martes, marzo 29, 2016

Hastings

Pocos hechos son más importantes para la Historia de Inglaterra como la batalla de Hastings, en el año 1066. Esta batalla supuso la dominación normanda del país, dominación que lo cambiaría para siempre y que, de alguna manera, puso las semillas de un proceso por el cual Inglaterra se convertiría en un actor importante del orbe europeo primero, y mundial después. Se ha comparado este proceso, por su importancia, con la dominación musulmana de España, que efectivamente nos marcó como proyecto y como nación durante muchos siglos.

En el centro del proceso generador de la batalla está un rey, el penúltimo sajón de Inglaterra, llamado Eduardo y apodado El Confesor. En los últimos años del primer milenio de nuestra era, Eduardo representa cierta degradación de la figura altomedieval del monarca. Los reyes de su época se caracterizaban por ser los más bestias de la partida; de alguna manera, aquellas primeras naciones se asemejaban un poco a una enorme banda de ñetas y, obviamente, su rey debía de ser aquél a quien más temían los demás. Por eso, aquella monarquía sajona todavía era electiva, recayendo la representación de votar a los reyes en el Witan o asamblea de ancianos.

Eduardo, sin embargo, ya no era así. Ya no era ducho en la espada ni en las justas. De hecho, era bajito, gordo y bastante poco vital. Su legitimidad ya no se apoyaba en la espada, sino en la hostia en su sentido literal. Extremadamente religioso, a él debemos la fundación de la abadía de Westminster, entre otras cosas. A los ingleses, por lo general, Eduardo El Confesor les mola, y de hecho suelen ponderar su sabia labor legislativa, siendo tan sabia dicha labor que jamás en todo su reinado promulgó una sola ley.

Este periodo de laxitud venía a suceder a un tiempo de gran inestabilidad. En 1013, como consecuencia lógica por la cercanía de Inglaterra respecto de las bases vikingas, el país había caído en manos de Svend I de Dinamarca, vencedor del rey local Etereldo II. Antes de perder Etereldo, para tratar de consolidar su poder, se había casado con Emma, hija del duque Ricardo I de Normandía; Emma se casaría incluso con el sucesor de Etereldo, Canuto, consolidando así los derechos normandos sobre la corona inglesa.

Canuto gobernó hasta el 1035, momento en el que dos de sus hijos se disputaron el reino. Uno de ellos era Harold Harefoot, hijo bastardo de Canuto y de su churri, Aelfgifu. Estaba en Inglaterra a la muerte de Canuto y se proclamó rey. El otro hijo, Harthacnut, era vástago legítimo del rey y Emma, pero estaba gobernando Dinamarca. En el 1040, sin embargo, Harold murió y su hermano regresó a Inglaterra para tomar el trono. Pero moriría apenas dos años después. Puesto que ninguno de los hermanos había tenido hijos, el trono llegó a las manos del único hermano vivo de Etereldo: Eduardo El Confesor.

Lejos de la visión que los ingleses tienen de su rey compi yogui, Eduardo fue un tipo bastante nefasto para el futuro de la nación. De carácter extraordinariamente pusilánime, hizo dos cosas llevado por esa pusilanimidad que serían nefastas para el discurrir de las cosas. La primera de ellas fue ceder en su castidad y casarse con Edith, la hija de Godwin, el conde de Wessex. La segunda fue prometer la corona a varias personas.

En realidad, tal vez en lo de Godwin tuvo poco margen de actuación. Los Wessex poseían casi la mitad de Inglaterra, así pues no eran una casa noble más, sino esa que es susceptible de echar a alguien del trono. Lo de la corona ya tiene menos pase, y parece ser que es cierto. Por supuesto, uno de los candidatos que recibió las garantías era Godwin (más exactamente, su hijo Harold Gowinson), garante con ello de la continuidad sajona del país. Pero en 1051, al menos según el interesado, cuando Guillermo de Normandía visitó Londres, recibió la misma oferta; y aun el rey de Dinamarca, Sewyn Estridsson, fue objeto de la misma promesa. Eso, hemos de recordarlo, siendo la monarquía, como era, electiva.

El duque de Normandía, Guillermo, había nacido en 1027 y era hijo ilegítimo del duque Roberto de Normandía y un pibón que era hija de un curtidor, llamada Arletta. Por esta razón este William, antes de ser The Conquer, que es como ha pasado a la Historia, fue The Bastard. Willy sí que era un rey a la moderna usanza: suficientemente cachoburro como para ganar batallas con veinte años, no estaba exento de sentido de la diplomacia, lo cual le permitía moverse con la suficiente doblez como para prosperar en un mundo en el que, cada vez más, las cosas también se ganaban en los despachos.

