miércoles, octubre 26, 2016

Trento (7)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia.

El Papa Julio III era personalmente un hombre entrañable y de buen carácter. Como le suele ocurrir a las gentes de esa pata, era más bien asténico cuando se veía ante un enfrentamiento, de modo que lo que más prefería era no tener que decidir. Caraffa y Ghislieri eran todo lo contrario que él: eran decididos y echados para delante, constantemente exigentes. En este entorno, resulta lógico que el titular de la sede del Vaticano, por lo general, los dejase hacer.


El 15 de febrero de 1551, el Papa publica una bula prácticamente redactada en todos sus detalles por los inquisidores, en la que prohibía a toda persona pública o privada realizar acción alguna que pudiese dificultar la labor del Santo Oficio. Poco tiempo después, Julio albergó la idea de nombrar cardenal al patriarca de Aquileia, Giovanni Grimani, un candidato fuertemente apoyado por la Signoria de Venecia. Pero como Caraffa le pusiese la proa, no se decidió por el nombramiento. En 1553, el Papa dio permiso a Caraffa para que quemase en el mercado de las flores todos los Talmud que había embargado a diversos judíos. De hecho, dictó una bula en la que ordenaba a los judíos entregar todos los ejemplares que tuvieran a la Inquisición; aunque también es cierto que, por razón de esta orden, se entregaron entre uno y ninguno.

En 1553, Caraffa hizo trasladar a Roma a Giovanni Mollio, el principal instigador de la reforma en Bolonia. Lo sometió a proceso y, el 5 de septiembre, lo hizo quemar vivo (Bolonia era ciudad papal; así pues, podía administrar esa justicia sin obstáculos). En Ferrara, ducado vasallo del Papa, se habían introducido en 1551 los jesuitas, que con todo gusto oficiaron de espías de la Inquisición, abriéndole a éstas las puertas por las que llegaron hasta gentes como Fannio Faentino o Giorgio Sículo, ambos quemados, amén de otros que fueron encarcelados o exiliados.

La clave de una actuación tan fuerte y continuada es que, por mor de las reglas internas de la comisión de cardenales que controlaba al Santo Oficio, todos sus miembros cambiaban cada año, salvo el Gran Inquisidor (Caraffa) que era miembro permanente. Afectados todos los miembros menos uno de provisionalidad, en la práctica ese uno acumuló todo el poder.

Tras la muerte de Julio III y el corto pontificado de Marcelo II, los cardenales comprendieron que la Iglesia necesitaba un mando fuerte, y para ello el candidato estaba claro: con fecha 23 de mayo de 1555, annuntio vobis magnum gaudium, el cardenal Caraffa era nombrado Papa, cargo para el que adoptó el nombre de Pablo IV. A partir de ese momento, en realidad, cualquier posibilidad de una entente entre católicos y protestantes desapareció por completo.

La llegada de Caraffa al Vaticano supuso graves problemas más o menos evidentes para muchos cardenales que no compartían sus puntos de vista. El cardenal Pole, por ejemplo, había sido primero expulsado de Inglaterra por Enrique VIII para volver al país como nuncio papal enviado por Pablo III. Allí reconstruyó las trazas de las religión católica con la ayuda de María Tudor. Sin embargo, a pesar de todo ello, la relativa comprensión que mostraba hacia la doctrina de la justificación lo hizo objetivo de los ataques de Pablo IV. Pole acumulaba otros méritos negativos ante el Papa: en 1542 había abogado por una reorganización del Santo Oficio y, lo que es más grave, en la elección de Caraffa había sido un candidato alternativo muy fuerte.

Por mucho que remó en dirección contraria María Tudor, los poderes de nunciatura de Pole fueron revocados y el cardenal fue llamado a Roma, claramente para ser llevado ante los tribunales eclesiásticos. La reacción de Pole, que obedeció sin una protesta, tranquilizó algo a Caraffa. Lo suficiente como para dejar que el buen cardenal muriese tranquilamente en Inglaterra, el 18 de noviembre de 1558.

Ya en el papado, Caraffa llevó a cabo sus planes inquisitoriales hasta el fondo. Decretó que los herejes de Italia tenían tres meses para abjurar de sus creencias delante de sus obispos, plazo tras el cual llegaría el Santo Oficio con el cuchillo de capar. La Congregación de la Inquisición pasaría a reunirse semanalmente, bajo su propia presidencia. Estableció en todas las ciudades representantes de la Inquisición que reportaban a Roma, nunca a su obispo local. Asimismo, contrató para el Santo Oficio a laicos radicales, talibanes diríamos hoy; el típico civil colaborante de toda la vida. El ejemplo de esta nueva Inquisición romana fue tan grande que el rey francés Enrique II le pidió a Caraffa que la estableciese en Francia.

El 1 de octubre de 1555, apenas unos meses después de ser nombrado pues, Caraffa le envió un breve al duque de Ferrara denunciando la infestación de herejes en Módena, ciudad avinagrada donde las haya, donde es cierto que casi todos los grandes personajes, jueces, académicos, etc., eran protestantes y actuaban beneficiándose de una tolerancia total. Caraffa exigió que cuatro de estos reformadores fuesen arrestados y llevados a Bolonia (ciudad papal), entre ellos Ludovico Castelvetro, escritor y magistrado.

