con la opinión de la Comisión Detengov sobre los peligros de seguir tratando siquiáticamente al enfermo. Por supuesto, consideraron obligado su internamiento en un manicomio. Pasaron, pues, de considerar contraproducente meterlo en un manicomio a considerar contraproducente mantenerlo fuera de él.

El juicio de Grigorenko comenzó en Tashkent en febrero de 1970. Fue declarado demasiado enfermo para poder defenderse por sí mismo, por lo que ni siquiera le dejaron estar presente en las sesiones. El tribunal, entre los dos informes siquiátricos, se decantó sorprendentemente por el de Serbsky y, por lo tanto, dictaminó que el reo debía ser internado en el Hospital Siquiático Especial de Chernyakhovsk para recibir tratamiento.

Ni qué decir tiene que el procedimiento estuvo plagado de irregularidades. Una de las grandes obsesiones del sistema soviético fue siempre superar la auditoría del resto del mundo instaurándose formalmente como el sistema más liberal y progresista del mundo mundial (hecho éste confirmado día sí, día también, por un ejército de rocapollas a los que, por no insultar, solemos llamar intelectuales). Como consecuencia, los códigos de leyes soviéticos tienden a ser esas leyes que todo el mundo querría tener en su país; el pequeño problemilla era que no se aplicaban. Así, por ejemplo, la Constitución de la URSS, una nación panrrusa que en beneficio de esa identidad puteó a ucranianos, georgianos, uzbekos, tártaros y lo que se puso por delante, acepta formalmente el derecho de autodeterminación. Como una muestra más de este liberalismo, nunca mejor dicho, avant la lettre, el artículo 144 del Código Penal de Uzbekistán afirmaba el derecho de un reo en la situación de Grigorenko de elegir una comisión médica que lo valorase de nuevo. Grigorenko y su defensora, Sofía Vasilievna Kalistratova, de hecho escogieron a esa comisión en la persona de los doctores Timofeyev (jefe siquiátrico del Ejército Rojo), Shternberg (miembro del Instituto de Siquiatría de la Academia de Ciencias Médicas) y Rokhlin (Instituto de Siquiatría de lo que solemos conocer como Federación Rusa). Sin embargo, esta petición nunca fue atendida por el tribunal.

El tema pasó a la Corte Suprema uzbeka, que avaló la decisión del tribunal de primera instancia hasta en las manchas de café de algunas de las páginas del sumario. El 26 de mayo de 1970, Grigorenko se convirtió en un interno más de Chernyakhovsk.

Como he dicho, las leyes soviéticas molan mucho porque, formalmente, quieren aparecer como la polla de Montoya, lo que a veces les juega malas pasadas. Algo parecido le pasó al franquismo cuando los tecnócratas opusinos, buscando obtener el ingreso de España en la CEE, fueron desbastando las leyes de la posguerra para perlarlas de derechos ciudadanos. En este caso, nos tenemos que referir a una previsión de la ley soviética según la cual cualquier ciudadano, es decir sin siquiera ser abogado, podía realizar algo así como una “reclamación de supervisión” sobre cualquier proceso judicial que considerare erróneo o mal realizado. Esto elevaba el dicho caso ante el Fiscal General de la URSS.

Esta previsión legal fue la que decidieron utilizar un grupo de defensores de los derechos humanos en el caso de Grigorenko. Entre ellos estaba un científico bien conocido, Andrei Sajarov. Sajarov y sus compañeros, pues, presentaron una demanda basada en que: Grigorenko había sido torturado en Tashkent; la práctica del tribunal de cambiar cargos ya durante el juicio (porque, en efecto, el tribunal había cambiado la calificación del delito a mitad de partido, y sin pestañear); el hecho de que sólo declararon cinco testigos, cuando estaban señalados treinta; y el hecho de que se examinaron tres documentos presuntamente clandestinos, cuando en la lista del procedimiento había tres centenares; y, por supuesto, “la ausencia de una decisión debidamente fundamentada sobre la salud de Grigorenko, y la inadmisión de la petición de la defensa sobre una tercera comisión”.

Nunca les contestaron.

Grigorenko pasaría, pues, cuatro años en hospitales mentales: tres y medio en Chernyakhovsk y medio año más en Stolbovaya, cerca de Moscú.

