viernes, abril 06, 2018

Sudáfrica (2: Biko)

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Los comienzos de Mandela


Está mal el decirlo, pero la Sudáfrica que metió a Mandela en el maco experimentó en los años sesenta un periodo de prosperidad económica irrepetible. En la década de los sesenta, sin ir más lejos, fue el segundo país del mundo que registró mayor crecimiento económico después de Japón. Una de las claves de esta bonanza fue el incremento constante del comercio con los países desarrollados, y un flujo permanente de inversión en el país con el mismo origen. La excelente situación económica promovió, asimismo, la inmigración blanca, en número de un cuarto de millón de personas en aquella década. Aunque lógicamente esa llegada supuso una mayor variedad de la Sudáfrica blanca, no por ello cambió el hecho fundamental de que el poder político y social del país lo tenía la minoría afrikaner, constantemente atendida y potenciada por la legislación y el día a día de un país que dicha clase social consideraba suyo.

El Paraíso, sin embargo, tenía sus problemas. Hendrik Verwoerd, el arquitecto de aquel sistema como primer ministro, fue asesinado en 1966, aunque no precisamente por un activista negro. Nadie, sin embargo, se tomó este hecho como el signo de que algo debía cambiar y de hecho el sucesor del primer ejecutivo del país, John Vorster, fue escogido para mantener el sistema en sus planteamientos.

La principal labor que se planteó Vorster fue frenar el flujo de desplazamientos de los negros desde las zonas rurales hacia las ciudades (blancas) o sus alrededores. El objetivo del gobierno era, por lo tanto, que nos negros asumieran su condición de población fundamentalmente rural, llevando el concepto de apartheid hacia un significado geográfico. Para ello, los negros residentes en las ciudades vieron cómo la mayoría de los pocos derechos de que disfrutaban les eran retirados y, además, se establecieron políticas para desplazar a las zonas rurales a todo tipo de negros considerados no productivos (en esencia, todos menos los hombres jóvenes y algunas mujeres, todos ellos con trabajo). Se llegó algunos años a provocar hasta 700.000 expulsiones bajo el paraguas de esta nueva legislación.

Como se ha dicho, el gobierno tendía a respetar ligeramente a los negros empleados, pero al mismo tiempo se pretendía que todos esos trabajadores fuesen commuters que se desplazasen constantemente entre su ghetto y el emplazamiento en las ciudades de los blancos en el que trabajase; se les permitiría algún que otro desplazamiento al año al campo para ver a su familia. El destino de los trabajadores negros, por lo tanto, era, o bien pasar horas yendo y regresando del trabajo; o bien vivir en barracones de trabajadores, desposeídos de cualquier infraestructura aparte de la residencial básica, que por lógica pronto se convirtieron en puntos de extrema violencia, alcoholismo y consumo de drogas. Ni siquiera se permitía que aquellos complejos prosperasen. La legislación no permitía a los negros tener más de un negocio, lo cual, unido a otras restricciones, hacía que en aquellas áreas para negros las posibilidades de esparcimiento o de vida cultural fuesen escasas, cuando no nulas. Eran áreas sin bancos, sin lavanderías, sin grandes supermercados. Incluso las viviendas carecían de los servicios más básicos. La barriada que se hizo más famosa fue la de Soweto, en las afueras de Johannesburgo.

Por supuesto, en el mundo laboral la situación continuaba. A los negros se les vedaba el trabajo cualificado, la sindicación o incluso el derecho a hacer la huelga; y todo ello por un salario que no resistía comparación ni con el de los blancos, ni con el que hubiera sido lógico pagar en una economía tan boyante.

Muy especialmente, el gobierno Vorster inició una cruzada contra los black spots, como se conocía a porciones de tierra rural que habían sido tradicionalmente ocupadas por negros (tal vez porque los habían adquirido mucho tiempo atrás, tal vez porque habían sido en su origen tierra misional) y ahora estaban rodeados de granjas propiedad de blancos. En la ideología afrikaner, la presencia de estos lugares era algo que debía resolverse mediante el exilio de los negros, y esto fue lo que se practicó. El gobierno procedió a desplazar forzadamente a centenares de miles de pobladores negros, mientras una política perfectamente planificada de mecanización del trabajo rural dejaba sin trabajo a centenares de miles de ellos.

