lunes, mayo 08, 2017

Endemoniados: el affaire Demandolx

En la Historia social de los pueblos entre los que vivimos la mayoría de los que leemos este blog, pocas cosas son tan interesantes de estudiar como los endemoniados y las brujas. La actitud de las sociedades hacia las personas que eran acusadas de este tipo de prácticas o dolencias refleja muchas cosas sobre en qué medida y cómo se desarrollaron. Se trata de un campo muy triste en el que se mezclan las influencias generadas por el pensamiento religioso y otra cosa tan importante que sigue siendo un problema a día de hoy: la actitud hacia el diferente. En mi opinión, la mayoría de las brujas y los poseídos de los que nos hablan las crónicas son personas con problemas sicológicos o fuertemente sugestionadas por sus ideas o las de su entorno. Rara vez un endemoniado fue alguien que verdaderamente se quería rebelar contra un orden establecido que, la verdad, entonces no se vería como tal sino como orden natural, que no es lo mismo. De todo esto me ha quedado a mí desde hace muchos años, desde una lejana tarde en la que me colé con unos colegas en un cine coruñés donde pasaban El Exorcista, el gustillo por leer y saber sobre casos de este tipo.



Quizás lo primero que hay que decir es un tema jodidillo para algunos: lamentablemente, colega, esto de putear a las brujas, de rostizarlas en la plaza pública, no es algo propio de la Edad Media. La mayoría de los tristes casos que hoy recuerda la Historia ocurrieron, sobre todo, en los siglos XVI y XVII; sí, ésos en los que el hombre estaba redescubriendo el humanismo y la racionalidad y bla. Los teóricamente oscuros y brutales siglos anteriores se quemaba mucho menos a la gente.

En fin. Yo, de quien quiero hablaros hoy es de Magdelaine de la Palud de Demandolx, una preciosa niña que nació en 1593. Era, al parecer, una niñita rubia de no mucha salud que, sin embargo, logró superar las altas tasas de mortalidad infantil de su época y llegar a 1603, año de su primera comunión. Tragarse el cuerpo y la sangre de Cristo y descubrir la Fe fue todo uno, y casi desde aquel día la joven Magdelaine se convirtió en una infanta devota. Pronto, pues, decidió entrar en las ursulinas, que habían sido recientemente fundadas por un protestante convertido, el padre Jean Baptiste Romillon.

Las ursulinas eran monjas, pero no eran tontas. Eso quiere decir que para entrar en su orden no bastaba con llegar, llamar a la puerta y decir que se amaba mucho a Jesús y que bla; había que poner una pasta que Magdelaine no tenía. Sin embargo, afortunadamente tenía un abuelo millonario: Ardouin de Glandevès, señor de Gréoux. Como las familias no tenían mucho contacto, la madre de Magdelaine buscó un intermediario que pudiese venderle la burra al tío Gilito. Y lo encontró en un sacerdote, párroco en la iglesia des Accoules de Marsella, llamado Louis Gaufridy.

Gaufridy era un típico producto de la Iglesia quintocentista. Sin llegar a ser persona de conducta tan escandalosa como para poner en vergüenza a la institución que representaba, Louis era eso que sus compatriotas suelen llamar un bon vivant, amigo de la buena mesa y de tener siempre cerca a una tía buena para, cuando menos, hacer algún que otro requiebro de escondida polisemia sexual. Entonces no habría llegado a los cuarenta años, sonreía con todos los dientes, y vivía desahogadamente con lo que sus fieles marselleses le dejaban en los cepillos. Y, sobre todo, esto era lo que más le interesaba a la señora De la Palud, era un excelente diplomático. Y lo demostró, porque no tardó en conseguir los 36 ecus necesarios para que la niña entrase en las ursulinas.

Magdelaine acabó en un convento de las ursulinas de Marsella, y después en Aix. Para entonces era ya una adolescente bien desarrollada, y pronto comenzó a mostrar un comportamiento extraño. Tan extraño que incluso hizo falta sacarla del ambiente religioso y mandarla temporadas con sus padres. Pero todos esos descansos y otras medidas que se toman no consiguieron eliminar una personalidad crecientemente secretiva y, sobre todo, solitaria.