El ambiente en aquel hospital era más bien el de una prisión. Los “internos” no tenían derecho a nada, y eran tratados de forma ruda. La primera vez que la esposa de Grigorenko pudo ir a visitarlo, la dirección del centro la hizo esperar ocho horas hasta que pudo verlo. Y, para cuando se vieron, un guardia se quedó en la habitación, advirtiendo que acabaría con la visita en cuanto hablasen de cualquier cosa que no fuesen asuntos de familia (la URSS, siempre tan progresista: donde los demás hemos inventado el vis a vis, ellos inventaron el trío). Cuando Andrei, el hijo de Grigorenko, se casó, tanto él como su futura mujer y su madre fueron al hospital a verlo, pero se les negó la visita sin explicación alguna.

Periódicamente, a Grigorenko se le prohibía hacer ejercicio, o trabajar. Le quitaron lápiz y papel para que no pudiera escribir, y lo sometieron a largos periodos de aislamiento total.

Cada seis meses, una comisión siquátrica evaluaba al interno. Sistemáticamente repetía su diagnóstico y recomendaciones. Sólo apareció una pequeña grieta en la piedra en enero de 1973, cuando la comisión, finalmente, recomendó que Grigorenko fuese trasladado a un hospital siquiátrico ordinario. Los tribunales rechazaron dicha recomendación. En el proceso para llegar a esta decisión, tanto Kalistratova como la mujer de Grigorenko ni siquiera fueron convocadas o informadas. De hecho, Kalistratova conoció de la decisión del tribunal tres meses después de haberse producido; momento en el que dicho tribunal tuvo el santo cuajo de informarle de que se había pasado el período para apelar. Culebreando por los recovecos de los códigos penales soviéticos, Kalistratova decidió apelar ante la Corte Regional de Kaliningrado.

La Corte de Kaliningrado, al conocer de este caso, revocó la decisión del Tribunal de Chernyakhovsk y remitió el caso de nuevo al tribunal para su revisión. En julio de 1973, la Corte, en efecto, decidió que Grigorenko tenía derecho a ser transferido a un hospital ordinario cerca del domicilio de su familia, en Moscú. El fiscal, sin embargo, apeló esta decisión aduciendo que forzaba el lugar donde debía estar el hospital; la Corte de apelación le dio la razón, estipulando, pues, que se le debía reconocer el derecho a Grigorenko de ir a un hospital ordinario, pero sin establecer ubicación. Esto, sin embargo, fue un tecnicismo, puesto que, finalmente, el Ministerio de Salud transfirió a Grigorenko a un hospital cerca de Moscú, eso sí, más allá del perímetro de cuarenta kilómetros a partir del cual los visitantes extranjeros no podían pasar sin un permiso especial. El detalle no es baladí: los soviéticos estaban preocupados, y con razón, de que el tema Grigorenko se volviese viral.

El 1 de septiembre de dicho año, una carta al director de The Times destapaba el caso Grigorenko en Occidente. El momento no era casualidad. La World Psychiatric Association o WPA tenía previsto celebrar en un mes una reunión en Moscú, y los firmantes de la carta animaban a los asistentes a solicitar una visita a Grigorenko. Sajarov hizo lo mismo el 8 de septiembre en una conferencia de prensa.

Así las cosas, el 19 de septiembre los soviéticos trasladaron a Grigorenko al hospital siquiátrico número 5, en la estación de Stolbovaya. Ese mismo día, una oscura y misteriosa enfermedad infecciosa se declaró en el hospital (bueno, en el hospital no; para ser más exactos, se declaró únicamente en la sección del hospital donde estaba Grigorenko), por lo que el complejo se puso en cuarentena. Visitantes, no gracias.

Cuando Denis Leigh, secretario general de la WPA, llegó a Moscú, el día 5 de octubre, fue inmediatamente trasladado para una entrevista con el viceministro de Salud, doctor Dimitri Verediktov, Very para los amigos. Pues bien: Very le anunció campanudo a Leigh, quien todavía no había solicitado ver a Grigorenko, que la visita había sido autorizada.

En corto: los soviéticos habían decidido mostrar a Grigorenko porque, de las decenas, si no centenares, de casos de disidentes que habían sido internados en manicomios, éste era uno de los más conocidos y, de esta manera, autorizando esta visita, se ahorraban la posibilidad de que les solicitasen otras, aprovechándose de que el occidental medio, tan progre él, solía conformarse con bien poco a la hora de hacer comprobaciones de este tipo. Además, habían decidido presentar a Grigorenko como un paciente exitoso: como alguien que, tras cuatro años de tratamiento, se había curado y, por lo tanto, estaba pronto a recibir el alta. De esta manera esperaban evitar el reclamo de un reconocimiento del “enfermo”; ¿para qué reconocerlo, si sus propios médicos lo reputaban curado?

