miércoles, febrero 03, 2016

Estados Unidos (19)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.


Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.



Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional.


En el año 1949, California estaba menos poblada que cualquier barrio de Los Ángeles, apenas 100.000 personas, la mayoría de las cuales eran prostibularias, bebedoras y amigas de meterse en líos. Toda aquella patota de aventureros y logreros era gobernada por un ejecutivo de carácter militar que contrastaba con las legislaturas organizadas en los Estados ya incorporados a la Unión. En su propio seno surgieron voces de personas que consideraban necesario estructurar todo aquello, y el presidente Zachary Taylor les escuchó, instando el proceso constitucional tanto de California como de Nuevo México. Taylor quería dejar que lo Estados decidiesen por sí solos sobre el espinoso asunto de la esclavitud, pero el Congreso estaba en otra onda.

En efecto, en la Casa de Representantes los partidarios de la esclavitud estaban muy atentos ante la posibilidad de que los nuevos estados del suroeste acabasen siendo antiesclavistas. Por otra parte, también había toda una tendencia que entendía la necesidad de poner a la Unión por delante de esos intereses particulares; tendencia que estaba básicamente dirigida por el incombustible John Clay, para entonces un veterano político en activo de 73 años.

Con mucha mano izquierda y mucho debate de salón, Clay fue esculpiendo poco a poco una mayoría en el Senado capaz de acordar determinados elementos de consenso a partir de los cuales evolucionaría la Unión. Tales fueron, en esencia:

  • La admisión de California como Estado libre.
  • La libertad para los otros territorios construidos desde las cesiones mexicanas (Nuevo México y Utah) de decidir sobre la esclavitud en su seno.
  • El compromiso de no abolir la esclavitud en el distrito de Columbia sin la explícita anuencia del Estado de Maryland y los residentes en Columbia; y siempre mediando la eventual indemnización del justiprecio de los esclavos, en caso de abolición.
  • El tráfico de esclavos quedaba abolido en el distrito de Columbia.
  • Se adoptaría una legislación más restrictiva sobre los esclavos huidos.
  • La asunción de que el Congreso no podía prohibir el tráfico de esclavos entre Estados esclavistas.

La mayoría construida por Clay en el Senado, sin embargo, no se produjo sin ronchas. En realidad, eran varios los intereses que quedaron tocados. En primer lugar, los del propio presidente Taylor, partidario de que California entrase en la Unión sin restricción alguna, para lo cual estaba dispuesto a tratar con mano dura los escrúpulos sureños. En segundo lugar, había otros líderes que llevaban la postura de Taylor incluso más lejos, dado su carácter ya abiertamente secesionista; hablamos de personas como Jefferson Davis en Mississippi o Robert Barnwell Rhett en Carolina del Sur. En el otro lado, tampoco contentó el compromiso a los radicales antiesclavistas del Norte.

Las propuestas de Clay, sin embargo, salvaban la Unión. Salvaban con elegancia el problema de California y daban una de cal y otra de arena en el tema de la esclavitud. El apoyo a una solución negociada llevó a muchas personas a tener que enfrentarse con el problema de defender temas que estaban lejos de sus convicciones, como le pasó a Daniel Webster quien, en defensa de la conciliación, acabó por convertirse en un encendido defensor del endurecimiento de las leyes contra los esclavos huidos, algo que sus correligionarios nunca le perdonaron.

Retirado Clay, fue el congresista Stephen Douglas quien tomó el relevo en el trabajo de sacar adelante lo que conocemos como el Compromiso de 1850. A Douglas, además, le vino Dios a ver, y nunca mejor dicho, con la muerte del presidente Taylor, que fue sustituido por un hasta entonces vicepresidente bastante más moderado: Millard Filmore, un freesoiler que, sin embargo, comprendió la necesidad del Compromiso.

Bajo las previsiones del Compromiso, pues, California se unió como Estado libre, y se crearon dos estados más: Nuevo México y Utah, ambos con derecho a aplicar la squatter sovereignity para decidir sobre la esclavitud.

El Compromiso de 1850 tuvo como principal consecuencia generar unas elecciones presidenciales en 1852 mucho más moderadas y tranquilas que hogaño. El candidato demócrata Franklin Pierce las ganó de calle, obteniendo el apoyo de 27 Estados, frente a los 4 que sacó el oponente whig, un héroe de la guerra mexicana, el general Windfield Scott. El partido Free Soil quedó prácticamente desaparecido, al haber perdido el apoyo de los demócratas del Norte.

Los más conspicuos analistas, sin embargo, alcanzaban a entender que el problema de la esclavitud seguía ahí. Un buen ejemplo de lo que decimos se puede ver en la suerte del propio partido whig. En 1852 fallecieron dos de sus grandes soportes unionistas, es decir representantes de la generación de políticos que había mantenido unido al partido con el argumento de que la Unión de los Estados estaba por encima de cualquier conflicto. Clay y Webster, en efecto, murieron el mismo año, y al morir iniciaron una tendencia centrífuga dentro del partido. Los demócratas permanecieron, por así decirlo, como gran partido nacional, pero los whigs del Sur ahora ya no se sentían representados por ellos. Y el resto de los whigs que tampoco se veian dentro de una formación como aquella acabarían por formar las bases de una cosa que se dio en llamar Partido Republicano (al tiempo...)