La población negra, por lo tanto, estaba fuertemente discriminada en su propio país. Pero aun así, eso no impedía que algunos negros lograsen una educación mínima; y en ese mundo de estudiantes jóvenes fue donde se crió una nueva generación de activistas con cierta capacidad de tomar el testigo de los primeros resistentes del ANC, casi todos en la cárcel. El principal elemento de esta resistencia fue Steve Biko. Biko, un estudiante de medicina, estaba fundamentalmente preocupado por los efectos que había tenido el apartheid sobre los negros a la hora de acabar con su propia estima y con la percepción de su poder. Su eslógan, por lo tanto, venía a ser algo así como “los negros sólo nos tenemos a nosotros mismos”. En 1972, abandonó sus estudios de medicina y decidió dedicarse al activismo full time. La respuesta del poder fue casi inmediata: al año siguiente, tanto Biko como otros siete activistas fueron objeto de órdenes restrictivas. En el caso de Biko, su confinamiento se produjo en King William's Town; no sólo se le impuso vivir allí, sino que se le prohibió hablar delante de más de una persona a la vez, o escribir. Pasó tres años trabajando en el lugar de su confinamiento, pero permanentemente hostigado por la policía, que en ese tiempo lo detuvo 29 veces.

En 1974, el poder colonial portugués en Angola y Mozambique se derrumbó, noticia que supuso una importante inyección de moral para el activismo negro sudafricano. Y más aún dos años después, cuando en Angola el grupo marxista del MPLA tomó el poder y las tropas sudafricanas debieron abandonar el país. Para los negros sudafricanos, aquello fue una victoria suya y una derrota de los blancos.

Con todo, lo que soliviantó a los negros hasta el punto de comenzar una rebelión fueron las decisiones del gobierno blanco sobre el sistema de educación de los bantúes, o sea ellos. Verwoerd había diseñado un sistema que, básicamente, estaba hecho para que los negros recibiesen educación sólo en aquella intensidad y materias que fuesen necesarias para servir a los blancos. Solía decir aquel primer ministro, por ejemplo, que no era necesario enseñarle matemáticas a los negros si, al fin y al cabo, no las iban a usar en la vida (argumento éste, por cierto, que es diariamente esgrimido por cienes y cienes de jovenzanos educandos de la LOGSE, a los que les costará entender que hay gente para la cual saber integrar es una reivindicación de libertad). La propia política administrativa, que reservaba para las escuelas bantúes tan poco dinero que las convertía el cubos de basura, estaba indirectamente fomentando el abandono escolar; los blancos, digámoslo claramente, lo tenían montado todo para que los negros fuesen tontos del culo. Ahora, sin embargo, el gobierno dio un paso más imponiendo la enseñanza de materias en afrikaans e inglés, en lugar de la lengua vernácula de los bantúes (lo que se dice una inmersión lingüística; no sé si sonará). El problema no era el inglés, un idioma que (con un acento por lo general bastante inextricable, todo hay que decirlo) tanto profesores como muchos alumnos llegaban a dominar decentemente. El problema era el afrikaans; un idioma extraño totalmente a la mayoría de los negros. Y es que, ejem, obligar a alguien a estudiar en un idioma que no es su idioma materno viene a equivaler a apostar doble contra sencillo a favor del abandono escolar o, en el mejor de los casos, el rendimiento apenas pasable.

Así las cosas, en Soweto, comienzo de la movida, los estudiantes comenzaron a boicotear las clases en afrikaans, luego convocaron huelgas y luego una gran manifestación. El 16 de junio de 1976 se produjo dicha manifestación, formada por varias columnas de manifestantes. La policía llegó y abrió fuego, matando a un niño de 13 años. Conforme la noticia de la muerte se fue conociendo, los negros pasaron de la manifestación a la violencia; atacaron edificios del gobierno, así como comercios. Los problemas se extendieron a otras ciudades del Transvaal. En una semana, más de 150 personas habían sido asesinadas por la policía. En ese punto, el gobierno decidió dar marcha atrás con su chorrada de la inmersión lingüística en afrikaans, pero para entonces ya daba igual; las protestas habían pasado del fuero al huevo.

