miércoles, enero 27, 2016

El acorazado Potemkin (7)

Recuerda que ya te hemos contado cómo se montó la movida y cómo los marineros tomaron el control del acorazado. 


Después, hemos contado lo caliente que estaba Odessa antes de la llegada del Potemkin, y el movidón que se montó cuando ya habían llegado, y que inmortalizó Einsenstein. Después comenzó el toma y daca entre los marineros y los revolucionarios, y algún que otro susto. Finalmente, los marineros del Potemkin logran enterrar al marinero Vakulinchuk, aunque con incidentes.

El gesto por parte del Potemkin de poner a hablar a los cañones no fue un gesto fácil ni inmediato. Y, lo que es más importante, estaba diseñado y casi decidido antes de los sucesos producidos en el entierro del marinero Vakulinchuk. 
En realidad, el lector de estas notas, a estas alturas de las mismas, ya puede adivinar por qué la cosa no fue fácil. Dos días después del motín del barco, en el seno del mismo venían a convivir, como es normal, puntos de vista diversos. Entre la marinería había un porcentaje relativamente relevante de marineros, especialmente entre los más veteranos, que era proclive a la simple y pura capitulación si las cosas se ponían feas. La mayoría de los marineros, ya lo hemos visto por las decisiones de su Comité Popular, era proclive a confiar en una revuelta generalizada de la flota del Mar Negro. Y los dirigentes más calificables como tales, esto es Matushenko y Dymitchenko, hablaban constantemente en contra de cualquier iniciativa agresiva. Pero había que contar con los agitadores de tierra admitidos en el barco, que eran claramente favorables de que se pasase a mayores.

La mañana del funeral, antes de salir hacia tierra el pequeño destacamento con el padre Parmen, una delegación militar oficial acudió al barco para comunicar oficialmente el nihil obstat de dicho traslado. En el curso de esa visita, uno de los soldados, hemos de entender que de inteligencia revolucionaria, se las arregló para hacer un aparte con Matushenko, y le informó de que la cúpula militar de la ciudad, por así decirlo, iba a celebrar una reunión para tratar el tema del Potemkin en el teatro de la ciudad. El soldado le animó a bombardear el lugar, con la oferta de que, si así se hacía, la tropa se les uniría con seguridad.

Éste fue, al parecer, el punto en el que Matushenko perdió su proclividad hacia la estrategia de la prudencia que había sostenido hasta el momento. Muy probablemente, se sintió seriamente tentado, la palabra más adecuada sería ilusionado, ante la perspectiva de descabezar la hidra zarista de la ciudad de un solo golpe.

Cuando el padre Parmen y su escolta desarmada bajaron a las chalupas para ir a tierra, el Comité Popular ya estaba reunido. Matushenko bajó con ellos, pero, cuando se percató de que efectivamente tenían libertad de movimientos en tierra, regresó al barco. Cuando llegó, el Comité Popular ya se encontraba bizcochado por Dymitchenko y Feldmann, y se había convencido de que había que proceder al bombardeo. Así pues, elaboraron un ultimátum: el bombardeo tendría lugar esa tarde, precedido de tres disparos de anuncio. Se bombardearía exclusivamente el teatro. Tras realizar dicho bombardeo, una delegación bajaría a tierra para exigir la liberación de todos los prisioneros políticos, el cese de todas las acciones militares contra los obreros y, en fin, que los militares rindiesen la ciudad.

La hora concreta del bombardeo quedó establecida en el momento inmediato al regreso del padre Parmen y los marineros del funeral.

En una escena muy propia de los sucesos revolucionarios, al final acabó apareciendo el típico anarquista de los cojones. Bueno, anarquista, tal vez no era. Sabemos, por las crónicas, que se trataba de un marinero bastante veterano, así pues es posible que su ideología, en realidad, fuese la prudencia. Pero el caso es que reaccionó como un anarquista, pues argumentó que, ante decisiones tan importantes y cruciales como una agresión armada, no había ni Comité Popular ni hostias en vinagre: había que hacer una asamblea, y que la marinería votase. Por supuesto, Matushenko y Feldmann, revolucionarios de libro, pre-bolcheviques en sazón, no querían dicha asamblea; pero tuvieron que aceptarla, pues si no de qué iban a poder rezar el mantra ése de todo el poder para los soviets.

El padre Parmen estaba en el cementerio militar de Odessa declamando sus ortodoxias cuando los 107 miembros, sin miembras, de la tripulación del Potemkin se reunieron en asamblea en la cubierta del barco, asamblea a la que se sometió la propuesta de bombardear el teatro de Odessa con el general Korkhanov y su Estado Mayor dentro.

Feldmann fue el encargado de defender el proyecto de resolución; o, más bien, se autoencargó, dada su proclividad al liderazgo. Lo hizo comenzando por dispararle un torpedo en la línea de flotación al bando, digamos, “conservador” de la marinería: les recordó que, en llegando al punto que se había llegado, no les cabía esperar perdón o indulto alguno. Por eso, dijo, es importante aprovechar la confianza del adversario para asestarle el primer golpe. El discurso siguió percorriendo esas praderas de la demagogia hasta provocar tal nivel de excitación y entusiasmo en el auditorio que Feldmann creyó la partida definitivamente ganada.

