martes, abril 03, 2018

Sudáfrica (1: Los comienzos de Mandela)


El siglo XX, esto todos lo sabemos, es, entre otras cosas, el siglo de la descolonización y, consecuentemente, un siglo de fuertes eclosiones nacionalistas que, en algunas zonas del mundo, son en realidad eclosiones tribalistas. Probablemente, en ningún lugar del mundo fueron estas luchas y conflictos más importantes que en África, puesto que allí, además, el nacionalismo y la descolonización se mezclaron con otro elemento de gran importancia, que era la lucha por la igualdad racial. Y en ningún lugar fue esa polémica más problemática, más larga, que en el país entonces llamado Rodhesia y el que todavía hoy conocemos como Suráfrica o África del Sur.

Digamos algunas cosas sobre este último (aunque también le podría llegar su momento al primero de ellos).

África del Sur es un territorio tradicionalmente convulso por guerras, tanto de los colonizadores entre ellos como de éstos con la mayoría negra naturalmente establecida allí. Algún día, si hay tiempo, nos deberemos ocupar del convulso siglo XIX de Sudáfrica, pero por razones de cierta eficiencia (aunque a mí, yo creo que ya se nota, me la trae al pairo tener que escribir decenas de posts sobre un tema) situaremos las cosas en el siglo XX, para centrar un poco más el tiro. Ese siglo XX en el que, como digo, muchos países del continente experimentan las tensiones descolonizadoras y nacionalistas combinadas, tendentes a cuestionar el papel dirigente de los blancos en muchos sitios.

Hay que decir, sin embargo, que por mucho que las cosas las veamos claras en el momento presente, hace unas cuantas décadas estaban un poco más, ejem, oscuras. El tema tiene su razón, y esa razón se llama Congo. La antigua posesión personal del rey belga, cedida después al país, fue uno de los primeros grandes países de África (es grande a rabiar) que experimentó las tensiones raciales y a apartar a los blancos del gobierno. Pero es que eso le sirvió para entrar en una larga serie de guerras y de conflictos de la que en el momento presente apenas se puede considerar libre. La experiencia del Congo fue crucial a mediados del siglo pasado para los blancos que defendían la idea de que no había que entregar los gobiernos a los negros por su propio bien.

Esta filosofía, paternalista e interesada, encontró su ápex después de la segunda guerra mundial en África del Sur. Fue en 1948 cuando el partido afrikaner, una formación nacionalista blanca basada en el poder de los famosos boers, llegó al poder. Inmediatamente elaboró su propia versión de esta idea que hemos expresado de mantenimiento del poder blanco en beneficio del negro; eso que ellos mismos llamaron apartheid. Desde el primer momento, el objetivo del apartheid fue eternizar el poder blanco para así imponerse sobre la swart gevaar, la amenaza negra.

Básicamente, el apartheid significa dos cosas: la primera es la radical segregación entre blancos y negros; y la segunda el control estricto de la vida de los negros. Los afrikaner regularon todos los aspectos de la vida de las personas de raza negra: dónde vivirían, dónde estudiarían, dónde, y en qué, trabajarían, dónde podrían divertirse, cómo podrían participar en política. En un proceso que sólo encuentra parecido en algunos países comunistas (y es que los extremeños se tocan), tres millones de personas fueron sacados de sus hogares y trasladados a otras zonas del país para satisfacer la planificación de la fuerza de trabajo realizada por el gobierno. Eran todos negros, claro. La filosofía básica sostenida por los gobernantes blancos de aquella época es, en el fondo, muy simple y hasta lógica: la única forma que tienen los blancos de evitar la pérdida de su poder es dominar a los negros. Pero el apartheid es fruto de un caldo que ya se venía cociendo desde antes: sin ir más lejos, en 1936 los ciudadanos negros de la provincia de El Cabo habían perdido su derecho al voto.

Se ha dicho que la principal fuerza pronegra, el African National Congress o ANC, es el producto de la reacción a esta situación. En realidad, no es del todo así. El ANC nació treinta años antes del apartheid, en 1912, aunque sus acciones, durante tres décadas, fueron muy poca cosa.

