martes, junio 14, 2016

La caída del Imperio (8: suevos, vándalos y alanos)

Recuerda que esta serie se compone de:

El historiador romano Olimpiodoro refiere el acceso al trono de Valentiniano, acompañado de su unión con la hija de Teodosio, Licinia Eudoxia, y escoge ese momento para dar fin a su obra histórica. Este hecho debe servir para darnos la medida de hasta qué punto los romanos llegaron a concebir el acceso a la púrpura por Valentiniano como el fin positivo de una época. Por fin, en su cabeza, tras un periodo de grandes problemas (que daban por resueltos y fagocitados en el estómago de ese poderoso Sharlak que era el Imperio), Roma volvía por sus fueros, unificado bajo una dinastía, la teodosia.


Todo, sin embargo, era un espejismo. Lo era porque, en realidad, el problema de la caída del Imperio no fueron los godos, sino el propio Imperio. Valentiniano era un emperador de seis años; gobernado, eso sí, por un sargento de granaderos con mala leche como su madre, pero era un criajo. En estas condiciones, en realidad el Imperio ravenés estaba en manos de quien había estado siempre en los últimos veinte años: de los milicos.

Así pues, lo que siguió en la segunda mitad de la tercera década del siglo V fue un enfrentamiento entre los tres grandes jefes militares de Occidente: Félix, Aecio y Bonifacio, con Gala Placidia por medio tratando de labrar pequeñas alianzas con cualquiera de ellos para evitar un desequilibrio definitivo del poder. Si pensáis en cuatro personas jugando al parchís, una de las cuales concluye constantemente alianzas con los otros dos que van perdiendo para comerse a saco las fichas del que va ganando, accederéis a una imagen razonablemente cercana del papel que yo creo que jugó la herma del emperador muerto, madre del vivo, en todo aquel follón.

Félix, en su condición de magister militum praesentalis, tenía el control de las tropas acuarteladas en Italia. Aecio, por su parte, había reemplazado a Castino como jefe militar en la Galia, tras la caída de éste, que se fue por el desagüe cuando se fue Juan. Pero su fuerza venía de otro lado. Ya hemos dicho que Aecio había sido rehén de los hunos, lo cual quiere decir que los conocía como casi ningún otro romano. Cuando Juan se sintió en peligro por la llegada de las tropas de Constantinopla, envió a Aecio a las fronteras del Imperio para recabar la ayuda de mercenarios hunos. Aecio no cumplió su misión porque no llegó a tiempo para salvar a Juan; pero, por el camino, había creado un auténtico ejército huno mercenario, que podría superar las 50.000 almas asiáticas. Aecio pactó con aquellos tipos que volviesen a sus casas a condición de permanecer al servicio del Imperio (esto quiere decir: de él). Con esa fuerza en la chequera, a Rávena lo le quedó otra que darle el control militar de la Galia.

En lo que respecta a Bonifacio, ya sabemos bien cuál era su centro de poder.

Gala Placidia, como hemos dicho, se las arregló durante un tiempo para tratar a los tres jefes militares como la langosta, la anguila y el pulpo: tres enemigos mortales que, sin embargo, si son colocados en un acuario nunca se atacarán, pues cada uno de ellos sabe que acabar con el enemigo al que pueden provocará que se quedarán sin contrapeso para poder vencer al tercero. Pero eso no podía durar toda la vida.

En el año 427, por razones cuya veracidad obviamente no podemos juzgar, Félix acusó a Bonifacio de deslealtad, y lo llamó a Italia. Bonifacio le contestó que unos cojones, con lo que Félix se sintió legitimado para enviar una tropa al norte de África. Allí, sin embargo, los bonifacios les dieron hasta en el perineo. Mientras tanto, Aecio había realizado en los años 426 y 427 sus campañas contra visigodos y francos, con gran éxito, lo cual le llevó a crecerse y pensar que podía con Félix. Contando tal vez con la complicidad de Gala, en el 429 consiguió ser designado segundo general en jefe de las tropas en Italia. No se sabe muy bien lo que pasó, pero el caso es que un año después, en la primavera del 430, Aecio tenía a Félix y a su mujer arrestados, bajo la acusación de conspirar contra él. Y se apresuró a ejecutarlos en la misma Rávena.

