miércoles, noviembre 02, 2016

Una odisea equina

The Perfect Horse: The Daring U.S. Mission to Rescue the Priceless Stallions Kidnapped by the Nazis de [Letts, Elizabeth]


Quién: Elisabeth Letts.
Qué: The perfect horse. The daring US mission to rescue the priceless stallions kidnapped by the nazis.
Con quién: Ballantine Books. Fue editado en agosto de este año, así pues no es probable que haya traducción al español.
Cuánto: 16 napos en Kindle.
Nota (0 a 10): 7,5



Una guerra, y no digamos ya una guerra total, se convierte en un desordenado cubo de historias. Para cualquiera a quien le guste narrar, conocer o investigar una guerra es la mejor idea que se le puede ocurrir. Las personas de lo común (una forma elegante de definir a quienes apenas tienen ideas epidérmicas sobre aquello de lo que hablan e incluso juzgan) suelen alimentar ideas sobre las guerras de orden maquineo. El maniqueísmo bélico se alimenta del mismo tipo de desesperación del que se alimentaba el religioso. Los viejos maniqueos altomedievales, como no podían entender que un Dios hecho de Amor pudiese construir nuestra puta mierda de mundo, lo imaginaban construido por el Diablo, e imaginaban su propia vida como una constante lucha entre lo Bueno y lo Malo. De esta manera, ya podían entender que su hijo se muriese con apenas seis años de cualquier enfermedad, o que cualquier tarde, en un cruce de caminos, fuesen interceptados por cuatro o cinco hijos de puta que los moliesen a palos. Por la misma razón, las personas de lo común suelen tener pánico a tener que reconocerse que las personas que cometieron los desafueros mil durante la guerra tal o pascual eran como ellos; eran ellos. Para evitar esta visión, elaboran una visión maniquea en la que la guerra siempre es entre un Bueno y un Malo; el bueno no tiene sino bondad y el malo, maldad. Así, en el enfrentamiento entre Atenas y Esparta la primera suele jugar el papel culto, pacifista e intelectual frente a los bobotes tontos del culo de los espartanos; y quien sostiene dicha cosa salta con elegancia sobre cositas como que aquella Atenas que fue a la guerra estaba sojuzgando a media Grecia y cobrándole unos impuestos abusivos (la Acrópolis es, en buena parte, el resultado de un latrocinio organizado), así como que Esparta hizo todos los esfuerzos diplomáticos posibles para no ir al enfrentamiento; esfuerzos que Pericles desechó con displicencia.

Esta guerra es sólo una de muchas guerras que podíamos citar. La verdad, lejos de lo que piensan los simples, es que las guerras están llenas de cabronadas y de putadas cometidas absolutamente por todo el mundo, y de algunas acciones heroicas y admirables. Y, sobre todo, está llena de historias. De historias que merece la pena contar.

No conozco a Elisabeth Letts porque el tema equino no me va; pero doy en pensar en que debe de ser una veterana escritora sobre el tema, dada la soltura con la que se maneja con la jerga caballar. No creo que sea una historiadora, sino más bien, como digo, una experta en caballos de pura sangre y tal. Pero en este libro se convierte en historiadora de una esquinita de la segunda guerra mundial de la que, lógicamente por tratarse de una esquinita, poco se ha hablado aunque, por lo que ella misma cuenta, tuvo su fama en los años sesenta del siglo pasado. Esa historia es la odisea de varios grupos de caballos de pura raza.

El pivote de toda esta historia, el tipo que la creó por así decirlo, es un señor alemán llamado Gustav Rau. Rau era, ya lo hemos dicho, alemán y experto en caballos. No me queda claro tras leer el libro si era exactamente un devoto nazi, o más bien uno de tantos hombres de personalidad logrera que encontró en el nazismo un caldo cojonudo para desplegar sus ideas. El caso es que Rau, cuando Alemania comenzó a dominar Europa, albergó la idea de realizar en el campo equino las mismas ideas que propugnaba el racismo nazi, tratando, por lo tanto, de criar una raza alemana de caballos. Para ello, convenció a las autoridades germanas para que permitiesen y dotasen de medios al proyecto de crear granjas para la crianza de esos caballos, granjas que serían dotadas con los equinos que los alemanes, simple y llanamente, robaron a sus dueños tras ocupar sus tierras y sus gobiernos. Fundamentalmente, aquellas granjas se dotaron con caballos polacos, pues en Polonia había entonces una importante cabaña de pura sangre; y con los animales procedentes de la entonces, y hoy, famosa Escuela Española de Equitación de Viena.

La formación de aquellas granjas, los problemas morales que supusieron para muchos de los criadores de esos caballos (que al fin y a la postre se quedarían con ellos, aunque ello significase trabajar para el enemigo), ya fue un suceso digno de contarse, y es por eso que Letts lo refiere con meticulosidad. Pero la historia gana momento cuando la guerra está a punto de terminar. En ese momento, con el ejército alemán de retirada, en la frontera con Checoslovaquia están emplazadas tropas estadounidenses que tienen orden de no penetrar en el país porque éste, por decirlo mal y pronto, se lo han reservado los rusos. Allí, no lejos de la frontera, está una de las principales granjas de caballos, y los militares que la cuidan son bastante conscientes de que los rusos, si llegan a controlar los caballos, los uncirán a carros o los matarán para comérselos, sin importarles su elevado valor.

En ese momento se produce una de esas felices coincidencias que hacen a algunos creer en la divinidad (argumento curioso éste que la divinidad se ocupe de unos caballos pero para ello tenga que desencadenar una guerra con millones de muertos...). Las tropas estadounidenses están comandadas por un militar, Hank Reed, que en su país natal ha servido en unidades equinas y que, por lo tanto, es un amante de los caballos. Por eso presta oídos a la llamada desesperada de un oficial alemán, que un día cruza las líneas para informar a los americanos del tesoro equino que hay a unas pocas millas de distancia de su posición, y que corre peligro de ser malbaratado por los soviéticos. El resto de lo que pasó, mejor que te lo cuente Letts.

El libro está lo suficientemente bien escrito como para interesar a alguien a quien los caballos se le den una higa (como el presente), así pues supongo que para alguien que guste de la materia debe de ser un libro muy interesante. En todo caso, es un digno miembro de la familia de obras escritas que exploran pequeños matices, a menudo olvidados, de las grandes guerras. Se lee bien, aunque a veces da la sensación de que la autora ha acumulado tal cantidad de documentación que avanza un poco despacio. Sin embargo, el ancho universo de personajes que maneja, en Polonia, en Checoslovaquia, en Austria, en las filas estadounidenses, entre los alemanes, está muy bien equilibrado, además de descrito con dosis de imparcialidad que son siempre de agradecer cuando hablamos de esta guerra tan maniquea. Los únicos que quedan oscurecidos en la trama son los soviéticos, probablemente porque nunca hayan querido documentar su parte de esta historia.

En suma, se trata de una lectura agradable, de un libro suficientemente curioso, para todo aquel interesado en la segunda guerra mundial, e incluso para mucha gente que jamás se leería un tratado sobre las operaciones militares de Hitler y los aliados. Una historia bien contada que, al fin y a la postre, como insinuaba al principio de estas letras, mueve a la reflexión sobre cómo son las guerras; cómo son, al fin y a la postre, una enorme turmix a la que te ves arrojado y en la que su caes te dedicas, básicamente, a hacer lo que puedas.