lunes, septiembre 19, 2016

Trento (2)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma.

En el año 1012, un religioso llamado Romualdo, residente en Camaldoli, pueblo toscano cercano a Arezzo, había fundado una orden religiosa que tomó su nombre del lugar donde nació; sus acólitos pasaron a llamarse camaldulos o, más comúnmente, camaldulenses. Los camaldulenses se consolidaron como una vertiente especialmente dura de la regla benedictina, que es uno de los grandes pilares de la vida monástica católica. Los camaldulenses vivían en ermitas, concentrados en pequeñas células separadas unas de otras, que únicamente se unían en el oratorio a las horas de oficios divinos. Llevaban una vida rigurosa que incluía periodos prolongados de silencio total. No podían comer carne rien du tout.


Esto era, sin embargo, al principio. Con los siglos, la vida del camaldulense medio se había relajado bastante; además, sus ecónomos habían probado las mieles del capitalismo, dado que muchos conventos se habían convertido en grandes propietarios. Su principal cambio había sido el abandono de la vida eremítica, que habían trocado por la existencia en común en los monasterios. A principios del siglo XVI, sin embargo, un noble veneciano, Paolo Giustiniani, entra en la orden a la edad de 34 años, y lo hace con la intención de restablecer las duras condiciones prescritas por Romualdo. Su mensaje atrae a unos cuantos acólitos, con los que se establece en unas cuevas de Masaccio, en los Estados Pontificios, que le cedió la propia orden. Pronto se fundan otras comunidades bajo el modelo de Masaccio. Algunos de los nuevos miembros son nobles que le entregan sus riquezas a la orden en el momento de entrar. En 1523, gracias a disponer de un importante valedor en el obispo Caraffa de Chieti (al que volveremos a encontrar en estas notas como primer preboste de la orden teatina, y más tarde a hostias con los jesuitas), los camaldulenses obtienen importantes privilegios del Papa, primero Adriano VI, después Clemente VII, quien les dona una iglesia cerca de Masaccio.

Giustiniani falleció en 1538, tras lo cual el centro de la orden se traslada de Masaccio al llamado Monte de la Corona. Las comunidades se rigen por una gran severidad, con reglas de silencio absoluto que sólo se rompen dos días en invierno y tres en verano, durante los cuales se les permite dialogar entre ellos. Los monjes camaldulenses cantaban los maitines a las doce de la noche, o sea dormían más bien poco. La oferta de una comunidad con una regla tan estricta, que por lo tanto regresaba a la esencia de la vida monacal, a la esencia del cristianismo, se hizo rápidamente atractiva fuera de Italia, y las comunidades camaldulenses se expandieron por Alemania y Polonia.

La reforma de los camaldulenses fue la primera producida en las órdenes monacales católicas, pero tuvo una importancia bastante relativa en la vida general de la Europa católica y, sobre todo, sobre los laicos. Más importante, sin embargo, fue la reforma introducida en la orden franciscana por Matthieu de Bassi, un fraile obsesionado con el regreso a las viejas costumbres impuestas por el fundador de Asís. Los seguidores de De Bassi debían llevar la capucha puntiaguda con que estamos acostumbrados a ver representado a Francisco de Asís; fue por esta razón que comenzaron a ser llamados capuchinos (se desmiente, pues, la noticia según la cual llevaban ese nombre porque siempre llevaban una ración extra de nata; aunque sí hay una relación, porque los primeros cafés capuchinos se llamaron así porque se preparaban con poca leche y café muy negro, de resultas que la mezcla recordaba el color del hábito de los frailes capuchinos. En verdad, su hábito es color chocolate).

Con autorización de Clemente VII, De Bassis se dirige a predicar a la marca de Ancona, donde logra juntar a sus tres primeros seguidores. En 1528, el mismo Papa les permite crear una congregación particular, llevando la capucha, la barba larga y los pies desnudos. Se establecen cerca de Camerino. Su constante implicación con las personas que los rodean, y que se hace especialmente visible durante una epidemia, incrementa su fama y valoración entre los laicos. Pronto tienen tantos legos que han de fundar nuevas comunidades.

