miércoles, junio 28, 2017

1453 (2)

Tras la victoria de Maritsa, los turcos tuvieron el campo abierto al oeste de sus posesiones balcánicas. Diversas poblaciones fueron cayendo una a una y, lo que es más importante, la nobleza local tomó conciencia de que no le podía hacer la guerra a los islamitas. Lázaro, rey de Serbia, aceptó pagar tributo a los otomanos; y Juan Chichman III, rey de Bulgaria, le entregó a su hermana Tamara al sultán para que se casara. En toda Bulgaria, el único Estado no tributario de los turcos era Vidin, cuyo rey Stratsimir aceptaba la soberanía del rey de Hungría.


Lázaro cometió el error egoísta de no ir en ayuda de Chichman cuando éste fue elegido por los turcos como la primera pieza del dominó que iban a acometer. Para cuando Chichman cayó, Lázaro trató de oponerse él mismo y la verdad es que fue capaz de allegar una coalición que incluía a todos los reinos cristianos de la zona que o no estaban subyugados por los turcos, como Serbia; o habían alcanzado la paz con ellos, es decir los griegos imperiales. Lázaro consiguió la ayuda de Tverko, rey de Bosnia; el voivoda Vuk Brankovitch, gobernador de Kosovo en vasallaje respecto del propio Lázaro; Mircea el Grande, rey de los valaquios; y de los alabaneses. A base de pasta y promesas, Lázaro logró allegar a sus tropas efectivos búlgaros, húngaros y hasta polacos.

Toda esta abigarrada gente se presentó en el campo de batalla de Kosovo que decidió en 1389 la suerte de la Europa oriental; cosa, pues, de setenta años antes de cuando dicen los cultiparlantes y repiten los maestros (éstos porque no tienen otro remedio) que ocurrió lo que ocurrió.

El ejército turco, merced a las reformas de Aladín, no era moco de pavo. Incluso estaba reforzado por contingentes cristianos. Entre ellos podría estar, incluso, un héroe local, una especie de Cid Campeador balcánico: Marko Kralievitch, hijo de Vukachin al que hemos visto ahogarse en Maritsa. Kralievitch es objeto de un montón de poemas épicos serbios en los que se lo hace aparecer como un guerrero sin par, incluso a veces con poderes extranaturales, quintaesencia del patriotismo serbio. En la realidad, como le ocurre al propio Cid, da la impresión de que el muchacho era más bien una espada de alquiler, que de hecho se arrendó no pocas veces a esos enemigos a los que la épica dice que odiaba a muerte y tal.

Kosovo le costó la vida a los dos reyes principales que participaron en la batalla. Miloch Obilitch, un noble serbio quien al parecer habría traicionado a sus pares y quería lavar su afrenta, se las arregló para introducirse en la tienda de Murad, al que apuñaló. Sin embargo, fue Lázaro quien corrió peor suerte, pues, sea por la traición de su sobrino Vuk Brankovitch, sea por la de un general bosnio llamado Vladko, que la cosa no está clara, acabó en manos de los turcos. Fue conducido a la presencia de Murad, que todavía presentaba constantes vitales, y ejecutado allí mismo.

En su lecho de muerte, Murad definió los términos de su herencia. Dejó la práctica totalidad de la península balcánica a uno de sus hijos, Bayecid, a quien en España conocemos como Bayaceto, lo cual es una cosa que siempre me ha intrigado bastante, pues no logro entender qué puñetera dificultad hay en pronunciar Bayecid que haga necesario decir Bayaceto.

Murad, sin embargo, dejaba muchas más cosas que sus posesiones europeas. Desde los primeros años del sultanato de Murad, los turcos de Asia Menor se habían visto hostigados por el príncipe de Karaman. Este príncipe, espoleado por la envidia del éxito turco, había levantado contra el sultán a un grupo importante de señores de la guerra locales. Murad, como respuesta, se hizo con Ancira, cuidad que nosotros conocemos mejor como Angora, lo que le dio el control del centro de Anatolia y de las grandes rutas comerciales. Más tarde, casó a uno de sus hijos con la hija del príncipe de Kermian; la niña trajo consigo, como dote, importantes territorios. Además, compró una parte del principado de Hamid, aunque esta venta, al parecer, fue de las del tipo que si el vendedor se negare a vender, perdía la cabeza. Al morir, pues, Murad era dueño de prácticamente toda Asia Menor.