La jugada de Aecio no carece de lógica. Las tendencias centrífugas y aislacionistas de las gentes que habían comandado los ejércitos del norte de África eran bien conocidas. No habían sido pocas las veces en que los mandos situados en la vieja Cartago habían decidido ver los problemas del continente europeo desde el balcón. Supongo que Aecio pensó que Bonifacio haría lo mismo y que, a cambio de un inteligente acuerdo de status quo, no le daría por el saco.

Sin embargo, en mi opinión (me parece la reconstrucción más lógica de los hechos), Aecio había olvidado a Gala Placidia, la madre del emperador, cuya prioridad en la vida era que nadie se hiciese lo suficientemente fuerte como para albergar la idea de apiolarse a su hijo y, por supuesto, ella misma. Así las cosas, tengo yo por probable que ella, la misma persona que habría puesto las cosas fáciles a Félix al traerlo a Italia, maniobró ahora para que el propio Bonifacio fuese también llamado a la península. El gesto no tiene vuelta de hoja interpretativa, pues la llamada se produjo cuando Aecio había regresado a la Galia; además, el general africano fue nombrado general en jefe de las tropas italianas.

Era la guerra. Aecio marchó hacia Italia, y se encontró con las tropas de Bonifacio cerca de Rimini. La cosa le salió de coña a Gala Placidia: Bonifacio ganó la batalla, pero con el coste de ser mortalmente herido, por lo que murió poco después. Aunque su legado, por así decirlo, fue rápidamente capitalizado por su yerno, Sebastiano. Aecio, por su parte, regresó, muy debilitado, a la Galia, pero como quiera que allí sufriese dos atentados personales que le enseñaron que no estaba ni de coña a salvo, decidió buscar la protección de los hunos. Con su patota de amiguitos se presentó en Italia en el 433, momento en que Sebastiano se fue por los pantys, por lo que huyó a Constantinopla. Aecio, sin oposición, fue nombrado comandante de las fuerzas italianas, y el 5 de septiembre del 435 adoptó el título de patricio.

Lo que ocurrió en los años treinta del siglo había ocurrido otras veces en la Historia del Imperio. Pero nunca, como esta vez, las luchas de poder en Rávena y en los campos de Rimini habían tenido tantas consecuencias en el debilitamiento del poder periférico del Imperio. Aquí está, en buena medida, la raíz de su caída. Las elites romanas del siglo V no habían hecho otra cosa que sus abuelos y bisabuelos; pero ellos se cargaron, en parte, el Imperio, porque si bien sus antecesores habían sido capaces de darse de hostias en Roma mientras con el otro brazo sofocaban rebeliones en Judea, en la Galia, en Britania, en Hispania, éstos, ahora, para poder darse zancadillas en Rávena, no tenían otro remedio que dejar que los que estaban muy lejos de aquellas peleas hicieran lo que les saliese de los huevos.

Y aquí es donde entran en juego los godos, más bien visigodos, de nuevo. La caída del Imperio no tiene tanto que ver con la infiltración goda en el ejército imperial, como con la sensación que tenían estos mismos godos de que podían, primero, gobernarse por sí mismos, para después considerar que podían hacer suyo el Imperio mismo. Hemos de recordar que la vieja tropa goda estaba establecida en Aquitania, bajo los términos de la paz del 418. Pero muy pronto, cuando realmente se den cuenta de que su metrópoli se desangra en luchas partidarias, aspirarán a bastante más.

A esto hay que unir que el trío calavera de las clases de historia en las viejas escuelas gallegas (los suevos, vándalos y alanos) estaban otra vez por ahí dando leches.

Los alanos eran unos tipos que hablaban iranio y que habían sido desalojados de la actual Ucrania por los hunos. Los vándalos, que como hemos visto se dividían en silingos y hasdingos, hablaban germánico y venían de Polonia. Los suevos, inicialmente bastante dispersos, provenían de Hungría. Por lo tanto, podemos pensar que suevos y vándalos se entendían entre ellos razonablemente, haciendo un esfuerzo (como se entienden un español y un portugués: hablando despacio); pero ni modo se entenderían con los alanos con sus acentos mesopotámicos. No obstante, a ratos este colectivo tan diverso y sin un Alarico claro conseguía razonables niveles de unión a la hora de luchar y conquistar. Lo que para mí esta claro es que siempre les faltó un general que, como hiciera Alarico con los greutungos y tervingios, acabase por desdibujar las fronteras entre ellos.

