lunes, febrero 01, 2016

Estados Unidos (18)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.


Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México.


Pensar que México podía no haber ido a la guerra con los Estados Unidos es ver las cosas como no las ve la Historia. La fricción entre ambas naciones le estaba suponiendo a la primera la pérdida de Texas y de California; es difícil pensar en razones de mayor peso. Lo único que necesitaban los mexicanos para poner pies en pared era una disculpa, un motivo, y eso lo tuvieron en 1846, cuando Polk ordenó al general Zachary Taylor ocupar territorios al sur de la frontera texana. Con una forma de pensar muy de Washington, Polk pensó que realizar una demostración de fuerza “ayudaría” a los mexicanos a pensar en la negociación. En realidad, ocurrió todo lo contrario.

En efecto, la respuesta de los aztecas no fue negociar, sino enviar tropas a la zona, tropas que contactaron con las de Taylor el 25 de abril de 1846. Polk se sintió naturalmente (naturalmente, según la forma de ver las cosas de Washington, claro) enrabietado por aquel movimiento, y el 11 de mayo envía al Congreso la declaración de guerra. Los discursos que recordaban la sangre americana ya derramada sobre un territorio que ellos consideraban suyo prendieron con tanta fuerza que las cámaras apenas tardaron dos días en aprobar la declaración: 40 votos contra 2 en el Senado, 174 contra 14 en el Congreso.

Esta relación de votos, sin embargo, es equívoca. En realidad, en Estados Unidos había notables opositores a aquella guerra. La mayoría de ellos eran yankees de Nueva Inglaterra y se distinguían por oponerse al esclavismo. Personas como James Rusell Lowell, Theodore Parker o Ralph Waldo Emerson temían que la guerra contra México pudiese romper el dique que Estados Unidos tenía al sur y, consecuentemente, extenderse en esa dirección, como decían algunos propagandistas, hasta la Tierra de Fuego. Desde el punto de vista del antiesclavismo, no había más que echarle un vistazo al compromiso de Missouri para darse cuenta de lo que podrían montar aquellos padres de la Libertad en todos esos territorios conquistados (y en parte, dicen muchos activistas de izquierda centro y suramericanos, de hecho han montado). Por lo tanto, a esa intelligentsia del Este le gustaba aquella guerra menos que el helado de estiércol.

De hecho, el Este respondió tibiamente al llamamiento bélico, pues ni siquiera llegó a reclutar 8.000 combatientes. El Sur, sin embargo, puso 20.000 hombres, y del Oeste llegaron 40.000 combatientes, que formaron un ejército que ganó la guerra con bastante facilidad.

El 24 de septiembre, Taylor capturaba Monterrey, y el 23 de febrero de 1845, derrotó a 15.000 hombres al mando de Santa Anna en Buena Vista. Taylor era un decidido partidario whig, y por eso, tras estos dos golpes, Polk temió que este partido pudiese monopolizar la victoria en su favor. Por eso, nombró otro general, Windfield Scott, para que marchase sobre Ciudad de México. Scott se encontró una seria resistencia en Veracruz, pero tras superarla marchó sobre la capital el 14 de septiembre de 1847. Al oeste, el coronel Stephen W. Kearny, acantonado en Fort Leavenworth, comenzó a marchar y tomó Santa Fe, avanzando hacia California. Allí, Kearny conectó con las unidades navales americanas y con el ejército de Frémont. La totalidad de las fuerzas mexicanas en California se rindió aquel año.

Cuando las noticias de Buena Vista y Veracruz llegaron a Washington, Polk decidió iniciar negociaciones de paz con los mexicanos. Para ello empoderó a un alto funcionario del Departamento de Estado, Nicholas P. Trist, que hablaba español. Las instrucciones de Trist fueron reclamar el río Grande como frontera natural, así como Nuevo México y California. Ofrecía a cambio olvidar las reclamaciones de guerra e, incluso, adicionar una propina de 15 millones de dólares.

Santa Anna, sin embargo, rechazó estos términos, lo que tuvo la consecuencia de devolver a Trist a Washington y de contemplar la aparición en el debate político de la idea de la anexión permanente de México. Los periódicos comenzaron a escribir artículos de fondo en los que los Estados Unidos eran vistos como una nación con una obligación civilizadora hacia los mexicanos.

Paradójicamente, fue desde el Sur de los EEUU de donde surgió la mayor oposición a la idea. Contrariamente a lo que habían pensado Emerson y los suyos, los hombres de Texas y otros territorios temieron que una anexión, en tanto que muñida desde Washington, podría producirse bajo la condición de abolir la esclavitud en esos territorios; lo cual le regalaría, dicho en plata, a sus negros una excelente oportunidad de huir hacia el sur. Como vamos a ver enseguida, esta oposición tenía sus razones, porque el antiesclavismo comenzó a mover sus peones desde 1846.

Había, además, otro argumento más sutil: algunos políticos sureños y celosos de la autonomía estatal, como Calhoun, temían que la construcción de una nación demasiado grande acabase obligando al poder federal a ser más fuerte, más centralizado.

La llegada al poder en México de fuerzas más moderadas provocó que Trist recomenzase sus esfuerzos casi por su cuenta, de forma que, el 2 de febrero de 1848, firmaba el denominado Tratado de Guadalupe Hidalgo. En este acuerdo se garantizaba la frontera del río Tocho, y se colocaban del lado estadounidense la Upper California (incluido San Diego) y Nuevo México. Se asumían por Washington las reclamaciones de guerra contra México hasta 3,25 millones, más el pago adicional de 15 millones.