Así las cosas, el 15 de octubre, tras las sesiones de la conferencia, el doctor Leigh, acompañado por el siquiatra sueco Carlo Perris, visitó Stolvobaya, donde la enfermedad infecciosa había desaparecido con el mismo desparpajo con que había llegado. Allí, sin embargo, Grigorenko empezó a poner pegas: se negó a recibirlos mientras no estuviesen presentes su esposa y un intérprete que fuera de su confianza.

Como acertadamente escribiría con el tiempo Andrei, el hijo del “enfermo”, de una forma difícilmente comprensible los dos siquiatras occidentales aceptaron entrar en aquel hospital de la mano de un intérprete proporcionado por el propio Estado soviético quien, según todos los indicios, realizó más de una y más de dos traducciones libérrimas de lo que escuchaba o leía. Cuando finalmente lograron ver a Grigorenko y le preguntaron cómo estaba, la contestación del ucraniano (según el intérprete) fue: “en comparación con Chernyakhovsk, esto es mucho mejor”. Estas palabras serían machaconamente repetidas por la propaganda soviética (y por muchos medios occidentales, de ésos que hacen publicidad de cuando en cuando mostrando a todos sus comunicadores sonriendo y haciendo el imbécil delante de la cámara y te cuentan que sólo tienen compromiso con la verdad, y otras chorradas). Uno de sus médicos, Gregory Mozorov, terció con un informe en el que decía que Grigorenko “se sentía mucho mejor últimamente” (su mujer, en ese mismo momento, sabía que no tenía ni fuerzas para escribir); informe que fue multirrepetido por bastantes amigos de la verdad en Occidente. Leigh le puso la guinda al pastel al informar a la prensa mundial, tras su visita, que Grigorenko “estaba siendo muy bien tratado”; cuando todo lo que había hecho había sido verlo durante unos minutos, y con la intermediación de un tipo que le traducía cada cosa a su puta bola soviética. Un siquiatra soviético publicó un artículo, que fue fuente de cienes y cienes de artículos sobre el tema dentro y fuera del Telón, en el que citaba a Leigh diciendo que “Grigorenko me ha dicho que está contento con el trato y el tratamiento que recibe, que le están haciendo mucho bien”.

El doctor Perris contó que el director del hospital le había dicho que una comisión tenía previsto dictaminar el alta de Grigorenko en un mes. Tres días después, Leigh, en una entrevista, desmintió esta afirmación categóricamente. Así pues, o bien los dos doctores visitaron a personas diferentes, o bien tenían, digamos, sensibilidades diferentes frente al problema.

Da la impresión de que estos dos notas, Leigh y Perris, eran unos maulas que no sabían con quién se estaban jugando el cochifrito; pero se enteraron pronto. La agencia Tass, soviética y por supuesto oficial, difundió unas declaraciones de Perris en las que el sueco avalaba el diagnóstico de los doctores soviéticos sobre Grigorenko y la eficiencia del tratamiento. Ante esta situación, tanto Perris como, sobre todo, el inicialmente encantado de la vida Leigh recogieron velas, y comenzaron a declarar en la prensa occidental que no habían podido hablar propiamente con Grigorenko ni valorar los tratamientos a que estaba siendo sometido, por lo que durante su visita no habían podido valorar en modo alguno lo que los soviéticos decían que habían valorado en términos tan encomiásticos. Amnistía Internacional, en todo caso, exigió públicamente a Perris que explicase cómo podía haber dicho dos cosas tan distintas; el siquiatra nunca lo explicó, lo cual da que pensar que Tass no mentía del todo.

En términos generales, pues, puede decirse que la visita Leigh-Perris se salió a los soviéticos de coña. Observad, si estáis leyendo esto, que en todo el proceso no apareció ni una sola crítica hacia el sistema soviético de atención siquiátrica, a pesar de que estaba siendo burdamente utilizado como herramienta de represión política. Sin embargo, eso no duró mucho, porque aquellos dos siquiatras medio pollas no eran los únicos que había en el mundo, y gentes como Sajarov andaban por ahí dando por culo. Así las cosas, en un efecto que probablemente la URSS no había esperado, se fueron paulatinamente dando cuenta de que no les quedaba otra que organizar una visita en condiciones de una delegación nutrida de siquiatras occidentales. Pero, claro, como querían que les saliera bien y siquiatras listos hay un par, decidieron probar con una profesión con una mayor densidad de lerdos, o de devotos comunistas más o menos emboscados: los periodistas.