Exactamente igual que Orkán y Aladín, Murad también abordó la organización de su imperio con la ayuda de su visir, Kara Halil Djendereli, que adoptó el nombre de Khair el Din. Es de los tiempos de Murad que la estructura de la nobleza otomana quedó fijada, como quedó fijada la estructura de mandos administrativos: los Anadolou beilerbeyi o gobernadores de las posesiones asiáticas; los Roumili beilerbeyi o gobernadores de las posesiones Europeas o de los romanos; el kazi askier, juez del ejército que luego pasó a serlo de asuntos civiles; y los soubacht o gobernadores de distrito. El creciente poder turco también forzó una reforma del ejército.

Murad fue también un devoto musulmán que hizo construir un montón de tekké o monasterios de derviches, así como madrasas o escuelas de teología islámica. Aunque a los no turcos nos importe más bien poco, también hay que anotar aquí que Mourad inventó la toughra o firma tradicional de los sultanes otomanos. Posteriormente convertida en un monograma, su origen viene del momento en el que Murad firmó su primer tratado con un reino cristiano (Ragusa); para darle algo más de solemnidad, decidió meter la mano en la tinta y firmar estampando su palma entera al pie del documento. Fue Murad, por lo tanto, un gran sultán, llorado por sus súbditos, que lo llevaron a enterrar a Bursa, donde, además de otorgarle el sobrenombre habitual de los sultanes (ghazi, o sea, vencedor), le otorgaron el de Khodavendiguiar, que viene a ser como señor o soberano, pero con importantes reminiscencias de poder religioso o sobrenatural (el término es de origen persa y deriva de Khouda, Dios).

Bayecid, por su parte, llegó al trono con las ideas muy claras: lo primero que hizo fue hacer matar a su hermano Yakub. De hecho, esto de cargarse al hermano al llegar al poder se convertiría en una costumbre entre los otomanos e incluso, según algunos autores, llegó a estar regulado por la ley.

Bayecid se planteó desde el principio ser un potente jefe militar; y lo consiguió. La batalla de Kosovo puso a su disposición Serbia, entonces gobernada por una reina regente, la princesa Militsa, quien lo hacía en nombre de sus hijos Esteban y Vouk. Militsa tuvo que convertirse en tributaria de los turcos, así como aportarle hombres a su ejército. Bayezid, por último, se casó con la hija menor de Lázaro y Militsa.

Lo segundo que hizo Bayezid fue jugar constantemente sus cartas en diferentes alianzas con emperadores bizantinos. Eran tiempos muy convulsos para Constantinopla, los tiempos de Juan V y de sus hijos y nietos, Andrónico IV, Juan VII, o Manuel II. Los turcos se aliaban con unos u otros partidos según les convenía. De esta manera, Manuel II tuvo que formar parte, junto con tropas griegas, en el sitio de Filadelfia, un destacamento que había quedado dentro de las posesiones turcas pero que conservaba una guarnición bizantina. Algo más tarde Juan VIII hubo de aprobar la erección en Costantinopla de una cuarta mezquita y, además, de un tribunal de derecho islámico, que se encargaría de juzgar a los turcos residentes en la ciudad.

En 1393, Suleimán Chelebi, hijo de Bayezid, se lanzó al frente de un ejército potente contra Tirnovo, capital de Bulgaria. Durante tres meses, los búlgaros resistieron como pudieron, comandados por el patriarca Evlimi. Pero el 13 de julio, la ciudad fue tomada al asalto, tras lo cual los turcos entraron en ella a sangre y fuego. Chichman, rey de los búlgaros, no se encontraba sin embargo en la ciudad; probablemente, se refugió en la fortaleza de Nicópolis. No está muy claro si mantuvo una lucha contra el sultanato durante unos años, muriendo en batalla, o fue finalmente apresado por Bayezid y murió en cautiverio.

Al año siguiente, Bayezid regresó a Asia, donde realizó una leva importante de soldados con la que cruzó de nuevo a Europa. Su intención era atacar a Mircea, príncipe de Valaquia. En algo muy parecido a un paseo militar, le plantó batalla, lo venció, lo hizo prisionero y envió a Bursa. Sin embargo, acabó por liberarlo con la condición de que aceptase su soberanía y le pagase tributo. 

Una vez que Valaquia se hizo súbdita del sultanato (aunque por poco tiempo), la siguiente pieza del dominó que quedaba era Hungría. Allí reinaba para entonces el rey Segismundo, bien conectado con las potencias occidentales europeas, entre las que buscó apoyos. De hecho, Segismundo consiguió la solidaridad y el concurso de diversos nobles franceses, tales como el conde de Eu, Felipe de Artois; el de Nevers, el almirante Juan de Viena, el mariscal de Boucicault, Juan II conocido como Le Meingre; o el señor de Coucy, Engerrand VII. Asimismo, diversas órdenes caballerescas, como los caballeros teutónicos, los de San Juan de Jerusalén o los bávaros, se unieron a la tropa de Segismundo. Pronto se les unió Mircea, que estaba deseando dejar de ser tributario del turco.

