lunes, septiembre 26, 2016

EEUU (38)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.

Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU, con sus vacas, aceros y pozos de petróleo. Y, antes de irnos de vacaciones, nos hemos embarcado en algunas movidas, la principal de ellas la reforma de los ferrocarriles del presi Grover Cleveland. Ya de vuelta, hemos contado los turbulentos años del congreso de millonarios del presidente Harrison, y su política que le llevó a perder las elecciones a favor, otra vez, de Cleveland. Después nos hemos enfrentado al auge del populismo americano.



Estamos ya en el último cuarto del siglo XIX; una época en la que van a pasar muchas cosas, no sólo en los Estados Unidos sino también en el mundo entero. El año 1873 fue testigo de un pánico de negocios muy intenso que provocó una caída generalizada de los precios. Aquella deflación, unida a la mayoría de edad experimentada por ese proceso que conocemos como Revolución Industrial, provocó una enorme competencia entre los países más ricos del planeta. Todos ellos, sin excepción, se entregaron a la conquista de mercados y de provisiones de materias primas a través de políticas coloniales. Estados Unidos no permaneció ajeno a aquel fenómeno; de hecho, para el país había comenzado eso que Gore Vidal ha llamado su etapa imperial.


En puridad, pocos países estaban más acostumbrados a la idea de colonización que los propios EEUU. Al fin y al cabo, colonizar es lo que habían hecho con todas las tierras de su propio continente al oeste de los Apalaches.

En 1866, el entonces secretario de Estado, William Henry Seward, comunicó a París un ultimátum para que sacara sus zarpas de México. Los franceses entendieron el mensaje, y en un año se habían pirado. Por esas mismas fechas, 1867, los EEUU habían llegado a un acuerdo con Rusia para comprar Alaska por 7,2 millones de dólares. En realidad, la compra de Alaska fue un movimiento finalmente fallido, pues Seward la concibió como un movimiento de pinza sobre Canadá destinado a eliminar toda influencia inglesa en el vecino del norte, cosa que no consiguió. De hecho, en 1868 el congreso estadounidense estudió una norma, conocida como las Alabama claims, que exigía a Inglaterra la entrega del Canadá como deuda de guerra por haber fabricado algunos de los buques que habían usado los confederados durante la guerra civil. Londres les contestó que no mamasen.

Desde mediados de siglo, además, conspicuos miembros de la marina estadounidense, como el comodoro Matthew C. Perry, habían teorizado sobre el derecho de los Estados Unidos de extenderse más allá del “continente occidental”, esto es, más allá de sus costas. Y su principal objetivo era Cuba. En 1867, siguiendo la compra de Alaska, Seward llegó a un acuerdo para comprarle a Dinamarca las islas de Santo Tomás y San Juan, en las Islas Vírgenes. Sin embargo, faltó dinero para terminar el acuerdo, y la adquisición nunca llegó al Senado (eso sí: ambas islas fueron adquiridas, junto con Saint Croix, en 1906).

El rápido desarrollo de California y Oregón, por otra parte, animó a muchos estadounidenses a mirar hacia el Pacífico. El país se apresuró a presionar a China para que se le concediese el trato de nación más favorecida que ya disfrutaban otros. El comodoro Perry, por su parte, forzó la apertura de Japón, que hubo de aceptar el nombramiento de un cónsul americano, Townsend Harris, quien negoció un “tratado de amistad mutua” por medio del cual él mismo se convirtió en el asesor de relaciones internacionales del gobierno nipón. En 1867, los EEUU tomaron posesión de la isla Midway, que estaba deshabitada, que sin embargo no les sirvió para construir un puerto hábil para gestionar el tráfico marítimo estadounidense por Oriente. Consecuentemente, en 1878 los EEUU llegaron a un acuerdo con Samoa para el uso del puerto de Pago Pago (todo un nombre premonitorio), que de hecho adquirirían en 1899.

Con todo, el más ambicioso proyecto estadounidense en el Pacífico fue Hawai. Desde la segunda década del siglo XIX se habían establecido en las islas misioneros estadounidenses, así como hombres de negocios relacionados con el tráfico azucarero. En 1875, EEUU y las islas firmaron un acuerdo de desarme arancelario total para el azúcar de las islas y los productos estadounidenses. En ese tratado, Hawai se comprometió a no dar trato preferencial a ningún otro país, ni a hacerles concesiones territoriales. Cuando este tratado se renovó diez años después, Washington consiguió el uso en exclusiva de un puerto llamado Pearl Harbor.