Matthieu de Bassis fue, lógicamente, el primer vicario general de los capuchinos. Es quien diseña sus constituciones, exigiendo de sus miembros una pobreza extrema. Deben proveerse de lo que necesitan mediante la mendicidad; deben ayunar, mortificarse, respetar el silencio. Sin embargo, su misión principal no es la meditación ni la mortificación, sino el trabajo en el siglo, esto es, la piedad y la asistencia a las personas. De esta manera, los capuchinos se convierten, cuando menos en Italia, en los grandes propagandistas de una nueva cristiandad reformada frente a los comunes. Si en aquellos años tan convulsos la población italiana permaneció en la fe católica, fue en buena medida gracias al ejemplo diario dado por los miembros de la orden capuchina.

Pero no fueron los únicos. En el año 1495 había nacido en el pequeño pueblo portugués de Montemayor el Nuevo un niño que, de adulto, sería conocido como Juan de Dios. Abandonó a sus padres a los nueve años de edad para llevar a cabo una vida de empleos temporales como pastor, soldado, o vendedor. Algunas cosas que le ocurrieron y le colocaron en trance de muerte le hicieron reflexionar sobre la importancia del arrepentimiento. Se convierte en una persona atormentada y con problemas; tantos que, a su paso por Granada, es internado en un hospital de locos cuya principal terapia consistía en azotarlos casi constantemente. A la salida de este hospicio, Juan de Dios toma la decisión de dedicarse a los pobres (nos hemos encontrado ya tangencialmente con Juan de Dios en este blog, cuando hemos contado la historia de Antón Martín). En 1540, Juan ha conseguido allegar los recursos necesarios para poner en marcha un hospital para enfermos indigentes. El obispo de Tuy será quien le otorgue el sobrenombre De Dios, además de permitir a sus acólitos ir vestidos de manera que sean reconocidos como tales. A la muerte de Juan de Dios (1550), la congregación no estaba totalmente organizada, pero ya existía como tal con el nombre de Hermanos de la Caridad. Una congregación que, a través de un claro ejemplo que hoy llamaríamos social (la preocupación por la asistencia a los más desfavorecidos, con el objeto de hurtarles el dolor en lo posible), haría más por el catolicismo que casi todos los Papas de la época (habemos algunos que pensamos que más que todos los Papas del mundo mundial de la Historia universal) con sus cortes de teólogos, sus finanzas sospechosas y sus discursos tan sólo aparentemente rompedores. Si el catolicismo se salvó en muchas partes de Europa fue por el ejemplo dado por estas nuevas órdenes, que no se dedicaban a cantar jaculatorias en edificios aislados en el culo del mundo, sino que gastaban todas sus horas en cuidar al prójimo. Todo aquello de tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, que para entonces estaba, la verdad, bastante pasado de moda.

Junto con estos movimientos, hay que anotar también las reformas producidas en las órdenes de clérigos regulares. Y para contar éstas, es lo suyo comenzar por los llamados teatinos.

Gaetano de Thiène, el fundador de los teatinos, había nacido en 1480, hijo de familia noble. Fue un joven muy estudioso, y su expediente académico debía de ser muy conocido en el Vaticano porque, cuando fue a Roma, fue rápidamente recibido por el Papa, que entonces era Julio II. El chico Thiène iba para protonotario, pero en 1516 decidió hacerse religioso. En los tres años siguientes, en un proceso que cabe adivinar paulatino, va tomando conocimiento de algunos otros sacerdotes presentes en Roma que están descontentos con el estado de la Iglesia y el avance de la Reforma luterana. En 1519, unos sesenta de estos sacerdotes se reúnen en una comunidad propia, dedicada a la meditación y a la oración, como formación previa para la predicación. Se reúnen en una pequeña iglesia de Trastevere, dedicada a los santos Silvestre y Dorotea. Denominan a esta asamblea El Oratorio del Amor Divino.

La fama del Oratorio se extiende por toda Italia, y en muchas ciudades se forman asambleas parecidas. En Vicenza, la patria de Gaetano, hay un convento de frailes hieronimitas que decide adoptar los usos del Oratorio del Amor Divino. Invitan a Gaetano a echarles una mano y éste, que tiene una clara intención en favor de la vida contemplativa, abandona su venturoso futuro en Roma para ir con ellos. Funda un hospital en Vicenza, para después pasar a Venecia, donde reforma un hospital existente y comienza a predicar con gran éxito de crítica y público. Funda un tercer hospicio en Verona.