Polk no había autorizado ni de coña la firma del Tratado; pero cuando lo leyó en la Casa Blanca, no se le ocurrió hacer otra cosa que firmarlo. Los términos se ajustaban a lo ordenado a Trist y, además, con un Congreso de mayoría whig, evidentemente el presidente no quería ni oír hablar de unas negociaciones largas y un conflicto enquistado. El 10 de marzo de 1848, el Senado aprobó el tratado por 38 votos contra 4.

En realidad, de todas las cosas que pretendían los EEUU en aquella negociación, Trist sólo se había dejado un pelo en la gatera: el área de unas 54.000 millas cuadradas al sur de Nuevo México, que se consideraba necesaria para construir el ferrocarril Southern Pacific. Pero esa falta, en todo caso, fue corregida en 1853 por la denominada Gadsden Purchase, o sea 10 millones de dólares.

Ralph Waldo Emerson, quien como hemos leído era contrario a la guerra con México, había escrito, con su característico estilo concreto y lapidario: The United States will conquer Mexico, but Mexico will poison us.

Y tenía razón. En agosto de 1846, un demócrata pensilvano, David Wilmot, propuso una enmienda a una ley sobre posible anexión en la que se establecía la total prohibición de la esclavitud en los territorios eventualmente anexionados. El Congreso aprobó esta enmienda, aunque el Senado la repelió. La respuesta de los antiesclavistas fue incluir la denominada como Wilmot Proviso en todas y cada una de las leyes que pasaban por la Cámara de Representantes. Era, además, un momento en el que Iowa, Wisconsin, Minnesota e incluso Oregón estaban a punto de regular su organización como Estados. Los Estados del Sur no estaban dispuestos a aceptar que aquellos territorios, que habían sido en buena parte conquistados gracias al esfuerzo de gente proveniente de sus territorios, fuesen a ser antiesclavistas. Sin embargo, los políticos del Norte, crecientemente, veían la esclavitud como algo que debía limitarse a los lugares donde ya se producía.

En el fondo de este tema reside un interesante debate constitucional: ¿tiene o no tiene el Congreso la soberanía de declarar si un territorio anexionado será o no será esclavista? El argumento sureño era que, en la medida que la Constitución protegía la posesión de esclavos, quienes ejercitaban dicha propiedad serían discriminados si se les impidiese llevarla consigo (esto es: un tipo de Georgia que decide colonizar Nuevo México debería poderse llevarse a sus esclavos consigo y mantenerlos como tales, pues la Constitución le ampara dicha propiedad).

Desde el punto de los juristas del Norte, desde 1789, cuando el Congreso confirmó la cláusula contenida en la Northwest Ordinance (1787) que excluía la esclavitud de los territorios del noreste, había ejercido su soberanía sobre la propiedad. E interpretaban a su favor el texto que verdaderamente está en el centro de la polémica, que es la sección tercera del artículo cuarto de la Consti, el cual textualmente dispone:

New States may be admitted by the Congress into this Union; but no new State shall be formed or erected within the Juridiction of any other State; nor any State be formed by the Junction of two more States, or parts of States, without the consent of the Legislatures of the States concerned as well as of the Congress.

The Congress shall have power to dispose of and make all needful rules and regulations respecting the territory or other troperty belonging to the United States; and nothing in this Constitution shall be so construed as to trejudice any claims of the United States, or of any particular State.

Ni qué decir tiene que la redacción del texto, como suele ocurrir con las Constituciones puesto que son el futuro de consensos muy difíciles, tampoco deja las cosas muy claras. Que el Congreso es soberano en materia de propiedad lo dice el artículo. Pero habla de la propiedad que sea de los Estados Unidos. Una lectura liberal, una lectura Tea Party que ponga al individuo por delante del Estado (como, esto hay que reconocerlo, es cualquier lectura federal de verdad de la buena, no en plan Sánchez y bla), podría defender, y defendió, que los negros no eran propiedad de los Estados Unidos, sino de los tipos que los habían comprado.

Como suele ocurrir en situaciones encontradas, surgió una tercera vía. Esta vez, sus inventores fueron Lewis Class, de Michigan, y Stephen A. Douglas, de Illinois, quienes desarrollaron la teoría que a veces leeréis como squatter sovereignity y otras popular sovereigniy. Según estos dos políticos, existía una larga tradición en Estados Unidos por la cual las comunidades que se establecían decidían su propia regulación (y no les faltaba razón: así nacieron los EEUU, y eso nadie que no fuese una víctima LOGSE lo podía negar). Por lo tanto, déjese a los nuevos territorios que decidan ellos lo que quieren hacer con la esclavitud. Esta teoría, como todas las teorías liberales del derecho a decidir y tal, tenía un atractivo teórico que te cagas. Eso sí, los atractivos teóricos pueden, y suelen, tener, la consecuencia de escamotear las dificultades prácticas. En este caso, la teoría de la soberanía squatter presentaba el problema de que, etérea y no suficientemente formulada como estaba, dejaba la puerta abierta a la posibilidad de que la cuestión se resolviese, simple y sencillamente, a hostia limpia. Para muestra, la Kansas de muy poquitos años después.


En agosto de 1848, los whigs y demócratas de ideología antiesclavista se reunieron en convención en Búfalo, en compañía de otros antiesclavistas sin demarcación ideológica, y fundaron el Partido Free Soil, cuyo eslógan fue: Free Soil, Free Speech, Free Labor and Free Men. Eligieron líder en Martin van Buren. Como partido, hay que reconocer que quedaron como el culo en las elecciones presidenciales que Taylor le ganó a Cass, pues obtuvieron menos de 300.000 votos. Sin embargo, en en algunos Estados fueron minoría decisoria, y enviaron 13 representantes a un Congreso muy dividido. Los Free Soil, además, eran el primer partido político en Estados Unidos que declaraba la necesidad de resolver la cuestión de la esclavitud. Y aparecieron en el momento preciso, esto es, cuando California quiso surgir como Estado.