Finalmente, un día, ante las presiones de su superiora, la madre De Gaumer, Magdelaine acaba confesando: diez años antes, cuando fue con Gaufridy a ver a su abuelo para conseguir la pasta, éste la había violado. El caso, de todas formas, es que la actitud de Magdelaine tampoco es el de una persona que ha sido violada: es bastante común que por entonces incluso parezca estar enamorada del hombre que presuntamente la forzó. Sea como sea, la superiora se toma muy en serio el tema, entre otras cosas porque su odio por el padre Gaufridy era legendario (según algunas historias, porque el cura la había rechazado).

El 12 de agosto de 1609, todo el asunto toma un giro diferente. Durante un acto religioso en la iglesia de Santa Clara de Aix, Magdelaine, que entonces tiene 16 años, comienza a tener fuertes espasmos en público. Cuestionada sobre que le pasa, la niña lanza la bomba: el Diablo acaba de hablarle y anunciarle que no puede ser perdonada por su pecado.

Lo que sigue es la gala habitual de los endemoniados. Diversos sacerdotes buscan en la monja los síntomas de la posesión diabólica y, cómo no, los encuentran. Magdelaine habla lenguas que no ha aprendido, distingue cosas invisibles que los demás no ven y, cuando es cuestionada sobre esto o aquello, miente descaradamente, iluminada para ello por el Diablo. En consecuencia, la niña-monja es sometida a diversas sesiones de exorcismo, en las cuales se la expone constantemente a la vista de la cruz, se realizan rezos interminables, se la rodea de reliquias. Un ambiente tan insano como el que se pretende combatir y que no tiene otra consecuencia que hacer que la joven monja vaya perdiendo el contacto con la realidad.

Las cosas van a peor. De cuando en cuando, el cuerpo de Magdelaine se enrosca como el de una serpiente y así se queda; un síntoma que parece ser es bastante común en ciertas dolencias siquiátricas. A menudo se le dan la vuelta los ojos, de modo que sólo muestra el blanco de los mismos. Se queja de tener un cuerpo extraño en la garganta, otra obsesión bastante común. Todo esto, lógicamente, es atribuido a la labor del Maligno.

En la muy racional Francia del siglo XVII, tan luminosa ella, a nadie se le ocurre ni por un momento poner el asunto en manos de médicos. Ni modo. El affaire Magdelaine acaba en manos, claro, de un cura, el dominico padre Sebastián Michaëlis, prior del convento de San Maximino, vicario general de la Congregación Reformada y, esto es lo importante, Gran Inquisidor de Avignon.

Michaëlis decreta un extraño encierro para Magdelaine de Demandolx, pues la manda a una gruta. Una gruta bastante famosa: la de Sainte-Baume, que hoy en día puede visitarse porque es un Santiago de Compostela en pequeñito: se beneficia de la leyenda de que allí acabó María Magdalena, igual que Santiago terminó en las rías gallegas y tal.

Allí, en ese sitio que hoy no es que sea muy hospitalario y hace cinco siglos probablemente era una nevera, fue metida Magdelaine de Demandolx en compañía de diversos religiosos comandados por un holandés, el padre Domptius (y de toda la gente que quisiera entrar, porque las sesiones de espiritismo eran públicas); así como de otra ursulina también poseída como ella: Louise Capeau.

Allí las dos monjas son sometidas a exorcismos varios que tienen como objetivo que, finalmente, el Diablo que tienen dentro hable de alguna manera. El que está dentro de Louise, finalmente, decide hablar el 6 de diciembre de 1610. Con las horas se acaba por aclarar que, en realidad, dentro de esta monja no hay uno, sino tres diablos: Verrine, Grésil y Sonneillon. Eso sí, Verrine es el, por así decirlo, demonio dominante, porque siempre está presente. Lo de Magdelaine es más fuerte aún pues, cuando su ser interior se decide a hablar, los exorcistas comprueban, acojonados, que es Belcebú en persona, Satan, el rey del Infierno, el ángel caído, el Diablo en persona.