Módena tenía un fuero por el cual sus habitantes no podían ser juzgados sino por su propia ciudad. Así pues, los modeneses protestaron violentamente contra la petición del papa. Pero el duque Hércules II envió a Roma a dos de los inculpados; los cuales, por cierto, se retractaron y fueron puestos en libertad. Eso sí, mediante este gesto dio tiempo a Castelvetro y al preboste de la catedral, llamado Valentín, para que huyesen. Castelvetro, condenado a muerte en Roma, vivió el resto de su vida en Suiza y Alemania, y murió en 1571.

Esta anécdota hizo que Caraffa se fijase en el obispo de Módena, a quien ya hemos citado en estas notas: Giovanni Girolamo Morone. Morone, que para entonces ya era cardenal, había demostrado a los ojos del papa Pablo excesiva indulgencia con los reformados. Julio III, dentro de su pasividad, había resistido los esfuerzos de Caraffa por engrilletar al cardenal, al que incluso había enviado de nuncio papal a la dieta de Ausburgo. Sin embargo, ya Papa, Caraffa se tomó su venganza y, en junio de 1557, hizo encerrar a Morone en el castillo de Sant'Angelo, en compañía de otros dos prelados: Egidio Foscarari, sucesor de Morone en Módena; y Pietro Sanfelice, que había sido obispo de Cava de'Tirreni.

La deposición de Morone en el juicio en su contra, por mucho que terminara reconociendo que se había desempeñado de forma impropia y que se arrepentía y tal, es un texto muy interesante a la hora de valorar el tipo de cambio que se produjo en la Iglesia católica con la llegada del Renacimiento y de la Reforma. La Iglesia en la que él había sido más joven, explicó Morone, era, en realidad, otra Iglesia. Una Iglesia en la que existía un mayor nivel de delegación de funciones desde el Papado hacia los obispos, que por ello no sólo tenían libertad para resolver conflictos teológicos por sí mismos dentro de sus jurisdicciones, sino que, de hecho, tenían una mayor libertad de pensamiento sobre estas materias.

Debo reconocer que en términos estrictamente teológicos, si las cosas eran como Morone las describe en ese texto, que lo eran, la verdad es que resultaban incompatibles con la doctrina católica. El catolicismo es incompatible con la idea de que una cosa sea herética en el obispado de Mondoñedo-Ferrol pero asumida, permitida e incluso alentada en el de Toledo. La libertad obispal es residuo de la Iglesia de los primeros padres y bla; pero es eso: un residuo. En el siglo XVI, la Iglesia romana como institución había crecido y evolucionado más que suficiente, a base de concilios, y ya tenía muy claro que su doctrina había de ser Una (lo cual enervó a Lutero, entre otras cosas) o ninguna. Así pues, por mucho que no hay palabras ni líneas de texto suficientes para describir lo cabrón que fue Gian Piero Caraffa, creo que no se puede hacer otra cosa que admitir que, al fin y a la postre, aquel tipo no hizo otra cosa que leerse el libro de instrucciones y seguirlas al pie de la letra. Tuvieron que pasar cuatrocientos años para que la Iglesia de Roma se medio cayese del guindo y, en el Vaticano II, acabase por admitir (arrastrando los pies, y eso después de doscientos años en los que su autoridad y poder temporal habían caído en picado) que el problema no está en quien lee el libro de instrucciones, sino en el propio libro. Es por ello que, la mayoría de las veces, los cambios de discurso de la Iglesia no son tales. Puede surgir un Papa que diga esto o aquello que fascine a los católicos o no católicos como discurso nuevo y rompedor. Pero, en realidad, el libro sigue ahí. La Iglesia lo sabe, como sabe que, para retrotraer todas las palabras de ese Papa guay, no hay sino esperar a que la casque, y después escoger otro de otro palo. 

Pero volvamos a nuestro interesante siglo XVI. Conforme avanzó el proceso contra Morone, en el que en mi opinión a los acusadores se les fue un poco la mano y sobre todo la boca, Pablo IV comprendió, a pesar de su radicalismo, que estaba a punto de condenar por hereje a un cardenal de la Santa Sede, lo cual supondría un escándalo de enormes proporciones, amén de servir como hojarasca seca para la hoguera protestante. Así las cosas, le ofreció a Morone, más o menos, que aceptase declararse culpable para ser luego indultado por el Papa por razones de humanidad, que si está viejo, que si Jesús dice que hay que saber perdonar, toda esa farfolla. El viejo sacerdote, sin embargo, rechazó el acuerdo, pues no quería ninguna mancha en su historial, y exigió el reconocimiento explícito de su inocencia. Aquí fue él el que aplicó el libro de instrucciones, pues bajo una ética católica, o eres culpable, o no lo eres; pero eso de pactar con tu confesor que le vas confesar que te has hecho unas pajillas que no te has hecho para que luego él te absuelva generosamente, no es bueno a los ojos de Dios.