En los años cuarenta del siglo pasado, que como hemos visto son los años del principio del apartheid, también se produce un movimiento social que es de gran importancia para entender todo lo que ocurrió después. Muchos negros inicialmente hacinados en ghettos creados para ellos los abandonan a causa de las escasas perspectivas que encuentran ahí, y se desplazan a los grandes polos industriales, donde hay más trabajo. Sin embargo, como suele ocurrir la emigración supera a la demanda y, además, el Estado no se ocupa de crear adecuadas condiciones para todos esos habitantes. Comienzan, pues, a surgir los barrios de chabolas en las afueras de las grandes ciudades, notablemente Johannesburgo, y en muchas fábricas se crean movimientos sindicales negros que abogan por mejores condiciones para sus trabajadores. En 1946, por ejemplo, los mineros negros irán a la huelga.

En 1943, impulsados en gran parte por los nuevos referentes internacionales que está creando el fin de la guerra mundial como la Carta Atlántica, el ANC desarrolla una plataforma reivindicativa, que lleva el título simple de African claims (yo creo que es más exacto traducirlo como reivindicaciones negras o reivindicaciones del negro que como reivindicaciones africanas); documento en el que ya se reclama la ciudadanía total para los negros y el fin de toda medida discriminatoria.

El African claims era, por así decirlo, un documento posibilista; una plataforma para la negociación. Pero en el seno del ANC comienza a haber elementos y personas que, como una consecuencia lógica de la situación, no abogan por la negociación, sino por la oposición radical. Entre estos jóvenes radicales se encuentra un estudiante de Derecho, emparentado con una familia real tribal, los Thembu, llamado Nelson Mandela. Mandela había nacido en 1918 (tenía entonces veintipico años, pues) en un pueblo llamado, lógicamente, Thembuland. Había conseguido plaza en la universidad de Fort Hare, el mejor destino educacional al que podía aspirar un negro entonces en Sudáfrica, pero acabó saliendo a la naja para evitar un (por otra parte muy común) matrimonio pactado. En la Ciudad de Juan encontró curro en una empresa de granjas, empleo que le permitió terminar la carrera estudiando y examinándose por correspondencia.

En 1949, el ANC se radicalizó aun más con la llegada de una hornada de militantes jóvenes con un perfil, como se ha dicho, más radical todavía que sus mayores. La organización aprobó un programa de actuaciones que incluía la desobediencia civil y las huelgas masivas.

El Partido Nacional no se quedó quieto ante la radicalización de la vida social y económica. En primer lugar, busco un chivo expiatorio: el comunismo; así pues, aprovechó que el Pisuerga pasaba por Valladolid para ilegalizar a los comunistas. Junto con la Suppression of Communism Act vinieron otras leyes que fueron las que convirtieron a Sudáfrica en un país abiertamente totalitario. De hecho, la ley anticomunista era tan etérea al definir el comunismo que, en la práctica, daba poderes al gobierno para enviar a la clandestinidad a quien quisiera.

El ANC respondió en 1952 con la organización de una llamada Campaña de Desafío contra el creciente trabajo del gobierno en contra de las formas democráticas. Militantes voluntarios se enfrentaron al arresto por contravenir reglas diversas, casi todas relacionadas con los sitios reservados para los blancos en autobuses, trenes, salas de espera, etc. Era una especie de huelga criminal a la japonesa: aquellos delitos eran de relativa poca entidad, pero lo que se buscaba era petar los tribunales con ellos, provocando su esclerosis. En cinco meses, 8.000 personas fueron condenadas a penas de entre uno y tres meses en el maco. Pero eso, claro, no paró al gobierno a la hora de atacar a los dirigentes. 35 de ellos, entre los cuales se encontraba Mandela, fueron acusados de promover el comunismo y, por lo tanto bajo el paraguas de la ley específica contra el mismo, fueron encontrados culpables; a muchos de ellos se les prohibió participar en acciones políticas de por vida. Asimismo, como respuesta a todas estas movidas el gobierno aprobó una legislación que le otorgaba poderes extraordinarios ante los desórdenes que, en la práctica, hacía imposible convocar normalmente movilizaciones.