En 1893, la situación de Hawai cambió de forma importante. Grupos de hombres de negocios blancos, nacidos ya en las islas, incitaron un movimiento revolucionario contra el rey Kalakahua y su sucesor, el rey Liliuokalani, un tipo furibundamente antiamericano. Como resultado de las movidas, se declaró la república de Hawai. Los líderes revolucionarios se dieron cuenta de que las ayudas que en Estados Unidos estaban recibiendo los azucareros locales amenazaban con arruinar a sus islas, por lo que decidieron buscar la vía de anexionarse a los Estados Unidos. La cosa inicialmente no funcionó, pero en 1898 la anexión ganó momento gracias a las ambiciones imperialistas abiertas en el país con la guerra contra España. Entonces se aprobó que las Hawai se convirtiesen en parte del territorio de los Estados Unidos; no fue hasta 1959 que se convirtieron en un Estado.

A pesar de todos estos ejemplos, todavía en los años de que ahora estamos hablando los esfuerzos exteriores de los Estados Unidos no pueden compararse con la fuerza de las políticas interiores. La verdad es que estos años todavía son años en los que el país está embarcado en su desarrollo interior, más que en el objetivo de convertirse en una potencia exportadora. De hecho, en esos años la marina mercante estadounidense prácticamente desapareció, y la marina de guerra, probablemente, se encontró en la peor situación de su Historia. Sin embargo, pronto los grandes partidarios de la expansión ganarían mucho flow dentro de las propias estructuras de poder norteamericanas. Así, el expansionismo encontró un gran partidario en James G. Blaine, quien sería secretario de Estado tanto del presidente Garfield como de Harrison. En el ámbito de los mares, sin duda el gran propagandista del expansionismo americano fue el almirante A. T. Mahan.

Blaine tuvo como principal objetivo como político la eliminación de la influencia no estadounidense en Latinoamérica. Los países del sur del continente, a pesar de haberse independizado del yugo español, mantenían muchos vínculos culturales y religiosos con la ex-metrópoli; además, Inglaterra mantenía muy importantes intereses comerciales en países como Argentina. A partir de 1870, además, Alemania se fijó en la zona, tratando de expandir su influencia en la misma. En 1881, tratando de contrarrestar todas estas corrientes, Blaine decidió convocar una conferencia panamericana, a la que invitó a todos los países del área latinoamericana. La cosa se estaba organizando cuando el asesinato de Garfield obligó a desconvocar el encuentro. Blaine volvería a la carga en 1889, año en el que en efecto logró crear la Unión Panamericana con 18 miembros, si bien fue una organización de poco calado.

Otra de las labores fundamentales asumida por Blaine fue la reconstrucción de la Marina estadounidense. En 1881, inspirado por el secretario de Estado, el secretario de Marina, William H. Hunt logró arrancar al Congreso un compromiso de dotar las fuerzas navales norteamericanas, compromiso que está detrás de la constitución, tres años después, del Naval War College en Newport. Fue en esa universidad naval, dos años después, donde el almirante Mahan, entonces sólo capitán, dictó una serie de lecciones que acabarían formando un famosísimo libro, en su momento, sobre el poderío naval a lo largo de la Historia, que se convertiría en la biblia del rearme naval estadounidense. A Mahan le costó tres años encontrar editor para su The influence of sea power upon History ; pero cuando lo hizo, se convirtió en un éxito de ventas.

Las ideas de Mahan, quien básicamente defendía la necesidad de toda gran potencia de convertirse en una talasocracia y consecuentemente tener una marina a quien nadie le tosiese, fueron adoptadas por mucha gente. Pero, muy fundamentalmente, fueron asumidas por un grupo de senadores republicanos llamados a tener una gran influencia en los destinos de los Estados Unidos. Gentes como Henry Cabot Lodge, Albert Jeremiah (léase yeremaia) Beveridge y, sobre todo, un prometedor republicano que pronto llegaría a ser assistant secretary de la Marina estadounidense, y que se llamaba Theodore Roosevelt. Buena parte de los artículos y libros de estos círculos influyeron enormemente al káiser alemán Guillermo, quien se lanzó a una carrera naval con Inglaterra que está en la base del estallido de la primera guerra mundial.