Coincidiendo con esa revitalización de las protestas callejeras, Biko había comenzado a romper las reglas de su estricto régimen legal. Comenzó a viajar y a escribir. En agosto de 1977, cuando regresaba de una reunión clandestina en Ciudad del Cabo, fue arrestado cerca de Grahamstown. Estuvo arrestado veinte días, completamente desnudo y en unas condiciones deplorables. Después, fue trasladado desde su celda a la sede central de la Policía, en el edificio Sanlam de Port Elisabeth, para su interrogatorio. Por interrogatorio hemos de entender que le dieron tal mano de hostias que colapsó. Desmayado, lo esposaron de pies y manos y lo dejaron un día entero en el suelo, sin asistencia médica alguna, para que se recuperase. Para entonces ya apenas decía incoherencias. En la noche le liberaron las manos (no así las piernas) y le dieron algunas mantas (seguía desnudo). Todavía pasó un día entero más antes de ser llevado al hospital, y eso sólo porque lo encontraron echando espuma por la boca. En ese estado, además, lo llevaron al hospital, sí; pero a Pretoria, casi 1.000 kilómetros más lejos. Hizo un viaje de once horas en la parte de atrás de una furgoneta policial, con la sola compañía de una botella de agua. El 12 de septiembre, en el hospital, donde lo dejaron en el suelo cubierto con una manta, terminó de fallecer.

Dos días después, James Kruger, ministro del Interior del gobierno sudafricano, anunció la muerte de Biko, si bien dijo que la causa de la misma había sido una huelga de hambre.

La muerte de Steve Biko cambió muchas cosas. Hay mucha gente que muere y prácticamente no sirve para nada. Pero en el caso de Biko, a sus parientes, amigos y seguidores les puede quedar, sin ninguna duda, el consuelo de pensar que no se trató de una muerte completamente inútil. En el corto plazo, el fallecimiento del detenido provocó una nueva espiral de violencia por parte de los negros, pero hay que reconocer que no fue una espiral muy productiva y que, con el tiempo, pudo ser dominada por las fuerzas policiales blancas. Pero la cosa no termina ahí.

Hay una ley física que antes se estudiaba en la escuela, hoy la verdad ya no lo sé, que es la Ley de Hooke. Si no la recuerdo mal, habla de la capacidad de un muelle de regresar a su posición inicial tras haber sido estirado, y de la existencia de un nivel de fuerza a partir del cual el muelle ya no regresa a dicha posición inicial. Steve Biko, de alguna manera, fue la Ley de Hooke de Sudáfrica. Aunque las protestas que provocó su muerte dentro del país fueron a la postre sofocadas, incluso para los más inteligentes políticos blancos de Sudáfrica se hizo evidente que el poder blanco se había cebado con él en exceso, había permitido su muerte en unas condiciones de desprecio ético insostenibles, y que eso acabaría por tener sus consecuencias. El martirio de Steve Biko colocó al régimen sudafricano, fuertemente dependiente en su economía de la inversión extranjera, expuesto al juicio internacional. Sudáfrica comenzó a apestar a sudor de negro torturado; y ésos son negocios de los que el dinero, cobarde por naturaleza, no quiere saber nada.

A partir de la muerte de Biko, el apartheid sudafricano comenzó a jugar un partido al que no estaba acostumbrado. La idea de la dominación blanca era hacer y deshacer a conciencia aprovechando que nadie miraba, porque al fin y al cabo la pasta fluía (algo parecido a lo que ocurre con la China actual). Ahora, sin embargo, los aspectos más deplorables de ese hacer y deshacer se habían hecho evidentes.

Había llegado el momento de saltar al campo con el público en contra.