Existe otra diferencia importante entre suevos y vándalos por un lado, y alanos por el otro. Los primeros probablemente compartían la estructura social germánica clásica, que se comunicaría con éxito a la sociedad medieval, basada en la existencia de una elite dominante sobre dos clases formadas por hombres libres (pero siervos) y esclavos. Los alanos, sin embargo, no tenían esclavos, y se consideraban todos ellos de igual nivel de nobleza (como los vascones, por cierto). Retenían, pues, una pura estructura social propia de pueblo nómada, en el que, por definición, nadie puede poseer un palacio.

A base de dar tumbos y de enfrentarse con las tropas romanas de cada zona, este trío de la bencina terminó en España. Como ya hemos visto, a mediados de la segunda década del siglo los vándalos silingos, al mando de su rey Fredibaldo, a quien por tanto podríamos llamar Freddy el Vándalo, fueron duramente derrotados en Andalucía (Freddy sería ejecutado en Rávena, por cierto), junto con los alanos, que quedaron seriamente diezmados, por lo que buscaron la protección del hasdingo galaico Gunderico Carballeira.

La derrota de la Bética tuvo consecuencias importantes para Roma, que recuperó control y poder sobre nuestra piel de toro; pero fue, en realidad, mucho más importante para los invasores. Aunque todo es terreno de pura especulación, os diré que mi opinión es que, hasta que Freddy el Vándalo fue derrotado en el Benito Villamarín, el guión estaba escrito para que la dominación bárbara en España estuviese dirigida y monopolizada por los alanos. Probablemente, eran la tropa más numerosa y más cabrona de las cuatro (recordar que vándalos los había de dos tipos, los que hablaban catalán y los que hablaban valenciano); y tenían un rey, Addax, con toda la pinta de ser un buen cabrón con borlas. Todo aquello, sin embargo, se fue a tomar por saco en la Bética, donde los alanos perdieron un porcentaje de acometividad que no podía estar por debajo del 70% u 80%; sólo así se entiende que se retirasen al culo del mundo, tierra de nécoras.

Pero, claro, la pérdida de poder de los alanos sirvió para que la relativa fragmentación entre ellos perdiese tensión. Gunderico tenía ahora el control de las dos tribus vándalas y de los propios alanos, lo que venía a suponer una coalición razonablemente viable a la hora de construir un poder alternativo en España. Esto quiere decir que, además del grupo godo construido por Alarico, ahora existía una confluencia bárbara que venía a dibujar un segundo tercer gran foco de poder dentro del Imperio. No obstante, hay que recordar que los reyes vándalos se llamaban a sí mismos “Rey de los vándalos y de los alanos”; lo cual sugiere que ambos colectivos mantenían su identidad propia. Una especie de Unidos Podemos goda, pues.

Como ya sabemos, Constancio, tras la victoria de la Bética y otras más, decidió dejar España en paz para poder llevarse a los godos de Wallia a Aquitania, a que se hiciesen granjeros. Con las manos más libres, en el 419 probablemente Gunderico Carballeira intentó vencer al rey suevo Hermerico (no menos Carballeira) y someter a sus altos y rubios súbditos. Hermerico se encastilló en las montañas del norte de Lugo, más o menos. En el 420 el Imperio intervino en este conflicto, probablemente temiendo que una victoria de Gunderico pusiese bajo su manto tropas en exceso, y envió a un oficial llamado Asterio, que logró romper el bloqueo al que los vándalos tenían sometidos a los suevos. Las cosas, sin embargo, quedaron en paso por causa de la muerte de Constancio (lo que da que pensar qué habría sido de España de haber vivido cinco o diez años más; ucronía que se queda para la especulación del lector pero que, en mi opinión, sostiene la idea de que Flavio Constancio es mucho más importante para la Historia de lo que normalmente se cree).

En el 422, una coalición romano-visigoda atacó de nuevo a los vándalos y alanos que, hartos de la lluvia, se habían movido de nuevo hacia la Bética. Por parte romana participaron Castino desde Galia y Bonifacio desde África, más los godos aquitanos; esto nos da la medida de que Roma había preparado toda una expedición contra los bárbaros hispanos. Sin embargo, cuando Placidia fue exiliada a Constantinopla, Bonifacio volvió grupas en protesta, y la campaña quedó en poca cosa. Castino siguió adelante, pero fue derrotado por los vándalos y alanos. Castino se retiró a Tarragona para preparar una nueva ofensiva, pero por medio la cascó Honorio y tuvo que volver a Italia.