En los años por venir, el protagonismo sería de la economía. Tras una serie de años de expansión, a finales de 1854 se produjo una breve recesión, seguida por un rebote en 1855 que fue demasiado fuerte, generando una depresión más fuerte en 1857, que en puridad ya no se recuperaría hasta los años preguerra. Hay que saber además, y éste es un elemento muy importante para entender el porqué de los acontecimientos, que todas aquellas crisis afectaron sistémicamente a toda la economía estadounidense... con excepción de la plantación de algodón, que se vio cauterizada de los problemas económicos gracias a su modelo de negocio esclavista.

En 1808, cuando el Congreso abolió el comercio de esclavos, el Sur ya poseía cerca de un millón de negros. Aunque el comercio se abolió, Virginia y Georgia se convirtieron en centros de producción de esclavos, que vendían a otros Estados del Sur. Cuando llegó la guerra civil, en los Estados confederados vivían tres millones y medio de esclavos y medio millón de negros libres.

Sobre el tema de la esclavitud, lógicamente tan susceptible de ser tratado con demagogia, se han dicho y escrito muchas cosas no del todo correctas. Ciertamente, había esclavos que vivían y trabajaban en condiciones infrahumanas, pero por lo general, y esto es algo que admitían incluso muchos activistas antiesclavistas, eran hospedados y tratados con normalidad, y sometidos a jornadas que no eran peores que las de los peones agrícolas del Norte. Hay toda una mitología absurda en torno al tema del esclavo. Que un plantador mate a hostias a un esclavo es un gesto con la misma carga racional que aquél por el que un camionero quema su camión. Sin embargo, el hombre es un ser tan sólo epidérmicamente racional, y los casos de brutalidad extensa contra los negros eran muchos, y ciertos. Con todo, la actitud sureña de mayores consecuencias, sobre todo a largo plazo, era un rechazo constante a la idea de educar al negro, permitirle su desarrollo como persona.

Estructuralmente, además, la esclavitud era un problema para el Sur. Antes hemos dicho que la esclavitud había salvado al sector algodonero de las recesiones que sufrió la economía estadounidense; pero con eso no hemos dicho toda la verdad. Lo cierto es que las recesiones, hoy los economistas no dudan sobre esto ni un adarme, son buenas en el sentido de hacer que quienes las sufren se pongan las pilas. Ahí reside el gran peligro del proteccionismo que, en esos mismos tiempos del siglo XIX, reclamaban en España los industriales catalanes (cosa que hemos contado aquí, aquí y aquí); y las presuntas bondades del esclavismo.

Lo que los sureños comenzaron a plantar fue tabaco. Comenzaron en Maryland y Virginia, pero pronto extendieron la plantación al upper south, que tras unos años producía más tabaco que las tierras originalmente dedicadas al tema. También se unieron pronto el arroz y el azúcar.

El tabaco, sin embargo, se fuma, valga la coña, buena parte de la riqueza de la tierra donde es plantado, y el arroz y el azúcar difícilmente podían competir con la rentabilidad del algodón. En 1820, el algodón ya era más valioso para el Sur que todo el resto de su sector primario. El algodón de extendió hacia el Golfo, de modo que en 1850 las áreas en torno al mismo eran el mayor área algodonera del mundo.

Algunos economistas e historiadores han argumentado que, en realidad, el esclavismo hubiera desaparecido por sí mismo con el tiempo. Es el típico análisis marxista, tendente a ver contradicciones interiores en todo (menos en el marxismo, claro). Tiene su parte de certitud. Contra lo que nos transmiten trabajos de ficción como el Harriet Beecher Stowe o Arthur Hailey, las plantaciones de algodón sureñas que nadaban en dinero eran bastante pocas. Es más: un esclavo es un esclavo, pero no es gratis, porque quien lo vende es un hombre libre que procura su beneficio. El precio de un esclavo, que en 1790 podía ser de unos 300 pavos, en 1860 era de unos 1.200. Así pues, sí, es posible que el modelo esclavista hubiese colapsado, hundido por sus propias contradicciones. Sin embargo, estos análisis parecen olvidar que el esclavismo, sobre ser un modelo económico, era un modelo social. Como se ha dicho alguna vez, el incentivo del Sur de eliminar el esclavismo por la subida de precio de los esclavos era el mismo que pudo tener la reina Victoria de Inglaterra hacia el abandono del imperialismo británico por el hecho de que cada vez era más caro mantener a un soldado. No se trataba sólo de construir una economía alrededor de la esclavitud de los negros. Se trataba, sobre todo, de mantener a esos mismos negros en su sitio, en su lugar social.

Sin embargo, como decimos, la esclavitud, un poco al modo del proteccionismo en nuestras tierras, tiene consecuencias negativas. La principal de ellas, la indiferencia, cuando no es desprecio, hacia la tecnología y sus avances. El Sur estadounidense del siglo XIX le tiene tirria a la industria, a los procesos mecánicos, a la ingeniería industrial; a todo lo que hará grande a los EEUU. Cuando estalló la guerra civil, el Sur producía menos del 10% de las manufacturas del país.

Todo esto no quiere decir que el Sur permaneciese totalmente aislado del movimiento humanístico que se producía en los Estados del Norte. En los años treinta y cuarenta del siglo XIX, de hecho, se aprecian movimientos que humanizan, por ejemplo, muchos códigos penales, reforman las cárceles que hasta entonces habían sido cubos de basura y, en general, se tiene un mayor cuidado por eso que llamamos higiene pública. Algunos de esos hombres antiesclavistas pero sureños continuaron viviendo en los Estados, labrando la semilla de un cambio.


A partir de 1830, sin embargo, llegaría la reacción de los proesclavistas.