Los soviéticos escogieron cuidadosamente al invitado: Klaus Lempke de Der Stern; El 17 de octubre de 1973, Lempke y su fotógrafo viajaron a Stolbovaya. Dos semanas después, su revista y otras sindicadas, como París Match o Daily Express, publicaron un reportaje de ocho páginas. En el reportaje, Lempke informaba de las dos sesiones preparatorias que había tenido con el doctor Morozov en el Serbsky, sus conversaciones con los doctores del hospital moscovita, y una entrevista con Perris. ¿Echáis en falta algo? ¿Tal vez la familia de Grigorenko, o sus amigos? ¿Tal vez, un suponer, el propio Grigorenko? Pues sí: los echáis en falta porque la luminaria del periodismo alemán aceptó hacer un reportaje sobre Grigorenko sin entrevistar a Grigorenko ni apenas verle, pues sólo se le autorizó a hacer una sesión de fotos con él. En cuanto a la familia, se le prohibió expresamente verla.

Pero él publicó el reportaje. Porque estaba, ante todo, comprometido con la verdad, la objetividad, el periodismo y lo que fuese.

En las sesiones en el Serbsky, de hecho, Mozorov le dijo a Lempke cosas que, incluso intuitivamente, son muy difíciles de tragar, como que en la URSS los pacientes tienen el derecho de recusar siquiatras de las comisiones de evaluación; cuando lo cierto es que a Grigorenko, y esto lo habría sabido Lempke con sólo hablar dos minutos con la disidencia, no sólo no se le permitió recusar a nadie, sino que se le negó su derecho legal a nombrar los miembros de una tercera comisión. Lempke, sin embargo, publicó obedientemente las afirmaciones de los soviéticos. En un epítome de paroxismo, los doctores le dieron a Lempke una copia auténtica del expediente original de Grigorenko. El periodista alemán declararía que lo dio por bueno porque, dado que algunas páginas estaban amarillentas, se veía que era un documento antiguo. En fin, en cuanto el documento cayó en manos de personas con un coeficiente intelectual algo más alto, se fueron dando cuenta de que el informe recogía datos como el internamiento de Grigorenko en Kazán, lugar donde nunca había estado; entre otras torpezas. El presunto “informe real súper-amarillento” era una falsificación. Que Lempke, claro, dio por buena.

Lo más enternecedor del reportaje de Lempke son sus párrafos finales, donde el periodista explica sus conclusiones. Se pregunta: muchas personas han protestado por el estado de Grigorenko; pero, ¿realmente saben que está sano? Incluso se pregunta retóricamente: ¿cuándo han vivido con él, hablado con él, o lo han visto?, como queriendo transmitir la idea, falsa, de que él sí que lo había visto, sí que  había hablado con él.

La estrategia fundamental de Lempke en su reportaje fue establecer eso que en las pelis de juicios se llama la duda razonable; sólo que él no la establecía en favor del reo, sino del verdugo. Aprovechando que la siquiatría no puede, la verdad, vanagloriarse de ser una ciencia exacta, se preguntaba Lempke en sus conclusiones si alguien podría, alguna vez, establecer la frontera exacta entre locura y salud mental en la Unión Soviética. Grigorenko, continuaba en su razonamiento esta luminaria de la objetividad, había hecho cosas que se consideraban propias de locos en la URSS, en una evolución que le provocaba el delirio de ser la única persona que podía salvar a la URSS (y esto lo sabía sin haber hablado con él). Él mismo, pues, se había colocado en un entorno de irracionalidad y autodestrucción; ¿podía alguien, seriamente, aducir que la URSS no tenía derecho a tratar aquello como una enfermedad?

No hay, supongo, ni qué decir, que en el expediente auténtico que le fue facilitado a Lempke sobre Grigorenko no se decía nada sobre el informe de la comisión de Tashkent; pero, vaya, él tampoco hizo ningún esfuerzo por documentarse.

