miércoles, abril 25, 2018

Isabel (22: El Dorado)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
Isabel envió a Robert Cecil a Dartmouth para inventariar las riquezas del barco portugués. Para cuando el hombre de la reina llegó a la costa, una parte significativa del cargamento del barco había sido vendido a precios escandalosamente bajos; pero, aun así, el cargamento era tan rico que todavía quedaba mucho. Cecil intervino, entre otras cosas, 537 toneladas de especias, ocho y media de pimienta, canela, toneladas de ébano e, incluso, encontró tres aparatosas joyas (dos cruces de oro y un broche de diamantes, éste para Felipe II) que los primeros “comercializadores” del barco habían pasado por alto. En las bodegas encontró también jarrones chinos, marfil a punta pala, tintes carísimos... vamos, la caraba.

No contento con lo que encontró en el barco, Cecil ordenó a los soldados que había traído consigo que se hiciesen una batida por las casas pijas del pueblo, donde estaban alojados muchos de los mercaderes que habían llegado al olor de la pasta, para embargarles todo lo que hubiesen comprado. Efectivamente, los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado encontraron un huevo de joyas en los arcones de pígnicos comerciantes que todo decían haberlo heredado de su tía chocha. En total juntaron 141.000 libras, que podemos pensar viene a ser como 260 millones de euros de hoy en día.

Había otra razón para liberar a Ralegh. La mayoría de sus marineros, al tocar el puerto de Darmouth, habían procedido a las ventas a bajo precio de las que ya hemos hablado. Esto les había puesto un montón de pasta en los bolsillos; así pues, con ese gusto por lo contemporáneo que tienen siempre los borrachos y toxicómanos en general, a los que todo lo que les importa es si tienen suficiente para el próximo pico, se bajaron del barco, que como acabamos de ver seguía repleto de riquezas, y tiraron por el camino adelante. La mayoría se encontraban entonces en la Inglaterra occidental, bebiendo como esponjas, hostiando a las putas y montando unas tanganas de la leche. Isabel sabía que su comandante, sir Walter, era el único que podía disciplinarlos, y por tal razón, finalmente, dio su brazo a torcer y firmó su liberación.

Así pues, seis semanas después de haber entrado en el maco, Ralegh salió de la Torre de Londres con dirección a Dartmouth, escoltado por sir Christopher Blount, padrino de Essex y personaje que profesaba por el marino un odio africano.

Desde luego, la labor que tenía sir Walter por delante no era nada fácil: nada menos que parar a la reina. Isabel de Inglaterra, es cuando menos mi opinión y yo creo que se deriva con facilidad de estas notas, era una reina con interesantes combinaciones de prudencia y valentía; sin duda, el tipo de jefe del Estado que necesitaba su país en un momento tan importante de su evolución. Pero también era una reina cortada por el patrón de su padre, con evidentes ribetes absolutistas y un calculado desprecio por sus súbditos. Como acertadamente estatuyeron los grandes teóricos de la monarquía medieval y renacentista, el correcto contrapeso al poder omnímodo de un rey es el hecho de que dicho rey esté educado para usar ese poder de forma prudente y no en beneficio propio, sino de su pueblo. Esto último Isabel lo tenía claro a medias. A veces, no lo tenía claro en lo absoluto. La expedición montada por Ralegh había sido, como hemos contado, una joint venture de capital-riesgo en la que había participado una multiplicidad de inversores, capturados todos por el prestigio y la labia del intrépido marino. Si hubiera fracasado, como es lógico, cada parte se hubiera ido a casa con sus pérdidas. Pero en la mente de Isabel el triunfo no tenía más que un dueño, que era ella; y es por eso que inmediatamente que Robert Cecil se presentó en la costa y comenzó a incautar mercancías y riquezas, la idea de la reina fue quedárselas todas, dejándole las pérdidas al resto de inversores.