Verrine, en todo caso, es un diablo un tanto extraño, porque no sólo cree en Dios, sino que acepta su prevalencia omnipotente, entre otras cosas. Alaba la belleza de la Virgen y suele embarcarse en disquisiciones teológicas. Para demostrar la posesión,  hace que Louise (de la que siempre habla en tercera persona) hable en latín aunque, vaya, lo hace con evidentes faltas y errores (aquí los inquisidores pudieron comprobar que la LOGSE había llegado al Infierno). Pero, sobre todo, lo que más hace Verrine es acusar a Magdelaine. De ella dice que es una ingrata, una manipuladora, una bruja. La otra poseída sólo contesta mediante episodios de histerismo durante los cuales se niega a tomar la hostia o se retuerce en el suelo.

Es Verrine-Capeau quien, finalmente, durante una sesión de exorcismo saca a relucir el tema Gaufridy. La cosa tiene lógica. En los conventos no hay mucho que hacer, así pues es probable que las monjas le diesen mucho a la húmeda; entre ursulinas la historia de la joven monja y el cura que se la pulió debía de ser bien conocida. Así pues, Verrine vino a decir que todo aquello era el origen de la posesión diabólica de Magdelaine, y los inquisidores la creyeron. Así pues, el 31 de diciembre 1610, quien ha de viajar a la gruta es el propio Gaufridy. Nada más llegar, las dos monjas lo acusan de ser un brujo.

Los sucesos cambian el centro de gravedad del asunto.Ahora, éste está en el cura marsellés. Pero éste tiene sus amigos, por ejemplo, el obispo de su diócesis; y los propios feligreses de su iglesia; muy especialmente sus feligresas que, todas a una, montan una especie de Change.org para presionar para que lo liberen.

Sin embargo, en la cueva las cosas no van muy bien. Louise Capeau, o tal vez deberíamos decir el demonio creyente Verrine, gruñe cada vez que el padre está delante, y lo acusa de cosas terribles, como por ejemplo haberse comido a niños enteros. Gaufridy, que algo sabrá, permanece impasible el ademán. El 7 de enero de 1611, se presenta en la gruta una delegación formada por el protonotario apostólico, el gran vicario del obispo de Marsella y otros personajes religiosos de aquella ciudad; están ahí para liberar a su sacerdote.

Conscientes los exorcistas de que por el flanco religioso han llegado probablemente a un callejón sin salida, se plantean poner la movida en manos del brazo secular.

Todo esto tiene su sentido. El padre Michaëlis ha encontrado un aliado en el mundo temporal: Guillaume du Vair, amigo del rey Enrique IV y presidente de las cortes de Aix, regalista convencido que ve en el caso Demandolx una ocasión perfecta para darle por el culo a los marselleses, siempre contaminados de republicanismo cantonal. El 17 de febrero de 1611, la joven Magdelaine es llevada ante la presencia del propio Du Vair y del arzobispo de Aix. Comienza la niña por montar todo un espectáculo modelo Linda Blair, o sea contorsiones, gruñidos y de todo; y, finalmente, se aviene a hablar. Confirma que ha sido violada por Gaufridy, quien además le ha introducido el Diablo dentro, como confirma una marca diabólica que dice tener en el pie. Más aun, las crónicas nos dicen que la monja pone la mano del propio Vair sobre su cabeza, y que el noble descubre algo (un bulto, supongo) que se mueve bajo la piel. Todos concluyen que es el Diablo. El 19 de febrero, el presidente de la asamblea local hace uso de su poder para imponer una encuesta sobre todo el asunto.