En fin, el caso es que el reportaje se publicó en Occidente, como un ejemplo más, uno de los más rastreros, de eso que llamamos Ostpolitik y por lo que hemos elevado a Willy Brandt a los altares de la inteligencia política (y es que toda buena comida tiene sus flatulencias, qué le vamos a hacer). Y fue munición para que una caterva de pensadores y diletantes con jersey de cuello alto y chaqueta de pana se alzasen en las tertulias argumentando que casos como el de Grigorenko, lejos de demostrar que en la URSS se reprimía a los disidentes, adveraba que se les quería más que en en el mundo libre, y se les trataba mucho mejor. Gentes que, por cierto, jamás han pedido perdón por esos juicios suyos, que hicieron mucho por apisonar la vida de miles de personas.

En fin, en medio de este ambiente tan amigo de la verdad, una comisión siquiátrica soviética, en enero de 1974, recomendó de nuevo el mantenimiento de Grigorenko en una institución siquiátrica. La verdad, fue una comisión bastante sincera, pues en sus conclusiones no dijo que había que dejarlo en el maco-comio porque siguiese enfermo sino, simplemente, por la elevada posibilidad de que, una vez libre, retomase sus actividades subversivas. En ese tiempo, la doctora Kozhemyakina, subdirectora de Stolbovaya, tuvo el cuajo de decirle al hijo de Grigorenko que lo mejor que podía pasar era que su padre se muriese, porque “sería la solución mejor para todos”. En efecto, para entonces Grigorenko estaba ya en una edad como para palmarla, 67 años de hace medio siglo, y en muy mala situación de salud, especialmente por su corazón.

Sin embargo, no todo el mundo, ni en Stolbovaya ni en las estructuras del Partido, parecía pensar igual que la subdirectora del hospital. La nomenklatura soviética, según todos los indicios, estaba bastante acojonada con la idea de que el disidente se les muriese ingresado; necesitaban el golpe de efecto de que se lo pudiera ver en la calle y, a ser posible, que la palmase pronto después. Así las cosas, en mayo de 1974 la mujer y el hijo de Grigorenko dieron una rueda de prensa semiclandestina en la que informaron de que, repentinamente, el Serbsky se había convertido en gran defensor de Grigorenko, y ahora sostenía que, dada su mala salud, lo mejor era darle el alta. Los tribunales tardaron relativamente poco tiempo, hasta el 24 de junio, en darle la razón. Al día siguiente, la mujer de Grigorenko, que no había sido informada, recibió una lacónica llamada en la que se le dieron instrucciones para que recogiese a su marido. Grigorenko, por su parte, sólo fue informado el mismo día de su liberación. La fecha no fue baladí: 24 horas después de la liberación, el Air Force One iba a aterrizar en Moscú con Richard Nixon dentro.

A su salida del hospital, Grigorenko estuvo lacónico con los periodistas y apenas les dijo que lo que quería era descansar. La KGB quería lo mismo: pocos días después, convocaron a la mujer del disidente para sugerirle que se lo llevase fuera de Rusia; más allá de los límites que los periodistas occidentales no podían traspasar, vaya.

Grigorenko, sin embargo, en cuanto se tomó cuatro cortados y un par de porras volvió a ser el mismo. Poco tiempo después de su liberación, presentó una demanda en los tribunales para que se le pagasen todas las pensiones militares que se le habían negado durante su internamiento. Como el Ejército se lo negara, en mayo de 1975 fue a los tribunales, pero éstos se declararon incompetentes. Pocos meses después firmó un manifiesto público junto con otros once disidentes, en apoyo de Sajarov, que acababa de ganar el Nobel. Dos meses después, estuvo con el propio Sajarov en una protesta silenciosa en la plaza Pushkin en el Día de la Constitución.

Asimismo, Grigorenko recuperó su apoyo a los tártaros crimeos. En noviembre de 1975, solicitó del Fiscal General la liberación de uno de sus líderes, Mustafá Dzhemilev, prometiendo incluso pagar su fianza. Participó en una conferencia de prensa con periodistas occidentales sobre este caso. Ese mismo mes, creó un grupo disidente dedicado a la vigilancia del cumplimiento por la URSS de los acuerdos de Helsinki de aquel mismo año.

En enero de 1976, la KGB convocó a Grigorenko para recomendarle que dejase de dar por culo con el caso Dzhemilev. Al mismo tiempo, la prensa soviética lanzaba ataques contra él, acusando a su mujer de haber recibido dinero del extranjero. Por lo tanto, da la impresión de que, en algún momento, la URSS pensó en ir a por su mujer; pero el hecho es que lo desechó. En 1977, hartos ya de tanto vino, Grigorenko se pudo marchar a los Estados Unidos, donde moriría apenas cuatro años más tarde.