A través de la fundación de hospicios, el punto de vista de Gaetano va cambiando. En su origen, como hemos visto, el punto de vista de este sacerdote tiene que ver con acciones que acerquen a la persona a Cristo, en una experiencia personal. Sin embargo, la implicación de la labor respecto de los demás va dotando a la reforma de Thiène de elementos más prácticos.

Reflexionando sobre los avances luteranos, Gaetano llega a la conclusión, como muchos otros, de que la causa reside en la relajación, cuando no corrupción pura y dura, del clero regular. Esto es, pues, lo que hay que resolver. Decide, por lo tanto, fundar una institución cuyo objetivo será reformar la vida, las costumbres y la instrucción de los párrocos, insuflándoles además las virtudes de la Iglesia primitiva.

Con este objetivo, Gaetano regresa a Roma, donde contará, desde el primer momento, con el apoyo de un viejo amigo suyo, el jurista Bonifacio da Colle. Sin embargo, necesita algo más. Necesita a una persona con contactos y habilidad suficientes como para saber lo que hay que hacer para perfeccionar el objetivo de fundar una orden nueva. Esa persona será Juan Pedro Caraffa. El napolitano Caraffa, nacido en 1476 en una familia noble (esta familia ya nos ha aparecido; véase aquí y aquí), había decidido, con 14 años, retirarse a un convento dominico. Su padre, sin embargo, tenía para él otros planes distintos, más acordes con la importancia secular y eclesiástica de la familia, y lo sacó de allí a hostias. Tras años de estudios, fue enviado a Roma en 1503, como protonotario apostólico. Al año siguiente, uno de sus parientes le cedió un obispado, el de Chieti. Esta ciudad, y esto es importante, había sido conocida anteriormente con el nombre de Theano.

Gracias a la influencia de su tío el cardenal Caraffa (el amiguete de Savonarola, ése que llegó a mangarle el anillo al Papa delante de sus narices), el propio Juan Pedro obtiene un peso importante en el Vaticano, tanto que llegó a ser nombrado nuncio apostólico en España y en Inglaterra. Como recompensa por sus esfuerzos fue nombrado arzobispo de Brindisi; pero, no obstante, siempre fue conocido como el obispo de Chieti, esto es, el obispo de Theano; como se le solía llamar: el obispo teatino.

Al producirse el cisma luterano, Caraffa opta por volverse, literalmente, más papista que el Papa. Además de entrar en el Oratorio del Amor de Dios, se convierte en un dedicado asistente de Adriano VI en la búsqueda de novedades y reformas; aunque la muerte de Adriano y la llegada de Clemente VII, un tipo al que como hemos visto la reforma de la Iglesia se le daba una higa, cambia un poco las cosas. Visto lo visto, Caraffa se retira a un convento para permanecer au dessus de la melée, dado que la tal melée cada vez huele peor. Pero, cuando reaparece Gaetano en Roma, cambia de idea.

El mismo Papa no quiere que Caraffa se vaya. Mediante un breve de12 de mayo de 1524, le otorga a Caraffa una disciplina ilimitada sobre todos los sacerdotes que residan en Roma. Pero Caraffa sigue sin mostrarse convencido de volver del todo. De hecho, sigue en sus trece y, consecuentemente, se produce el (tristemente para los católicos) poco común espectáculo de dos altas figuras de la Iglesia, Caraffa y Gaetano, que ostensiblemente renuncian a sus riquezas y posiciones para, desde su ejemplo, reeducar a los clérigos.

La idea original de Gaetano no era crear una orden de monjes sino una comunidad de sacerdotes viviendo juntos, bajo los tres votos básicos de castidad, de pobreza y de obediencia, pero celebrando públicamente el oficio divino y administrando los sacramentos al personal. De hecho, el nombre del nuevo grupo es Congregación de los Clérigos Seculares. Sus miembros no eran hermanos, sino padres, y su superior tenía el título preboste, y no de prior. Llevaban vestimentas negras y seguían una regla monacal (o monacaloide) que les obligaba a trabajar unidos por el progreso moral del mundo exterior; su objetivo, por lo tanto, eran los sacerdotes, los predicadores.