Todo este proceso se puede contar con meticulosa precisión gracias a que está conservado en su práctica totalidad en la Biblioteca Nacional francesa (para el que esté interesado: es el manuscrito 23.851 de la sección en francés). Inicialmente, la investigación no aflora otra cosa que encabronados maridos cornudos que acusan al cura de haberse tirado a sus consortes. El 20 de febrero, Gaufridy se desplaza para comparecer ante las autoridades en el castillo de los condes de Provenza. Allí Michaëlis comienza a jugar sus cartas de sugestión y a contar a todo el mundo que desde que el párroco des Accoules está en el castillo todos los perros de la zona rodean el edificio y ladran como posesos; lo que, por supuesto, la parece una prueba diabólica irrefutable.

Mientras tanto, continúa el exorcismo de la monja, con resultados bastante volátiles, dado que tan pronto acusa a Gaufridy como lo defiende. Durante una sesión, el 21 de febrero, incluso llega a gritar que todo es mentira.

Finalmente, a finales de febrero de aquel 1611, tres médicos, llamados Fontaine, Mérindol y Grassy, visitan a Magdelaine de Demandolx. Su función principal es detectar la presencia del demonio en la coña ésa que tiene la niña bajo la piel del cráneo y que se mueve. El padre Michaëlis reporta que a la monja se le encuentran las marcas diabólicas del pie y dos más; y que en los tres casos se comprueba que son insensibles (la posesión de un lugar en el cuerpo insensible al dolor se consideraba como prueba absoluta de presencia del demonio).

El 5 y 6 de marzo es el turno de Gaufridy. Le tapan los ojos y durante horas le pinchan con una aguja por todo el cuerpo. Pinchan y pinchan hasta que encuentran tres puntos en el cuerpo del sacerdote donde no reacciona a la aguja con dolor.

Han encontrado al Diablo.

Lo siguiente es el careo entre sacerdote y ursulina. Gaufridy, por supuesto, no niega conocerla; pero asevera que jamás la ha tocado. Pero, según todos los síntomas, la localización de los tres puntos indoloros en su cuerpo le supone un golpe durísimo, porque el sacerdote sabe bien lo que significa. Él mismo empieza a dudar, lo cual es lógico teniendo en cuenta que lo interrogan durante horas. De hecho, pide ayuda espiritual y se le adjudican dos capuchinos que no le abandonan en momento alguno.

Tanta presión y tantos exorcismos tiene la conclusión de desconectar a Gaufridy de la realidad, exactamente igual que pasó antes con Magdelaine. El 1 de abril, la confiesa a los capuchinos un montón de movidas: que su tío le había iniciado en la magia, que se le presentó el Diablo, que firmó con él un pacto gracias al cual obtuvo el poder de seducir a todas las mujeres. Los capuchinos, ni cortos ni perezosos, hicieron imprimir estas confesiones y las repartieron por toda la ciudad. Por si esto fuera poco, dado que las confesiones de mujeres hablando de la rijosidad del cura, al que algunos dicen haber visto salir de burdeles, la imagen pública de Gaufridy se deteriora a marchas forzadas. Entre los testimonios recogidos, varios vecinos de Marsella declaran que un gato gris suele frecuentar los alrededores de la parroquia; otra prueba irrefutable de la presencia del Diablo.

Monsieur Thoron, juez seglar del caso, llama a comparecer una vez más a Gaufridy para que confirme todas las cosas que le ha contado a los capuchinos. Tras algunas dudas, el sacerdote lo confirma casi todo el 14 de abril. Evidentemente, ha bajado los brazos.

Súbitamente, sin embargo, al día siguiente declara que ha sido presionado y atormentado, y lo niega todo. Ya nunca volverá a admitir lo dicho con anterioridad, ni siquiera bajo tortura.

Sin embargo, Gaufridy comete un error: admite haber tenido algo más que amistad con una tal Victoire Corbie, una mujer que parecía estar un tanto obsesionada con el joven sacerdote. Todo lo que admite Gaufridy es que un día la mujer lo acosó y él se dejó meter mano; pero fue más que suficiente para hacerlo aparecer como un pecador. Apenas horas después, el juez dicta sus conclusiones retratando a Gaufridy como un sacerdote imperfecto y pecador. Con las conclusiones en la mano, el 18 de abril el procurador Rabasse da por probada la condición de brujo del sacerdote, y pide para él la pena capital. El 30 de abril, Gaufridy es condenado a hacer penitencia paseándose por las calles de Aix con pies y cabeza desnudos, para luego ser quemado vivo. Ese mismo día, en una ceremonia celebrada en la iglesia de los jacobinos, pierde su condición sacerdotal.