Godwin murió en 1053, con lo que Harold, el protorrey sajón, ocupó su lugar como primera figura del país. Sin embargo, once años después, Harold fue a la costa francesa, no sabemos muy bien para cumplir qué encargo, y naufragó cerca de Ponthieu. El conde local, llamado Guy, lo metió en la trena, de donde lo sacó Guillermo. El duque de Normandía se llevó a Harold a Rouen y le invitó a acompañarlo en una misión contra un héroe del cómic, Conan conde de Bretaña. Al regreso de aquellas leches, en Bayeux, el normando le hizo a Harold rendirle pleitesía como pago por los desvelos que había tenido por él. También le hizo jurarle que, a la muerte de Eduardo, le ayudaría a ganar el trono de Inglaterra.

Así estaba el tema cuando, en pleno cotillón de Reyes del 1066, falleció Eduardo El Confesor. Al día siguiente, el Witan escogió nuevo rey a Harold, entre otras cosas porque se leyó la encomienda en tal sentido del rey muerto. Inmediatamente, William montó la mundial, aduciendo que Harold lo había engañado. Aducía el hecho de que él tenía algo de sangre real, mientras que Harold no tenía nada; como se ve, el hecho en sí también es una prueba de que la, por así decirlo, nueva monarquía, ligada a la sangre más que a la elección, se abría camino.

William entendió mucho mejor que su oponente el hecho de que las cosas, en aquel mundo, cada vez eran más globales. De Carlomagno había aprendido que para pisar en Europa con fuerza es importante que te apoye el Papa, así pues envió a un embajador a Roma, llamado Lanfranc, que ató enormes vínculos con uno de los personajes fundamentales de la Curia, Hildebrando (futuro Gregorio VII), y que propugnaba una serie de reformas importantes en Inglaterra. El apoyo de William a dichas reformas labró el del Papa a sus pretensiones.

Con todo, el principal argumento para el movimiento de Guillermo era la ausencia de peligros en la propia Normandía. Los normandos, en efecto, habían conseguido sostener la amenaza de los bretones del sur. En la zona de Anjou, los dos sobrinos del poderoso conde Godofredo andaban en guerra entre ellos. El rey de Francia, finalmente, era un niño, y el país era regido por Balduino de Flandes. Al este, Enrique III, emperador de Alemania, también era un infante. Si, por lo tanto, los normandos invadían Inglaterra, era muy poco probable que encontrasen problemas.

Así las cosas, el duque de Normandía reclutó su ejército entre los nobles normandos, pero además realizó una promesa general de tierras y predios que atrajo a todos los espadones de Europa. De España fueron no pocos aventureros de Aragón. La flota construida se componía de unos 780 barcos.

Harold decidió esperar a que llegasen, pero antes de que ocurriese tuvo que ocuparse de otras cosas. Su hermano Tostig, con el que estaba enemistado y al que había desterrado, atacó en el sur de la isla. Fue rechazado en la batalla de Lindsey y huyó a Escocia. En septiembre estaba otra vez en disposición de tener sus fuerzas en el sur esperando a Guillermo, quien sin embargo retrasó la expedición por el estado de la mar. Aquel retraso fue oro molido para Guillermo, pues en esos quince días Harold recibió la noticia de que en el norte el rey noruego Harald Hadraade, aliado de Tostig, estaba atacando la costa. El 20 de septiembre, los sajones,comandados por los condes Morkere de Northumbria y Edwin de Mercia fueron batidos en Fulford, y la propia ciudad de York cayó en manos de los noruegos. Cinco días después, el 25, las fuerzas que comandaba Harold desde el sur alcanzaron a los escandinavos en un lugar de sonoras resonancias futbolísticas: Stamford Bridge, tras una marcha a toda leche en la que sus tropas avanzaron unos 35 kilómetros diarios, una auténtica burrada. La batalla se decantó a favor de los sajones; es posible que los noruegos se hubiesen relajado en exceso y fuesen pillados en bragas. En la batalla, o tal vez asesinados posteriormente, murieron tanto Tostig como el rey noruego.

El 1 de octubre, Harold recobró York, pero cuando estaba descansando allí recibió un e-mail que le informaba de que tres días antes habían desembarcado los normandos en la bahía de Pevensey, sin encontrar resistencia. Así las cosas, se volvió a poner en marcha y llevó a pelo puta a sus tropas, que ya estaban naturalmente cansadas, hacia el sur. El día 5 llegó a Londres, donde se detuvo una semana. Después de aquel breve descanso, partió al encuentro de los normandos, en Hastings.

En términos aritméticos, las fuerzas que se enfrentaron en Hastings debían ser bastante parejas, de unos 10.000 hombres. Pero cualitativamente hablando había diferencias sustanciales. Algunos de los soldados sajones habían sido reclutados apenas días antes. Los normandos eran más veteranos y, además, disponían de una caballería muy fuerte. Harold no tenía caballeros, sino infantes a caballo. En consecuencia sus tropas montadas no tenían papel defensivo alguno.