En fin, éste es, sucintamente, el caso de Piotr Grigorenko. La verdad, dudé si contarte éste o el de la poeta Natalia Gorbanevskaya, que es otro para mear y no echar gota; tal vez algún día encuentre tiempo para contártelo. En todo caso, ya sólo el caso Grigorenko creo que es suficientemente claro y diáfano sobre unos hechos sobre los que, como decía al inicio de este post, va cayendo un manto de olvido alimentado por el hecho de que la memoria histórica es, siempre, selectiva. Recordamos lo que queremos recordar; sin embargo, en el pasado hay recuerdos que incluso ponen en peligro ésos que queremos conservar, y por eso los obviamos.

Me hace mucha gracia el encontrarme, a lo largo de mis paseos por el mundo real y digital, a tantas personas que claman por la memoria de, por ejemplo, el horror nacionalsocialista, argumentando que recordar es la mejor forma de no repetir errores. A día de hoy, 2020, esa receta no se le aplica ni a la URSS ni a los regímenes sovietizantes en general; y asistimos al inexplicable espectáculo, por lo menos inexplicable para mí, de que en este mundo nuestro sea ilegal salir a la calle con una bandera que porte la cruz gamada, lo cual está muy bien; pero haya cienes y cienes de personas que incluyen en la suya la estrella roja. Una estrella, sí, roja de sangre y, también, de casos como éste de Piotr Grigorenko, una persona clasificada durante casi toda su vida como enfermo mental y encerrado durante miles de días junto con esquizofrénicos, paranoicos y sicóticos. Encierro que contó, además, con la complicidad de un Occidente que quería creer que en las reuniones del Soviet Supremo cantaba Rita Irasema y que todo lo que pone en un informe oficial es verdad.

Así las cosas, volveremos a repetir estos errores pues, en términos generales, estamos empeñados en creer que no lo son.

6 comentarios:

  1. Muchas gracias por el post. Muy necesario, creo yo, en los tiempos que corren.

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  2. Me ha devuelto usted a mi primera juventud, allá por 1989. Gracias.
    Los que fuimos antisoviéticos a base de leer cosas como Archipiélago Gulag nos sorprendemos de que la gente enarbole banderas rojas y vote al Amado Líder de Galapagar

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  3. Que los viejos escribamos y contemos todo. Algún romano sugería que esa era una de las funciones de la historia, evitar tanto como sea posible que nos pase de nuevo.
    Ahora, el interlocutor de Pablemos...hay que hacerle un coach para que elija mejores metáforas y no le deje la pelota picando en el área.

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  4. Tampoco es que Pablo Iglesias (o peor aún, la gente que le vota) ha mostrado la menor simpatía por las víctimas actuales del comunismo, por lo que la edad no me parece mucha excusa que digamos (por más que sí, la distancia temporal los ayuda).

    Ahí están, vivitos y coleando, cientos de presos políticos en Venezuela y Cuba pudriéndose en condiciones lamentables, con juicios larguísimos, kafkianos, que nunca terminan y se aplazan todo lo posible (porque sí, son poquísimos los presos a los que el régimen chavista se atrevió a condenar judicialmente), y jamás Iglesias se ha interesado por ellos, más allá de algún gesto de cortesía (como cuando pidió, de forma muy tibia, la libertad de Leopoldo López), forzado por las encuestas a tomar algo de distancia respecto a Maduro.

    Y lo peor es que en esa actitud Iglesias es un fiel representante de los que votan por él. De la gente que considera que estaban en su derecho de rodear el Congreso hasta que Rajoy dimitiera, pero que es capaz de decir al mismo tiempo que Leopoldo merecía ser condenado por tener la osadía de pedir la renuncia de Nicolás Maduro.

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  5. Anónimo8:16 p.m.

    "Uhhhhh.... Iglesias...." Y siete flipes y algún ultraderechista soltando baba. Hasta en los buenos blogs hay un día tonto. Por la coletilla de entrada no por la historia.

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    1. Anónimo6:12 p.m.

      El tonto eres tú que no sabes ni dónde ni a quien escribes. Son muchos años leyendo la calidad y objetividad de jdj para tener ahora que leer, porque encima lo permite él que lo escribas en vez de bloquearte como harían tus amigos podesovieticos, la estupidez y desprecio que muestras en tu comentario.

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