Para completar el proceso, todavía Gaufridy es sometido a tortura, concretamente a la conocida por los franceses como estrapade. Como ya he dicho, durante estas sesiones Gaufridy se negó a confirmar las acusaciones contra él.

El día de su ejecución, Gaufridy recibió su último regalo. Los dos capuchinos que tan importantes habían sido a la hora de obtener su confesión, y que probablemente le habían cogido cariño, consiguieron de los jueces el privilegio para el reo de ser estrangulado antes que quemado. Pero ni ese regalo pudo recibir. Algún pollas encendió la hoguera antes de tiempo y, cuando el verdugo quiso acercarse con la cuerda para estrangular a Gaufridy, debía hacerlo con peligro para su vida.

Nunca se supo a ciencia cierta quién había desflorado a Magdelaine de Demandolx. Se tiene por muy probable que había sido una adolescente con ciertos problemas sicológicos y que, probablemente, los dos únicos pecados del cura Gaufridy habían sido estar cerca de ella y ser, además, un tipo que nunca le negaba una sonrisa a una mujer. Pero la cantidad de veces que la propia Magdelaine negó haber sido violada por él, unido al hecho de que al inicio del affaire mostraba una querencia, casi amor, hacia él, que no es nada normal en una mujer violada que conoce a su violador; todo eso, la verdad, hace más que dudar de la versión finalmente aceptada por los jueces. Aparte que está el pequeño detalle de cómo puede alguien que cree en la posesión demoníaca conceder versatilidad a lo que confiesa alguien que tiene al Diablo dentro. ¿No quedamos en que Satán miente cada vez que abre la boca?

Extrañamente, casi desde el momento en que el humo bloqueó los pulmones del padre Gaufridy y lo mató, el Diablo pareció abandonar de buen grado el cuerpo de la monja ursulina Magdelaine de la Palud de Demandolx; lo hizo, por cierto, en un momento en el que la monja parecía estar desmintiendo sus propias acusaciones.

Magdelaine fue liberada, pero no readmitida entre las ursulinas. Se convirtió en una figura errante por los caminos del Midi francés; solía decir que buscaba penitencia. Cuarenta años después de la ejecución de Gaufridy, en 1653, fue acusada de brujería, lo que hace sospechar que su cabeza fue de mal en peor. Fue, sin embargo, liberada sin cargos, y murió poco después, pobre como una rata. La monja penitente había hecho donación de todos sus bienes a la Iglesia.

Qui prodest...




Post Scriptum: Hace ahora 45 años, jugando al fútbol con unos colegas en un recreo entre clases, me hicieron un pase en la misma boca de gol y marqué. Casi no marcaba nunca, así pues, a pesar de que todo lo que hacía falta para que entrase el balón era soplarlo, le pegué un hostión con toda mi alma. La portería no era una portería de fútbol, sino una vieja canasta de baloncesto ya inservible pero que conservaba una gran pieza de cemento cuya función era mantenerla en pie con su peso.

Yo estaba tan en la línea de gol que, además de darle a la pelota y marcarlo, le dí una patada al cemento. Me destrocé el pie. No le dije nada a mis padres porque tenía miedo de que me castigasen por haber hecho el tontopollas de esa manera. Anduve cojo un par de semanas, cada vez mejor, pero no sé cómo conseguí engañar a todos y disimular. Mi pie se recuperó pero, eso sí, en el extremo izquierdo del dedo gordo (pie derecho) se me formó una protuberancia que todavía tengo. Esa protuberancia es totalmente insensible. Puedes pincharla, puedes quemarla, puedes sajarla; no me duele en lo absoluto.

Si, tras esta confesión diabólica, dejas de leer este blog, lo entenderé.