lunes, mayo 07, 2018

Sudáfrica (6: la normalización)

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Los comienzos de Mandela
Biko


A Pieter Botha lo sucedió en el cargo Frederik W de Klerk, un hombre que llegó con la intención de perpetuar el sistema de apartheid. Tras un primer golpe de presión internacional, el Partido Nacional consideraba que las sanciones impuestas a Sudáfrica habían hecho ya todo el daño que podían hacer, y por eso veían el futuro con relativo optimismo. Con cierta colaboración que fuesen capaces de conseguir de los gobiernos locales negros, podrían apostar por mantener el sistema. Todo lo que hacía falta era modernizar el apartheid, ablandarlo; algo así como lo que se hizo con la dictadura en los últimos años del franquismo.


Hay que tener en cuenta que, aunque la presión occidental sobre Sudáfrica era muy importante, en realidad el país lo que estaba experimentando a escala regional era un liderazgo indiscutido. Sudáfrica fue, en este sentido, uno de los principales ganadores de los cambios introducidos por Milhail Gorvachev en la URSS. El nuevo lider soviético, consciente de la pérdida de poder internacional que estaba sufriendo, comenzó a volver grupas en Angola; un movimiento que también estaba esperando Cuba, país al cual la aventura africana ya le estaba saliendo demasiado cara. En diciembre de 1988, Sudáfrica y Cuba alcanzaron un acuerdo nucleado en una doble retirada de Angola por ambas partes, a la que se unió la independencia de Namibia. Un año después, el Frelimo abandonaba su posición marxista-leninista y se mostraba dispuesto a que Angola fuese un sistema multipartidista. En los meses siguientes, el colapso de los gobiernos del bloque comunista en Europa oriental dejó al ANC sin su principal fuente de recursos tanto financieros como militares.

De Klerk, por lo tanto, tenía las cosas de cara. Sin embargo, muchas personas en su entorno, pues era un político pragmático y evitó rodearse de halcones ultras, le decía lo que nadie le decía a Franco: que su versión light de Estado racista no funcionaría. De Klerk les escuchó porque, en realidad, su objetivo no era conservar el apartheid, sino conservar el status de los afrikarners, lo cual no es exactamente lo mismo. Ian Smith, en el patio de al lado de Sudáfrica, se había negado una vez tras otra a transar con la mayoría negra, y todo lo que había conseguido era un largo periodo de guerrilla, seguido de un gobierno marxista. Por lo tanto, De Klerk acuñó el principio de “cuando sea posible la negociación, se negociará”. Y los primeros contactos de Mandela con Botha lo convertían en el candidato ideal.

A estas reflexiones en la elite del poder hay que unir la propia evolución de la sociedad blanca sudafricana. Crecientes cohortes de la misma se sentían cada vez más malquistas con la posición internacional de su país, descontado para todo, desde los tratados comerciales hasta las competiciones deportivas. Muchos sudafricanos de origen inglés, acostumbrados a viajar a la metrópoli, habían tenido que acostumbrarse a orillar la típica pregunta de where are you from? Para los empresarios, además, la prosperidad de la economía sudafricana era mucho más importante que la segregación. Estaban convencidos de que había otras maneras de hacer las cosas que para ellos no serían traumáticas, y que solucionarían el problema. Mucha gente en Sudáfrica, de hecho, aun dice hoy en día: nos dieron el Parlamento, pero se quedaron los bancos.

De Klerk, además, estaba convencido, en ese momento, de que el ANC no prevalecería en una Sudáfrica libre. De alguna manera, pues, esperaba para la principal organización anti-apartheid el mismo destino que tuvo el Partido Comunista en la Transición española. Consideraba que no estarían suficientemente preparados para la vida legal y que, en estas circunstancias, organizaciones negras de corte más conservador podrían llegar a alianzas con los grupos de poder blancos que, en el fondo, generasen para el país un cambio lampedusiano. Evidentemente, o le faltaban piezas del puzzle o no quiso verlas; en todo caso, el resultado sería el mismo.

El 2 de febrero de 1990, en el Parlamento de Ciudad del Cabo, Frederik de Klerk anunció la legalización del ANC y la liberación de Nelson Mandela. Había llegado, dijo, el momento de romper la espiral de violencia, y de construir un sistema democrático basado en el sufragio universal.