A la vista del ejército de William de Normandía, Harold,que estaba acompañado por sus hermanos Gyrth y Leowine, dispuso sus tropas en un montículo, diez o doce filas de picas que pretendían generar un muro impenetrable. William, por su parte, creó tres divisiones distintas con sus tropas: normandos en el centro, bretones en el flanco izquierdo y las fuerzas franco-flamencas a la derecha. En primera línea, colocó a sus arqueros, protegidos por la infantería ligera con hondas, los viejos pelastes de Alejandro Magno. Detrás, la infantería pesada y detrás de ésta, la caballería.

En el amanecer del 14 de octubre del 1066, los normandos avanzaron hacia la colina de Senlac. A unos ochenta metros de los sajones, los arqueros comenzaron a disparar las primeras oleadas de flechas, aunque sin causar grandes daños. William lanzó su infantería colina arriba. Buena parte de ellos quedaron en el sitio al recibir la lluvia de jabalinas, y los que llegaron tuvieron que enfrentarse a los soldados profesionales sajones, los housecarls (palabra usualmente traducida al español como huscarles), expertos en el combate cuerpo a cuerpo con hachas. En las alas, se encontraron con el fyrd, una tropa de infantería muy bien entrenada.

Los bretones tenían que subir por la izquierda, bastante más accesible. Pero el derrumbamiento del centro normando les privó de apoyo y, por lo tanto, recularon. Lo mismo le ocurrió a los francos y flamencos del ala derecha. Por lo que se refiere a la caballería, la verdad es que atacar cuesta arriba no es la mejor situación que se puede imaginar para ella. El embate de los sajones fue tan fuerte que se corrió la voz de que Guillermo estaba muerto. Tan fuerte era el rumor y tan desmoralizador su efecto que Guillermo tuvo que quitarse el yelmo y agitarlo en el aire, demostrando que seguía vivo.

Hastings tenía que haber sido una derrota normanda. Pero no lo fue por la bisoñez de muchas de las tropas de Harold. Las situadas en el ala izquierda del rey, frente a los franco-flamencos pues, dieron la batalla por ganada (es posible que una retirada fingida de la caballería normanda les animase a ello), y abandonaron sus posiciones para perseguir a los normandos. Guillermo, cuando lo vio, se dio cuenta de que ese día la Historia estaba de su parte, llamó a la caballería y le ordenó cargar sobre esas filas otrora compactas y ahora dispersas. Los hombres a caballo hicieron una verdadera carnicería. Luego hubo una tregua, a la que siguieron diversos embates de los normandos.

Por muchos ataques que realizó la caballería normanda, los housecarls no cedieron. Al atardecer, sus filas permanecían incólumes, tan prietas que la tradición nos dice que los que morían se quedaban de pie, apoyados en los hombros de los vivos, sin espacio para caer. En ese punto, los arqueros normandos dejaron de disparar en horizontal y comenzaron a hacerlo al cielo, para que las flechas cayesen verticalmente sobre los sajones. El enorme papel que tuvieron estos arqueros en la batalla es el origen probable de la leyenda de que Harold murió por un flechazo en un ojo. Sin embargo, también es probable que falleciese a manos de la caballería cuando ésta, al final de la tarde, logró finalmente romper la apretada fila sajona. Sus dos hermanos también desaparecieron en la batalla.

Tras la victoria de Hastings, ya nada ni nadie se opuso a William The Conquer. El día de Navidad de aquel año se hizo coronar rey en Westminster. Aun tuvo que enfrentarse a focos de resistencia durante cinco años, pero los fue sofocando uno a uno.

Como se ha dicho, Hastings cambió a Inglaterra para siempre. Un italiano, Lanfranco, nombrado obispo de Canterbury, inspiró a Guillermo en las reformas a llevar a cabo, que crearon un gobierno central fuerte y un sistema feudal. El país fue dividido en condados administrados por un sheriff, tantos y tan pequeños que era difícil la generación de un poder feudal que se opusiese a la corona (algo que estará durante mucho tiempo en la base de la elevada capacidad de la corona inglesa). Por decirlo así, William corrigió en Inglaterra los errores que había visto en Francia (y que también se producían en España). En su esfuerzo administrador y centralizador, William impulsó la realización del que conocemos como Domesday Book, un interesante registro catastral de las rentas agrícolas existentes en el país en el 1086.


Un año después, en 1087, Guillermo moría ante las murallas de Nantes, tras caerse del caballo. Sin embargo, para entonces la labor de quien había sido llamado bastardo para terminar siendo alabado como conquistador, ya no tenía marcha atrás. Inglaterra, racionalizada y, se podría decir, europeizada por un rey francés, estaba ya lista para ser la tocahuevos mundial en que acabaría convirtiéndose.