La respuesta del ANC fue buscar la coalición con otros grupos con intereses parecidos, esto es, activistas procedentes del fuerte contingente indio establecido en el país y blancos contrarios al régimen. Dicha conjunción alumbró un documento denominado Freedom Charter (1955), que defendía la existencia de una sociedad plenamente democrática de carácter multirracial. El documento, por lo demás, estaba fuertemente influido por el socialismo, ya que propugnaba la nacionalización de las minas, de la banca y de otros diversos sectores económicos. En 1956, el gobierno detuvo a 156 activistas, entre ellos la práctica totalidad de la cúpula del ANC, y los acusó de alta traición. El juicio duró cuatro años y al final los detenidos fueron absueltos, pero ciertamente supuso un importante debilitamiento de la oposición.

En 1958, tras la muerte del primer ministro Hans Strijdom, el Partido Nacional escogió como nuevo líder gubernamental a Hendrik Verwoerd, un político nacido en los Países Bajos que tenía una visión hiperradicalizada del apartheid. Verwoerd decía cosas como que nunca siquiera se planteaba la posibilidad de estar equivocado, puesto que se consideraba colocado en su puesto por el mismo Dios.

En esencia, la ideología de Verwoerd se resumía en una idea: había que llevar el apartheid a una escala más allá. No sólo había que segregar a negros y blancos; había que separarlos territorialmente. Por lo tanto, legisló la división de la población sudafricana negra en diversas naciones o tribus, y les otorgó el control de sus propios territorios, donde ellos podrían disfrutar lo que se conoció como separate freedom, esto es, sus propios derechos y libertades. Cada ciudadano negro del país debería ser inscrito como miembro de una de esas naciones, incluso en el caso de que residiese en tierra de blancos; incluso en el caso de que esa residencia se viniese produciendo desde décadas atrás.

Claramente, la estrategia de Verwoerd era un clásico divide y vencerás. Buscaba el jerarca blanco dividir a los negros para así impedir que actuasen conjuntamente.

En 1959, el gobierno Verwoerd hizo público su plan en los detalles, que incluía la conversión de Sudáfrica en un Estado formalmente multirracial con ocho naciones negras distintas.

Los movimientos del gobierno racista cambiaron el ANC. La principal organización de los negros sudafricanos, que había nacido como un cuerpo hasta cierto punto supremacista negro, terminó, ante estas amenazas, por abrazar la teoría de lo multirracial. Es una evolución que puede observarse claramente en el propio Mandela, quien en su primera juventud política había sido un decidido partidario de la supremacía política y social negra, pero ahora se hacía convertido en un cerrado defensor de los principios contenidos en el Charter. Sin embargo, eso no quiere decir que dentro de la organización no permaneciese un fuerte componente africanista, como normalmente se le llamó, que criticaba con dureza la política de alianzas del Congreso con fuerzas no negras. Para estos radicales africanistas, no había razón en admitir, como hacía el Charter, el derecho de los blancos de vivir en Sudáfrica; los blancos eran gente extraña que había robado la posesión del terreno africano.

Las diferencias eran tan grandes que acabó llegando la escisión (lo cual demuestra, por mucho que lo sintamos, que Verwoerd podría ser un fanático cabrón, pero sabía lo que hacía). La rama africanista o supremacista negra del ANC se marchó de la organización para formar el Pan-Africanist Congress o PAC, con su lema “gobierno de los negros, con los negros y para los negros”.

El PAC comenzó a competir en el mercado de la protesta radical con una campaña contra la regulación legal que obligaba a todos los negros mayores de 16 años que estaban en una zona blanca a llevar un pase especial. Se negaron a llevarlo y acabaron en los calabozos por miles. El 21 de marzo de 1960, en Sharpeville, una ciudad negra al sur de Johannesburgo, la policía abrió fuego contra una manifestación del PAC, matando a 69 manifestantes e hiriendo a 186.