Tan sólo nueve días después, el 11 de febrero, Nelson Mandela traspasaba el portalón de la prisión de Victor Verster, de la mano de su mujer, Winnie, quien por cierto ha fallecido hace poco.

Nelson Mandela, en buena parte, decepcionó a muchos de sus seguidores. Los que tenían memoria sabían que lo que había entrado en prisión, 27 años antes, era prácticamente un revolucionario comunista de libro; y eso es lo que esperaban ver salir por la puerta. Pero, en realidad, Mandela había cambiado, había cambiado mucho. Poco dado a hablar de sí mismo y sí de lo que había aprendido que había que hacer ahora, sorprendió a propios y extraños explicando que durante todos aquellos años había experimentado ira hacia individuos (blancos) que lo habían tratado mal; pero, al mismo tiempo, había aprendido que no había que odiar a los blancos. Con una lógica que ahora todo el mundo entiende pero que en su momento no dejó de discutirse, y mucho, Mandela argumentaba que el objetivo mayor que todos los activistas negros tenían delante de sí era la construcción de una democracia no racial; y que, en ese momento, el gran obstáculo existente para su construcción era el miedo y la oposición de los blancos. Por decirlo así, frente a un país en el que probablemente la mayoría negra estaba exigiendo una venganza, una retribución de toda la violencia de los blancos, Mandela oponía su propio caso personal, su renuncia a exigirla él mismo, que había perdido 27 años de su vida en una celda. Una actitud que cimentó la confianza de los propios blancos en el cambio.

Muy pronto, sin embargo, Mandela habría de aprender que su buena imagen terminaba en sí mismo. Su mujer, Winnie, fue objeto de un gran escándalo a causa de sus actividades criminales al frente de una banda llamada the Mandela United Football Club, que había cometido diversos desafueros en Soweto durante los ochenta. De hecho, Winnie prácticamente abandonó a su marido por un churri más joven, al que exhibía en público sin problema, y convirtió los últimos años de vida de Nelson en una constante preocupación en torno a sus meconios. De alguna manera, pues, el destino de Nelson Mandela fue bastante amargo, pues en los años de vida que le quedaron el libertad se quedó solo, de alguna manera preso todavía.

La nueva Constitución interina de Sudáfrica demandó cuatro años de negociaciones. Y no fueron pocos los momentos de ese proceso en los que pareció que no se llegaría a ningún acuerdo. Lo cierto es que, tal y como De Klerk había predicho de alguna manera, la legalización de las organizaciones negras provocó una serie de procesos de lucha de poder entre ellas. El ANC, por ejemplo, acabó enfrascado en una especie de guerra civil con el partido Inkhata, nacionalista zulú. Unos enfrentamientos primero limitados a la provincia KwaZulu y a Natal, pero que pronto se extendieron a los suburbios negros de Witwatersrand, un polo industrial del país. Mientras tanto, el denominado Ejército de Liberación del Pueblo Azanio, una formación contraria a las negociaciones, comenzó a marcar objetivos blancos y atacarlos. Lo mismo hicieron organizaciones paramilitares afrikaner.

Mandela y De Klerk se reprochaban constantemente ser el origen de la violencia. Incluso en 1993, cuando les fue concedido ex aequo el Nobel de la Paz, la escasez de sintonía entre ambos se hizo más que patente.

Finalmente, el 26 de abril de 1994, se celebraron las elecciones libres en Sudáfrica. Las elecciones que ganó el ANC, como probablemente tenía que ser teniendo en cuenta el prestigio que había adquirido Nelson Mandela. El 18 de mayo, Mandela tomaba posesión como presidente de Sudáfrica. Una ceremonia en la que el político negro pronunció unas palabras yo creo que bastante predecibles. Prometió una Sudáfrica libre en la que “todos los sudafricanos, tanto negros como blancos, sean capaces de hablar sin miedo, completamente seguros de su dignidad humana inalienable”.

A mí, sin embargo, me vais a permitir que os diga que mucho más acertado, mucho más acercado a la realidad, fue, ya lo siento, el discurso de De Klerk. El político blanco dijo: “El señor Mandela ha recorrido un camino largo y ahora está en la cima de la colina. Pero un hombre de destino sabe que después de una colina espera otra. El camino nunca se termina”.

Palabras proféticas.