En una medida de difícil encuadre con la realidad, los miembros de la comunidad de Gaetano tenían prohibida la posesión de cualquier bien, pero también la mendicidad. La clave del asunto está en que buena parte de los miembros de la comunidad procedían de familias nobles que podían permitirse su sostenimiento. Eran, pues, una especie de colegio de pijos piadosos, y así permaneció durante un tiempo, puesto que era bastante complicado entrar en ella siendo pobre y no morir de hambre.

A los tres miembros originales: Gaetano, Da Colle y Caraffa, se les unió un cuarto, noble también por supuesto, llamado Paolo Consiglieri. El 24 de junio de 1524, estos cuatro fundadores obtienen del Papa Clemente VII un breve pontifical que aprueba la creación de su instituto, sus cánones, y los coloca directamente bajo la protección de la Santa Sede. Además, les autoriza a elegir un preboste con mandato de tres años. Los cuatro responden renunciando a sus riquezas, que en el caso de Caraffa eran muchas. En propuesta del propio Gaetano, el napolitano es elegido primer preboste del instituto; dado, pues, que el primer superior de la orden fue el obispo teatino, es por ello que todos los miembros de dicha orden son llamados teatinos. Se establecen en una pequeña mansión del Campo de Marte y, posteriormente, en el romano monte Pincio.

Es importante entender, sobre todo porque la contemplación actual de los teatinos hace difícil la imagen, que aquellos primeros miembros de la orden eran, ya se ha dicho, todos pijos. De otra forma no habrían podido sobrevivir con una regla como la que se dieron. De hecho, las vestimentas adoptadas entonces para la orden buscan, claramente, parecerse a las que habitualmente llevaban los obispos. Este carácter un tanto elitista hizo que la influencia de los teatinos, cuando menos inicialmente, se limitase casi completamente a la península italiana; y que, además, se produjese en círculos relativamente restringidos. Sin embargo, la influencia de los teatinos no sólo era directa, sino también indirecta, a través de congregaciones que se inspiraron en ellos o, más simplemente, los imitaron. Es el caso, por ejemplo de los barnabitas, también conocidos como clérigos regulares de San Pablo. Fueron fundados en 1530 por el cremonense Antonio María Zacarías y dos milaneses: Bartolomeo Ferrari y Giacomo Antonio Morigia; su constitución fue aprobada por el Papa en 1533. Los barnabitas, llamados así por ser los poseedores de la iglesia de San Barnabás de Milán, eran una especie de teatinos democratizados. Su objetivo principal eran los indecisos o directamente no creyentes. Se extendieron por Italia, Francia y Bohemia.

De menor importancia fue la fundación de la orden de clérigos regulares somascos, fundados en 1528 en la ciudad de Somasco, entre Milán y Bérgamo. Se dedicaron fundamentalmente a la educación de los huérfanos y de los jóvenes en general.

Algunos años más tarde, 1548, un gentilhombre de Florencia, Felipe de Neri, instituye en Roma la sociedad de la Muy Santa Trinidad, que comúnmente se conoce como la Trinidad de los Peregrinos. A Felipe Neri se lo considera el auténtico apóstol de Roma, y la verdad no le faltan méritos para ostentar ese timbre. Nadie hizo más que él para la recuperación de un clero adecuado y moralmente armado en la ciudad eterna, así como ayudar a sus habitantes a recuperar una normalidad en la fe. Su congregación se creó, de ahí su segundo nombre, para alojar a los peregrinos que llegaban a la ciudad santa, y seguía la regla de San Agustín. De esta congregación saldrán buena parte de los integrantes del Oratorio, esto es, uno de los centros más eficientes en la defensa del catolicismo.

Como puede verse, es lícito hablar del siglo XVI como de un siglo de surgimiento de un montón de órdenes y congregaciones religiosas de nuevo cuño, destinadas a hacer de abajo a arriba esa reforma que, al parecer, era imposible de hacer de arriba a abajo. Lo contado hasta el momento da buena fe de la capacidad creativa y de reinventiva que portaba en su interior la Iglesia católica. Sin embargo, todavía nos queda por hablar de la más exitosa de estas nuevas órdenes, tan exitosa que en el momento presente, después de una espera de siglos todo hay que decirlo, puede decir que a su grey pertenece incluso el inquilino del Vaticano.


Hablamos, por supuesto, de la Compañía de Jesús.