La reina no se paraba ante nada. Cuando Ralegh se colocó frente a ella indicándole que resultaría un hecho grave que se quedase con las mercancías, ni corta ni perezosa acusó formalmente al propio Ralegh y a sir John Burgh de haber robado varias piedras preciosas del barco; cosa que en el caso de Ralegh era un poquito difícil, puesto que cuando la carraca portuguesa tocó puerto inglés, él estaba en la Torre. En todo caso, y en esto ciertamente no le faltaba razón, consideraba Isabel que su querido asesor era el responsable de que buena parte del valor de las mercancías hubiese sido robado del barco.

La cuestión puso a la gente de muy mal humor. Personas con capitales que los habían arriesgado en una aventura difícil, y que ahora veían que, aunque dicha aventura había dado dividendos, existía la probabilidad de que se quedasen sin nada. Sin embargo, la reina era así y, como bien se apresuró a recordarle Burghley al tesorero del Exchequer, sir John Fortescue, Isabel tenía la prerrogativa real de conceder partes de aquel botín a quien le diese la gana (por ejemplo, ella misma). Tal apelación jurídica no dejaba de ser un tanto espuria, puesto que esa prerrogativa legal traía causa de que Inglaterra estaba en guerra; era, por lo tanto, una especie de consecuencia del estado de guerra o la ley marcial. Y es muy difícil de defender que eso pudiese afectar a los leales comerciantes ingleses que habían arriesgado sus capitales en aquella expedición pirata.

Fortescue, sin embargo, era un funcionario de Hacienda muy avezado. Había visto el Exchequer repleto de monedas y también tan vacío que ni raspas se le veían en el fondo de la caja. Había visto de todo, había vivido guerras y paces, caprichos y decisiones más o menos racionales. De toda esa experiencia le habían quedado algunas cosas claras, y una por encima de todas, que le hizo saber a Burghley: mi señor, le dijo, si sir Walter, si el conde de Cumberland, si todos los mercaderes que están detrás de esta expedición, no reciben su parte o algo que se parezca racionalmente a su parte, no se moleste en volver a llamarlos cuando la Corona esté en necesidades, porque no acudirán.

La Corte, pues, se avino a negociar. Y el acuerdo final, la verdad, tampoco se puede decir que les saliese tan mal.

A pesar de que la parte de los riesgos y costes asumida por cada inversor había sido cuidadosamente calculada y anotada por Ralegh, el acuerdo final se basó en la potestad real de distribuir el botín a discreción, sin tener que respetar esas proporciones. Por eso la reina, que había corrido con el 10% del riesgo de la expedición, se adjudicó, sin embargo, la mitad del botín. Cumberland dobló el dinero que había arriesgado y los mercaderes de Londres recuperaron el suyo. Pero el gran castigado fue Ralegh, quien había puesto 43.000 libras en la financiación de la empresa, y recibió 2.000. Cierto es que para llegar a esta cifra había un método de cálculo, pero era escandaloso. En primer lugar, Isabel descontó del dividendo del marino los costes de reparación de sus barcos; y, en segundo lugar, a la hora de calcular el coste en el que había incurrido, no tuvo en cuenta los intereses que hubo de pagar por el dinero que pidió prestado (intereses que sí formaban parte del cálculo de otros dividendos).

Fue, claramente, una reacción de vieja envidiosa, de caprichosa despechada, por el matrimonio de Ralegh con Bess Throckmorton. De hecho, aquel notable castigo económico se vio seguido por la decisión de expulsar a Ralegh de la Corte, ya que el amigo de la reina fue suspendido indefinidamente de su empleo como capitán de la Guardia. El 22 de diciembre, la reina decidió liberar a Bess de la Torre, y el matrimonio se fue a vivir a Sherborne.

La vida política de Ralegh se deterioró a ojos vista. Para poder seguir en el Parlamento, tuvo que buscarse un puesto como representante burgués por Mitchell, una villa de Cornualles; se convirtió, pues, en eso que se conoce como “un diputado de provincias”. Eso sí, los bebedizos que se hacía preparar para conseguir turgencia sexual parecían funcionar, pues Bess volvió a quedarse embarazada.