El encuentro se produjo a orillas del Danubio, cerca de Nicópolis, el 22 de septiembre de 1396. El ataque primero de los caballeros franceses fue brillante y muy efectivo; pero, a la larga, la falta de disciplina de esta tropa caballeresca acabó siendo la condenación de los cristianos. Mircea y Segismundo, que conocían bien las tácticas de los turcos, quisieron sacar a los caballeros franceses de la primera línea, pero éstos se obstinaron en permanecer allí y, de hecho, tras su primer ataque, en lugar de retirarse para dejar espacio a la infantería magiar, se empeñaron en permanecer. Decidieron avanzar por su cuenta, sin el apoyo necesario, y se encontraron con una tropa de 40.000 jenízaros, que cambiaron el signo de la batalla.

Mircea, viendo el tema perdido, se retiró con las tropas valaquias (como dicen los argentinos: soldado que huye, vale para otra guerra), mientras germanos, húngaros y franceses supervivientes resistían como podían. En algún momento pudo parecer que los cristianos podían ganar. Pero fue un cristiano, el serbio Esteban Lazarevitch, que combatía del lado turco, el que terminó por poner la Historia en hora. Los turcos persiguieron a Segismundo, quien sin embargo pudo escapar gracias a la flotilla de Venecia y Rodas que esperaba en la boca del Danubio.

En Nicópolis, en realidad, no ganó nadie, pues ambas partes sufrieron pérdidas catastróficas. Bayecid, de hecho, quedó tan cabreado de lo diezmado de su grey que ordenó ejecutar a todos los prisioneros, aunque los grandes nobles turcos acabaron por convencerlo de que parase, tras veinticuatro horas de carnicería.

Quien pagó muy cara la batalla de Nicópolis fue Bulgaria. Bayezid hizo prender al zar Stratsimir, que había abierto las puertas de sus ciudades a los cristianos, y lo exilió a Anatolia, donde no tardó en morir. Con su presidio, Bulgaria dejó de ser una nación autónoma, y tardaría siglos en volver a serlo.

Tras la batalla, los turcos avanzaron saqueando Estiria; pero la debilidad en que había quedado su ejército acabó provocando que fuesen vencidos en Pozsega. Entonces entraron en Valaquia, pero Mircea, que como ya hemos visto reservó inteligentemente sus fuerzas cuando vio que de Nicópolis no iba a salir nada bueno, les batió en Rovina, cerca de Craiova. El ejército turco que atravesó de vuelta el Danubio no se parecía en nada al que había hecho el camino contrario.

El sultán, ya lo hemos escrito un poco más arriba, practicó durante aquellos años una política de alianzas estratégicas con unos u otros hombres de poder en Bizancio. Sin embargo, nunca olvidó el objetivo de tomar Constantinopla. De hecho, prohibió que se abordase toda obra de mejora de sus murallas o instalaciones de defensa, mientras que, al mismo tiempo, construía la fortaleza de Guzel Hissar (el castillo bello) en uno de los puntos más estrechos del Bósforo. En la práctica, desde 1391 Constantinopla era objeto de un bloqueo en toda regla.

En el año 1400, el sultán, viendo el momento de tomar la villa, la envió una suerte de ultimátum al emperador Juan V, al que sin embargo ofreció una salida honrosa personal. Los griegos reaccionaron preparándose para la llegada de los turcos, en una batalla que probablemente habrían perdido.

Pero no hubo batalla. Algo había que hacer para que le cuadrasen las fechas a los tontos del culo ésos que dicen que la Edad Media terminó en 1453.

Regresemos a Asia. Durante su reinado, Bayezid se había hecho dueño de los principados de Aidin, de Saruhán, de Menteché y una parte del siempre díscolo principado de Karamán. En 1392, Bayezid repelió un ataque de Aladín de Karamán, tras lo cual se hizo con el resto de esta nación, con la inclusión de su capital Konia. Con eso y otras conquistas, Bayezid logró juntar todo el antiguo imperio selyúcida, esto es todo el Asia Menor. Sólo le faltaban Esmirna, en poder de los caballeros de Rodas; y Trebisonda, que era un principado griego.

Todo estaba a favor para que Bayezid coronase su labor imperial tomando Constantinopla. Pero no, no pudo. De repente, tambores de guerra sonaron al este de su imperio, y la cosa se fue a la mierda.


Ha llegado el momento de hablar de la batalla de Angora.