Sin embargo, en un típico fenómeno asambleario-newtoniano de acción y reacción, desde las últimas filas de la masa de oyentes (los menos proclives siempre suelen escoger ese lugar) comenzaron a sonar voces de marineros que decían que no se podía llevar a cabo el bombardeo porque, al fin y al cabo, morirían camaradas.

Después de ello, se produjo una caótica discusión ante la cual Feldmann fue ya incapaz de hacer oír su voz. De hecho, acabó descendiendo del puesto elevado adonde se había encaramado para hablar, para encontrarse con Kirill, quien le reprochó haber hablado como lo había hecho. Has sido, le dijo, y tenía razón, demasiado directo. Estas cosas hay que venderlas por fascículos.

En realidad, era peor. Aunque ningún miembro de la asamblea lo había formulado así, era bastante evidente que Feldmann había cometido un error táctico muy importante, que fue hablar él del bombardeo, y reclamar él la decisión de aprobarlo. Al fin y al cabo, él no era miembro de la tripulación del Potemkin. Esa propuesta debían de haberla hecho Matushenko, o Dymitchenko. Su furor de dirigente del mundo mundial le había jugado una mala pasada.

Una evolución inesperada se produjo: poco a poco, entre la marinería comenzaron a multiplicarse los gritos de quienes querían escuchar al comandante de la nave. El comandante de la nave, recordémoslo, era el teniente de navío Alexeyev; un tipo más bien depresivo e indeciso que no servía ni para decidir dónde queda la proa y dónde la popa de un barco. En medio de todo ese follón, lógicamente, surgió Matushenko, el tipo que, de largo, tenía las ideas más claras.

Mientras Matushenko estaba haciendo las típicas llamadas a la calma y la unidad, llegó de tierra la chalupa con la delegación del funeral, con tres marineros de menos. Matushenko dejó la asamblea inmediatamente para ir al encuentro de la delegación. Las noticias le vinieron de perlas. Había tres marineros dados por muertos, se había roto el armisticio... Ahora, decretó, ya no hacen falta ni asambleas ni leches (pues, para todo comunista, el asamblearismo anarquista tiene siempre un límite).

El Potemkin se puso en movimiento para entrar en la rada y poder situarse a menos de un cuarto de milla de su objetivo. Estaba cayendo el sol en Odessa cuando, en el puente, se reunieron Matushenko, Dymitchenko, Mikishin, Feldmann, Kirill, y el ingeniero mecánico Kovalenko, junto con el maestro de tiro, un tal Bedermeyer. El primer proyectil fue lanzado desde una pieza de 152 a las siete y media. Era el primer tiro de aviso, y le siguieron otros dos.

Finalmente, salieron los primeros cincuenta kilos de explosivos con voluntad de hacer daño. El marinero que observaba el tiro, a los pocos segundos, pronunció la palabra maldita.

- ¡Largo!

En modo alguno quería esto decir que el proyectil había impactado en la alopécica cabeza de Francisco Largo Caballero. Eso quería decir que el proyectil había fallado su objetivo, pasándose del teatro; y, tal vez, tal y como había temido media asamblea, había matado a civiles inocentes.

Los revolucionarios cayeron en shock. Resulta difícil de creer, porque la artillería naval no es una ciencia exacta que digamos y mucho menos hace más de cien años; pero todo parece indicar que, en su confianza revolucionaria (a veces da la impresión de que no hay mejor creyente en Dios que quien lo niega), aquellos tipos nunca habían pensado que podían fallar. Aun así, decidieron volver a disparar.

Pum.

- ¡Largo!

Evidentemente, tras un segundo error, y puesto que también es característica del buen revolucionario, como de cualquier otro político, negar la responsabilidad propia, todos en el puente se volvieron contra el pobre Bedermeyer, quien comenzó a resbalar por una pista de curling en pendiente hacia su caracterización como traidor contrarrevolucionario. Bedermeyer se defendió con argumentos técnicos de peso, que supongo que cualquier militar artillero versado firmará: le era imposible realizar un tiro de precisión sin datos cartográficos también precisos.

Hay que reconocer que, en ese punto, el grupo del puente no reaccionó como suelen reaccionar los revolucionarios, esto es, pegándole un tiro al maestro de tiro. Esto puede ser porque, verdaderamente, tuviesen una cota de humanidad superior a la media; o pudo ser por el egoísmo de no tener demasiados maestros de tiro en la tripulación. Lo cierto es que Matushenko era un marinero torpedero, es decir lo suyo era cargar los pepinos; y estaba rodeado por mecánicos, otros marineros y un estudiante de universidad. Si Bedermeyer les decía que era imposible ser preciso, sería verdad.

(También es cierto que existen muchas sospechas de que Bedermeyer, tal vez, estaba más cerca de la figura del traidor zarista de lo que parece. De hecho, pasada toda la historia del Potemkin, fue recompensado por su actuación por el ejército zarista. Aunque bien pudo pasar que fuesen los zaristas los que quisiesen creer que todo lo hizo a propósito, o lo que él les contó a toro pasado.)


El bombardeo cesó, pues, y se reunió de nuevo al Comité Popular.