En todo caso, para Ralegh estaba claro que si quería recuperar el respeto o el cariño de la reina, el único camino que le quedaba era volver a hacerse a la mar. Como buen marino, Ralegh conocía muy bien el mito de El Dorado, distribuido por marineros españoles y que hablaba de una presunta ciudad de oro que había pertenecido a los incas. Todo el mundo asumía entonces que tanto incas como aztecas habían sido pueblos inmensamente ricos que se limpiaban el culo con pan de oro, y El Dorado, se suponía, era el área minera de donde manaba todo ese Producto Interior Bruto. Por eso Ralegh le encargó a Thomas Harriot, su principal asesor, que trazase un plan para descubrir ese lugar tan maravilloso.

La leyenda situaba El Dorado más o menos en lo que entonces se conocía como la Guyana; en términos actuales, más o menos en algún punto de la frontera entre Venezuela y Colombia. Muy cerca de las fuentes del Orinoco, se decía, había una ciudad de oro llamada Manoa. Pedro Sarmiento de Gamboa, un explorador español que había sido capturado una vez por los hombres de Ralegh, les había contado aquel meconio, que los ingleses se habían apresurado a dar por cierto. Los ingleses también sabían que Antonio de Berrio, gobernador español de la colonia de Trinidad, había hecho hasta tres expediciones para encontrar el maravilloso lugar, sin éxito. Pero eso no les movió a pensar que era una gilipollez, sino todo lo contrario; misterios del cerebro sajón.

Sea como sea, Ralegh decidió que su regreso a la Corte vendría de la mano de su descubrimiento de El Dorado, que daba por cierto. Bess Throckmorton, bastante más racional que su enloquecido marido, trató por todos los medios convencerlo de que lo dejase. A Bess le preocupaban sus sospechas de que todo aquel mito era una tontería; pero, sobre todo, con un notable espíritu práctico, era consciente de que Ralegh no podría hacer la expedición solo. Obviamente, tendría que volver a montar una estructura de accionistas e inversores, en la que, meditaba la mujer, era probable que la Corte de una forma u otra volviese a entrar. Y eso no suponía otra cosa que, si verdaderamente Ralegh encontraba la fabulosa ciudad de oro y conseguía sobrevivir a los violentos hombres que de seguro la protegerían, todo eso sería tan sólo para que la vieja se enriqueciese y a él le dejase las migajas.

Si era eso lo que pensaba Bess, que yo creo que sí, no se equivocaba. En realidad, tanto Robert Cecil como el propio almirante Howard creían la historia de El Dorado y consideraban que si alguien podía encontrarlo, ése era Ralegh. Así pues, en lugar de enfriar sus ínfulas (como Bess les pidió por carta), le comunicaron que entrarían en el tema como inversores. Ralegh, por su parte, comenzó a vender bienes de su propiedad y a hipotecar otros. Necesitaba la fabulosa suma de 60.000 libras (unos 100 millones de euros actuales) y no le llegaba; por lo tanto, buscó la complicidad de un pariente, el financiero londinense William Sanderson; quien acabaría arruinado en la movida.

Así las cosas, el jueves 6 de febrero de 1585, la flotilla levantada por Ralegh partió de Plymouth, poniendo proa a las Canarias; en la expedición llevaba a su sobrino, John Gilbert, hijo de sir Humphrey Gilbert. Eran cinco barcos con 200 marineros y 150 soldados. Tardaron seis semanas en llegar a Trinidad, donde Ralegh organizó un ataque nocturno sorpresivo en el que logró capturar al mismísimo gobernador. El inglés cortejó suavemente a su prisionero quien, copa de vino va, copa de vino viene, fue soltando la lengua y contando cosas, nunca sabremos bien cuáles de ellas con alguna base y cuáles simplemente salidas del fondo de su copa.

El caso es que los interrogatorios del gobernador español de Trinidad convencieron a Ralegh de que El Dorado existía; y de que él sería capaz de triunfar donde otros muchos habían fracasado.