En los años que van de 1883 a 1890, el Congreso fue concediendo diversos recursos presupuestarios que permitieron la construcción de varios buques de guerra de lo más modernos, entre los cuales se encontraba uno que se reputaba especialmente a la última: el Maine. En 1890 se aprobó una Naval Act que creó una comisión coordinadora general que, automáticamente, recomendó la construcción de 200 nuevos buques. En 1898, EEUU era ya la tercera potencial naval del mundo, tras Inglaterra y Francia. Además, en 1891 la Ocean Mail Subdsidy Act fue aprobada con la intención de resucitar la marina mercante estadounidense, mediante la subvención federal al comercio internacional.

Como siempre que ocurre cuando una nación se expresa a sí misma como expansionista, casi automáticamente comienzan a surgir conflictos que anuncian la producción de enfrentamientos y, en el peor de los casos, guerras. Las cosas se pusieron jodidas en el año 1885, cuando Estados Unidos decidió que el estatus de sus barcos de pesca en aguas canadienses no era el adecuado (tema éste que llevaba muchas décadas malamente zurcido) y notificó a Canadá que denunciaría el acuerdo desde el 1 de julio de aquel mismo año. Canadá contestó apresando todo barco estadounidense que encontró en sus aguas. Aquellos apresamientos provocaron la publicación de encendidos artículos en la prensa estadounidense que llamaban a extender la bandera nacional desde el Río Grande hasta el Polo Norte, para acabar de una vez con el problema de los porculos canadienses.

En 1888, algo más calmaditas ambas partes, se llegó a un acuerdo. Pero la paz duró poco, porque dos años después ambas partes andaban a hostias de nuevo a causa de las pesquerías de focas del mar de Bering, y sobre todo de los rumores de que barcos ingleses se habían desplazado a la zona para proteger a los canadienses. Los periódicos estadounidenses, sobre todo los de las zonas más cachoboinas, llamaban a disparar a todo barco inglés sin preguntarle; así, con ese trazo gordo con el que le gusta juzgar las cosas al que, además de ser ignorante, está encantado de serlo. Como no todo el mundo es así, en febrero de 1892 se llegó a un acuerdo que pretendía regular todos los problemas existentes.

Otro conflicto surgió en 1891, cuando los Estados Unidos apoyaron sin ambages al presidente chileno José Manuel Balmaceda en su enfrentamiento contra otras fuerzas en su país. Una vez que hubo caído Balmaceda, como es lógico, por el país se extendió el sentimiento antiamericano (no sería la única vez que pasase). En octubre, el USS Baltimore recaló en Valparaíso, y su capitán dio autorización a la tripulación para que desembarcase desarmada. Se montó la mundial entre los marineros y los locales, con el resultado de dos estadounidenses muertos. Como quiera que los chilenos estuvieron tardos en las disculpas, en Estados Unidos se calentaron mucho las cosas y no fueron pocos los partidarios de sacar los barcos a bombardear puertos. Uno de éstos, de hecho, era Roosevelt, a quien por ello le cayó por entonces el mote The Chilean Volunteer.

Mucho más cerca estuvieron los EEUU de la guerra en 1895. En la década anterior se había descubierto oro en un territorio en disputa entre la Guayana Británica y Venezuela. En 1887, a causa de este conflicto, Venezuela rompió relaciones diplomáticas con Londres, momento en el que EEUU se ofreció para mediar en el conflicto; oferta que fue rechazada, por cierto, no por Caracas, sino por Londres. Ante esta negativa, el presidente Cleveland solicitó fondos al Congreso para crear una comisión que fijase las fronteras entre ambos territorios. La declaración de Cleveland no dejaba lugar a la duda: consideraba que todo intento británico de hacerse con terreno que Washington considerase integrante de Venezuela sería “una agresión a los derechos e intereses” de los Estados Unidos. El Congreso aprobó la comisión entre grititos de ésos tipo indio tontopollas que les gustan tanto a los estadounidenses. Londres, sin embargo, reculó. Crecientemente presionado en Europa por Alemania, no quiso entrar en conflicto con los EEUU. Así pues, finalmente se aceptó un arbitraje, y en 1899 las fronteras quedaron establecidas.

Como vemos, pues, durante aquellos años finiseculares los EEUU pudieron entrar en guerra varias veces. Pero, finalmente, lo hicieron contra nosotros.