La masacre de Sharpeville, en la que muchos de los muertos y heridos fueron literalmente cazados con tiros en la espalda cuando huían, se convirtió inmediatamente en un símbolo de la lucha contra el apartheid. Aparte de provocar una oleada de manifestaciones dentro del país, tuvo la consecuencia, probablemente no prevista por el lisssto Verwoerd, de que el orden internacional, y muy particularmente los países democráticos, que hasta entonces habían prestado muy poca atención a la situación de Sudáfrica, tomasen una posición claramente contraria al apartheid. Incluso el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ese órgano cuya eficiencia habitual suele ser escoger entre Fairy y Don Limpio, dio un paso al frente y condenó al régimen racista sudafricano.

El gobierno blanco, en todo caso, eligió seguir impasible el ademán. Beneficiándose de los muchos poderes que le concedía la ley que él mismo había cocinado, decretó la ilegalización del ANC y del PAC y comenzó una oleada de detenciones, que se produjeron por miles. La respuesta del ANC, que había quedado casi completamente descabezado, fue convocar una huelga general de tres días, seguida de una campaña masiva de no cooperación. Todo ello bajo la dirección de Mandela, que en ese momento decidió dedicarse por completo a la vida clandestina.

La policía decretó la detención inmediata de Mandela. Pero el activista del ANC tenía buenos contactos en organizaciones que llevaban mucho tiempo acostumbradas a la clandestinidad, así pues se las arregló para huir de la detención cambiando constantemente de domicilio y realizando sus labores de agitación mediante llamadas a los periódicos. La prensa, de hecho, lo bautizó La Pimpinela Africana.

La policía, mientras tanto, aprovechando una nueva novedad legal que le permitía realizar detenciones incluso sin intervención del juez, se dedicaba a peinar las poblaciones negras. Muchas empresas procedieron al despido masivo de sus empleados de raza negra. Las medidas tuvieron su efecto sobre la capacidad de movilización del ANC. Mandela, de hecho, llamó a ir al trabajo a sus militantes en la segunda jornada de la huelga prevista de tres días.

Tras este fracaso, Mandela se convenció de que el recurso a las movilizaciones estaba agotado. Fuertemente influido por sus amigos de convicción comunista, acabó por concluir que todo lo que quedaba era el recurso a la violencia. Consideraba el líder del ANC que si se lograba realizar una violencia efectiva y selectiva que pusiera en guardia a los inversores internacionales, éstos abandonarían Sudáfrica, provocando el cambio. Todos los círculos que frecuentaba, en ese momento, estaban fuertemente influidos por la experiencia de Cuba, donde un pequeño grupo de revolucionarios había conseguido darle la vuelta a la tortilla. En la idea de muchos de esos activistas, Cuba había confirmado (para siempre) una teoría largamente incubada por los comunistas (sin ir más lejos, los españoles con su famosa invasión del valle de Arán) y recientemente formulada por un triunfante Ernesto Che Guevara, en el sentido de que la acción violenta de unos pocos generaría la aquiescencia, la colaboración y la alianza con toda la sociedad. Pensaba Mandela, por lo tanto, que si había algunas acciones violentas contra el gobierno racista, en poco tiempo éste tendría delante de sí a todos los negros de Sudáfrica o, incluso, del continente entero.

Así pues, giró la manija.


Mandela, sin embargo, no era todo el ANC. Dentro de la organización había otros miembros y dirigentes que no tenían nada claro el paso de la organización a favor de la violencia. En un encuentro celebrado en la clandestinidad en 1961 afloraron la mayoría de esas diferencias, y la organización apenas logró una solución de compromiso: seguiría defendiendo soluciones no violentas, pero tampoco sería ajena a la formación de un brazo armado, la Umkhonto we Sizwe, Lanza de la Nación.

La Lanza de la Nación adoptó a Mandela como su principal dirigente, y tuvo un crecimiento muy rápido. En realidad, era el fruto de la colaboración entre las dos principales organizaciones clandestinas de aquella Sudáfrica, esto es, el ANC y el Partido Comunista. El segundo de los socios resultaba fundamental, por la extensa red de contactos en el exterior que podía aportar y de la que el Congreso carecía.