Ante las exigencias de Morone, Pablo se negó y, de hecho, el buen cardenal permaneció preso en el castillo hasta que, en 1559, falleció Caraffa. En ese momento no sólo fue liberado, sino que fue convocado al cónclave que eligió a Pío IV; Papa que lo declaró inocentissimum, esto es libre de todo cargo, y que lo buscaría para que tuviese un papel importante en la tercera sesión de Trento, que veremos cuando nos metamos en la harina conciliar.

Caraffa también tiene el dudoso mérito histórico de haber alumbrado el primer Index librorum prohibitorum de la Iglesia. En realidad, ya la bula In coena Domini había excomulgado a los herejes que leyesen obras prohibidas; y tampoco hay que olvidar el edicto que el propio Caraffa había publicado, siendo inquisidor, contra los impresores (1543). Pero, como ya hemos comentado, ninguno de estos pasos vino seguido de una lista con los libros que no se podían leer. Algunos inquisidores habían elaborado listas, pero éstas no eran de aplicación nada más que en los lugares donde habían sido compuestas. Carlos V hizo publicar por la universidad de Lovaina los primeros índices oficiales para los Países Bajos. Siguiendo su ejemplo, el duque de Florencia hizo lo propio, y luego llegó, en 1558, la Inquisición española. El primer Índice romano, sin embargo, apareció en 1559, válido para toda la Iglesia, y que fue el modelo de todos los posteriores.

Estaba aquel índice dividido en tres partes: uno de autores de los cuales se prohibía la totalidad de la obra; la segunda para obras especialmente prohibidas; y la tercera con todos los libros anónimos publicados desde 1519. Además, se nombraban 72 impresores cuyas obras estaban prohibidas al buen cristiano. Cualquiera que había editado alguna vez una sola obra herética fue prohibido. Fueron incluidas incluso obras aprobadas por Papas anteriores, como ocurrió con las Anotaciones al Nuevo Testamento de Erasmo. En un acojonante salto mortal hacia atrás, en el Índice se incluyó el informe de la comisión sobre la reforma de la Iglesia creada por Pablo III... comisión en la que había participado el propio Caraffa.

El Index tuvo una consecuencia inmediata: secar literalmente Italia entera de las obras que habían reflejado los avances del humanismo. Por bula de 21 de diciembre de 1558, incluso le retiró el permiso de leer libros prohibidos a quien se le hubiese concedido anteriormente.

Caraffa, no parece que haga falta explicarlo, consolidó y fortaleció la Inquisición: la dotó del derecho de tortura física, tanto para arrancarle a los testigos sus faltas como también las de otros. Fue él quien instituyó la fiesta de Santo Domingo y, por supuesto, quien elevó al cardenal Ghislieri a la condición de Gran Inquisidor.

Por bula de 15 de febrero de 1559, Pablo IV declara que los príncipes y nobles heréticos son reos de pena capital y que se les debe quitar sus posesiones, aunque les ofrecía, si se arrepentían, la gracia de irse a un convento a ver pasar lo pájaros.

A su muerte, acaecida el 18 de agosto de 1559, el otrora cardenal Caraffa había logrado un récord verdaderamente muy difícil de alcanzar: se había convertido, probablemente, en el Papa de la Historia más odiado por los romanos. Otros papas, cierto es, fueron sacados de sus tumbas por las turbas y paseados por las calles; pero eso no mella en lo absoluto las dimensiones de odio que concitó este curita narcisista e inseguro, que le fue a caer a la Iglesia católica en el peor de los momentos posibles, en el momento en que debería haber tenido un Sumo Pontífice culto, flexible y generoso, cosas que no era Caraffa casi en grado alguno. Caraffa, en todo caso, es el producto lógico de la deriva que había tomado la Iglesia frente al humanismo y la Reforma, pues cuando te empeñas en vestir de negro y vestir de negro y vestir de negro, luego no te vayas a quejar de que te salga un Papa gótico. Así son las cosas.

Caraffa estaba todavía agonizando cuando los romanos se fueron en masa al Capitolio, se subieron a la estatua que allí tenía erigida, la tumbaron a hostias, le arrancaron la cabeza y la tiraron al Tíber. Otro grupo se dirigió a la Ripetta, al palacio que Pablo le había cedido a la Inquisición. Lo asaltaron, liberaron a los presos, y no dejaron ni los ceniceros; las crónicas nos dicen que fueron especialmente ladrones con las pertenencias de Ghislieri. Todos los papeles que encontraron los tiraron a la calle, donde hicieron con ellos una luminosa pira. En La Minerva, donde se encontraba el principal convento dominico, se produjo también un violento asalto.

Los cardenales, sin repartir más hostias que las que su apóstolica misión les obliga, también tuvieron su venganza. La mayoría de ellos estaba escocida con la persecución de Pole y de Morone. Como ellos, ya lo he dicho, no eran de salir a la calle a montar bulla, prefirieron montarla en su más querido foro: el cónclave. Por eso eligieron al cardenal de Medicis, que reinaría como Pío IV, suponiendo que se mearía y cagaría en la memoria y en la obra de Caraffa.


Pero se llevarían una sorpresa.