La insurrección cubana había empezado en 1895. Casi treinta años antes, con la emancipación de los esclavos, había empezado el interés de los Estados Unidos por estas islas, interés que se concretó en importantes inversiones. Poco a poco, los EEUU se convirtieron en el principal mercado de Cuba, y mucho más desde 1884, año en el que Washington y Madrid alcanzaron un acuerdo por el cual el primero realizó un desarme arancelario respecto del azúcar cubano (aunque la tarifa Wilson, en 1894, resucitaría un arancel del 40%). Todo parecía ir de maravilla para Cuba, pero la verdad es que en la segunda mitad de la década la competencia internacional se intensificó, los precios del azúcar se desplomaron, y el, por así decirlo, modelo de negocio cubano se fue al carajo.

Una vez que los cubanos se alzaron y que Madrid les hubo enviado un fuerte contingente de tropas y al general Valeriano Weyler, las guerrillas cubanas tomaron la estrategia de atacar intereses estadounidenses, en un intento por forzar su implicación en la guerra. Además, una Junta Cubana establecida en Nueva York hacia propaganda en favor de la causa independentista.

En este ambiente, convenientemente enzarzado por los reyes de la prensa sensacionalista, el primero de ellos William Randolph Hearst, es como había llegado a la presidencia McKinley; quien, de hecho, había llevado la independencia de Cuba dentro de su programa. A decir verdad, el inquilino de la Casa Blanca cambió de idea cuando la ocupó. Con los meses, McKinley se fue convenciendo de que la voluntad española de acometer reformas en la isla era sincera y decidida. Pero entonces pasó lo del Maine, y la cosa se puso fea.

La casualidad quiso que fuese Teddy Roosevelt quien, en ausencia de su jefe en el Secretariado de la Marina, cablegrafiase al comodoro George Dewey las instrucciones que sellaban el destino de la marina española en aquella guerra. Sin embargo, no se puede olvidar que, incluso después de haber salido ese telegrama, dentro del propio gobierno había muchos partidarios de la paz. Este partido de palomas, de hecho, convenció al presidente de presentar una oferta a los españoles con una tregua en Cuba hasta octubre, además de otras demandas. Esta propuesta fue telegrafiada a Madrid el 27 de marzo. El gobierno español no mostró su aquiescencia en lo referente a Cuba hasta el 9 de abril. Ese retraso fue muy negativo, pues para cuando llegó la respuesta española, McKinley ya estaba encabronado y preparando un mensaje al Congreso, que de hecho leyó el 11, sin apenas cambiarlo tras conocer las capitulaciones españolas. El Congreso contestó al mensaje de la única forma que sabía, esto es, declarando la guerra, que fue formalmente proclamada el 25 de aquel mes de abril. El día 30, Dewey entraba en la bahía de Manila. Hundió a la flota española, causándole 381 muertos. En los barcos estadounidenses hubo 7 marineros heridos. El 25 de julio, 10.000 marines habían desembarcado en Filipinas, al mando del general Wesley Merritt. Merritt, ayudado por la guerrilla local de Emilio Aguinaldo, tomó Manila el 13 de agosto.

El 29 de abril, una flota española bajo las órdenes del almirante Pascual Cervera navegaba al oeste de las islas de Cabo Verde. La principal flota estadounidense, bajo el mando del almirante William Sampson y el comodoro Windfield Schley trataron de interceptarlo en su camino hacia Cuba, pero Cervera se las arregló para entrar en el puerto de Santiago, donde quedó embotellado. Los americanos decidieron tomar Santiago para forzar a Cervera a rendirse.

El 14 de junio, 17.000 hombres al mando del general William Shafter salieron de Tampa, Florida. Llegaron a Santiago el 20, y necesitaron seis días para desembarcar. Se produjo una batalla en clara inferioridad numérica de los españoles, que sin embargo no sólo resistieron, sino que le hicieron escribir a Teddy Roosevelt, en carta al senador Cabot Lodge, que el ejército estadounidense estaba “a una distancia mensurable de un terrible desastre militar”.

Sin embargo, la situación de los españoles era desesperada, y por ello, el 3 de julio Cervera decidió salir del puerto si podía. Pero no pudo. El día 17 de aquel mismo mes, el general Arsenio Linares rindió Santiago a los estadounidenses; el día 25, el general Nelson Miles desfilaba muy ufano por las calles de San Juan de Puerto Rico. Las hostilidades cesaron formalmente el 12 de agosto aunque, como sabemos, todavía el día siguiente cayó Manila.