El centro de operaciones, por así decirlo, de la Umkhonto, fue una granja situada en un lugar llamado Lilliesleaf, en el condado de Rivonia, bastante cerca de Johannesburgo. Fue adquirida por el Partido Comunista, y se convirtió en la residencia clandestina de Mandela.

Allí, los principales estrategas de la organización establecieron una estrategia de movilización para el 16 de diciembre de 1961, entonces un día de celebración en Sudáfrica. Era el llamado Day of the Covenant y recordaba la victoria de las tropas blancas sobre el rey zulú Dingane en la que se conoce como batalla de Blood River (1838). Aquel día, muchas calles de muchas poblaciones aparecieron tapizadas por un folleto del Umkhonto en el que la organización anunciaba su creación, así como el comienzo de la lucha. Asimismo, esa jornada estallaron varias bombas en edificios gubernamentales en Johannesburgo y otras ciudades. Fue la señal de salida de una serie de acciones que se desplegarían durante año y medio, aunque hay que decir que la mayoría de ellas contaron con más ilusión y empuje que experiencia, lo cual quiere decir que fueron bastante poco eficientes.

A las tres semanas de comenzar la campaña de guerrilla urbana, Nelson Mandela abandonó Sudáfrica clandestinamente por la frontera de Bechuanaland. Su objetivo era pasar a la segunda fase del catón de la guerra comunista, esto es, la cosecha de aliados. Estuvo fuera del país seis meses, buscando que otras organizaciones negras se le uniesen en la lucha armada contra el gobierno de Sudáfrica. Prácticamente nada más volver, en julio de 1962, descuidó su seguridad durante un viaje en coche entre Durban y Johannesburgo, y fue detenido por la policía. Obviamente, fue llevado a juicio, aunque sólo pudo ser acusado de incitar a la huelga a los trabajadores negros, así como de abandonar el país con documentos falsos. En ese momento, la policía carecía de pruebas que lo pudiesen relacionar con la guerrilla urbana de la Umkhonto.

Aquel juicio fue la primera vez que Nelson Mandela se asomó a esa ventana a veces grande, a veces apenas un ventanuco, a veces sólida, a veces caprichosa, que llamamos opinión pública mundial. Asumió su propia defensa y sus maneras cautivaron a muchos de los periodistas que siguieron el juicio. En noviembre de 1962 fue declarado culpable de los dos cargos que se le imputaban. Siguiendo los procedimientos procesales sudafricanos, le fue concedida la palabra para intervenir en favor de una sentencia comprensiva, pero lo que hizo fue realizar un fuerte alegato antigubernamental. Su tesis fue clara: el ANC había hecho muchos intentos de conseguir una solución para el problema social y político en Sudáfrica por las vías no violentas y legales; pero sólo había recibido un rechazo violento a sus tentativas.

Le cayeron cinco años.

El gobierno Verwoerd nombró a un nuevo ministro de Justicia, John Vorster, un simpatizante de la ideología nazi. Vorster concedió poderes prácticamente ilimitados a la policía. El 11 de julio de 1963, cantaron bingo: entraron en la granja de Lilliesleaf y capturaron a la práctica totalidad del estado mayor del Umkhonto. En una operación absolutamente eficiente, capturaron papeles que demostraban las conexiones internacionales del movimiento, así como el papel de Mandela.

Gotcha.

El juicio de Mandela y el resto de jefes de la organización se prolongó desde octubre de 1963 hasta junio de 1964. Se les acusó bajo el paraguas de la Ley Antisabotaje, que preveía el uso de la pena de muerte. Una vez más, Mandela realizó un discurso frente al tribunal que captó la curiosidad internacional. Insistió en la idea de que la única razón de existencia del Umkhonto era que todo lo demás había fallado.

El 12 de junio a Mandela, que entonces tenía 45 años, le cayó la perpetua.