La inestabilidad política en Rávena supuso una gran ventaja para los vándalos y alanos, quienes se quedaron en España sin ser molestados. En los años veinte del siglo capturaron Sevilla y Cartagena, lo cual nos da la medida de su libertad de movimientos a escala peninsular. No obstante, eran bárbaros, pero no gilipollas. Sabían que no tenían ningún instrumento jurídico que les diese derecho, a los ojos de Roma, para estar allí (nunca habían firmado un tratado de paz, nunca se habían declarado vasallos ni tributarios); y sabían, por lo tanto, que la primera promesa que haría quien acabase por llegar al poder imperial supremo no sería derogar la reforma laboral, sino degollarlos. Y ésta la cumpliría o, cuando menos, intentaría cumplirla. No siempre se les iba a morir un emperador o un generalísimo en el tiempo de descuento.

Gunderico murió en el 428, y fue sucedido por un medio hermano que surgió inesperadamente del suelo en forma de chorro: Geiserico (estas cosas las pongo porque me divierten, porque ni soy historiador profesional ni pretendo serlo y, last but not least, para que, si copias todo esto para un trabajo del cole, por lo menos tengas que leértelo).

Geiserico estaba minusválido a causa de una caída del caballo, y los testimonios que nos han quedado sobre él nos pintan a un tipo bastante austero y excelente estratega, que sabía manipular a sus enemigos, y a sus amigos, para ponerlos a unos en contra de otros. Estratégicamente hablando, tenía bastante clara cuál había de ser la opción de los vándalos y alanos; y no era Galicia, por mucho que se empeñen algunos nacionalistas de esa tierra, sino el norte de África.

Geiserico quería para su pueblo un lugar a salvo de posibles enfrentamientos, y alianzas, ante romanos y godos. No quería luchar ni contra ni con ellos. No es que fuera un pacifista; era un realista que conocía las limitaciones de su pequeña nación, y leía los tiempos como para comprender que para su gente tenía que llegar un momento en el que el relativo nomadismo en que se resumía su vida mutase a algún tipo de existencia más estable. Durante la estancia de los vándalos en la Bética, éstos habían establecido ya contactos diversos con propietarios de barcos y astilleros, estudiando las posibilidades de un traslado. De hecho, había sido con estos medios que habían podido saquear las Islas Baleares.

Así las cosas, en el mes de mayo del 429, con el buen tiempo, Geiserico juntó a los suyos en Tarifa, y comenzó a trasladar a su nación hacia el continente de enfrente. Siendo como eran, al parecer, arrianos, su llegada al nuevo territorio se caracterizó no sólo por los saqueos by default, sino también por una violencia adicional contra el cristianismo católico. En todo caso, el hecho de que Roma, como sabemos, tenía un ejército en el África del norte, así como que la capacidad entonces de poner barcos en la mar era limitada, abre el misterio, nunca suficientemente resuelto, de cómo pudo ser capaz Geiserico de trasladar a tanta gente a través del Estrecho. Cabe recordar aquí que 1.500 años después, el mismo problema, pero en sentido contrario, lo tuvo el general Francisco Franco, y sólo lo pudo resolver con la ayuda extraordinaria de Alemania. Y Franco, no se olvide, transportaba tropas; Geiserico transportaba una nación entera.

Según todos los indicios, lo que hicieron los vándalos y alanos fue cruzar el Estrecho por su parte más ídem, desembarcando en Tánger, esto es muy lejos de donde estaba la mayoría de las tropas romanas, en la actual Túnez. Tardaron un año en aparecer en Hippo Regius, esto es Hipona, la ciudad de la que era obispo Agustín de Allí Mismo. Eso quiere decir que hicieron unos 2.000 kilómetros en doce meses.


Los godos y las tropas romanas de Bonifacio se encontraron en la raya de Numidia. Los romanos fueron vencidos y Bonifacio se retiró a Hipona, ciudad que sería asediada durante algo más de un año. Otras tropas godas se movieron más al oeste, hacia la provincia romana de Proconsularis, la antigua Cartago.